Disclaimer: Este fanfic es una adaptación del libro "The Spanish Love Deception" de Elena Armas.
Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Elena Armas y Stephenie Meyer.
Capitulo 17
Contra todos los pronósticos, estábamos cerca del final del partido e íbamos empatados.
Uno pensaría que jugar contra un grupo de hombres sin camiseta podría ser una distracción, pero buena parte de ellos eran familiares; ya había visto todo lo que había para ver de otro (Felix); y uno estaba a punto de casarse con mi hermana. Eso reducía considerablemente mis intereses.
A uno solo, para ser exacta. Uno que hacía un gran trabajo ignorándome en el mundo real; lo opuesto a los papeles que interpretábamos ahora en los que, como novia, tenía derecho a mirarlo con descaro. Y Edward, como novio, aparentemente tenía derecho a verse como recién salido de una sesión de fotos para la portada de Sports Illustrated. Porque así se veía, sudado y sin camiseta, corriendo detrás de una pelota por el verde césped.
Y en él habían estado todo ese tiempo mis muy superficiales y muy estúpidos ojos. Siguiéndolo como dos tontos insectos irremediablemente atraídos por la luz.
Y, como una mosca, no tenían instinto de supervivencia. Al final del día, iba a tener esas imágenes grabadas a fuego en las retinas y no tendría manera de deshacerme de ellas.
Diablos, ya me sentía como un insecto carbonizado. El sudor rodaba por mi espalda y tenía la piel encendida por el efecto del sol. Además, el hambre se había convertido en inanición y, por mucho que intentara concentrarme en el partido, mi atención siempre se desviaba a las largas piernas de Edward. A cómo corrían de un lugar a otro. A cómo se le contraían y relajaban los músculos del torso cuando se movía. A las pequeñas gotas de sudor que le bajaban por el pecho, atravesando esos gloriosos pectorales. A cómo me hervía la mente y se arremolinaba cada vez que nuestras miradas se cruzaban.
Así que, sí, me sentía sucia, fastidiosa y caliente. Sin ningún orden en especial. Y, sin embargo, el Equipo Novia seguía metiendo tantos goles como los chicos.
De verdad era increíble, pero ¿qué podía saber yo? Había estado demasiado ocupada comiéndome con la mirada a mi perfecto y brillante falso novio.
–¡Vamos! –La voz de Demetri retumbó en todo el campo y llegó hasta donde yo estaba–. ¡No pueden ganarnos! –Acompañó cada palabra con un aplauso agresivo–. ¡Cinco minutos! ¡Tenemos cinco minutos, chicos! ¡Tenemos que ganar esta mierda!
Mientras los hombres se reagrupaban al otro lado del campo, vi que Felix se acercaba a Edward y a Demetri haciendo gestos con las manos y señalando nuestro arco.
–Madre mía –dijo Tanya desde su puesto en el arco–. Creo que cambiarán la estrategia. Esto no pinta bien, hermanita. –Miré los movimientos y cambios de posición de los hombres y confirmé las sospechas de mi hermana.
–Estamos jodidas, Tan –aseguré sin darme la vuelta–. Van a poner a Edward de delantero.
–Mierda. ¿Clark Kent nos va a atacar? –Mi hermana se me acercó y miró a nuestros oponentes con los ojos entrecerrados–. Rápido, quítate la camiseta tú también. Eso lo distraerá.
–¿Qué? No. –Me reí.
–Pero, Bella…
–No me quitaré la camiseta. ¿Qué diablos dices?
–Pero tus chichis van a distraer a tu novio.
–No lo harán, confía en mí. –Me di cuenta de que no era algo que diría una novia y aclaré–: Ya ha visto todo lo que hay para ver. Olvídalo.
–Entonces baila o menea. Lo que sea que le guste.
–No. –Me crucé de brazos.
–De acuerdo, entonces vamos a perder.
