Mr. Misterious.


Summary: Bella es huérfana y es enviada a estudiar a la universidad gracias a un benefactor anónimo que sacó de la ruina al orfanato. Su vida caótica se ve aún peor cuando conoce la identidad de aquel generoso protector.

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, ellos son creación de Stephenie Meyer. Este Fic está inspirado en el libro Papaíto Piernas Largas de Jean Webster, aún así la trama es mía por lo que queda prohibida su reproducción parcial o total sin mi consentimiento.


Capitulo VII.

Reserva.


Capitulo dedicado a Miss_Kathy90 por su CUMPLEAÑOS, te quiero hermanita.

(Sé que leerás esto cuando ya no sea tu cumpleaños)


Desde el momento en que había puesto mi pie en ese automóvil que quise matar a Rose por su flamante idea. Por más tentador que sonara ir con Christine a donde fuese que nos llevase, la idea de estar a solas con Edward Cullen sin duda no era para nada atrayente.

—Estás muy silenciosa —dijo mientras conducía.

—No tengo nada interesante que aportar a la conversación —me limité a responder.

—Sé que no te agrado —respondió mientras me observaba por el espejo retrovisor.

Respondí frunciendo los labios.

No sabía realmente lo que me había hecho Edward Cullen, no con certeza por lo menos, pero el arrebato de mi queridísima pequeña sin duda era un factor desencadenante de mi odio. Él venía con su vida perfecta, con su familia perfecta y todos sus estudios perfectos a recalcar que en mi vida no había nada de eso, no hasta que el Sr. Smith se apiadó de nosotras, pero a pesar de comenzar una educación de otro nivel al que no podríamos haber aspirado adquirido por si solas, él había tenido una familia, un padre y una madre que lo amaron y mimaron, que decidieron que él naciese por amor y no por accidente, que no te dejaron en las puertas de un orfanato en una caja de zapatos cuando tan sólo tenías tres días de nacida, con una nota con mi nombre y nada más.

Quizá si, estaba resentida, pero tenía todo el derecho de estarlo y siempre supe que por más esfuerzo que el mundo hiciese por integrarme jamás lograría hacerlo, jamás sería quién todos esperan que sea, porque nunca fui, nunca existí para nadie, nunca fui lo demasiado importante para que mis papás se pelearan por darme el gusto, nunca lo fui porque nunca tuve padres y nunca los tendría.

—¿Qué pasa? —dijo mirándome nuevamente por el espejo que a estas alturas era mi principal enemigo pues me mostraban sus hermosos ojos esmeraldas.

—Nada —dije jugando con el cabello de mi pequeña que estaba dormida en su silla de seguridad.

—Eres una pésima mentirosa —rió.

—Y usted es un odioso entrometido —susurré más para mí que para él.

Él no me respondió, sabía que había estado mal que le respondiese así, pero definitivamente hoy no era el día para andar chisporroteando en felicidad, menos si se trataba de él, pues una sensación extraña me invadía.

—Lo siento —dije mirando el espejo, pero él no alzó la mirada, así como tampoco respondió.

El silencio fue incomodo, ya me molestaba estar ahí, si él no me hablaba entonces mejor me bajaba ya mismo de ese coche, daba igual lo que me dijese, aunque fuese una estupidez prefería que lo dijese ya, quizá no me agradase, pero no había nada peor que su silencio, este era hiriente.

—Ya le pedí perdón ¿Escuchó? —dije algo alterada pero intentando contenerme.

—Si —dijo secamente.

—¿Entonces?

—Nada, sólo estoy pendiente de encontrar el camino correcto hacía donde vamos y su conversación me distrae —reclamó.

—Disculpe —susurré.

Volvía a ser aquel arrogante, quizá era lo mejor, así me preocuparía de mi pequeña y eso sería todo lo que nos uniese, claro que ya era demasiado, pero no me quedaba otra.

No tenía ni la más minima idea de donde me encontraba, la carretera me había confundido y en menos de la mitad del viaje yo ya no tenía idea en donde estaba parada.

Christine despertó cuando el motor del vehículo se detuvo, con sus hermosos ojos y esas pestañas largas que me fascinaban, había sido un buen viaje, sus ojitos brillaban aún somnolientos.

