Claim: IV/III.
Notas: Pre-series. Spoilers de la serie de acuerdo a su transmisión en Japón.
Rating: T.
Género: Romance/Angst.
Tabla de retos: Het/Slash.
Tema: 08. Brisa
III se removió en sueños, temblando como un niño pequeño indefenso ante una pesadilla. Sus párpados se agitaban como dos palomas enjauladas y sus facciones, siempre suaves y ligeras como la brisa, se deshacían en muecas que hablaban de un dolor intenso y perpetuo como el mismo infierno. Bajo sus párpados, III no divisaba nada más que oscuridad, opresora y ominosa allá donde mirara, pero lo que realmente le causaba dolor era un sonido, no, miles de sonidos como pequeñas campanillas, repitiéndose en ese espacio infinito como una melodía discordante que le decía que nada iba bien, que ese mar de dolor, de oscuridad, junto con esas campanillas, sería lo único y último que tendría por el resto de su vida. Por supuesto, el joven no deseaba tal destino y se debatía tratando de escapar de él, aunque en la realidad sus esfuerzos sólo eran vistos como síntomas de su enfermedad, un coma que le iba comiendo poco a poco las ganas de vivir.
IV sabía de ésto y también era la causa del sonido que III oía en sueños, campanillas mecidas en tonos discordantes, chillones, altos. No soportaba ver a su hermano en cama cuando antes había sido el más lleno de vida de los tres, el que aseaba la casa, preparaba té y hacía galletas. El que preguntaba por su estado de ánimo e iluminaba el día a pesar de que a menudo recibía respuestas hoscas. Odiaba en el alma verlo así, odiaba a Tron, al destino que les había jugado semejante carta, pero sobretodo, odiaba no poder hacer nada por su hermano menor, aquél que tantas veces había atraído a sus brazos. Así pues, tras contemplarlo durante algunos segundos, incapaz de soportar su semblante dolorido y vacío, el joven Arclight decidió hacer algo, retribuir el favor que había dado por sentado durante años, que creyó nunca desaparecería.
Té, recordó en un súbito arrebato de dolor. III decía que el té siempre hacía sentir mejor a las personas y aunque en muchas ocasiones había tratado semejante dicho como una estupidez, estaba dispuesto a aferrarse a ello durante el tiempo necesario, si eso conseguía aliviar el malestar de su hermano. Sin embargo, las cosas no resultaban tan fáciles como el menor de los Arclight las hacía ver y IV se llevó muchos malos ratos mientras estaba en la cocina, tratando de mezclar hojas de té con la cantidad correcta de agua y escoger una vajilla. Para cuando logró llevar a cabo esta tarea, cuando las tazas de té y las pastas quedaron perfectamente colocadas sobre una bandeja, su siguiente preocupación fue no derramarlas. ¿Cómo hacía III para no derramar el té ni romper la porcelana? Otro detalle que le dolía no saber y que hacía que sus manos temblaran, creando ese sonido tintineante que atormentaba a III en sus pesadillas, que le hablaba de un mundo que no podía alcanzar y al cual IV no podía llegar.
—III —escuchó que lo llamaban, después de que el sonido de campanillas hubiera abandonado la oscuridad a su alrededor. La voz, aunque dura y molesta, tenía un matiz anhelante que hizo que su rostro se retorciera en una mueca de tristeza—. III.
—Nii-sama —reconocía esa voz en todos sus matices, enojados, felices o avergonzados. Se obligó a abrir los ojos, aunque éstos le pesaban toneladas y las cosas, cuando pudo verlas, le parecían borrosas, como si las viera tras un cristal empañado.
—III —resultaba divertido el intercambio de palabras entre ellos, apenas sus nombres susurrados en diferentes tonos de voz. Éste último teñido de alivio.
—¿Qué sucede, nii-sama? —había una solitaria silla al lado de su cama y aunque sus contornos no eran del todo claros, pudo observar un juego de té sobre su superficie, en el cual IV revolvía algunas cosas con azúcar y un poco de limón.
—Te he traído algo —lo ayudó a incorporarse sobre las almohadas, sintiendo el cuerpo frágil y casi sin vida bajo sus manos, blanco como la nieve sobre un campo de tumbas. Ignoró el hecho de que su cuerpo se estremeció ante el contacto, ignoró el miedo que le trepó por la garganta arañando su interior y dejándolo aún más lastimado, se forzó a sonreír en su lugar.
—Té —IV puso la taza en sus manos y se alegró de comprobar que le ayudaría a combatir el frío que poco a poco se hacía camino en su interior. Lo alegró ver cómo sus facciones se iluminaban con tan sólo sentir la calidez, percibir el aroma y sus componentes—. Gracias, nii-sama.
III se llevó la taza a los labios y aunque sus manos no vacilaron ni una sola vez, haciendo gala de ese coraje que lo había llevado tan lejos y tan cerca de la muerte a la vez, se le notaba cansado en cada uno de sus gestos, en lo mucho que le costó soplarle un poco, darle un trago. Por suerte, aún tenía energías para hacer muecas de disgusto y para dirigir una mirada entre divertida y decepcionada a su hermano.
—Esto no sabe muy bien, nii-sama —observó el fondo de la taza, tan verde como sus ojos y pudo divisar algunos diminutos granos de azúcar, brillando cual arena en una playa desierta—. El té verde no lleva azúcar, nii-sama, mucho menos limón.
IV le dirigió una mirada incendiaria. ¡Todavía que tomaba la molestia de hacer té y todo! ¡Todavía que se tomaba la molestia, cuando claramente era culpa de III el haber perdido! ¡El haberse alejado! ¡El haberlo dejado! Chasqueó la lengua con disgusto, sin dejar que esos pensamientos se escaparan de su cuerpo en forma de algún gesto, aunque sus ojos y su voz delataban todo.
—Tch, no puedes saberlo porque no te sientes bien, es sólo que tu percepción está alterada, deberías de darme las gracias en su lugar, mira que me tomé toda la molestia... —recogió el servicio de té apresuradamente, todavía molesto ante su fallo y también ante el hecho de que había sido regañado por su hermano menor. Sin embargo, su furia vaciló cuando vio cómo los ojos de III se cerraban lentamente, a pesar de que seguía mirándolo, se notaba que ya no podía luchar más.
—Gracias, nii-sama —sonrió y le extendió la taza vacía, donde la azúcar seguía brillando como una prueba delatora. IV no tuvo tiempo de replicar, III se había quedado dormido y sabía, por los informes de Tron, que sus períodos de lucidez durarían cada vez menos, quizás había asistido al último más largo, quizás había desperdiciado el último momento significativo entre los dos.
No importa, se dijo, mientras salía de la habitación y tras haber cubierto a su hermano con todas las mantas posibles. No importa si no he podido decirle nada, mi promesa sigue firme. Voy a acabar con esos bastardos, no por Tron, ni por esta familia, sino por ti, III.