–No sin dar pelea –dije con confianza. Puse las manos al costado de la boca y comencé a animar al resto del equipo–. ¡Vamos, chicas! ¡Todavía podemos ganar! – Mis palabras de aliento eran ingenuas; no había manera de que pudiéramos ganar este partido. No con Edward de delantero. Y menos si me desnudaba frente a él, como había sugerido Tanya. Volví a girarme hacia mi hermana–. Recuerda este momento cuando las perdedoras, que sin duda seremos nosotras, estemos bailando delante de todos esta noche. La próxima vez, si quieres poner en peligro mi reputación, elige una trivia. No un estúpido partido de fútbol. Ahora, intentemos terminar con toda la dignidad que podamos.
Enfrenté al otro equipo y los chicos entraron en acción. Centré la mirada en la pelota, que pasaba de un jugador a otro, dejando al Equipo Novia detrás. Pronto llegó a los pies de Edward, quien se movía con una agilidad y destreza increíbles para alguien de su tamaño. Por ser la primera vez que jugaba al fútbol, se había puesto al día bastante rápido.
Su figura amenazante se acercó hacia mí, achicando rápidamente la distancia que nos separaba. Demasiado rápido como para que mi cerebro llegara a enviarles a las extremidades la orden de entrar en acción.
Mierda
En un intento por detenerlo con cualquier recurso que no involucrara desnudarme, salí disparada en su dirección con el propósito de interceptar la pelota. O a él. Cualquiera me servía. Por desgracia, mi intento no cumplió ni cerca mis expectativas. Justo cuando estaba por alcanzarlo, metí el pie en un pequeño pozo en el césped, tropecé y salí volando hacia delante.
Eso era exactamente terminar con dignidad.
Me preparé para un aterrizaje forzoso y cerré los ojos por instinto. Me tragó la oscuridad mientras contaba los segundos para el impacto contra el césped.
Tres, dos, uno…
Nada. El impacto nunca llegó. En un momento estaba volando con los ojos cerrados, a punto de caer de bruces contra el suelo, y al siguiente estaba suspendida en el tiempo. No, suspendida en el aire. Abrí los ojos sin entender lo que había sucedido justo cuando un quejido salió de mis labios.
Me golpeé el torso contra algo sólido. Y una piel suave y brillante me dio la bienvenida. Una espalda perfecta. Mi mirada bajó hacia la parte de atrás de un muslo con pantalones cortos y unas pantorrillas musculosas.
Comprendí de a poco que estaba colgada de alguien. Más precisamente, de los hombros de alguien: de Edward, para ser cien por ciento precisa.
¿Qué caraj…?
A juzgar por los aplausos y los gritos, todos estaban muy entusiasmados con la pirueta. Sin prestar atención al pequeño escándalo que sucedía de fondo, Edward me acomodó en sus anchos hombros y me tomó, firme pero delicadamente, de la cintura. Una queja surgió y murió en mi garganta mientras salía corriendo disparado.
–Edward –chillé desesperada.
Corría conmigo colgada como un maldito saco de patatas. Cada zancada hacía mover los simétricos y cincelados músculos de su espalda y cintura. No podía concentrarme.
Mierda, Lina, no. Concéntrate.
–Edward –repetí y él volvió a ignorarme–. ¿Qué-diablos-haces? –Mi pregunta salió entrecortada por el trote, con cada pisada de sus largas piernas que patearon la pelota en dirección a mi hermana–. ¡Edward Cullen!
Lanzó una carcajada y palmeó la parte de atrás de mis muslos.
–No podía permitir que mi novia mordiera el polvo, ¿o sí? –dijo con calma el bastardo, ni un poco agitado.
–Edward –aullé–. Te juro por Dios…
Rebotó un poco más y cortó mis palabras. Reafirmó la mano que estaba en mi cintura y disparó una alerta por mis piernas. Con la otra palma y los dedos bien abiertos, seguía sosteniéndome la parte de atrás del muslo. Dios, todo lo que estaba debajo de mí se sentía duro y caliente.
Mierda.
No podía creerlo, pero estaba enojada y… y… y…
Mierda.
Esta demostración de fuerza me excitaba un poco.
No había ni terminado de procesar ese último pensamiento cuando la mano que me sujetaba la cintura se movió y me tomó con todo el brazo. Podía sentir su bíceps en mi costado. Tenía la sangre agitada y no era por estar de cabeza.
–Prepárate, novia. Ganaré el partido y te buscaré algo de comida antes de que me comas la cabeza.
