En el capítulo anterior de la gran boda 2…

—hola Deyanira, ¿y tu hermana Nadia? —le pregunta Hiraan.

—Ella está en casa, seleccionando los vestidos para la boda, —respondió la española con una sutil sonrisa— ¿todavía no has perdonado a Toñito por lo de tus lentes?

Obviamente Ceuta se tenía que quedar en casa. Ella por lo general era más desprendida, más alegre, mas festiva mientras que su hermana Melilla era un completo enigma. Y por esas razones era que a Dashtan le gustaba Deyanira

—Él sabe bien que Leila es mi territorio, que no reclame lo que no le corresponde.

—en serio hermano, ¿Aludes a Leila o a otra cosa? —inquirió Hiraan insinuando algo.

El marroquí se sonrojó como idiota, evadió la mirada.

—No hablemos de eso, Hiri[…].

Y aunque ellos siempre habían sido vecinos, y le había ayudado en las buenas y en las malas, Deyanira aun no lograba descifrar la misteriosa y algo complicada personalidad de Dashtan. Lo mismo que el marroquí pensaba de la española: aun Deyanira tenía muchas cosas ocultas, y ese misterio la dotaba de una sensualidad que al árabe le gustaba.

Nota especial del autor:

Este capítulo es especial. Bajándole un poco a la tónica de capítulos pasados de cursilería y morbo, este capítulo es un poco más fraternal y familiar.

Habrá más Spa/Romano, Ger/Ita, Sajonia/Cataluña, y todos las parejas planteadas durante la historia, además de algunas parejas de "la gran boda 1"


Capítulo 9: Consejos de un buen hermano.

Lovino estaba confundido. No atendía las indicaciones de Feliciano en cuanto a las medidas del traje. Le daba lo mismo que le dijeran que levantara el brazo, que se parara, que tela usarían, que si algodón, que si lino, que si satín, que si paño. No atendía las indicaciones y requerimientos de Renato quien estaba en un rincón plasmando en un bloc las ideas de Feliciano en cuanto al traje del novio. No atendía a los requerimientos de Gabriel para que se confesara, pues según él no debía recibir la sagrada forma en estado de pecado… como si le importara de verdad comulgar en ese momento o que su hermano mayor lo oyese en confesión.

Obviamente Lovino Vargas sentía en ese momento una cosa: Miedo. Puro y físico miedo.

Ese mismo día se habían repartido las invitaciones en todo el mundo: trabajo bastante tedioso para quienes le tocaron. El día se acercaba con cada vez mayor rapidez, y sus dudas se acrecentaban cada vez más.

Y aquellas palabras de Gabriel en la casa de Ludwig le calaban y le martillaban el cerebro todas las noches: ¿no crees que fue muy precipitado pedirle matrimonio a Antonio?. Él estaba en ese día 100 por ciento seguro del paso que iba a dar, de las consecuencias que acarrearía eso. Había visto a Feliciano y su feliz vida de casado junto a Ludwig y eso también influyo en su decisión.

Había salido del cuarto de modistería que se había dispuesto para la confección del traje del novio rápidamente en búsqueda de un lugar tranquilo para reflexionar. Al llegar a la capilla, se arrodilló desesperado en el reclinatorio dispuesto para el novio en la ceremonia y se dispuso a rezar.

Dio Santissimo, ayúdame a disipar estas dudas que tengo con respecto a mi bastardo… lo quiero, lo amo, pero tengo miedo de que todo esto fracase. —rezaba Lovino en la capilla del castillo abstraído de todo, de todos en ese momento, en un arrebato de piedad raro en él.

Feliciano había notado el comportamiento extraño de su hermano mayor, no se tenía que ser un genio para deducir que Lovino estaba aterrorizado con la expectativa de un matrimonio, un compromiso para toda la vida, o en el caso suyo, para toda la eternidad.

Estaba al pié del portal de la capilla mirando a Lovino rezar de rodillas en uno de los reclinatorios dispuestos para la pareja, ricamente adornado en flores y cintas blancas y doradas.

—Lovino… mañana es el ensayo.

—hazme un favor Feliciano, —le contestó sur de Italia con su acostumbrado mal genio— no me interrumpas mientras estoy orando.

Scusa, fratello no sabía que estabas…

Sin embargo, notaba el rostro de desesperación de Lovino. Se acercó hacia el para intentar consolarlo.

—Lovi, ¿te sientes mal?

