Take my breath away II

Desde muy pequeño, su padre le enseñó sobre cuán emocionante era la libertad de volar por los aires. Al ser un integrante de la Fuerza Aérea Marina de Francia, adquirió la experiencia necesaria como para ser reconocido como Comandante de la División 1, donde, además, se dedicó a formar a los más jóvenes en el tema del combate aéreo y vuelos estratégicos.

Era normal no ver a su familia por largos períodos de tiempo, pero a Levi no le importaba siempre y cuando estuviera en las fechas importantes y le contara más anécdotas que sucedían en la marina. Le enriquecía sobremanera que a su hijo le interesara mucho sus historias, por lo que, con tal de ver esa sonrisa y esos ojos iluminados por la admiración, relataba todo con lujo de detalles…

Hasta que ese incidente sucedió.

Un día después de visitar a los suyos en Versalles, estuvo al mando de una flota de aviones haciendo reconocimiento, pero fue sorprendido en el mar Mediterráneo por una tropa enemiga que empezó a atacar a diez millas de altura. Dada la orden a los demás pilotos, se procedió al contraataque teniendo ventaja numérica y se informó a la base sobre la situación.

Los aviones de ambos bandos sobrevolaban y hacían maniobras a una velocidad alucinante, pero la tropa francesa no tardó en derribar a la gran mayoría de los intrusos. Lo festejaron para sus adentros y pensaron que se retirarían, pero uno de ellos clavó la mira en el avión de uno de los tenientes y se preparó para disparar. El Comandante Ackerman y su acompañante de cabina lo notaron y el primero lanzó el misil tres segundos antes que su adversario, pero otro de ellos apareció por detrás y disparó, logrando darle a una de las alas.

Sin poder controlar el avión, se precipitó hacia el mar, no sin antes gritar la orden a sus camaradas para que acabaran con todos los enemigos. Ellos así lo hicieron y él trató, junto a su acompañante, de desplegar el paracaídas de emergencia, pero justo cuando lo lograron el avión explotó, recibiendo él el mayor daño.

El helicóptero de emergencia llegó, y aunque los paramédicos hicieron todo lo posible por mantenerlo con vida, las heridas fueron tan severas que no resistió.

La noticia de su deceso llevó a luto a todos en la marina, pero su efecto fue mucho más devastador cuando su familia se enteró. Kuchel no paró de llorar cuando recibió la insignia, y Levi, con tan solo nueve años, se quedó en shock, queriendo creer que no era más que una cruel pesadilla de la que pronto despertaría.

Durante el funeral se mencionaron todos sus logros y se lo despidió con honores, pero el verdadero conflicto vino después al regresar a casa, ya que esta, sin su presencia era solo eso, tan llena de recuerdos que adquirieron un tinte doloroso y que le decía a Kuchel y Levi que él jamás volvería.

Por ello, y para tratar de superar la situación, aceptaron la propuesta de Kenny de irse a vivir a Lille.

El traslado a la nueva ciudad fue rápido, y aunque al principio les resultó extraño, poco a poco se adaptaron gracias al buen recibimiento de personas maravillosas que tuvieron la oportunidad de conocer. De la misma forma, el dolor por la pérdida pasó y recordaban al señor Ackerman con mucho cariño, al igual que sus sabias enseñanzas.

Una de ellas en particular era la favorita de Levi, aquella que siempre recordaba en sus momentos de reflexión.

"No te arrepientas nunca de tus acciones. Y si algo realmente te importa, no lo dejes ir y lucha por ello hasta el final".

Esas sencillas palabras eran su más grande inspiración, y si a eso le sumaba todo lo que había aprendido, no le fue difícil decidir a qué se dedicaría en el futuro.

Cuando se lo comentó a su madre, esta se mostró renuente, con muchas dudas en incluso temor, pero al mismo tiempo sabía que eso era lo que le gustaba, por lo que aceptó y le brindó su total apoyo.

Ya cuando se graduó de la preparatoria, un mes después rindió un examen especial de ingreso que superó sin problemas y le dio el pase para iniciar enseguida su formación.

Durante algunos años aprendió sobre estrategia militar, combate aéreo y todo sobre el funcionamiento de cada tipo de avión. Realmente amaba lo que hacía, y cuando creyó que no llegaría más lejos, un día recibió la noticia de que, al ser uno de los mejores, sería enviado a una de las más prestigiosas escuelas de aviación del mundo en Estados Unidos para continuar puliendo sus habilidades.

Por supuesto no iría solo. Lo acompañaría su buen amigo Farlan Church, al que conoció cuando recién ingresó a la marina y con quien se ha desempeñado en distintas misiones de alto rango.

No podía estar más que feliz por esa gran oportunidad, por lo que, luego de contárselo a Kuchel y Kenny, preparó sus maletas y se alistó para su nueva aventura.

El día del vuelo fue despedido por su familia, quien le deseó toda la suerte del mundo y esperaba volver a verlo pronto. Esperó a que Farlan también se despidiera de los suyos y juntos abordaron el avión.

El viaje se prolongó por algunas horas en medio de la tranquilidad de la cabina hasta que pudieron vislumbrar el suelo estadounidense bajo sus pies. Poco después aterrizaron en California, bajaron del avión, retiraron sus maletas y salieron del aeropuerto. Un integrante de la milicia se les acercó, comprobó sus credenciales y los llevó directo al complejo habitacional de la escuela donde se hospedarían temporalmente.

Una vez en sus respectivos departamentos (uno al lado del otro) empezaron a desempacar todas sus cosas. Levi se tomó su tiempo, verificando que todo estuviera limpio, y cuando hubo terminado, Farlan se apareció en su puerta.

—¿Te gustaría ir de turismo?

—¿Ahora? —miró el reloj reconfigurado: 7 p.m.—. Es algo tarde.

—Oh, vamos. Nunca es tarde para conocer lugares nuevos.

—Se ve que estás muy entusiasmado.

—Bueno, no sé cómo serán las cosas cuando nos integremos mañana a la escuela, así que es mejor aprovechar el tiempo. Además —se cruzó de brazos—, quién sabe y puedas encontrar a tu media naranja entre tanta belleza estadounidense.

Levi alzó una ceja y negó mientras reía ante tan ocurrencia.

—Gracias por la oferta, pero prefiero descansar. Tú deberías hacer lo mismo.

—Tengo mucha energía todavía —afirmó y empezó a trotar sobre su eje—. Iré a dar una vuelta cerca. Luego te contaré lo que descubrí.

—Está bien.

El rubio salió y lo dejó nuevamente solo. Aprovechó para tomar un baño y luego se preparó un té que acompañó con algo ligero que encontró en las abastecidas despensas. Prendió la televisión y curioseó los canales, pero al no encontrar algo que le interesara la apagó poco después y encendió la radio, dejándose llevar por el buen rock clásico en inglés.

Ya cuando cayó la noche y, tras haber revisado cada rincón de su residencia temporal, se retiró a descansar.

A la mañana siguiente se levantó temprano y se preparó para partir hacia la base militar con el uniforme correspondiente. Farlan fue a buscarlo y juntos se dirigieron al lugar mientras el rubio le contaba animado lo que había visto el día anterior. Lo escuchó pacientemente, sorprendiéndose en algunos detalles hasta que finalmente llegaron.

Se formaron junto con los demás tenientes y pasaron a recibir la primera clase del día. En ella el instructor Darius Zackly realizó un repaso sobre aspectos básicos de estrategia y describió la experiencia de Estados Unidos en las distintas guerras vividas. También allí conocieron a otros pilotos como Eren Jaeger, Jean Kirschtein y Connie Springer que les parecieron los más agradables, pero si se referían a Floch Foster, "el mejor de su división", no encontraban en él más que egocentrismo y el más grande complejo de superioridad jamás visto.

No cayeron ante sus provocaciones una vez terminada la clase, por lo que se levantaron de sus asientos y se dirigieron a la siguiente donde el Comandante Nile Dok los esperaba.

