Disclaimer: Los personajes que aparecen en esta historia, así como el universo donde se desarrolla la trama no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Hajime Isayama.

Advertencia: El siguiente capítulo contiene descripciones detalladas de índole sexual explícito. Las escenas presentes en este capítulo son intensas y contienen lenguaje gráfico y representaciones gráficas de dicha actividad. Este material está destinado únicamente a lectores adultos y puede resultar ofensivo o inapropiado para algunas personas. Se aconseja discreción.


Colapso

15

Deja que el miedo que sientes se desvanezca

El carnaval era un despliegue vibrante y lleno de color, un verdadero festín para los sentidos. Las calles estaban abarrotadas de gente de todas las edades, con rostros pintados, ataviados en trajes extravagantes y llamativos. El aire estaba impregnado de una energía festiva y la música resonaba en cada esquina.

Los carros alegóricos aguardaban la llamada de salida, adornados con flores exóticas y ornamentos brillantes.

—Debo agradecer una vez más su compañía, señora Kirstein—dijo la hermana Justine a la par que le dedicaba una sonrisa tan sobria como dulce.

—No tiene por qué hacerlo. Se que están faltas de personal—respondió Mikasa.

—Es una labor muy noble, considerando que las esposas de los militares tienen un lugar reservado en el balcón.

Aquel era un desfile para conmemorar el levantamiento de los Jaegeristas. Las compañeras de vida de los demás miembros de la organización iban acicaladas con vestidos que simulaban una silueta esbelta y delgada; la cintura ligeramente ajustada, realzando la forma del cuerpo y acentuando las curvas naturales. Faldas caídas en pliegues suaves y fluidos hasta la altura de los tobillos. Desde lejos era posible vislumbrar las telas lujosas como la seda y el terciopelo, resaltando la opulencia coloreada con tonos pastel como el rosa empolvado, el azul cielo y lavanda. A su alrededor, daba la impresión de que los sombreros adornados con plumas y flores flotaban alrededor de ellas.

En contraste con las suntuosas vestiduras de aquellas damas, las ropa de Mikasa era modesta pero con un toque de elegancia. Lucía un vestido de algodón ligero y vaporoso, confeccionado en un tono suave de color azul pálido. La falda, de corte recto que llegaba a sus tobillos, le permitía moverse con comodidad mientras se desplazaba por las abarrotadas calles del pueblo. Su cintura estaba enmarcada por un fino listón de raso, anudado en la parte posterior, era un detalle sutil pero encantador. Llevaba los viejos y desgastados botines de cuero que la habían acompañado durante gran parte de su juventud.

Mikasa había mirado a mujeres como las del balcón toda su vida con curiosidad científica, como Hanji vislumbraba a los titanes. Puede que con cierta admiración. Incluso con cierta envidia. No eran necesariamente las más bonitas, pero se arreglaban muy bien, igual que árboles de Yule, con pendientes, pulseras y delicados collares de perlas.

Sintió una momentánea y aguda punzada de decepción. Respiró hondo. En definitiva, no pertenecía a ese grupo de personas.

En cambio, cuando estaba a solas con Jean todo estaba bien. Sentía intacta su personalidad cuando estaban los dos solos. Era porque conocía al muchacho desde hace mucho tiempo y, dada la intimidad que habían desarrollado en los últimos meses, Mikasa se sentía cómoda en su presencia.

—Es bueno tenerla de regreso—comentó la hermana después del imperceptible lapso de mutismo—.Cuando supe que cayó en cama, imaginé que se debía al hecho de que usted y el Teniente habían hecho un encargo—repuso la mujer y guardó silencio por unos instantes, mirando a Mikasa con cariño.

—¿Encargo?—preguntó sin comprender muy bien a qué se refería.

La hermana soltó una risilla argentina.

—Sí, pensé que quizás estaba usted embarazada.

—No, no—exclamó Mikasa, sonrojándose hasta las raíces del cabello.

—No hay de qué avergonzarse, querida niña, y la suposición no es en absoluto improbable—dijo la mujer mirándola de reojo.

Hasta ahora se le ocurría porqué había dedicado gran parte de la caminata a desviar la atención a su vientre.

—Oh, no, Jean y yo, no…—comenzó a balbucear. ¿Cómo podía responder? Las personas a su alrededor daban por hecho que estaban casados, aun cuando no habían cruzado esa barrera. Sería extraño que una pareja joven dedicara su vida al celibato—. Aún es pronto para eso—logró replicar.

—Bueno, los dos son jóvenes y pueden intentarlo las veces que sean.

La hermana volvió a ser dueña y señora de sí misma. De forma inconsciente, recuperó el aire de autoridad habitual en ella y le pidió a los niños que se congregaran en el sitio que el Alcalde había reservado para ellos.

Las calles adoquinadas del pueblo estaban llenas de expectación mientras la multitud se agolpaba a lo largo de la avenida principal, esperando con ansias presencial el comienzo del desfile militar en el marco de la fundación de los Jaegerista.

Los niños se removieron al escuchar el sonido distante de los tambores y trompetas; la mezcla de creaba una cadencia marcial que hacía latir los corazones de los presentes. Un aura de solemnidad y patriotismo que se derramaba en cada rincón.

Apartó la mirada de la calle vacía y observó con detenimiento los rostros de los pequeños iluminados por la emoción. Su corazón dio un vuelco al evocar el paroxismo que poseía a Eren cada vez que la Legión de Reconocimiento regresaba de una misión y transitaba por las calles de Shinganshina de regreso al cuartel.

Ambos eran lo suficientemente pequeños e ingenuos para percatarse de la decepción que embargaba a los miembros de la Legión. Experimentarían esa sensación años después, cuando se vieron obligados a vivir dicho infierno en carne propia.

¿En algún momento se vuelve más sencillo?—recordó haberle preguntado a su capitán quien, con la mirada ausente clavada al frente, dejó escapar un suspiro de resignación o tal vez de hastío.

No—respondió Levi, tajante como de costumbre.

Los primeros compases de la marcha se tornaron más audibles, anunciando la llegada de los valientes soldados que desfilarían frente a la multitud. El silencio expectante se extendía como una manta invisible, interrumpido por el eco de las pisadas firmes y regulares.

A sus pies, un pequeño se le agarraba a las faldas, restregando la cara contra sus rodillas en un intento por llamar su atención. Mikasa comprendió el gesto a la perfección. Levantó en brazos al niño y se aseguró de situar el peso de su diminuto cuerpo sobre su cadera. Desde esa altura sería capaz de contemplar el desfile sin problemas.

Las primeras figuras aparecieron en el horizonte. Los soldados, ataviados con sus elegantes e impecables uniformes, marchaban en perfecta sintonía. Sus botas negras y pulidas golpeaban el pavimento con precisión; todos portaban con orgullo las insignias y condecoraciones que reflejaban la vana realidad de la guerra.

Los niños contemplaban con admiración el espectáculo y, entre ellos se decían que cuando tuviesen la edad suficiente, se enlistarían en el ejército y marcharían al compás del tambor en una procesión similar.

Los aplausos y vítores se elevaban al paso de cada unidad como un testimonio de sonora gratitud y reconocimiento.

Pronto, al sonido de los pasos firmes se le sumaron las risas, suspiros y gritos femeninos no muy lejos donde se encontraba Mikasa.

Curiosa, dirigió la mirada hacia el grupo de chicas que dedicaban enormes sonrisas a los soldados que caían en sus encantos.

—El nuevo teniente es tan joven y apuesto—suspiró una de ellas con exageración, avivando las carcajadas discretas de sus acompañantes.

—Su único crimen es ser atractivo—secundó la chica de melena castaña y pecas—.¿Podremos verlo de cerca?

—Por supuesto que sí. Debe ir al frente de su batallón.

Al igual que los niños, las chicas dirigieron las miradas expectantes al frente.

No necesitaba ser científica para saber qué estaban hablando de Jean. Las mujeres lo hacían todo el tiempo. Durante sus días como cadetes las escuchaba decir que Kirstein era el miembro más encantador del escuadrón. Más de un puñado de ellas se habían aproximado a Sasha y ella para preguntarles si podían presentarles a Jean. En Trost y Shinganshina, lo había visto mantener largas y dóciles conversaciones con las jóvenes civiles que se le acercaban.

Mikasa cerró los ojos un momento y contuvo la respiración. Las sensaciones y emociones que afloraron en su interior no eran nuevas ni desconocidas. Había experimentado algo similar cuando Eren e Historia se volvieron cercanos. Aquella incomodidad estrujaba su pecho cada vez que él le dedicaba una sonrisa o se ofrecía a ayudarla.

No hay nada entre ellos. Simplemente estás celosa y por eso exageras la situación—le dijo Armin en un intento por tranquilizarla.

El objeto de sus pensamientos apareció ante ella ataviado con su uniforme refulgente, perfectamente ajustado, resaltando su figura atlética y su confianza innata. Iba a lomos de un caballo y en su rostro se apreciaba una expresión decidida. Todo él irradiaba un aura magnética que capturaba los corazones de las mujeres en la multitud.

A las chicas no les tomó mucho tiempo captar la atención de Jean; lo saludaron con la mano, mientras que una de ellas inclinó el cuerpo ligeramente hacia adelante para que él pudiera ver el generoso escote de su vestido. El teniente les devolvió el saludo, vacilante.

—Es una lástima que sea casado—comentó la joven de cabello castaño.

—¿Realmente lo está? No veo un anillo en su dedo.

—Debe avergonzarse de su esposa para no mostrarla en público—agregó otra—.¿Cuál de todas esas mujeres será?

—No lo sé y no me importa—dijo la chica de resplandecientes ojos esmeraldas.

Por primera vez, Mikasa reparó en ella: con elegancia y gracia, la chica de cabello rojo destacaba entre la multitud por su belleza; tez pálida que evocaba a la fina porcelana, resaltaba el vibrante color de su cabello que caía en suaves y seductoras ondas sobre sus hombros.

Se le hizo tripas el corazón solo con verla. La joven irradiaba una hermosa y seguridad que trascendían las circunstancias. Sin lugar a dudas, poseía un carisma y gracia natural que atraían aquellos que buscaban su compañía.

Sus labios se convirtieron en una fina línea y apartó la mirada. A pesar de su deseo de ignorar la situación, no pudo evitar notar la forma en que los celos y la inseguridad comenzaban a agitarse en su interior.

Un montón de preguntas inquietantes se agolparon en su mente en un santiamén: ¿Qué veían esas mujeres en él? ¿Era suficiente para Jean? ¿Acaso no era lo bastante atractiva o interesante para mantener su atención exclusiva? Los cimientos de la confianza que habían construido comenzaron a tambalearse.

Ella lo había ayudado a alistarse esa mañana. Mientras lo ayudaba a colocar las medallas en el saco, Jean le expresó lo nervioso y molesto que se sentía al ser el centro de atención. El General Hegstad insistió tanto que no fue capaz de rehusarse. Incluso utilizó la emoción de los niños a manera de chantaje para persuadirlo a participar.

«Así es como hay que ser por lo visto», pensó Mikasa a la par que las chicas le dedicaban sonrisas coquetas.

El pequeño entre sus brazos comenzó a removerse a causa de la emoción.

—¿Quieres saludar al Teniente?—preguntó Mikasa.

Él asintió con un vehemente movimiento de cabeza. Atrapada en un torbellino de emociones contradictorias, consiguió acercarse lo suficiente para que el pequeño entrara en el campo de visión de Jean.

Cuando sus ojos dorados se posaron en ellos, una sonrisa sincera curvó la comisura de los labios del Teniente. Jean estrujó la mano del niño con delicadeza y, antes de marcharse, se aseguró de contemplarla más tiempo de lo esperado, haciéndole saber que había reparado en ella.

Su corazón dio otro vuelco, pero esta vez por razones distintas, completamente opuestas a los celos o la inseguridad. Jean era tan hermoso. Sintió como la invadía una agradable tristeza que la puso al borde de las lágrimas. Los momentos de dolor emocional llegaban así sin sentido, o al menos indescifrables.

Las carpas se alzaban con encanto rústico, decoradas con banderas de tela y coloridos carteles pintados a mano que anunciaban las premisas y los costos de las atracciones dispersas por el amplio terreno.

Una majestuosa rueda de la fortuna capturaba la atención de los transeúntes con sus góndolas de madera talla y enrejados de hierro forjado. Mikasa recordaba haber subido a una en compañía de Sasha durante su estadía en Marley. Tenía la certeza que, desde lo alto, las personas serían capaces de admirar la impresionante vista de la feria y sus alrededores.

