Mr. Misterious.


Summary: Bella es huérfana y es enviada a estudiar a la universidad gracias a un benefactor anónimo que sacó de la ruina al orfanato. Su vida caótica se ve aún peor cuando conoce la identidad de aquel generoso protector.

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, ellos son creación de Stephenie Meyer. Este Fic está inspirado en el libro Papaíto Piernas Largas de Jean Webster, aún así la trama es mía por lo que queda prohibida su reproducción parcial o total sin mi consentimiento.


Capítulo XVI.

Granja


Previamente en Mr. Misterious: Mr. Misterious localizó a las chicas y al ver que no habían obedecido a sus deseos les envió un ultimátum en que las obligaba a marcharse de la casa de Jess y Pet, por lo que así, se enteraron Rosalie y Alice de que Bella les había mentido al respecto. Una de las primeras peleas entre las chicas se deja ver en el capítulo anterior. Ahora nadie le quita a Bella que Mr. Misterious es Edward y que en la dichosa Granja conseguirá saber si realmente es él.


Fue una despedida rápida, me sentí más que incomoda por el silencio de mis amigas, sólo Jess me dio unas palmaditas y un susurro de aliento. La despedida de Pet fue difícil, él no quería que nos marcháramos, estuvo pensando en todas las opciones posibles para que nos quedásemos con ellos, pero al ver que nada podría reemplazar las órdenes de Sr. Smith no le quedó otra alternativa que resignarse.

—Nuestra casa siempre estará abierta para ustedes, queridas —nos dijo la madre de Jess.

Agradecimos la buena acogida y nos subimos al tren que se suponía nos dejaría en una estación lejana, que jamás habíamos oído y que parecía absolutamente fantasma.

—¿Dónde era que íbamos? —dijo Alice mientras se apoderaba del asiento de la ventana.

—No recuerdo el nombre —respondió Rosalie.

Beauty Ville —respondí, pero nadie me hizo caso.

La tensión entre nosotras era evidente y comprendí que el único motivo por el que me hablasen era que habían más personas y no querían tensar aún más el ambiente, por lo que, con gran dificultad me guarde todas mis palabras y mis acotaciones de los parajes que nos otorgaba el viaje.

—¿Cuánto falta? —se quejó Alice.

Rosalie no respondió, pero se levantó sin avisar a nadie y se marchó. Rose no estaba tan molesta conmigo, pero sin duda Alice lo estaba, no sabía bien por qué, pero me estresaba la idea de que estuviésemos mal por mi culpa, aunque no serviría de nada confesar que no sentía ni una pizca de arrepentimiento. Había una seguridad en mí, una certeza especial, que me indicaba que después de todo, algo de Mr. Smith habría allí.

—En dos estaciones más nos bajamos —dijo Rose a nuestras espaldas.

Una vez que llegamos a Beauty Ville mi impresión del lugar fue completamente diferente a lo que esperaba. La estación era parte del inmenso terreno que formaba Beauty Ville, no sabría decir si fueron cientos o miles de hectáreas de una preciosa hacienda, que más que granja parecía un dominio de un señorío de los antiguos. Por un momento tuve un recuerdo de Tara, de lo que el viento se llevó, una de mis últimas adquisiciones literarias que me había obsesionado por semanas.

—¿E-Esto es Beauty Ville? —dijo Alice tan asombrada como yo.

—¿A cuántos kilómetros estaremos de la casa central? —añadió Rosalie.

En toda la colina, dentro de lo más alto se veía una hermosa casona, blanca en su majestuosidad, con cuatro pisos y unos pilares que a la distancia se notaban prominentes.

—¿Ustedes son las señoritas Swan? —dijo un hombrecillo tras de nosotras.

—Si —respondí secamente.

—Yo soy Derek —sonrió —, soy el mozo de la casa y me han enviado a recibirlas —dijo mientras tomaba nuestras maletas y las echaba en la carreta.

Un caballo azabache, con un pelaje muy bonito tiraba de la carreta. Nos sentamos en el asiento que estaba después del asiento de Derek y nos marchamos. Como buen hombre de campo, Derek no dejaba de hablar, nos enseñaba cada cosa que había al paso, nos comentaba que el hermoso rosal del jardín principal, pertenecía a la señora Emma, la dueña de casa que nos estaba esperando, también nos mostraba las terrazas donde la señora tomaba el té por las tardes y luego, una vez pasada la gran casona, nos mostró los establos, los caballos, las vacas preñadas y nos señaló que habían muchas más que estaban pastando.

Era un lugar espectacular, absolutamente diferente a lo que esperábamos, lleno de clase y de gran majestuosidad, también albergaba su lado opuesto, el barrial de los establos, los animales y la gente que trabajaba allí. No podía negarme a admitir que debería haber aceptado la propuesta del señor millonario.