—Muy bien, tenientes de todo el mundo. Como ya saben, su formación aquí tiene una duración de tres meses en los cuales tendrán entrenamiento en combate aéreo, estudios teóricos y evaluaciones de su desempeño —dijo Nile—. Es un corto período que deben aprovechar para mejorar sus destrezas y regresar como los mejores a sus naciones —se sentó en una butaca al lado del pizarrón—. Yo me encargaré de probarlos en el aire, pero ahora van a conocer a quien será su instructora civil. Experta en Seguridad y Astrofísica.

Dicho esto, unos zapatos de taco comenzaron a resonar desde la parte de atrás, atravesando el pequeño camino que se abría entre un grupo y otro hasta posicionarse al frente de todos.

Levi estaba jugando con su bolígrafo, pero se detuvo abruptamente, así como el tiempo, cuando alzó a ver y se encontró con una figura que reconoció de inmediato en medio de los murmullos de sus compañeros.

Abrió los ojos como platos, sin todavía creerlo, y dejó de respirar cuando sus miradas se cruzaron.

—Mikasa…

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Después de su salida de Lille, su modo de ver las cosas cambió significativamente.

Ya no era tan simple para ella aceptar los constantes viajes como si fueran nómadas, porque aprendió que en cada uno de ellos se vive de forma diferente y única, generando recuerdos que no se podían olvidar jamás.

En especial cuando se trataba de personas que hicieron eco en su interior.

Una vez finalizada la mudanza en Alemania, siguió nuevamente el protocolo que regía su vida desde hace muchos años, solo que esta vez no sintió ese temor latente de conocer gente nueva. Tardó mucho menos en adaptarse, rodeándose de personas realmente espectaculares, y aunque agradecía siempre ser capaz de poner en práctica todo lo que aprendió en Francia, siempre recordaba a la persona que se lo enseñó.

Fue muy complejo para ella lidiar con la ausencia de Levi, pero también sabía que él estaría muy orgulloso si supiera cuánto había avanzado en materia de relaciones sociales, sin tenerle miedo a nada ni a nadie.

Eran tantas las cosas que quería contarle que una vez se decidió a escribirle una carta. Se esmeró mucho en los detalles y se la envió, pero pasaron dos meses y no obtuvo respuesta. Le pareció extraño, por lo que volvió a insistir meses después, pero el resultado fue el mismo.

Recordó lo que alguna vez mencionó: que iría a la Fuerza Aérea. Quizá por eso no contestaba, pero debería por lo menos decirle que estaba bien aunque sea una vez, o él o Kuchel.

Dejó el tema de lado por un tiempo y luego lo retomó, pero la situación no había cambiado y eso sus padres lo notaron, por lo que le dijeron que ya era suficiente.

—Es inútil, hija.

—Pero, papá...

—No malgastes tiempo en una respuesta que nunca va a llegar —dijo sin ánimo de hacerla sentir mal—. Levi debe estar muy ocupado persiguiendo sus sueños. Deberías centrarte en tu futuro también.

—Debo decir que concuerdo con tu padre —dijo su mamá—. No te aferres a un imposible. Quizá más adelante puedan contactarse, pero por el momento deja las cosas como están, ¿sí?

Sabía que ellos solo estaban siendo objetivos al respecto, sin malas intenciones de por medio, por lo que decidió tomar su consejo y centrarse de lleno en sus estudios.

Así pasó el tiempo hasta graduarse de la preparatoria en Suiza, y cuando supo qué carrera seguir, inició sus estudios en una de las más grandes universidades de Europa. Gracias a su mente brillante destacó de entre todos y pudo obtener el título en Astrofísica para luego continuar estudiando Ingeniería Aeronáutica.

Dadas las buenas referencias, y de forma inesperada, fue elegida para servir en la Base Militar de Miramar en Estados Unidos, pero antes de viajar allá decidió visitar por última vez la ciudad que le trajo la mayor de las alegrías.

Sí, regresó a Lille con la esperanza de volver a ver a Levi, pero cuando llegó al qur alguna vez fue su barrio, se sorprendió al ver que la casa donde él y Kuchel vivían estaba vacía.

"Oh".

Sintió una ligera punzada de desilusión, y aunque muy en el fondo quiso buscarlo, desistió porque debía viajar pronto a Estados Unidos e integrarse a su nuevo equipo de trabajo. Suspiró con pesar y abandonó el lugar tras echarle un último vistazo.

Sinceramente llegó a creer que sus caminos no se volverían a encontrar jamás e incluso se cuestionó sobre aquellos sentimientos que desarrolló hace mucho, pero todo ello se vino abajo al verlo, luego de diez años, en aquella sala de audiovisuales a escasos metros de distancia, observándola con la misma sorpresa que denotaba su rostro.

Una vez más los latidos frenéticos se apoderaron de su pecho, pero para no llamar la atención de los demás recuperó la compostura y decidió dejar el saludo para después, tratando de ignorar ese atisbo de alegría que empezó a recorrerla de pies a cabeza.

Se presentó, explicó un poco sobre lo que tratarían sus clases y enseguida dio inicio a las mismas. Su conocimiento y experiencia, así como la forma tan sencilla y precisa de enseñar, dejó a todos muy impresionados, y aunque su desenvolvimiento con las palabras era impecable, no pudo evitar sentirse un tanto nerviosa al percibir un par de ojos que no se apartaban de ella por nada del mundo y con los que se cruzó repetidas veces de forma efímera.

Una hora después finalizó y poco a poco los tenientes (que a partir de ese día los llamaría sus estudiantes) comenzaron a retirarse al igual que el Comandante Nile, quedándose a solas con Levi, quien previamente le había dicho a su rubio amigo que se adelantara.

De pie frente a él, a un par de metros de distancia y en medio de un silencio expectante, se tomó la libertad de escanearlo, pasando su vista primero por su pulcro uniforme y deteniéndose nuevamente en su rostro, el mismo que no había cambiado en lo absoluto y que la miraba con la misma expresión que en los viejos tiempos.

Estaba tan abrumada por las emociones que no sabía si abrazarlo, besarlo, gritar… Solo atinó a quedarse quieta, como una estatua, en su lugar.

Algo similar le ocurrió a la azabache. Tras analizarla en ese ajustado traje y notar su corte de cabello, se preguntó varias veces si lo que estaba viendo no era un espejismo ni un producto de su imaginación.

Pero no, ella era real y despertó en su interior algo que había estado dormido por mucho tiempo y que creyó muerto cuando las esperanzas de volver a verla se esfumaron.

Al parecer, alguien allá arriba tuvo misericordia.

—Ha pasado mucho tiempo —él fue el primero en hablar, aunque no se movió.

—Así es —sonrió, sin saber qué más decir. Por Dios, toda ella era un lío en ese momento, pero supo recomponerse—. ¿Te gustaría ir a conversar en otro lugar?

—Seguro.

Ella asintió y ambos salieron de la sala sin mencionar palabra. Caminaron hasta abandonar las instalaciones de la base militar y se dirigieron a un café sugerido por la azabache que quedaba a una cuadra. Ingresaron al local, se sentaron en una mesa y una camarera tomó sus órdenes antes de desaparecer en la cocina.

—Rayos, estoy un poco ansiosa —musitó mirando la ventana.

—No eres la única. Creo que sigo igual de sorprendido. Luego de tantos años… —hizo una pausa y suspiró—. ¿Cómo has estado?

—Bastante bien —"Aunque habría estado mejor si no me apartaba de ti"—. ¿Y tú?

—No me quejo. Aunque, si te soy sincero, todavía no me lo creo que estés frente a mí de nuevo y de qué forma.

—Debería decir lo mismo —sonrió con nostalgia—. Qué casualidad encontrarnos en el otro lado del mundo.

—Y bajo estas circunstancias —completó él—. Pero ¿instructora civil?

