Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 20: Deseos concedidos

1 a 2 de julio

Era rarísimo…

En un momento, mientras estudiaba uno de aquellos viejos pergaminos polvorientos, estaba deseando poder ver otra vez a Inuyasha y, al siguiente, estaba sentada en mitad del bosque.

Al lado de su cama y de su alfombra de flores.

Su antigua cama.

¡La de la casa de su madre!

Le llevó un momento darse cuenta de que este era el mismo lugar donde se había encontrado con Kikyo en el pasado. Un lugar donde sus dos mundos se encontraban en sueños.

Kagome se subió de un salto a la cama y se echó hacia atrás, balanceando las piernas por el borde. Al levantar la vista al cielo nocturno, casi podía imaginarse que estaba de nuevo en el campamento. Sango estaría apartando la mano de Miroku de ella, diciéndole entre dientes que este NO era el momento. Ryoku estaría haciendo aquellos lindos gemiditos de bebé mientras Kirara maullaba suavemente para consolarlo y se curvaba a su alrededor protectoramente. Shippo estaría intentando acercarse más mientras dormía. Kagome sonrió, él había querido un poco más de independencia durante el último año y había empezado a dormir en su propio sitio, aunque casi siempre acababa al lado de ella para cuando llegaba la mañana.

E Inuyasha… o estaba durmiendo con un sueño ligero, moviendo de vez en cuando las orejas para ver si había peligro, o inspeccionando la zona para asegurarse de que todo fuera seguro. Siempre protector. Si ella no se quejase en voz alta y rogase descansos a mitad del día (donde él casi siempre encontraría un lugar en el que quedarse profundamente dormido mientras ella fingía necesitar una siesta), estaba segura de que nunca descansaría de verdad.

El dolor en su pecho no se alivió en ningún momento. Todavía los echaba de menos con el mismo dolor que le encogía el corazón como lo había sentido cuando la habían arrancado de su mundo. Pensar en sus amigos era tanto un consuelo como una tortura insoportable. Parpadeó para apartar las lágrimas e intentó concentrarse en algo que no fuera su tristeza.

Por supuesto, era más fácil decirlo que hacerlo. Últimamente, simplemente se había estado permitiendo regodearse en la pena, así que concentrarse en otra cosa era casi imposible. Ni las visitas a su familia ayudaban. Sí, ponía una sonrisa en la cara cuando estaban cerca, pero en realidad sólo quería dejarse ahogar en una gran cuba de compasión.

¿Qué era lo que le estaba llevando tanto tiempo a Kikyo para llegar aquí?

¡Fiuuuush!

Kagome se incorporó. ¿Fiuush?

Las hojas crujieron en la distancia y pudo distinguir el sonido de pies corriendo. ¿Había un arma que pudiera usar? Miró a su alrededor. Nop, no a menos que quisiera comprobar si ese chascarrillo de tirar de la alfombra de debajo de alguien funcionaba de verdad. Pero como esto no era una comedia circense, dudaba que fuera a funcionar.

—¡KAGOME!

Su corazón paró de latir.

¡Esa NO era Kikyo!

—¿Inuyasha? —El nombre salió en un susurro.

—¡KAGOME! ¡NO TE MUEVAS!

—¿Inuyasha? —Las lágrimas empezaron a bajar por su rostro mientras la alegría provocaba que se riera emocionada. Bajó de un salto de la cama, pero no salió del claro. No quería arriesgarse a estropear la magia que fuera que los hubiera reunido—. ¡INUYASHA!

De repente, los pasos se detuvieron y el bosque se quedó en silencio. Lo único que pudo oír fue su propio latido.

—¿Kagome…?

Vio que Inuyasha salía de entre los árboles y entraba en el claro. Se miraron durante un momento. Incrédulos. Entonces, Kagome sonrió.

—¡UF!

La atrajo a sus brazos tan rápido y con tanta fuerza, que le sacó el aire. No es que le importase. ¿A quién le importaba respirar ahora que ella estaba aquí? Un brazo la sostenía con fuerza contra su cuerpo y el otro le acunaba la cabeza contra su pecho. Inclinó la cabeza y la descansó en su hombro, ella pudo sentir su aliento contra su cuello. Estaba temblando casi tanto como ella. Tenía sus propios brazos rodeándolo, aferrando su túnica de la rata de fuego con todas sus fuerzas.

