Claim: IV/III.
Notas: Pre-series. Spoilers de la serie de acuerdo a su transmisión en Japón.
Rating: T.
Género: Romance/Angst.
Tabla de retos: Het/Slash.
Tema: 2. Rojo
IV chasqueó la lengua con impaciencia al darse cuenta de que no podía dormir. Fuera, la apacible noche se burlaba de él mostrándole un manto lleno de estrellas indiferentes a su dolor. Aún le resultaba extraño estar de regreso en casa, encontrarse en la habitación que había abandonado como niño, llena de estúpidos juguetes y pósters de héroes infantiles e insulsos. Le aterraban los recuerdos que acechaban debajo de la cama y dentro del armario lleno de polvo. Le aterraban porque debía fingir normalidad, debía fingir que esos recuerdos no se habían marchitado, que no habían sucedido casi diez años atrás, cuando apenas era un mocoso, inexperto y tonto. ¡Cómo le daba miedo el interior del armario en esos días! La luz de la luna llena, al colarse por su ventana, dibujaba lo que parecía una silueta fantasmal dentro, una silueta que se asomaba, que lo llamaba con voz cadavérica y profunda. Pero su padre siempre estaba allí para consolarlo y si no su padre, al menos Toby.
Sin embargo, las cosas era totalmente diferentes ahora, como se recordó con un nuevo chasquido de la lengua. En el armario no había nada que temer, nunca lo había habido. La luna, en lugar de plateada era roja y su padre era el monstruo del que se debía esconder. Un monstruo en forma de niño que rumiaba planes de venganza y veía televisión todo el día. Él sí que le inspiraba verdadero terror, aunque no se había atrevido a externar dicho pensamiento a nadie más. Esa máscara que cubría su rostro y quién sabe qué cosas tan horribles más. Esa actitud infantil pero burlona, despectiva...
IV se removió en la cama cuando escuchó pasos aproximándose por el corredor, oscuro y vacío como boca de lobo. El terror le heló la sangre y le corrió por la espina dorsal como cuando tenía cinco años y no podía dormir en noches de tormenta. Deseaba que no fuera Tron, su nuevo padre. Lo deseaba tan fervientemente que se casi se echó a reír de puro alivio al ver la figura de su hermano menor en el umbral, trece años y aún así asustadizo. Aunque claro, mucho también podía decirse de él mismo, aunque no quisiera reconocerlo.
—Nii-sama —la puerta se cerró detrás de su pálida figura, enfundada en una pijama de color verde a juego con sus ojos. En la semi-oscuridad, bañado por la luz de la luna, su cabello parecía de fuego, rojo intenso, flamable.
—¿No puedes dormir? —preguntó y se sintió orgulloso del tono de desdén que pudo imprimirle a sus palabras, incluso tuvo el descaro de fingirse somnoliento. III le contestó con un movimiento de la cabeza, parecía frágil, aunque la pubertad comenzaba a dejar huella en sus facciones y en la forma de su cuerpo.
—¿Puedo dormir aquí? —sin esperar respuesta, III se sentó a los pies de la cama. En su semblante podía leerse la preocupación y el miedo, mismos que él había sentido también segundos atrás. Sin duda, no era el único que se sentía fuera de lugar en la vieja casa, tras tantos años de separación y ausencia. Sin duda, no era el único que de algún modo extrañaba el orfanato.
—Miedoso —se burló el rubio, pero abrió las sábanas para que entrara. Habían repetido ese ritual en centenares de ocasiones, durante el tiempo en que habían sido sólo ellos dos contra el mundo, aunque claro, la edad había empezado a minar dicho ejercicio. Después de todo eran mayores, no niños. Después de todo, podían encontrarle significado a un beso, más que asco. Pero aún así, de cuando en cuando, les gustaba sentirse acompañados.
—Gracias, nii-sama —instintivamente, III se apretó contra él, asiendo con los dedos la tela del pecho de su pijama. La noche no era fría, pero la calidez de ambos los reconfortó. El menor no tardó demasiado en quedarse dormido, aunque antes y con las mejillas coloradas, le robó un beso de agradecimiento a su hermano mayor.
IV se quedó de piedra. III no era el único que atravesaba por la pubertad y sin embargo, tendría que esperar para emprender esa nueva etapa juntos. Ojalá eso fuera suficiente, pensó con ironía, suficiente para calmar a su cuerpo de adolescente. Ojalá III no durmiera tan cerca. Ojalá...
Ni siquiera se dio cuenta de cuándo se quedó dormido, mucho menos de que el miedo había desaparecido. Las noche cálida —de su hermano— lo envolvió como un capullo y por fin, desde que descubrió la nueva forma de su padre, pudo dormir sin soñar.
FIN
