Finnick siguió a Annie por la noche hasta su habitación, colándose en ella y esperando a que ésta se duchara. Al día siguiente empezarían los Juegos, se la llevarían hasta el campo y él tendría que ir a la Sede central de Los Juegos. Quería al menos estar esa noche con ella, dormir a su lado como en los viejos tiempos dormían en la orilla del mar. Se acercó hasta la cama y se sentó en ella a la espera de la chica. Su estómago estaba apretujado, sentía nauseas continuamente aquel día, sabiendo que sus nervios se debían a lo que sucedería al día siguiente.

Se tendió completamente en la cama y cerró los ojos, meditando lo que no había querido pensar en ningún momento. ¿Cuántas posibilidades tenía de salir con vida de ahí alguien como Annie? Ella siempre se preocupaba de los demás, más que de ella misma, y sabía que no mentía cuando decía que no iría a combatir. Incluso tenía bastante claro que ni siquiera lo haría cuando estuviera en peligro. Viendo todas esas cosas, además de su forma precipitada de actuar, la dejaban en mayor desventaja que todos los demás.

Mordió su labio y llevó sus manos a su cara, cubriéndola con ellas. El miedo comenzó a embargarlo, su pecho de pronto parecía estar siendo presionado con fuerza, impidiéndole respirar con facilidad. ¿Qué haría si no lograba sacarla de ahí? ¿Podría continuar su vida con aquella culpabilidad? ¿Podría continuar sin nunca volver a verla de nuevo? Se imaginó a sí mismo presenciando la muerte de su amiga, de su confidente. ¿Podría sobrevivir él mucho tiempo al ver morir a Annie sin poder hacer algo?

—¿Finnick? —el aludido abrió los ojos y se sentó en la cama para ver a Annie, quien sólo se cubría con una toalla, caminar hacia donde él estaba. Su piel y su cabello brillaban por las gotas de agua que se deslizaban aún—. ¿Qué haces aquí?

—Espero a que te acuestes para que pueda dormir aquí junto a ti —respondió Finnick observándola—. Así que ponte un pijama y ven a la cama pronto.

Nunca una noche con ella había sido tan mala. Había despertado continuamente por las pesadillas que lo acosaban, pero el sentir las caricias que ella le daba para que se tranquilizara le hacían volver a dormirse al menos unas dos horas seguidas. A la cuarta vez que Annie tuvo que calmarlo, se dieron cuenta de que ya no valía de nada intentar dormir, faltaban solamente diez minutos para que llegara la hora acordada para levantarse, por lo que Finnick se fue a su habitación para cambiarse de ropa y dejar a Annie hacerlo también.

Al volver a reunirse era el momento de la despedida, abrazos del equipo de los Tributos lograron que Annie perdiera la poca fuerza que había estado utilizando para evitar el llanto, el cual brotó de sus ojos y su garganta cuando Finnick tan solo había abierto sus brazos para llamarla. Ambos se abrazaron con fuerza, comprendiendo la gigantesca posibilidad que había de no volverse a ver nunca más, de no sentirse nuevamente.

—Lucha, Annie —pidió Finnick sintiendo la picazón característica en su garganta y ojos de cuando quería llorar. La abrazó más fuerte aún—, por favor.

—Lo siento, Finnick —susurró Annie en contra de su oído, acariciando su cabello, recién percatándose que estaban solos, ya que los demás les habían dado intimidad—. Cuida de Mags e intenta ser feliz. Esfuérzate al máximo por sacar a uno de nosotros vivo, sea quien sea. Pero ojalá pongas en especial cuidado a Alex, que de verdad tiene posibilidades.

Seguido de eso se soltó y se alejó rápidamente de Finnick, corriendo hacia donde debían ir los tributos, sin ser capaz de mirarlo una última vez. Lágrimas descendían por su rostro, tenía miedo, quería escapar de aquel lugar. Esconderse no sería posible ahí, la encontrarían de inmediato, incluso podrían matarla apenas el gong sonara anunciando el inicio. Más que nada, lamentaba el hecho de no poder volver a ver a Finnick, nunca más vería su sonrisa o lo abrazaría, nunca más escucharía sus bromas. Nunca podría saber qué se sentía besarlo.

