Mr. Misterious.


Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, ellos son creación de Stephenie Meyer. Este Fic está inspirado en el libro Papaíto Piernas Largas de Jean Webster, aún así la trama es mía por lo que queda prohibida su reproducción parcial o total sin mi consentimiento.


Capítulo XIX.

Hogar.


Te ruego que al final leas la nota de autor. Gracias.


Dos años que pasaron volando, literalmente volando. Jamás creí que estaría sentada junto a dos chicas maravillosas que no fueran Alice o Rose, jamás pensé que podría realizar mi vida fuera de las paredes del orfanato, que terminaría acostumbrándome a la vida salvaje que había fuera de la fortaleza que creí tener cuando pequeña, aunque ahora que veía el mundo de otro modo pude reconocer que esa fortaleza me había hecho débil, pero ya que todo lo había dejado atrás y miraba el futuro prometedor y con la frente el alto dispuesta a esperar que llegase lo que tuviese que llegar, la vida parecía sonreírme.

Mi estómago estaba contraído tanto así que sentía que mientras más me movía más se tornaba un gran nudo, así que una vez que me senté no me moví de mi asiento. Lauren sabía que era nuestro primer vuelo, así que nos ordenó sentarnos así: Alice, Jessica, yo, ella y Rose. No supe hasta el momento exacto el por qué. Cuando el avión comenzó a tomar velocidad para elevarse Jessica tomó la mano de Alice y a pesar que un pasillo nos separaba tomó la mía, luego Lauren tomó mi otra mano y también tomó la de Rose. Los nervios hicieron que apretase fuertemente las manos de mis amigas y cuando el avión se elevó sentí como si mi cuerpo hubiese quedado pegado al asiento y mis oídos zumbaban hasta que se taparon. Habría gritado como loca, pero por vergüenza no lo hice.

Nuestra primera escala sería en el aeropuerto de Stratford, estaríamos en Londres cerca de una semana, Lauren tenía todo listo y como ella ya había estado allí se manejaba con soltura por las calles y solo ella conseguía leer el mapa del underground, a lo que llamamos metro.

—Es que se van a morir con lo hermoso que es Hyde Park—nos contaba Lauren mientras pasábamos los tickets para entrar a la zona de carro—, los árboles son preciosos. Quizá podríamos arrendar algunos caballos y salir a recorrer, está muy cerca Kensington Park, así que si nos aburrimos de tanta naturaleza podemos ir a ver qué hay de bueno esa semana en Royal Albert Hall, quizá nos encontremos con algún concierto…

Siguió hablando de los panoramas posibles en Londres, todo parecía de maravilla, mientras recorríamos en metro quedé sorprendida que en algunas zonas este estaba en la superficie, podía ver las típicas casas británicas, los barrios que suelo ver en las películas, algo que en mi vida pensé que vería se instaló sobre mis ojos. Salíamos de la estación del underground cuando ante nosotras se visualizaba majestuoso el Big Ben. Luego vería en la fotografía que Lauren nos tomó nuestras caras de bobas al ver el imperioso edificio. El simple recuerdo de aquello aún hace que se me ericen los cabellos.

—¿Qué comeremos hoy?—dijo al tercer día Alice—, tengo unas ganas de salir a comer a algún lugar especial.

La rutina era la siguiente: nos levantábamos temprano a eso de las siete de la mañana, nos turnábamos los baños, desayunábamos en el hotel y ocupábamos toda la mañana recorriendo lugares históricos, nos llevo dos días completos ver el Victoria and Albert Museum, cuando quisimos visitar el museo de ciencia se nos hizo un lío. Luego volvíamos al hotel a almorzar y cuando estábamos dispuestas salíamos por las tardes hasta llegar en la noche a cenar y a dormir. Era agotador ser turista, nadie me lo dijo, pensé que era divertido, pero quizá lo habría sido si no hubiese tanto que ver en esta hermosa ciudad.

—Podríamos ir a un restaurant, creo que cerca del Buckingham Palace está el Royal Albert, es espectacular la comida allí, aunque no sé si tengan mesas disponibles. Llamaré—dijo Lauren que de inmediato, a pesar de ser las nueve de la mañana, llamó al restaurant.

—¿Crees que consigamos visitarlo todo?—dijo Jess a Rose.

—No lo sé ¿Qué nos queda aún? —sonrió.