—No… estoy de maravilla, tan de maravilla que estoy pensando escaparme y dejar al idiota España en el altar Ajhahajha… —respondió el italiano con algo de forzado sarcasmo, mientras sonreía nerviosamente.

—sabes que mentir en una iglesia está mal —le dijo su hermano menor—, tranquilo puedes confiar en mí.

Sin ninguna duda, aterrorizado por todos los acontecimientos que lo habían llevado a ese momento se abraza de Feliciano asustado, temeroso, con las dudas atormentándole la mente.

—tengo miedo, fratello.—le respondió Lovino lloroso— miedo de decepcionarlos a todos, de decepcionar a Antonio, de no saber si seré feliz con él por el resto de mis días, tengo miedo del futuro, tengo miedo de fracasar... no me he sentido tan aterrado como en estos días… Dios santísimo no sé qué haré… estoy completamente aterrorizado.

Feliciano le pasa tranquilizadoramente una de sus manos por el cabello, acariciándolo, arrullándolo de forma pausada, intentándolo calmar.

—no seas tontito fratello —le contesta norte de Italia— es normal que sientas esas dudas antes de casarte.—luego, tomó un pañuelo del bolsillo de su pantalón y le secó las lágrimas a su hermano— no importa lo que piensen los demás, o lo que suceda mañana… tienes que vivir el presente cada día como si fuera el ultimo de tu existencia, y saber que tienes a la persona a la que amas al lado, que te va a apoyar, que va a estar contigo sin importar lo que pase.

—En la riqueza y en la pobreza —refrendó Lovino con la voz algo quebrantada por el llanto.

—en la salud y en la enfermedad— contestó Feliciano con suavidad.

—Todos los días de tu vida, hasta el fin de los tiempos —dijo Gabriel con voz fuerte desde el portal de la capilla.

Lovino y Feliciano se dieron vuelta para verlo. Gabriel estaba vestido con un sencillo pantalón de color azul medianoche, camisa blanca y cuello clerical, amén de una cruz pectoral de plata sencilla y mocasines de cuero terracota. Sus lentes, de una delgada montura plateada relucían bastante, mientras que su cabello castaño pálido lucia más brillante. Se acercó lentamente, se persignó de forma devota ante el sagrario de la capilla, mientras se dirigía hacia sus dos hermanos.

—comprendo tus dudas, y no soy un insensible,—le afirmó el de lentes— todo compromiso puede generar dudas al comienzo, pero si tienes plena certeza del importante paso que vas a dar, no deberías vacilar. —Luego, con una sonrisa paternal agregó— no pienses simplemente en que sucederá mañana, ni en el ayer. Solo piensa en el hoy, en el presente, ya el mañana Dios proveerá y dispondrá a su libre voluntad.

nuostro fratello maggioretiene Razón Lovino —refrendó Feliciano con una sonrisa— carpe Diem, vive el momento.

A veces Lovino sentía que subestimaba mucho a sus dos hermanos. Los abrazó a ambos y luego murmuró:

Grazie, Fratelli.

En otro lugar del castillo…

Klaus seguía atormentado por sus dudas. Después de aquel incidente en el gran salón del castillo no podía dejar de pensar en él. Jordi. Sus pensamientos giraban alrededor de él, revoloteando cual mariposa atada a la luz de una bombilla, siendo el la mariposa y el catalán la bombilla. Necesitaba el consejo urgente de alguien, que alguno de sus hermanos le orientara para saber que hacer frente a aquel tormentoso dilema. No quería herir a Jordi, en cierta forma pero aquella marea extraña de sentimientos lo hacía sentir de mil y un formas: Feliz, enojado, abstraído, distraído, tonto, enamorado… era una mezcolanza extraña de sensaciones nuevas que lo estaba enloqueciendo.

Y estaba también el carácter del catalán. Jordi siempre estaba con esa placida y relajante sonrisa a flor de piel, esa aura de jovialidad que siempre irradiaba hacia que todo el que estuviese cerca de él se sintiese en plena confianza, ese desparpajo, esa sutil alegría que no llegaba al exagerado paroxismo, menos a la fría hipocresía, esa sensación de calidez mediterránea que siempre lo acompañaba en todo momento hacia que el sajón quisiese o amase, como quiera verse, cada vez más al catalán.

—West… —inquirió avergonzado el sajón— ¿puedo hablar contigo un segundo?

—claro, no hay problema Sachsen..