Finnick, por su lado, observó a Annie desaparecer tras una compuerta, para luego irse por donde Mags lo estaría esperando. Sus ojos estaban entristecidos, brillosos al contener ahí las lágrimas, en un llanto silencioso en apariencia, pero que lo destrozaba por dentro. Se limpió unas gotas que cayeron sin su autorización y se apresuró a irse con su compañera, sabiendo que estaba en sus manos sacar a Annie de ahí, por muy difícil que eso fuera. Mags de seguro podría ayudarlo, ella era inteligente y entre los dos podrían planear estrategias y conseguir buenos patrocinadores.

Estando ya en la Sede de los Juegos, no pasó mucho tiempo antes de que empezara el conteo para que pudieran los tributos correr. Ambos mentores se acercaron a una pantalla gigante, en la cual mostraban a cada uno de los tributos en su lugar esperando el gong. Annie estaba ahí, con sus ojos rojizos y sus manos tiritando visiblemente. Finnick tuvo que resistir el instinto de alzar sus brazos para rodearla con ellos, claramente porque recordó que no estaba allí, sino que era una pantalla tan grande que los mostraba en tamaño real.

Entonces sonó el gong. Y Annie se quedó paralizada.

—¡Corre! —exclamó Finnick a la pantalla. Miró a Mags en busca de una respuesta—. Cuando dijo que no jugaría, ¿significaba también que ni siquiera intentaría esconderse? ¡Mags!

—Ahí —murmuró la anciana señalando a la pantalla, donde recientemente Annie parecía haber vuelto a la realidad, a concentrarse, ya que corría hacia una mochila que estaba entre todos los que peleaban—. Creo que al menos intentará sobrevivir lo máximo posible.

Vieron que Annie, al agacharse por la mochila, logró esquivar un cuchillo que iba directamente a su cabeza, pero no logró librarse de otro que iba hacia ella. La suerte sí actuó a su favor, ya que al parecer quien lo había lanzado no tenía la mejor de las punterías y solamente la rozó, claro que provocando un corte profundo. Luego de eso, simplemente cerró los ojos y corrió por la pradera, dirigiéndose de inmediato hacia una zona de bosque. Sin abrir los ojos escapó, no queriendo ver la sangre y la muerte que dejaba a sus espaldas.

Continuó corriendo entre los gigantescos árboles, sintiendo una quemazón en su garganta a medida que se iba cansando. Comenzó a jadear, saltando descoordinadamente las raíces de los troncos, hasta que tropezó con uno y cayó de bruces, lastimándose las manos. Se levantó casi al instante, pero ya no iba rápido. Su pie le impedía correr nuevamente, por lo que optó por detenerse, dándose cuenta de que ya había escapado por diez minutos. No podía haber nadie cerca, o eso esperaba.

Se sentó bajo uno de aquellos árboles y abrió la mochila que había sido la culpable de aquella herida en su brazo. Intentó no pensar en el dolor que le provocaba, distrayéndose con el contenido de su mochila. Sogas, cuchillos, alambre, tres pequeños panecillos, una cantimplora y una chaqueta. Nada más. Annie suspiró frustrada, había esperado mucha comida, mucha agua, cosas para mantenerse con vida más que un día. Al menos la chaqueta podría cubrirla del frío que podría haber en la noche.

—¿Tres panecillos? —Finnick miró a Mags alarmado—. ¡Mira aquellos del distrito 2 y 3, tienen cinco mochilas! ¡Tienen sogas, armas letales, comida por montón!

—Al menos tenía agua la cantimplora —intentó tranquilizarlo la anciana, comenzó a caminar por el lugar—. Cuando yo estuve ahí, mi bolso solamente contenía sogas y más sogas, sin comida, ni agua, ni nada que sirviera para pasar el día.

—Entonces debemos comenzar ya nuestro trabajo —murmuró el chico dirigiéndose a la sala donde había personas adineradas esperando poder apostar—. Vamos, Mags, tienes buenos amigos ahí.

Ambos mentores fueron seguidos por uno que otro que empezaría el trabajo, algunos simplemente se dispusieron a dormir. No llevaban ni quince minutos de comenzado los juegos, seguían matándose en la Cornucopia los unos a los otros y ya parecían cansados. Observó a uno de sus más cercanos, Haymitch, bebiendo como siempre. Otros mentores estaban imitándolo, otros riendo entre ellos. Finnick junto a Mags eran de los únicos que en serio estaban preocupados por la vida de sus tributos.