La pregunta de Rose parecía una broma, aún teníamos que ir a Stonehenge, London Eye, Tower Bridge, además del concierto en el Royal Albert Hall. Nos quedaba mucho aún y sin contar que por supuesto iríamos de compras femeninas, todo eso en dos días ¿Cómo lo haríamos? No tenía la más mínima idea, pero la seguridad de Lauren daba susto a ratos ya que solía decir «Alcanzaremos, tranquilas—sonreía—, es sólo cosa de coger el metro, bajarnos en las estaciones, tomar un bus o un taxi, caminar quizá, no hay nada de qué preocuparse, esta ciudad funciona a la perfección y de noche ¡Oh, no hemos salido de noche! Si no conoces la ciudad de noche no conoces nada, así dicen, tendremos que salir esta noche.» y cuando comenzaba así a todo el mundo le daba pánico, pero resulto que gracias a eso pudimos hacerlo todo. El concierto estuvo magnifico, aunque nunca entendí bien de qué iba, pensé que sería un grupo de música moderno, pero resultó ser un talentoso violinista con temas modernos en su precioso violín creo que se llamaba David Garrett o algo por el estilo. El resto de Londres fue extremadamente sorprendente.

—¡Yo amé el Big Ben!—los ojos de Jess centelleaban—, aunque también me encantó montar a caballo en Hyde Park…

—Pero no olvides lo hermoso de Tower Bridge y lo fantástico que era el Royal Albert Hall—le interrumpió Rose.

—A mi me gustó todo, aunque me enamoré del Victoria and Albert Museum, que manera de tener de todo y los vestidos y ropajes, sensacional—sonrió bobamente Alice.

—Yo no podría decidir que me gustó más—reconocí—, todo era tan maravilloso, todo, o sea elegir una cosa es arruinar otra, el Albert Memorial en Kensington fue algo alucinante y cuando se abrió el cielo y entre las nubes se coló un rayo de luz e hizo brillar el monumento, creo que por más fotografías que sacase nadie me quitará de la cabeza aquella imagen—dije.

—Bueno, bueno—sonrió Lauren—, será mejor que estemos atentas a nuestro vuelo, debe estar por salir en pantalla.

Así estuvimos, tres magnificas semanas, París resultó ser tan romántico como decían, aunque no tanto para Jess que se despistó y al caminar por un prado el guardia del parque le llamó la atención y mientras escapaba de allí se activaron las regaderas y quedó empapada. Rose se enamoró de los franceses y su acento, cada vez que Lauren hablaba en francés todas quedábamos embobadas con las respuestas que recibía. Y aunque ya teníamos la experiencia de conocer el magnífico Londres, París resultó igual o más sorprendente, al salir del metro nos encontramos con la torre Eiffel, quedamos anonadadas con su belleza y también Lauren nos tomó una foto en el momento exacto en que nuestras bocas parecían caer hasta el suelo. Nos llenamos de suvenires, arrendamos un bote para navegar en el cena, comimos en unos restaurantes de ensueño, Lauren que tenía mucha más experiencia que todas, mandó a llamar al chef para agradecer la exquisita cena.

—¿Qué ha dicho?—me murmuró Jess.

—No sé hablar francés—le susurré.

—Sea lo que sea que haya respondido el Chef sonó tan sexy—sonrió Alice.

Los parques de París eran sorprendentes, las personas muy amables, las catedrales simplemente divinas y aunque jamás lo creí en París aún existían las calles con adoquines, en una de ellas había una antigua librería, donde disfrutamos nuestro tiempo ya que estaba conservada tal cual como cuando fue inaugurada hace casi doscientos años, era un retroceso en el tiempo espectacular. Cuando me estaba ambientando al francés y ya no me confundía tuvimos que marcharnos.

—¡Vieron!—chilló Jess detrás de nosotras, venía cargada con bolsas de compras—, un chico acaba de cerrarme un ojo y me lanzó un beso.

Sus mejillas estaban sonrosadas y sus ojos centelleaban de emoción. Todas nos reímos al verla así, contenta y emocionada por su flechazo fugaz. La verdad es que los hombres eran bastante guapos, muy pero muy guapos, tanto en Londres como en París, incluso en París lo eran más, pero no había reparado en ello hasta que Jess hizo alusión a eso.

Los días que estuvimos en Londres y París no supe nada de Edward, por las noches me conectaba a internet para ver que podía saber de él, pero nunca había nada nuevo. Lauren nos contaba que tenía un teléfono internacional que si quería llamase a Edward, pero cada vez que recordaba hacerlo me daba cuenta de la diferencia de horario y de seguro él allá estaría durmiendo o trabajando.

—¡Italia!—suspiró Lauren —, la bellissima Italia.

—Lau—dijo Rose—, no es justo que sepas tantos idiomas, ¿Puedes dejar de ser perfecta por un momento y volverte humana? Si sigues así no encontraremos ningún italiano que se fije en nosotras.

Todas reímos con la crítica de Rose.

