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English is not my native language, so please excuse me if I make any mistakes writing this!
La noche había caído sobre el campamento donde descansaba el Equipo Avatar y los grillos entonaban su canción, cuando de pronto, Aang despertó.
—¡Auch!— se quejó el Maestro Aire.
Momo lo había pateado entre sueños. El dulce lémur yacía bajo el efecto de Morfeo, con una manita sobre el rechoncho estómago, ubicado un poco más arriba en la pata de Appa.
Aang se sentó, sobándose la cabeza en el lugar adolorido. Parpadeó un par de veces, todavía soñoliento, y liberó un bostezo.
Dio un vistazo rápido al campamento. Las brasas antes rojizas, sobrevivientes de la fogata de la cena, ya se habían extinguido. Toph seguía en su tienda hecha de tierra, Sokka roncaba tan ruidosamente como siempre en su saco de dormir y...
—Espera un momento—murmuró el joven Avatar, rascándose los ojos para enfocar mejor la mirada—, ¿dónde está Katara?
El saco de dormir de la Maestra Agua permanecía vacío, y no había rastro de ella por ningún lado.
¿A dónde podría haber ido? Ya era pasada la medianoche.
Estaba a punto de ponerse de pie, cuando vino a su mente una posible respuesta a esa pregunta.
Podría haber ido al baño.
Aang volvió a su lugar. Si, seguramente era eso. En ese caso, era mejor quedarse donde estaba. Después de todo, una chica necesita privacidad para esas cosas ¿no?
El joven monje volvió a recostarse, esta vez un poco más alejado del pequeño Momo, y cerró los ojos.
No volvería a dormir, por supuesto, hasta asegurarse de que Katara había vuelto al campamento. Pero sí fingiría estar durmiendo en lugar de esperarla despierto. Pensó que quizás sería vergonzoso para su amada que la descubriera volviendo de hacer sus necesidades, y no quería hacerla sentir incómoda de ninguna forma.
Se quedaría a esperar por ella.
Pasaron cinco minutos... Luego diez...
Aang comenzaba a preocuparse.
Quince...
Veinte...
¿Acaso estaría estreñida?
Después veinticinco...
Media hora.
Bien, suficiente. Iría a buscarla. Sabía que las chicas podían tardar ¡pero ya había pasado demasiado tiempo! ¿Y si le pasó algo?
Después de todo, no estaban completamente a salvo. Desde que se había anunciado el Movimiento de la Restauración de la Armonía y comenzado con la reubicación de las colonias que la Nación del Fuego tenía en el Reino Tierra, rebeldes pertenecientes a ambas naciones tomaron represalias y las amenazas dirigidas al Avatar resonaban por toda la costa.
Aang se puso de pie y a paso silencioso se adentró en el bosque. Usó su sentido sísmico, y a pesar de que no era tan bueno como el de Toph, era suficiente como para encontrar posibles bandidos. Pero no halló nada.
De repente, escuchó un sonido de chapoteo.
¡Agua!
¿Cómo es que no se le había ocurrido? A Katara le encantaba practicar durante las noches de verano como esas. ¡Seguramente estaba en el río!
Decidió que se uniría a ella.
Cuando llegó al final del sendero, un poco antes de alcanzar la orilla, logró vislumbrar a su novia en medio del tranquilo río.
—¡Kata...—el nombre de la morena murió en un grito ahogado y Aang se quedó paralizado al percatarse de que, en realidad, Katara no estaba haciendo Agua Control como había creído en un principio.
Allí, en medio del agua, cubierta tan solo por la luz de la luna, Katara se encontraba desnuda, a espaldas del joven Avatar, totalmente ajena a su presencia.
Estaba tomando un baño.
Fue recién entonces cuando el muchacho de catorce años notó las prendas azules cuidadosamente colocadas sobre una de las rocas más grandes, y encima de ellas... unas vendas blancas...
Aang tragó duro y sintió sus mejillas acalorarse.
Tenía que salir de allí. Lo sabía, pero sus piernas simplemente no le obedecían. En cambio, lo guiaron hasta atrás de unas rocas y arbustos, que lo mantenían lo suficientemente oculto pero con una buena vista al atractivo cuerpo de la Maestra Agua.
¿Qué estaba haciendo? ¡Aquello estaba mal! No debía espiar a su novia, estaba violando su privacidad, su confianza.
Debía irse. Ahora.
Pero es que simplemente no podía apartar la mirada de la muchacha.
No es que pudiera observar mucho de todos modos, pues la luz era escasa, pero lo poco que podía apreciar... Espíritus... era tan hermosa.
Parecía que el río no era tan profundo, pues el agua le llegaba hasta la mitad del trasero femenino. Los rayos lunares acariciaban la sedosa piel oscura. Sus largos cabellos ondulados le caían húmedos sobre el cuerpo, mientras sus brazos morenos se movían delicadamente limpiando su cuello. Y cuando los levantaba... Espíritus, podía llegar a ver incluso la curva de sus pechos.
