Notas de autora: Hola a todos nuevamente. Quiero agradecer a todos aquellos que se han tomado la molestia de dejar su comentario, me alegra mucho que vaya habiendo interés en los lectores por el fic. No tengo una fecha establecida para las actualizaciones del fic, pero por el momento procuraré publicar cada semana, aunque no sé hasta cuando porque aun no está terminado pero no pienso dejarlo estancado así que no se preocupen que el proyecto está en pie XD Como pienso que sea un long-fic llevaré las cosas con calma por lo que espero no se impacienten. Todo a su tiempo :D Y dicho esto les dejó el segundo capí el cual espero disfruten mucho. Hasta el próximo!
Capítulo 2: Una oportunidad no deseada.
Un sueño muy raro, pero fue sólo eso: un sueño. Un sueño que incluía a un mago ex compañero de colegio y que no le pasaba por la mente desde hacia décadas y que le decía toda clase de estupideces y locuras para después matarlo con un arma muggle.
Draco notó a través de sus párpados la luz fuerte que se colaba por la ventana. Mierda. No recordaba ni cómo había llegado a la cama. Sólo recordaba ese estúpido sueño.
Su cama se sentía incomoda, incluso las sabanas que le cubrían parecían muy malgastadas y ajenas a la textura acostumbrada, pero aun así no quiso abrir los ojos ¿Es que acaso había terminado por tomarse aquella cosecha del 85 y le había sentado mal? Ni siquiera podía recordad qué parte del sueño había sido real y qué parte no.
Entonces algo, o más bien alguien junto a él se movió.
Estupendo. Me acosté con un desconocido y aparte se quedó en mi apartamento.
Podía sentir el aliento del otro individuo acariciando su cuello. Conforme aquella persona se removía en la cama, Draco comenzó a desesperarse e impacientarse sin saber cómo librarse de esa.
¡Por favor, que no sea un muggle!
Un brazo cubrió su abdomen y eso fue lo que colmó la paciencia a Draco. El rubio abrió los ojos para quitar a aquel estorbo y con suerte tumbarlo de la cama…pero ¿Qué diablos le había sucedido al techo de su habitación? No… ¡definitivamente esa NO era su habitación!
¡Oh, Merlín! ¿Me he vuelto un borracho que no recuerda lo que hace en sus noches de perdición y despierta quién sabe donde? Se preguntó a sí mismo aun sin despegar la vista de la horrorosa pintura que cubría aquel techo que no era de su habitación. No quería mirar al hombre que le abrazaba. Merlín, incluso prefería que el sueño hubiera sido real… bueno, pensándolo bien: no. Tampoco era para tanto, ¡pero tampoco le gustaba la idea de despertar en un lugar desconocido y con un imbécil! Resignado a su desdicha y más molesto consigo mismo, se deslizó lentamente hacia su derecha. Había descartado lo de tumbar a su acompañante. No se arriesgaría a que fuera uno de sus tantos enamorados y quisiera retenerlo en aquel espantoso lugar. Tenía que salir cuanto antes de ahí. Una vez liberado del brazo, y sin mirar al hombre, Draco se dispuso a buscar su ropa ya que solamente llevaba puesto sus calzoncillos. Ni siquiera prestó atención al resto de la habitación, intentó levantarse pero el hombre estaba lo suficientemente cerca como para no notarlo y despertar por lo que se dispuso a buscar con la mirada su varita… nada.
Maldición.
Si estaba en casa de algún muggle y había escondido su varita por precaución estaba perdido
¿Muggle?
No, eso nunca.
Ni dopado cometería semejante estupidez; aunque ahora, mirando aquellos artefactos en la habitación y que definitivamente no eran mágicos, una terrible sensación rodeó su cuerpo pero lo negó rotundamente. No. No un muggle, por favor. Pero era mejor dejar ese hilo de preocupación para más tarde, lo más importante en aquel momento era salir de ahí.
El brazo volvió a rodearlo del estomago con mayor fuerza.
Maldito imbécil.