Italia fue un lugar especial, había mucho más que ver, incluso más que Londres y París, juntos o separados, era tanto que no supe como lo hicimos. Atravesamos en tren toda Italia, de punta a punta del país que parece una bota. Florencia, Venecia, Milán y por supuesto Roma.

—¡La moda aquí es sorprendente!—dijo Jess—, la gente viste todo Gucci, D & G, Louis Vuitton, nadie se deja la moda en casa.

Y era cierto, todo, absolutamente todo era moda. En grandes y antiguos edificios, hermosos por cierto, habían lugares llenos de grandes casas de diseñadores.

—¡Al tren, chicas, al tren! —nos decía Lauren—, acá los trenes son puntuales, si no suben las dejarán abajo sin más.

Venecia era romántico, tal cual como lo retrataban las postales, la gran plaza San Marcos, las iglesias, las góndolas y todo, se notaba que había muchas parejas que iban allí de luna de miel, pronto yo estaría de luna de miel, entonces recordé otra vez a Edward.

—Perdimos a alguien—dijo Rose riendo.

—Estaba perdida incluso antes que se diese cuenta—sonrió Alice.

—Sólo pensaba en Edward—sonreí—, si ustedes tuvieran novio lo entenderían.

—Pues yo si tengo y nada que pongo esa cara de boba—rió Lauren.

Todas dejaron de reír. Lauren no nos había dicho nada de un posible noviazgo, así que al delatarse todas saltamos sobre ella llenas de preguntas. La primera de todas: ¿Quién era?

Lauren nos desvío el tema una y otra vez, no quería hablar del supuesto novio, pero era Venecia y el romanticismo estaba a flor de piel, mientras almorzábamos en un restaurant de la plaza San Marcos y una pequeña orquesta tocaba para nosotros en la terraza, Lauren se vio obligada a decir la verdad.

—¿Quién es?—insistí.

—¿Lo conocemos?—dijo Rose.

—Lo conocen—sonrió Lauren llevándose el tenedor a la boca.

—Deja el misterio y dinos—los ojos de Alice expectantes causaron gracia en todas.

La única que no dijo nada fue Jess, estaba expectante, pero en silencio, no preguntó nada y eso me pareció raro, quizá ya lo sabía y no quería decirnos o delatarse, pero no tardé en comprender todo cuando Lauren nos dijo que estaba de novia con alguien que conocíamos desde hace bastante.

—Pet me lo ha pedido hace poco—sonrió.

¿Sería por eso que Pet estuvo tan tranquilo la noche de mi compromiso? ¿Tendría algo que ver el hecho que me dijese que buscaba a alguien que lo necesitase también? ¿Sería Lauren esa chica? Me alegré por ambos, aunque no dejé de tener miedo que Pet no sintiese algo especial por mi amiga, no quería pecar de egocéntrica, pero siendo sincera, jamás noté algo entre ellos cuando comencé a alejarme de él. ¿Cuándo nació todo?

—Sé que te resultará extraño, Bells—sonrió Lau—, pero no es que estemos profundamente enamorados ni nada, simplemente nos besamos en la fiesta y luego de eso hemos mantenido contacto y ayer cuando estaba conectada me lo propuso, dijo que lo pensara y que le devolviese una respuesta cuando estuviera de nuevo allá, pero se la di de inmediato.

—Así que somos algo así como cuñadas—rió Jess abrazando a Lau.

Fue raro, lo admito, pero no tenía por qué meterme, qué más daba, la gente tenía todo el derecho de intentar las cosas y ambos eran mis amigos, sólo quería lo mejor para ellos. Solo esperaba que ninguna de mis otras amigas me tuviese otra sorpresa por ahora.

—¿Alguien más quiere sacar a relucir su romance secreto?—reí.

Una vez que dejamos las maravillas de Italia atrás sentí que el sueño se acababa, el coliseo, la fuente de Trevi, El foro Romano, La plaza de Venecia, todo quedaba atrás. Con algo de tristeza dejamos aquel hermoso país con su hermoso lenguaje, aunque no nos íbamos vacías, para nada, nuestras maletas iban llenas, incluso más que eso. Nos habíamos venido con una sola maleta a medio llenar y ahora íbamos con dos maletas. Cuando pesaron mis maletas jamás creí que pudiesen pesar setenta kilos. ¿De dónde había sacado tanta cosa para echar dentro? No tenía ni la más mínima idea.

—¡Al fin a nuestro hogar!—dijo Lau dejándose caer sobre el asiento.

—No te creas por mí seguiría aquí un mes, dos, tres, qué más da—sonrió agotada Jess.

—Aún nos queda mucho por conocer, para la próxima hay que ir a España, Rusia, Alemania, Escocia, Irlanda…—suspiró—, todo, quiero recorrerlo todo—dijo Alice.

