Mr. Misterious.
Summary: Bella es huérfana y es enviada a estudiar a la universidad gracias a un benefactor anónimo que sacó de la ruina al orfanato. Su vida caótica se ve aún peor cuando conoce la identidad de aquel generoso protector.
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, ellos son creación de Stephenie Meyer. Este Fic está inspirado en el libro Papaíto Piernas Largas de Jean Webster, aún así la trama es mía por lo que queda prohibida su reproducción parcial o total sin mi consentimiento.
Capitulo II.
Desconocido.
El médico la dejó caer en la cama y posó su mano en la frente de mi pequeña Christine, estuve atenta ante cualquier eventualidad, pues lo que necesitase para mi pequeña se lo traería cuanto antes, pero él no decía nada, simplemente la colocó con suavidad de costado y le acomodó su cabello.
—¿Qué tiene? —dije asustada.
—¿Qué ha comido últimamente? —inquirió sin mirarme.
—Bueno, lo de siempre, su papilla de verduras y su leche —susurré intimidada ante la presencia de aquel hombre.
—Al parecer ha estado bajo demasiado movimiento y aquello le provocó reflujo, es sólo eso, quizá usted señorita la alimenta demasiado rápido —me miró serio.
Por primera vez noté que sus ojos eran vidriosos y fríos de un hermoso color verde cristalino, aquel contacto me dejó temblorosa pues su mirada sin duda intimidaba, no era desagradable, pero si firme.
—Será mejor que la deje dormir por ahora, siempre de costado en caso que cualquier reflujo vuelva —señaló.
—Gracias —susurré mientras vi como él se ponía de pie —. ¿Usted es un padrino?
El alto hombre se detuvo antes de salir de la habitación y volteó.
—Si, soy Edward Cullen —me tendió la mano —. Imagino que usted es la madre de la pequeña —señaló a Christine.
Sabía que para cualquier persona Christine era mi hija, pues los castaños cabellos de mi pequeña y sus chocolatados ojos eran muy similares a los míos.
—Fui yo la que habló con usted por teléfono —sonreí nerviosa —y no soy la madre de la pequeña Christine, sólo cuido de ella.
El asombro se dejó ver por su rostro.
—Vaya, ¿Es usted profesora o tutora en el orfanato? —inquirió mientras limpiaba su terno con un pañuelo.
—No —sentí como el calor se apoderaba de mis mejillas —. Soy una más aquí en el orfanato —susurré.
Me incomodaba hablar con alguien como él, con su porte y su forma de hablar, se notaba una persona pulcra y refinada, mas yo, simplemente era una chica con ropa heredada y pendiente de un grupo de niños en peores condiciones que la mía.
—Ya veo —susurró.
Intenté no volver a mirar aquellos ojos que me tenían incomoda, no deseaba ver aquel cristalino verde que, a pesar de ser hermoso, era frío y me intimidaba. El silencio se apoderó de la habitación, no sabía que más decirle y él simplemente observaba a Christine.
—Debo volver a la reunión ¿Me guiaría? —me pidió interrumpiendo el incomodo momento.
Asentí en silencio y caminé hacía la puerta de la habitación. Debía llevarle al salón en donde la Srta. Robbins estaba hablando con el resto de los padrinos, la situación era compleja y se necesitaba gran ayuda por su parte, por lo que quizá este padrino marcaría la diferencia y tenerlo aquí era algo egoísta, es por esto que apresuré el paso hacía el salón.
—Aquí es —señalé.
—Gracias señorita… —dijo confuso.
—Isabella —completé.
—Muchas gracias, Srta. Isabella —sonrió y entró al salón.
Aquel hombre tenía una apariencia extraña, su semblante era agradable, podía sentir su benevolencia, pero a la vez me intimidaba con aquella mirada, hermosa, pero firme y fija. Sin duda era desconcertante para mí.
Me quedé mirando tontamente la puerta, no había pensado en los niños que me esperaban en el patio, cuando sentí un pequeño empujón en mi delantal.
—Bella —sentí la voz de una pequeña.
Salí de mi trance al oír a la niña, me volteé a mirarla y me di cuenta que era Sophie, una huerfanita de tan solo dos años y medio, la tomé en brazos y besé su mejilla.