Cerca de ella se ubicaba el carrusel exquisitamente ornamentado con caballos de madera tallados a mano y pintados en colores vivos. La música del órgano de vapor llenaba el aire mientras giraba en círculos, transportando a los pasajeros en un viaje nostálgico por el tiempo.

Si bien, ninguna de sus responsabilidades era muy importante, ella habría preferido que le confiase tareas un poco más arduas, pero la hermana Josephine desoía sus súplicas, y Mikasa la respetaba demasiado para importunarla.

Su labor después del desfile era asegurarse de vigilar a los pequeños mientras disfrutaban de las amenidades de la feria. Desde el punto en el que se encontraba contaba con una vista privilegiada de los juegos más próximos, sabía dónde se encontraba cada pequeño y era capaz de localizarlos en un santiamén en caso de que a situación lo demandara. Para su desgracia, también le era posible otear a Jean a la lejanía, disfrutando de la compañía y la atención de su nuevo club de admiradoras. Estaba rodeado por tres chicas, todas ellas demasiado hermosas para pasar desapercibidas. Respondía a sus comentarios con sonrisas reservadas y procuraba parecer lo suficientemente interesado en ellas para prolongar la conversación más tiempo del esperado.

Una mezcla de tristeza y frustración atravesó su pecho. Jamás atrajo ese tipo de atención. Los hombres, en especial los del Regimiento, se empeñaban en evitarla a toda costa. Mikasa atribuía esa animadversión a su fama como soldado letal, Levi también pasaba la mayor parte del tiempo solo. Cuando se lo dijo a Sasha, su mejor amiga guardó silencio un momento, la miró a los ojos y le dedicó una sonrisa diplomática diciendo que todo era cuestión de actitud. Quizás tenía razón. Su aspecto, en general, la hacía lucir intimidante. Lo comprobó el día en que la hermana Josephine la llevó con los niños y ellos dudaron en aproximarse. Le tomó un tiempo ganarse su confianza. Ahora, los pequeños, sin el menor miedo, acudían a ella con sus problemas infantiles, y Mikasa experimentaba una dicha peculiar. Tenía la impresión de que les caía bien y, halagada y orgullosa, correspondía a su afecto.

Cuando Jean levantó la vista para mirarla, ella dirigió los ojos al espectáculo que protagonizaba el carrusel.

Para su fortuna, la turbulencia de sus pensamientos se vio interrumpida cuando una niña, envuelta en llanto, se acercó a ella con rapidez.

—Oh, criatura, ¿qué sucede?—preguntó Mikasa, consternada. Un momento de distracción la había orillado a ignorar el caos a su alrededor.

—M-mi helado—dijo con la voz entrecortada por los violentos sollozos—.Trev me empujo—agregó, mostrando la prueba para fundamentar su acusación; un cono de helado vacío, sin nada en la punta.

Mikasa se agachó hasta quedar a su altura. Secó el rastro de sus lágrimas con suma delicadeza y llevó un par de mechones de cabello detrás de sus orejas para descubrirle el rostro enrojecido.

Había descubierto que unas pocas palabras cariñosas, junto con la suave presión de sus brazos y la tersura de su mejilla contra la llorosa tez, bastaban para consolarlos un poco.

—Compraremos otro, ¿está bien?—dijo ella.

La pequeña se limpió la nariz con el dorso de la mano y asintió.

—¿Puede cargarme?—preguntó tímidamente, levantando sus brazos hacia ella.

Una vez más, Mikasa se agachó con suavidad, sus ojos llenos de ternura a medida que levantaba a la pequeña en sus brazos. Notó la forma en que sus diminutas piernas le rodeaban la cadera al mismo tiempo que recostaba la cabeza contra su hombro, sintiéndose segura y protegida.

Comenzó a arrullarla suavemente, balanceándose de un lado a otro en un ritmo tranquilo. A pesar del bullicio a su alrededor, su voz resonaba con dulzura mientras tarareaba una melodía dulce y reconfortante.

Una vez más, su mirada recayó en Jean, quien estaba embriagado de la admiración que causaba. Mikasa conocía ese sentimiento y todos sus síntomas: el brillo trémulo y fulgurante de los ojos, la sonrisa de felicidad y entusiasmo que, a su pesar, asomaba a sus labios, la distinción impecable, la seguridad, esa ligereza de movimientos.

Lo siguiente que contempló lo hizo con absoluto terror: Jean se disculpó con sus acompañantes, les dedico una reverencia y, sin más, enfiló el paso en dirección a ella.

Asustada, buscó un escondite, alguna distracción que le permitiera sortear la desdicha de convertirse en el centro de atención. Las chicas continuaban mirándolo y Mikasa tenía la impresión de que las finezas de Jean la situarían como la enemiga a vencer.

—Estuve buscándote—dijo cuando consiguió llegar a ella—.Lamento no haber acudido contigo en cuanto finalizó el desfile—se disculpó.

Mikasa cerró los ojos en un gesto comprensivo.

—Tranquilo, está bien. Eres el hombre del momento—espetó. Afortunadamente, el llanto de la pequeña había cesado. Sin embargo, lo que la ponía nerviosa era el hecho de que las jóvenes observaban desde la lejanía la interacción entre ellos con absoluta curiosidad.

—¿Bromeas?, estoy cansado de todo esto.

Mikasa contuvo las ganas de poner los ojos en blanco. Aquel gesto no pasó desapercibido ante la mirada contemplativa de Jean.

—Puede que lo esté disfrutando más de la cuenta—admitió con cierta vergüenza—.Pero me sentiría más tranquilo si tu estuvieras a mi lado.

Mikasa se sonrojó y lo miró con disimulo por encima del hombro.

—No creo que sea buena idea.

Ahora fue el turno de Jean para lucir confundido.

—¿Por qué no? Técnicamente eres mi esposa—dijo.

—Si, por supuesto—masculló Mikasa, tratando en vano de dar a su rostro, que él devoraba con los ojos, una expresión severa.

—¿Vendrás conmigo al almuerzo?—quiso saber, ajeno a los pensamientos, sensaciones y emociones que la embargaban.

Mikasa sabía que no pertenecía a ese mundo, el de las mujeres más mayores, ricas y sofisticadas.

—No puedo dejar a la hermana Josephine sola. Me comprometí a ayudarla.

Si Jean estaba molesto, no lo notó. En su lugar, se limitó a tragar grueso y asentir.

—Bien—concedió con desgana.

Actuar de esa manera parecía absurdo e incluso infantil. Pensó en decirle a Jean las verdaderas razones de su negativa, no obstante, lo último que deseaba era mostrarse como una mujer insegura y posesiva. Hasta el momento, Jean solo estaba siendo cortes con aquellas damas. Sus gestos y reacciones no estaban dotados de connotaciones románticas.

Aun así, el miedo y la inseguridad se agolpaban en su pecho. La sombra de la exclusión se cernía sobre ella, amenazando con aplastar su autoestima.

—Además, no creo que extrañes mi compañía—agregó al cabo de un minuto o dos, mientras sus ojos se posaban brevemente en el grupo de hermosas jóvenes a la lejanía.

—¿A qué te refieres?—dijo, tratando de adivinar sus pensamientos.

Mikasa negó con la cabeza.

—No es nada—respondió, procurando restarle importancia. Guardó silencio durante un segundo o dos—.¿Te veré más tarde?

El teniente ignoró el deje ofuscado de Mikasa y suspiró.

—Sí—concedió, dedicándole una sonrisa—.No te quitaré más tiempo.

Lejos de besarla o acariciarla, Jean resguardó las manos en los bolsillos de su saco y regresó por el camino andado.

Con cada paso que daba, el corazón de Mikasa latía con fuerza, impulsado por una mezcla de temor y anhelo. Un escalofrío recorrió su espina dorsal a medida que la sensación de soledad se tornaba más fuerte.


Mikasa estuvo en silencio durante todo el camino a casa desde el orfanato.

Al llegar, colgó su chal en el perchero y Jean hizo lo mismo con su gabardina.

Ajeno totalmente a su dilema, aprovechó la distracción de Mikasa para depositar un casto beso en su nuca al mismo tiempo que rodeaba su cintura con ambos brazos, frustrando cualquier tentativa de escape.

—¿Q-qué haces?—preguntó ella, nerviosa. Un intenso sonrojo asomó bajo sus mejillas pálidas.

Sintió la carne ponérsele de gallina a medida que él la tocaba.

—Al verte hoy en medio de la multitud, no pude evitar pensar en algo—masculló contra su cuello.

Sus movimientos eran resueltos. Mikasa inhaló un largo y tembloroso suspiro mientras Jean acariciaba su abdomen.

—¿Qué es?—Preguntó. Se aclaró la garganta con un carraspeo, como si tratara de matar algo que amenazaba con escapar del fondo de su pecho.

—Lo endemoniadamente hermosa que eres—respondió.

En un parpadeó, Jean se encargó de girar su cuerpo y recibirla con un apasionado beso, frenético, impaciente.

Lejos de apartarse, Mikasa ahondó el contacto de sus lenguas al tiempo que un cálido maremoto sacudía sus entrañas.

Jean despertaba en ella una pasión que jamás había experimentado, una emoción honda y demencial que ningún otro hombre la había provocado. Se le aceleró la respiración; al tiempo que él aprovechaba la distracción para filtrar las manos debajo de su falda.

—Jean—susurró ella.

Los dedos de él la ciñeron, apresando la carne de sus glúteos. Recorrió con los labios sus mejillas, su garganta.

Aquella sensación la hizo abrir mucho los ojos. Se mordió el labio inferior.

—Mikasa—dijo con desesperación—.¿Sabes cuánto te necesito?

Todo aquello, todo lo que estaba sucediendo lo había soñado esas noches que pasó en vela. No era tan tierno y delicado como había imaginado, sino más hondo e irracional, como si se apoderara de su voluntad, como si conociera cada parte de su ser.

A través de la ropa lo notaba excitado; percibía la forma sólida de su erección contra su vientre.

El corazón le latía con fuerza, cerró los ojos y procuró concentrarse en las sensaciones que la embargaban. El peso, el calor y su piel contra la de ella. Mikasa respiró hondo y pasó los dedos por las suaves hebras de cabello castaño claro.

Jean rozó el costado de su pecho. Se sentía diferente. Altamente sensible, como si su toque hubiese provocado que una violenta corriente de electricidad recorriera sus nervios. Mikasa se estremeció por el contacto y dio un grito ahogado. Él arrastró el pulgar sobre su pezón, y todo su cuerpo se estremeció.

«Debe avergonzarse de su esposa para no mostrarla en público». Escuchó decir a una de las chicas con cierta malicia.

Notó sus dedos danzar peligrosamente sobre su monte de venus.

«¿Sigues siendo virgen, Ackerman?—preguntó en tono burlón Saunders—.Estoy seguro de que Eren o Armin ya lo han hecho contigo—espetó».

Mikasa se puso rígida. Como si la hubiesen sumergido en agua helada, y de repente el calor desapareció.

Su garganta se cerró. No podía respirar. Los recuerdos la invadían como una ráfaga.

Intentó parpadear para alejarlo todo, pero no funcionaba.

—Detente—se obligó a pronunciar.

Jean se congeló instantáneamente y comenzó a retroceder. Mikasa dejó escapar un suspiro y envolvió los brazos alrededor de sus hombros, enterrando la cara en su pecho mientras luchaba por aplacar su respiración y modular los dolorosos latidos de su corazón.

—Yo solo…—levantó la cabeza para mirarlo—.Lo siento, fue demasiado por un momento—se irguió bruscamente se apartó de Jean—.Hoy fue un largo día. Lo mejor será que vaya a descansar.

Tenía la impresión de que en esos momentos no era capaz de expresar con palabras el sentimiento de vergüenza, inseguridad y horror que la embargaba y, antes de pronunciar palabras triviales e imprecisas, prefería guardar silencio.

—Mikasa… ¿Hay algo que quieras decirme?—quiso saber.

Ella negó con la cabeza. No era capaz de encontrar palabras para expresar la complejidad de sus sentimientos; ni siquiera sus pensamientos reflejaban las impresiones de su alma.

«No, ahora no puedo hablar; más tarde, cuando esté más tranquila». Pero sabía que esa serenidad nunca llegaría. Cada vez que recordaba lo sucedido en el desfile, pensaba en lo que sería de ella y en lo que debía hacer, se desesperaba y rechazaba esas ideas.

—No. Todo está bien—espetó—.Buenas noches, Jean. Descansa.

Sin mediar palabra ni mirar atrás, dejó a Jean solo en el vestíbulo.


Aquella mañana, en cuanto Mikasa entró en la cocina percibió la hostilidad, como el viento gélido que barría las calles de Shinganshina en febrero antes de una ventisca. Estuvo a punto de darse la vuelta y salir de la cocina, pero fue la voz de Jean que la detuvo.