—He traído algo para abrigarla al bajar —señaló Edward una manta rosada bordada con el nombre de la niña.

Me ayudó a taparla para que el cambio de temperatura no le afectase, entonces leí el letrero en grande que estaba en la cabaña: "Reserva natural de Seattle".

Era un lugar hermoso, era como un parque, había hermosos prados muy bien cuidados, animales, y una flora nativa que llamaba a las caminatas. En el lugar había más gente, pero por sobretodo muchos niños, incluso guardería tenían ¿Para qué querrían una guardería si se supone que uno viene a distraer a los niños?

Nos ubicamos en un lugar cerca de un pequeño arrollo que había por donde corría el agua más cristalina que hubiese visto en mi vida, sin contar que un hermoso sauce nos daba su sombra. Edward dejó caer un mantel lo suficientemente grande para que se sentasen siete personas, senté a Christine en ella para que la pequeña se sintiese más cómoda y le dejé sus juguetes alrededor. Al parecer mi chiquitita y yo estábamos en la misma situación, sorprendidas por el hermoso paisaje, tanto así que dio un brinco de felicidad cuando vio que una mariposa se posaba sobre sus juguetes.

—¿Desea algo? —me preguntó Edward al verme distraída mirando como la rama de los árboles se mecían con el viento y producían un cántico angelical con ello.

—No, muchas gracias —respondí con sinceridad.

¿Quién podía necesitar algo cuando frente a ti tienes el paisaje más hermoso que hayas visto?

El arrollo sonaba exquisitamente y Christine parecía divertirse mucho peleando con el mantel para que le permitiese poner en pie a su osito. Al parecer Edward había invertido mucho más de lo que creí porque mi pequeña estaba rodeada de hermosos juguetes.

El silencio de nuestras voces no interrumpía la hermosa armonía del lugar, aunque más allá estuviesen jugando niños y sus padres con ellos.

¿Esto era lo que hacía una familia normal? Ellos llevaban a sus hijos a lugares hermosos y disfrutaban todos juntos. El lugar más hermoso al que me llevaron mientras viví en el orfanato fue el antejardín de este con cuatro plantas a medio secar porque la Srta. Robbins no quería invertir dinero innecesario, decía que si adornaba demasiado el orfanato no recibiríamos donaciones y terminaríamos más pobres de lo que ya éramos.

—Deseo… —interrumpió mis pensamientos Edward —. Deseo saber más de usted y Christine ¿Cómo se apegó tanto a la pequeña?

Christine estuchó su nombre y miró a Edward, quién acarició las mejillas rosadas de la niña y le dedicó una hermosa sonrisa que fue devuelta con un pequeño gritito de felicidad de la pequeña niña que sostenía el dedo índice de Edward enrollado en toda su pequeña manita.

—Bueno… yo… era una de las mayores en el orfanato y no había quién cuidase a niños tan pequeños, usualmente esos niños se iban a orfanatos preparados para su edad y luego eran trasladados a otros, pero Christine llegó tan indefensa, de la misma edad que llegué yo a ese orfanato, y sentí una extraña necesidad de protegerla del mundo al que tendría que enfrentarse —susurré lo último pensando en que ahora ella tenía mejores posibilidades de las que cualquiera podría haber llegado a tener si hubieses estado en el Orfanato San Francisco de Asís.

—Eres buena Isabella —susurró Edward —. Sé que no fui demasiado amable contigo el primer día que te conocí, sé que no debería haber actuado así, pero estaba un tanto alterado por otras situaciones, de verdad lo siento —dijo mirándome directamente.

La sinceridad era una cosa que sus ojos conocían bien, y sabía que era sincero al pedir disculpas, pero me era extraño conocer esta faceta de Edward Cullen, y no sabía que creer cuando tenía al hombre que me había robado a mi Christine intentando simpatizar conmigo.

—No quiero simpatizar con el enemigo —fue la única estupidez que logré decir.

En el instante en que mis palabras salieron emitidas me sentí la boba más grande del mundo ¿Cómo le decías eso a Edward Cullen? Bueno, la verdad es que podría haberle dicho cosas peores, el problema es que no podría huir a ningún lado porque dependía completamente de él en esos momentos.