Ludwig se encontraba en esos momentos colaborando con la acomodación de algunos bafles de enorme tamaño para la fiesta, debido a su considerable y ya conocida ciclópea fuerza.

—no sé por dónde comenzar,.. la verdad…

—suena tonto y redundante pero comienza por el principio— afirmo el alemán de cabello rubio al chico de larga cabellera.

—la verdad, estoy confundido.

—¿confundido? —inquirió Ludwig— deberías explicarme en términos un poco más claros Klaus.

—estoy confundido por lo que siento por Jordi, el hermano de Antonio.

—Ya voy entendiendo— afirmó Alemania— ¿y esa confusión a que se debe?

—no sé,… la verdad es que desde la primer vez que lo vi, algo se movió adentro de mí, algo surgió de la nada… es extraño pero cuando estoy con el…

—sientes que estás completo ¿no? —complementó el alemán con una sonrisa sutil, pero más suelta y sincera— créeme, así comencé yo.

—la verdad no te entiendo Ludwig —exclamó Sajonia confundido.

—verás: lo que sientes es una enfermedad algo extraña y peculiar, pero no es nada grave… al comienzo.—le explicó Ludwig didáctico y sonriente, algo extraño en él, mas sin embargo era agradable— sientes que aquella persona te necesita más que nada, y que tú la necesitas a ella. Sientes que es tu deber, tu obligación acompañarla en todo momento y protegerla de los males que acechan a su alrededor. Además de eso, los síntomas se suelen manifestar en comportamientos extraños y erráticos, tartajeos tontos, enrojecimientos inexplicables de las mejillas, pérdida temporal de la noción del tiempo y el espacio, y demás. Cuando ves a aquella persona con otra que no seas tú te hierve la sangre y deseas con todas tus fuerzas asesinar al susodicho sin piedad. Intentas pensar en otra cosa que no sea otra persona y no puedes, y por más extraño que parezca el mismo destino conspira en contra o a favor tuyo y te acerca hacia ella en las circunstancias más insospechadas. Ya en la etapa final, sientes que lo que es tuyo, le pertenece a esa persona incluyéndote y viceversa, y serías capaz de hacer cualquier cosa por no dejar que se borre aquella sonrisa.

—y entonces, cual es el diagnostico, doctor Bielchsmitchd.

—afortunadamente sufres de Amor —le respondió Alemania a su hermano mayor— la única cura conocida es admitiendo lo que sientes por él, aceptándolo —luego agregó— pero eso sí: No puedes presionarlo, un amor bajo presión nunca es sano para nadie. Deja que las cosas sigan su curso, si Jordi es la persona indicada para ti, el destino sabrá como orientarte. Si no te corresponde, bueno… siempre hay fracasos en la vida, y ya sabrás afrontarlos como tu creas conveniente.

Aun Sajonia estaba algo escéptico, aunque algo más informado y tranquilo con las didácticas explicaciones de su hermano menor.

—y… ¿entonces como sabes tanto de esto?

—simplemente soy solo un aprendiz, bruder —le contestó Ludwig sonriente— y creo que sabes quien ha sido mi mentor y maestro durante estos años.

Si, había sido Italia. El italiano de alguna forma había logrado cavar en los resquicios más profundos del corazón del germano la impronta de su amor. Un amor correspondido. Un amor de verdad dulce, que aunque lleno de algunas heridas y tintes de desengaños y tristezas, era de verdad un amor sincero, puro, realmente honesto, una forma de amor realmente extraña en un mundo cruel y despiadado como este.

(nota del autor: por eso es que, a pesar de que soy un hombre, me gusta el Ger/Ita: Por el sencillo hecho de que es una expresión de amor en su estado de más pura inocencia. Suena cursi y todo, pero es la verdad, es por así decirlo la pareja que tiene el amor más sincero y desinteresado en el fandom, así me caigan encima los fans de US/UK con bayonetas, katanas, cuchillos, mini-uzis y picos de botella encima. Les recomiendo la saga Der ErsteStern, volúmenes del 1 al 4: en esencia cursis, pero muestran el Ger/Ita en su máxima y más dulce expresión.)

Ahora Sajonia estaba plenamente seguro y convencido de sus sentimientos hacia Catalunya: Lo amaba. Sencillamente lo amaba.

Entre tanto,… en el patio de armas del castillo…

Enrique se encontraba en ese momento tomando un descanso, dormitando un poco, mientras Galapaguito, su tortuga estaba en su regazo también dormitando. Dos metros más allá estaba la llama de Miguel, mientras que este se encontraba en las cocinas, ayudando a Pedro y a Rocío a hacer las preparaciones de muestra para los platillos que se servirían en la boda.

