Notas de la autora: Hoooola a todos! Pues aquí está el primer capítulo del fic, aun no sé cuántos capítulos serán, no tengo días exactos para actualizar pero intentaré no tardas más de semana y media con cada capítulo así que espero sean pacientes. En verdad espero que disfruten el fic y que me dejen saber sus opiniones, comentarios, sugerencias, quejas o lo que sea hehe. Hasta el que sigue!
Capítulo 1: El valor de los errores
Diez años después
Draco Malfoy no era un mago cualquiera. El heredero del caído imperio Malfoy era alguien muy poderoso, inteligente, elegante; alguien con el suficiente prestigio como para tener el respeto (aunque muchos le llamaban miedo ¿pero quién notaba la diferencia?) de toda la comunidad mágica, pero también era lo suficientemente audaz y perspicaz como para que no se le comparara, o siquiera confundiera, con su padre. El legado de Lucius Malfoy había quedado manchado luego de la guerra, y su sentencia al beso del Dementor había opacado el brillo del apellido Malfoy, después, su muerte por eutanasia había terminado por enterrar a Narcisa y a su hijo, Draco Malfoy en una crisis económica. Sin mencionar la crisis emocional. Aquella que había matado a Narcisa.
Por todo eso y por la huella que Voldemort y la guerra habían dejado en la familia, Draco Malfoy ahora era admirado por su fría mente que lo había llevado a levantarse y renacer de las cenizas y conquistar como ningún otro Malfoy el mundo de los negocios en el mundo mágico.
Ahora, con treinta años de edad, Draco ya no era la mitad del chico que había sido en Hogwarts y mucho menos del muchacho que había visto morir a su madre y padre, aunque cada uno a su momento pero igual de doloroso como para haberlo marcado de por vida. Draco era ahora un hombre hecho y derecho. Rico, o más bien: absurdamente rico. Egocéntrico. Frío. Soberbio. Narcisista. Antisocial, aunque con los suficientes amigos para no parecer un solitario millonario. Adicto al trabajo. Desconfiado. Distinguido. Amante de los lujos del mundo mago ¿y por qué no?, también de aquellas cosas cautivadoras que el mundo muggle le ofrecía, después de todo, era el dueño de una de las empresas más novedosas en el mundo muggle que se mezclaba de la manera más discreta y perfecta con el mágico. Oh sí, Draco no era como su padre, al menos no lo era cuando manejaba su Ferrari ultimo modelo por las calles más prestigiosas de Londres con una pose de supermodelo y poseedor de medio mundo. Era callado. Reservado. Calculador. Un experto conocedor de lo mejor en vinos, platillos y ropa.
Y homosexual; por supuesto. Aunque jamás en una relación formal. No, Draco Malfoy no tenía novios, sólo amantes.
Fecha: 24 de Diciembre
Hora: 7 de la mañana
Lugar: Empresa Malfoy
Draco entró sin mirar a nadie, su ceño fruncido bastó para que el portero se ahorrara el buenos días y le abriera la puerta evitando mirarle a los ojos. El frío era espantoso aquella mañana, además era la víspera de navidad, pero eso no pasaba por la mente del rubio en aquél momento. Lo que Draco pensaba era en cómo conseguir la firma de su nuevo cliente, cerrar el trato con la competencia, traicionar a la competencia y aumentar por lo menos 5 mil galeones su cuenta personal al final del día, no era mucho dinero, de hecho era una cantidad tan pequeña como para molestarse en siquiera ir al trabajo, pero había aprendido en los últimos diez años que hasta el más mínimo knut valía su esfuerzo personal, porque un Malfoy... no, un Malfoy no. Draco no confiaba en nadie, mucho menos cuando de ganar dinero se trataba.
-Buenos días, señor Malfoy, -le saludó su secretaria... ¿cómo se llamaba? Ah sí, Lavender Brown. Había despedido a la anterior un día antes por intentar encubrir sus garrafales errores con su mirada seductora y además ya estaba harto de esa muggle, deseaba que con una bruja los resultados fueran más eficientes y al menos ya no tendría que soportar a una muggle con medio cerebro cautivada hasta los pies por su belleza. Bueno, esta nueva secretaria no se veía más inteligente, pero el hecho de que estuviera felizmente casada y necesitada de dinero, era una garantía de que habría un poco más de interés y empeño en su trabajo.