—Pues ya habrá una próxima vez—añadí.

—Si es que Edward te deja—sugirió Rose.

—Pues y aunque no lo haga—reímos.

Dormimos casi todo el viaje, agotadas por el cansancio de aquellas tres semanas de locos, pero aún así me costó conciliar el sueño. Estaba feliz por volver ver a Christine y a Edward, así como también estaba asustada de volver a lo que me esperaba. Edward había conseguido que firmase el papel antes de marchar, Jacob había asistido puntual para mi marcha, todos los papeles estaban listos e incluso la hora para el matrimonio estaba fijada. Sólo tendría dos semanas desde mi regreso para prepararme y ser una mujer casada, eso le quita el sueño a cualquiera.

Cuando volvía a dormir, la azafata habló por el altoparlante avisándonos que estábamos prontos al aterrizaje y que era conveniente volver a abrocharnos los cinturones. Cuando el aterrizaje iba a iniciar las chicas volvieron a cogernos las manos, aunque esta vez no era para contener el miedo, sino la ansiedad de volver. El capitán nos dio la información de la temperatura, el tiempo y la hora, la luz de los cinturones se apagó por lo que podíamos quitárnoslos y el avión estaba detenido.

—¡Hogar, dulce hogar!—dijo Jess tomando su bolso.

Hogar, jamás pensé que podría decir eso, decir que tenía un hogar, un lugar donde pertenecer, que fuese mío y querer volver allí. ¿Cuántas veces Alice, Rose y yo anhelamos un hogar? Estábamos expectantes en el banquillo esperando que alguien nos cogiese de la mano y nos enseñase lo que era un hogar… Aún no sabía si había encontrado el mío, pero no me resignaría a encontrarlo.

—¿Encontraste tu maleta?—sonrió Jess.

—Sí, allí viene—apunté a la cinta.

Recogimos nuestras maletas y tomamos unos carritos para llevarlas, faltaba poco para ver caras familiares después de tanto tiempo. Esperaba que Edward y Christine me fuesen a buscar. A Lauren vendrían a buscarla su madre, mientras que a Jessica la esperaría toda su familia. Rose y Alice esperaban al igual que yo ver a Christine y Edward.

Tal cual como lo esperaban mis amigas, sus familiares habían venido a encontrarlos. Nos sorprendió ver a Lauren abrazada de Pet, que se supone había venido a buscar a su hermana, pero aprovechó la partida doble para ver a su novia. Edward no estaba por ninguna parte, entonces vi el letrero que decía «Señoritas Swan» él había enviado a buscarnos, él no había venido. La decepción fue tal que sentí el nudo en mi garganta, en ese instante Alice posó su mano sobre mi hombro, lo mismo hizo Rose comprendiendo lo importante que era para mí que Edward estuviese allí con Christine, pero no pude ocultar mi decepción, bajé el rostro para ocultar las lágrimas que querían salir, entonces sentí un flash, seguido de otro flash y otro.

—¡Bella, Bella, Bella!—el chillido de Christine.

—¿Creíste que te dejaríamos, pequeña?—dijo Edward mientras bajaba la cámara—, mejor una gran sonrisa, ya chicas únanse a la fotografía.

Edward estaba allí, si estaba, estaba con Christine, tan sonriente como siempre, cada vez que sonreía parecía verse más hermoso, o quizá eran ideas mías. Mi corazón latía fuertemente, estaba tan feliz que no podía controlarlo, la risa nerviosa me delató. Luego de posar junto a mis amigas para la fotografía corría a abrazarme a Edward y a Christine. Había extrañado tanto sus aromas, el perfume de Edward, la suavidad de su ropa, su calor, las risitas nerviosas de Christine, sus dientecitos mordiendo mis manos y sus manos jalando mi cabello. Solo fui capaz de reconocer cuanto les había extrañado cuando estuve al lado de ellos, no había logrado ver la magnitud de mi sufrimiento hasta ahora. Edward me mantuvo abrazada a él, sintiendo su calor y su aroma, me obligó a alzar mi rostro para encontrarse con el suyo y depositó un tierno beso sobre mis labios.

—¡Uy uy!—me molestaron mi amigas a coro.

Una vez en casa de Edward comencé a repartir los regalos que había traído y luego agotada por el cambio de horario me fui a la cama. Esa noche dormí como si no lo hubiese hecho en años.

—Bella—escuché que me hablaban a lo lejos—, Bella…

Abrí los ojos con dificultad, había una imagen borrosa frente a mí, cuando volvió a llamarme por mi nombre reconocí que era Edward, froté mis ojos para poder verle mejor.