Y repentinamente sus pensamientos giraban alrededor de el: Miguel. A pesar de toda la bola de conflictos que había tenido con él desde tiempos inmemoriales, en cierto modo miguel le atraía. No sabía realmente si esa atracción era simplemente sexual (no le veía problemas en echarse una canita al aire) o si implicaba algo más. Puede que su carácter algo tsundere lo hubiese hecho distanciar de él, pero en cierto modo se sentía atraído por el inca. Y eso era difícil de reconocer para el menor del Bad Latín Trio.

Recostado en la hierba, miraba el cielo azul prístino e impoluto de la campiña castellana, pensando... reflexionando… sobre la marea de sentimientos hacia el posesivo peruano.

Ay amor, hasta cuando dejarás de atormentar al pobre de Ecuador. Las pocas veces que Miguel no hacía alguna alusión a sus reclamos territoriales, o le echaba crueles indirectas se comportaba como un dulce y gentil caballero, atento y servicial. Lo malo de eso es que era en extremo posesivo. Y si, podía admitir que Perú tenia cierto encanto… así se lo tragara para sus adentros, y no se lo quisiese contar a sus otros dos hermanos. ¿Qué le dirían Juan y José al respecto?... por lo que sabía ellos tenían sus respectivas novias, aunque él sabía que las cosas entre Itzel y Juan se estaban enfriando, y lo de José con Natalya iba directo en picada. Así que técnicamente, el bad latín trio estaba en crisis romántica en esos momentos. El amor es también muy cruel y despiadado a veces.

Sin embargo, ese no era el punto. Miguel, Miguel, su nombre y sus ojos color cieno lo acosaban por las noches, las raras noches en las que su sueño no era tan duro y rígido. Y desde el día en el que lo habían llamado para que viniera a colaborar en la fiesta y en la boda de su ex tutor no había podido dormir bien. Que maravilloso, ¿no? El sueño del ecuatoriano, que era de piedra, que solo con un duro golpe se levantaba, se había convertido en el sueño más susceptible, sensible a cualquier cosa y pensamiento que lo atormentara. "Cuzqueña", la llama del peruano, o mejor conocida como "Cool Llama", que ya había sido famosa por los comerciales de Halls, lo miraba detrás de sus lentes fijamente... como si lo analizara.

—¿y tú que estás mirando? —le espetó el ecuatoriano irritado al camélido.

—no te desquites con el pobre animalito, Kike.

Era Juan, el cual aparecía cojeando, dirigiéndose hacia él. Con algo de dificultad, y haciendo un sobrehumano esfuerzo se recostó al lado de su hermano menor.

—Juan, la verdad no sé qué hacer…

—mmmm…. ¿hacer respecto a qué? —le inquirió el colombiano, mientras miraba hacia el cielo.

—Respecto a lo que siento por Migue.

El colombiano iba entendiendo. Intentó aconsejarle.

—dime, exactamente que sientes por Miguel, Enrique.

—Qué raro, tu nunca me dices Enrique…

Era de por si extraño que lo llamara por su nombre completo. Por más enojado que estuviera, siempre lo llamaba por la acotación de su nombre: Kike. Y de hecho, a él le gustaba que lo llamaran así, por lo que era en extremo extraño que algún país de América latina lo llamase por su nombre completo. O por sus nombres y apellidos: Julián Enrique Alfaro y Roldós de Jaramillo y Aguilera. Un nombre demasiado largo. Así que si lo había llamado escuetamente Enrique era porque su hermano tenía algo muy importante que decirle.

—La verdad… es que aunque Miguel es algo insoportable, neurótico, codicioso, acosador, fastidioso, algo estúpido y un completo hijo de puta… este.. —contestó el ecuatoriano evadiendo.

—ve directo al grano, —le dijo su hermano de forma tranquila, sin presionarlo, con una sonrisa cómplice— ¿para qué le das más vueltas a la cosa?

—es que la verdad, no sé por qué pero Miguel…

Un torvo silencio se sintió en el patio de armas.

—suéltalo Kike, dilo de una vez.

—YA ESTÁ BUENO, MIGUEL ME GUSTA, ¿CONTENTO, ES ESO LO QUE QUERÍAS OÍR?