—El General Theisen dará unas cuantas fiestas en su villa el fin de semana.

Tenía el rostro congelado en una expresión de falsa calma. Sostenía en la mano un ejemplar del semanario del pueblo.

—¿Debo ir?—fue lo primero que recitó

—No, pero realmente me gustaría que me acompañaras—los ojos de Jean refulgieron de anhelo.

—Bien—susurró.

—Las esposas de los demás Generales y tenientes estarán ahí.

Mikasa tomó un sorbo de su café miró hacia el jardín a través de la ventana, fingiendo interés por el paisaje.

—Eso quiere decir que Dreher también estará ahí—respondió ella con frialdad.

—Lo dudo—dijo Jean al tiempo que colocaba el periódico sobre la mesa—.Al parecer este tipo de eventos no son lo suficientemente importantes para requerir su presencia.

Fue así que, ese fin de semana, ambos se vieron obligados a renunciar a la comodidad y calidez de su hogar para hacer acto de presencia en la Villa de la familia Theisen.

Un automóvil de lujo estaba esperándolos en la estación de ferrocarril. Mikasa se sentó junto a Jean y el chofer los condujo a lo largo de un kilómetro y medio hasta la Residencia del Lirio Real. Estaba cayendo una llovizna fina pero pertinaz, como era habitual de Penrhoswen.

La Villa, según Jean, era un edificio magnifico que llenaba al General Theisen de orgullo. A medida que el vehículo avanzaba por el camino de entrada a la casa, Mikasa atisbó con detenimiento lo que podía ser la mansión privada más grande de todo Paradis. La Residencia del Lirio Real contaba con doscientas habitaciones. De acuerdo con el chofer, los ventanales de la planta noble eran altos y dejaban entrar una gran cantidad de luz en los majestuosos salones. En la planta superior había una multitud de habitaciones de invitados, mientras que en la buhardilla se hallaban los innumerables dormitorios del servicio que, aun siendo minúsculos, eran evidentes por las largas hileras de lucernarios que poblaban los tejados en pendiente.

—Una casa digna de un fiel Jaegerista—comentó el hombre cuando el vehículo se detuvo en el majestuoso pórtico.

Mikasa sintió un ligero mareo, y notó que se había enfriado durante el largo viaje. Descendió la escalinata un mayordomo, seguido de un joven más joven.

Al apearse del auto, el octogenario les dedico una sonrisa simpática.

—Bienvenidos, señor y señora…

—Kirstein—se apresuró a decir Jean.

—Señor y señora Kirstein—completó el hombre con suficiencia—.Estábamos esperándolos—dijo, sin alterar la expresión de la cara.

Subieron juntos la escalinata, seguidos del mayordomo y del criado, que llevaba las dos pesadas valijas. Mikasa notaba que algo le apretaba la garganta y una extra angustia en la boca del estómago. Sentía como si le hubiesen retorcido las entrañas con un torno y se alisó nerviosa las arrugas de la falda.

Echó un discreto vistazo a la estancia imponente decorada con estilo gótico por el que tanta predilección sentían los adinerados: revestimientos de madera oscura, papel de pared con abundantes motivos ornamentales y sillas de madera de roble labradas como si fueran tronos.

—¿El señor y la señora querrán almorzar mientras preparo su habitación?—preguntó el mayordomo en voz baja.

—Una taza de té nos vendría bien—dijo Jean con una leve sonrisa.

El murmullo de las conversaciones y las teclas del piano de la fiesta planeó hacia ellos. La mirada curiosa de Mikasa se deslizó por el magnífico espacio, admirando los meticulosos detalles de la decoración, desde los delicados arabescos tallados en los paneles de madera hasta los relucientes candelabros que colgaban del techo. Estaban rodeados por un aura de sofisticación y opulencia.

El mayordomo sujetó la puerta y siguió a Jean y Mikasa al comedor principal. La habitación estaba llena de distinguidos invitados; hombres con uniformes militares de alta graduación que charlaban animadamente entre sí y mujeres ataviadas con elegantes atuendos que realzaban su gracia y belleza.

Una vez más, Mikasa tuvo la impresión que lucía insignificante y desgarbada con su sencillo atuendo, agarrando nerviosamente, con las manos sudorosas, los guantes de manopla.

—¿Conoces a toda esta gente?—preguntó pensativa mientras miraba a las personas dispersas por la geografía del cuarto.

—Sólo a unos cuantos—admitió Jean en voz baja.

Cuando se les asignó un lugar en la mesa, el mayordomo le hizo una seña a un lacayo, quien se dirigió al aparador donde se hallaba el té, en un recipiente especial para que no se enfriara. Tras comprobar que los recién llegados se hallaban a gusto, el hombre desapareció discretamente para preparar su habitación.

—¿Por qué no me dijiste que estaría toda esta gente aquí? Ahora siento que mi ropa no es la apropiada para la ocasión.

Al igual que las decoraciones, las personas congregadas en la Villa eran poco menos que ostentosas. Desde funcionarios Eldianos que desfilaban con hermosas mujeres agarradas de sus brazos, hasta políticos Hizuranos y del Medio Oriente vestidos con atuendo elegantes que nunca antes había visto.

—Para nada. Estás absolutamente perfecta—le dijo Jean. Notó su agitación y trató de calmarla colocándole una mano sobre el muslo. Mikasa sintió la cálida energía que irradiaba la palma de su mano y, al instante, se sintió mejor. Su caballero de reluciente armadura estaba a su lado y todo saldría bien.

En el transcurso de treinta minutos, Mikasa pensó en lo poco que sabía de la faceta de Jean como teniente, de lo que hacía un día y otro, de la gente que conocía hombres y mujeres, de las decisiones que tomaba y las órdenes que daba en el cuartel. Las últimas semanas habían pasado tan rápidas que, recluida en su morada, se hizo eco en sus palabras, sin hacer preguntas acerca del pasado o del porvenir, contenta con la felicidad del presente.

Porque él era más alegre de lo que había imaginado, más cariñoso de lo que pudo soñar, joven y apasionado de cien maneras distintas, no aquel Jean que recordaba en los días previos al Retumbar, ni el compañero que se sentaba en el comedor de la mesa de al lado, con la mirada perdida, envuelto en sus propios secretos. No, no, su Jean reía y cantaba y tiraba piedras al agua, la tomaba de la mano; no fruncía el ceño ni daba la impresión de llevar una pesada carga sobre la espalda. Lo había conocido como amigo, y durante aquellos días olvidó que Jean tenía otra vida ordenada, metódica, que tenía que recomenzar, continuarla como antes, haciendo de las semanas que volaban una fiesta que paso.

La puerta, al abrirse, interrumpió sus sueños y entró el mayordomo para dirigirlos a sus aposentos.

Mientras subían las escaleras, se encontraron con una pareja de ancianos que Mikasa no había visto durante el servicio. La sexagenaria, que sostenía un cocker spaniel entre sus delgados y artríticos brazos y que iba ataviada con un estrafalario sombrero de plumas azules que combinaba con su conjunto cerúleo, paseó una ominosa mirada de Jean a Mikasa, deteniéndose en el vestuario de esta última con una notoria reprobación en su rostro. El decoro de Mikasa la hizo querer cubrirse, pero como no tenía nada para hacerlo, contuvo la vergüenza a duras penas y desvió la vista hasta otra parte. Por su parte, el anciano les dedicó una sonrisa mientras le susurraba algo a la mujer que llevaba al podenco.

El resto del camino lo realizaron en silencio. Sus pisadas resonaban sobre las losas, despertando el eco del techo hasta llegar, al fin, ante una puerta.

El mayordomo la abrió y se hizo a un lado para dejarlos pasar. Se encontraron en una antesala, o boudoir, amueblado con un sofá, dos sillas y una mesa de escribir. El cuarto daba a una gran alcoba, de amplios ventanales, con una enorme cama, y en cuyo fondo se veía un cuarto de baño. Mikasa fue directamente a la venta y miró hacia fuera. Abajo, había un ejército de jardineros podando los setos, cortando el césped y rastrillando la gravilla.

Una vez el mayordomo estuvo fuera de su vista, Jean se apresuró a decir:

—Este lugar es más grande que mi apartamento en Mitras.

Mikasa asintió en silencio. Jamás comprendería el impulso de la gente adinerada por adquirir ese tipo de lujos. Sabía que todo era cuestión de estatus. Sin lugar a dudas el General Theisen daba una declaración al ofrecer su "humilde" morada como centro oficial de reuniones para los Jaegeristas.

—Bien—suspiró Jean—.Puedes ponerte cómoda. El viaje fue largo y la cena iniciará hasta dentro de unas horas, lo que nos da tiempo suficiente para alistarnos.

Mikasa tragó el nudo de su garganta al ver a Jean sacarse el saco y desanudarse la corbata tan resueltamente. Una ráfaga irracional de tristeza la sacudió. Desde la noche del festival, él se había rehusado a tocarla privándola no solo de sus caricias, sino también de sus besos.

Por el rabillo del ojo, observó la manera en que la fina camisa de vestir se adhería a su cuerpo, revelando los contornos y la prominencia de sus músculos. En su espalda, los surcos de los omoplatos eran visibles, delineando la estructura fuerte y atlética de la que era poseedor.

Sacudió la cabeza para disipar esos pensamientos. Colocó los guantes sobre el tocador y dejó caer su cuerpo en una de las sillas cercanas. Se inclinó levemente hacia adelante para despojarse de los zapatos. La manga de su blusa resbaló por su hombro, revelando una sugerente vista de la piel de marfil de su escote, justo por encima de sus núbiles pechos.

Mikasa no pasó por alto el interés de Jean al quedarse mirándola detenidamente. Unas gotas de sudor brillaban en su frente. Mikasa se preguntó si estaba mal excitarlo de aquel modo, cuando no podía proporcionarle mayor satisfacción.

—¿Sucede algo?—preguntó con fingida inocencia.

Lo vio tragar grueso. Lejos de expresar la complejidad de sus pensamientos con palabras, el valiente teniente se limitó a negar con la cabeza.

Mikasa se puso de pie y cruzó la habitación hasta quedar frente a él. Con la confianza que da la audacia, estiró el brazo y le apartó los mechones de cabello que caían por su frente.

—¿Qué es lo que haces, Ackerman?—cuestionó con voz ronca.

La miró, sus ojos lanzaban llamaradas azules y oscuras, estaba completamente inmóvil.

—Nada.

Jean la tomó de la cintura.

—Actuando inocente, sin saber el efecto que tienes en mí.—Le acarició la oreja con los labios. Se apartó lentamente para tantear la extensión de piel de su cuello hasta llegar a la boca—.Eres tan hermosa que duele—masculló.

Destrozando cualquier mecanismo de autocontrol, lo atrajo hacia sí en un acto de mezquina posesión. Jean le rodeó la cintura con un brazo y la estrechó contra su cuerpo a la par que la besaba con pasión, venciendo la resistencia inicial de la joven, vacilante y exigente al mismo tiempo, hasta que ella emitió un sonido de abandono y le rodeó el cuello con los brazos. Las noches que habían pasado alejados uno del otro terminaron en ese fuerte abrazo, aferrados el uno al otro como si se estuvieran ahogando juntos.

Sin atreverse a romper el contacto ni para pestañear, Mikasa se encontró postrada en la superficie del tocador con Jean entre sus piernas.

Mientras el mundo giraba a su alrededor y en el ambiente flotaba el dulce aroma de la lujuria, Jean recorrió la forma de su cuerpo con las manos, pero mantuvo una pizca de cordura y se limitó a besarle la boca, el mentón, la oreja y el cuello, y cualquier parta a la que pudiera llegar sin tener que abrirle del todo la blusa.

—¿Por qué estuviste negándome tanto tiempo?—cuestionó contra su cuello; podía sentir los dedos de Mikasa filtrarse entre las hebras de su cabello, invitándolo a recorrer cada centímetro de su piel.

—Tenía miedo—admitió en un suspiro.

Jean puso una mano sobre su cadera y le acarició el muslo.

—¿Miedo?—hizo eco. Le acarició el muslo de nuevo. La besó y levantó lentamente la larga falda. Mikasa llevaba medias de media pierna, y Jean le acariciaba las rodillas desnudas. Con base en el tacto se percató que sus bragas estaban hechas de encaje. Le acarició las piernas y acercó la mano al punto donde se unían sus muslos.

