¡Pues ale! Que es viernes y la cosa sale rápida! Me gusta mucho que pase así, y que no necesiten más que demostrar la madurez de la pareja. De ahí el título =)


La culpa es vuestra

La madurez de un matrimonio


La explosión se escuchó en toda Konoha. La gente no tardaría en entrar en caos y Naruto empezaba a sentirse avergonzado por sus actos.

Envió un clon a la oficina para disculparse y emitir un desplazamiento de ayudas para aquellos que hubieran sufrido algún tipo de accidente por su culpa.

Aunque el verdadero problema estaba en su casa, con su mujer frente a él, cruzada de brazos y un gesto aterrador en su rostro.

—Más vale que retires esas palabras, Naruto Uzumaki —advirtió ella—. Te recuerdo que soy la madre de tus hijos, tu esposa.

Naruto fue calmándose poco a poco, calmando a Kurama a su vez, dentro de él, quien empezó a su vez a reírse a carcajadas.

Estás en un buen lío, mocoso. Y todo por celos. ¿Te apetece un poco de leche?

—Cállate.

—¿Perdona? —exclamó Hinata arrugando el gesto en ofensa.

—No, no, es a Kurama —confesó levantando las manos—. Ya sabes como es él y no cesa de meter el dedo en la llaga. De verdad, Hinata, créeme —suplicó.

Hinata dudó y tenía sus razones para hacerlo.

—Sé que me acabo de comportar como un idiota…

—Usar tu poder contra mí ha sido cruel y… insultante.

—No era mi intención. Sabes que nunca en la vida te pondría la mano encima. Lo sabes.

Ella asintió, muy segura de que era así en realidad. De tantos años casados, años de violencia y discusiones, Naruto nunca osó tocarla. En realidad era la primera vez que su poder se mostraba entre ellos.

—¿Y por eso atacas a nuestro hogar? —cuestionó señalando a su alrededor—. Da gracias que ni Himawari ni Boruto están en casa porque papá quiso llevárselos.

—Eso… yo le pedí que lo hiciera —manifestó rascándose la nuca.

—¿Por qué no me has avisado de eso? —protestó ella.

—Porque quería hablar contigo. Porque pensaba que… —Se detuvo, pasando una mano por sus cortos cabellos rubios—. Mira, sé que a estas alturas es una idiotez todo lo que estoy sintiendo, pero lo siento. Debido a mi trabajo que absorbe tantas horas de nuestras vidas, mi mente ha comenzando a crear ideas que no son. O rezo porque no lo sean —añadió en un susurro.

Hinata continuaba al otro lado de la mesa, a la defensiva.

Naruto tomó los trozos de cristal de la botella de leche y se lo mostró.

—Seré sincero: pensaba que estabas engañándome con lechero.

El rostro de Hinata se contrajo de muchas formas. Naruto recibió todas con la misma cara de culpabilidad y aceptación de su reproche porque lo merecía.

—¿Por eso has dicho que no te mintiera a la cara cuando yo era una… una…?

—No sabes cómo me duelen mis palabras. Me duelen más a mí que a ti, créeme. Me enfurecía tanto la idea de que otro hombre te tocara, de que… tomara lo que yo no puedo darte debido a este trabajo…

Hinata suspiró lentamente. Naruto sabía que era una mujer buena, de las que prefería escuchar antes que explotar. Que igualmente tenía su mal genio y que no dudaría en sacrificarse por él.

También sabía que ese amor que siempre había mostrado claramente por él podría llegar a agotarse. ¿Acaso el amor no era considerado como una planta que necesitas regar un poco cada día? A veces, mucho, si hay sequía.

Era consciente de sobras que el día que dijo "sí" le había tocado la lotería, explotado toda su suerte y un sinfín más de metáforas relacionadas con la buena suerte que tuvo él, aunque Hinata siempre le dijera que era al contrario, ya que, no todo el mundo, es correspondido por su primer amor.

Así que perderla era impensable y tolerable.