El colombiano había quedado algo asombrado con lo que le había dicho el menor de sus hermanos.

—bueno… "lo sospeché desde un principio"

—No te creas el chapulín colorado, la verdad no te queda.

—claro, porque soy cien veces más atractivo, fuerte y listo… ¿o no es así? —exclamó el colombiano con una sonrisa— pero cambiando de tema….

Si Migue te gusta, porque aún no le has contado nada.

—No sé cómo reaccione, y temo que me rechace, o crea que estoy intentando quitarle algo a él.

—No te culpo porque tengas miedo, eso es natural en cada uno de nosotros, pero si tú no estás dispuesto a dar el primer paso las cosas se quedarán ahí, estancadas.

—pero, ¿y si me rechaza?

—ese es un riesgo que debes de correr, Kike.

Su hermano tenía razón, era a la vez tan obvio pero también tan difícil de asumir: Amaba a miguel, deseaba a Miguel, quería a Miguel, pero la física y vil timidez lo amordazaba. Que le podía hacer, habían sido rivales en una tonta espiral de conflictos desde que tenía memoria, cuando el padre de ambos, el Imperio Inca vivía: Cuzco contra quito, Luego la audiencia de Quito contra el flamante virreinato del Perú, la era republicana y las constantes peleas, el "matrimonio" de Octavio con Miguel que terminó en sangriento divorcio, en fin. La historia estaba plagada de tantos problemas y desencuentros con su vecino, que solo rememorarlos le producían jaqueca.

—de verdad, a veces no sé cómo me conoces tan bien Juan.

—aparte de que eres y siempre serás mi hermano, también has sido mi enemigo. —le contestó el colombiano con tal naturalidad y con esa sonrisa vivaz que lo caracterizaba, que daba algo de miedo— y a los enemigos hay que conocerlos muy bien, sus puntos fuertes y débiles, y aprovecharlos en tu beneficio: Gilbert me lo dijo una vez y yo te lo digo a ti: las batallas solo se ganan si conoces la estrategia del rival y aprovechas la fuerza de ellos mismos en su contra. Técnicamente, lo que harías es meterle autogol. En fin de cuentas, si dice quererte deberá demostrártelo de alguna manera, pero todo a su debido tiempo. Si lo presionas huirá despavorido.

—te entiendo, y gracias por los consejos… —le respondió el ecuatoriano— y la verdad,… hay días en los que das bastante miedo.

—pero no soy tan intimidante como Iván, soy una mansa ovejita… ¿quieres oír mi balido? —afirmó sonriente Juan Pablo.

Ecuador se echó a reír con las ocurrencias de su hermano. Juan siempre había sido así, siempre le gustaba sacar lo mejor de cada uno, el inherente afecto y calidez del colombiano daba confianza. Podía ser algo presuntuoso, (mas no excesivamente petulante como Diego), algo molesto, un poquito intimidante (de hecho, tiene un lado oscuro que no conviene despertar), un tanto de perezoso y algo despistado, con una bipolaridad de aquí a Pekín, pero por lo general era muy alegre. A pesar de todas las heridas y cicatrices que con el paso de los años se acumulaban en su lacerado cuerpo, y del enorme sufrimiento que padecía, siempre estaba con esa sonrisa y ese optimismo contagioso a flor de piel. Y Enrique admiraba eso de juan: su inherente fortaleza para tragar entero todo el mal que se venía encima y enfrentarlo siempre con una sonrisa.

—De verdad gracias Juan Pablo, la verdad no sé qué haría si no estuvieras.

—para eso son los hermanos, Kike

Lo abrazó, y sin embargo el colombiano se quejó del dolor que tenía en la rodilla, el ecuatoriano se preocupó, al ver la grave hinchazón de la misma. Ya cuando se había levantado, intentó ayudar a su hermano mayor levantarse.

—por el amor de dios, tienes esa rodilla muy mal

—no te preocupes Kike, estoy ya acostumbrado a esto

Dicho esto, el dolor se intensifica y se vuelve más insoportable. El colombiano respira profundo, y hace un esfuerzo sobrehumano para no gritar de dolor, el ecuatoriano lo nota y lo sostiene. Sin embargo, el dolor no lo resiste más y prorrumpe un fuerte alarido, para después desmayarse del insoportable dolor en brazos del ecuatoriano.

—¡Juan, que pasa!, Juan, ¡reacciona, maldita sea!—luego prorrumpe en ensordecedores gritos desesperados— ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE!