Capítulo II

Preggers


—Hijo, ¿todo bien?

Dave no pudo responder a su padre porque seguía vomitando. Tenía varios días sintiéndose terrible por las mañanas. Al principio no había querido decirle nada a su padre para no preocuparle pero no podía seguir así, menos cuando era tan evidente.

Unos minutos después Dave estaba mojándose la cara para refrescarse un poco; aún sentía el estomago revuelto. No tenía ni idea de cuál era la causa de su malestar y ya había tenido que faltar a varios de sus entrenamientos matutinos. Daba gracias a que sus calificaciones estuvieran de lo mejor porque así no tenía tantos problemas con la universidad. Se reunió con su padre en la cocina. El solo olor al desayuno le hizo estremecer de asco.

—Lo siento. Creo que no estoy muy bien. —Paul enarcó su ceja derecha. Dave sabía que venía un regaño.

—Ya me he dado cuenta. ¿Desde cuándo? —Dave no dijo nada y la boca de su padre se contrajo en una línea—. David…

—Un par de semanas. —Paul negó. Dave odiaba preocupar a su padre.

—¿Un par de semanas? El entrenador me llamó hace tres semanas para decirme que estabas faltando a los entrenamientos. Con esta son cuatro semanas, Dave. ¿Cuándo vas a empezar a hablar conmigo, hijo? —Dave bajó el rostro y de pronto sintió unas ganas enormes de llorar—. Vamos a ir con la doctora Taylor para que te revise y salir de dudas. No es normal esto que te pasa.

—Papá…

—No. Me vas a hacer caso. Ya he llamado a la universidad y te tomarás el día libre. La doctora Taylor nos verá por la tarde.

Dave sólo bebió algo de café y se fue a su habitación. Intentó pensar en la posible causa de su malestar. Tenía algo de miedo; la familia de su madre era bastante propensa a desarrollar cáncer y ésa era parte de su herencia genética.

Estuvo intranquilo toda la mañana. Su mente iba hacia diferentes lugares, entre ellos Kurt. Lo habían intentado, hablarse, escribirse, pero las obligaciones de Kurt le impedían estar en contacto tanto como querían y ya pasaban varias semanas sin saber de él. Claro que Dave conservaba el recuerdo de su primera vez y de los besos con Kurt dentro del coche. No es que le guardara luto ni nada, ya había flirteado con algunos chicos, pero su primera vez se había ganado un sitio especial en su mente. No sólo había sido maravillosa, también había sido con el hombre que quería.

Cuando la hora de la cita llegó, Dave se obligó a tranquilizarse. Pasara lo que pasara lo sortearía. La doctora Taylor era la médico de su equipo y con los meses se había vuelto una buena amiga de su padre. Era un poco más joven que él y bastante seria pero Dave tenía esperanzas de que entre ellos apareciera algún interés más allá del amistoso. La doctora Taylor le hizo algunas preguntas y le revisó. Dave seguía nervioso, sobre todo cuando la doctora no le dio un diagnostico de lo que le pasaba.

—Todo parece ir bien, Dave, pero no es normal que tengas esos malestares. Ordenaré unos exámenes químicos y espero que eso nos dé alguna luz. Vengan mañana a primera hora y por la tarde ya tendremos los resultados. Por lo pronto, te suspenderé de cualquier práctica deportiva hasta saber lo que te pasa.

—No, doctora Taylor. Me van a echar del equipo si sigo así. —La mujer lo miró severamente.

—Lo primero es tu salud, Dave. Si alguien te quiere echar del equipo abogaré por ti. Necesito que estés tranquilo. Por lo pronto, te daré algo para los mareos.


Esa noche no pudo dormir; las imágenes de su madre le atormentaban. Algo le decía que no estaba del todo bien sentirse así. A primera hora fue con su padre al hospital. Los exámenes fueron extensos con muchas muestras de sangre y mucho miedo acumulado en el cuerpo. Las horas para reunirse con la doctora Taylor se le antojaron eternas. Al llegar al consultorio, Dave pudo ver la cara de la doctora Taylor aún más seria.

—Doctora, ¿ya tiene los resultados? —Paul estaba tanto o más preocupado que Dave.

—Sí. —La médico miró de nuevo los resultados. Dave sabía que algo estaba muy mal—. Me temo que existe una anomalía.

—¿Es cáncer? —no pudo evitar preguntar—. Mi abuelo y dos de mis tíos por el lado materno murieron de cáncer.

—Tenemos que hacer más exámenes, Dave. He decidido internarte y empezar hoy mismo. —Paul se aclaró la garganta. Estaba muy pálido y desconcertado.

—¿Es grave? —El rostro de la doctora Taylor se suavizó.

—No adelantemos juicios. Necesitamos más pruebas y que ustedes se mantengan positivos.

Los nuevos estudios movilizaron a medio mundo y la doctora Taylor no se despegó de ellos ni un segundo y evaluó cada pequeña cosa que le hicieron a Dave. Para el final de ese día, tanto él como su padre estaban exhaustos y preocupados. Además los Karofsky no podían disimular su desagrado por los hospitales. El aroma a estéril les ponía de malas; a ambos les recordaba la última vez que Dave había estado internado en un hospital y ése no era un recuerdo para nada bonito.

La primera hora de la mañana los encontró despiertos. Habían estado hablando casi toda lo noche, contándose historias y riendo. Había sido la mejor forma de tranquilizarse. Al escuchar la voz de la doctora Taylor, Paul abrazó a su hijo y le dio una sonrisa reconfortante que significaba estoy aquí para ti, como siempre.

—Dave, Paul, ya tengo todos los resultados y la verdad es que no sé por dónde empezar. —La doctora Taylor no era una mujer que se fuera por las ramas así que Dave estuvo seguro de que lo que le pasaba era serio—. En los primeros estudios que le realizaron a Dave había una considerable elevación de una hormona. Lo consideré completamente anormal y por eso ordené esta nueva serie de estudios. Sin embargo, lo que he descubierto me ha superado. Dave, hay una mutación en tu cuerpo, algo que nunca se había visto y que hasta hoy creíamos imposible. —Dave no se movió, sentía su respiración pausada y el miedo del resultado—. Estás esperando un hijo.

Tanto Dave como Paul se quedaron petrificados. Casi se echan a reír pero la cara seria de la doctora Taylor se lo impidió.

—Eso es… No… Yo no puedo... No tengo el equipo necesario. —La lógica le decía a Dave que todo eso era una locura.

—Sí, bueno. Yo ya he pasado por esa fase —dijo la doctora Taylor mirando en el expediente de Dave—. Al parecer tu cuerpo desarrolló una especie de equipo, como tú lo has llamado. El producto está alojado en la cavidad abdominal, protegido y alimentado por ti. Repito: esto es una anormalidad, Dave. No sé si tu cuerpo ya contaba con ella antes o si se ha desarrollado debido al cambio hormonal de la adolescencia. Es imposible para mí dar un diagnostico de cuándo se originó pero el hecho es que existe. —Dave se sentía como si hubiese sido arrollado por un tren—. Será fácil extraerlo pero habrá que revisar tus niveles hormonales después de hacerlo para ver qué tratamiento seguir…

—¿Extraerlo? —preguntó su padre, que se veía tan afectado como Dave.

—Como si fuera un tumor —le respondió la doctora con la tranquilidad que le caracterizaba.

—¿Puede llegar a termino? —preguntó Dave casi sin querer.

—No lo sé. Esto es nuevo, Dave. No hay ni un solo registro de nada parecido. Es imposible responderte pero te aseguro que seguir puede ser peligroso para ti. —Dave se mordió el labio inferior. Era una locura pero si fuese posible, si hubiese una sola esperanza… Él no podía deshacerse de su hijo así como así.

—No quiero que extraiga nada….

—Dave…

—Lo siento, papá, pero si hay una pequeña posibilidad… No puedo hacerlo, papá. Esto es una locura pero si es real, si se puede lograr, habré matado a mi hijo. —Dave tragó saliva. Ese pensamiento venía de lo más profundo de su educación. Su madre siempre había sido una mujer religiosa que se había encargado de repetirle una y otra vez todo lo que era pecado. Pero más que eso, Dave estaba convencido de que si podía tenía que darle una oportunidad para vivir. Si era posible, haría todo por lograrlo.