Mikasa emitió un gemido. Arqueó el cuerpo contra el de él, invitándolo a mucho más. Jan cerró los ojos con fuerza. Se quedó intentando recuperar el control y acto seguido elevó la mirada para contemplarla

En ese preciso instante, Mikasa era el ser más hermoso que jamás había visto. Tenía las mejillas sonrojadas, el cabello alborotado, y los labios, rojos, húmedos y entreabiertos. Los ojos oscurecidos por el deseo lo miraban con adoración.

—¿Puedo?—solicitó permiso.

Durante un instante, Mikasa oteó a Jean con expresión inocente, casta y virginal, mientras la brillante cabellera negra el enmarcaba el rostro.

No tuvo que decírselo dos veces. Ella asintió con un vehemente movimiento de cabeza, apresando su labio inferior entre sus dientes en un patético intento por contener un gemido. Abrió las piernas de inmediato.

Jean movió las bragas a un lado y deslizó los dedos por su cuerpo, separando ligeramente los labios húmedos. Mikasa cerró los ojos y empezó a jadear, como si hubiera corrido. Chispas de calor ascendieron por todo su sistema nervioso mientras se ahogaba en la intensidad de aquellos ojos Hazel. Cuando encontró su clítoris, Mikasa lanzó un gemido y levanto las caderas para sentir el roce de su mano.

Con la otra mano, Jean se tomó la libertad de bajar la blusa hasta su cintura. Sin necesidad de decírselo, Mikasa se despojó del sujetador.

Sus ojos irradiaban un suave brillo. El movimiento ascendente y descendente que hacía al respirar permitió a Jean vislumbrar sus pechos, llenos, firmes y redondos. Mikasa era una ninfa de fuego y sombras que se ofrecía a él.

Presa de una vergüenza momentánea, la chica se cubrió los pechos con los brazos.

—No te escondas—dijo Jean mientras acariciaba su antebrazo—.Eres perfecta.

Mikasa lo miró, no parecía ser consciente de su aspecto y del efecto que ejercía en é, ya que en ningún momento había bajado la vista más allá de la cara de Jean.

Soltó el brazo de la chica y le retiró el cabello por encima del hombro.

—Hermosa—recitó.

Ella comenzó a respirar más rápidamente. Jean la tocó, recorriendo su cintura con los dedos hasta llegar al pecho, que bordeó con el índice. Bajo el escrutinio contemplativo de su compañera, depositó un beso en cada seno.

El pecho de Mikasa se elevaba y caía bajo las caricias de Jean. Este iba muy despacio, observando cómo cada roce se reflejaba en la cara de ella. Cuando le tocó el pezón, Mikasa inspiró profundamente y se mordió el labio inferior.

Jean lanzó un hondo gruñido. Se incorporó más y se juntó a ella. Con la lengua recorrió el sendero que previamente habían trazado sus dedos. Puso las manos en la cintura de Mikasa y, tras abrir la boca sobre su pezón, lo lamió.

Ella tembló y se arqueó contra Jean, quien bajó las manos y con los pulgares acarició sus cortos y provocativos rizos. Mikasa desprendía el aroma denso de calor y pasión. Hundió los dedos en el pelo de él y lo atrajo hacia sí.

Accidentalmente, acarició con la rodilla el pene erecto de Jean. Mika estaba muy excitada y, al mismo tiempo, sentía mucha curiosidad. Jamás había hecho aquello. Lo palpó por encima de los pantalones. Era más grande de que lo que esperaba, y también más duro, parecía un pedazo de madera más que una parte del cuerpo. Era raro, pensó, que pudiera suceder un cambio físico tan extraordinario gracias al tacto de una mujer. Cuando ella se excitaba los cambios eran muy pequeños: aquella forma de henchirse apenas perceptible, y la humedad en su interior.

—Por Ymir…—lo escuchó gruñir.

—Jean…—suspiró ella.

—Estas tan húmeda—dijo en un tono lascivo sin inmutarse a ocultar el deseo que lo controlaba.

Tentativamente, trazó círculos alrededor de su sensible apertura, una, dos, tres veces.

—Por favor, tócame—suplicó.

Durante sus sesiones de besos y caricias, jamás habían cruzado esa línea. Jean, de vez en cuando, acariciaba sus senos por encima de la blusa, en otras ocasiones, la estrujaba contra su cuerpo tomándola por los glúteos, pero nunca traspasaba la barrera que suponía la tela de sus bragas, aquella muralla de tela que evitaba que sus sexos entrarán en contacto.

Un ligero estremecimiento la sacudió cuando Jean introdujo dos dedos en su calor húmedo.

—¿Se siente bien?—susurró, al tiempo que deslizaba los dedos en su cálido interior.

Mikasa gimió y arqueó la espalda.

—S-sí—dijo entre jadeos—.¡Mierda!

Jean la observó con deleite. No había nada ni nadie que pudiera comprarse a Mikasa.

—Estas tan mojada y apretada… Quisiera estar dentro de ti—dijo mientras se agachaba para besarle los pechos, acariciando con el pulgar esa zona que la hacía estremecer.

—Jean…—la escuchó respirar, deslizando una mano por su cabello—. Jean, por favor…quiero sentirte.

—Mierda, Ackerman—maldijo. La solicitud de Mikasa lo había tomado por sorpresa.

Enloquecido por la lujuria y la mente colmada de nada más que felicidad, Jean se apartó lo suficiente de ella para despojarse de sus pantalones.

Mikasa tragó grueso, expectante al escuchar el sonido del cinturón al desabrocharse y después, la cremallera. Vio con asombro que su pene sobresalía erecto de entre la mata de vello de la entrepierna. Tal como lo había predicho con solamente tocarlo, Jean su miembro era grande, más grande de lo que imaginaba.

El joven comenzó a acariciarlo de arriba hacia abajo, gimiendo cuando el calor de su palma insto a que la sangre fluyera correctamente hacia su miembro.

Como si fuese capaz de leer sus pensamientos, se acercó a ella para encontrarla en un apasionado beso que tenía como objetivo disipar la intranquilidad y el miedo.

Jea rozó la cabeza de su miembro contra la protuberancia hinchada. Se mordía el labio y gimió suavemente, estremeciéndose de anticipación. No podía creer que finalmente había llegado el momento, por fin iba a saber lo que se sentía estar enterrado dentro de ese calor apretado y aterciopelado, que finalmente no sería solo un sueño.

Incapaz de soportarlo más, Jean se posición en la sensible apertura y empujó, ligeramente al principio, y luego con más presión, hasta que la cabeza de su pene estuvo cerrada. Las paredes de Mikasa eran tan suaves a su alrededor, tan dulcemente apretada. No pudo evitar inclinarse ligeramente hacia el frente, capturando sus labios en un beso desordenado y tembloroso.

Él volvió a empuja, y de repente Mikasa sintió un dolor y gritó.

—¡Lo siento!—dijo él—. Te he hecho daño. Lo siento muchísimo.

Cuando él y Mikasa comenzaron a explorar la faceta del placer, Jean se había prometido a si mismo que nuca se permitiría perder el control. Su vida juntos había sido tumultuosa, llena de angustias y años de espera y dolor innecesario. Lo único que deseaba, más que nada en el mundo, era hacer de esa experiencia algo perfecto, sin contratiempos.

La primera vez de Mikasa debía ser amable, especial, llena de nada más que cariño genuino y amor. No iba a permitirse ser egoísta, especialmente cuando ella estaba demasiado cegada por la lujuria para aferrarse a su sano juicio.

—Espera un momento.—El dolor no era tan terrible. Estaba más sorprendida que otra cosa—.Intentalo otra vez—dijo—. Pero con más cuidado.

Sintió que la cabeza de su pene volvía a rozarle los labios y supo que no entraría: era demasiado grande, o su apertura era demasiado pequeña, o las dos cosas. Pero le dejo empujar, esperando lo mejor. Le dolía, pero esta vez apretó los dientes y reprimió los gritos. Su estoicismo no servía de nada. Al cabo de unos momentos, Jean se detuvo.

El teniente, ahogando el deseo en un gruñido gutural, arrugó la nariz, mirándola con insistencia. Apartó el cabello que caía por su rostro y depositó un beso sobre su frente antes de apartarse por completo.

—Jean—lo acució, en un tono cercano a un alarido al percatarse que él comenzaba ajustarse la correa—. ¿Qué sucede?

De repente retrocedía como si estuviese infectada de una enfermedad incurable y mortal.

Aun sin responder nada, el aludido pasó una mano por su cabello desordenado, tratando de poner sus emociones y sentimientos a raya.

Ante el silencio, Mikasa no podía evitar sentirse avergonzada, utilizada. Tal vez Jean no la encontraba atractiva, quizás no despertaba ese deseo carnal del que ella era presa cada vez que la tocaba.

Lágrimas calientes brotaron de la esquina de sus ojos; un nudo prieto le estrujó la garganta.

Con las manos temblorosas y, acudiendo a toda la fuerza de voluntad que le era posible, consiguió vestirse.

Al darse cuenta del error que había cometido, Jean intentó aproximarse a ella.

—¿Mikasa?—La llamó confundido.

—Está bien, no te preocupes—consiguió decir a duras penas.

—Mikasa, espera. No es lo que piensas.

Lejos de darle la oportunidad de aclarar la situación, se escabulló al baño sin más dilaciones. Una vez adentro, colapsó en el suelo, convertida en un ovillo de temblores y sollozos contenidos.


Mikasa echó otro vistazo en el espejo tratando de reconocer la imagen hermosa y frágil reflejada en el cristal.

El resplandor de la luz iluminaba su rostro, realzando sus brillantes ojos grises y labios rosados. Sus manos temblaban ligeramente mientras terminaba de aplicar rímel en sus largas y oscuras pestañas, tal como había visto a la dependienta hacerlo al tiempo que parloteaba de los beneficios y la calidad del producto.

Colocó el rímel sobre el tocador y, por el reflejo del espejo, atisbó la pieza de ensueño que descansaba sobre la cama, llamándola desde la distancia.

Allí, de pie, apenas podía dominar su impaciencia. Se dirigió hacia la cama con más resignación que ira o pánico. En su mente no había confusión: aquellas impresiones excesivamente intensas y poco fidedignas, las dudas sobre sí misma, la enojosa claridad visual y las inquietantes diferencias que habían revelado poseer las cosas conocidas no eran sino continuaciones, variaciones del modo en que se había visto y se había sentido todo el día, pero prefería no pensar en lo acontecido horas atrás.

Tomó el vestido de fiesta sin tirantes con corpiño bellamente moldeado y falda voluminosa abombada. Mientras se lo ponía aprobó la caricia firme de la tela de satén.

Aún recordaba a la perfección la reacción de la dependienta cuando la vio salir del probador, aun sin perder las esperanzas de encontrar el modelo perfecto para la ocasión.

Es precioso—decía sin cesar, echándose sobre los talones para admirarla mejor—; es un vestido digno de la reina de Paradis.

Había quedado en su memoria , grabada a fuego, la cara redonda, relucientes ojos y la boca ligeramente entreabierta de la chica mientras la ayudaba a subir el cierre.

Volvió a calzarse los zapatos blancos de tacón alto, se retocó el pelo y el maquillaje, renunció a otra gota de perfume.

Al salir a la antesala, encontró a Jean cerca del escritorio, con el ceño fruncido y los labios tan tensos que formaban una línea recta. Iba vestido de forma impecable con un traje de noche de caballero de clase alta.

«Te aseguro, Jean, que pareces un maldito sastre, a punto de abrir su comercio por la mañana», le había dicho una vez Connie. Jean detestaba llevar la ropa sucia; le sentaba bien ir siempre pulcro y elegante.

Mikasa no había tenido el coraje de enfrentarse a Jean después de su encuentro, por lo que su única opción fue recluirse en el baño durante horas y, después en la habitación para verse tan hermosa como le era posible. A pesar de no saber muchas cosas sobre moda femenina, pasó cerca de una hora eligiendo la mejor fragancia, y luego se permitió experimentar un poco con el peinado y el maquillaje.

—Mikasa, no quiero presionarte, pero debemos estar abajo en… ¿Qué demonios?

Jean abrió la boca, como queriendo decir algo; sus mejillas adquirieron un tono rosado a la par que su pecho subía y bajaba, y sus ojos la recorrían en fracción de segundo, como un hábito ensayado, tal como lo había hecho esa misma tarde cuando la despojó de la blusa.

—Eres hermosa—respondió Jean, sin aliento. Mikasa abrió los ojos con sorpresa; sus palabras sonaron inocentes, sinceras hasta la médula—. ¿Dónde conseguiste ese vestido?

—Sigrid me hizo comprarlo—Mikasa miró la falda de seda y se giró para permitirle entrever la manera en que la pieza se ajustaba a su cuerpo a la perfección.