—Para resumírtelo, luego de seguir Astrofísica en la Universidad de Oxford, aposté por otra carrera: Ingeniería Aeronáutica. Me especialicé en Seguridad y fui contratada para servir a este país. Llevo aquí ya dos años.

—Ya veo.

—¿Y tú? Creo que no hace falta preguntar si cumpliste con tu objetivo.

—Tú lo has dicho —en ese instante llegaron sus órdenes: dos bebidas humeantes que la camarera dejó al frente de cada uno—. La vida en la marina ha sido muy interesante y entretenida, y más ahora que estoy en América.

—Mmm… —tomó su taza y bebió de su café. Poco después recordó cierto detalle—. ¿Puedo preguntarte algo?

—¿Sobre qué?

—Antes de venir a Estados Unidos pasé por Lille, pero tu casa estaba vacía. ¿Pasó algo con la señora Kuchel acaso?

—Ah, eso —tomó de su té sereno, aunque muy en el fondo le sorprendió saber que había regresado al lugar donde inició todo—. Pues no. Solo no quería dejarla sola y la llevé a vivir conmigo a Marsella —dejó la taza sobre el plato—. Nos mudamos un poco después de que te fueras.

—Oh —ahora todo estaba más claro en su mente—. Eso explica lo de las cartas…

—¿Cuáles cartas?

—Bueno… cuando estuve en Alemania te escribí algunas, pero nunca obtuve respuesta —jugó con sus dedos—. Por un momento llegué a pensar que te habías olvidado de mí.

—No tenía motivo para hacer eso —pasó el índice inconscientemente por el mango de la taza—. Además, tratándose de ti, no habría dudado en contestarte.

Sonó muy sincero, cosa que le trajo mayor tranquilidad al igual que haber solventado su anterior duda.

—También llegué a plantearme enviarte correspondencia —confesó el azabache—, pero no sabía cuál era la dirección. Y como este mundo es muy grande y siempre estabas de viaje pues…

—Entiendo —meditó unos segundos—. Aunque podrías haber buscado una forma de hacerlo —mencionó de forma aleatoria.

—¿Cómo? ¿Imprimiendo una enorme foto tuya y colgándola de un avión mientras atravieso continentes preguntando por ti?

Soltó una risita que pronto se transformó en una auténtica risa. Ahí estaba ese humor, esa pizca divertida de él que tanto había extrañado.

—No tanto así —continuó riéndose, haciéndole sonreír—. Dudo mucho que seas capaz de hacer eso.

—¿Acaso me estás retando? —le lanzó una mirada inquisidora.

—Más que un reto, es una aseveración —lo provocó y él fingió ofenderse para luego reír—. Pero ya ves que no es necesario ahora.

—Sí… —volvió a quedarse en silencio, distrayéndose con las pocas personas que circulaban por las calles—. ¿Sabes una cosa?

—¿Qué?

Se demoró unos segundos en responder hasta encontrar nuevamente sus ojos.

—Te eché mucho de menos.

Fue una frase sencilla. Cinco simples palabras cargadas de verdad y cariño que hicieron que la azabache, que no lo vio venir, sintiera algo cálido agitarse en su interior.

—Yo también —sonrió.

Continuaron conversando hasta terminar sus bebidas, pagaron la cuenta luego de una corta discusión sobre quién lo haría y regresaron a la base militar, despidiéndose y dirigiéndose cada quien a sus respectivas actividades.

Mikasa ingresó a uno de los edificios y saludó a sus colegas antes de encerrarse en su oficina. Se sentó en su silla y procedió a revisar algunos documentos, pero repetidas veces se detuvo al recordar cómo había iniciado ese día, con la más grande y grata de las sorpresas.

Honestamente no sabía cómo describir cuán feliz se sentía. Luego de aquel encuentro y la charla de redescubrimiento, volvió esa aura especial que los cubrió en su momento en Lille, como si no hubiesen pasado años eternos de contacto nulo.

Suspiró con alegría, dando gracias por esa oportunidad de volver a convivir con Levi una vez más.

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—Es una preciosura, ¿no lo crees?

Luego de un día lleno de lecciones sobre estrategia y manejo de naves, los tenientes fueron puestos a prueba en un combate aéreo donde debían atrapar al instructor en medio de un campo lleno de cadenas montañosas accidentadas.

En parejas, y bajo un cierto límite de tiempo, volaron por los aires por turnos, y cuando la práctica hubo terminado, todos dejaron los aviones en la base y se bajaron de los mismos, cargando sus cascos de seguridad a un costado.

Levi caminaba muy tranquilo tras haber logrado el objetivo, y hubiese continuado así de no ser por la frase repentina de Farlan, frase que no fue complicado saber a quién hacía referencia.

—¿Ah?

—No finjas, querido amigo. Dudo mucho que no te hayas dado cuenta de cuán hermosa es nuestra instructora civil.

—Ajá —trató de sonar desinteresado mientras seguía su andar con la vista al frente.

Hace muchos años atrás, cuando recién ingresó a la marina, le comentó al rubio sobre una amiga que dejó el país, pero nunca mencionó su nombre quién sabe por qué razón. Ahora, esa amiga estaba ahí y era precisamente la instructora, solo que aún no se lo había dicho.

—Concuerdo con Farlan —apareció Eren a su lado—. Es muy atractiva, pero, además de eso, brillante.

—Y, según sé, es más joven que nosotros. ¿Pueden creerlo? —la voz de Jean se unió.

—Así a cualquiera le dan ganas de aprender —continuó el ojiesmeralda—. Hum… ¿será que acepta si le pido una cita?

—¿Quieres apostar? —intervino Connie, quien les seguía el paso muy de cerca.

—Ja, veo que sueñan muy alto como para pensar que pueden conquistarla —el tono desagradable de Floch pasó por un costado—. Descuiden, niños. Yo les enseñaré cómo se hace.

Continuaron las charlas entre discusiones, debates y frases sarcásticas contra Floch mientras regresaban al edificio principal. Levi decidió ignorarlos y no intervenir, aunque en lo más profundo de su interior le fastidiaba que trataran a Mikasa como un trofeo, y más con algunos comentarios fuera de lugar propios de mocosos hormonales.

Estuvo a un hilo de mandarles a la mierda, pero una vez en los vestidores se callaron y se pusieron, poco después, a hablar de fútbol. Agradeció por no tener que malgastar su voz en sermones y salió cambiado, dejando a Farlan quien estaba enfrascado dando pronósticos para los próximos partidos de la UEFA Champions League.

Eran las seis de la tarde cuando decidió regresar a su departamento cargando, en una pequeña maleta, su traje que debía lavar. Mientras estaba en ello, recordó a Mikasa; no la había visto en todo el día ni cuando pasó casualmente por su oficina, y se preguntó si ya estaría en su casa.

Entre estos y muchos otros pensamientos llegó al complejo habitacional, pero cuando subió al piso que le correspondía, le sorprendió meter la llave en el cerrojo y que se abriera con un simple movimiento a la izquierda y no con los cuatro habituales.

Extrañado y siendo cauteloso, ingresó al departamento, dejó la maleta en el cuarto de lavado y, sin hacer el menor ruido, revisó los demás lugares. Su instinto le decía que había alguien, pero por más que buscó no lo encontró.

"Tsk. Creo que estoy alucinando".

Cada vez más convencido de eso, y de que, por error, no dejó asegurando la residencia, suspiró y se dirigió a su habitación, pero justo al momento de atravesar el umbral la puerta del baño, ubicada a unos cinco metros al frente, se abrió.

Se llevó el más grande susto de su vida cuando vio salir a una figura del lugar (único que no revisó), pero luego ese susto se transformó en desconcierto y perplejidad al reconocer de quién se trataba.

—¿Mikasa?

La aludida, que no había notado su presencia, se detuvo de golpe y alzó a verlo.

—Oh, hola —sonrió.

—… ¿Qué haces aquí?