Se acercó a una joven mujer que siempre se le insinuaba. Lo hizo de forma despreocupada, sentándose en mismo sillón fingiendo no haberla visto, pero ella sí lo miraba. Pasó su mano por el cabello de forma provocadora, incitando a aquella mujer a intentar hablarle. Necesitaba tenerla ganada incluso antes de intercambiar palabras, asegurarse que no perdería el tiempo pidiendo un apoyo para Annie.

—Hola, guapo —saludó la mujer de cabellos rosados. Se acercó un poco más a él, quien le miró directamente a los ojos—. ¿Cómo estás?

—Un tanto deprimido —murmuró Finnick suspirando. La mujer le miró y pareció entristecerse, pero luego se levantó y dio la vuelta en el sillón, quedándose tras él y comenzando a hacerle masajes en sus hombros—. Oh, se siente genial.

—¿Por qué estás así, Finnick? —preguntó ella, rozando sus labios en la oreja del chico—. ¿Qué te tiene deprimido?

—Una amiga, que es casi mi hermana, entró a Los Juegos —explicó subiendo su brazo hasta su hombro, para así poder acariciar la mano de la mujer. Echó su cabeza hacia atrás para mirarla—, y necesito patrocinadores. Es Annie Cresta, de mi distrito.

El hecho de verlo de aquella forma con una mujer, provocó que varias más se acercaran hasta el sillón, todas intentando animarlos, todas mirándose de forma desafiante para intentar llamar la atención del Vencedor. Lo acariciaban, le sonreían, y varias comenzaron a dar su palabra para ser patrocinadores de la chica. Algunas dudaban al verla tan débil, pero se apresuraban a dar su afirmación en cuanto Finnick se limitaba a hablar.

—Si ella fallece allí dentro —decía apesadumbrado. Luego las miraba con ojos brillosos—, les prometo que haré que su dinero valga. Ya verán cómo cobrar este favor, no me negaré a cumplir cualquier cosa que me pidan.

Sabía hacia dónde iban los pensamientos de esas mujeres, sabía que sus mentes divagaban hacia una cama confortante en donde él les daba el placer más grande de sus vidas, donde lo veían enamorándose y rogando su amor. Finnick estaba al tanto de lo que producía en las personas, por lo que le sacaría provecho. Jamás le mencionaría a Annie lo que estaba haciendo, ya que prácticamente estaba prometiendo su cuerpo en las noches sólo para mantenerla con vida.

Fijó sus ojos unos segundos en la pantalla en cuanto escuchó el primer cañonazo, el cual fue seguido por ocho más. Nueve muertos en el primer día, y agradecía el que enfocaran poco después a Annie, la cual tiritaba de frío aún con la segunda chaqueta protegiéndola, conservando su propio calor. La vio ir hacia una cueva oculta tras unos robustos árboles, no habiendo avanzado mucho en todo el día. Estaba a poco más de tres horas del lugar de inicio, por lo que pudo suponer que si no se movía al día siguiente, tendría visitantes.

Al día siguiente, Finnick abrió los ojos con dificultad. Había dormido tan solo dos horas, tiempo en que Mags vigiló el sueño de Annie. Ella estaba ya despierta, caminando en busca de agua. Según sus mentores pudieron ver, no estaba tan lejos, pero sus reservas de comida simplemente se habían acabado antes del mediodía. Se le notaba agotada, la fea herida de su brazo parecía estar cicatrizándose, pero aparentaba estar infectada. Definitivamente no estaba bien. Finnick apretó un botón.

Annie cayó de rodillas, sintiendo más hambre que nunca, a pesar de que antes había estado en peores condiciones en el distrito. La diferencia era que tampoco había agua, ni una distracción que la hiciera olvidar del hambre. El dolor de sus heridas no le ayudaba. Y lo vio, aquel paracaídas plateado descendía frente a sus ojos. Se apresuró hacia allá y lo tomó.

—Gracias, Finnick —no necesitó verlo para agradecerle, el solo hecho de haber conseguido eso, fuera lo que fuera, le decía que se preocupaba de ella. Al abrir la tapa vio algo que había estado esperando—. ¡Comida!

