Notas de autora: Hoooola. Lo siento, lo siento… ¿ya dije que lo siento? Lo sé, he tardado siglos en actualizar, pero mi vida estaba hecha un caos y después mi musa se había ido de vacaciones sin llevarme, y aunque no estoy muy segura con la calidad de este capitulo, pues considero que ya está terminado y que tenía que publicarlo. Espero que les guste y ojala se den un ratito para dejar sus comentarios. Nos vemos en el siguiente!

Capítulo 4: Decidir

Ella lo miraba con tristeza, sus ojos habían perdido el brillo de la vida; entonces Draco supo que estaba soñando. Incluso cuando las yemas de sus dedos se humedecieron con las lágrimas de su madre, incluso entonces supo que aquello era un sueño. A pesar de eso, Draco dejó que sus dedos continuaran acariciando esas mejillas. Ya había soñado aquello cientos de veces y siempre era lo mismo:

Él... su madre... el día del entierro de su padre... y dolor... tanto dolor.

Y a pesar del sentimiento que lo invadía cada vez que soñaba con ella y lo sucedido ese día, Draco jamás se arrepentía de que su inconsciente insistiera en revivir ese momento. Aquel sufrimiento.

A pesar de que la neblina opacaba los ojos de Narcissa, a pesar de que Draco podía percibir rencor en la mirada de su madre, incluso cuando esa era imagen más dolorosa que conservaba de ella, a pesar de todo eso, Draco amaba soñar con ella. Sólo con ella podía sentirse vivo, amado

-¿Draco?- No fue su madre quien habló, pero él había escuchado perfectamente esa voz llamándole... tenía que ser alguien de afuera, alguien que le hablaba desde la realidad y no dentro de su sueño.

No, no me despiertes, por favor. No ahora. Estoy con ella...

-Draco, despierta.

Con esas palabras, Draco abrió súbitamente los ojos para encontrarse con los ojos verdes de Potter... ¿Por qué él no había sido también parte de un sueño? ¡Una pesadilla!

El rubio se enderezó lentamente haciendo muecas de dolor. Se había quedado dormido casi al instante de haberse acostado después de bañase. De hecho, ni siquiera se había vestido y ahora la toalla que había colocado en su cintura después, estaba hecha bolas entre sus piernas.

Merlín, aquello era vergonzoso.

El terrible dolor de su cabeza y sus músculos le impedían moverse siquiera para proteger sus partes íntimas de la mirada de Potter. Bueno, tenía que intentarlo, no iba a dejarse humillar a ese nivel delante de Potter.

No, señor.

Movió débilmente su mano para tratar de alcanzar la toalla y cubrirse, pero antes de llegar a su objetivo, el moreno lo frustró quitándole la toalla y llevándosela hacia un mueble cercano. Si Draco no se hubiera sentido tan mal, le hubiera dicho algo al impertinente de Potter, un buen insulto como mínimo. Draco se sentía demasiado expuesto frente al moreno, pero no tenía la fuerza para intentar cubrirse. Un punzante en la cabeza le hizo olvidarse de esa situación, aunque no olvidó con quién se encontraba. Era imposible olvidar e ignorar la presencia de Potter hasta padeciendo la peor de las enfermedades. Resignado, Draco volvió a dejarse caer sobre el colchón y cerró los ojos para controlar el súbito mareo que invadió todos sus sentidos.

-Por Merlín, Draco. Te ves terrible.

-Gracias, tú también, —contestó en tono débil y no la frialdad que hubiese querido, aquello ocasionó una leve risa en Potter quien se movía por toda la habitación haciendo mucho ruido para el gusto del rubio.

-Diablos... -murmuró Potter continuando con el maldito ruido que comenzaba a taladrar en la cabeza de Draco. —Ya no hay más poción para tratar la fiebre o el resfriado. Se nos terminó con la última gripe de Scorpius...

-¿Quién?

No era que le interesara saber sobre cada persona que Potter mencionaba, pero quería detener por un momento el ruido que ya llegaba a sus partes más remotas de su cabeza, y si sólo interrumpiendo a Potter haciéndolo pensar y analizar el significado de sus preguntas lo lograba, pues preguntaría lo que fuera.

Una mano fría se colocó sobre su frente, la única reacción que tuvo fue un gemido de dolor. Buscó desesperadamente algo con que cubrirse sin abrir los ojos ya que sentía que cada párpado le pesaba media tonelada. Comenzaba a sentir mucho frío y también estaba temblando sin poder controlarlo.

-No te puedes cubrir, Draco, estás ardiendo en fiebre. —Fue la voz de Potter lo que hizo eco en su cabeza pero sin llegara a comprender por completo.

-¡No! -gimió poniéndose en posición fetal y comenzando a temblar aún más. —Tengo frío... dame una cobija, —exigió aunque el puchero que le siguió rompió todo tono de demanda.

Merlín, si estás en un lugar: apiádate de mí y mátame que me muero.

-Draco, por favor. —Potter le quitó la cobija que el rubio acababa de rescatar del suelo. El gemido fue todavía más fuerte. —Mira, te pondré algo de ropa, pero no puede ser muy caliente. Intento quitarte esa fiebre, no aumentarla, ¿de acuerdo?

Draco ni se molestó en contestarle, el esfuerzo de haber tomado esa cobija del suelo y "luchar" brevemente por ella lo había vuelto a dejar sin energías; sus ojos seguían herméticamente cerrados y no pensaba tentar su suerte.

Pero una vez más en ese día, Draco abrió de súbito los ojos aunque en esta ocasión con mucho horror ¡Potter acababa de tomarlo de las piernas como si fuese un bebé y estaba poniéndole ropa interior importar que estuviera viendo sus... sus partes íntimas!

-¿Qué crees que estás haciendo, Potter? —preguntó un semi-dormido y muy escandalizado Draco que trató, sin ningún éxito, quitar las manos de Potter de SU entrepierna. No es que el otro estuviera abusando de él, ¡pero no iba a permitir que su dignidad fuera pisoteada en todas las formas posibles en un mismo día!, ¡Mucho menos por Potter!

-Estoy vistiéndote, Malfoy. Por si no te has dado cuenta, no llevabas nada puesto encima más que esa toalla mojada,—contestó Potter con un tono enfadado.

Draco decidió no decir nada más, se sentía demasiado agotado como para reclamar o siquiera ver qué tipo de ropa le estaban poniendo. Aunque, por la textura de la tela, lo más seguro es que la prenda que ahora estaba en su lugar no era más que unos calzoncillos de mala, por no decir pésima, calidad.

Maldito día.

Maldito Potter.

Despidiéndose una vez más del mundo de la consciencia, Draco decidió entregarse al sueño y esperar con todas sus fuerzas que éste no sólo borrara su malestar físico, sino que también se llevará con él esa pesadilla de la cuál no parecía poder despertar.

26 de Diciembre. 9 de la mañana.

-¿Y no te dijo nada?

-Sólo que había ido a la ciudad, no sé, no dijo nada que no hubiera dicho hace años.

-Años, Harry. ¡Años! Cuando Ron y yo lo vimos ayer y nos habló de esa forma, pensamos que había pasado algo, no sé, se comportaba como si no nos reconociera.

-Conmigo ha estado igual. No deja de decirme Potter y la única vez que pronunció mi nombre... sé que soñará raro, pero cuando lo hizo es como si hubiera sido la primera vez que saliera de su boca mi nombre de pila. Fue muy extraño.

-¿Habrá sufrido algún golpe en la cabeza? Tal vez en la noche del 24 pudo haberse golpeado y por eso amaneció tan desorientado, puede que por lo mismo estuvo así todo el día.