—¡Es hermoso! —dijo Alice acariciando a un perrito que le meneaba la cola.

—Amé los caballos —rió Rose.

—Eso que no ha visto los caballos de la señora Emma, son los más lindos de por acá —dijo Derek.

Cuando entramos en el gran salón, Rose, Alice y yo nos miramos asombradas, era un hermoso espacio bien distribuido, con clase y a la vez con la marca campestre.

—Por acá, señoritas —dijo Derek.

—Es hermoso —susurró Alice mientras nos llevaban a ciegas por la casa.

Llevamos nuestras maletas a la que sería nuestra habitación, grandes camas de madera oscura y una mesa central adornada con flores silvestres sería nuestra habitación.

—No se queden allí, señoritas, tienen que ir a presentarse donde la Sra. Emma —dijo Derek.

Cuando llegamos al salón de la señora de la casa ninguna pudo ocultar su nerviosismo, ¿Nos reprendería por no haber obedecido las órdenes de Mr. Smith?

—Señora Emma, estas son las jovencitas que nos visitarán por todo el verano —dijo Derek ceremoniosamente.

La anciana sonrió, no era tan mayor como había pensado, su pelo era blanco, pero en su piel aún había vestigios de su juventud. No tendría más de sesenta años.

—Buenas tardes, muchachas —su voz era como miel —, soy la señora de Beauty Ville —sonrió —. Espero que luego de su viaje estén cómodas acá.

—Mr. Smith nos ha enviado con una misiva —le extendí.

Intenté vislumbrar en su rostro algún gesto delator que pudiese aparecer al decir Mr. Smith, pero la verdad es que ella siguió con su misma expresión como si nada.

En lo que transcurrió de la tarde tuvimos mucho que hacer, ordenábamos nuestras cosas cuando Derek nos avisó que la gente de la casa estaría ausente durante la noche, el motivo era que la vaca favorita de la Sra. Emma pariría esa noche. Cuando nos lo dijo, todas nosotras le insistimos si podíamos ir, al parecer le sorprendió el hecho que tres niñas de ciudad quisiesen ir a un acontecimiento como ese, pero ninguna de nosotras pudo ocultar su expectación a dicho evento.

—Será la primera vez que veremos algo así —sonrió Rose.

—Pues entonces a penas haya noticias del proceso las haré llamar con Ninfa —sonrió.

La Sra. Emma era una mujer diferente a lo que esperábamos, ayudaba en los quehaceres de la casa a pesar de tener servidumbre a su servicio las veinticuatro horas del día. Cuando la estuve buscando por toda la casa, me sorprendió encontrarla en el ático. Estaba llena de polvo en busca de algo.

—¿Puedo ayudarla? —dije mientras observaba el oscuro lugar.

La anciana dio un sobresalto al oírme detrás de ella.

—¡Niña por Dios! —posó su mano en el pecho —. Tienes las pisadas tan ligeras que no te oí llegar.

—Perdone —susurré —. ¿Puedo ayudarla en algo?

—¡Oh, no! —sonrió —, ya encontré lo que andaba buscando.

En sus manos tenía un maletín. El lugar estaba lleno de cosas diferentes, mesas antiguas, retratos, libros estropeados, maletines y cosas diversas.

—¿Te gustan las cosas antiguas? —sonrió Emma.

—Sí, señora —sonreí con ella.

—Pues, puedes quedarte unos instantes acá, evita pasar a llevar los candelabros y al salir no olvides cerrar bien la trampilla —sonrió mientras se marchaba.

¿Qué mejor lugar para encontrar algo sobre Mr. Smith que en un ático? ¿Encontraría algo? Sólo esperaba no estropearlo todo, por lo menos la dueña de casa me había autorizado.

Había tanto que revolver y buscar que me pareció mentira cuando encontré un pergamino enrollado y aún sellado. Era pequeño y la letra era muy pulcra, mis instintos me indicaban que lo mejor era abrirlo, pero no quise pasar a llevar la confianza de Emma, después de todo era una mujer muy preocupada, de seguro sabía todo lo que había aquí y sabría de este pergamino cerrado. Continué buscando, encontré juguetes, muchos juguetes, eran de niños, caballos, soldaditos de madera, camiones, algunos aún conservaban las marcas de las manos embarradas de los niños. ¿Sería alguno de Mr. Smith? ¿Habría algo allí que pudiese confirmar mis sospechas? De una u otra forma tenía que saber si Mr. Smith era Edward o era otro.

—¿Aún aquí? —dijo Emma a mis espaldas.

—¡Oh, sí! —sonreí —, estaba fascinada con tantas cosas maravillosas, tantos libros antiguos.

—Esos libros fueron estropeados por los niños —rió —. Mi hermana consentía tanto a mis hijos y al suyo que no podía quitarle aquellos ejemplares, por lo que terminaron todos acá.