Tomé a Christine en brazos y sin mirar a Edward le avisé que iría a caminar cerca, quizá a los establos y volvería. Él no dijo ni hizo nada.

Caminé y caminé hasta que me cansé, teniendo siempre cuidado de no perder el camino de vuelta, Christine estaba fascinada con todo lo que veía, ella se reía y me tironeaba mi cabello. La besé con ansias, mi niña hermosa iba a crecer entre gente completamente distinta a mí… y eso me asustaba ¿Y si alguna vez se avergonzaba de mí?

Una lágrima fugitiva cayó desde mis ojos.

—¡Isabella! —escuché a mis espaldas.

—¿Si? —volteé para encontrarme con Edward.

—¿Estás bien? —dijo al verme.

—Si, estoy bien —expliqué.

—No deberías ir hacía allí, es peligroso —añadió Edward —. A ese lugar no se permite entrar con niños porque es casi como un laberinto, además el cerro es muy difícil de subir con peso.

Entonces miré los carteles dispuestos al visitante y Edward tenía mucha razón en lo que decía.

—Gracias —musité.

Edward era extraño, o quizá era yo la extraña, pero era distinto, con su cabello revuelto al viento, tomando a Christine en brazos, y mirándome tan preocupado, parecía otro hombre, uno dispuesto a ser agradable, uno que sin duda no conocía y no sabía como reaccionar ante sus atenciones.

—Bella —dijo mientras caminábamos de vuelta al lugar en donde estábamos ubicados —. ¿Quieres comer algo?

Asentí en silencio.

Esta incomodidad era demasiado para mi sola, no podía hablar con nadie más, no podía huir, realmente no podía hacer nada y Edward estaba allí, cambiante como él solo, mirándome con esos ojos esmeraldas como queriéndome decir: este soy yo

Y yo no le creo nada, o quizá le creo y no quiero darme por vencida tan fácilmente… de una cosa estaba segura: tengo un enredo en la cabeza.

—¿Una cesta? —reí al verle venir con ella desde su automóvil.

—Si, Bella —me quedó mirando incrédulo —. Una cesta en un picnic al aire libre… ¿Hay algo mal? —sonrió.

—No, es sólo que se veía divertido con esa cesta y no pude evitar contener la risa al verle —expliqué.

—Trátame de tú a tú, para efectos prácticos seré un amigo tuyo, no quiero que en el College sepan tu procedencia, no todos por lo menos, y lo mejor es que intentes frecuentar personas ajenas al College para que te vayas acostumbrando al mundo —sonrió.

—Me es difícil tratarle de tú, es usted muy amable al ofrecerme su amistad, pero realmente creo que no será necesario tratarle de esa manera —dije intentando ser lo más cortés posible.

Si lo trataba de tú era paso para una confianza innecesaria, era como aceptarlo en mi vida y no lo quería aceptar ¿O si? No sé, no sé nada… no quiero saber, se suponía que me iría a trabajar a una empresa de textiles y que allí con Rose y Alice trabajaríamos duro para vivir, pero en ninguna parte decía que tendría que adaptarme a una sociedad arribista con un médico que se ha llevado a mi pequeña a vivir con él y con quién tengo que lidiar a diario.

No es que fuese una malagradecida, pero todo se me complicaba más desde que había crecido y prefería mil veces ser del tamaño de Christine y no entender nada.

—Isabella, esto es simple. Vas a un College en donde todas las personas que están allí tienen mucho dinero y una posición elevada en la vida, competirán contigo de todas las maneras posibles y si no les agradas te rechazarán totalmente, la juventud puede ser cruel Bella puede ser demasiado cruel y tienes que soportarlo por ti, por tu educación y tu futuro, pero por sobretodo por Christine, para que se sienta orgullosa de ti y no voy a dejar que te sientes a esperar como el resto del mundo se burla de ti y tu de brazos cruzados, tienes que crear carácter, tienes que demostrarme esa misma altanería que me dejaste ver cuando te conocí —me tomó ambos brazos firmemente —. No puedes darte por vencida así como así, demuestra quién eres y da que hablar para bien con ello y si tienes que comenzar a darte a respetar y confiar en ti tratándome de tú, tendrás que hacerlo.