-No lo creo, me hubiese dado cuenta si se hubiera caído de la cama o levantado durante la madrugada... -Harry se sonrojó levemente a agregar. —Dormimos muy, ummh, muy juntos como para no sentir si se mueve o no.

La sonrisa dulce de Hermione le hizo saber que ella no se escandalizaba o se sentía incómoda como Ron cuando alguna intimidad entre Harry y Draco salía a la luz.

Los dos amigos estaban sentados en la mesa de la cocina del hogar del moreno, la joven había acudido a la casa luego de que le hubiera hablado a Harry muy temprano para saber cómo seguían las cosas con Draco. Pero especialmente para poder ayudar a su preocupado amigo que, por las profundas ojeras debajo de sus ojos, parecía haber pasado la noche en vela, en parte por haber cuidado a Draco, y también por estar intentando averiguar qué había sucedido con su marido el día anterior.

-¿Y si lo hechizaron?, -preguntó un tanto vacilante Hermione luego de varios minutos de silencio.

Harry negó con la cabeza de manera contundente antes de decir:

-No empieces, Hermione. No quiero que me metas ideas en la cabeza. Además, si hubiera sido así, sabes perfectamente que debió haber sido durante la fiesta de Noche Buena, y los únicos presentes eran amigos cercanos.

-¿Y eso qué?

Harry no pudo evitar poner una mano en su frente por la exasperación, sabía a lo que Hermione se estaba refiriendo y lo que insinuaba, pero no quería empezar a sospechar de personas tan cercanas. A pesar de su gesto exasperado, su amiga, como buena y terca Gryffindor, comenzó a explicar su teoria:

-Mira Harry. Tal vez confías en ellos, pero eso no quiere decir que yo tenga que hacerlo. No estoy diciendo que estén tratando de atacarte a ti o a Draco o, Merlín no lo quiera, a tus hijos, —ante la mención de sus hijos, la expresión de Harry se puso muy seria y Hermione no pudo evitar sentirse un tanto nerviosa ante la intimidante mirada de su amigo. —Pe-pero ya sabes como son, sobre todo Zabini. Recuerda que son Slytherin, seguramente si le hicieron algo a Draco fue porque lo consideraron una divertida broma Navideña o un excelente regalo adelantado de Año Nuevo... O qué sé yo, todos los Slytherin tienen un sentido del humor bastante negro, Harry. Eso lo sabes perfectamente.

-¡Por supuesto que lo sé, Hermione! ¿O es que ya has olvidado que estoy casado con un Slytherin?

-Por lo mismo es que te digo que es muy posible que lo haya hechizado uno de sus amigos en la fiesta del 24, seguramente no se hubieran atrevido a hechizar a otro que no fuera uno de ellos. Y bien sabes que desde que Draco y tú se casaron, Zabini no ha dejado de acecharlo ¡Hasta se mudó de nuevo a Londres con tal de estar cerca de él!

Bueno, eso es cierto. Pensó Harry sin poder evitar sentir el muy familiar sentimiento de coraje y celos que le daba cada vez que pensaba en Zabini.

El maldito ex Slytherin se había puesto como meta conquistar a Draco luego de que éste y Harry se hubieran casado. Pero a pesar de que había regresado a Londres y que por su culpa Draco y Harry hubieran tenido cientos de disputas, Zabini no había podido separar a la pareja. Y al nacimiento de Lily, el ex Slytherin le había ofrecido una especie de tregua a Harry, la cual no había podido negar debido a la petición de su esposo, por lo que había tenido que aceptar la presencia del otro en todas las fiestas y reuniones importantes del matrimonio. Harry siempre se había sentido inseguro ante la "inocente" amistad entre Zabini y Draco, pero sabía que su esposo lo amaba y no le quedaba nada más que confiar en él. Aunque eso no dejaba de lado que Zabini pudiera haber visto como una excelente "broma" modificar la memoria de Draco para que en la mañana de Navidad actuara como lo había hecho. Tal vez... pero antes de que la idea llegara a formularse por completo en su cabeza, Harry se borró de la mente cualquier rastro de sospecha y con un impaciente movimiento de la mano, le dijo a Hermione.