—Has vuelto —susurró ásperamente contra su piel—. Has vuelto a mí… Kagome… has vuelto.

—Inuyasha…

Cielos. Esto iba a ser duro. Él no sabía que esto sólo era una especie de sueño.

—Inuyasha… no he vuelto, no realmente.

Pero él no estaba prestando atención. Continuó entonando en voz baja para sí que había vuelto y… ¿le estaba acariciando el pelo? Vaya, ahora de veeeeerdad que no quería decírselo. Lo abrazó con más fuerza. Se lo diría en un minuto. O dos. O veinte… Le oyó inhalar profundamente y murmuró algo sobre su aroma. Ella también inhaló, intentando disfrutar de su propio aroma terroso. Olía como el bosque. Echaba de menos aquel olor.

Demasiado pronto, sus manos bajaron de su pelo a sus brazos y la empujó ligeramente hacia atrás. La fulminó con la mirada con ojos brillantes.

—No vuelvas a dejarme nunca —exigió con voz ronca.

—¡Eh! ¡No es como si esto hubiera sido idea MÍA!

Inuyasha sonrió con satisfacción, luego ladeó la cabeza. A Kagome eso siempre le recordaba a un cachorro curioso. Podía ver que estaba mirando por encima de su hombro a la cama.

—Pero ¿qué…?

—Es mi cama.

Él miró la cama con sospecha.

—¿Qué hace aquí?

Kagome se aclaró la garganta con nerviosismo.

—Realmente no estamos aquí… —Ahora tenía toda su atención—. Estamos en un sueño, creo. Me he encontrado antes aquí con Kikyo. Parece que es un sitio que es parte de nuestros dos mundos, pero que realmente no está en ningún lado.

—¿A qué te refieres con que no estamos aquí? ¡Por supuesto que estamos aquí!

Ella negó con la cabeza.

—No realmente. Aunque en cierto modo. —Se rascó la cabeza y se rio—. Nunca lo entendí del todo. Pero creo que estamos compartiendo un sueño. Es magia, supongo. Concediendo mi deseo de verte.

Él suavizó la mirada.

—O el mío —dijo en voz tan baja que no estaba segura de que lo hubiera oído realmente.

Estuvieron en silencio un momento antes de que Inuyasha estallase de repente de ira, maldiciendo. Kagome retrocedió y se sentó en el borde de la cama, dejándolo airear su frustración con la pobre vegetación indefensa. Cuando hubo terminado de asesinar el paisaje, dejó caer la cabeza y suspiró.

—Pensé que te había recuperado.

Con un corazón dolorido por el dolor de su voz, Kagome se estiró para poner la mano en su brazo para consolarlo.

Su expresión pasó de abatida a decidida.

—¡No voy a dejar que te vayas!

Antes de que pudiera abrir la boca, él la agarró por la muñeca y la echó sobre su espalda como hacía ella cuando se ponía la mochila. Era bueno que la tuviera agarrada por la muñeca, porque no había tenido tiempo de agarrarse antes de que se pusiera a correr entre los árboles. Le habría advertido que no era inteligente jugar con la magia, pero iban tan rápido que dudaba que la hubiera oído ni aunque tuviera aliento para gritar. Sus manos pasaron de sus muñecas a sus piernas y aumentó de algún modo la velocidad.

Hojas y ramas azotaron su rostro mientras corrían. Afortunadamente, Inuyasha fue capaz de esquivarlas lo suficiente para evitar que la tocaran, pero el ritmo desesperado que había marcado evitaba que fuera capaz de esquivarlas todas. A Kagome no le importaban los pocos rasguños de sus brazos y piernas. En cambio, se agarró durante la loca carrera, la risa burbujeó dentro de ella. Había creído que tal vez no volvería a sentir esto otra vez, la sensación de volar. Enterró la cara en su pelo plateado y dejó que su corazón se llenase de alegría.

—Pero ¿qué…?

Kagome casi salió volando por encima de su cabeza ante la repentina parada. Era bueno que la estuviera sujetando por las piernas, o si no ahora mismo estaría haciendo un aterrizaje forzoso. La alegría y la risa desaparecieron cuando se encontró de nuevo en el claro que contenía su alfombra y su cama.