—¿Qué haces aquí? —sonreí mientras la llevé a la habitación de Christine para poder vigilar el sueño de la bebita.
Sophie no me respondió y solo me mostró sus pequeños dientes mientras reía dulcemente.
Caminé por el pasillo mientras que mi cabeza daba vueltas en lo que ocurriría en aquel salón, no podía evitar pensar lo que ocurriría si los padrinos no aceptaban la propuesta de la Srta. Robbins, lo más probable es que aquellos niños desamparados fuesen a caer en orfanatos mucho más precarios que el nuestro en donde los separarían sin importar si fuesen hermanos o no, realmente temía por el futuro de aquellos pequeños.
Al entrar vi a Christine durmiendo tranquilamente, se veía tan relajada y tan feliz que me daba gusto que ella no supiese la triste realidad que envolvía a este lugar. Acomodé su almohada y la arropé un poco más, mientras que Sophie jugueteaba con mi pelo.
—Deja eso —susurré.
La respuesta del angelito que sostenía en mis brazos fue una cálida sonrisa.
Me mantuve largo rato pensando en qué haríamos con todos esos niños desamparados, la imagen era desoladora al saber que si no teníamos solución mucho de ellos quedarían abandonados y sin un hogar permanente. Pensaba en todas aquellas catástrofes cuando entró en la habitación la Srta. Robbins, tan acelerada como siempre y obviando que Christine dormía.
—Isabella, apresúrate, debemos mostrarles a los padrinos sus respectivos ahijados, así que dividiremos el grupo en dos, tú te encargarás de uno —dijo tendiéndome una lista —Apresúrate si no quieres que terminen marchándose de aburrimiento —dicho esto se fue dejándome sola allí.
No podía dejar a Christine sola, podría ocurrirle cualquier cosa y no estaría allí para socorrerla, así como tampoco podía dejar esperando a los niños con sus padrinos en el salón. Tomé a Christine que aún dormía y llevé caminando a Sophie.
Al entrar al salón vi a siete padrinos sentados allí, todos conversaban y no me prestaron la más minima atención, después de todo difícilmente tomarían en cuenta a una chica con dos bebés y con un delantal a cuadrille que no parecía más que la empleada del aseo, cosa que también hacía.
—Buenas tardes —dije para llamar la atención de los padrinos que conversaban.
Algunos respondieron a mi saludo, otros simplemente me miraron sin mayor atención, entre los que me respondieron estaba el médico que había atendido a Christine.
—Bien —retomé la conversación —. Según lo que me ha dicho la Srta. Robbins ustedes están aquí para conocer a sus respectivos ahijados o volverlos a ver después de años —recalqué esto último a ver si removía algo de sus conciencias —. Quiero que les quede claro que los niños no saben nada de el posible cierre, por lo que espero que no se lo mencionen para no preocuparlos, esta reunión se debe a que deben familiarizarse nuevamente con ustedes —les expliqué.
—Srta. Swan —dijo el médico —. La Srta. Robbins no nos ha explicado la rutina que aquí se realiza ¿Podría usted explicarnos los caracteres de cada uno de nuestros ahijados? Ya que, por lo que tengo entendido, será difícil interactuar con niños que nunca hemos visto y que para ellos también somos unos completos desconocidos.
Comprendí al punto que quería llegar el médico y le encontré razón, para ellos estos niños eran completos desconocidos y muchos de los ahijados hacía muchos años que no los venían a ver, por lo que hablarles respectivamente de cada uno de sus ahijados era una buena forma de empezar. Le agradecía al Dr. Cullen su propuesta, ya que esto posibilitaría la sensibilidad de alguno de ellos para con su ahijado.
—Los niños que hay aquí llevan bastante tiempo en este orfanato, la mayoría no ha conocido una familia real y difícilmente lo hará, luego de cumplir los dos años nadie los toma en cuenta para adoptarlos, por lo que estos niños han visto una y otra vez un desfile de posibles padres que termina en un rotundo fracaso. A muchos de ellos ya no les importa causar una buena impresión, mucho menos entregar su amistad a aquellos que le voltean la espalda a la primera dificultad —señalé mirando al padrino de Dominique Wood quien le había dejado de visitar a penas se enteró que la niña tenía incontinencia urinaria —. Sus ahijados rodean entre los cinco a siete años. Su rutina diaria se basa en un desayuno en conjunto, cada uno tiene una responsabilidad dentro de sus dormitorios y son supervisados por tres señoritas que viven aquí hace más de trece años —no me atreví a dirigirme a ellos como una huérfana más, mi intención no era causar la lastima de nadie —. Algunos de ellos van a clases a una escuela cercana, mientras que otros son educados en el mismo orfanato por la Srta. Robbins, escasamente comparten con niños normales ya que, como ustedes saben, son demasiado crueles con ellos y el estigma de huérfano les impide llevar una vida normal.