-Buenos días, Brown ¿Ya llegó el paquete?
-Sí, señor Malfoy, hace una hora. Pero el cliente aún no se ha presentado, tal vez no lo haga, mañana es Navidad. Muchos no trabajan siquiera hoy
-Los más importantes sí, Brown, no lo olvides ¿O acaso estás queriendo pedirme el día de mañana libre cuando apenas hoy es tu segundo día de trabajo? Muy inoportuno, ¿no lo crees?
La joven lo miró sorprendida y asustada, negó frenéticamente con la cabeza y sin darle tiempo de hablar, Draco entró a su oficina para comenzar con el papeleo del día.
Ocho horas y cinco tazas de café después, Draco despedía con una sonrisa profesional a su nuevo cliente. Miró su reloj. Vaya, el tiempo pasa volando cuando todo sale como lo planeaba. Se sentía tan satisfecho que incluso dejó que el personal entero saliera dos horas antes de lo normal, después de todo, no era un inhumano y sabía que muchos de sus empleados tenían familia y querían preparar las mil cosas para recibir la Navidad... no era algo que comprendiera, pero allá ellos si querían hacer eso con sus horas libres.
Cuando llegó a su departamento, ubicado en un lujoso edificio del centro de Londres, Draco se metió a la tina del baño y estuvo ahí por una hora escuchando música clásica y pensando en qué hacer aquella noche. No festejaba la Navidad desde que su madre había fallecido y no era algo que lo hubiera hecho con mucho entusiasmo incluso cuando ella y su padre vivían, pero le irritaba quedarse solo en su apartamento cuando podía estar con uno de sus tantos amantes, pero a los muy idiotas se les quemaba el cerebro y creían que si los invitaba a su departamento o a salir una noche antes de Navidad, era porque quería llevar la "relación" a otro nivel. Qué ilusos. Él no tenía ninguna relación formal y mucho menos pensaba en buscar una.
Fecha: 24 de diciembre
Hora: 11:00 pm
Lugar: Callejón Diagon
Todo estaba oscuro y muy solo. Debía haberlo imaginado. Incluso los pocos bares que había en el Callejón Diagon habían cerrado temprano en ese día tan pintoresco.
Genial.
Ahora tendría que buscar un lugar donde comprar vino tinto. El único lugar mágico que quedaba era el callejón Knognuth y definitivamente no estaba tan desesperado por esa copa como para arriesgarse a ser atacado por algún loco con varita. No es que no pudiera defenderse, pero odiaba tener que usar la varita contra magos tan de poca clase. Así que se alejó del callejón mágico no sin antes esquivar con una mirada de asco a una anciana limosnera tirada en el piso.
Merlin ¿es que no se podía caer más bajo?
¿Cómo era posible que teniendo como mínimo cien botellas de vino en su bodega personal, no tuviera ninguna botella de vino tinto de la cosecha del 83? Podía rendirse y conformarse con la cosecha del 85 pero no quería brindar en honor a sus padres con una cosecha tan mala y amarga. Aquella era la única tradición familiar que conservaba. Cuando era joven, y antes de que la última guerra explotara, Draco había crecido con la tradición de brindar con la mejor cosecha de vino tinto junto con sus padres al primer minuto de Navidad, no lo hacían con referencia a la fecha celebrada en el resto del mundo, pero lo hacían ese preciso día porque deseaban demostrar, de cierta manera, que los Malfoy podían tener una tradición ese día y que aún así destacaría sobre cualquiera otra.
Pura rebeldía y muestra de lo refinada que era su familia, o eso era lo que su ego los hacía sentir.
Pero Draco siempre había visto esa tradición como una que lo enorgullecía no sólo de ser un Malfoy, sino también de tener una familia tan unida que celebraba esa fecha sin necesidad de pensar en la Navidad. Qué equivocado estaba. Si hubieran sido una familia tan unida, él no hubiese terminado en aquella vinatería muggle buscando una buena cosecha de vino tinto para poder brindar por sus padres muertos a primera hora de su ya décima Navidad solo.
Mientras analizaba una botella que le había llamado más la atención, escuchó la campana de la puerta del lugar que anunciaba la entrada de algún muggle; no le tomó atención y continuó en busca de la cosecha correcta. Tenía que encontrar una o terminaría brindando con la del 85. Iba a tomar otra cosecha cuando escuchó a un hombre elevar la voz hacia el cajero.