El hielo me petrificó más el calor de donde estaban las manos de Edward recorrió todo mi cuerpo, me sentía inmovilizada y embobada, él tenía razón, era por mí y por mi pequeña, todo esto era por ella y para llevar una mejor vida, tenía que demostrar quién era, tenía que ser superior, tenía que creerme el cuento de quién podría llegar a ser y demostrarle a todos los huérfanos que yo si podría, que merecía un espacio en el mundo y que soy una persona más y que vale como tal.

—Gracias —le susurré sin saber que más decir.

—Perdóname si he sido muy agresivo en mi manera de decirte lo que pienso —dijo mientras sostenía la mirada.

—Está bien, quizá era la única forma que entendiese —sonreí.

—Cuando tengamos las clases de etiqueta comprenderás lo complicado que es vivir con tanta regla —sonrió —, pero tengo fe que podrás con ello.

—Espero, pues creo que en el orfanato no te enseñan a ser normal —dije algo decepcionada.

—Ser normal no se enseña, todos lo somos, pasa que hay gente a la que le gusta complicar todo y ese es el problema —dijo tendiéndome una tarta de frambuesas.

Christine se recostó sobre el mantel y comenzó a beber su leche que le había traído Edward cuidadosamente en su biberón.

—Pero nada malo ha pasado aún, así que cuéntame mejor ¿Qué te gustaría estudiar? ¿Qué cosas te gustan hacer? A ver… creo que son demasiadas preguntas —rió —. Se te tuvieses que describir… ¿Cómo es Isabella?

—Difícil —sonreí nerviosa.

—Inténtalo como si te vieses desde fuera —sonrió.

—Huérfana —reí tímidamente —. Eso es un buen calificativo para mí, soy una típica huérfana del Orfanato San Francisco de Asís.

—No puedes describirte así —su tono de voz se agravó —. No puedes ser calificada así, ¡Por Dios! ¿Qué no hablamos de ese recién? —frunció el ceño.

—Lo siento —susurré.

El silencio se apoderó de nosotros y un rayo de luz se hizo paso entre las ramas del sauce y Christine soltó un gritito al ver que este se posaba sobre sus juguetes mostrando con más claridad todos sus colores.

—Intentémoslo de nuevo —dijo mientras me servía más zumo de naranja.

—Está bien… Soy extrovertida la mayoría del tiempo, pero es sólo con quienes quiero y confío, porque cuando no conozco a alguien no hago el esfuerzo de conocerla. Me gusta el chocolate, el helado y mi color favorito es el azul o celeste, aún no decido cual, y siempre me ha gustado la literatura —expliqué.

—Eso está mucho mejor —sonrió.

—Ahora usted —reí, pero noté de inmediato su mirada fulminante al tratarlo de usted —. Ahora tú —me corregí —, descríbete.

—¿Yo? ¿Por qué yo? —rió graciosamente.

—Porque yo lo hice y te toca porque es justo —dije mientras le acomodaba los juguetes a Christine quién estaba demasiado entretenida arrancando el pasto que se acercaba cada vez más al borde del mantel.

—Está bien… Soy tranquilo, no me gusta mucho salir a fiestas porque usualmente me quedo sordo y el ambiente es tóxico, me gusta mi trabajo, amo los niños de pediatría, me encantan los caballos, practico varios deportes y desearía estar en mis años del College de nuevo —rió.

—¿Por qué?

—Porque era joven…—susurró.

—Aún eres joven ¿Cuántos años tienes?

—Tengo veinticinco, cumpliré veintiséis dentro de poco —dijo restándole importancia.

—¿Cuándo?

—¿Esto es una entrevista? —rió.

—¿Cuándo? —insistí.

Bella, por favor —sonrió —, no me hagas sentirme más viejo de lo que ya me siento.

—Edward —reclamé.

Era la primera vez que le decía por su nombre y él pareció notarlo.

—Suena bien mi nombre cuando lo pronuncias tú—sonrió.

—No me cambies el tema —reclamé —. ¿Cuándo es tu cumpleaños?

—El 20 de junio —sentenció.

¿El 20 de junio? Pero si hoy es 20 de junio…

—¿Es tú cumpleaños? —dije intentando asociar las piezas.