—Cortaron el servicio de agua en todo mi barrio y necesitaba una ducha de urgencia luego de volver de mi improvisado viaje a Washington —se tomó el tiempo de explicarlo con total calma—. No aguantaba más el cansancio y entonces recordé dónde vivías. No lo pensé dos veces y decidí venir. Me disculpo por el atrevimiento.

—¿Y cómo entraste?

—Con la llave de repuesto de debajo de tu alfombra —se cruzó de brazos—. Tus hábitos no han cambiado, así que no fue difícil adivinarlo.

El azabache asintió despacio. Estaba demasiado asombrado por su repentina aparición que se centró exclusivamente en escuchar sus explicaciones, sin percatarse de cómo estaba realmente vestida.

No fue sino hasta que terminó de responder sus preguntas que se dio cuenta.

Sus pies estaban descalzos, llevaba puestos unos jeans negros y una toalla pequeña descansaba sobre sus hombros. No traía blusa; solo un elegante brasier cubría sus pechos.

Ante semejante e impresionante vista, recordó las pláticas absurdas de sus compañeros y rápidamente desvió la mirada, cosa que Mikasa no pasó por alto.

—¿Qué sucede?

—Tú… —no sabía cómo decírselo—. … No estás completamente vestida.

La ojigris ladeó la cabeza y miró hacia abajo, entendiendo a lo que se refería.

—Ay, lo siento —mencionó sin sentirse avergonzada, cosa que lo sorprendió ya que creyó que chillaría o algo por el estilo—. Es la costumbre —se quitó la toalla para colgarla en una silla cercana y se acercó a la cama donde yacía su blusa de botones. La tomó, se la colocó y volvió a mirarlo—. Ya está.

Levi se encontró con sus ojos y la miró brevemente de arriba abajo. Exhaló más tranquilo, aunque, por alguna extraña razón, se sentía ligeramente inquieto.

Mikasa lo notó, alzó una ceja y posó sus manos sobre sus caderas.

—¿Nunca has visto a una chica semidesnuda?

—¿Qué? —la pregunta lo descolocó.

—Mmm… tu expresión me lo dice todo.

—No, no es eso. Solo…

—¿Entonces por qué no me miras? —lo interrumpió y sonrió—. Ya me vestí como querías.

Él no dijo nada. Sí, ella tenía razón, pero aun así sus ojos no dejaban de mirar a un lado.

Estaba tan concentrado tratando de explicar por qué estaba actuado de esa forma que, cuando volteó a ver por inercia, fue sorprendido por la abrupta cercanía de Mikasa, quien había aprovechado su momento de distracción para acercarse en silencio.

—Acerté, ¿no es así? —lo miró divertida.

Una vez más no respondió, solo se quedó prendado de aquellos suaves e hipnóticos orbes grises que lucían aún más hermosos de cerca. Aspiró involuntariamente su aroma natural y su corazón comenzó a latir de manera irregular, golpeando su pecho en un compás desconcertante.

Mikasa estaba a la espera de algún reproche de su parte, pero eso no sucedió. Por el contrario, y de forma bastante inesperada, lo único que vio fue un leve rubor que adornó sus mejillas mientras desviaba otra vez la vista.

Parpadeó varias veces, impactada por aquel gesto y fascinada al mismo tiempo mientras retrocedía un paso. ¡Levi sonrojado! ¿Quién lo hubiera imaginado? Y ella que creyó que sería imposible verlo en esa faceta.

"Qué novedad".

Bueno, esa no era la intención, pero podría acostumbrarse a provocarlo para deleitarse de ese tierno y adorable lado suyo que le gustó sobremanera.

—Eres una cajita de sorpresas —él la miró sin entender y ella soltó una risita. Se alejó para ponerse sus botines, tomó su abrigo y bolso y luego regresó donde él seguía de pie—. Gracias por prestarme la ducha. Me siento revitalizada ahora —se acercó y le dio un rápido beso en la mejilla—. Nos vemos —susurró y salió de la habitación.

A solas, Levi espabiló cuando escuchó el golpe tenue de la puerta principal. Volteó a ver hacia el umbral y se quedó con la vista clava en algún punto de la nada, tratando de procesar qué era lo que acababa de ocurrir.

Por un momento no reconoció a Mikasa. Y es que estaba tan acostumbrado a esa faceta tímida que tanto la caracterizaba que verla tan segura e incluso capaz de provocarlo con unas simples palabras lo desarmo por completo.

¿Qué tanto había cambiado en ese tiempo que estuvieron separados? No lo sabía, pero luego lo averiguaría ya que primero debía descifrar el torrente de sensaciones que su inesperado beso causó en su interior.

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Los días siguieron transcurriendo y, con ellos, crecieron las experiencias. Los tenientes habían aprendido mucho sobre algunos aspectos específicos y compararon los casos de sus países con otros, recibiendo una serie de recomendaciones y empleando tácticas nuevas de preparación en el caso de que la guerra llegara a tocar sus puertas. Las acciones humanas son bastante impredecibles; los conflictos pueden llegar en cualquier momento, por lo que es preferible prevenir antes que lamentarlo por el resto de sus vidas.

Sí, la vida era un constante e interesante reto dentro de la base militar, pero no era la única para todos ellos.

Como cualquier ser humano, fuera de sus uniformes tenían sus momentos de diversión y entretenimiento, y el caso de Levi no fue la excepción. Los fines de semana, cuando sus compañeros se reunían para beber o jugar billar en algún lugar remoto, él prefería aceptar las invitaciones de Mikasa para salir y disfrutar de un buen paseo al aire libre. Ella, al conocer muy bien la ciudad, actuaba como su guía turística y le enseñaba cada uno de los rincones más importantes. Las conversaciones no faltaban, lo que algunas veces le daba la sensación de ser teletransportado al pasado, a aquellos días felices cuando eran adolescentes.

Y no era el único ya que la azabache, con su muy alegre y contagiosa actitud, también lo sentía de esa forma y lo externalizó en un par de ocasiones.

Esos pequeños momentos se volvieron uno de sus más grandes tesoros, pero además le sirvieron para entender qué era lo que realmente sucedía en el interior de aquella masa palpitante denominada corazón.

Una mañana nublada se levantó como de costumbre, se vistió, desayunó y salió de su departamento, solo que esta vez se dirigió en solitario a la base militar ya que Farlan le dijo el día anterior que tenía que resolver un asunto. No dio más detalles, lo que le pareció un tanto sospechoso, pero prefirió no preguntar ya que seguramente luego lo descubriría.

Al llegar, caminó tranquilamente por uno de los pasillos principales. Chequeó su reloj, verificó que estaba a tiempo y subió por las escaleras al segundo piso. Le faltaba poco para arribar a la sala cuando una chica se le acercó cargando un par de carpetas.

—Buenos días, teniente Ackerman.

—Buenos días, Nifa —se detuvo y la miró.

—¿Se dirige a su primera clase?

—Así es.

—Yo también voy en esa dirección. ¿Le importaría si lo acompaño?

—En lo absoluto. Vamos.

La muchacha asintió con un leve sonrojo en sus mejillas y retomaron su andar.

La fama de Levi se había extendido en toda la base militar y no solo debido a sus impresionantes habilidades, sino también a su atractivo físico, aspecto que no pasó desapercibido para las pocas féminas que laboraban en el lugar.

Una de ellas era precisamente la asistente de administración Nifa, quien lo conoció hace dos semanas cuando le llevó unos documentos y que desde ese momento había quedado cautivada, buscando siempre una excusa para acercársele aunque sea por unos segundos.

Ese día no fue la excepción, y estaba realmente contenta por poder acompañarlo a través de ese largo corredor, pero quien no lo vio con buenos ojos fue cierta azabache que venía muy cerca de ellos.

Mikasa llegó a su oficina y retiró algunas evaluaciones para dirigirse a impartir la clase del día. A lo lejos vislumbró a Levi y quiso llamarlo para que la esperara, pero antes de hacerlo vio cómo Nifa, salida de algún lugar, se le acercó, intercambiaron palabras y continuaron caminando juntos.