—¿Me haces un ladito?—sonrió.

Me moví más al rincón de mi cama aún muerta de sueño y sentí como Edward se metía en mis sábanas. Sería el agotamiento que hizo que me volviese a dormir o que aún estaba durmiendo, no lo sé, pero lo último que recordé fue su brazo abrazándome en la cintura.

En la mañana cuando desperté estaba sola, me aseguré a mi misma que había estado soñando, debía ser eso, no había otra explicación, no había indicios de Edward en mi habitación ni de su visita. Me volteé y quedé boca abajo con ánimos de dormir más, entonces al respirar sobre la almohada sentí el aroma de Edward en ella. Realmente había estado aquí. Ese día anduve con una gran sonrisa tonta.

—Más apretado—decía Alice—, un poco más suelto de las caderas, no queremos que al sentarse el vestido se rompa.

La modista hacía caso a todo lo que Rose y Alice le decían, pero rara vez me tomaba en cuenta, quizá puede ser que no estaba al pendiente, aún tenía sueño y el café no me estaba haciendo efecto.

—La cola debe tener una caída más natural, se forma una arruga extraña aquí—apuntó Rose.

Lauren y Jessica estaban a cargo de la cena y la decoración del local, no las había visto en días, estaban de allá para acá, no me dejaban siquiera acercarme a las muestras de colores. Sentía que no tenía voz ni voto y esto era mi matrimonio, no podía ser que estuviese de espectadora, viendo, nuevamente, como todo el mundo hacía algo y yo dejando que ellos lo hiciesen por mí, jamás había estado de este lado, siempre era yo la que hacía todo.

—¡Paren!—dije colapsada—. Las cosas no son así, no quiero ese color, no quiero esa comida, no quiero este vestido, no quiero nada de nada de lo que están haciendo.

Jessica, Lauren, Alice y Rose se quedaron como congeladas. La modista se marchó con sus alfileres y huinchas de medir, la decoradora me miró con los ojos abiertos de par en par y también se marchó. Se iban a otro salón porque sabían que una novia histérica era peligrosa.

—Tranquilízate—dijo Rose.

—¿Tranquilizarme? Chicas, esto es mi matrimonio y no soy capaz ni siquiera de elegir si quiero servilletas doradas o plateadas, con borde o sin borde. ¡Es mi matrimonio! Ustedes no deben elegir por mí ni por Edward, es cosa nuestra —dije molesta para luego darme cuenta que había sido un poco bastante, por decirlo así, cruel.

—Bella— Rose fue la única capaz de hablarme—, sé que estás acostumbrada a hacerlo todo tú y por lo mismo, por los años que hiciste tanto por nosotras es que hacemos esto para ti…

—No dejes que los nervios del matrimonio hablen por ti, cariño—sonrió Jess.

—Estás estresada eso es todo, tranquila—añadió Alice.

Lauren fue la única que no me pidió estar tranquila.

—Sé que estás histérica y es normal, así que si quieres gritar grita—cogió mi mano—, si quieres chillar hazlo, si odias las servilletas escoge otras y si quieres regañarnos hazlo, pero sé consciente que todo lo que hacemos es para ayudarte ¿Si?

Después de pedirles disculpas por lo bruta que había sido, ellas solo sonrieron y siguieron en lo suyo. Era tan extraño mirar y solo mirar, no poder hacer nada más que quedarme ahí y ser bonita, como decía la modista.

Cuando quedaban solo dos días y anhelaba ver a Edward parecía que este menos tiempo tenía para mí. No me quejaba, lo evitaba por lo menos, pero Edward no paraba en casa, estaba tan ocupado entre el trabajo y la boda que lo mejor era dejarle en paz, no quería discutir con él, de vez en cuando se venía a mi habitación, me abrazaba y por la mañana ya no estaba. Christine estaba casi todo el día con Gretta, ella sabía lo que era estar estresada y siempre estaba ahí para escucharme, era un consuelo ver que la niña se llevaba maravillosamente con Gretta.

—Es un don, no sé, pero los niños me quieren mucho—siempre decía Gretta.

Ese día Edward me pidió ir a su despacho, no sabía a qué, sólo quedaba un día para nuestra boda y él con toda la solemnidad posible hace llamar a Gretta para que me diga que él me espera en su despacho. Fue tan extraño que no sabía si asustarme o alegrarme de tener un tiempo de verle.

—¿Qué pasa?—murmuré nerviosa.

Él no me sonrió, solamente me pidió que cerrara la puerta y me sentara. ¿Se habría arrepentido?

—Bella, mañana es nuestro gran día—parece que no se había arrepentido—, así que creo que no es conveniente que estemos bajo el mismo techo. Esta noche me iré a dormir a la casa de Jasper.