Definitivamente aquel era su peor día. El hombre se acercó más a él y sus movimientos indicaban que estaba despertando, si es que no lo está ya. Draco comenzaba a ponerse nervioso…
¿Qué hago?, ¿lo aviento? ¿le grito…? ¿Y si sí es un mago y me hechiza?, ¿y si es un muggle psicópata con un arma debajo de la almohada?
El hombre pasó una pierna desnuda entre las suyas.
Draco tragó en seco.
Merlín, si me sacas de esta prometo no volver a tomar tanto.
El hombre comenzó a besarle un hombro, Draco sintió escalofríos. Sin saber qué hacer cerró los ojos y fingió seguir durmiendo, con suerte aquel idiota se levantaría al baño y podría huir. Pero lo que sintió después fue un leve y suave beso en la mejilla junto a su oreja, justamente en un punto que ni uno de sus más grandes amantes sabía que era el punto que le volvía loco… Maldición.
-Feliz Navidad, Draco -le susurró al oído luego de otro beso. -Abre los ojos, sé que estás fingiendo.
Aquel susurro lo irritó más que nada, no podía identificar o reconocer la voz si sólo escuchaba susurros, pero había algo en él que le puso los pelos de punta. Sin soportarlo más se quitó con brusquedad el brazo y empujó al hombre aunque sin llegar a tumbarlo de la cama. El hombre lo miró con sorpresa, pero no se comparó con la cara que puso Draco al reconocerlo, incluso podía jurar que su corazón se había detenido momentáneamente ante el shock…
-¡Potter!
Harry Potter, el maldito niño-que-vivió estaba frente a él mirándolo con gran sorpresa y Draco estaba considerando que lo que había pasado no era un sueño y aquello era una especie de infierno en el cual había quedado luego de que Dean Thomas le hubiera matado con el arma muggle. Sí, tenía que ser eso, porque cualquier otra cosa resultaba imposible... ¡absurda!
-¿Potter? Draco, ¿qué diablos…? -pero antes de que el moreno pudiera seguir hablando, dos niños entraron corriendo a la habitación y se echaron sobre los dos magos gritando histéricamente.
-¡Navidad, Navidad! -gritó la niña mayor abrazando a un petrificado Draco que ya había dejado de pensar.
-`degalos, degalos` -dijo un niño más chico con un lenguaje aun muy infantil y colgado de los brazos de Potter.
Draco sentía que vomitaría en cualquier momento. Nada de eso tenía sentido y cuando los dos mocosos comenzaron a llamarlos "papás" se mareó tanto que tuvo que sostenerse del colchón. Más impactado que nada, no supo ni cómo se liberó de los dos niños y se levantó de la cama no sin antes escuchar que Potter le llamaba pero lo ignoró. Tomó las primeras prendas de ropa que vio y salió corriendo de la habitación. Por suerte, el pasillo fuera de la habitación no era muy largo y corrió mientras se ponía la ropa hasta llegar a las escaleras, pero al bajarlas tan rápido tropezó con una pelota tirada y varios juguetes por lo que los últimos tres escalones los bajó de un sopetón. Medio adolorido y aun mareado, se levantó con lentitud sobándose el codo que se había golpeado, pero al escuchar en la planta alta los gritos de los chiquillos acercándose volvió a la carrera y abrió la única puerta visible… chocó con dos personas que estaban a punto de tocar el picaporte y casi los hizo caer.
-¡Cuidado, Draco! -le dijo una sonriente Granger que venía abrigada hasta la cabeza -¿A dónde con tanta prisa? ¡No me digas que olvidaron algún regalo!
Pero Draco no escuchó nada de lo que le dijo, de hecho seguía mirando a Weasley que le sonreía divertidamente y con una familiaridad, como si se vieran todos los días para tomar el té…
Un muy extraño infierno, eso era seguro.
Pero sin detenerse a escuchar las preguntas de la comadreja y la comelibros, Draco pasó en medio de ellos para salir de una vez de ese lugar….
¡¿Dónde estaba su Ferrari?!