Aun así, la incomodidad de su encuentro no terminaba por disiparse. Sabía que debían hablar al respecto, pero lo harían una vez que la cena llegará a su fin y ambos estuvieran nuevamente en la intimidad de su habitación.

Buscando una distracción, sus ojos recayeron en el escritorio; había papeles esparcidos y unas cuantas fotografías que, al observarlas detenidamente, enmarcaban los rostros y figuras de algunos Tenientes y Generales.

—¿Todos son Jaegeristas?

Jean se colocó a su lado. Mikasa podía jurar que era el hombre más guapo que había visto en su vida; era como si aquella tez bronceada, iluminada por la tenía luz invernal, estuviese cincelada en mármol. Su rostro había madurado con el tiempo, al igual que todos los rasgos visibles en él. Tenía la mandíbula cuadrada, los pómulos prominentes y la nariz recta. Aquella noche no llevaba barba. Con una cara tan hermosa como esa, pensó Mikasa, ¿para qué tapársela con vello?

—Unos cuantos—respondió. Colocó otra serie de fotografías frente a ella—.Todos estos hombres son miembros cercanos a Dreher. Hay un comerciante, un ministro y, por supuesto, uno de los consejeros de Historia.

Mikasa tragó grueso. Sus ojos recayeron en una instantánea en particular.

—Lo conozco—dijo mientras elevaba la efigie para analizarla con detenimiento. Jean frunció el ceño—. Era miembro de la policía militar. Lo vi hablar con Floch un par de veces.

Jean frunció el ceño con ahincó. Su cara le resultaba vagamente familiar.

—No puedo recordarlo—admitió con cierta derrota.

—No te culpo. En ese entonces no era importante.

—¿Crees que vaya a reconocernos?

—Seguramente—dijo Mikasa con un suspiro.

—Mierda.

—Tarde o temprano iba a suceder. No es como que nadie este al tanto de quienes somos y lo hicimos.

Ahora fue el turno de Jean para lucir sumamente consternado.

—Es solo que… no quiero ponerte en peligro—confesó, masajeando su nuca.

—Mientras continuemos viviendo en Paradis y los Jaegeristas tengan el poder, siempre estaremos en peligro, pero nos ayudaremos.—Declaró, tratando de sonar positiva.

Quizás no era la respuesta que Jean esperaba, pero lo que menos deseaba Mikasa era hablar del elefante en la habitación.

—Ya estoy lista—carraspeo—.¿Nos vamos?

—Sí, por supuesto–respondió Jean.

En silencio, ambos se dirigieron hacia la antesala del comedor, donde los invitados solían reunirse antes de la cena.

Mikasa miró angustiada a su alrededor a los hombres vestidos de rigurosa etiqueta y a las mujeres con sus vestidos escotados y tiaras. El protocolo exigía que todos los invitados estuviesen presentes en la antes de que los anfitriones hicieran su entrada.

Los glamurosos invitados, sin embargo, parecían absolutamente tranquilos, descansando en las sillas y paseándose por la geografía del cuarto mientras un sequito de criados con guantes blancos y uniformes verde olvida daban vueltas con bandejas de champagne.

—Vamos por un poco de ponche—dijo Jean conduciendo a Mikasa hacia una mesa donde un camarero con uniforme y guantes de algodón blanco servía pinche desde una enorme fuente de cristal.

—Todo esto me recuerda a las fiestas a las que solía llevarnos Kiyomi cuando estábamos en Marley—susurró Mikasa.

—Puede que estos hombres hayan adoptado una cosa o dos de los Marleyanos.

Mikasa asintió, estupefacta. Tomó el vaso de ponche de Jean y vio que el fino borde de la cristalería correspondía a la perfección con el intricado dibujo de las grecas del techo. Dejó escapar un suspiro sintiéndose repentinamente abrumada. Tenía que asimilar muchas cosas: el ejército de sirvientes con guantes blancos que merodeaban por allí, la confusión de los nuevos rostros, la extraordinaria opulencia. ¿Quién iba a saber que la familia del General resultaría ser una gente tan extremadamente distinguida? ¿Y por qué no la había preparado Jean un poco más para todo eso?

Mikasa notó que alguien le tocaba suavemente el hombro. Se giró y vio a la esposa del General Hegstad, ataviada con un traje de seda purpura y con unos hermosos diamantes.

—¡Sigrid!—exclamó, encantada de ver por fin un rostro conocido. Su atuendo lucia más elaborado, muy distinta a como la recordaba la noche de la cena en su casa. Así que esa era Sigrid en su hábitat natural.

—¡Hola, hola!—La saludó con tono alegre—. Luces espectacular—espetó luego de echar un rápido vistazo al lindo vestido.

—Gracias, pero no más que tú—respondió encogiéndose de hombros.

—Tonterías—sacudió la mano para restarle importancia—.Tu eres la atracción del lugar. Apuesto a que todos los hombres de la habitación sienten envidia del teniente Kirstein.

—Buenas noches, señora Hegstad—la saludó. Ambos se estrecharon la mano y luego Sigrid depositó sendos besos en las mejillas—.Soy un hombre afortunado ¿Cierto?—Dijo Jean sonriendo.

—Totalmente—se mostró de acuerdo.

—¡Muchacho!—exclamó Hegstad al verlo, dirigiéndose hacia ellos desde el otro extremo de la habitación, sus medallas militares repiqueteaban contra su pecho con cada paso que daba—. ¿Cómo estuvo el viaje?—Estrechó la mano de Jean y después le dedicó una sonrisa discreta a Mikasa.

—Bien, un poco cansado, pero nada que no podamos soportar—dijo Jean—.Creo que debo agradecerle por la habitación. Escuche que usted tuvo algo que ver con el acomodo de los invitados.

Hegstad rió como si acabara de escuchar el mejor chiste del continente.

—Lo mejor de lo mejor para mi mano derecha—agregó, palmeando su espalda en un gesto de camaradería.

—Muchas gracias, señor.

El hombre asintió, complacido.

—Consideralo un regalo de bodas. Mi hermosa Sigrid comentó que no tuvieron una luna de miel—espetó, asiendo a su mujer por la cintura.

—No, en realidad no—se apresuró a responder Jean—.Regresamos a Paradis al día siguiente de la ceremonia.

—En ese caso, disfruten de las amenidades y delicadezas que nos brinda el General Theisen—dijo—. Ahora, querida, ¿podría robar a tu marido unos cuantos minutos?—preguntó, esta vez dirigiéndose a Mikasa.

—Adelante, General—accedió.

Antes de que Jean pudiese protestar, el hombre entusiasta lo arrastró a una esquina de la habitación, directamente con un grupo de embajadores que lo recibieron con gestos adustos.

—¿Qué te parece Lirio Real hasta ahora? ¿Lo estás pasando bien?—Preguntó Sigrid con genuina curiosidad.

—¡De maravilla! Aunque esta noche está siendo un poco… abrumadora.

—Ya me lo imagino—dijo Sigrid con una expresión complica en los ojos.

—No, no creo que puedas imaginártelo—insistió Mikasa.

Con una sonrisa compasiva, la esposa del general le ofreció el brazo. Mikasa comprendió a lo que se refería y entrelazó el suyo.

—Puede que suene egoísta, pero me que estes aquí. Me vendrá bien tener una aliada.

La mirada argéntea de Mikasa viajó hacia los pequeños grupos de mujeres que se congregaban dentro de la habitación.

—Creí que te llevabas bien con ellas—Mikasa se calló, vacilante.

—¡Oh, no!—exclamó Sigrid horrorizada—. Puede que mi esposo sea General, pero no me ven con buenos ojos. Consideran de mal gusto el hecho de que su segundo matrimonio sea conmigo.

Con esa declaración flotando en el aire, Sigrid la arrastró hacia el grupo de elegantes damas acicaladas en los vestidos de gala más delicados y hermosos que Mikasa jamás había visto. Las mujeres la miraron fijamente mientras se acercaban a ellas, pero no pudo descifrar si la contemplaban porque se veía diferente o por el hecho de que era la única que no llevaba joyas llamativas.

—Buenas noches—saludó Sigrid con una amplia sonrisa—.Antes que nada, quiero presentarles a Mikasa Kirstein.—Todas las miradas estaban puestas en Mikasa, que se ruborizó un poco y no pudo hacer otra cosa que sonreír cortésmente a la multitud congregada que ahora diseccionaba cada centímetro de su cuerpo.

—Mikasa… sin lugar a dudas es un nombre extraño—dijo una mujer rubia de ojos azules—. Supongo que se ajusta a tu apariencia—concluyó.

—Claramente no eres de este pequeño rincón del mundo—señaló otra mujer de figura rellena y voluptuosa. El cabello castaño oscuro caía en ondas suaves alrededor de su rostro—. ¿Acaso eres del otra continente? ¡Oh, no! Tienes los rasgos de los Hizuranos—espetó.

—Mikasa es la esposa del teniente Kirstein—agregó Sigrid, como si se hubiese visto en la necesidad de resaltar ese punto.

—Vaya, eres una mujer afortunada—resopló una tercera dama, sus rasgos exóticos evocaba a la herencia de las tierras del Medio Oriente—. Pagaría una fortuna con tal de tener un esposo como el joven teniente.

Todas se echaron a reír a excepción de Mikasa y su acompañante.

—Vamos, cariño, sonríe un poco—le instó la mujer de melena blonda—.Solamente es una broma. El esposo de Adira no es el hombre más atractivo del mundo, pero si uno de los más ricos del Medio Oriente—espetó.

Sí, claramente, esa no era su gente. Mikasa frunció el ceño con disgusto.

—Y bien, Úrsula, ¿cómo val el asunto de la recaudación de fondos?—Cuestionó Sigrid en un intento por desviar la conversación a otro tema que no fuese Jean.

—Estoy haciendo todo lo posible por saca a flote el evento. La gente quiere venir y está dispuesta a gastar dinero. Eso es importante. El resto es secundario, Tenemos doscientas personas confirmadas. Casi doscientas personas. Es un éxito.

—Tal vez, a la señora Kirstein no le importara ofrecer unas cuantas horas de tiempo de calidad con su marido—agregó la mujer de mirada cerúlea.

Mikasa frunció un instante el ceño y luego suspiró.

—No creo que eso sea del agrado de Jean—protestó.

La dama sacudió la cabellera y sonrió.

—Bueno, lo intente—masculló a sus acompañantes.

—Las donaciones son prometedoras—continuó diciendo Úrsula—. Es una lástima que deban destinarse a los huérfanos—espetó en tono desagradable.

Mikasa se estremeció como si acabaran de vaporizarla con una nube de desinfectante. Estaba tan atónita con el comentario que apenas tuvo fuerzas para negar con la cabeza.

Buscó con la mirada a Jean, quien charlaba con un hombre mayor y una chica que se le antojó increíblemente familiar.

La observó durante un minuto o dos; la joven poseía una apariencia angelical y etérea que desafiaba las convenciones mundanas. Su piel era como la porcelana, suave y sin imperfecciones, confiriéndole una luminosidad casi natural. Con aquel vestido azul sobre el que se derramaba la cabellera rojiza, encendida por las luces de la habitación; creyó que era un ser de otro mundo.

El corazón de Mikasa dio un doloroso vuelco en su pecho al reconocerla. Se trataba de la misma joven del desfile, aquella que actuaba con altivez y expresaba, sin tapujos, el interés que sentía por Jean.

—Es desagradable—susurró Adira al notar como el hombre se disculpaba con la pareja de jóvenes y los dejaba charlar a solas—. Veo que el pobre viejo no ha desistido en sus intentos por vender a su hija.

—No puedo culparlo—secundó Úrsula en complicidad—, perdieron la mitad de su fortuna en la guerra. La chica es su pase de salida.

Sintió la boca repentinamente seca al ver la manera en que Jean le sonreía. Conocía ese gesto a la perfección. Lo había visto curvar la comisura de sus labios en un ademan encantador que conseguía hacer suspirar a cualquiera.

—Deberías hacer algo al respecto, querida—musitó la mujer de cabellera rubia—. La pobre chica ni siquiera ha de imaginar que el teniente es casado. No lleva un anillo en el dedo.

Mikasa notó que la cara se le ponía colorada. Muy colorada. Deseó salir de la habitación, pero parecía que las piernas se le habían convertido en pegamento.

Observaba, y el corazón se le oprimía cada vez más. No era la admiración de la muchedumbre lo que embriagaba a la bella acompañante de Jean, sino el entusiasmo de uno solo. Cada vez que él le hablaba, los ojos de la chica despedían un brillo alegre y una sonrisa de felicidad curvaba sus labios de grana. Parecía como si se esforzara en no revelar esas señales de satisfacción que, no obstante, se manifestaban en su semblante. «¿Y él?» Mikasa lo miró y quedó horrorizada. Lo que el rostro de ella le había contrastado con la fidelidad de un espejo se reflejaba también en el de él. ¿Qué había pasado con esa actitud firme y serena, con esa expresión imperturbable? Ahora, cada vez que se dirigía a ella, inclinaba ligeramente la cabeza, como si deseara caer a sus pies, y en su mirada percibía un matiz de temor y sumisión.