—¿Por qué? Yo no creo en eso de la mala suerte de ver antes a la novia o cosas por el estilo, quédate y abrázame—sonreí.

—Sigamos el protocolo por esta vez pequeña, ya tendremos tiempo suficiente para romper reglas después de mañana—sonrió —, ya debo marchar, Jasper está esperando fuera.

Se levantó de su silla, yo hice lo mismo y quedamos frente a frente. Tocó mi rostro con su mano fría y sonrió. Sus ojos brillaron cuando s acercó a mí, me puse en punta de pies para alcanzarle y nos besamos. Su piel, su rostro, me encantaba todo de él, la humedad de su boca cuando se apoderaba de la mía, sus movimientos tiernos y a la vez intensos, conseguía hacerme temblar en cada beso. Este no fue diferente, me cogió de la cintura con ambos brazos entrelazados y me sostuve de él, no necesitaba el aire, por mí habría seguido sumergida en ese beso una y otra vez, pero cuando ya mi estómago no fue capaz de soportar las mariposas, mis piernas temblaban como delgados hilos y mi pecho se hinchaba al borde de explotar, fue necesario separarme de él.

—Te amo—me susurró y acarició una vez más mi mejilla—, nos vemos mañana.

Me quedé sola en su despacho y sentí el vacío de la habitación, sentí el vacío en mí al verle marchar y comprendí que sería la última vez que le vería como mi novio, y sería la última vez que él me vería como Isabella Swan, mañana todo cambiaría, incluso mi apellido.

¿Dormir un día antes de algo importante? No conocía nadie que pudiese dormir tranquilo en una circunstancia así, por eso Alice, Rose, Jess y Lauren estaban conmigo acompañándome.

—Tómese esto—me tendió Gretta.

—¿No es veneno?—reí.

—No, son unas hierbas calmantes que me daba mi abuela, con esto dormirá plácidamente y mañana será una novia hermosa—me sonrió Gretta.

Besé a Christine en su frente y la pequeña no quiso soltar mi cabello hasta que Gretta quitó su mano de él. Se llevó a la niña que debía dormir y yo también. Así que mis amigas se despidieron una a una hasta que me dejaron sola. Esa noche extrañé que Edward me pidiese un pedazo de cama y su brazo sobre mi cintura.

El caos del día siguiente fue horrible, creo que no había conocido el caos hasta ahora. Alice estaba llamando al estilista, Rose y Jessica se preocupaban del vestido, tenía una pequeña arruga y estaban utilizando vapor para quitarla y Lauren hacía el intento de mantenerme despierta.

—¡Bella!—me decía cada vez que me quedaba dormida—, despierta mujer.

—¡Dios!—dijo Rose al verme —, tendrán que hacer magia con tus ojeras. ¿Dormiste bien?

Asentí.

La lista de cosas por hacer era larga, había muchas cosas por hacer, cuando llegó el estilista aún no me vestía. Me vistieron entre todas mis amigas, el vestido tenía un hermoso corsé que dejó de ser hermoso cuando entre Rose y Lauren lo apretaron tanto que hicieron ver a mi cintura como la de una modelo. Luego el vestido y todo lo demás, el faldón era hermoso, se ajustaba a mi cintura hasta las rodillas y desde allí se habría como si fuera una sirena blanca. Tenía curvas, unas que jamás me había visto, todo gracias al bendito corsé ¿Quién fue el poco ocurrente que había eliminado tan preciado objeto de la vestimenta femenina? El corsé lo hacía todo, incluso magia.

El estilista hizo lo suyo, resaltó por aquí por allá, sus pinceles parecían los de un artista, el chico era genial, cuando terminó no me reconocí frente al espejo, seguía siendo yo, claro está, pero en versión mejorada, me sentía como una estafa. Llegaría hasta donde Edward y me vería maravillosa, hermosa como nunca antes y luego de esa noche, la primera noche, cuando despertase a mi lado se asustaría de ver que sin maquillaje no era la princesa que parecía ser.

—Pero ya será tarde, querida—decía el estilista—, habrá dicho sus votos y tú ya serás su mujer, nada de arrepentimientos luego de un matrimonio consumado, habrás ganado—se rió.

Luego de mí siguió con todas mis amigas. Una vez todas listas, cuando se supone que debía marchar ya para la iglesia, yo seguía embobada mirando la imagen en el espejo. Un maquillaje sutil, pero que cumplía su cometido, era hermosa, un vestido muy favorecedor y todo lo demás, mis damas de honor eran tan hermosas que aún no podía creer que estuviese soñando.

—¡Vamos, vamos, vamos!—me apresuró Lauren.