Se quedó un rato observando aquella imagen y chasqueó la lengua. Ahí estaba una vez más aquella molestia y enojo involuntario cuando veía al ojiazul rodeado por otras mujeres, la misma desagradable sensación que se manifestó hace años y que ahora parecía haberse fortalecido.

Intentando serenarse, respiró profundo y reinició su caminar, aunque fue inevitables mirarlos y preguntarse qué era lo que estaban conversando.

"Hmp. No es de mi incumbencia…".

Levi llegó a la puerta de la sala de audiovisuales y se quedó un rato más terminando la charla con Nifa, quien estaba prestando especial atención a todo lo que decía.

—Oh… ¿entonces has comandado tropas tú solo en Francia?

—Sí. Al principio fue un desafío, pero lo manejé con la cabeza fría y pude completar la misión con éxito.

—Vaya. Me habría gustado estar ahí para verlo y…

—Parece que están teniendo una plática muy amena —la voz suave de Mikasa los interrumpió, haciendo que ambos voltearan a ver—. Teniente Ackerman. La clase está por comenzar, pero si desea seguir haciendo vida social no tengo ningún inconveniente en dejarlo afuera.

Le regaló una diminuta sonrisa que contrastó enormemente con el tono severo de su voz, desconcertándolo. Luego volteó a ver a la chica al otro lado e hizo el mismo gesto, pero con los ojos afilados y gélidos.

—Buenos días, Nifa.

—B-Buenos días, señorita Mikasa —bajó la cabeza y retrocedió un poco, dejando que pasara.

El azabache la siguió con la vista y se despidió rápidamente de la asistente para entrar a la sala. Tomó asiento en su lugar y dos minutos después la clase comenzó. Farlan se encontraba ya en su sitio, pero no le prestó atención ya que su vista estaba clavada específicamente en la instructora.

Y es que, de principio a fin, ella evitó a toda costa hacer contacto visual con él como era habitual, e incluso se mostró un tanto indiferente cuando le dejó la hoja de evaluación sobre la mesa.

Le pareció muy extraño ese comportamiento y trató de adivinar a qué se debía, pero cuando no se le ocurrió nada y quiso preguntárselo directamente, ella se apresuró a salir y desapareció, dejándolo con la duda.

No pudiendo hacer nada más al respecto, se encogió de hombros y fue a alistarse para su siguiente práctica. Durante ese momento, en los camerinos, se enteró que algunos de sus compañeros habían planeado una especie de reunión para celebrar el primer mes de su estadía en Miramar. Farlan era uno de los promotores, lo que explicaba su inusual comportamiento y esa aura misteriosa típica de las novelas policíacas inglesas.

La reunión estaba planificada para esa misma noche en una hacienda propiedad de uno de los comandantes a 10 minutos de la base militar, por lo que, terminadas todas las actividades, se dirigieron al lugar en grupo. No era un evento estrictamente formal así que fueron simplemente con sus uniformes, dispuestos a pasar un rato agradable entre comida, música, bebidas y pláticas.

Eran las 8 p.m. y ya estaban prácticamente todos los invitados. Levi pasó un buen rato intercambiando anécdotas con sus superiores y luego se separó para tomar algo de whisky mientras la música y los murmullos se mezclaban en toda la estancia.

—Muy entretenido, ¿no lo cree?

Aquella voz a su lado hizo que volteara a ver, encontrándose con Nifa.

—Sí, aunque generalmente este tipo de cosas no son lo mío.

—Oh, entonces ¿por qué vino?

—Básicamente el teniente Church me arrastró aquí, pero debo decir que resultó mejor de lo que esperaba.

—Tiene razón —bebió de su margarita—. Es la primera vez que vengo a una reunión de este tipo y la estoy pasando genial.

Algunos pilotos se acercaron a la mesa para tomar algunos tragos, por lo que se movieron a un lado para no estorbar. Mientras seguían dando sus impresiones del ambiente, a la mente de la azabache llegó el recuerdo de Mikasa y se preguntó si ella estaría ahí.

Pero no fue sino hasta un par de minutos después que, desviando la vista aleatoriamente hacia un costado, la encontró. Tuvo la plena intención de acercarse, sin embargo, pronto descubrió que no estaba sola, sino en compañía de todos sus camaradas.

Ella reía despreocupadamente ante sus ocurrencias y bromas, pero en lugar de alegrarlo verla así de animada, sucedió todo lo contrario, ya que sintió cierto fastidio e incomodidad que mandaron su buen humor por la borda.

Farlan, que formaba parte del grupito, giró a ver y lo llamó cuando lo encontró no muy lejos de donde estaban.

—¡Hey, Levi! —agitó la mano con exageración—. ¡Únete a nosotros!

Todos los demás también lo miraron, incluso Mikasa, pero él solo frunció el ceño en señal absoluta de disgusto.

—No. Sigan divirtiéndose ustedes —trató de no sonar tan mordaz—. Yo iré a tomar un poco de aire.

Dio media vuelta, dejó el vaso de whisky a medias sobre la mesa y, cuando Nifa se ofreció a acompañarlo, la rechazó cortésmente alegando que prefería estar solo. Mikasa lo vio perderse entre la multitud y volvió su atención a los chicos, aunque muy de vez en cuando desviaba su mirada hacia la puerta por donde había salido.

Sin voltear a ver ni una sola vez, caminó colina abajo hasta detenerse sobre un puente. Apoyó sus brazos en la barandilla y suspiró mientras miraba el pequeño riachuelo pasar por debajo de sus pies, alumbrado apenas por dos faroles ubicados a los costados.

Bueno, no tenía razón aparente para estar molesto, pero no podía evitarlo con las jodidas imágenes atravesándose sin descanso por su cabeza, mostrando a Mikasa muy contenta entre aquellos que parecían leones a punto de cazar a su presa.

¿Y es que acaso ella no se daba cuenta? Por un momento sintió unas severas e inexplicables ganas de sacarla de ahí, pero eso llamaría la atención y no estaba para soportar comentarios sin repartir golpes e insultos en el proceso.

No supo cuánto tiempo se la pasó sumido en sus pensamientos en compañía de la luna llena, pero volvió a la realidad cuando escuchó unos pasos repiquetear hasta detenerse cerca de él.

—¿Levi?

No hizo falta voltear a ver para saber de quién se trataba.

—¿No te estabas divirtiendo con tus amiguitos? —se burló con sarcasmo.

"¿Amiguitos?", repitió en su mente la azabache.

—Lo estaba, pero me preocupé al ver que no volvías.

—Ah, ahora resulta que te preocupaste —la miró de reojo—. ¿Ves? Estoy bien, así que puedes regresar a la casa.

La última frase sonó más como una orden, pero a Mikasa eso le valió un comino y se cruzó de brazos, sin tener la intención de moverse.

—¿Me podrías decir qué te pasa?

—Nada.

—No mientas. A cualquiera puedes engañar, menos a mí. Sé que algo te está molestando.

Silencio.

—El problema no es contigo —se dignó finalmente a mirarla—. O tal vez sí.

—¿Podrías ser más específico?

—Son ellos —respondió tras una corta pausa, decidiéndose a hablar sinceramente—. No me agrada que estés rodeada de los pilotos.

—¿Qué? —soltó incrédula y sin apartar su vista de la de él—. ¿Ahora resulta que no puedo llevarme con ellos?

—Puedes, pero deberías mantener la distancia y no reírte de cada cosa que dicen.

—¡No reírme! —exclamó y frunció el ceño—. ¿Y eso por qué? ¿Qué tiene de malo?

—Solo te estoy advirtiendo. No conoces sus intenciones.

—¿Y esa es razón suficiente para no tener una buena charla? ¿Acaso quieres que me encierre en un caparazón y no interactúe con nadie?

—No exactamente…

—¿Entonces?

—¡Solo hazlo y ya! ¡Es por tu propio bien! —dijo exasperado ante tanta pregunta.