El silencio en la sala se volvía incomodo y pude notar en sus rostros que me excedí con todo lo que les había dicho, estaba claro que el rencor que tenía con cada uno de ellos era superior al interés de tenerles agrado.
—Ahora iré a buscar a los niños y se los presentaré a cada uno, les repito una vez más que no deben mencionarles lo del posible quiebre —dije antes de salir de aquella sala.
Christine aún dormía en mis brazos y Sophie me siguió tomándome el delantal, inhalé y exhalé afirmada en una pared, aquellos niños ya había sufrido lo suficiente como para querer hacerlo más con estas personas y quizá mi propio rencor acumulado por tantos años se había dejado entre ver con aquellas personas.
Muchas veces tuve padrinos los que me vinieron a ver desde pequeña, siempre estuve a punto de ser adoptada, pero algo ocurría en último minuto que me volvía a dejar encerrada en este horrible lugar.
Estaba distraída recordando aquellos momentos desagradables que pasé en el orfanato cuando era más pequeña cuando sentí una mano sobre mi hombro, volteé a ver quien era y me encontré allí con el médico.
—Que manera poco ortodoxa de decir las cosas —dijo mirándome con sus extraños ojos que me intimidaban.
—¿A que se refiere? —dije sin comprender lo que quería decir.
—Hay múltiples maneras de decir las cosas y creo que esa no fue la más correcta si esperas el apoyo de las personas que están en esa sala —me criticó.
¿Quién demonios se creía para venir a decirme como decir las cosas? Claro, como jamás había pasado por tantas frustraciones es fácil plantear ese tipo de cosas que jamás vivió.
—Doctor, sin ánimos de ofenderle —aclaré —. Usted jamás vivió por ese tipo de frustraciones y si me referí de aquella manera es la única que aprendí, no olvide usted que trata con alguien herida por el mismo tipo de personas que esta sentada allí —dije molesta.
—Ustedes buscan el apoyo de nosotros ¿verdad? —me planteó y asentí en silencio —. Entonces esa no fue una manera correcta, sólo lograste que el resto se alarmase ante tus irrespetuosas palabras, deberías plantear la verdad de forma más suave.
—Lamento que mi forma de proceder no fuese de su agrado, pero sinceramente no tengo otra manera de decir las cosas. Sólo conozco una forma de decir las verdades por muy crudas que sean, así que si me perdona debo ir a buscar a los niños que están impacientes —me volteé y le dejé en el pasillo.
Detestaba tener que tratar con ese tipo de gente, el doctorcito perfecto y su dinero venían aquí a decirme que hacer. Era probable que no supiese decir correctamente las cosas, pero aún así ¿Qué le daba el derecho a reprenderme en un pasillo? Después de todo lo que había dicho allí era cierto y no le veía por ningún lado la ofensa, ahora si se sintieron mal o identificados es porque sus conciencias no están limpias con todo esto y eso ya no era mi culpa.
Caminé hacía el patio y llamé a los siete pequeños que debían estar con los padrinos que los esperaban en el salón.
—¿Estás bien? —dijo Alice al ver de seguro mi descompuesto rostro.
Asentí en silencio, aunque sabía que ella no creería lo que le estaba diciendo.
—¡Rosalie! —llamó la Srta. Robbins —. ¿Dónde está Mike Newton?
Rose se puso pálida ante la pregunta de la Srta. Robbins.
—Lo llevo de inmediato al salón —dijo Rose con un hilo de voz.
—¿Qué pasó con Mike? —dije asustada al ver la expresión de Rose.
—Se me quedó en el baño —susurró —. Quedé de ir a ayudarle y le dije que no se moviera de allí.