Subimos al coche que nos estaba esperando, le pregunté mil veces a Rose si mi maquillaje estaba bien, Lauren me corrigió tres veces el vestido para que no se arrugase, Jessica llevaba mi ramo para que no lo estropeara, y Alice vigilaba de cerca cualquier cabello que se saliese del peinado.

Esta vez me sorprendí de ver que la iglesia era hermosa, con estilo gótico se mostraba ante mí en su esplendor. Una alfombra roja me guiaba en el camino a la puerta principal y continuaba dentro de la iglesia. Mis amigas me abrazaron cuidando no desordenar nada.

—No vayas a llorar ahora—me rogó Rose que tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Jamás pensé que sobreviviría a esto—murmuró Alice —, se supone que esto no ocurría ni en el mejor de los casos y mírate. ¡Cumples un sueño!

—Claramente el tuyo, no el mío—dije sin querer romper el abrazo.

—Sé feliz amiga, eres la novia más hermosa que he visto—sonrió Lauren.

—Si te digo algo hermoso me pondré a llorar y arruinaremos nuestros maquillajes, pero no puedo evitarlo—rió Jess nerviosa—, soy feliz de haberte conocido Bella, de ser tu amiga y estar aquí.

Con eso me querían matar, lo sabía, me harían llorar, es que contener las lágrimas de felicidad era más difícil que contener las de tristeza. No podía contenerlas, cuando cayó una sobre mi mejilla, todas se preocuparon de que no dejase rastro. Se cercioraron que todo estaba en orden y formaron la fila de entrada.

Alice, Rose, Jessica y Lauren, ese fue el orden de mis damas de honor, entraron antes que yo con sus hermosos ramilletes de flores y se sentaron en los primeros asientos.

Cuando fue mi turno me di cuenta que la melodía escogida por Edward fue la misma que habían tocado con Christine y en ese momento me fue mucho más difícil contener el llanto. Cuando iba a hacer mi entrada al pasillo donde al final me esperaba Edward, me quedé sorprendida al ver a Christine vestida de blanco, llevaba un canastito en sus manitas y de él quitaba pétalos de rosas y los esparcía en la alfombra, para ella parecía un juego. Lo estaba haciendo muy bien, mientras se suponía que yo debía avanzar, pero me quedé mirándola sólo un instante guardando en mi mente aquel recuerdo. Se suponía que avanzaría sola hasta el altar ya que en ocasiones tradicionales es el padre el que lo hace, pero entonces vi que un brazo se ofrecía a mi lado; era Jacob.

Jake, Mr. Misterious, Mr. Smith, como fuese, él estaba allí dispuesto a ceder su brazo para mí, gracias a él había iniciado todo y hoy parecía concluir como un cuento de hadas. Le sonreí y él respondió mi sonrisa.

—¿Me concedes el honor de escoltarte hasta el altar? —sonrió.

—Encantada—dije llena de felicidad.

Escuché el murmullo de las personas a mí alrededor y continué a paso firme o eso intenté, mis piernas temblaban, contenía la respiración y cuando vi el rostro iluminado de Edward supe lo que necesitaba saber. Él me amaba tanto que no se podía ocultar, habría pagado lo que fuese por poder ver mi rostro en ese momento, aunque sentía que reflejaba la misma expectación que el rostro de Edward, también le amaba.

Jacob sostuvo mi brazo hasta llegar a Edward y luego tomó mi mano, la besó y se la entregó a su primo. Ambos se dieron un caluroso abrazo, luego se dieron la mano y Jacob se marchó.

—Estás hermosa—me susurró.

Unimos nuestras manos y la ceremonia comenzó.

Siempre me pregunté en qué pensaban los novios cuando estaban allí. ¿Pensarían en lo que el padre decía? ¿Pensarían en qué estaría haciendo su novio al lado? ¿Pensarían en qué estaba pensando la gente de atrás? ¿Qué pensarán? Siempre me lo pregunté y ahora lo sabía. No, no pensaban en nada de eso, simplemente no pensaban, no escuchaban más que el latido de su corazón, sentían sus manos temblorosas, el calor de su pecho que les inundaba y anhelaban el momento de poder besarse siendo por primera vez marido y mujer, era todo lo que cabía en esos momentos en la mente, en mi mente al menos.