—¿Cómo quieres que lo haga si no me das un motivo claro? —arremetió en el mismo tono, perdiendo poco a poco la paciencia—. Ve directo al grano, Levi Ackerman. ¿Por qué no quieres que me lleve con tus compañeros?

El aludido se quedó callado, preguntándose cuál sería la respuesta más adecuada para aquella pregunta.

—Por esto.

Pero prefirió dejarlo todo en manos de lo que le dictaba el corazón, salvando el pequeño espacio que los separaba para tomarla del rostro y unir sus labios en un beso.

No sabía específicamente cuándo, pero comenzó a desarrollar una serie de sentimientos nuevos y casi mágicos por la azabache que se fueron alimentando con cada momento juntos que compartían desde aquel divino reencuentro.

Sí, era ahora que finalmente los aceptaba, siendo la clara y más acertada explicación de sus extraños y ariscos comportamientos cuando la veía rodeada de otros que no fueran él.

Por su parte, Mikasa se quedó como una estatua de cristal, asimilando lo que estaba sucediendo. Todo el enojo anterior quedó relegado a segundo plano, siendo reemplazado por una ráfaga cálida de mil emociones que la recorrieron de pies a cabeza para luego concentrarse en su pecho.

Instintivamente cerró los ojos y se dejó llevar por el momento mientras subía lentamente sus manos para posarlas en los brazos de él. Duró algunos segundos, quizá los más largos de su vida, hasta que el azabache se separó un poco y la miró nuevamente.

Ambos, con la respiración ligeramente acelerada, se perdieron en los orbes del otro, distinguiendo en ellos un brillo único en medio de la relativa oscuridad que los rodeaba.

—Tú le gustas a Nifa —susurró la azabache espontáneamente para romper el silencio, aunque no haya sido el mejor tema.

—Y a mí me gustas tú —le respondió él mientras sonreía.

Esas palabras fueron suficientes para que, movida por la emoción, se acercara para besarlo otra vez.

—El sentimiento es mutuo —musitó con una sonrisa.

.

.

.

Un mes pasó, faltando poco para la graduación.

Durante ese tiempo, se desarrolló la rutina habitual con una ligera variación en los entrenamientos aéreos. Estos se volvieron más intensivos y contaron con la valiosa colaboración de otras bases militares estadounidenses, lo que mantenía a los tenientes bien enfocados en sus tareas. En general, se podría decir que la dinámica en Miramar no había cambiado mucho a pesar de una actividad extra.

Pero lo que sí cambió, a espaldas de todos los que laboraban en el lugar, fue la relación entre nuestros queridos azabaches.

Desde aquella noche llena de confesiones silenciosas, iniciaron un tierno e intenso romance fuera de las instalaciones de la base militar. Cuando llegaba el fin de semana, siempre se escapaban a algún lugar tranquilo para disfrutar de la compañía plena del otro, pero con la ligera diferencia de que ahora los besos y caricias también formaban parte de los momentos, haciéndolos más especiales.

Levi no se caracterizaba por ser una persona exclusivamente cariñosa, pero con Mikasa era cuento aparte. Gracias a ella, logró descubrir facetas suyas que jamás imaginó tener y hacer cosas que antes consideraba anticuadas. No era muy fanático de las muestras de afecto en público, pero con tal de verla sonreír, podía hacer eso y más.

Y dentro de las sábanas no fue la excepción.

Por supuesto esto tuvo influencia en su actitud, lo que no pasó desapercibido por Farlan. Al ser su mejor amigo, lo conocía más que nadie, por lo que no tenía caso seguir ocultándoselo.

Cuando se lo explicó una tarde de viernes, el rubio desencajó la mandíbula, pero su reacción fue mucho más notoria y cómica cuando agregó que Mikasa era la misma chica a la que hizo alusión en Francia.

—Pero mira nada más esa casualidad —habló un tanto recompuesto, aunque la sorpresa no lo abandonaba del todo.

No pudo más que deleitarse por la antología de emociones que reflejaba su rostro, pero cuando le preguntó si los demás pilotos lo sabían, respondió con un simple no.

¿Sería bueno que lo supieran? Sí (por una sencilla razón), pero no quería mezclar lo personal con lo profesional, además de que ellos no tenían ni idea de su historia previa y sería un fastidio contarles todo de principio a fin.

Fue decisión de ambos mantener su relación a escondidas y era más que suficiente por el momento.

—Ni una palabra de esto a nadie. Confío en que seas un baúl cerrado bajo llave.

Farlan asintió, y aunque seguía consternado por tantas revelaciones, le dio su palabra como en muchas otras ocasiones.

Mikasa, por su lado, parecía estar viviendo el más hermoso de los sueños. Sinceramente no sabía describir cuán contenta estaba, y aunque en el trabajo mantenía el perfil bajo, sin llamar la atención de las personas a su alrededor, ya fuera de este se sentía libre de poder ser ella misma con el hombre que le robó el corazón hace mucho.

Ya con este hecho, rechazó varias veces las citas que algunos pilotos le propusieron (tal y como le había advertido el ojiazul), mencionando, sin mayor detalle, que ya tenía a alguien.

Tras ver siempre sus rostros decepcionados, se preguntaba qué pensarían si supieran que sale con un compañero suyo. ¿Cómo reaccionarían? ¿Sería aceptable que una instructora mantuviera una relación con su estudiante? Seguramente no, y por ello prefería mantenerlo oculto, por lo menos hasta que terminara el curso.

Pero lo que sí disfrutaba era jugar con esa cuestión cuando estaba con Levi a solas, lejos de las miradas del mundo.

—¿Listo para algunas clases particulares?

—Soy todo tuyo, ma maitresse.

Sí, era algo particularmente divertido, una de las tantas cosas que experimentaban en aquellos momentos donde no les importaba nada ni nadie.

En uno de esos días, luego de terminada una reunión con los altos mandos, caminó por uno de los pasillos abiertos que permitía observar los aviones de combate en el ala sur. Estaba tan distraída viéndolos que fue sorprendida cuando sintió que la jalaban hacia un costado y la metían a un salón vacío para acorralarla contra la puerta ya cerrada.

Había cerrado los ojos durante todo el proceso, pero cuando volvió a abrirlos se calmó al encontrarse con su mirada azulina favorita.

—¿Qué estás haciendo? Sabes que debemos ser cautelosos.

—Descuida. No había nadie alrededor y por eso aproveché para secuestrarte.

—Te gusta jugar al peligro, ¿no? —sonrió.

—Siempre es bueno algo de adrenalina —le devolvió el gesto y le dio un beso—. Pero mi plan es otro.

—¿Ah, sí? —jugueteó con el cuello de su camisa—. ¿Y de qué se trata?

—Te daré un pequeño paseo en avión.

—¿Cómo? —lo miró perpleja—. ¿Quieres que me suba al que usas en los entrenamientos?

—En efecto.

—¿Estás loco? —reclamó en un susurro—. Yo no sé manejar esos aviones. Además, no puedes usarlos si no es dentro de las horas fijas de clase.

—No te preocupes. Logré convencer al Comandante Nile y me dio permiso. Todos los demás ya se fueron, así que nadie sabrá sobre esto.

Mikasa se quedó pensando. Bueno, hace mucho tiempo voló una avioneta mientras estaba en la universidad, pero ahora era diferente, teniendo todavía sus dudas respecto a tan inusual invitación.

—Yo me haré cargo de manejar el avión. Tú solo disfrutarás del vuelo.

—Oh —soltó una risita mezclada con alivio—. Está bien.

—Perfecto —sonrió complacido y se separó—. Entonces vamos.

Salieron del salón en tiempos distintos para no levantar sospechas entre la poca gente que circulaba aún por el lugar y se dirigieron a los vestidores. Levi le prestó uno de sus trajes especiales, la ayudó a colocárselo y, cuando ambos estuvieron listos, se dirigieron sigilosamente a la base donde descansaban los aviones.

