Finnick se precipitó hacia el lugar donde debían estar los mentores, evaluando desde ahí los daños que Annie había recibido. Vio mucha sangre en su rostro, le asustó el ver sangre saliendo de su boca. Observó su mano, su cabeza, cada uno de los cardenales que se iban formando en la piel blanquecina de la chica. Tragó saliva, preguntándose si acaso había más, si acaso podría sobrevivir. No era lo mismo mirar a través de una pantalla que tenerla frente a él, ya que obviamente no podía revisar más de lo que las cámaras enfocaban.

Alex le alzó el rostro a la chica y notó que estaba inconsciente, por lo que por el momento solamente se aseguró de apagar la fogata, tomar la mochila y todo lo perteneciente al tributo muerto y luego tomar en brazos a Annie, yéndose hacia una dirección cualquiera, queriendo alejarse lo máximo posible del lugar donde el humo llamaría la atención de los otros. Cada cierto tiempo miraba a la joven, pero le incomodaba el verla tan mal.

En cuanto encontró un lugar escondido entre grandes rocas, colocó a Annie en el suelo y revolvió en todas los bolsos. Tenía cuatro en su poder, el de Annie, uno suyo y dos del tributo caído. Buscó si acaso había medicina, algo para curarle las heridas, pero no encontró nada. Tomó una tela que había y vertió el contenido de una botella de un litro del tributo del 10, para luego comenzar a limpiar cada una de las heridas que Annie tenía, para así poder ver mejor qué tan mal estaban.

—Annie —la movió Alex con fuerza. Le tomó las pulsaciones y recién ahí se relajó, optando por dejarla dormir—. Medicinas, necesito medicinas. Reacciona, idiota —murmuró mirando hacia el cielo, dirigiéndose a una persona en especial.

—Sí, medicinas —aprobó Finnick asintiendo con la cabeza reiteradas veces en cuanto logró entrar en razón, alejándose de su pequeño lugar de trabajo.

Corrió hasta encontrarse con una de quienes había prometido su ayuda, pero que aún no había aportado, comenzando su rol de hombre seductor al instante. Nuevamente no fue la única que se acercó a él, tres más habían sonreído hacia él. No le costó mucho el conseguir el dinero que necesitaba de ellas, llevándolas rápidamente hacia donde se hacían las donaciones para hacer que se enteren de qué era lo que él, como mentor, solicitaba. Mientras tanto, mentalmente tachaba tres noches más después de los Juegos; el precio a pagar.

Al poco tiempo, Alex vio caer dos paracaídas, uno tras otro. En el primero iba una clase de crema que supuso debía aplicar directamente a las heridas sangrantes. En el otro, el paracaídas había hecho llegar vendajes. Se puso a trabajar de inmediato, echándole todo lo que había llegado. No sabía lo que hacía, pero al ser cremas supuso que se debían ser puestas sobre la herida, y luego vendarlas con lo que Finnick había enviado. Se sentó cerca Annie y se quedó despierto aquella noche para vigilar que nadie se acercara a atacarlos.

Cuando el sol indicaba que era pasado el mediodía, Annie abrió los ojos con dificultad. Sentía dolor en varias zonas del cuerpo cuando se sentó. Estaba sola, en aquel escondite al cual no recordaba haber ido. Confusa dirigió su mirada a las heridas de su cuerpo, pudiendo recordar de inmediato aquel ataque que había recibido. Lo que no podía averiguar era cómo había logrado sobrevivir, cómo se había arrastrado hasta ese sitio. ¿O acaso estaba muerta?

—Despertaste —escuchó. Giró su cabeza asustada, pero se relajó en cuanto vio a Alex, quien traía pescados perfectamente cocidos. El chico se adentró en lo que parecía ser una caverna y depositó la comida en el suelo—. Lo fui a cocinar lejos de aquí, así no atraje a los demás tributos hacia nuestro escondite.

—¿Tú me salvaste del 10? —preguntó Annie mirándolo. El chico asintió—. Gracias.

—De nada, te lo debía —sonrió Alex sentándose junto a ella y tomando un pescado, para luego comenzar a desmenuzarlo con los dedos y llevárselo a la boca—. Come algo, Annie, te hará bien.

—¿Cuántos tributos quedan?

—Doce —informó el joven tragando su comida para continuar hablando—. Murió el del 10.

Observando todo el tiempo, Finnick se encontraba sentado frente a la trasmisión que el Capitolio ofrecía. Luchaba contra su propio cansancio, forzándose a mantener los ojos abiertos para vigilar cada movimiento de la pareja. Se seguía sintiendo frustración, percatándose de ciertas miradas que el organizador le daba. Miró en el reflejo de su copa y pudo captar al presidente del Capitolio, el cual tenía una sonrisa de satisfacción mientras posaba sus ojos en él.