-No, no. Mira, Draco y yo nos prometimos hace muchos años que no desconfiaríamos de nuestros amigos, y aunque Zabini no es mi persona favorita, —no pudo evitar hacer una mueca al pronunciar el apellido del ex Slytherin. —No hay pruebas de que él haya hecho eso.

-Pero sí hay motivos, —recalcó Hermione con ese tono de sabelotodo que jamás había perdido.

-No... ¡Bueno, sí! -Exclamó Harry ante la mirada de su amiga. —Pero no por eso voy a ir y acusarlo de haber hechizado a Draco. Además, ni siquiera sabemos si está hechizado, si hago eso y no lo está, Draco jamás me lo perdonaría.

Hermione no pudo pelear aquel punto.

-Mira, dices que Draco aún no ha despertado, pero cuando lo haga, seguramente todo habrá pasado y verás que lo único que sucedió ayer fue perdió los estribos por un día. —Le animó Hermione con una pequeña sonrisa. Harry también sonrió pero aún así se sentía preocupado de que las cosas no fueran así.

-Gracias, Hermione. Ya sabes, por venir y tratar de animarme.

-Sabes que siempre lo haré, —le dijo la chica sonriendo aún más. —En fin, me tengo que ir porque dejé al pobre de Ron con los niños y seguro ya ha de estar al borde de las lágrimas. Esos niños son unos demonios... ¿no quieres que me lleve a los tuyos?

-¡Ja! ¿Para que terminen con la cordura de Ron? No, gracias. Estaré bien, Hermione. Yo puedo con los dos.

-Eso ya lo sé, pero... -una vez más vaciló antes de hablar, —En caso de que las cosas no estén del todo bien cuando Draco despierte, puedo venir por Scorpius y Lily para que no te sientas tan abrumado.

Harry estuvo tentado a decirle que sí, no porque deseara que las cosas estarían mal, sino porque tenía mucho sueño y Scorpius no tardaría en despertar. Pero no, era un día después de Navidad y, aunque lo más seguro es que Draco seguiría enfermo, sus hijos iban a querer estar con él y disfrutar los regalos nuevos.

-Gracias, Hermione. Te prometo que si algo pasa o si de plano no puedo con ellos, te lo haré saber. Pero lo mejor es que estén aquí.

Draco se escondió en un armario (o al menos eso parecía ser) junto al pie de la escalera cuando escuchó los pasos de Hermione acercarse a donde él se había detenido durante aquellos minutos escuchando a escondidas la conversación entre la ex Gryffindor y Harry.

Aunque ya lo había visto, Draco no podía creerlo. Harry Potter lo amaba, justamente a ÉL, a Draco Malfoy, el ex Slytherin anti-Gryffindors. Simplemente no-podía-creerlo.

Había despertado sintiéndose un poco mejor que la noche anterior, y aunque la desilusión de seguir en ese mundo surrealista había sido tan desagradable como la primera vez, su mente ya funcionaba de manera más normal. Había tomado su varita y estaba dispuesto a largarse de aquel lugar y buscar alguna solución en el Ministerio de Magia hasta que... bueno, hasta que había bajado las escaleras y al escuchar las voces en la cocina no había podido evitar quedarse a escuchar la conversación entre Granger y Potter.

Un grave error. Definitivamente se odiaba en ese mismo momento por ser tan curioso.

Todo lo que Potter había dicho sobre cómo se sentía, y esas confesiones tan intimas sobre la aparente relación que mantenían juntos, le había matado por lo menos un par de neuronas. Y no era para menos, ¡Potter lo amaba! ¡A él! ¡A Draco Malfoy!