-¡Mi Ferrari! -gritó indignado al no ver el automóvil a los alrededores de la casa, solamente había arboles y metros y metros de campo, ni siquiera se vislumbraba otra casa alrededor.
¡El limbo! Sí, estoy en el limbo con el maldito de Potter y esos niños raros y ahora también han llegado la comadreja y la comelibros.
Definitivamente iba a desmayarse.
-¿Ferrari? -preguntó la comadreja acercándose a él -¿Cuál Ferrari?, ¿te sientes bien, Draco? Estás más paliducho de lo normal, -justo acababa de colocar su mano sobre su hombro cuando Draco se la quitó de encima mirándolo con furia y desesperación. La comelibros se acercó también, ahora con una expresión preocupada.
Sabiendo que si actuaba como loco no conseguiría salir de ahí, Draco trató de probar su suerte con ellos y poder ver si conseguía huir de ahí con su ayuda.
-Yo… ¿c-cómo llegaron aquí? -al no ver ningún auto ni rastro de alguna escoba supuso que se habían aparecido pero él no portaba su varita así que debía encontrar alguna otra manera de salir de aquel extraño mundo.
-Pues, como siempre: en escoba. Pero Draco, ¿qué es lo que…?
-¡Préstamela, Weasley! ¡Préstame tu escoba!
-¿Qué? ¿Pero para qué? Draco, es Navidad, no hay nada abierto hoy...
-¡Te digo que me la prestes! -exigió Draco, pero al ver el ceño fruncido de Weasley supo que si le hablaba de esa manera no conseguiría nada, así que carraspeo un poco y dulcificó un poco su tono de voz. —P-por favor, la necesito, pr-prestámela.
Parecía que Weasley iba a protestar y Granger lucía muy confundida, pero el pelirrojo sacó de uno de sus bolsillos una diminuta escoba y con un simple hechizo con su varita la regresó a su tamaño normal, pero antes de que pudiera preguntar algo más, Draco se la había arrebatado para subirse en ella y salir volando.
Voló por lo menos una hora hasta llegar a las orillas de Londres y descendió para descansar varios minutos. Sabía que había sido visto por una decena de muggles en su trayectoria, pero sin su varita no podía ocultarse y elevarse hacia las nubes sería un suicidio con aquel clima tan helado. Arriesgándose a ser visto no sólo por los muggles, sino también por algún mago del Ministerio de Magia que seguramente lo hechizaría sin pensárselo, volvió a elevarse hasta llegar a una calle desierta para aterrizar y poder caminar de ahí al edificio donde tenía su departamento. Tuvo que esconder la escoba en un contenedor de basura ya que el edificio donde vivía era muggle y esa definitivamente no era una escoba común.
Con una opresión en el pecho, Draco caminó las dos calles que faltaban para llegar al edificio de departamentos donde vivía. Trató de ignorar las miradas curiosas de los transeúntes debido a su vestimenta tan selectiva y al llegar al edificio y reconocer al portero se sintió sumamente aliviado.
Bueno, no era que recordara su nombre o algo así, pero el hecho de reconocerlo como el portero de siempre le dio la sensación de que no todo estaba tan perdido. Antes de acercarse a la escalera de la entrada principal del edificio, Draco le dio una checada a su vestuario... ahora entendía por qué esas miradas de la gente. Pero ese no era el momento para sufrir por el atuendo que llevaba puesto, el cual definitivamente tenía que pertenecer a Potter.
Al pensar en Potter, no pudo evitar cuestionarse un millón de cosas que no había analizado desde que había salido volando de aquella casa de campo ¿Qué diablos había sucedido con el mundo?, ¿por qué, de entre todos los magos, había terminado despertando precisamente en aquella cama con Potter? ¿Es que acaso era una estúpida broma de alguna divinidad que se había apoderado de su alma luego de haber sido asesinado por el imbécil de Dean Thomas? ¡Bah! No podía estar muerto. Se negaba a estar muerto.