-¡Maldita seas, estúpido arrogante! ¿Te crees mucho sólo porque estás detrás del cajero?, ¿crees que eres superior a mí solamente porque vistes mejor que yo?
Perfecto, un muggle maniático, lo que le hacia falta.
Molesto e intrigado, Draco se asomó por uno de los pasillos y vio a un hombre joven, que sin duda se vestía peor que un Weasley en sus peores tiempos y le gritaba a un asustado cajero que alzaba las manos como si le estuviese apuntando con una varita el mismísimo Voldemort. Pero entonces, Draco vio que el hombre sí le apuntaba con algo, aunque no era una varita, en un segundo pudo reconocer el objeto, un arma muggle y bien sabía que aquello podía ser mortal. No recordaba el nombre del arma ni estaba seguro de cómo funcionaba, pero sabía que podría ser letal incluso para un mago si éste no impedía que el objeto salido del arma entrara en su cuerpo de manera veloz. Iba a sacar su varita y lanzarle un confundus a ese loco mal vestido para que se fuera, cuando al verlo desde un mejor ángulo, pudo reconocerlo. Pero si este no es un muggle. No, él conocía a ese hombre. Y no recordaría su nombre si no hubiera sido uno de los primeros chicos que le había gustado en Hogwarts. Sí, él conocía a ese ex Gryffindor que ahora apuntaba al cajero como si no supiera que con una varita podría conseguir lo que fuera sin amenazar al muggle.
-Ey, Thomas -le habló Draco acercándose al hombre. -¿Qué haces amenazando a un muggle con esa cosa?, ¿acaso perdiste tu varita?
Dean Thomas, igual de alto que en la escuela pero con ropas tan andrajosas como las de un vagabundo aunque no tan sucio, lo miró sin dejar de apuntar al cajero con la pistola. En vez de parecer molesto o sorprendido por su presencia, el muchacho sonrió de manera triunfante como si hubiera estando esperando eso. Entonces volteó a ver al muggle que ahora miraba a Draco con mayor miedo al creerlo loco por haber utilizado términos como muggle o varita.
-Por favor, señor, -dijo el cajero volviendo a mirar a Dean con mucho terror, el mago no dejó de sonreír. -S-siento haberlo insultado, en verdad, pero p-por favor, no me lastime. Tengo familia.
Enfadado por la actitud tan vergonzosa del mago y los llantos patéticos del muggle, Draco se dispuso a sacar su varita y terminar con todo aquello, pero Dean le detuvo alzando una mano, sin dejar de apuntar al muggle con la otra que sostenía el arma.
-Dime, Malfoy, -pronunció con mucho desdén mirando alternativamente al muggle y al rubio. -¿Tú tienes familia?
-¿A qué va todo esto, Thomas? -contestó Draco con el mismo desdén y sacando ya su varita sin importarle la confusión del muggle y su exclamación de sorpresa, pero en vez de molestarse, la sonrisa de Dean se ensanchó más. -Baja esa cosa y deja al muggle en paz. Y también hazle un favor al mundo y toma un baño que bien te hace falta.
-Asumiré eso como un no.
-Y yo asumiré como que estás completamente loco y así podré atacarte sin pizca de remordimiento.
-Eres toda una monedita de oro, ¿no, Draco?
-Y puedo decir que tú eres todo lo contrario, Thomas, -dijo Draco barriéndolo con la mirada y deteniéndose en sus pantalones que parecían más hechos de cartón que de tela. El muggle comenzaba a sollozar desconsoladamente.
-Oh, crees que lo tienes todo simplemente por la ropa que usas, por las marcas que cuelgan en tu cuerpo, crees que vales más que todos sólo por ser rico y estar al tope de una empresa exitosa...
-Touche, -tal vez no creía las cosas tan así, pero no estaban muy lejos de su realidad; se estaba empezando a hartar de las palabrerías del idiota mago y no pensaba ponerse a discutir esos temas con él… o con nadie.
-Pero estoy seguro que si le saco los sesos a esta muggle, el resultado sería lo mismo que si lo hago también contigo.
-Mira, Thomas. La verdad, me importa una snitch si matas o no a ese muggle, pero te agradecería que no lo hicieras en mi presencia y que dejes de compararme con cualquiera, bastante tengo con las represarías semanales de las familias de las victimas de la guerra como para que ahora el Ministerio de Magia me acuse de ser tu cómplice...