Draco se quedó pensando en todo y en nada durante varios segundos encerrado en ese oscuro armario sin saber qué hacer. No era que le diera remordimiento dejar a Potter con sus locos sentimientos sin ninguna explicación. No, un Malfoy nunca sentía remordimientos. Lo que le hacía cuestionarse el irse o no, era el hecho de que al parecer el ficticio Draco Malfoy también estaba perdidamente enamorado, porque no podía llamar de otra manera a un Draco Malfoy que en su sano juicio hubiera decidido casarse con Harry Potter y tener hijos con él. Al parecer aquel ficticio Draco era feliz con Potter, con los pequeños tan terroríficamente parecidos a él y al moreno. El hecho de que el Draco de la foto que había visto el día anterior luciera completamente diferente al que veía todos a diario en el espejo, pudiera albergar tanto amor lo sacaba de quicio.

¡Amor!

No. Esa mierda barata no entraba dentro de los parámetros que Draco consideraba sentimientos. Pero aquella foto le decía todo lo contrario. Le decía que sí podía existir ese sentimiento, que era capaz de sentir eso por alguien, por Potter y ser feliz... Le decía que si se iba en ese momento, podría estar perdiendo algo mucho más valioso de lo que Dean Thomas le había robado el día anterior.

Le decía que tal vez debía quedarse a intentar algo... aunque no sabía qué cosa. Pero debía averiguarlo, debía darle una oportunidad a Potter de demostrarle qué era eso que tantas veces le habían querido vender sus amantes y que se había negado rotundamente a siquiera pensar en sentir algo por alguien más que por sus padres.

Pero ese sentimiento de querer quedarse a intentarlo era mínimo, casi inexistente, en comparación a la incredulidad que sentía ante el hecho de que pudiera tener algo que ver con Potter más allá de los insultos. Era minúsculo en comparación al deseo de querer recuperar su vida, sus cosas, su identidad. Era una partícula casi invisible en comparación al desinterés que sentía tener una vida común y corriente y todo lo que conllevaba ser padre y estar casado con un ex Gryffindor. Con Potter. Tal vez todo lo que Dean Thomas le había robado no era tan valioso si se le comparaba con tener una familia, pero Draco no podía simplemente desprenderse de lo que había sido y tenido hasta dos días antes.

No, realmente no podía quedarse ahí. No después de haber logrado tanto luego de todos esos años. No después de haber enterrado a sus padres y haber sufrido el desprecio de todo el mundo mágico y después de haber perdido lo que era. No después de que le habían arrebatado la ilusión de vivir y que había tenido que ir recuperando el prestigio sin siquiera poder sanar las heridas que a diario manchaban sus logros... No podía dejar todo lo que tenía sólo por eso, por amor.

Y aunque jamás había olvidado aquella vez en que Potter le había ofrecido su amistad y apoyo, Draco nunca se había sentido arrepentido de haber negado su oferta. A pesar de que todo eso que Potter le ofreció aquella vez no se comparaba a lo que él había logrado por sus propios méritos, aún así había sido todo lo que Draco había necesitado en aquél momento. Lo único que necesitaba.

Pero no de Potter.

Jamás. Por eso no había podido aceptarlo en ese entonces, y someterse a las reglas de Dean Thomas era igual que haber aceptado a Potter en su vida años atrás. No podía hacerlo.

¿Verdad?

Draco no quiso quedarse mucho tiempo encerrado en el armario, temía que Potter fuera a la habitación y al no encontrarlo comenzara a buscarlo por toda la casa antes de que tuviera tiempo de escapar. Tratando de ser lo más sigiloso posible, Draco abrió la puerta del armario y al no ver a nadie alrededor se dispuso a salir de la casa; desafortunadamente, cuando estaba a dos pasos de la puerta, sintió una figura pequeña que se abrazaba a sus pantorrillas. Deseando llorar de la frustración, Draco se giró para encontrarse con dos ojos increíblemente verdes y con la sonrisa más brillante, inocente y linda que jamás hubiera visto. El pequeño niño había usado las piernas de Draco como apoyo y abrazado a ellas se sostenía de pie y lo miraba con fascinación, como si Draco fuese lo más increíble que jamás hubiera visto.

