Nota: *-* gracias setsuna por el review y a las personas que leyeron también. Muchísimas gracias ^^. Les dejo un cap cortito… Espero poder publicar pronto again. Por mientras, se los dedico de corazón...
Hogar, dulce hogar
La puerta de la entrada se abrió y pudo sentir como un alud de sentimientos la azotaban, haciendo que su mente se confundiera y comenzara a dar vueltas y vueltas por la habitación. Sintió náuseas y corrió por los pasillos hasta llegar al baño. No sabía cómo había soportado el vuelo, pues le produjo un malestar espantoso, al igual que en sus anteriores viajes en avión.
Mientras se limpiaba la boca, observó el gran espejo del baño cubierto con papel. Lo rasgó y pudo ver su imagen reflejada con exactitud en él. Recordó la última vez que sus ojos se vieron en ese espejo, su rostro podría compararse con el de una adolescente. Ahora, que habían pasado cerca de siete años, se veía a sí misma como una vieja fotografía de su madre, sólo las miradas eran diferentes y ciertos rasgos en la nariz y cejas. Despejó su mente de esos recuerdos mientras secaba su rostro con una toalla y volvió a la entrada de la casa, donde aún estaban sus maletas y la puerta permanecía entreabierta. Cerró el umbral y llevó su equipaje escaleras arriba hasta su vieja habitación.
Los muebles estaban cubiertos con sábanas, que un día fueron blancas, pero tras años de polvo, perdieron la pureza de su color. Se fijó en el techo y en los pocos objetos descubiertos, casi sin brillo, y apreció el trabajo de las arañas. Sentía que se asfixiaba en aquel cuarto, el ambiente pesado y antiguo, que no había sido ventilado en años, la consumía.
- Tal como lo dejé. – dijo en una desesperada búsqueda de paz, mientras corría las cortinas y deslizaba los cristales corredizos del gran ventanal, el cual daba a un balcón. El aire encerrado encontró su libertad en aquella abertura, mientras los mortecinos rayos del sol ingresaban en la habitación mostrando las diminutas pelusas que daban volteretas en el espacio. Kagome se recogió el cabello en una rosca y lo aseguró con un sujetador mientras caminaba hasta el balcón, respiró el aire fresco y se apoyó en la barandilla, observando el sol que lentamente bajaba.
Tomó aire nuevamente, y entró en la casa, donde se pasó el resto de la tarde acomodando, limpiando y desempolvando todo lo que pudo. Hizo resplandecer algunos muebles y desechó las sucias y malolientes sábanas que se habían arruinado. Mudó su habitación a la que antes había sido la de sus padres, se esmeró en aquel lugar y lo convirtió en "ella" por así decirlo.
Cuando la noche llegó, la casa ya se encontraba bastante arreglada. Entonces, Kagome se preparó un sencillo emparedado y se recostó en una hamaca de tela, que colocó en el pórtico de la casa, donde saboreó su cena. Miró la luna, que se levantaba colma y serena en el profundo azul del cielo, rodeada de miles y miles de estrellas. Un suave viento que comenzaba a volverse frío, jugó con sus castaños cabellos y los envolvió en un aroma que le traía nostalgia, pero sus recuerdos de épocas pasadas eran vagos.
...
Se encontraba en un rincón del gran salón, con una copa de vino entre las manos, que apenas había probado. Miraba a los invitados conversando, reunidos en pequeños grupos, bebiendo una copa tras otra entre risas, cuchicheos e insultos disfrazados de halagos. Aquel mundo colmado de joyas y belleza lo sofocaba cada vez más, solo esperaba que "ella" llegara para que todo fuera más digerible. Miró por décima vez la hora, 12:45 p.m., ya no vendría, ahora estaba seguro. Sonrió y bebió un poco de la copa, ya una vez lo había dejado plantado anteriormente y era precisamente su indiferencia y lejanía las que le quebraban el corazón.
En esas noches, donde sus cuerpos se buscaban con desesperación, trataba de llenar ese vacío en su interior, satisfaciéndolo con aquellos momentos de goce. Pero cuando esa sensación se apaciguaba, el vacío volvía y lo cubría dejándolo a la intemperie en una cama cubierta por revueltas sábanas, protectoras de la desnudez de su cuerpo.