Edward asintió en silencio.

—¿Me estas diciendo que es tu cumpleaños y estás aquí como si nada sin siquiera celebrarlo con tu familia?

—Mi familia está esparcida por todo el país, no tengo hermanos y mis padres han muerto, además estoy contento aquí compartiendo con Christine y contigo —sonrió.

—¡Pero no tengo ningún presente para ti! —dije molesta —. Y no hay pastel.

—Eso no es importante, lo importante es que estás conmigo —sonrió.

—Pero, un cumpleaños sin regalos y sin pastel no es cumpleaños, y sé bien de lo que hablo —dije segura de lo que decía.

—Dejémoslo así…

—No, insisto, nos vamos de aquí ahora, llévame al centro de Seattle, ahora —dije.

Yo sabía lo que era estar sola sin tus familiares en una fecha como un cumpleaños, sin regalos que desenvolver y sin pastel al que le apagues las velas, lo sabía y jamás me gustó. Edward era una persona con recursos, podría haber hecho una fiesta si quisiese, pero no lo hizo, decidió pasar con Christine y conmigo su cumpleaños ¿Por qué? ¿Por qué alguien tan exitoso como el doctor Edward Cullen pasaría su cumpleaños con dos huérfanas?

Por más que intenté quitarme de la cabeza el suceso no pude, pero aún así quería hacer algo.

Recogí las cosas de la cesta mientras que Edward me miraba atónito.

—Si me ayudas llegaríamos antes, así que podrías moverte más rápido —reclamé.

En cinco minutos estábamos todos saliendo de la hermosa reserva de Seattle.

—¿Qué planeas? —rió Edward mientras conducía.

—No mucho, estoy carente de recursos, como buena huérfana que soy, pero ya me las arreglaré —reí.

—¿Necesitas dinero? ¿Serás mi organizadora de eventos? —sonrió sin dejar de mirar la carretera.

—No era mi idea, pero no me queda de otra no tengo dinero, aún no llega mi mesada —reconocí.

—Está bien, pero tendrás limites ¿Ok? No quiero verme desfinanciado —sonrió.

Estaba feliz, sentada al lado de Edward, una sensación extraña se apoderó de mi pecho, mi corazón latía contento, latía rápido y fuerte, como si quisiese decirme algo a lo que he estado haciendo oídos sordos todo este tiempo… como si… ¿Sería real que me gustaba Edward Cullen?

La sensación incomoda me tenía presionado el pecho y no sabía qué decir o qué hacer respecto a eso.

—¿Qué piensas? No pienses en caducar mi tarjeta de crédito por favor —rió.

Me sonrojé, sentía el calor en mis mejillas.

—No, no lo haré, pero no sé como contactar a Rosalie y Alice para que vengan —dije algo decepcionada.

—Cierto, tenía que comprar algo —dijo frunciendo el ceño.

—¿Qué tiene que ver eso con lo que te estoy contando? —dije contrariada.

—Nada, nada, perdón, bueno tendremos que pasar a ver si están en el College o si no nos tendremos que ir sin ellas… mejor llámalas a la recepción —dijo tendiéndome su teléfono…

—Eeh… Edward ¿Cómo se usa esto? —era primera vez que tenía un móvil en las manos.

—¡Oh! Perdona, dijo mientras marcaba el numero —aquí está sólo espera que te contesten y pregunta si están las chicas —sonrió.

Así lo hice, pero cuando me contestaron me dijeron que Alice y Rose no habían regresado aún, por lo que tendríamos que ser Christine, Edward y yo.

Llegamos a un supermercado, Edward se quedó esperando en la caja mientras yo iba a comprar todo con Christine.

Tenía que pensar que era sólo para dos y un cuarto, ya que la pequeña sólo podría comer ciertas cosas…

Recorrí cada pasillo del supermercado, compré la torta, algo para tomar té y ya estaba todo listo, sin contar que le había comprado una corona muy bonita de rey, para que se la pusiese.

En una esquina del supermercado había una caseta donde vendían muchas cosas, en una de esas encontraba un regalo para él.

—Buenas tardes —dijo el muchacho que atendía.

—Buenas tardes, busco un regalo para varón, algo bonito, pero útil.