—Necesito ir al tocador—fue lo primero que consiguió recitar para largarse de ahí.

—¿Quieres que te acompañe?—le preguntó Sigrid. Probablemente había notado su abatimiento.

—N-no, estoy bien.

Sucumbió a la desesperación y el pánico. Sin darse la vuelta, salió por la puerta en dirección al pasillo que llevaba al tocador de las damas. No era capaz de recordar si el sitio de escape quedaba a la izquierda o a la derecha. Le temblaba todo el cuerpo. Estaba destrozada.

Consiguió llegar al baño sin más contratiempos. Se sostuvo de la jofaina de plata y evitó captar su propia imagen en el espejo, abriendo el grifo como una autómata que solo sigue ordenes impuestas.

Aunque cualquiera diría que parecía una mariposa que se hubiera posado un momento en una brizna de hierba, antes de echar de nuevo a volar, desplegando las alas irisadas, una angustia insoportable le oprimía el corazón.

«¿No me habré equivocado? ¿No será todo producto de mi imaginación?»

Y volvió a recordar lo que había visto.

Escuchó el agua correr por unos segundos con el mismo proceder mecánico. El pecho le dolía y sentía un nudo en la garganta. El sonido pareció sacarla del trance, y cuando lo hizo, su reflejo en el espejo la encontró tomando una decisión.

Tal era su estado de aturdimiento que, al salir del aseo, impactó de lleno con un hombre alto y robusto.

—Lo lamento—se disculpó de inmediato.

—¿Mikasa?—cuestionó el hombre con un deje de incredulidad.

En un acto reflejo, la aludida elevó la mirada para contemplar su rostro. Sus ojos se abrieron desmesuradamente a causa de la impresión.

—Cuando los vi en la sala no pude evitar sentir curiosidad—comenzó a parlotear—. Realmente eres tú—al joven se le iluminó el rostro—. Ha pasado mucho tiempo. ¿Cambiaste de parecer respecto a los Jaegeristas?

Aquel hombre era el chico de la fotografía que había examinado con Jean poco antes de abandonar la habitación. El mismo que, al comienzo del Retumbar, le cuestionó si se uniría a ellos, asegurando que tendría una serie de privilegios al ser tan cercana y leal a Eren.

—No—respondió tajante.

—Jean no parece opinar lo mismo—rió—. ¿Acaso están juntos?—Cuestionó, echando un vistazo por la sala en busca del aludido.

—No—repitió—. Ahora, si me permites—murmuró, pero antes de que pudiera dar un paso al frente, el hombre la detuvo, tomándola por el brazo.

Sin pensarlo dos veces, su instinto de autodefensa de activó instantáneamente. En un rápido movimiento, giró su cuerpo y, con una precisión asombrosa, sujetó al hombre por la muñeca y lo empujó contra la pared más cercana.

—Si vuelves a tocarme otra vez, te matare ¿entendido?—Dijo en voz baja, amenazante.

—¡Bien, bien!—chilló el hombre—.Todavía eres un bicho raro, maldito monstruo—balbuceó.

Haciendo caso omiso a sus palabras, lo liberó.

No le tomó mucho tiempo encontrar el camino de regreso a la antesala. Mientras transitaba por el pasillo, un preocupado Jean apareció en su campo de visión.

—¿Estás bien?—preguntó de inmediato al verla—. Te perdí de vista un instante, no pude evitar preocuparme.

Ignorando su molestia, Mikasa se las apañó para responder con una voz completamente modulada:

—Solo fui al tocador—espetó.

Pocos segundos después, la victima de su ataque emergió del mismo pasillo sin dedicarles una mirada. El comportamiento evasivo del hombre no pasó desapercibido para Jean.

—Mikasa, ¿Qué fue lo que sucedió?

Los ojos claros de Jean se clavaron en los frises de ella como dos frías balas de metal.

—Nada—rebatió—. Ahora ¿quieres dejar de hacer preguntas y volver a la antesala?—Dijo en tono irritado.

Sin más, echó a andar por el amplio pasillo, molesta y un poco triste, seguida de cerca por Jean.


Tres arañas de luces colgaban a escasa altura encima de la alargada mesa, cuyos reflejos destellaban en las copas de cristal distribuidas en el sitio de cada comensal. La totalidad de la cubertería era de oro, al igual que los saleros y los pimenteros, y aun las minúsculas cerilleras para los fumadores. El mantel blanco estaba cubierto de rosas procedentes del invernadero y, para conferir un último toque espectacular al conjunto, se habían colocado delicadas hojas de helecho que descendían desde las arañas hasta las pirámides de uvas sobres las bandejas doradas.

Todos tomaron asiento de acuerdo al protocolo. Mikasa había escuchado decir a Kiyomi que las reuniones que empezaban bien casi siempre transcurrían sin incidencias; por lo general, el vino y la comida hacían que los asistentes estuvieran menos dispuestos a encontrar defectos.

Mikasa estaba asombrada por la gran variedad de comida que los meseros disponían frente a ellos cada vez que el General Theisen hacía sonar la pequeña campana. Comenzaron con aperitivos de blinis con caviar y nata, tostadas con pescado ahumado, galletitas saladas con arenques en vinagre. En cuanto el General soltaba los cubiertos, uno de los mayordomos retiraba su plato, y esa era la señal para que los lacayos se llevaran el resto. A continuación sirvieron sopa acompañada de un oloroso jerez. El pescado era lenguado, regado con un maduro vino que sabía a gloria. El tinto siguió corriendo hasta llegar al último plato de carne: hojaldre relleno de codorniz con uvas.

Nadie era capaz de comerse todo aquello: los hombres seleccionaban lo que les apetecía y hacían caso omiso del resto, mientras que las mujeres picoteaban de uno o dos platos.

Muchas de las viandas regresaban a la cocina intactas.

—¿Cómo van las cosas con tu nuevo protegido, Hegstad?—preguntó un General.

El aludido alcanzó la servilleta de tela y se limpió la comisura de los labios, dio un trago a su copa y carraspeó un poco para aclararse la garganta.

—El chico es una maravilla. Si continúa así, probablemente solo le tome un par de meses convertirse en general.

El hombre dirigió la mirada hacia Jean y le dedicó una sonrisa.

—Es bueno tenerlo en la lucha por la causa.

—Me alegra ser de ayuda—dijo Jean.

Mikasa sabía que era mentira. En más de una ocasión Jean había compartido con ella sus pensamientos en torno a la doctrina y los ideales propugnados por los Jaegeristas. Su ideología se erguía en mentiras, una cosmovisión que el mismo Eren se encargó de inyectar en sus venas como el suero de Titan.

—Es bueno saberlo—comentó un hombre rubio, calvo y de ojos grises hundidos—.Esos malditos Hizuranos son un verdadero dolor en el trasero.

—Oh, vamos, Gennadiyevich. No arruines la cena con los rumores de una posible guerra entre ambos países—dijo Hegstad—.¿Realmente creen que cabe la posibilidad de que se produzca semejante tragedia?

Fue Jean quien contestó.

—Si hablar de la guerra puede hacer que esta estalle, entonces sí, no tendremos más remedio que enfrentarnos, porque todo el mundo se está preparando para esa eventualidad, pero ¿existe en verdad una razón de peso? Yo no lo creo.

—Paradis y Hizuru tienen muchas razones para enfrentarse—comentó un joven simpático, Mikasa lo había visto encorvar la espalda, como si hubiese preferido ser más bajo y no destacar tanto.

—¡Y ni hablar de Marley!—exclamó un hombre con la cara enrojecida y los ojos inyectados en sangre—.Creí que todos esos cerdos habían muerto en el Retumbar.

—Nuestra reina está en contra de que los tratemos como animales, como si ellos no hubiesen hecho lo mismo durante años—agregó uno más.

—Es una mujer joven. Ascendió al trono a muy corta edad, no puedes drenar el idealismo de sus venas. Todos somos ilusos cuando somos jóvenes—dijo una de las distinguidas invitadas.

La mayoría de los invitados se mostraron de acuerdo con ella.

Mikasa se obligó a dar un bocado. De repente sentía la boca seca y un nudo en la boca del estómago.

Para su fortuna, los Generales habían desviado la atención a otros temas que no implicaran la política, economía y una inminente guerra.

—¿Y bien Kirstein?, ¿Qué te parece la hija del distinguido señor Saudek?—Escuchó preguntar al hombre de mandíbula pronunciada y afilada que yacía a lado de Jean.

El cuestionamiento lo tomó por sorpresa. Lanzó una mirada nerviosa a Mikasa.

—¡Niels!—lo censuró Úrsula—. Es inapropiado y de mal gusto hacer ese tipo de comentarios frente a la esposa del Teniente Kirstein.

El hombre reparó en Mikasa, la mirada vidriosa y su expresión desorientada revelaban el efecto del alcohol en su cuerpo.

—Perdóneme, señora Kirstein, no se controlar el alcohol… o mejor dicho, el alcohol me controla a mi—recitó con una mezcla de vergüenza y arrepentimiento, balbuceante.

—Está bien—respondió Mikasa con clama, su voz apenas audible entre el ruido de las conversaciones y la música.

Jean colocó una mano sobre la de ella en un gesto de aparente consuelo. Sin embargo, Mikasa la retiró bruscamente.

—Tranquila, querida. No hay necesidad de afligirse—dijo Úrsula alegremente, con un atisbo de fingida empatía—. Llegada cierta edad, los hombres buscan diversión en otro lado.

Mikasa tragó grueso. La idea de que Jean pudiese interesarse en otra mujer ya no le parecía tan inconcebible, y ese hecho la aterraba.

Confiaba en que él nunca le haría daño. Se lo había prometido la tarde en que ella, desprendiéndose de sus miedos, le contó sobre su pasado sin rimas ni adornos. Luego de derramar unas cuantas lágrimas, Jean reafirmó su salva con un dulce beso.

—Ophelia es una mujer hermosa—admitió Jean para decepción de Mikasa—.Sin embargo, nunca me he sentido atraído por nadie que no sea Mikasa.

Niels sonrió y sus ojos atravesaron discretamente el cuerpo de Mikasa.

—Puedo ver porque. Hermoso pajarillo que tienes allí—se rió.

Ahora fue el turno de Jean para sentirse celoso. Envolvió un brazo alrededor de sus hombros, esperando que Mikasa no se alejara y saltara sobre el hombre.

Para su fortuna el resto de la cena transcurrió sin más eventualidades.

Al igual que cuando ingresaron a la antesala del comedor, Jean esbozó una sonrisa triste y, con la promesa de regresar cuanto antes, se unió a la conversación que mantenían un grupo de generales, los cuales, clamaban su atención a gritos.

Con una copa de champagne en una mano y un mille-feuille en la otra, Mikasa observó con desinterés sus alrededores. En un intento por calmarse, le propinó una mordida al postre de hojaldre y o masticó con desdén. Haber accedido a acompañarlo era un grave error, uno que difícilmente podrían enmendar.

—Toma—dijo una joven a su lado, al mismo tiempo que le ofrecía su pañuelo—. Tienes un poco de crema en la mejilla—señaló con un ademán ostentoso.

Sonrojada, Mikasa tomó el pañuelo.

Sin ánimos de marcharse, Ophelia alcanzó un bizcocho para ella. Su implacable mirada esmeralda recayó en el mismo punto que contemplaba Mikasa, aquel gallardo caballero del que estaba perdidamente enamorada.

—Te vi en el desfile—apuntó ella con una sonrisa. Mikasa guardó silencio—. Es extraño—murmuró.

—¿Qué?

—¿Por qué no te encontrabas en el balcón con las demás esposas?—quiso saber. Hablaba con tanta naturalidad, como si ambas fuesen dos viejas amigas que se ponían al corriente de los acontecimientos de sus vidas.

—Oh—susurró. Guardó silencio un segundo o dos, buscando las palabras adecuadas para responder—. Nunca me ha interesado ese tipo de escena—confesó.

—Lo sé, es demasiado burdo y superficial.

Mikasa se tranquilizó de inmediato, y la sensación de hostilidad que le oprimía el pecho se disipó.

—Aunque, simplemente no creo que seas consciente de lo afortunada que eres—dijo Ophelia.

—¿Afortunada?—preguntó Mikasa alzando una ceja sin saber por qué la chica se había tornado tan parlanchina.