—Yo—dijo Edward—, Edward Anthony Cullen, prometo serte fiel en la salud y enfermedad, en la pobreza y en la riqueza…

Mientras Edward decía sus votos introducía lentamente la argolla en mi dedo, nunca dejó de mirarme a los ojos, los de él brillaban y su sonrisa se percibía entre cada palabra. No pude evitar llorar, me sentí tan tonta, pero lloré desde el instante en que él dijo «Yo…»

—Yo—un hilo de voz salió por mi garganta—, Isabella Marie Swan, prometo—mi voz parecía quebrarse—, serte fiel…

¿Qué más debía decir? ¿Estaba haciéndolo bien? ¿Estaba introduciendo muy rápido la argolla en el dedo de Edward? Me obligué a dejar de pensar en tonterías e intenté ver a Edward con más claridad, pero mis ojos empañados aún no me permitían verle bien, aún así notaba su sonrisa y sus ojos posados en mí, podía sentirlo.

—Los declaro marido y mujer—dijo finalmente el padre—, puede besar a su esposa.

Edward me acercó a él con delicadeza, su mano estaba posada en el final de mi espalda, podía sentir su presión suave sobre mi piel y el calor de esta traspasaba la tela de mi vestido. Él se agachó lo suficiente para que nuestros rostros pudieran unirse en el ansiado beso y entonces me besó. La electricidad de nuestras bocas se expandió por todo mi cuerpo, no escuché en ese momento los aplausos, no escuché los vivas ni hurras que lanzaron, simplemente éramos Edward y yo, éramos nosotros siendo los únicos en la iglesia, eran nuestras bocas unidas como si fuese solo una en movimientos y caricias que me estaban haciendo perder las fuerzas de mis piernas. Suavemente se separó de mí, aunque deseé más de ese beso y me miró. Sus ojos estaban llenos de dulzura, su sonrisa era tierna y su mano en mi espalda me acarició suavemente. No quería romper aquel momento, quería que nos quedásemos para siempre allí, entonces me abracé a él, sentí su aroma, su pecho protector, sentí sus manos enlazándose detrás de mi espalda, sentí su respiración suave sobre mi oído, su calor me llenó y sentí que nada me faltaba. Por primera vez descubrí algo que había anhelado por tanto tiempo, algo que jamás pensé tener y que ahora al fin podía decir que tenía. Había encontrado mi hogar, era a quién pertenecía, no sólo el lugar físico que creí, sino también el alma, el alma de Edward era mi hogar, allí quería estar, siempre querría pertenecer allí, su pecho, su cuerpo completo y su alma eran mi hogar y él me abría las puertas de su ser para convivir con él. Suavemente se separó de mí y me tomó de la mano, juntos caminamos, él caminó conmigo en aquel sendero, ese sendero que no terminaba con el final de la iglesia, sino seguiría mucho más allá. Era el sendero de una vida juntos, de nuestro hogar.

FIN.


Me gustaría no extenderme en esta nota de autor, así que haré lo posible para no hacerlo. No sé si ustedes comprendan la emoción que tengo de haberle puesto punto final a esta historia que nació como un tributo a Jean Webster por su hermosa historia Papaíto Piernas Largas, lo adapté como creí correcto y finalmente terminó siendo una historia completamente diferente.

Quiero enfatizar el apoyo que ustedes me han dado durante estos casi dos años y medio, en el que tuvieron que soportar mi falta de tiempo, mi falta de inspiración e incluso mis momentos tristes. Fueron un apoyo especial en momentos de mi vida que ustedes ni siquiera imaginaron.

Comencé a escribir con un corazón roto en Fanfiction, comencé a escribir para suplir el vacío de un desamor y aunque suene cliché lo que digo es real, hoy, luego de dos años y medio con ustedes puedo decir que mi corazón está lleno, lleno de hermosos mensajes que ustedes han dejado para mí, mensajes que fueron sanado mi herida poco a poco y ustedes ni siquiera lo supieron, ni siquiera se dieron cuenta de las maravillas que consiguen con su presencia aquí.

Gracias a ustedes, las lectoras que se convirtieron en mis amigas, descubrí una pasión que había escondido. Amo escribir, es como respirar para mí y aquí he ido perfeccionándome, he ido sintiendo su gran apoyo durante todo este tiempo y su aliento me ha llevado a soñar con cosas que jamás imaginé.

¿Quién sabe? Quizá algún día cumpla ese sueño de escribir algo profesionalmente, quizá no, pero si se cumple serán las primeras en saberlo y si lo consigo espero que se sientan tan felices como yo, porque ustedes formaron parte de esto.

Como ya saben me marcho del fandom Twilight y me marcho con un fic de despedida: Hiding my heart away, podrán leerlo aquí en fanfiction y las espero aquí para despedirme del fandom y ojalá no para despedirme de ustedes, siempre estará twitter, facebook y los PM, no quiero perderlas, chicas.

Nos leemos en el epílogo, porque esto no es un adiós es un hasta pronto.

Gracias por estos dos años y medio de amor.

Manne Van Necker