Tan solo podía notar el contorno de ellos pero se veían tan redondos y llenos. De pronto deseó apretujarlos entre sus manos y llenarla de besos por lugares escandolosos.
Espera un momento. ¡¿En qué estaba pensando?! El rostro del joven monje de catorce años se tornó de un color tan carmín que los tomates le tuvieron envidia y las rosas hablaron mal de él por semanas.
Se preguntó de dónde venian tales pensamientos, jamás había pensado de una forma tan pervertida sobre su novia. Tal vez sí había notado cómo ella había madurado físicamente durante el último año mientras entrenaban, y más de una ocasión sus ojos podrían o no haberse desviado a ciertas partes de su cuerpo cuando usaba esa ropa tan reveladora de la Nación del Fuego y que le quedaba exquisitamente bien a Katara.
Y quizás podría haberse deleitado y disfrutado de todo ello.
Sin embargo, nunca había pensando en ir mucho más allá.
Pero ahora allí estaba, deseando hacerle cosas que desconocía por completo pero que parecían ser del todo inapropiadas a su Maestra de Agua Control, quién, afortunadamente, era también su ardiente novia.
De repente, sintió una fuerte presión en sus pantalones, a la altura de su entrepierna.
Aang arqueó una ceja, extrañado, y cuando echó un vistazo, sintió su rostro entero arder y sonrojarse aún más, si es que eso era posible.
¡Estaba teniendo una erección! Sabía lo que era eso, Gyatso le había explicado lo básico del funcionamiento de aquellas partes de su cuerpo, ¡pero no esperó que fuera a pasar ahora!
¿Acaso tenía una ereccion por ver a Katara? Bueno, la respuesta era obvia y se recriminó por preguntarse algo tan tonto. ¿Ahora qué haría?
Estaba duro y ya empezaba a doler. Tenía que aliviarlo. ¿Pero cómo?
—No puede ser— gimió, queriendo darse la cabeza contra la piedra.
Bien, había escuchado suficientes chistes sucios de parte de Sokka y de Toph como para hacerse una idea de cómo proceder, pero nunca había hecho nada como eso, y sentía que no era correcto. Bueno, tampoco lo era estar espiando a su novia a escondidas.
Nervioso y con timidez, metió su mano dentro de su ropa interior y tomó entre sus dedos su miembro.
Un escalofrió lo recorrió por completo, y en el instante en el que subió su mano y rozó la punta de su pene, un gemido tembloroso y placentero escapó de sus labios.
—¡¿Quién anda allí?!—gritó Katara, repentinamente en alerta, controlando afiladas puntas de hielo listas para ser lanzadas.
Aang se tapó la boca para no emitir ningún sonido, aterrado.
Cuando pensó que todo estaba perdido y Katara lo encontraría y lo odiaría por siempre -después de haber sido acuchillado por decenas de hielos afilados, por supuesto-, Momo salió al rescate, acercandose a la orilla.
—¡Oh, Momo!—rió Katara, bajando la guardia y permitiendo que el hielo volviera a su estado líquido—. ¡Me asustaste!
Katara volvió a lo que estaba haciendo y cuando Aang se aseguró de que no lo vería, salió corriendo. Haciendo uso de su Aire Control, saltó entre los troncos de los árboles y huyó río abajo, lejos de donde su amada seguía bañándose.
Llegó hasta un claro en medio de los arbustos repletos de bayas azules y se sentó en el suelo, cruzando las piernas, con la respiración agitada.
—Eso estuvo cerca— reconoció, intentando recuperar la compostura. Se recriminó a si mismo por sus acciones, e intentó calmarse.
Sin embargo, todavía tenía un problema. Su erección no había bajado, incluso con todo ese altercado.
¿Qué había sido aquello que había sentido? Nunca había experimentado algo así antes. Y al pensar en Katara, se había sentido tan bien.
Sintió curiosidad, y con las mejillas sonrojadas por lo que iba a hacer, vió a todos lados para asegurarse de que esta vez no corría riesgo de ser descubierto. Luego volvió a adentrarse entre sus prendas mientras la imagen de la Maestra Agua se colocaba en su mente.
Abrió los ojos de par en par y mordió su labio inferior en el momento en el que aquella poderosa sensación lo golpeaba. Era mucho más intensa que antes, sentía su piel arder con cada toque. Era increíble, ¿por qué no había hecho esto antes?
Cerró los ojos una vez más, invocando a su novia en su imaginación mientras su mano subía y bajaba alrededor de su miembro. El recuerdo de esos ojos tan azules y hermosos que lo hipnotizaban siempre, la suave piel morena, el aroma a flores silvestres de su cabello...
De pronto, las imágenes comenzaron a desvirtuarse a escenas menos inocentes, empezando por la vista de hace unos minutos en el río.
Aang gimió suavemente en voz baja.