—La mayoría de estos hombres no nos ven como humanos, solo les importa tener una linda mujer colgando de su cinturón—escupió enojada—. El Teniente Kirstein, juro que puedo ver como brillan sus ojos cada vez que te mira.

—¿Tu lo crees?

—Hasta un ciego podría verlo.—suspiró—. Es una lástima que te disguste tanto.

—Jean no me disgusta—protestó.

—Claro, díselo directamente a la cara—ironizó Ophelia con malicia—. ¿Te mataría fingir por un segundo que te gusta? ¿De verdad lo encuentras tan desagradable?

Mikasa guardó silencio. En definitiva, Ophelia estaba mal interpretando la situación. Si tan solo hubiese contemplado la escena que ambos protagonizaron en la habitación, sería patético. Jean ni siquiera fue capaz de sostener su mirada una vez abandonó el baño con los ojos hinchados.

—Jean… yo, en realidad…—comenzó a titubear, al borde de la paciencia.

—Solo digo. Si tanto lo detestas no es tarde para hacerlo cambiar de opinión. El divorcio siempre es una opción ¿sabes?

Mikasa la contempló de reojo.

—¿Y tú estarías dispuesta a tomar mi lugar?—preguntó, desafiante. Sus ojos oscuros, inmóviles e inescrutables, parecían descomunalmente grandes.

Lejos de responder, la chica llevó la copa hasta sus manos y dio un largo trago hasta beberse de un golpe el champagne.


Cuando la reunión llegó a su fin, subió las escaleras rápidamente. En el dormitorio, tomó la maleta del armario empotrado y empezó a meter su ropa lo más deprisa que pudo.

—¿Qué haces?—preguntó Jean con desconcierto cuando entró en la habitación.

—Me voy—siseó ella.

—¿Qué? ¿Por qué?—dijo Jean con el ceño fruncido.

—¡Estoy harta de esta mierda! ¡Me niego a ser presa fácil de todos esos lunáticos!—Exclamó, vaciando el tocador en un neceser de mano.

—¿De qué demonios estás hablando, Mikasa?—Jean la miraba confundido. Nunca la había visto tan enfadada.

—Estoy hablando de esas mujeres, Úrsula, Adira, de los malditos Jaegeristas como Niels y compañía… De Ophelia Saudek—gritó Mikasa mientras seguía recogiendo sus cosas.

—No sé qué te habrán dicho, Mikasa, pero…

—Las palabras no hicieron falta, Jean. Pude ver como la mirabas—su voz parecía controlada forzosamente; como si estuviera decidiendo si debía estar sorprendida o molesta.

Los ojos de Jean brillaron ante la sorpresa. Por un momento, no supo bien qué decir.

—Mikasa, en verdad no tengo idea de lo que estás hablando…

La aludida se encaró para mirarlo; algunos mechones habían escapado del meticuloso moño en el que llevaba atado su cabello. Tenía un rictus de tensión en el rostro y el ceño fruncido.

—¿Así que lo niegas? ¿Niegas que estas sientes interés por Ophelia?

—¿Por qué debería estarlo?—preguntó, ofendido.

—No actúes como un tonto, Kirstein—lo acusó—. Vi cómo le sonreías mientras hablabas con ella— le interrumpió con tono desdeñoso mientras trataba de cerrar la maleta.

Ofuscado, el joven teniente restregó una mano contra su rostro.

—Supongo que decidiste omitir el detalle de nuestro matrimonio al señor Saudek—no era una pregunta—. Aunque en realidad, no estarías mintiendo—farfulló tan bajito que, aunque la escuchó, Jean no estuvo seguro si ella quería que lo hiciera.

Se acercó a Mikasa despacio y la rodeó con los brazos. Ella intentó soltarse, pero él la apretó con fuerza.

—Mikasa, por favor, escúchame—dijo él con voz calmada—. No estoy interesado en Ophelia. Nunca lo estuve. Solamente estaba siendo amable. Estuve sin pareja casi dos años antes de volver a verte y creo que sabes muy bien como han sido las cosas los últimos meses. Eres el centro de mi vida, Mikasa. El centro absoluto. ¿Qué sucedió esta noche? ¿Quién te ha hecho creer todas esas cosas?

Y así, Mikasa se vino abajo y empezó a contarle todo a borbotones: todo lo que había pasado en el desfile, las constantes indirectas de Ophelia y las maniobra de su padre durante la fiesta. También le contó lo de su altercado con el ex compañero de Floch. Jean escuchó todo el suplicio de Mikasa sintiendo más asco cuanto más escuchaba. El creía que ella se lo estaba pasando mejor que en toda su vida. Le dolía ver lo conmocionada que estaba, las lágrimas que se derramaban por su preciosa cara.

—Mikasa, lo siento mucho—masculló mientras intentaba borrar el rastro de sus lágrimas con besos desesperados—.No sé cómo decirte lo mucho que lo lamento—se empeñaba en decir Jean.

Mikasa guardó silencio. Estaba furiosa consigo misma por haber llorado y confundida por el maremoto de emociones que la había invadido, pero no podía evitarlo. La sorpresa de la noche y el estrés acumulado de los días anteriores la habían llevado a ese punto y ahora se había quedado vacía.

—Lo que sucedió esta tarde entre nosotros…—comenzó a decir con la voz entrecortada por el llanto—. Solo sirvió para confirmar mis dudas y alimentar el miedo… entiendo que no soy igual de linda que las demás chicas, sé que tampoco tengo las mismas curvas y que tal vez no soy igual de interesante y divertida que ellas.

—Mikasa, Mikasa…—la llamó dos veces Jean—. Detente, por favor—suplicó—. Lo que sucedió esta tarde tiene una explicación y no tiene nada que ver con lo que estás diciendo.

—En ese caso… ¿Por qué no quieres estar conmigo en ese modo?—Preguntó, sonrojada.

Jean cerró los ojos y tragó grueso.

—No quería hacerte sentir presionada ni que pensaras que estaba aprovechándome de ti en cierto modo—dijo él con voz angustiada.

Mikasa se quedó mirándolo boquiabierta.

—¿Qué pasa?—quiso saber, asiéndolo del brazo.

Jean se humedeció los labios. Un intenso rubor le cubrió del cuello a las mejillas.

—Por supuesto que te deseo, Mikasa, como no tienes una idea—admitió, balbuceante.

Podría jurar que, detrás de toda esa imagen de gallardo capitán, aún era capaz de vislumbrar algunos atisbos del inseguro Jean, aquel joven cadete que en un impulso por llamar su atención se acercó a ella para decirle lo hermoso que era su cabello.

Ella levantó la vista con rapidez, y sintió de repente que el corazón le subía por la garganta.

Mikasa apretó los labios. El miedo la invadió por completo, al darse cuenta del poder que le había otorgado sobre ella. En lo más profundo de su ser fue consciente de la debilidad que él representaba.

Jean alargó el brazo y la atrajo hasta su pecho. La abrazó con fuerza. Mikasa apoyó la cabeza en su hombro.

—Antes de llegar a ese punto, me gustaría enseñarte otras cosas… porque también debe ser placentero para ti—musitó.

Ahora fue el turno de Mikasa para enrojecer hasta la raíz del pelo.

—Entonces, muéstrame—susurró.

Sus brillantes ojos grises, que parecían oscuros por las espesas pestañas, se detuvieron hambrientos y atentos sobre el rostro de Jean.

Igual que un depredador se abalanza sobre su presa con animosidad, casi con pasión, arrastrándolo y despedazándolo, Jean la besó. Sus labios eran tan suaves como los recordaba, incluso más suaves. Le cubrió de besos el rostro y los hombros desnudos.

Cuando regresó a su boca, Mikasa lo saboreó en profundidad. La lengua de Jean salió al encuentro de la suya, hizo un ruido visceral en su pecho y su respuesta fue penetrante. Su cuerpo se ciñó al de Mikasa, los juegos y la ligereza se desvanecieron.

Y ella le respondió y abrió la boca a la suya. Una especie de musiquilla sonaba en su pecho, un sonido primitivo que salía de la garganta de Jean. Le respondió adueñándose de todo cuanto ella le ofrecía con la misma facilidad que si le leyera el pensamiento y supiese el momento en que el cuerpo y el corazón de la joven despertaron a los sentidos.

—Quiero verte—murmuró Jean contra sus labios. Ella asintió con la cabeza.

Comenzó a soltarle el pelo, buscando las horquillas y dejándolas caer al suelo. Los mechones se liberaron y descolgaron sobre sus hombros sin que Mikasa moviese la cabeza.

Jean empezó a desenredarlos mientras ella permanecía móvil. Pasó los dedos por los extremos y los abrió, tras lo que las uso para acariciarla como si fueran una pluma, por las mejillas y a lo largo de la mandíbula hasta llegar detrás de las orejas. Entonces pasó a recorrer con ellas su garganta.

En un acto reflejo y confuso, Jean se sentó al borde de la cama, levantó la cabeza y la contempló. Debido a su imponente altura, no supuso ningún esfuerzo para él deslizar la cremallera del vestido. Fue bajándole toda la ropa hasta la cintura.

Mikasa emitió otro sonido como si quisiera alejarse, pero sus manos no opusieron ninguna resistencia cuando acabó desnudándola.

Jean ya no recordaba la primera vez que se había imaginado aquella escena: Mikasa con el cabello suelto, y su pálida piel vislumbrándose debajo. Aquella visión había formado parte de la pesadilla, pero ahora que la tenía, ahora que tenía toda aquella libertad, inteligencia y belleza ante él, ahora que podía tocarla, iba a hacerlo a la luz para que fuese real.

A pesar de su exhibición de osadía inicial, estaba nerviosa. Nadie la había visto desnuda desde que tenía diecinueve años. Comparada con los cuerpos de sus compañeras y los desnudos de las pinturas en la mansión de los Azumabito, Mikasa tenía los pechos grandes y las caderas anchas. Y entre las piernas le crecía un vello que nunca salía en los frescos. ¿Pensaría Jean que su cuerpo era feo?

Él se quitó la chaqueta y el chaleco y los colocó con naturalidad sobre la cama. Mikasa supuso que algún día se acostumbrarían a eso. Todo el mundo lo hacía continuamente. Pero de momento era extraño, en cierto modo, y más intimidante que excitante.

Se quedó de pie delante de él, solo con las bragas de algodón y observó su rostro.

—Eres preciosa—dijo Jean casi en un susurro.

Mikasa sonrió.

—Ven aquí—dijo con voz ronca.

Ella obedeció de inmediato. Sin más dilaciones, Jean acunó sus hermosos pechos con ambas manos a la vez que desperdigaba besos en la suave piel de su estómago, delgado y levemente ovalado, pasó por las crestas de sus caderas perfectas y se detuvo por encima de la tela de sus pantaletas.

Al notar un barrunto de resistencia, Mikasa enredó los dedos en el elástico de las bragas, dejándolas caer en el montón de lino y seda a sus pies.

—Eres hermosa—masculló contra su piel.

—Tengo cicatrices—rebatió en un susurro.

—Yo también las tengo.

Pasó la punta de los dedos por los bordes duros y nacarados de su piel, tratando de descifrar los trazos. Tenía una expresión inquisitiva y tierna en el rostro. Mikasa estaba terriblemente harta de esconderse. Más de una década dedicada en cuerpo y alma a la ocultación.

—Dejame verlo todo.

Sus manos recorrieron cada centímetro de su piel; la espalda, los pechos, los muslos, los hombros.

—Yo también quiero verte, Jean—masculló.

Lejos de hacerla esperar, Jean consiguió erguirse. Ella lo ayudó a desabotonar la camisa; deslizó la tela por sus brazos hasta delegarla al suelo. Acarició su pecho, sus pezones y después el abdomen bien trabajado. Sin lugar a dudas, aquello era resultado de tantos años de arduo entrenamiento.

Incapaz de contenerse, mordió su labio inferior al contemplar el marcado cinturón de adonis.

Mikasa respiró hondo, soltó el aire y le desabrochó los pantalones. Rápidamente, Jean se despojó delos zapatos.

Atendiendo a su instinto, Mikasa retiró sus calzoncillos, bajándolos por sus caderas. Él dejó escapar un gruñido cuando su erección quedó finalmente liberada.

Sus labios estuvieron de vuelta sobre los de ella, insistentes, demandantes. Atrás habían quedado los castos besos que compartían antes de ir a la cama. Mikasa había descubierto una faceta que no creía inherente a ella, pero que amaba. En la posición que se encontraban podía sentir el miembro craso y erecto de Jean contra su abdomen, dejando un rastro húmedo en su piel.