—Inuyasha…

Él endureció la mirada, apretó su agarre, y volvió a empezar a correr. Las lágrimas escocían en los ojos de Kagome, ni siquiera se molestó en mentirse con que era cosa del viento. Pero había tenido esperanza…

Esta vez, cuando Inuyasha se detuvo en seco, estaba preparada. También estaba preparada para una descarga de coloridas maldiciones cuando se encontraron de nuevo en la habitación del claro, pero no llegaron. En cambio, sintió que los dedos de Inuyasha temblaban mientras la sostenían contra él. Estaba respirando hondo y moviendo las orejas. Kagome movió la mano de sus hombros para rodearle el cuello con los brazos, abrazándolo suavemente.

—Inuyasha… es la mag…

—No. —Dirigió la mirada hacia arriba—. No voy a dejar que te vayas.

Tres pasos a la carrera más tarde, estaban en el aire. Saltó de árbol en árbol hasta que el bosque se hizo pequeño debajo de ellos. Ahí fue cuando vieron el claro y los árboles circundantes… y nada más. Todo lo demás era oscuridad. Esta vez, Inuyasha sí que maldijo mientras empezaban a volver a caer a la tierra.

En cuanto estuvieron en el suelo, Kagome se deslizó de su espalda. Presionó el rostro contra su espalda y volvió a rodearlo con los brazos. Se sentía abatida. Aunque había sabido que sería imposible, aun así, había esperado que de algún modo encontrarían una forma de salir de aquí. Se enderezó, conteniendo las lágrimas a la fuerza. Habría tiempo para llorar cuando estuviera sola. En ese momento, pretendía disfrutar de cada momento que tuviera con él.

Kagome se estiró y le tiró de la mano, haciendo que la siguiera y se sentase a su lado en la cama. Estuvieron en silencio un momento. Cuando sintió que podía hablar sin que le temblara la voz, emitió lo que esperaba que fuera una risa alegre.

—Es buena señal —dijo, moviendo la mano para indicar su habitación en el bosque—. Significa que la magia todavía funciona. Que todavía estamos conectados.

—Supongo.

Kagome todavía no le había soltado la mano. De hecho, entrelazó los dedos entre los de él, manteniéndolos así. No es que a Inuyasha pareciese importarle. Ella miró sus manos, disfrutando de la calidez de la piel de él. Cuando levantó la mirada, lo vio con la vista fija en ella. Normalmente, se sonrojaría y apartaría la vista, y ambos fingirían que no se habían estado mirando. Pero ahora no. Ahora parecía como si él estuviera memorizando todo sobre ella. Él pasó el pulgar sobre sus dedos, un movimiento que nunca había hecho en las pocas veces que se habían dado la mano.

Su ritmo cardíaco se triplicó cuando se dio cuenta de que estaba sola en el bosque, en una cama, con el hombre al que amaba. Se sonrojó. Inuyasha la miró inquisitivamente, entonces se dio cuenta de la razón por la que se estaba sonrojando y sus propias mejillas se tiñeron de rosa. Pero aun así no le soltó la mano, de hecho, pareció apretar ligeramente su agarre.

—Te he echado de menos —le dijo mientras se apoyaba contra él, dejando que su cabeza descansase en su brazo. Sonrió cuando sintió su cabeza sobre la de ella.

—Yo también.

—Encontraremos una forma de arreglar esto, Inuyasha.

—Lo sé.

Se apartó de ella inesperadamente. Estaba a punto de abrir la boca para decir algo cuando él se estiró hacia ella. Con su espalda contra el cabecero, Inuyasha la atrajo entre sus piernas de modo que su espalda estuviera presionada contra su parte frontal. Primero, sus brazos la rodearon, luego sus piernas. Kagome se giró ligeramente para que su oreja estuviera presionada contra su pecho. Había algo tranquilizador en escuchar sus latidos. Kagome entrelazó un mechón de su pelo alrededor de un dedo y sintió la necesidad de anclarse a él de algún modo.

—Sólo… Sólo quiero… estar así… durante todo el tiempo que podamos… —susurró Inuyasha en voz baja contra su pelo.

No hacían falta palabras entre ellos. No se requerían explicaciones o declaraciones. Lo único que querían era simplemente estar juntos mientras la magia se lo permitiera. Extraer consuelo y fuerzas del otro.

Kagome no tenía ninguna queja. Estaba exactamente donde quería estar.