–No hay forma de evitar eso. Novio.
Para ver qué tan cerca estaba de dar la patada final, me doblé hacia arriba todo lo que pude. La audiencia filmaba todo el maldito espectáculo con sus teléfonos.
Ay, Dios, por favor no permitas que esto termine en TikTok.
Un último rebote y el caos se desató cuando Edward se detuvo.
–Ba-ja-me. –Separé las sílabas pegándole en la espalda con mis débiles puños.
A juzgar por su falta de reacción, dudé de que lo sintiera.
–Ey. –Se giró y pude ver a mi hermana, que seguía en la portería. Puede que le hubieran metido un gol, pero sonreía. Edward continuó–: Sabía que eras mandona, aunque no me imaginé esta violencia.
–Todavía no has visto nada –dije con los dientes bien apretados mientras él seguía parado ahí, muy tranquilo, sin inmutarse por el peso de la mujer que llevaba sobre el hombro. Su pecho se sacudió debajo de mi cadera y mis muslos.
¿Se estaba riendo? Qué coraje.
La situación requería medidas extremas, por lo que, con toda la agilidad que pude conseguir, me estiré hasta que mis manos llegaron a su espalda baja y le pellizqué el trasero. Síp, yo, Bella Swan, acababa de pellizcarle el trasero a Edward Cullen. Y me arrepentí de inmediato.
Primero, porque era la nalga de Edward la que acababa de pellizcar. ¿Y cómo iba a volver a mirar a los ojos a mi futuro jefe cuando me lo cruzara en el trabajo (todos los días hábiles de todas las semanas) después de haber hecho algo así?
Y, segundo, porque era tan suave y firme que quería hacerlo de nuevo, solo para asegurarme de que esa firmeza fuera real. Quería volver a revisar que un trasero pudiera tener tantos músculos. Y eso sumado a la razón uno me hizo cuestionarme mi cordura.
Mientras todo me daba vueltas en la cabeza, me di cuenta de que Edward había notado mi pellizco nada amistoso. Lo sabía porque estaba paralizado. El cuerpo de mi falso novio (que seguía bajo mis caderas, estómago y piernas) se había quedado muy muy quieto desde el momento en que mis dedos hicieron contacto con su trasero. Estuve tentada de volver a pellizcarlo para verificar si había dejado de respirar o si solo estaba tan sorprendido como yo.
Con una delicadeza impresionante, su mano regresó a mi cintura, me levantó de su hombro y me dejó de frente contra su pecho, todavía en alto, para que mis pies no tocaran el suelo. Teníamos las cabezas al mismo nivel y la mirada ja en la del otro. Su rostro había vuelto a ser esa máscara inexpresiva e imposible de descifrar a la que parecían haberle quitado todas las emociones.
Me di cuenta de que prefería al Edward juguetón antes del que escondía lo que sentía. Pero eso pasó a segundo plano cuando recordé el inexistente espacio que había entre nosotros del pecho hacia abajo.
Estaba un poco mareada por lo que apoyé los brazos en sus hombros, sin romper el contacto visual. Creo que ni siquiera pestañeamos.
Edward volvió a acomodarme en sus brazos y, con el cambio de posición, pude sentir el balanceo de su pecho contra el mío y el sudor de su piel bajo las manos y los brazos. Pero, sobre todo, estaba embelesada por esos ojos verdes que brillaban como diamantes al sol. La respiración se me atascó en la garganta y allí se quedó.
Igual que yo.
Ni en un millón de años me hubiera imaginado encontrarme en esta posición.
Encima de un Edward semidesnudo, sin querer huir tan rápido y lejos como pudiera. Para mi sorpresa, quería hacer justo lo contrario; quería tomarme el tiempo para inspeccionar cada centímetro de su piel desnuda y sudorosa. Quería quedarme justo donde estaba, quizá permitirle que me llevara a todos lados por el resto del día. Y admitirlo me asustó. No, me aterró.
O así debería haber sido porque, en ese momento, no podía pensar en nada más que en el salvaje latido de mi corazón golpeando de un modo descomunal contra la piel.
–Me pellizcaste el trasero, Isabella –dijo finalmente, con un dejo de agitación en la voz.
