Querido Zeus:

Llevo mucho tiempo dándole vueltas a una misma idea, que es escribir esta carta para plasmar en ella todo lo que siento por ti y, en cierta manera, excusarme sobre algunos de mis actos, que espero que llegues a comprenderlos por ti mismo. Ahora que por fin estoy sola en mis bellos aposentos, rodeada de mis adorados pavos reales, estoy escribiendo esto. Y tengo la certeza de que no vas a leerlo. Es un mero desahogo para mí, una forma de mostrarme la gran cantidad de sentimientos que tengo en mi interior, y que no soy tan perversa como creo ser. Todo lo he hecho por un motivo, y al final de la carta lo expresaré de la forma más clara posible.

Me considero una diosa muy orgullosa, que no soporta ser superada en ningún aspecto. Creo que en eso todos los dioses del Olimpo somos así. Cuando te conocí, Zeus, siendo mi hermano, te consideraba el más justo y noble de todos nosotros, de los hijos de Rea y Cronos. Hades era tan misterioso y estaba enfrascado siempre en sus pensamientos, encerrándose en sí mismo y evitando a toda costa el contacto con nosotros; Poseidón, tan impulsivo, independiente, especial… Cuando empuñaste el rayo y nos prometiste liberarnos de nuestra injusta prisión, vi en ti al líder que necesitábamos para prevalecer en el orden del universo. Y no me equivoqué.

Intento siempre aparentar fortaleza, no mostrarme débil ante nada ni nadie, pero una cosa es lo que muestro al mundo y a los dioses, y otra cara bien distinta es la que muestro en mis aposentos privados. Si me vieras en la intimidad… tu cara se caería de vergüenza, Zeus, querido esposo. De mis ojos nace un torrente de lágrimas causadas por tus actos mujeriegos y que atentan contra nuestro matrimonio. No sabría muy bien decir si son lágrimas de tristeza, rabia, impotencia, pero me inclino porque son una mezcla de todo ello. No expresan un sentimiento concreto.

Te juro por la Estigia que intenté no dar importancia a lo que hacías, pero me era imposible. ¿Cómo piensas que puedo quedarme de brazos cruzados mientras tú te dedicas a seducir ninfas en incluso diosas? ¡Diosas! Esa fue, sin duda alguna, la ofensa más atroz de todas. Que te unieras a una mujer mortal tiene su delito, porque es rebajarse a su estatus claramente inferior, pero con una diosa que no fuera yo es distinto. Es una forma abierta de intentar volverme loca. Porque encima las hijas que tuviste son de lo más molestas. Atenea, obsesionada con hacerle la vida imposible a nuestro hijo (sí, nuestro hijo) Ares, y Perséfone, que no tuvo mejor idea que casarse con Hades y por poco sumir a la Tierra en la esterilidad y el caos. No sé qué verías en Deméter, no sé qué pudo tener ella que yo no tenga. Es más, puedo decir que yo soy más hermosa que ella, igual de poderosa, y la que te juró fidelidad eterna. Apolo y Artemis son un caso aparte, porque siempre supieron guardar su lugar en el Olimpo e incluso los considero como mis propios hijos (dignos hijos, aunque desciendan también de una mortal).

Porque yo también sé perdonar, aunque no lo parezca. No me resulta divertido, ni entretenido, ni tampoco placentero vengarme de tus amoríos, pero es la forma que tengo de decir que YO soy tu esposa legítima, que YO soy la única que puede estar a tu lado en el lecho. Me llamarás celosa, vengativa, cruel; me da igual. Yo solo demostraba que conmigo no se juega, ni tampoco con el matrimonio. El vínculo entre dos personas es eterno, y no se puede romper ni tampoco puede entrar una tercera persona. ¿Qué pensarían los humanos si vieran que no hago nada por todos estos actos que cometes? Te diré lo que pensarían: que no hay condena ni castigo alguno por ser infiel. Y yo, como diosa de la fidelidad y del matrimonio, no puedo permitir. Una excusa perfecta para que los mortales sean más malévolos de lo que ya son. Echo de menos a aquellos humanos de la Edad Dorada, pero es una época que no volverá.