-Papi, —dijo el niño sonriendo aún más. Estupefacto, Draco se quedó viendo a la pequeña criatura que intentaba, de manera inútil, alcanzar los brazos del hombre para que lo sostuviera en lo alto. —¡Papi, papi, papi! —Insistía el niño sacando a Draco de su estado de shock.

El pequeño ojiverde, al igual que la niña mayor que había visto el día anterior, poseía rasgos físicos propios tanto de Potter como de él mismo. Una vez más, Draco se preguntó cómo era que esos dos mocosos se parecieran a sus dos padres. Sabía que la medicina mágica era extraordinaria y que muchas cosas eran posibles dentro de su mundo... pero también sabía que, por más que los descubrimientos mágicos avanzaran tan rápido, era imposible que un hombre pudiera gestar en su cuerpo a un bebé. Resultaba inverosímil que dos hombres tuvieran un hijo sin la intervención de una mujer. Lo era, ¿no?

Tragando en seco ante la mera posibilidad que las sorpresas aún no hubieran terminado y de que, en efecto, él o Potter hubieran concebido a esos dos niños, Draco suspiró y le dió la espalda a la puerta por donde había estado a punto de huir. Se inclinó y sostuvo al pequeño que exigía su atención.

Levantándolo con cuidado y miedo, Draco se dio cuenta que aquél niño también poseía rasgos del brillo inocente que recordaba haber visto en el ex Gryffindor durante sus primeros años en Hogwarts. Lo más curioso era que, a pesar de que el menor continuaba sonriéndole, en sus ojos ahora podía ver un poco de interés y curiosidad casi temerosa.

¿Sería posible que aquel niño supiera que él no era su padre?, ¿que él no era el Draco que conocía?

-Imposible, —susurró Draco para sí mismo sin dejar de mirar firmemente al infante entre sus brazos.

-¿Vas a un lugar?

Draco sintió que le daba un infarto al escuchar la voz de Potter a sus espaldas y por un momento había estado a punto de soltar al niño. Había estado tan absorto en los ojos verdes del pequeño que ni se había percatado de que seguía de pie junto a la puerta de la entrada principal. Tratando de ocultar su disgusto y actuar casual y despreocupado, Draco se giró hacia un Potter que lo miraba con más sentimientos que el pequeño.

-¿Disculpa?, —el rubio prefirió irse por el lado del que no entendía nada para no provocar una nueva discusión con Potter. Además, fingir un poco de sordera le daba segundos valiosos para pensar en cómo actuar ahora.

El problema era que, por primera vez en muchos años, Draco no sabía cómo quería actuar.

-¿A dónde vas, Draco? —A diferencia del día anterior, la voz de Potter estaba ahora cargada de una frialdad y severidad que nunca antes había oído. A Draco le sorprendió ligeramente verlo hablar así luego de haberlo escuchado conversar tan emotivamente con Granger sólo hacia unos minutos antes. Era lógico que Potter había aprendido a contener un poco sus desenfrenados sentimientos y guardar la calma. Draco no supo si alegrarse o enojarse aún más por el hecho de que lo más seguro era que Potter había aprendido eso gracias a él.

Harto de no obtener respuesta, Harry se acercó a Malfoy y sin mirarlo le quitó a Scorpius que se entregó feliz a los brazos de su otro padre. Draco estuvo a punto de protestar pero se detuvo a tiempo al darse cuenta que él, Draco Malfoy, había estado a punto de reclamar que le regresaran a un niño.

-Si ya te vas te pido de que esta vez te abrigues más, el clima sigue igual y no pienso pasar otra noche en vela cuidándote, —un tono de rencor fue perceptible en la voz de Potter, el moreno se alejó a la sala con un niño que comenzaba a balbucear feliz palabras incomprensibles.