Al apartarse, Mikasa se dedicó a mirar su parte intima con detenimiento; su pene estaba dolorosamente duro y una generosa cantidad de líquido preseminal goteaba de la punta. Era grande, grueso, con la cabeza roja y las protuberantes venas recorriendo la base.

Contuvo la respiración cuando Mikasa finalmente envolvió sus dedos alrededor de él; sus manos eran suaves, tiernas, mejor que cualquier cosa que hubiese imaginado.

Lo apretó ligeramente y con curiosidad después de un momento. Jean no pudo evitar sonreír un poco al encontrarse con la imagen de una asombrada Mikasa. Aquello era nuevo para ella, no era el único que estaba descubriendo y cumpliendo fantasías.

Dubitativa, pasó un dedo por la punta y Jean dejó escapar un suspiro.

—¿Se siente bien?—preguntó ella, sin aliento, pasando una afilada uña por el contorno de una vena.

—S-si—masculló.

Jean observó con ojos muy abiertos la manera en que llevó la mano hasta sus labios y probó su excitación, emitiendo un bonito sonido.

—Joder, Ackerman. Vas a volverme loco—espetó.

Aquel acto provocó que Jean abandonara toda contención.

Bajo la mirada expectante de la pelinegra, colocó uno de los bancos otomanos frente al espejo de cuerpo completo. Mikasa pareció asustarse; lo miró como si fuera una tímida criatura del bosque mientras intentaba retirarse, pero él la detuvo. La tomó delicadamente de la mano y tiró de ella hasta situarla entre sus piernas.

Jean no quería precipitarse, deseaba gozar de un fuego lento y lujurioso.

Avergonzada por la obscena imagen que le regresaba el espejo, apartó la mirada y cerró las piernas, intentando ocultar su cuerpo.

—Mikasa—masculló contra su hombro desnudo—. Mira lo hermosa que eres— ella negó con la cabeza, no quería verse en esa posición tan vergonzosa—. Por favor, Mikasa, echa un vistazo. Confía en mí.

El sexo era un juego peligroso, pensó mientras levantaba la mirada, seducida por aquella dulce voz y las caricias. Una parte de sí misma no podía creer lo que admiraba: una mujer con las mejillas enrojecidas, los labios entreabiertos e hinchados por los besos, su sexo húmedo y tumescente visible bajo la mata de rizos azabache.

—Eres perfecta. Podría pasar el resto de mi vida admirándote—susurró.

Mikasa giró la cabeza para mirarlo y Jean unió sus labios con los de ella: aquel beso fue torpe, ansioso, lleno de placer acumulado.

Había un fuego ardiendo en la boca de su estómago, uno que se había acumulado desde el momento en que posó los ojos en él y necesitaba desesperadamente que lo apagara, pero cada vez que Jean se acercaba donde más lo necesitaba, maliciosamente movía las manos hacia otro lado.

Luego de lo que pareció una eternidad, deslizó dos dedos a través de los pliegues de su sexo, palpando la humedad.

No perdió el tiempo en acariciar su clítoris; las piernas le temblaban, su pecho subía y bajaba a la vez que emitía suaves y bonitos gemidos cerca de su oído.

De repente se detuvo.

Mikasa emitió un sonido extraño y ofendido, más parecido al graznido de un pájaro que a la indignación de una mujer.

—No te preocupes, voy a hacete sentir bien—murmuró Jean, ayudándola a sujetar sus caderas para deslizar un dedo más allá de su anhelante entrada, doblándolo hacia abajo hasta encontrar el punto débil, con textura.

Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos con fuerza. Jamás había experimentado esa cantidad de placer en su corta existencia.

—¿Siempre estas así de mojada?—preguntó Jean; el aliento caliente roció la piel de su cuello.

—Solo… ah… sensible—suspiró. Él introdujo otro dedo sin esfuerzo—. ¡Jean!—Gimió.

Él ajustó la palma de la mano para frotarla directamente contra su clítoris, ayudándola. A obtener más estimulación.

—¿Te gusta?—preguntó Jean contra su oído, mientras una de sus manos acariciaba uno de sus pezones endurecidos a la vez que depositaba ardientes besos en la piel de su cuello.

—Sí—suspiró ella—. Por favor, sigue…—solicitó con un hilo de voz.

En la posición en la que se encontraban, podía sentir su miembro duro como una roca presionando contra su espalda, contrayéndose cada vez que ella gemía.

—¿Vas a correrte para mí?—Cuestionó al sentir la manera en que sus músculos se contraían alrededor de sus dedos.

—Mm, joder, sí—jadeó.

Un movimiento más fue todo lo que precisó para que su orgasmo la atravesara como un maremoto.

Deposito un perezoso y lánguido beso en sus labios mientras bajaba del subidón. Jean era hábil con las manos y, una vez que había comenzado, se dispuso a prolongar su placer más de lo que tenía previsto, haciéndola terminar una y otra vez.

Su cuerpo se tensó instintivamente en un esfuerzo por mantener sus dígitos adentro. Arrastró los dedos lentamente por su cuerpo, dejando un rastro húmedo desde su entrada goteante, hasta su abdomen, más allá de su ombligo y dividiendo sus senos para jugar a lo largo de su clavícula. Su feminidad se sentía dolorosamente vacía, enloquecedoramente insatisfecha.

Mientras intentaba apaciguar su respiración, capturó su imagen en el espejo: lucia absolutamente radiante. Parecía un poco desaliñada, su cabello y maquillaje arruinados, pero estaba prácticamente resplandeciente. Era gloriosamente hermosa y ahora sabía la manera en que Jean la contemplaba. Tenía las pupilas dilatadas por el placer, las mejillas, cuello y pecho sonrojados. Podía ver la humedad de su sexo y la forma en que se contraía al estar tan vacío.

Antes de que alguno de los dos fuese capaz de pronunciar una palabra, Mikasa lo besó profundamente.

Aprovechando esta distracción, encontró el pene erecto de Jean y lo agarró. Él dio un respingo en el asiento.

Sin embargo, pese al placer que estaba sintiendo, le rodeó la mano con la suya para detenerla.

—¿Qué pasa?—quiso saber, preocupada.—¿Té lastime?

Jean negó con la cabeza.

—Se siente demasiado bien…—Espetó—. Sin embargo, esto no se trata de mí.

Mikasa frunció el ceño.

—Quiero que tú también te sientas bien—admitió.

Jean volvió a sonreír y besó su frente.

—Verte disfrutar me ha dado más placer de lo que te imaginas.

Mikasa se sonrojó. Su cuerpo aun temblaba erráticamente, no obstante, en medio de los besos, la cargó con demasiada facilidad y, sin tropezar, la recostó en la cama como quien trata una flor.

Sintió los labios cálidos y suaves contra su mejilla, revoloteando sobre su piel en patrones perezosos, bajaron por su garganta y clavícula, sobre su cuello, senos y estómago. Mikasa suspiró contenta. Atrás habían quedado las inseguridades y el miedo. Los únicos pensamientos que acaparaban su mente eran la suavidad de las sábanas el toque de las manos y los labios de Jean.

Él besó su hueso púbico a la par que sus manos acariciaban la parte interior de sus muslos, obligándola a separarlos suavemente. Su cálido aliento se deslizó por la piel sensible; la carne aun estaba resbaladiza, húmeda y palpitante por las actividades previas.

Mikasa dio un respingo al notar que algo cálido y flexible se deslizaba entre sus labios empapados de deseo; abrió los ojos de golpe para encontrar a Jean devorando los restos de su orgasmo.

Ella jadeó cuando su lengua se movió contra su clítoris, visible como un pequeño brote de carne, increíblemente sensible. El toque envió una descarga de electricidad a través de su cuerpo.

Jean levantó la vista y sonrió ante la expresión de asombro.

—No pensaste que había terminado contigo, ¿verdad?— Se rió entre dientes. Apretó las manos alrededor de sus muslos en caso de que ella intentara zafarse.

Bajo la cabeza y volvió a lamer su lugar más íntimo.

—¡J-Jean!—Gritó.

Pequeñas convulsiones sacudieron el cuerpo de Mikasa mientras la lengua de su amante se arremolinaba alrededor del hinchado manojo de nervios que coronaba su sexo. Su cuerpo todavía estaba demasiado sensible, incluso los suaves toques sobrecargaban sus nervios. Se sintió increíblemente mareada y desorientada cuando su lengua se deslizó dentro de ella, retorciéndose juguetonamente. Los tenues jadeos se convirtieron en gemidos cuando él consiguió reavivar su cuerpo cansado.

Jean emitió un gruñido, una especie de sonido oscuro, primitivo y hambriento que vibró contra el tejido tierno y la hizo jadear agudamente. La resistencia de su compañero parecía infinita y su conocimiento sexual superior. La manera en que la complacía solo hacía que ella lo deseara más, ansiosa por someterse a cualquier otra cosa que él tuviera reservada.

Sus dedos temblorosos se abrieron paso entre los mechones castaños, enredándose en ellos y obligando a Jean a anclar su boca a su centro palpitante. Comenzó a mover las caderas desesperadamente. Al igual que la primera vez, el placer la inundó en oleadas, subiendo y bajando como la marea mientras el alternaba entre lamer su clítoris y empujar en su interior.

Manos fuertes masajearon la parte interna de sus músculos y Mikasa no podía recordar haberse sentido tan segura, cómoda y salvaje con un hombre. Una fuerte succión en su clítoris borró todo pensamiento de su mente cuando alcanzó el orgasmo. El mundo se apagó por un momento.

Cuando Jean finalmente se sentó sobre sus talones, la encontró mirando fijamente el techo, su cuerpo temblando con los restos del placer.

Sin importarle que segundos atrás estuviese entre sus piernas, Mikasa lo recibió con un beso que expresaba absoluta devoción. Probó su sabor en él. Aquel contacto era lento, casi perezoso.

Jean suspiró y se retiró de encima de ella. Puso el brazo bajo la cabeza de Mikasa y la acercó hacia si para besarle la frente.

—Lo que hiciste con la lengua…—comenzó a mascullar, sonrojada.

—¿Te gustó?—Preguntó Jean arqueando una ceja.

—Fue increíble—admitió Mikasa cubriéndose el rostro—. ¿Podemos hacerlo otra vez?—Le besó la barbilla.

Él sonrió al techo.

—Eres insaciable, Ackerman.

En un parpadeó, Mikasa se sentó a horcajadas sobre sus caderas; sus mejillas estaban sonrojadas y tenía el cabello desordenado.

Embelesado, llevó una mano hasta su nuca y la obligó a descender. Podría jurar que sería capaz de pasar una eternidad besándola.

—Podemos hacerlo todas las veces que quieras—masculló contra sus labios—.No me molestaría morir entre tus piernas.

Ahora fue Mikasa la que dejó escapar un sonido escandalizado y Jean se echó a reír.

Continuará


N/A: ¡Hola, hola, queridas y queridos lectores!

Es un placer encontrarme nuevamente con ustedes a través de estas líneas. Ha transcurrido un mes desde la última vez que estuve aquí y sucedieron muchas cosas en mi vida personal, la primera y la más importante es que finalicé mi formación universitaria, por esa razón me vi obligada a ausentarme para la entrega de trabajos y exámenes finales. Aunado a esto, decidí tomar un pequeño descanso y, ahora, estoy de vuelta con un capítulo muy, muy, muy extenso, mismo que, espero, compense la espera.

Lo cierto es que a la hora de escribir el borrador y las ideas de este capítulo jamás imagine que sería tan largo. Debo admitir que llevaba un tiempo sin escribir escenas smut (o lemon como solíamos llamarlo en otra época), al menos no tan detalladas. Intenté generar una especie de tensión sexual entre nuestros protagonistas hasta culminarla.

Me enfoqué en las inseguridades de Mikasa desde la perspectiva de que, como una chica que creció en la milicia, rodeada de violencia y adiestrada para matar, el romanticismo no abarcaba gran parte de su existencia. Al iniciar con Jean su vida romántica, supongo que es normal que surjan ciertas situaciones en las que no tenga idea cómo actuar o qué decir. Además, es una mujer joven que está descubriendo su sexualidad a lado de la persona que quiere.

Espero que el drama y todo el contenido erótico no haya sido… abrumador.

Dicho esto, quiero agregar que su compañía y apoyo significan el mundo para mí. Como siempre, les agradezco por ser parte de esta aventura. Es en serio cuando les digo que sin ustedes, este fic no tendría vida.

Desde el fondo de mi corazón, les envió un saludo colmado de gratitud y cariño.

Sin nada más que agregar, les mando un fuerte abrazo.

¡Cuídense! ¡Nos leemos en la próxima entrega!

Con todo mi afecto,

Shekb ma Shieraki anni.