—Tengo un bolígrafo muy bonito y que puedo grabar para que sea de recuerdo —sonrió poniendo sobre el aparador el bolígrafo.

—¿Qué valor tiene? —pregunté pensando en que no debía ser muy excesivo.

El muchacho dijo que estaba con descuento, al escribir con ella dejó una estela muy bonita, de hecho hasta mi letra se veía mucho más decente con ella.

Se la pedí, le grabó "Feliz Cumpleaños, Christine y Bella".

Todo estaba listo, al momento de pagar Edward se sorprendió de ver que no había salido tanto como él creía.

—No soy una derrochadora —reí cuando estábamos de vuelta en el automóvil.

—Así veo —rió.

—¿Dónde iremos?

—Mi casa de Seattle queda muy cerca del College, así que podemos ir allí y luego te iré a dejar ¿Qué dices?

Asentí en señal que no me molestaba.

Me puse a cocinar un Pie de Limón, no tardaría más de veinte minutos en ellos, mientras disponía el resto de las cosas, todo lo tenía pensado, todo calculado para que Edward disfrutase, lo que no imaginé fue ver esa gran casa frente a mi rostro, ocupaba casi toda la cuadra, era de un estilo antiguo impresionante, realmente hermosa.

Edward habló al citófono, le abrieron el portón y luego había alguien esperándonos en la puerta. El amable hombre de aspecto mayor nos recibió las bolsas y por orden expresa de Edward no cocinarían nada hasta que yo llegase a la cocina.

—Señor ¿desea usted que disponga algo especial? —insistió una mujer de aspecto mayor.

—No, Mary, muchas gracias —sonrió este.

La señora se marchó un tanto desilusionada. La casa era hermosa, decorada como de otra época, Edward me señaló la cocina mientras que él iba a jugar con Christine y cambiarla de ropa.

Al entrar en la cocina vi que había por lo menos siete personas en ella, todos me quedaron observando y Mary me presentó ante ellos.

—Ella es la Srta. Swan, y ocupará la cocina, ayúdenla si lo solicita —sonrió.

Hice el Pie de Limón más que corriendo, mientras que preparaba té casero, Marcus me ayudó con el resto del banquete y todo estuvo dispuesto.

Edward se sorprendió de vernos a todos en la mesa, le pedí a los cocineros, banqueteros y a todos que se sentaran con nosotros, Mary era la más dichosa.

Le cantamos cumpleaños feliz, apagó las velas con mucho entusiasmo y todos en casa festejaron con él, parecían todos contentos de tenerle entre ellos.

Era increíble la mirada de Mary hacía Edward, era tan maternal que si no supiera que la madre de Edward estaba muerta hubiese apostado a que era ella. En el momento de los regalos me sorprendí al ver que cada uno de ellos tenía un pequeño presente para Edward, él muy entusiasta, tanto como si fuese un crío abrió cada uno y lo agradeció. Como era de esperarse Mary quiso ser una de las ultimas y al abrir el regalo, Edward sonrió muy feliz, era un par de guantes hermosos y una bufanda tejido a mano.

El abrazo fue conmovedor, pero no lo suficientemente extenso ya que ahora era mi turno.

—Bueno, esto no se puede contar como regalo, pero prometo para otra vez tenerlo comprado —sonreí extendiéndoselo.

Él lo recibió y sonrió. Parecía realmente feliz y se veía completamente distinto, si me mostraran a este Edward y al que conocí jamás hubiese creído que era el mismo.

Abrió la caja para encontrarse con el bolígrafo negro.

—Es de Christine y mío —sonreí.

—Muchas gracias, lo usaré en el trabajo —sonrió.

Se acercó a mí y me abrazó, la prisión de sus brazos me pareció cómoda y segura, era la primera vez que abrazaba a un hombre, uno joven y extraño, los niños no contaban. Mi corazón parecía estallar en cualquier instante, tuve que reprimirme.

Luego de eso continuamos con el festejo, Mary nos contó muchas anécdotas de Edward cuando pequeño, este se sonrojó aunque sonreía placenteramente.

La hora pasaba rápidamente y debía retornar al College, por lo que le pedí que fuese a dejarme.