Intentando arreglar lo mejor posible su enmarañado cabello, subió las escaleras con elegancia y se dispuso a entrar al edificio. En ningún momento había considerado que el portero le pudiera negar la entrada al edificio, ni siquiera consideró que le miraría, por eso pasó de largo cuando el portero le preguntó a dónde iba y continuó su camino hasta que el hombre lo detuvo bruscamente:
-¿Pero qué diablos...? -empezó a decir Draco al sentir la mano del hombre en su hombro deteniéndole.
-Señor ¿a dónde va? -le preguntó el portero con el ceño fruncido hablándole con superioridad, como si fuera mejor que él.
Maldito viejo.
-¿Qué a dónde voy? A mi departamento, eso es obvio. -Volvió a caminar pero el portero le jaló con brusquedad del brazo y se posó delante de él. -¡Suélteme, muggle estúpido!
-¿Cómo me llamó...? No importa. No puede entrar si no vive aquí o sin la autorización debida.
-¡Ya le he dicho que vivo aquí! -muy molesto e indignado, Draco perdió el control de su voz.
Dándose cuenta de que comenzaba a llamar la atención de quienes pasaban por ahí, bajó el tono de su voz pero no el odio y la molestia en cada palabra.
-Mire, muggle. Yo vivo en este edificio, mi nombre es Draco Malfoy, rento el más lujoso y caro departamento de aquí desde hace diez años y lo menos que espero es que usted, estúpido, me abra la puerta cada vez que yo entre o salga por esa puerta. No me mire. No me hable. No me salude, ni me diga nada. Simplemente haga su maldito trabajo.
El tono que utilizo llevaba toda la marca Malfoy, sus ojos eran dos hielos filosos que miraban de tal manera que el portero no pudo evitar sentir un escalofrío, pero aun así el hombre no dudó en hablarle con el mismo desprecio, aunque sin poder igualar el de Draco.
-Disculpe, señor, -desdeñó el hombre. -Le estoy diciendo que no puede entrar y ahora le pido por las buenas que se retire, pero si no entiende tendré que llamar a las autoridades correspondientes y será arrestado.
Aquello fue el colmo para Draco. Un muggle, y no cualquiera, sino uno evidentemente de clase baja y que se supone que trabajaba para servirle, se atrevía a amenazarlo a ÉL con arrestarlo. Justo cuando su paciencia se terminaba y estaba a punto de golpear al hombre, Draco vio a Dean Thomas saliendo del edificio con una sonrisa de autosuficiencia, el portero le saludó con una inclinación de cabeza y Dean hizo lo mismo sin siquiera notar a Draco. El muy imbécil. Aquel idiota no sólo había salido del edificio donde Draco vivía, sino que ahora llevaba puesto un traje que el rubio reconoció al momento. ¡Era de él! Lo sabía porque era un traje único hecho a su medida con hilos mágicos... Lo iba a matar. Ignorando lo siguiente que le decía el portero, Draco siguió a Dean camino a la calle.
-¡Ey tú, imbécil! -le dijo Draco a Dean siguiéndolo por las escaleras hacia la calle. Dean Thomas volteó a verlo para después lanzarle una sonrisa... ¡Esa maldita misma sonrisa que le había dado la noche anterior en la vinatería muggle!
Verlo ahí, saliendo del edificio, sólo podía significar una cosa, Dean Thomas era el culpable de todo lo que estaba sucediendo.
Dean Thomas no lo había matado la noche anterior, ¡no! Todo lo que había vivido desde que esa mañana no era parte de un infierno, ni el maldito limbo. Dean Thomas había hecho todo aquello. Seguramente el arma muggle que había tenido la noche anterior no era eso, seguro era su varita transformada y había lanzado un hechizo para quedarse con sus pertenencias y su vida.
-Vaya, vaya. Si es Draco Malfoy. Qué sorpresa...
-¿Qué maldita cosa hiciste, Thomas?, ¿qué diablos fue lo que me hiciste anoche? ¡Dímelo!
-¿Anoche?, ¿de qué estás hablando, Malfoy? Si no te he visto en años, creo que desde Hogwarts. De hecho, me sorprende que me hables; digo, nunca fuimos amigos en la escuela...