Aunque también aceptaba el hecho de que, si Hinata dijera que quería irse con el lechero, aunque eso lo matara, lo aceptaría. Aunque eso sí, al parecer, su casa iba a quedar destrozada.

—Eres tan tonto y aún así te amo —dijo ella sorprendiéndole.

Caminó hasta llegar a su altura, con los brazos cruzados y la mirada clavada en él.

—¿Realmente crees que podría irme con otro hombre? ¿Por tu trabajo? Naruto, te he apoyado en esto durante años. Sabía perfectamente cuánto afectaría a nuestra familia y agradecí mucho que mantuvieras atrasada tu promoción hasta que los niños fueran lo suficientemente grandes como para comprender por qué su padre estaba más ausente que en casa.

—Bueno, esa parte aún les cuesta… Y yo también cometo muchos errores con eso.

—Sí, pero cuando crezcan comprenderán todo mucho mejor. Necesitan madurar —aseguró—. Sin embargo, no estamos hablando de los niños. Esto es de nosotros dos, que somos el pilar de esta familia.

—Lo sé —afirmó con las manos temblorosas.

Ella le quitó el cristal de las manos.

—Realmente no pienso que seas como he dicho.

—Más te vale —aceptó ella dejando el cristal sobre la mesa.

—No me dejes por el lechero. Es más. ¿Por qué necesitamos leche?

—Porque tus hijos necesitan esa cosa líquida y blanca para crecer sanos y fuertes y haré lo que sea porque sea así. Aunque tenga que soportar las charlas acerca de las tetas de una vaca durante horas.

—¿Eso fue lo que…? Joder, Boruto me la ha vuelto a liar.

Hinata frunció el ceño.

—¿Boruto?

Naruto lo sopesó.

—En realidad, dijo algo que verdad.

—No comprendo.

—El otro día me tiró en cara que no te estaba prestando la atención que mereces. Realmente te tengo en casa cuidando de ella y aunque te de las gracias no considero que sea suficiente pago.

—Siempre ayudas cuando estas en casa.

—Sí, pero tú trabajas aquí más de lo que yo ayudo.

Ella sonrió amablemente.

—Me gusta hacerlo. Sé que hay gente que me juzga por dejar de trabajar y enfocarme más en mi familia, pero yo soy feliz así. Aunque sí que es cierto, y sé que no debería de decirlo, que te echo de menos.

Naruto llevó su mano a su espalda. Lentamente, abrazándola. Hinata se lo permitió. Dios, ella no le rechazaba.

—Hinata. Lo siento. Sé que puse una gran carga sobre ti cuando me hice Hokage. Sé que acorté nuestro tiempo juntos y que cuando seamos viejos no bastará ese tiempo para estar juntos… Pero…

—Lo sé. No vas a bajarte de tu sueño. Cuando me casé contigo acepté eso. Y reconozco que también llegué a pensar alguna que otra vez, en tu oficina… Bueno…

—Nunca —aseguró él—. Desgraciadamente para muchas, soy hombre de una sola mujer —bromeó.

Ella le dio golpecito en el pecho como regaño antes llevar esa misma mano a su cuello y obligarle a bajar la cabeza y besarlo.

—Si no hubiera cristales en la mesa, te diría de hacer las paces —gruñó él contra su boca.

—Oh, pero tenemos una cama preciosa —recordó ella.

Sólo tuvo que decirlo una vez antes de que la tomara en brazos. Su clon podía encargarse de todo lo demás, que él, se encargaría de lo que era verdaderamente importante.

—Por cierto —dijo ella antes de atravesar la puerta—. ¿El lechero?

Él gruñó.

—Naruto… es un hombre de cincuenta años el que viene a traernos la leche.

Naruto gruñó de nuevo.

—Voy a matar a nuestro hijo. Bueno, matar no, pero puede que le de unos azotes con los pantalones bajados.

Ella se echó a reír y le besó la mejilla.

La puerta se cerró tras ellos y el mundo dejó de existir.

Continuará…

Con Saino.


¡Nos leemos en Pacto de sangre!