Alice y yo nos reímos ante lo ocurrido. Mike tenía cerca de cuatro años y aún usaba pañales, la tarea de mi amiga era enseñarle a dejarlo, es por eso que le estaba enseñando a ir al baño solo y cada vez que lo necesitase ella le limpiaba, pero esta vez entre tanta labor por hacer el pobre Mike se quedó en el baño por cerca de media hora.
Ordené nuevamente a mis siete niños en fila.
—Ahora vamos a ir a conocer a sus padrinos, por favor pórtense bien, nada de travesuras y mucho menos ser groseros, no olviden responder educadamente como les he enseñado —les expliqué a cada uno.
Theodore me miraba sorprendido ya que mientras daba las recomendaciones vi que se metía una lombriz en su pantalón.
—Theodore, ven aquí —le llamé.
El pequeño niño con suspensores y su camisa a cuadrille me quedó mirando con inocencia.
—Entrégame lo que tienes en tu bolsillo —tendí mi mano para recibir a la lombriz.
—¿En qué bolsillo? —dijo fingiendo ingenuidad en su voz.
—Vi la lombriz que guardabas en él —arqueé una ceja.
El pequeño metió su mano en el bolsillo de su pantalón y sacó la lombriz, me la entregó en mi mano y la dejé caer en la tierra con suavidad. Iba a alejarme de Theodore cuando vi que nuevamente llevaba sus manos a los bolsillos, sin dudas este niño pretendía ensuciar al pulcro doctor Cullen, cosa que realmente no me molestaba, pero en la situación que nos encontrábamos no podía pretender que algo saliese mal.
Me acerqué a Theodore.
—¿Tienes algo más en los bolsillos?
El pequeño se encogió de hombros mientras pestañeaba con más rapidez de la habitual, enseñándome aquellos hermosos ojos con sus largas pestañas.
Metí mis manos en su bolsillo izquierdo, donde anteriormente había tenido la lombriz, sentí algo viscoso en mis manos, la retiré completamente de su bolsillo, entonces vi cerca de una docena de lombrices que se movían llenas de barro en mi mano.
Miré al pequeño pelirrojo molesta, ya que intentaba por todos los medios hacer algo bien para que todos estuviesen bien en cuanto cerraran el orfanato, pero ellos se empeñaban en alejar a aquellos odiosos padrinos. Volví a dejar las lombrices en la tierra e introduje mi otra mano en su otro bolsillo que parecía que iba a explotar, cuando tomé lo que allí había sentí de nuevo la sensación viscosa, pero esta vez parecía una pelota resbaladiza, al sacar mi mano de allí me sorprendí al ver un sapo regordete que croaba en mí mano.
Esto superaba todo tipo de bromas, la última vez que llevamos un sapo a una reunión con los padrinos, este saltó en la taza de té de mi madrina y hasta allí quedo la relación con aquella desagradable mujer. Jamás olvidaría todas las travesuras que hice en esa época y comprendía a los niños ahora, pero no podía dejar que ocurriesen aquellas cosas, no en estos difíciles momentos en que todo tenía que salir perfecto.
Alice y yo revisamos cada uno de los bolsillos de los niños, no podíamos arriesgarnos a que todo saliese mal por una simple travesura, nos sorprendimos al ver que todos llevaban sapos, lombrices y hasta unas arañas encerradas en un tarro usado de Mentol.
—Niños —dije intentando mantener la calma —. No les pido que entiendan la importancia de aquellas personas que están esperándolos en esa sala, pero si debo decirles que gracias a ellos ustedes están aquí, gracias a ellos y sus generosas donaciones ustedes tienen donde dormir y que comer, así que por favor compórtense, si no los hacen por ellos háganlo por mí, ya que la Srta. Robbins me regañará si algo sale mal —les expliqué.
Todos los pequeños asintieron y una de las más pequeñas: Petronila, se acercó a mí y me tendió su mano.
Acepté lo que allí traía y me sorprendió ver que lo que tenía en su mano, sin dudas el ingenio de los niños me sorprendía, la pequeña Petronila tenía una cajita de fósforos. La abrí para ver que contenía y de allí salió un tábano. (N/A: Insecto volador que su picadura es muy dolorosa)
—¿Nadie más quiere confesar sus pecados? —dije aún sorprendida.
Como supuse todos se negaron.