-Deja de decir estupideces, Thomas. Sabes perfectamente que tú eres el culpable de toda está locura que he estado viviendo desde que desperté, así que deja de pretender lo que no es ¡Devuélveme mi vida! ¡Deshaz lo que hiciste ahora mismo! -Draco estaba furioso. Aunque no existía un adjetivo más fuerte que describiera lo que rubio sintió cuando todo o que Dean Thomas hizo fue sonreírle de lado, una sonrisa que evidenciaba que disfrutaba la desdicha del rubio.
-Sí, supongo que tienes razón, Malfoy, no hay por qué mentirte. Pero por el momento no puedo atenderte, tengo mis propios deberes, ¿sabes? Y según sé, tú tienes algo más importante en que ocuparte ahorita. Tu familia.
Draco se quedó en shock. La furia y coraje que le absorbía lo había dejado sin palabras. La mirada que le lanzó Dean al decir "tu familia" le estremeció, era una mirada cargada de poder, de sabiduría... si no fuera porque sabía que ya estaba muerto, podría apostar que aquel no era Dean Thomas, sino Dumbledore, el genio chiflado que habían tenido por director en Hogwarts. Pero lejos de tener miedo o respeto ante esa mirada, Draco se tranquilizó un poco, y se acercó sigilosamente a Dean quien le miró con más determinación.
-Escúchame, Thomas que no tengo tu paciencia. Yo, Draco Malfoy, no tengo y no quiero una maldita familia. Así que si hiciste esto por alguna estúpida idea moralista, estás muy equivocado. Por lo que ahora no te lo pido, sino te exijo que deshagas este desastre antes de que resultes lastimado. Te lo estoy advirtiendo, Thomas. Si en este momento regreso al edificio y no encuentro mi departamento como lo dejé y lo que acaba de pasar con el maldito portero que no me reconoció vuelve a suceder con alguien más, te juro que te despedazaré con mis propias hasta matarte ¿Entendiste?
La sonrisa de Dean desapareció, pero aún así no había rastro de arrepentimiento o miedo en sus facciones. Posó una mano en el hombro de Draco y lo guió hacia el final de las escaleras. El mago se puso delante del rubio con una pose seria, aquella misma pose que había tenido la noche anterior antes de lanzarle su ridículo sermón pro-familia.
-Draco Malfoy, —pronunció su nombre con monotonía y aburrimiento. -Sí, yo hice esto y no "arreglare" Las cosas que hice no fueron ni con el propósito de que cambies ni para darte una lección moralista. Eso que miras detrás de mí ya no es el lugar donde vives, de hecho, nunca lo ha sido. Espera... -exclamó cuando Draco abrió la boca para replicar. -Lo que has vivido hoy es un presente que pudo ser y que ahora se te permite experimentar. Lo que debes hacer ahora es olvidar el otro presente y tomes lo que tienes sin quejarte. Esto es sólo una oportunidad. No es un castigo, tampoco una venganza y mucho menos un ataque personal. Pero ésta es una oportunidad para que veas el otro lado del galón, esa alternativa a la que siempre te niegas, esa otra realidad que tanto te abruma pero ni siquiera te dignas a comprenderla. Ésta es una oportunidad para que veas que existen otros tipos de éxitos en la vida... Digamos que es una "hojeada" a un libro de posibilidades, una hojeada simplemente, nada eterno.
Oh, Maravilloso. Sencillamente encantador. Si eso no era una lección moralista, entonces no sabía lo que era.
Sin poder evitar poner los ojos en blanco, Draco a Dean de la fina camisa que vestía y lo empujó contra la pared del edificio, pero el chico no deshizo su semblante serio ni trató de defenderse.
-Muy bonitas tus palabras, Thomas, tan propias de un Gryffindor. Pero verás: yo soy un Slytherin, y no cualquiera, soy Draco Malfoy y a mí nadie viene a tirarme esas "oportunidades" y sale vivo de ello.