—Gracias por el maravilloso día —sonreí antes de bajarme en el College.

—Gracias a ti, tú me has dado un hermoso día —sonrió.

Me acerqué a él y me despedí con un beso en la mejilla. Salí de la cabina del automóvil, ruborizada hasta las orejas… ¿Por qué le besé?

Necesitaba la calma de mi cama, lo que había olvidado era que compartía habitación y que mis amigas estarían esperando a saber todo.

—¡¿Y? —dijo Alice al verme entrar.

—¿Y qué? —dije tendiéndome sobre la cama.

—Vamos, Bella no te hagas la tonta —rió Rose que cepillaba su larga cabellera rubia.

—Bueno fuimos a la reserva de Seattle, hermosa por cierto y luego de preguntarle mucho, me enteré que era su cumpleaños, fuimos a su casa, lo celebramos con los criados y fue muy agradable —sonreí.

—¡No! —dijo sin creerme Alice—. ¿En serio?

—Si, en serio.

—¿Fue agradable? —dijo Alice.

—Si, lo fue —respondí cortante.

—Entonces ¿Ya te gusta? —rió.

—No, Alice, que fuese agradable no implica que me gusta, tonta —reclamé.

—Vaya, cierto —interrumpió Rose —, pero que te haya sido agradable eso ya es mucho.

Esa noche fui acosada por mis amigas casi sin poder dormir, sin contar que en mi mente se repetía la imagen una y otra vez, Edward abrazándome, esa sensación exquisita no me quiso abandonar hasta que caí dormida.

Por la mañana me fui a la tina, me dí un baño de espuma e intenté no pensar en nada, pues hoy era el primer día de nuestra clase de etiqueta, por lo que pasaría la tarde con Edward y Christine.

Las chicas se levantaron temprano, al igual que yo, y nos demoramos más de cuarenta minutos en elegir lo que nos pondríamos, ahora teníamos tanta ropa que era difícil elegir algo porque todo era bonito.

Mientras me vestía y Rose cantaba, sonó la puerta.

—Yo voy —dije.

Al abrir encontré a una de las recepcionistas.

—Tienen correspondencia —sonrió.

—Muy amable, muchas gracias —respondí.

La recepcionista se marchó y le entregué a cada una su carta.

—De seguro es de la Srta. Robbins —dijo Alice.

Pero yo había visto claramente que no era eso, pues tenía un logo de una institución que no conocía.

—Ábrela y dinos que es la tuya —dijo Rose.

La abrí tal cual como la rubia me pidió y me dispuse a leerla en silencio para resumírsela a las chicas.

Comencé a recorrer las líneas que iba dirigidas para mi, y cada reglón que iba leyendo me parecía perfectamente redactado, era una citación al tribunal para hablar de la adopción de Christine, al parecer Jacob Black había puesto una demanda y se nos solicitaba para atestiguar a favor o en contra de esta, el acusado: Edward Cullen.

Ahora todo encajaba, ahora comprendía por qué ayer era otro Edward, él simplemente me estaba usando, jamás fue quién aparentó en ese último tiempo, él sabía que el testimonio que más importaba era el mío, el sabía que si no tenía mi apreció no conseguiría nada y es por eso que ayer Jacob nos había solicitado, ambos querían convencernos que Christine estaría mejor con ellos, pero que bajo ha caído Edward, quizá ayer ni siquiera era su cumpleaños, quizá todos fingieron. Edward era lo peor del mundo, él simplemente quería que yo cayese y estúpidamente lo hice, caí ante sus supuestos encantos, maldita sea. Era una estúpida.

—¿Bella? —dijo Alice.

—Soy una estúpida, Edward Cullen me las pagará —dije metiéndome al baño nuevamente sin ánimos de salir.


Hola chicas.

¿Cómo están?

Yo, super contenta, como ven ha pasado lo peor de mi mente y ahora puedo escribir en paz estos capitulos :)

Como ven... ¿Edward habrá fingido? ¿No habrá fingido?

Bueno... ya se verá... ¿Será capaz Bella de hacer algo?

Esas cosas así las iremos viendo en los proximos capitulos, sólo sé que estoy muy contenta.

Espero que esten toditas bien.

Las quiero chicas.

Manne