Se imaginó a él mismo entrando al agua con ella, tomando su cuerpo entre sus brazos, acariciando su cintura y Katara estremeciéndose por su tacto.
Recordó el dulce sabor de los labios de Katara, y se imaginó besándola. Luego, bajando por su mentón, desciendiendo por su cuello hasta el escote.
Su respiración pasó a ser más superficial y su mano subía y bajaba, presionando más, presionando menos. Imaginó que su mano era la de Katara, que era ella quién lo acariciaba.
Su cuerpo se arqueó hacia adelante y sus rodillas temblaron. Espíritus, esa era una imagen demasiado tentadora.
No sabía de dónde venian todas esas ideas, pero le encantaban. Soñó con Katara sonrojada, con la respiración agitada, justo debajo de él y con nada más que con su ropa interior desacomodada. Lo besaba apasionadamente, con la misma necesidad que tenía él por ella, y susurraba su nombre en su oído, suplicante.
"Aang"
—Katara...—jadeó, su mano libre aferrándose a la hierba a su lado hasta casi arrancarla, mientras aumentaba el ritmo.
Su cuerpo temblando, la presión en la parte baja de su vientre aumentando y el placer lo recorría por completo.
Finalmente, terminó con un gemido ahogado.
Aang se apoyó en su mano libre para no caer y trató de recuperar el aliento.
—Eso fue... interesante— murmuró. Más que eso, había sido fantástico. Nunca antes había sentido algo tan bueno como eso, y sintió deseos de repetirlo.
Pero eso significaría pensar en Katara en esas... poses.
La sangre volvió a teñirle las mejillas.
Sacó su mano de su ropa interior, y se soprendió al percatarse que estaba llena de una sustancia espesa y blanquecina. Ahora que prestaba más atención, también sentía húmedo y pegajoso en esa área.
Se puso de pie. No estaba tan lejos de la orilla. Controlando un poco de agua, limpió su ropa y se secó con una leve explosión de Aire Control.
Regresó al campamento. En el camino se había preocupado ¿y si Katara ya había regresado? ¿Qué le diría para justificar su ausencia? ¿Y si sospechaba de él? No, eso era imposible. Ella había creido que el ruido fue Momo.
Por suerte para el joven Avatar, la Maestra Agua aún no había regresado.
Satisfecho y aliviado, el cansancio hizo acto de presencia en su cuerpo. Se dejó caer sobre la acolchada pata de Appa y fingió dormir.
Katara volvió después de un par de minutos. Aang escuchó atentamente cada uno de sus pasos. Oyó cómo dejaba algo donde guardaban el equipaje.
Luego, sintió sus pasos acercarse. Su corazón le latió con fuerza contra el pecho pero él no se inmutó. Se suponía que estaba dormido.
Katara apoyó su mano suavemente sobre el hombro del chico y los mechones del cabello ya seco le hacían cosquillas en el rostro del Maestro Aire. Él percibió ese aroma a flores silvestres que tanto le encantaba y el leve tinte a agua. Después, sus labios encontrandose delicadamente con los de ella.
¡Lo estaba besando! ¡Katara lo estaba besando mientras dormía! Aunque era tan solo un roce, casi nada de presión para no despertarlo, pero un beso al fin y al cabo.
¿Katara hacía eso siempre? ¿Besarlo cuando dormía? Estaba derritiendose por dentro y tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para controlar su sonrisa y evitar moverse o deslizar su mano tras la nuca de la muchacha para atraerla más cerca e intensificar el beso.
Finalmente, Katara se alejó.
—Buenas noches, amorcito—le susurró ella al oído.
Aang tranquilamente podría haber sido un helado derritido en el suelo para ese momento.
Sintió una presencia al lado de su cabeza, y la oyó caminar hasta el otro lado del campamento donde yacía su saco de dormir.
Después de unos minutos, y cuando Aang pudo escuchar la respiración tranquila, típica de una persona caída en un sueño profundo, se permitió alegrarse.
Sonrió como un bobo enamorado, y giró de lado a lado, completamente enternecido y emocionado por aquel acto tan romántico de parte de su novia.
¡Ay, el amor!
Todo era risas y felicidad, cuando de pronto unas pequeñas bolitas cayeron sobre su costado.
Es verdad. Katara puso algo a mi lado.
Agarró un par de esas bolitas y las trajo a su línea de visión, para poder averiguar qué cosa eran.
Y cuando lo supo, la sangre se le heló por completo y se le drenó hasta los pies.
Aquellas pequeñas bolitas, no eran nada más ni nada menos que bayas azules. Específicamente, arándanos.
Los mismos arándanos que solo se encontraban río abajo, en los arbustos entre los que había estado dandose placer a sí mismo.
Eso solo podía significar que Katara lo había...
—Monos emplumados—maldijo en voz baja.
¿Qué les pareció? Es la primera vez que escribo algo tan sensual. ¿Les gustaría que escriba más?
Espero les haya gustado. No olviden dejar su comentario!