Se sintió encerrado en aquel rincón, ahogado por la multitud de gente a su alrededor. Todos viviendo en un mundo irreal que se acababa en cuanto ponían un pie en casa. ¿Quién dijo que "fama" era sinónimo de "felicidad"? Nadie. Se respondió a sí mismo mientras salía al patio con sus pies dando un paso tras otro sobre el mullido pasto. Sus ojos dorados buscaban sosiego en la luna, tan serena, tan llena y verdaderamente hermosa. Se vio a sí mismo condenado a vivir como aquel astro, rodeado de millones de puntos a su alrededor, pero siempre solo, confinado a un rincón y sin nadie real con quien compartir.
- Inuyasha, si te quieres ir, puedes hacerlo. – escuchó la voz de su representante acercarse más y más.
- Sí. Ya no soporto estar aquí, Miroku. – dijo él entregándole su copa.
- ¿No llegó, eh? Te lo dije, Inuyasha.
- No quiero que me lo recuerdes ahora. Te llamo mañana… – se despidió con un gesto de la mano y caminó hacia la salida.
- Cómo digas… - lo observó hasta que desapareció entre el gentío. – Sólo espero que te des cuenta… No mereces esto amigo mío.
...
Se colocó el colgante que siempre usaba y se miró por última vez en el espejo. Tomó su bolso y su guardapolvo blanco, para dirigirse a la puerta. Salió de la casa sintiendo la brisa fresca de la mañana que llevaba de a poco los últimos rastros de somnolencia que traía su rostro. Caminaba sin prisa por la acera, dejando que sus pasos la conduzcan hasta su consultorio, el cual no se encontraba muy lejos de su casa. Cuando llegó, ingresó al lugar y llegó junto a la recepcionista.
- Buenos días. Soy Kagome Higurashi.
- Buenos días. – Le sonrió – Me dijo su padre que le mostrara el lugar. – Se levantó del asiento y caminó hasta ella – Acompáñeme por favor.
- Claro. – la siguió.
...
Los días habían pasado, y él permanecía recostado en la cama, acariciando el delicado pelaje negro de su can. Hacía unos días lo veía un poco deprimido, todo el día dormía y casi no comía. Estaba comenzando a preocuparse de verdad.
- ¿Qué te pasa amigo? – Le preguntó al perro – Creo que te llevaré al veterinario, no te veo bien, Baku.
Se colocó una chaqueta y salió con el perro sujeto a una correa. Cuando bajó al estacionamiento, sus guardaespaldas ya lo esperaban junto al auto. Pidió a uno de ellos que lo llevara junto al veterinario que el canino acostumbraba a visitar y el hombre obedeció la orden.
Sus pies se movían inquietos, lo llevaban de un lado al otro, una y otra vez. Esperaba impaciente a que le atendieran, pero aquel lugar parecía estar abandonado.
- Sr. Taisho, los vecinos dicen que el lugar se cerró hace unas semanas. – dijo uno de los guardaespaldas.
- ¿Conocen alguna otra veterinaria a la que podamos ir? – preguntó pensativo.
Los hombres se miraron interrogantes mientras volvían al auto y arrancaban de vuelta.
...
Sus ojos rojos e hinchados aún lloraban, las lágrimas no dejaban de escurrir por sus mejillas. Sentía su ausencia en cada rincón de esa casa. Cubrió los muebles con sábanas blancas impregnadas de su olor. Todo en aquel lugar gritaba el nombre de su madre, todo en ese lugar lloraba su partida.
Observó a su padre acercarse despacio hasta rodearla con sus fuertes y temblorosos brazos. Sus ojos también mostraban aquel profundo dolor en el fondo. Tomaron sus maletas y las sacaron a la calle, donde luego las metieron en la cajuela de un Mercedes-Benz gris. Cerraron la casa con llave y tras echarle una última mirada, subieron al automóvil, que no mucho después se encontraba surcando la autopista principal de Londres, en dirección al aeropuerto de la ciudad.
Abrió los ojos asustada, se levantó de la silla dándose cuenta de dónde se encontraba. Un sueño… Sólo había sido un sueño…
[Continuará...]
