Claim: IV/III.
Notas: Pre-series. Spoilers de la serie de acuerdo a su transmisión en Japón.
Rating: T.
Género: Romance/Angst.
Tabla de retos: Het/Slash.
Tema: 3. Columpio


—¡Vamos, no seas cobarde! —el gritó resonó en el patio vacío, lleno de tierra y de los primeros indicios del otoño. El niño que había gritado, alto y rubio, se había llevado las manos a las caderas y miraba a su acompañante (un niño más pequeño y de cabellos rosas como los cerezos) con una mueca de fastidio en las facciones.

—¡No soy cobarde! —le espetó el pequeño, cuyos ojos verdes estaban anegados de enojo. Su boca se había desfigurado hasta convertirse en un puchero y para demostrar su indignación ante tal calumnia, dio un salto del columpio donde se balanceaba inocentemente para plantarle cara a su hermano mayor, con el que nunca le había servido tal táctica.

—Lo eres —recalcó el rubio, haciéndose oír por sobre el chirrido que producía el columpio mal cuidado. En el orfanato todo era igual. Mal cuidado, apenas visto, poco importante. Así que nadie había reparado en su ausencia a la hora de la siesta vespertina, así que a nadie se le ocurría mirar en los patios llenos de grava y hierba a medio morir—. Si no fueras un cobarde no te daría miedo.

—No tengo miedo —infló las mejillas el menor, imitando la postura de su hermano. Mentía, por supuesto, pero no le gustaba reconocerlo enfrente de él, pues tener miedo era signo de debilidad, según sus palabras. Y él no era débil, no podía ser débil. Pues cuando su padre regresara y su hermano mayor, Chris, también, quería que lo vieran como alguien fuerte, valiente e inteligente.

—Entonces déjame hacerlo —tomó sus mejillas y tiró de ellas, dejando marcas rojas en donde sus dedos se habían posado. El menor hizo amago de llorar, pero recordándose su edad, sus 6 años recién cumplidos, se detuvo al instante—. Todo el mundo lo hace —le recordó el rubio, con aires de superioridad.

—Ya lo sé —concedió el pequeño, tallándose las mejillas con sus pequeñas manos. Su resolución comenzaba a flaquear, como siempre que se trataba de su hermano mayor y las órdenes que éste le daba. Después de todo, era lo único que tenía en la vida. Él y ese lugar tan triste, donde nadie le leía cuentos en las noches y su perro había desaparecido para siempre—. Pero, ¿por qué? —ladeó su rostro con curiosidad, para él la palabra "beso" y su acción correspondiente parecían asquerosas. No entendía cómo su hermano había llegado a interesarse por semejante tema.

Dicha pregunta desarmó al mayor, que se quedó de piedra en medio de un silencio bochornoso. Había visto a muchos adultos hacerlo, incluso tenía la vaga memoria de haber visto a su padre besar a su madre. Pero lo que en realidad le llamaba la atención eran los niños de su edad, que lo probaban cuando se decían novios de otros niños, que lo probaban en juegos ridículos a los cuales lo invitaban de cuando en cuando, juegos clandestinos en los dormitorios a la medianoche, una ronda de niñas y otra de niños, el tema: cosas fuera de su comprensión. Él nunca había besado a nadie en esos juegos, pero tenía curiosidad de hacerlo. Sin embargo, no se atrevía a pedirle a alguna de sus compañeras o amigas el favor. Así pues, sólo quedaba su hermanito.

—Será una buena lección para ti —declaró tras un rato de rumiar alguna excusa suficiente—. Así que no seas cobarde.

—No soy cobarde —volvió a repetir el menor, convencido de que si quería demostrarlo debía de hacer esa cosa asquerosa—. Bueno... —aceptó en un susurro—. Pero qué asco —acotó.

El niño se quedó inmóvil sin saber muy bien cómo reaccionar. Para el mayor tampoco resultaba fácil, llegada la hora no sabía qué hacer, ni por dónde empezar. Pero tenía qué hacerlo, se moría de curiosidad. Colocó las manos sobre las mejillas de su hermano y apretó bruscamente, antes de posar sus labios sobre los del de cabellos rosáceos.

—¡Debes cerrar los ojos! —se quejó cuando todo hubo terminado, tras cinco o diez segundos. Estaba decepcionado y le echaba la culpa a su hermanito, como si el no cerrar los ojos supusiera la diferencia. Sin embargo, ya no se sentía con ganas de seguir intentándolo y tras soltar las mejillas, de nuevo rojas de su acompañante, se dispuso a hacer cualquier otra cosa. Hasta que fue detenido por él.

—Bueno, ahora me debes un cuento —exigió el menor y sus ojos verdes hablaban de la misma terquedad que había mostrado él minutos atrás—. Me debes un cuento, ¿eh?

El pequeño no se había referido a la sensación extraña y un tanto estúpida de haber juntado sus labios, mucho menos a lo pegajoso que había quedado su rostro tras tan inexperto intento. En su lugar, cogió de la mano a su hermano mayor para dirigirse a los dormitorios, pensando que, sin duda eso de los besos no era para él y que prefería un cuento para sentirse más unido a alguien que un montón de babas y dolor. Pensamiento que su hermano secretamente compartía.