Draco se quedó ahí de pie dándole la espalda a la puerta que le daba el acceso a su libertad. No sabía qué hacer. De pronto, las ganas de huir y luchar por recuperar su imperio se habían esfumado para dar paso a las ganas de quedarse y pelear con Potter, para hacerle ver que no tenía ningún derecho a hablarle así, a quitarle a ese mocoso de sus brazos y que en definitiva él no era quién para reclamarle por haber enfermado y mucho menos a amenazarlo de que no lo cuidaría de nuevo si volvía a hacerlo. Draco quería pelear con Potter. Una pequeña parte de su cerebro, esa que solía ver las cosas más objetivamente, le dijo que lo único que estaba haciendo al pensar así era comportarse tan infantil e inmaduro como lo había sido en Hogwarts, también le hizo ver que siempre había actuado así con Potter, que nadie más había sacado de él ese lado tan irracional e impulsivo como Potter. Esa parte de su cerebro le dijo que madurara, tomara un suéter y se largara de ahí, que si se quedaba sólo era para volver al viejo juego de querer llamar la atención de Potter a toda costa.

Draco le contestó a esa parte de su cerebro que se fuera a la mierda.

Enderezando su espalda y colocándose su máscara de altivez y frialdad, Draco siguió el camino de Potter. El moreno se encontraba en un sillón ubicado frente a una cálida chimenea jugando y susurrándole cosas al niño que sólo reía y continuaba balbuceando Draco, que por un momento se quedó un tanto noqueado con la actitud paternal de Potter, caminó firmemente y al igual que el moreno lo había hecho, llegó y le quitó de sus brazos al pequeño que lo miró un poco sorprendido. Potter lo encaró con el ceño fruncido.

-¿Qué me ves? También es mi hijo, ¿no?, —no supo de dónde había salido eso, lo único que Draco supo es que había usado "mi hijo" en una oración y no había sonado tan repulsivo como lo había pensado.

Harry iba a reclamarle, por lo menos había esperado una buena disculpa por parte de Draco, una explicación sobre los hechos del día anterior, porque todo lo que le había dicho un día antes, no había sido más que una serie de estupideces que no explicaban el porqué de su actitud tan extraña e impulsiva. Pero haber visto a Draco junto a la puerta le había paralizado el corazón, le había asustado tanto que ni siquiera se había dado cuenta de cuándo había soltado de la mano Scorpius, a quien acababa de bajar de su habitación para llevarlo a la cocina, hasta ver que el pequeño había detenido la aparente nueva huida de Draco.

Harry había esperado tanto de Draco esa mañana y verlo junto a la puerta le había dolido más que lo que le habían lastimado los hechos del día anterior.

Pero después, Harry recordó quién era Draco, recordó que a pesar de que conformaban un matrimonio feliz, Draco seguía siendo un Malfoy, un Slytherin y sobretodo, seguía siendo una persona a la que le costaba muchísimo más que a otras expresar lo que pasaba por su mente. Recordó que Draco podía ser el imbécil más grande cuando se lo proponía y que eso mismo era lo que estaba siendo ahora.

Un-completo-y-absoluto-imbécil.

-Claro, —contestó Harry en el mismo tono retador y sonriendo con malicia, se levantó del sillón y agregó: —Entonces no te molestará arreglarlo a él y a Lily, quien por cierto sigue dormida. Mientras yo podré bañarme. Recuerda que hoy es la reunión mensual y toca en la casa de Neville. Como veo que ya no te sientes mal, hay que empezar a alistarnos si no queremos llegar tarde, ¿verdad?

Dicho esto, Harry se dirigió al pasillo de las escaleras y Draco se quedó de pie junto al sillón, mudo de la impresión. En ese momento esa parte de su cabeza le reclamó con un fuerte y profundo: te lo dije.

Draco sólo pudo decir:

-Mierda.