Finnick tuvo un sobresalto. Recordó cierta discusión que había tenido con Snow unas semanas antes de la Cosecha, cuando había querido dejar de ser utilizado por ellos. No lo había logrado, claro, pero él le había dicho que le dejarían bien en claro lo que sucedía con aquellos que desobedecían sus órdenes. Y Annie estaba en Los Juegos del hambre. Se levantó del asiento y se dirigió en contra del Presidente, el cual había comenzado a caminar hacia una pequeña sala.

El joven ingresó tras él, con paso firme. Su mirada era dura, pero también temerosa. Vio al hombre sentarse en un sillón y se posicionó frente a él, desafiante.

—Usted la metió allí —murmuró Finnick alzando la voz—. ¡Por su culpa está ahí!

—¿Por mi culpa, Finnick? ¿Estás seguro? —la voz del hombre era pausada, parecía tener una paciencia infinita, pero ambos sabían que no era así—. No, sólo es una advertencia. Si bien eres un tributo vencedor muy querido, podemos deshacernos de ti y de tus seres queridos… creí habértelo dicho.

—Haré todo lo que pidan —musitó el joven—, pero quiero que salga viva de ahí.

—Te prometo no intentar asesinarla nosotros de forma directa—respondió el anciano—, pero no puedo prometerte el que salga viva, eso es cosa de ella y su mentor. Ahora, sal de aquí.

Quiso gritarle en su cara que era un imbécil, quiso decirle que Annie saldría viva de allí, aunque tuvo que hacerlo solamente en su mente para no comprometer a su amiga en aquel problema. Si intentaba comportarte subversivamente contra él, la afectada sería Annie de cualquier manera, bien lo sabía, pero había intentado negárselo muchas veces. Siempre lo tenía en mente, pero lo omitía. Desde ese momento supo que debía controlarse más.

La única salida de Annie en ese momento, era el cuidado que recibiría de Finnick, Mags y, claro estaba, Alex. Tenía tres personas velando por su integridad, podría sacarla de allí. Al menos eso era lo que quería creer y tenía la esperanza y la fe de que aquello sucedería. Debía vigilarla aún, por lo que se dirigió hacia la sala y se plantó nuevamente frente a las múltiples pantallas que mostraban cada movimiento de los tributos que quedaban vivos.

Los días que le sucedieron fueron calmos para Annie y agitados para Finnick. Sus nervios le jugaban en contra, hacía nudo tras nudo con las sogas en su intento de olvidar que, en parte, había sido culpa suya el hecho de que Annie estuviera allí. Miraba la pantalla, calculaba los pasos que su chica daba acercándose o alejándose de los demás participantes. No sucedía nada impactante, por lo que el de cabellos broncíneos sabía que intentarían juntar a los demás tributos en algún lugar para armar show.

—¿Cuántos quedamos? —preguntó Annie observando a su compañero, ocultos en el centro de aquel bosque.

—Quedan doce aún —murmuró él —. No ha habido muertes desde hace días. Eso no es bueno, después de todo.

Decidieron que avanzar era lo mejor por el momento. Debían alejarse lo máximo posible de todos los posibles asesinos que se atravesarían en su camino, por lo que se revolcaban en charcos para poder pasar desapercibidos en los árboles o en la tierra si es que necesitaban camuflarse. Por otro lado, era la única forma de no sufrir tanto por el calor que los perseguía. No querían tomar mucha agua para que no tuvieran que buscar muy pronto una nueva fuente que se los proporcionara, pues eso era arriesgarse mucho.

El suelo crujía bajo sus pies, por lo que optaron por detenerse cuando ya todo estaba oscuro. Escucharon el himno y supieron que una noche más pasaba y no había muertos. Annie observó sus manos unos segundos cuando se sentaron en un tronco, se preguntaba qué sucedía y por qué no morían. No era algo que quisiera, pero le parecía extraño. ¿Acaso todos estaban lo suficientemente separados como para no toparse?

—¿Sabes, Annie? —habló Alex mirándola. Se sopló sus manos a causa del frío—. Ya que estamos aquí, a un paso de morir… siempre me gustaste.

No dándole tiempo a responder a la sorprendida Annie, el chico se acercó tomándole el rostro con cuidado, rozando sus labios como hacía tanto tiempo había querido. La abrazó en contra suyo, dándole a saber la necesidad que sentía de su persona, además de la protección que le proporcionó y le proporcionaría a futuro. Acarició su cabello y percibió el estremecimiento de la joven entre sus brazos.

—Alex, yo… —intentó decir Annie alejándose unos segundos, pero el joven sólo negó con la cabeza indicándole que guardara silencio, con cierta ternura y determinación, para luego volver a besarla.

Finnick empuñó sus manos. Se levantó del asiento y salió de la habitación de control, haciendo que Mags suspirara al no poder detenerlo. Ésta jamás había visto una mirada tan gélida en Odair, a excepción de cuando asesinaba a sus oponentes en la arena.