El joven sonrió algo más contento que el primer día, sintiendo que podría mantenerla con vida si ésta no se encontrara con nadie más. Incluso si se escondía por siempre, él se las podría arreglar para conseguirle comida, agua y cualquier cosa. Si alguna vez consiguió un tridente sin tener que hacer nada más que continuar con vida frente a las cámaras, con las mismas personas que lo habían apoyado podría hacer mucho más tras ellas.

Dos días habían pasado ya, quedaban trece tributos aún. Annie había logrado atrapar unos peces con los cuales se alimentó, teniendo problemas para cocinarlos, sabiendo que si hacía una fogata podría atraer a alguien. Sin embargo, ese día optó por arriesgarse. Estaba entre árboles tan altos que quiso creer que podrían esconder el humo, y con dificultad prendió una fogata.

—Una no hará daño —murmuró la chica para sí misma, confortándose y armándose de valor. Insertó un pez en una lanza hecha a mano; uno de los cuchillos que había encontrado en la mochila, amarrado con alambre a un palo alargado.

Intentó no demorar demasiado, pero Finnick vio el peligro ir directo hacia ella. Sintió la necesidad de decírselo, pero no había otra forma más que gritárselo a una pantalla, donde Annie no escucharía. No le gustó verla ahí, acurrucada junto a la fogata mientras aquel hombre se apresuraba por llegar hasta allí. Su corazón se aceleró a medida que los pasos comenzaron a ser escuchados por la chica, quien con suerte alcanzó a girar la cabeza para cuando tenía a aquel grotesco hombre sobre ella.

—Annie —soltó Finnick abriéndose paso entre quienes bloqueaban su visión hacia la televisión—. ¡Annie! No, no —Mags se acercó a tomarle el brazo, observando cómo la joven intentaba quitarse al hombre de encima, luchando para que el cuchillo no se insertara en su rostro. Finnick se giró, cubriéndose los ojos como un niño.

La chica estaba ahí, sintiendo todo el peso del joven en contra de su cuerpo. Lágrimas habían invadido su rostro con rapidez, debido a la presión que le provocaba en el brazo herido para tenerla inmóvil. Hizo lo posible para no dejarle una mano libre a quien sería su asesino, de esa forma no podría enterrarle el cuchillo. No supo cómo, pero segundos después había logrado librarse de su agarre, levantándose del suelo y empezando a correr. Sintió algo filoso atravesando su hombro y gimió.

Fue en ese instante en que recibió un fuerte golpe en la cabeza, cayendo de rodillas. Pensó en Finnick y en cómo estaría sufriendo al ver eso, por lo que no se quiso rendir. Apenas tocó el suelo comenzó a gatear, de cualquier forma se alejaría de quien era el Tributo del Distrito 10. Tuvo miedo, más aún cuando aquellas grandes manos le tomaron por la pierna y le arrastraron con brusquedad hacia atrás. Lloró.

—Finnick —llamó mientras volvía a sentir a aquel chico encima.

Gritó fuertemente cuando él enterró su cuchillo en su mano, justo en el centro, clavándola en contra de la firmeza de la tierra. Le ardía mucho, pero el dolor fue en aumento al sentir cada uno de los golpes que éste le daba en el rostro, en su intento de aturdirla. Al parecer, no quería matarla de una forma rápida, quería hacerla sufrir. Tiró de sus cabellos cuando notó que ya no se movía casi nada y la aventó en contra de un árbol. Tomó la propia lanza artesanal de Annie y la alzó, calculando la distancia y la dirección.

—Di adiós, niña —murmuró el chico sonriendo. Se sentía cada vez más cercano a la victoria, saldría pronto de ahí si seguía así—. Te daré la oportunidad de decírselo a quien…

La palabra quedó en sus labios. Una lanza del Capitolio había atravesado su abdomen, para luego ser acompañado por una más a la altura del corazón, ni siquiera había podido ver a su propio asesino para cuando cayó secamente al suelo. El sonido del golpe fue acompañado de un cañonazo, el mismo que tras la pantalla hizo a Finnick sobresaltarse, el que lo hizo llorar al no querer mirar lo que sucedía. Pensó que la había perdido.

—¿Annie? —preguntó Alex acercándose a la chica con cautela. Finnick dio un pequeño respingo cuando escuchó esa voz y tomó fuerzas para mirar—. Ya acabó todo, no estás en peligro.


Gracias por los comentarios *-*