Mikasa se subió cuidadosamente a la cabina posterior y luego vio al ojiazul hacer lo propio en la que se encontraba adelante. Siguió las instrucciones de colocarse el casco y todos los demás equipos de seguridad y se quedó quieta, observando los detalles de aquel pequeño espacio hasta que la cubierta de cristal se cerró sobre su cabeza.

—¿Lista para el despegue? —preguntó Levi a través del intercomunicador.

—Cuando quiera, teniente Ackerman.

Escuchó una risita y dos segundos después los motores se encendieron. La aeronave comenzó a moverse a través de la larga pista y paulatinamente se elevó hasta surcar libre en el cielo. Al inicio fue un vuelo suave, sin mayores agitaciones, pero, luego de que el azabache preguntara si estaba bien y le diera una afirmativa, comenzó la verdadera adrenalina.

La velocidad aumentó y pronto se vio en ascensos casi verticales y en giros de 360 grados en medio del mar. Chilló un par de veces ante las repentinas maniobras, pero enseguida reía por la emoción, completamente maravillada por la habilidad impecable del ojiazul que pudo comprobar de primera mano.

Unos minutos más duró hasta que volvieron a tocar tierra. Dejando el avión en su lugar, Levi se bajó primero para ayudarla a hacer lo mismo.

—¿Y? ¿Qué te pareció? —preguntó tras dejarla de pie en el suelo.

—¡Estuvo fantástico! —exclamó invadida por la algarabía—. Wow. Definitivamente fue mejor de lo que imaginé. ¡Parecía un ave volando por los aires!

—Y tú que no querías al principio.

—Me retracto —se sacó el casco y sacudió su cabello para luego robarle un beso—. Gracias. Me gustó mucho.

—Es bueno saberlo.

Volvieron a los vestidores, se cambiaron y salieron de los mismos para luego abandonar la base militar. Durante el camino, Mikasa siguió comentando sobre el emocionante paseo y a veces simulaba ser un avión, con los brazos extendidos moviéndose de un lado a otro mientras hacía sonidos graciosos y reía.

Esa imagen, tan encantadora y tierna, era una de las tantas que Levi disfrutaba ver. Le gustaba sorprenderla, admirar sus gestos cuando estaba feliz y perderse en aquellos ojos que le transmitían una paz indiscutible.

Era increíble todo lo que lograba provocar en su interior, y por ello no dudó en comentárselo a su madre un lunes cuando se decidió a llamarla.

Como se esperaba, ella exclamó por todo lo alto cuando le contó sobre el reencuentro, pero la reacción fue estrepitosamente mayor luego de que agregara lo de su relación.

No hizo falta verla para imaginar el rostro de júbilo que tenía en ese momento.

—Pero ¿cómo es que no me contaste sobre esto antes?

—He estado ocupado. Ya sabes: el curso, asuntos importantes…

—Oh, sí. Me lo imagino —insinuó ante lo último y soltó una risita—. Ay, hijo. Todavía no me lo creo.

—Lo sé. A veces parece demasiado bueno para ser verdad.

—Pero ya ves que sí, es real —suspiró alegre—. El destino quiso que sus caminos se volvieran a cruzar.

—Tienes razón —sonrió apenas. Y él que no creía en esas cosas, pero ahora era muy diferente.

—Estoy tan feliz por ti, aunque…

—¿Aunque?

Se demoró un rato en responder.

—¿Qué es lo que realmente quieres?

Un corto silencio se extendió en la línea.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, ya cumpliste con tu sueño de ingresar a la marina y ser piloto, y ahora, luego de muchos años, estás con Mikasa. Sé que no debería entrometerme ya que son cuestiones de tu vida, pero ¿en algún momento te has detenido a pensar en eso?

—Hum… —permaneció un tiempo relativamente largo sumido en sus reflexiones.

—Creo que es una cuestión que debes analizar muy bien —Kuchel rompió el silencio—. Mejor te dejo. Ah, y mándale un beso enorme a Mika de mi parte, ¿sí?

—De acuerdo. Hablamos luego —colgó y se recostó sobre el espaldar del sillón.

Algo de música se reproducía en la radio mientras seguía pensando en aquella pregunta. ¿Qué era lo que realmente quería? Hace un instante no respondió, pero a su mente llegó la imagen nítida de una sola persona, la misma que le había dado los mejores días de su vida en esa última temporada en California.

¿Estaba dispuesto a todo por Mikasa? No lo tenía muy claro, pero pronto sus sentimientos serían puestos a prueba…

Y solo ahí podría responder aquella cuestión.

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.

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—¿Qué?

Luego de una semana particularmente compleja, ambos azabaches se reunieron en la casa de ella para preparar juntos el almuerzo. El clima estaba inusualmente frío, por lo que decidieron no hace sus típicos paseos y quedarse en la comodidad de la residencia durante todo lo que restaba de la tarde.

Se habían divertido mostrando sus dotes culinarios, y cuando terminaron de comer jugaron algunos juegos de mesa antes de descartarlos y proceder con su actividad favorita, comenzando en el sillón y pasando por la mesa del comedor hasta terminar en la cama donde continuaron su intensa sesión de besos y caricias por un par de horas.

Tras quedar completamente exhaustos, se desplomaron sobre el colchón y permanecieron mirando el techo mientras sus respiraciones se regulaban. El ambiente estaba muy tranquilo en medio de ese silencio cómodo hasta que Mikasa, de forma repentina, mencionó algo que dejó a Levi totalmente perplejo.

—Me contactaron del Ministerio de Defensa de Estados Unidos hace tres días y me anunciaron que pasaré a formar parte de los instructores de la milicia de Croacia.

—Pero… —sin dejar de mirarla y, todavía consternado, se sentó—. ¿Por qué?

—Fui elegida luego de que evaluaran mi desempeño —se encogió de hombros y se irguió mientras se cubría con la sábana—. También dijeron que forma parte de un acuerdo multilateral de ayuda mutua, así que…

Lo mencionó en un tono neutral, incluso desinteresado, pero la verdad era que seguía muy sorprendida. Admitía que se sentía halagada porque, indirectamente, era una forma de reconocimiento por su arduo trabajo. Y habría estado muy feliz de no ser porque se percató que tendría que separarse de la persona que más quería en el mundo.

Podría pedirle a Levi que la esperara o la acompañara, pero eso sería muy egoísta y lo que menos quería era apartarlo de una de las cosas que más amaba hacer.

—No puede ser cierto —el azabache se pasó la mano por el cabello—. No…

—Sé lo que estás pensando y lo entiendo. Para mí también es muy difícil. Además, si no se hubiese dado el caso, no sería diferente ya que pronto estarás de regreso en Francia y nos separaríamos de todas formas.

Aquellas palabras fueron como una bofetada que le devolvió a la realidad. Mikasa tenía razón; estaba tan enfocado en vivir el ahora que no pensó ni por un segundo qué pasaría después de que el curso terminara. Sus vidas eran muy diferentes y sería inevitable que volvieran a tomar caminos distintos.

No había nada más que hacer, ¿verdad?

—Estos últimos días han sido los más felices de mi vida —la azabache lo tomó del rostro y sonrió con nostalgia—. Te agradezco por todo.

Levi no pudo decir nada ante aquellos ojos que lo miraban con tanto cariño y un toque de tristeza. Un segundo después sintió sus labios, pero tenían un sabor amargo a despedida que hizo que algo dentro de él se quebrara.

"No puedo aceptarlo".

Ese pensamiento lo acompañó durante el resto de los días siguientes, teniendo una severa influencia en su estado de ánimo que, milagrosamente, no afectó su rendimiento en las últimas clases.

Era una cuestión que le generó un enorme conflicto interno, por lo que, sin poder resistirlo más, se lo contó todo a Farlan para ver si así se podía quitar todas sus frustraciones. El rubio ya había notado algo extraño en él, y aunque al principio pensó que no pasaba de una situación pasajera, con todo el relato supo que no era así.