Llevé a los pequeños a la sala y todos se quedaron de pie en silencio, los padrinos sonreían como siempre, con esa fingida sonrisa que conocía muy bien y los niños los miraban recelosos.
Presenté a cada uno de sus ahijados a los tutores y me quedé observándoles mientras cada uno de ellos conversaba con los niños.
Christine despertó suavemente en mis brazos y volvió a apegarse en mi pecho, me quedó mirando con sus grandes ojos castaños y me sonrió.
—Theodore —le reprendí al ver que estaba jugando con el celular del Doctor.
El niño me miró sorprendido y le devolvió el celular al doctor.
—No se preocupe, yo se lo he prestado —dijo el médico.
Le quedé mirando algo molesta, si después Theodore le rompiese el aparato no tendríamos como pagarlo.
Petronila parecía llevarse muy bien con la nueva madrina que tenía, la Sra. Young parecía muy amable y agradable con la pequeña, pero no era lo mismo para el padrino de Mark, el pequeño no le había dirigido la palabra y ni siquiera le miraba.
—Mark —le llamé la atención —. Responde lo que el caballero te esta preguntando —le aconsejé.
El niño me quedó mirando molesto.
—No me gustan los caballos, señor —respondió sin ánimos.
—Vaya —dijo el amable Sr. Peterson —. ¿Y que me dices de los aviones?
El pequeño Mark abrió los ojos sorprendido ante lo que le había dicho su padrino.
—¡Me encantan los aviones! —chilló —. Algún día quiero pilotear uno y ver las casas del porte de botones —sonrió el pequeño.
—¿Te cuento un secreto? —sonrió el Sr. Peterson.
El niño asintió mientras sus hermosos ojos color miel destellaban.
—Yo tengo una avioneta en mi casa de campo, un día podríamos salir a dar una vuelta en ella —le susurró.
Mark quedó encantando ante la invitación y me miró sorprendido al ver que aquel hombre no parecía tan malo después de todo.
Aquella tarde todo marcho según lo planeado, aunque la Srta. Robbins no pudo evitar que Mike Newton eructara ante los padrinos del otro salón, sin contar aquel detalle todo había marchado perfectamente.
Una vez que todos los padrinos se marcharon, la Srta. Robbins se encerró en su oficina con un nuevo benefactor, no sabía si era hombre o quizá mujer, puesto que no le había visto entrar.
Rosalie, Alice y yo, fuimos a la cocina a ver si la cena estaba lista para los pequeños.
—¿Han visto a aquel padrino? —sonrió Alice.
La pequeña era la más despierta en ese sentido, sin dudas ya había mirado a aquel hombre con otra intención.
—¿El médico salvador de Christine? —dijo Rose.
—¿Cómo sabes eso? —fruncí el ceño sorprendida.
—Sophie llegó diciendo que tenías novio —sonrió Alice.
—¿Sophie? —dije aún no comprendiendo.
—Eso no es lo importante, ¿Cómo se llama? —rió Alice.
—Dr. Cullen —susurré mientras abría la puerta de la cocina.
—Isabella Cullen —dijo Rosalie de forma poética —. No suena mal —rió.
—¡Cállense! Las estupideces que hablan, el doctor debe tener cerca de veinticinco, difícilmente se fijaría en una huérfana de dieciséis —arqueé una ceja —. Además el tipo es demasiado desagradable como para siquiera tener mi atención.
Aquella tarde todo anduvo con relativa normalidad, estaba agotadísima después de tanto trabajo, estar pendiente de todos los niños, además de los padrinos y de la Srta. Robbins era agotador me sentía toda molida, como si me hubiesen golpeado con un bate en la espalda. Sin pensar en el gran dilema de mañana, pues no había olvidado que se realizaría el remate, me quedé profundamente dormida al lado de la pequeña Christine.
Hola mis niñas :)
Gracias por todos sus rr en el anterior cap :D
espero que les siga gustando, sé que no hay mucho Edward en estos capitulos, pero tienen que comprender que pronto sabremos más de él.
PERDONENMEE!!!! si hay algun error, lo acabo de terminar y lo subí.
No he andado muy bien para escribir, es por eso que he tardado en escribir.
Espero que les guste y espero muchos comentarios :)
Cariños a todas y besitos.
Trataré de Actualizar Paper Love hoy en la tarde.
Manne