—Pero algunos sólo tienen marcas de barro —insistí.

—Sí, pero cuando los niños querían leerlos, era mejor tenérselos acá antes que ingresaran a la biblioteca embarrados hasta los codos —rió.

Ella me daba tiempo de preguntar muchas cosas, de hecho estaba dejando la invitación hecha.

—¿Tiene usted hijos? —sonreí nerviosa.

—Desde luego —sonrió —. Hace poco enviudé y ellos vienen a visitarme regularmente.

—¿Podría conocerlos? —insistí.

—Me temo que no tengo una foto de todos —sonrió invitándome a salir.

—Vaya, es una pena —susurré mientras aceptaba la invitación.

La noche no tardó en llegar, así como también la presencia de Ninfa en nuestra silenciosa habitación. Desde que las chicas se habían enojado conmigo que cualquier cosa que dijese parecían ser palabras llevadas por el viento. Por lo que evitaba hablarles para no aumentar su molestia.

—Es hora, señoritas —sonrió con una dulzura muy agradable.

Ninfa debía tener nuestra edad, era una muchachita muy agradable y tras ese delantal de seguro se escondía una gran mujer. Nos comentaba que su vida aquí era muy placentera, que la señora Emma le había dado hogar cuando nadie quería hacerlo, la ayudó a criar a sus hermanos y le dio trabajo.

—Es difícil criarse solo —murmuré.

—Las señoritas debieron tener una infancia feliz —sonrió Ninfa.

Rose, Alice y yo nos miramos, comprendí que ellas me advertían de no hablar, pero no pude evitarlo.

—Nuestra infancia no fue muy diferente a la tuya, claro que tuvimos la suerte de tener a alguien que nos pagase la educación —susurré.

A pesar que mi declaración invitaba a Ninfa a seguir parloteando al respecto, ella bajó la mirada, y no continuó con el tema.

—Aquí es —sonrió Ninfa —, será mejor que se busquen unos buenos asientos, quizá por acá.

Nos guió hacía donde estaba sentado Derek y allí nos quedamos sentadas sobre unos fardos de heno.

—Ese que está ahí —señaló a un hombre —, es el veterinario.

—¿Por qué aún no comienza el procedimiento? —pregunté.

—Porque la Sra. Emma aún no llega con el agua caliente —sonrió Derek.

—¿La señora Emma? —preguntó Rose.

—Claro, es ella quién lleva a cabo todo el parto, el veterinario está aquí en caso de emergencia, pero no hay nadie como la señora Emma para estos casos —sonrió al ver nuestro asombro.

Esa señora sin duda nos sorprendía a todos, era una mujer de cierto status social, con una buena educación y claramente de buena familia, pero aún así ¿Por qué se daba el tiempo de parecer una obrera? Era una mujer tan misteriosa como Mr. Smith.

Con sumo cuidado llevó a cabo sus movimientos, las manos de Emma eran muy delicadas y la vaca parecía agradecerlo, con unos pequeños alaridos agotados y casi agonizantes se dio inicio a la extracción de la pequeña vaquilla que estaba por nacer. Emma le hablaba a Dulzura como si fuese una mujer parturienta, le acariciaba el lomo, mientras la vaca parecía dar sus mejores esfuerzos por pujar, tanto así que en dos pujos la vaquilla estaba fuera. Fue asombroso y muy conmovedor, ver como la vaca agotada puso su rostro bajo la mano extendida de Emma, en señal de agradecimiento, luego de eso se dejó caer.

Los días siguientes fueron muy instructivos, fuimos a los establos, conocimos al resto de las vacas y disfrutamos de ver a la nueva vaquilla, cuando las chicas se aislaban en sus conversaciones, me iba a la biblioteca, donde encontraba a Emma leyendo en un sofá.

—¿Le molesto? —pregunté desde la puerta.

—En absoluto —sonrió —, desde hace mucho tiempo que nadie me acompaña en este lugar.

Caminaba por las estanterías en busca de algún libro con alguna inscripción, algún nombre, algo que indicase el apellido que andaba buscando. Fue entonces cuando me critiqué a mí misma. Derek solía hablar siempre demás, él conseguiría contarme lo que necesitaba. Me dirigí hasta la puerta con prisa.

—¿Ya te vas? —sonrió Emma.

—Sólo por un momento —devolví la sonrisa.

Encontré a Derek en el segundo nivel de la casa, dándole ordenes a los sirvientes de que vajilla utilizar.

—Derek —sonreí.

—Señorita Isabella —sonrió él, mientras continuó dando órdenes.

—No quiero molestarte, pero quería saber de los dueños de los juguetes del ático —sonreí nerviosa.

—¿Los hijos de doña Emma y doña Clara? —sonrió él.