-¡Oh! ¿Y te sientes culpable por eso, Draco? -peguntó Dean dejando de sonreír pero aún con un brillo de diversión en los ojos. -¿Cómo sientes con todas esas represarías?, ¿culpable, arrepentido... solo?
-¿Solo?...Merlín, haz perdido la cordura, ¿no es así? Bueno, no es que todos los Gryffindors fueran muy cuerdos, pero veo que tu caso es grave. Baja esa arma y lárgate, o déjame pagar mi botella para yo irme, después has lo que quieras.
-¿Y con quién piensas compartir tu botella, Draco? Al menos este hombre que tuvo la desfachatez de insultar mi color de piel tal como lo hacías tú con la sangre, tiene una familia, pero tú no tienes nada Draco Malfoy. Sólo tienes ese apellido y nada más... claro, y tus millones de galeones y toda esa mierda que presumes por las calles como si fueses lo mejor que puede haber; pero déjame decirte que no tienes nada valioso.
El muggle había dejado de llorar y ahora miraba a los dos hombres como si fuesen dos changos cantando opera, aun así no se atrevió a dar los dos pasos que le faltaban para alcanzar la alarma muda que llamaba a la policía.
-Oh basta, no pienso escuchar esto y mucho menos viniendo de un patético Gryffindor. -Draco apuntó con su varita al otro mago pero éste volvió a sonreírle. -¡Desmaius!
No pasó nada.
Fue como si le hubiera apuntado con una pluma sin tinta. Draco frunció el ceño confundido e intentó tres veces más con diferentes hechizos, pero ninguno funcionó.
Mierda
-Sí, Draco: Mierda, -exclamó Dean con otra sonrisa triunfante. -Ahora contéstame, Malfoy, ¿qué sientes cada vez que algún sobreviviente de la guerra te insulta en la calle o cada vez que hay algún crimen turbio en el mundo mágico el Ministerio te llaman a declarar sin que puedas negarte simplemente por ser lo que eres?, ¿qué sientes al ver la Marca Tenebrosa cada mañana en tu distinguido brazo?
Enfurecido. Draco Malfoy estaba muy enfurecido y si Dean lo conociera un poco mejor, se alejaría de él en ese preciso momento.
-Vete a la mierda, Thomas.
-Incorrecto, -canturreó Dean como si hubiese un concurso de preguntas
-Señorés, por favor... -suplicó el muggle pero Dean, sin dejar de mirar a Draco a los ojos, jaló el gatillo de la pistola y le disparó al pecho al hombre.
Draco quedó en un estado de shock por un segundo sin poderse creer que el otro mago hubiera herido al muggle
-¡Imbécil! -Draco intentó ahorcarlo del coraje pero Dean le apuntó con la pistola, y sabiendo que su varita no funcionaba, Draco se detuvo y lo miró con furia -¿Por qué hiciste eso, grandísimo idiota?
-¿En verdad te importa, Malfoy? -el rostro y los ojos de Dean ahora sí habían perdido cualquier rastro de diversión y burla, ahora lo miraba con seriedad. Draco podía sentir el dolor de su pecho cada vez que su corazón latía. -¿Qué no lo ves, Malfoy? Puede que no hayas sido un mortífago como tu padre, pero no eres mejor que él ahora. Mira a este muggle, no era mejor que tú tampoco, pero tenía una familia, tiene una familia por la cual preocuparse y tú te crees mejor que él sólo por tu dinero. Bueno, ni uno ni el otro. Él, muerto por su intolerancia y discriminación y tal vez el amor a su familia lo ayude un poco en lo que le sigue. Pero dime tú, Malfoy. ¿Qué ganarás después de todo esto?
-Imbécil de mierda. No me vengas con lecciones de Gryffindor ¡Acabas de matar a un muggle! No eres más que un psicópata y seguro terminarás igual que él en cuanto el Ministerio venga por ti.
-Creo que hoy ha sido tu día menos acertado, Malfoy. Aprovecha la oportunidad- Dean volvió a sonreír aunque sin dejo de maldad o satisfacción. Una sonrisa limpia. -Vive la posibilidad y aprende.
-¿De qué mierda...? -comenzó a preguntar Draco, pero en eso Dean le apuntó con la pistola y Draco se echó hacía atrás cubriendo su rostro con sus brazos.
Después, todo se oscureció.