Debo decir que mis planes de venganza se movían por las emociones que nacían en mi interior al saber que me estabas siendo infiel. No sabría explicar qué clase de sentimientos se gestaban y explotaban en mi interior. Por una parte, me sentía traicionada, porque creo ser lo bastante buena para ti. Por otro lado, sentía envidia, porque pensaba que veías en esas ninfas, humanas o diosas una belleza superior a la mía, o "algo" que yo no poseía y por eso te fijabas en ellas. Por eso investigaba, intentaba descubrir eso por lo que te sentías atraído. Y casi lo que descubría me enfurecía más. Prefiero no escribir sobre esto, porque acabaré rasgando el papiro a causa de la presión que estoy ejerciendo con el cálamo. Y el papiro hasta para los dioses es un artículo de lujo.

He escrito unos renglones más arriba que soy una persona orgullosa, y puede que uno de los desencadenantes que me llevaron a cometer esas venganzas era que me sentía como una leona herida, alguien que se siente traicionada y asaeteada en el lugar más delicado y difícil de curar: el corazón. Y con las armas que más cicatrices dejan: los sentimientos. He desarrollado una especie de doble personalidad, que me permite realizar mis venganzas sin sentir nada por aquellas víctimas. Pobres a tus ojos y al del resto del mundo, pero malditas para mí. Y cualquiera que estuviera en mi posición pensaría lo mismo que yo. Incluso tú mismo en varias ocasiones te vengaste de mis supuestos "amoríos", haciendo gala de aquella maldad que me recriminabas. Y luego me echabas en cara mis crueles venganzas… algo bastante irónico, ¿no crees?

Me da igual que los humanos me recuerden como una esposa celosa y vengativa, pues aunque no lo sepan, muchos de los mitos que les transmitimos no reflejan la realidad tal y como sucedió. Algunos aspectos sí son iguales, pero ellos se quedarán con historias tergiversadas. ¿Para ocultar la verdad? Es posible. Ni nosotros mismos lo sabemos. Solo tenemos conocimiento de que los mortales han tomado una serie de elementos y han creado a partir de ellos una historia, con elementos ficticios y reales. Incluso algunos dudan de nuestra propia existencia, pero no hay creación más hermosa y perfecta que los dioses. Será por eso que estamos condenados al olvido con el paso de los siglos. Y no sé qué es peor: que te olviden tras tu muerte, o vivir eternamente y sufrir el paso de los días siendo olvidado por aquellos que en un pasado te veneraban. Cuando los mismos humanos se autodestruyan, cosa que no dudo que ocurrirá, en sus labios volverán a invocarnos y pedirnos protección.

Siento haber realizado esta pequeña digresión, pero sabes que cuando estoy verdaderamente enfadada suelo desviarme del tema. Espero que no vuelva a pasar, para evitar perder el hilo de mis pensamientos.

Otro de los aspectos que tampoco pude tolerar, y que todavía no tolero, es el que los hijos ilegítimos de tu persona fueran el centro de tu atención, dejando a un lado a tus verdaderos herederos e hijos. Ares, por ejemplo, un dios impulsivo y destructivo por naturaleza, se vuelve más violento cada vez que escucha pronunciar tu nombre. Te preguntarás por qué. La respuesta no puede ser más simple: sencillamente, te odia porque tu amor de padre se deriva a tus "otros retoños", mientras que él, un dios del Olimpo, queda apartado e incluso denigrado por los demás. Aunque no tengo mucho en contra de los gemelos, Apolo y Artemis, debo decir que los tienes en más alta estima que Ares, y estos tienen una madre mortal; sé que me dirás que ahora pertenece al selecto grupo de los inmortales, pero sus orígenes son humanos, y a mis ojos será una simple mortal. Y Hebe, bueno, al menos ella sí que guarda tus simpatías. Será porque ella es amable y tiene el poder de la juventud. Eso solo lo sabes tú, supongo. Eris podría ser un caso aparte, porque es una diosa que se hace odiar. Por su culpa sucedieron muchas cosas de las que no estamos muy orgullosos, como la guerra de Troya, en la que nos enfrentamos Afrodita, Atenea y yo al principio por la vanidad, porque un mortal de nombre Paris nos hirió profundamente en nuestro orgullo de divinidades femeninas.