-Señor Thomas... ¿está todo bien?
El portero se había acercado a los dos hombres acompañado del guardia de seguridad del edificio. Draco los miró con desprecio sin soltar a Dean por lo que el guardia sacó su se acercó aún más. Sabiendo que se encontraba en una clara desventaja, y no queriendo arriesgarse a que Thomas hiciera algo peor, Draco soltó al otro mago y retrocedió un paso aunque su mirada siguió mostrando un profundo desprecio y enojo.
-Sí, todo bien, gracias.
Después de excusar la actitud de Draco, Dean lo guió hacia el callejón donde el rubio había escondido la escoba de Weasley, aunque Draco no quiso saber si ese detalle lo sabía Thomas o era mera coincidencia, lo que realmente le interesaba era arreglar aquello de una maldita vez.
-Mira, Draco. Nada va a cambiar, al menos no por hoy, no será permanente pero durará cuanto sea necesario; y no seré yo quien decidirá el momento en el que estés listo para que regreses a este presente, serás tú mismo el que lo hará. Pero no será con tus palabras o con desearlo, serán tus acciones las que lo determinarán.
-Deja de decir tonterías, Thomas. Nada de lo que dijiste tiene sentido, ¡arregla esto y ya!
-Lamento que no comprendas, Draco. Pero no puedo decirte más, deberás entenderlo por ti mismo. Vive esto que tienes ahora, conoce, adáptate, disfruta... y después, cuando estés listo, volverás y decidirás qué hacer.
No. No... ¡No! Eso no podía estar pasando, no a él. ¿Qué clase de magia había hecho el muy maldito para que estuviera en esa situación? Si tan sólo tuviera su varita... ¡ah! ¿Qué quería ese imbécil de él? Si lo que había dicho era verdad, entonces estaba perdido. Sin casa, seguramente sin su empresa, sin dinero o nada que le ayudará a recuperar lo suyo. Draco se sentía perdido... en una pesadilla. Como si estuviera usando legeremancia, Dean agregó:
-Tu varita está en tu hogar, Draco. Todo lo que ahora te pertenece está ahí. Aquí nada es tuyo, no perteneces a este lugar, ya no. Y por tu bien, ya no trates de buscarme, eres un extraño para todos los que trabajaban para ti, no conseguirás nada de ellos... Me tengo que ir, Malfoy. Buena suerte
Draco se encontró sintiendo una desesperación y un terror tan grande que le hicieron suplicar.
-No, no, no. Merlín, Thomas, es que... ¿qué clase de juego es este? ¿Quieres dinero?, ¿qué es lo que buscas con todo esto? No sé de qué actitudes estás hablando, pero yo no puedo regresar a ese lugar ¿Es que no te das cuenta de quién soy y con quién me estás mandando? ¡Con Potter, por Merlín! ¡Potter! ¿Es que ya olvidaste que lo odio?
Para sorpresa del rubio, Dean soltó una carcajada que sonaba muy sincera, pero aquello no ayudó a que Draco se sintiera mejor.
-No lo odias, Malfoy. Lo que sientes es sólo furia que has guardado desde hace años, un coraje muy infantil si me lo preguntas, pero así son las cosas ahora. Él es tu familia, créelo, no te matará... al menos no por las razones que tú crees, porque el hecho que sigas aquí a estás horas en Navidad, no creo que le agrade mucho a Harry. Pero no rechaces algo que no has probado. Te aseguro que lo mejor es que cedas a lo que sucede, tal vez no será lo más ideal, pero es lo mejor para ti. -Haciendo un ademán de irse, Dean titubeó un poco para después colocar gentilmente su mano sobre el hombro de Draco y después sacó un artefacto de su bolsillo, después colocó en la mano de un lívido Draco un pequeño artegacto. -Es un chivastocopio, él te lo dirá... cuando estés listo, te lo hará saber y tú volverás.
Dicho eso, Dean se alejó dos pasos y sin dejar que Draco volviera a suplicar, sacó su varita y se desapareció.
-¡No!