—Sí, esos juguetes parecen tener mucha historia —sonreí.

—Doña Emma tuvo cuatro hijos y doña Clara, que en paz descanse, tuvo sólo uno —dijo apartándome del camino mientras los sirvientes llevaban vajilla.

—¿Cómo se llaman? —insistí.

—Jacob, el mayor, Nicholas y Richard, los gemelos y la hermosa Caroline la más pequeña de todos los hermanos—sonrió.

—¿Y el hijo de Doña Clara?

—Le decían el diablillo, nunca le vi, la verdad es que por esa época yo estuve en reposo por una caída a caballo, jamás le vi —dijo mientras volvía a sus quehaceres.

—¿Recuerdas su nombre?

—Pero claro que sí, yo jamás olvido un nombre…—un estruendo se escuchó en uno de los salones —. ¡¿Qué fue eso?

Fue todo lo que pude averiguar de parte de Derek, ya que Natividad se había caído de una escalera, gracias a Dios no pasó a mayores, pero aún así interrumpió mi averiguación.

Esa noche la cena fue muy conversada, Doña Emma estaba muy contenta de todo lo ocurrido en el día, ya que nos enseñó a ordeñar y a hacer quesillos, era un ama excelente, pero en mi cabeza no dejaba de resonar una frase: El hijo de Clara. ¿Sería el hijo de Clara el conocido Edward Cullen? En esta casa era difícil conseguir información, los empleados no respondían a nada y de la última vez que Derek me dijo los nombres de los hijos de la señora Emma, me evitó bajo cualquier circunstancia, apostaría que Doña Emma le reprendió por darme información, por lo que si deseaba obtener más tendría que manejármela por las mías.

Estaba segura que el hijo de Clara debía ser Edward, por lo que di vuelta la biblioteca en busca de alguna respuesta, pero no la encontré. En busca de algo que pudiese ayudarme, volví a ir al ático, pero la trampilla estaba cerrada por un inmenso candado. Emma había descubierto mi búsqueda y estaba impidiendo por todos los medios que lo averiguara, aún así ella seguía tan atenta y amorosa conmigo como siempre, algo que me ponía los nervios de punta.

—¿Qué haces? —dijo Rosalie al verme salir temprano por la mañana.

—Me levanto —me limité a responderle.

Sin saber qué hacer o qué averiguar. Me fui al establo de los caballos, allí había mucho heno en el segundo nivel, por lo que subí una escalerilla hasta llegar a las inmensas cantidades de forraje para los animales. Desde allí había una pequeña ventanilla que daba para los campos. Me senté en un rincón y me eché a pensar. Jugué con el heno, desordenándolo y armando cosas con él, hasta que me aburrí, cuando iba a bajar la escalerilla me torcí el tobillo al pisar mal.

—¡Demonios! —chillé tomándome el tobillo.

Al revisar que había pisado me sorprendí al encontrar un pequeño libro café, en su portada desgastaba se alcanzaba a leer: "Las aventuras de Oliver Twist", al hojear las primeras páginas sucias por manos de niño, se notaba que había sido un libro muy leído, me encontré con lo inesperado.

Si encuentra usted este libro, por favor devolverlo a su dueño, se le otorgará una recompensa por su bondad.

Edward Cullen.

—¡Lo encontré! —grité saltando de felicidad.

Sin darme cuenta, mi tobillo adolorido no soportó el salto y me volvió a jugar una mala pasada, caí escalerillas abajo, rasmillándome una rodilla y ambos codos. Ante el estruendo los caballos relincharon, por lo que me guardé en la blusa el pequeño libro y me quedé echada allí.

—¿Hay alguien aquí? —dijo Daniel, el encargado de los establos.

—Me caí —chillé aún en el suelo.

Me dolía todo, pero no podía negar que mi felicidad era aún mayor.

—Señorita Isabella —dijo Daniel —. ¿Cómo se fue a caer? —me levantó como si fuese una pluma.

—No lo sé, quizá no medí bien la distancia entre escalones —mentí.

—No es la primera en caerse de allí, sabe —rió Derek al enterarse.

—¿No? —dije mientras me ponían una compresa fría.

—El señorito…

—¿Qué ha ocurrido? —interrumpió Emma mientras fulminaba con la mirada a Derek.

Nuevamente la señora de la casa aparecía en el momento preciso, interrumpiendo mis indagaciones, que a pesar que ella evitase que no llegasen a buen puerto, ya habían tenido su fruto.

Edward Cullen era Mr. Smith, sus misterios habían sido en vano. Ahora que lo sabía debía encararlo.


Hola mis niñas.

Lamento la demora de los capítulos, pero ahora, estando en el campo de mis abuelos la inspiración nació.

¿Qué tal?

Cuéntenme si les gustó o no.

Besos.

Manne Van Necker