—Entonces eso fue lo que pasó…

—Sí, y me niego rotundamente a aceptarlo —dijo el azabache mientras iba de un lado a otro en la sala de su departamento.

—Deberías calmarte un poco.

—Mi calma se fue cuando ella dijo que se iría.

—Pero deberías hacer el intento. No te hace bien estar así.

—Lo sé. Créeme que lo sé, pero es muy difícil y más sabiendo que faltan menos de dos días para que vuele a Croacia —se detuvo y se desplomó en el sofá para luego suspirar—. Me rehúso a dejarla ir…

—Entonces no lo hagas.

Rápidamente volteó a ver a Farlan a un costado, quien se veía anormalmente serio.

—¿Qué?

Sonrió: —Es la primera vez que te veo tan desesperado por alguien. Se nota que Mikasa te importa mucho, quizá más de lo que imaginas, y creo yo que es razón suficiente para que hagas algo al respecto.

—¿Y qué se supone que debo hacer?

—Lucha —sentenció sin un ápice de vacilación—. Si no quieres dejarla ir, debes luchar. Demuéstrale de lo que eres capaz porque estoy seguro de que lo que sientes por ella no es nada superficial.

Levi se quedó en silencio. Mientras repasaba las últimas palabras, recordó la conversación que tuvo con su madre hace poco, pero, sobre todo, aquella frase que su difunto padre alguna vez le mencionó.

"Si algo realmente te importan, no lo dejes ir y lucha por ello hasta el final".

—Cualquier cosa que decidas, estaré ahí para echarte una mano —Farlan se levantó y se acercó para darle dos palmaditas en el hombro—. Pero debe ser rápido porque no queda mucho tiempo y…

—Lo tengo —habló de repente en un susurro, pero con el rostro iluminado—. Sé lo que voy a hacer.

—Así se habla, campeón.

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.

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Llegó el día de la graduación.

Tras haber aprobado satisfactoriamente el curso, los tenientes se preparaban para recibir su certificación e insignia por parte de los altos mandos de sus respectivas naciones que llegaron para presenciar tan importante momento.

Ya con todos impecablemente vestidos, se dio inicio a la ceremonia en la que estuvieron los instructores encargados... a excepción de Mikasa, quien, con sus maletas listas, tomó un taxi y se dirigió al aeropuerto.

Sinceramente se sintió mal por no poder estar en la graduación de sus exalumnos, pero lastimosamente había coincidido la fecha con la de su vuelo y no podía aplazarlo por más que quisiera.

Suspiró con pesar y miró por la ventana. Cada milla recorrida la alejaba de Levi, y aunque por fuera se mantenía seria, por dentro dolía, quizá más que aquella vez que dejó Lille.

No había vuelto a hablar con él desde la conversación que tuvieron en su casa hace ya más de una semana. Le pidió disculpas cuando le dijo que debía partir el mismo día que obtendría su insignia y él pareció comprenderlo, prometiéndole que estaría ahí para despedirla.

Entre tantos pensamientos, unos más alegres que otros, llegó a la terminal aérea. Bajó su equipaje, pagó el taxi y se dirigió puertas adentro. Recorrió un largo camino hasta la sala de espera, se sentó en uno de los puestos disponibles y miró el reloj: 10:40 a.m.

Para matar el tiempo, sacó un libro de Charles Dickens y se puso a leer, enfocándose completamente en aquellas líneas y sin prestar atención al ajetreo de su alrededor. Luego de una hora alzó a ver al tablero de vuelos y, por inercia, miró hacia un lado, frunciendo el ceño. Faltaban solo veinte minutos para abordar y no había ningún rastro de Levi por ninguna parte.

"¿Será que se arrepintió de venir?".

Ese pensamiento la entristeció. Sabía que la despedida no iba a ser fácil, pero dudaba que se retractara de su palabra, así que pensó en alguna otra opción que justificara su ausencia.

Mientras estaba en eso, volteó a ver una vez más y vislumbró a lo lejos a Farlan entre la multitud. De un brinco se puso de pie, y aunque le pareció un poco extraño que estuviera ahí, esperó a que se acercara para preguntarle sobre su amigo.

—Buenos días, señorita Mikasa.

—Buenos días —respondió—. ¿Has visto a Levi? Dijo que vendría, pero no lo encuentro y temo que haya sucedido algo.

—¿Levi? Oh, él está bien —sacudió la mano en el aire—. De hecho, estará aquí muy pronto, así que... —su explicación fue interrumpida cuando se escuchó un estruendo que hizo vibrar el lugar.

—¿Qué fue eso? —preguntó la azabache.

—Al parecer ya llegó —hizo una ceña para que mirara hacia el gran ventanal a un costado.

Mikasa así lo hizo y se acercó. Al principio no vio nada inusual, pero no pasaron más de cinco segundos cuando identificó un avión que ascendió casi verticalmente y giró en una maniobra bastante arriesgada, pero que supo reconocer.

—¿Levi?

—Adelante —escuchó a Farlan decir a sus espaldas, pero no prestó atención.

Casi de inmediato, el avión cambió de posición, bajando algunos kilómetros para volver a subir. La ojigris observó atentamente cada movimiento hasta percatarse que la cola de humo que dejaba atrás estaba dibujando su nombre. Frunció levemente el ceño y notó que otras personas se sumaban al espectáculo curiosas, pero su gesto cambió radicalmente cuando vio cómo trazaba perfectamente un anillo y adjuntaba un signo de interrogación al final de aquel inesperado y hermoso mensaje.

Con los ojos abiertos como platos y su mandíbula desencajada, escuchó un "Awww" de los demás espectadores y se apresuró a abandonar la sala, dirigiéndose a una de las puertas que daba a la pista de aterrizaje. Al salir, visualizó el avión que descendía hasta tocar tierra y detenerse en el extremo este.

Sin importarle absolutamente nada, corrió con todo lo que le daban sus fuerzas. Levi la reconoció a lo lejos y se bajó de la nave para ir a su encuentro, deteniéndose cuando la tuvo a un metro de distancia.

Se quedaron mirando unos segundos, como si estuvieran nuevamente reconociéndose y sin saber por dónde comenzar.

—¿Qué significa esto? —susurró Mikasa.

—Ya te fuiste una vez y fue desgarrador —acortó distancias lentamente—. Me resigné, por un momento me resigné a dejarte ir, pero luego me di cuenta de que ese no es lo que quiero.

—Levi…

—Lo sé. El compromiso puede parecer algo apresurado, pero fue la única forma que encontré para mostrarte que mis sentimientos por ti van más allá que cualquier cosa —la tomó del rostro y le acarició las mejillas—. No solo te quiero. Estoy jodidamente enamorado de ti, Mikasa, y si es necesario ir al fin del mundo, lo haré con tal de no separarme de ti nunca más.

La ojigris sintió cómo su voz se esfumaba y su corazón latía desenfrenado. Aquellas fueron las palabras más dulces que había escuchado en su vida, y llegaron a conmoverla tanto que un par de lágrimas rodaron inconscientemente por sus mejillas.

—¿Estás… seguro? —alcanzó a preguntar en un sollozo.

—Totalmente. Luego resolveré lo demás. Ahora lo que más me importa —sacó de su bolsillo una cajita de terciopelo— eres tú.

Mikasa rió mientras las lágrimas seguían cayendo y dejó que le pusiera el anillo. Era hermoso, pero no más que ese momento lleno de emociones y promesas.

—Y tú que decías que no era capaz de hacer esta clase de cosas.

Recordó la conversación que tuvieron hace tres meses y se lanzó a besarlo.

—Retiro lo dicho —musitó contra sus labios—. Sabes cómo sorprenderme, teniente Ackerman.

—Cualquier cosa por ti, ma jolie monitrice —la abrazó por la cintura.

Juntos rieron y, tras un beso más, regresaron al edificio tomados de la mano.

Pero esta vez con la clara consigna de que no era el final, sino el más feliz de los comienzos.