Era verdad. Y lo sentía. A medias. Lo que no era excusa para la desvergonzada y alegre sonrisa que me apareció en el rostro. Apenas me reconocía, pero entendí la necesidad de sonreír de ese modo para obligarlo a que me devolviera la sonrisa.
Quizá hasta una risa.
–Invoco la Quinta Enmienda –logré decir con esa ridícula sonrisa de tonta, todavía en sus brazos–. Además, si es verdad que alguien te pellizcó el trasero, seguro te lo merecías.
–¿Ah, sí? –Sonrió de costado. Lo estaba consiguiendo.
–Síp. Cien por ciento merecido.
–¿Aunque haya salvado a esa hipotética persona de una caída bochornosa? –Se le arrugaron los ojos con la sonrisa que buscaba, aunque sus labios continuaron casi rectos. Todavía.
–¿Bochornosa? Apenas iba a rozar el suelo. Y con mucha delicadeza, para tu información.
–Eres una mujer ridícula e imposible, ¿sabes?
Lo sabía, y estaba lista para admitirlo, pero Edward se adelantó y me regaló esa sonrisa que había estado buscando. Sus labios se separaron y su boca se transformó en una sonrisa hermosa que le cambió la expresión por completo. La que había visto solo una vez y me había enloquecido el corazón. Probablemente mis ojos también se arrugaron.
Tenía razón; era ridícula. Todo esto había sido muy ridículo.
–Eh, chicos. –La voz de Felix llegó desde cerca arruinando el momento y disipando la nubecita de felicidad en la que me encontraba–. La comida está servida, los estamos esperando. Vamos.
Cuando escuché como se alejaba, supe que ya no estaba sonriendo. ¿Ese momento que habíamos compartido había sido solo para que lo viera Felix y todos los demás? Probablemente. No, casi seguro. Eso hacían las parejas: toqueteos juguetones, amplias sonrisas, miradas seductoras. Y me sentí… un poco tonta. Hacía que su sonrisa valiera un poco menos. Y volvía la mía mucho más tonta.
Supongo que era algo bueno que la deslumbrante sonrisa de Edward también hubiera desaparecido. Aunque, ni siquiera con la llegada de Felix, apartó sus ojos de los míos. Ni cuando sus brazos aojaron la presión en mi cintura para que me deslizara por su cuerpo hacia el suelo. O eso fue lo que creí, porque la verdad es que, mientras bajaba, tuve que cerrar los párpados para no ver las sólidas superficies, bultos y curvas por las que me desplazaba. Mis pies aterrizaron en el suelo sin mucha confianza. Mareada por la sensación abrumadora que bailaba en mi cuerpo, agradecí que sus manos siguieran en mi cintura.
Me soltó recién cuando estuvo seguro de que no me iba a tambalear. Pero antes me acomodó un pequeño mechón de pelo que se había desprendido de la coleta. En ese momento, mi corazón procedió a derrumbarse. Más todavía cuando, despacio, me acercó la cabeza al oído.
–Nada mal para un dios griego, ¿no? –Su voz no estaba ni cerca de ser tan juguetona como unos minutos atrás, justo antes de que Felix reventara nuestra burbuja. Pero me guiñó el ojo.
Eso me arrancó una pequeña sonrisa y tuve que sacudir la cabeza para ocultarla.
¿Quién es este hombre que va por ahí guiñándome el ojo y sonriéndome? Mi futuro jefe… ese es.
¿No era esa razón suficiente para pensar en tener una charla seria con el revoloteo que sentía en el pecho? Que todo esto fuera una farsa ya era razón suficiente. Además, pronto sería el jefe del departamento (de mi departamento), no debía olvidarlo.
–Vamos –dijo. Yo seguía quieta en el lugar–. Te dije que iba a alimentarte, y siempre cumplo mi palabra.
Sí, era verdad. Y tampoco tenía que olvidarlo. Edward me había prometido que se iba a hacer pasar por mi novio y que lo iba a hacer muy bien. Y, hasta ahora, había hecho un papel tan bueno que empezaba a convencerme de que era un hombre diferente al que había conocido en Nueva York.