Esta carta puede resultar una especie de cadena de reproches, y por una parte yo, desde la primera palabra que he escrito, he pensado en que fuera así. Pero no todo el tiempo que hemos convivido juntos ha sido un infierno. Al principio, cuando estábamos recién casados, la vida matrimonial nos sonreía. Vivíamos tan felices juntos… hasta que las cosas se torcieron. ¿Qué ocurrió para que todas las infidelidades ocurrieran? ¿Qué hicimos mal? Porque está claro que en un matrimonio todas las cosas son consecuencias de los actos cometidos por los dos. No es que sea una forma de exculparme de parte de los hechos, sino que con esto digo que la culpa no recae solo sobre mis hombros. Incluso me aventuraría a pensar que la mayor parte de culpa recae sobre ti. Pero no estoy aquí para culparte de forma abierta, eso se lo dejo a tu conciencia. Muchas noches, entre sueños, me atormenta esa pregunta, acosándome hasta el extremo de no soñar más que posibles respuestas, a cada cual más disparatada y extraña: ¿qué hicimos mal? Las Moiras son caprichosas, y sus designios son sentencias de las que ni los dioses podemos huir. Pero, por la laguna Estigia, ¡me gustaría saber la respuesta a este interrogante! Aunque no me guste, aunque me suma en la más completa rabia por no haberlo visto en el momento oportuno, es pero vivir en la ignorancia.

Algo muy curioso es que, a pesar de todo el dolor que me has causado, después de las noches sumida en la más profunda de las tristezas, mi corazón sigue considerándote de tu propiedad. Sigues siendo mi esposo, y yo tu fiel esposa. En los momentos en que dudo de permanecer a tu lado o marcharme para siempre, se recrean en mi mente los buenos momentos que hemos pasado juntos y que se repiten en el día a día, aunque con menos asiduidad que en el pasado. No me queda más remedio, a raíz de esto, que resignarme a lo que el destino me ha deparado. ¿Qué habría pasado si lo hubiera llegado a saber antes de casarme contigo? La verdad, me he hecho esa misma pregunta en diversas ocasiones, y tampoco sé la respuesta exacta. Es estúpido preguntarse por una vida paralela, porque ya es suficiente vivir la vida que te corresponde, pero la curiosidad es algo inherente en los dioses, al igual que los mortales. Hay cosas que ni siquiera los dioses saben responder, y creo que el influjo de Afrodita es una de esas cosas desconocidas tanto para nosotros como para los mortales. El amor es un arma de doble filo: por una parte, te reporta los mejores sentimientos que puede albergar un corazón, junto con la amistad; por otro lado, causa los sufrimientos más profundos e insoportables que puede alojar nuestro cuerpo. La enfermedad del amor, esa gran desconocida y temida, nos afecta a todos por igual. Hay días en los que maldigo haberme enamorado, mientras que otros me parecen los mejores momentos de mi larga vida inmortal. Así de extraño es el amor.

Y no, no me he equivocado al escribir que estuve enamorada, y todavía lo estoy, al menos en parte. Pero claro, es algo que jamás oirás salir de mis labios. Soy demasiado orgullosa, como he escrito más arriba, para rebajarme a decir ese tipo de cosas. Y menos cuando ocurren infidelidades en nuestro matrimonio. Por último, debo decirte que, gracias a los sentimientos que sigo albergando por ti, permanezco a tu lado. No me arrepiento de nada de lo que hecho en mi vida, así que tampoco escucharás la palabra perdón. Así que lo mínimo es que agradezcas al amor que siga a tu lado, apoyándote cuando más lo necesitas y aguantando tus malditas manías. Es cierto que a veces he maquinado ciertos planes en tu contra, pero ahora que reflexiono mientras escribo, tiene una fácil explicación. Es una manera de llamar tu atención, de que tus ojos vuelvan a posarse en mí de la misma forma que antaño. No pido mucho más. Creo que es algo que toda esposa puede exigir de su marido, es lo mínimo. Que me creas o no, también es decisión tuya. No estoy para obligar a nadie a creer en lo que yo creo. Me parece injusto. Así queda demostrado que no soy tan mala como aparento, ¿no piensas lo mismo?

Es hora de que deje de escribir. Creo que me he desahogado lo suficiente. Doblaré la carta en varios pliegues, la esconderé en algún lugar secreto del que sea la única que tiene conocimiento. Me moriría de vergüenza si llegaras a leer esto. Una parte de mí me susurra que la destruya, para asegurarme que no caerá en manos ajenas a las mías. Pero no voy a hacerlo. Será una especie de prueba, de testamento, sobre mis verdaderos sentimientos. Para que, cuando sufra una de esas noches de desesperación, a la luz de una lucerna, sentarme en medio de los jardines y releer este escrito. Me dará el valor y la voluntad necesaria para continuar. Con eso me basta.

No olvides que seguiré siendo tu fiel compañera, pase lo que pase, haga lo que haga.

Atentamente

Hera, diosa del matrimonio y la fidelidad.