—Dave, quiero que entiendas que tomar esa decisión es peligroso. No sabemos cómo va a seguir reaccionando tu cuerpo ni si tu organismo pueda soportarlo. Te lo reitero, es una anormalidad, una mutación de tu sistema endocrino. Científicamente es un hallazgo que puede poner en peligro tu vida para nada, porque la verdad es que no sabemos si el producto puede llegar a término.

Dave notó que temblaba de miedo pero se obligó a calmarse. Era la decisión más importante de su vida. Ya había sido un cobarde antes y no quería serlo más. Necesitaba tomar la decisión correcta y en el fondo sabía que no podría vivir tranquilo si no hiciera todo lo posible para que su hijo naciera. Era tonto y casi increíble pero mientras la doctora Taylor le estaba llamando producto, él ya pensaba en un hijo o hija. Observó a su padre. Si algo le pasaba le dejaría sólo pero Paul le había enseñado a hacer siempre lo correcto.

—No importa, doctora. Quiero intentarlo. —Su voz fue firme. Su padre simplemente soltó un trémulo suspiro.

—Bien, entonces tendrás que estar en observación las veinticuatro horas.

—¿Tendrá que quedarse aquí? No quisiera que mi hijo fuese tratado como un experimento. —La doctora Taylor sonrió condescendiente.

—No lo será. Nadie en el hospital sabe a ciencia cierta qué es lo que pasa con Dave. Mantuve los resultados para mí. Yo tampoco quiero hacer de esto un circo así que creo que lo mejor será que ustedes se muden a mi casa, allí podré revisar a Dave a cada paso. No quiero mentirles, no tengo ni idea de lo que va a suceder. Esto es algo nuevo para todos. —Paul se frotó el rostro con desesperación; parecía que todo lo estaba rebasando poco a poco—. ¿Quieres un calmante, Paul?

—No, yo sólo… Joder, no sé qué pensar de todo esto.

—Papá, tal vez tú no quieras…

—¿Estar contigo en esto? No pienses tonterías, hijo. Sólo estoy preocupado, loco por la noticia. No sé cómo conservas la calma. Me preocupas enormemente y no sé si dejarte seguir con esto es también una locura. Sólo sé que no quiero perderte y que tampoco quiero cargar con la idea de lo que pudo ser y no fue.

—Creo que lo mejor es dejarles que hablen a solas. Si necesitan algo no duden en llamarme. Y mi propuesta sigue en pie. Soy una mujer de ciencia y no les mentiré, saber esto me abruma pero también despierta mi curiosidad.

Dave agradeció hasta cierto punto que la doctora Taylor fuera tan honesta. Ella les había dejado todas las cartas sobre la mesa y no escondía ninguna doble intención.

—Es Kurt Hummel, ¿cierto? —Dave miró a su padre sin entender—. El otro… El… Tú y él… —Paul cerró los ojos unos segundos y luego habló más tranquilo—. El otro… padre es Kurt Hummel, ¿verdad? —Dave asintió—. ¿Ustedes…?

—No, papá. Fue cosa de una noche, antes de irnos de Ohio. Él no tiene ni idea de nada de esto.

—¿Vas a decirle?

—No tiene caso, papá. Él está en Nueva York viviendo su sueño. ¿Qué caso tiene interrumpirle cuando ni siquiera sabemos si esto es posible? —Paul asintió.

—Vamos a hacerlo. Voy a estar contigo, hijo. Creo que sólo necesito hacerme a la idea y después todo será más fácil, espero.

—Lo sé, papá. Gracias.

Al día siguiente ya estaban en la casa de la doctora Taylor. Dave abandonó el equipo por lo que restaba del año y su padre tuvo que ajustarse para cubrir los gastos de la universidad. Día a día, la doctora Taylor le revisaba y analizaba. Dave estaba dispuesto a luchar a pesar del incremento de peso, del estrés por tener que mantener las calificaciones y el resto los problemas. Estaba intentando hacer algo que todo el mundo consideraba imposible y cada nueva etapa era un triunfo para todos. Tres meses después, Dave empezaba a sentirse más confiado con respecto a su futuro hijo.

Una tarde, mientras terminaba los deberes, recibió una visita que jamás pensó tener. En la puerta principal de la casa de la doctora Taylor se encontraba Azimio J. Adams.


Un abrazo, mil gracias a la guapa Winter por hacer su magia.