En el capítulo anterior de La bran boda 2…
—perdóname meri amico Renato… pero causas gracia cuando te enojas —exclamó el sanmarinense con dificultad, después del violento ataque de carcajadas.
—creo que me estás contagiando tu temperamento —exclamó el moreno— a este paso, tendré que cambiarme el nombre a Fabriccio
—Ja, tú también estás haciendo lo mismo —respondió el de tez clara— aunque el nombre de Renato no es que me quede tan mal…
Los dos se echaron a reír. Así eran los dos, sin importar lo que pasase, su amistad era tan férrea como el mismo hierro.
Entre tanto, minutos después…
—José… aparte de que eres mi hermano, tengo novia
—No me importa.
—nuestros jefes no es que se quieran mucho
—eso es mentira —respondió el venezolano con un sutil y sensual acento — pero si fuera verdad tampoco importa.
—sé que ocultas guerrilleros en tu casa…
—no me importa.
—tu jefe no me agrada.
—no me importa…
Sin embargo, el venezolano decidió lanzarle una contraofensiva verbal, para saber si le gustaba o no a Juan aquel juego.
—Juancito, tu estarás abajo.
El colombiano lo pensó. Y en cierto modo, aceptó su realidad. No tenía escapatoria, mas sin embargo, eso no lo consideraba importante.
—No me importa — contestó sonriente el colombiano.
Esa misma noche, en el restaurante del hotel…
—y bien, ¿Qué te pareció?, no es como lo que tu esperabas pero puedo…
—me pareció excelente Feliciano. —le respondió sincero el alemán — no creí que de verdad hicieras todo esto para mí, solo por celebrar nuestro aniversario.
—siempre lo tuve presente, es nuestro primer año.
—si, nuestro primer año juntos…
—como marido y mujer…
Los dos sonrieron nostálgicos. Tantos años de convivencia los habían llevado a ese punto. Habían vivido juntos tantas cosas, que era inevitable que terminaran así, juntos, felizmente casados, viviendo el uno para el otro, sin importar lo que sucediera o pasara.
—ven conmigo, nuestra celebración no termina aquí —le dijo Italia a Alemania, mientras lo llevaba del brazo, y lo orientaba hacia una de las habitaciones del hotel.
En otro lugar, pero en ese preciso lapso de tiempo…
—adivina quién soy…
—mmm, ya sé quién eres pero no pienso decir.
—solo levántate, yo seré tus ojos por esta noche.
Eloise se había posicionado atrás de su novio, y lo estaba sacando del salón donde estaba trabajando, llevándolo a ciegas hacia un lugar en especial.
—¿hacia dónde me llevas?
—ten paciencia, ya lo verás.
Y ya al final, minutos más tarde, esa misma noche…
—Es increíble que después de casi cuarenta años aun lo conservas.
Reconoció la voz a sus espaldas. Su corazón se aceleró a mil por hora. Se dio la vuelta, para cerciorarse de que no era una ilusión propia.
Era Vash Zwingli, representación de la confederación suiza quien lo esperaba.
Nota especial del autor:
Ha llegado el momento de terminar esta historia. Muchas sorpresas en este capítulo en especial, muchos invitados, espero no decepcionar a nadie con este capítulo. Spa/Romano, más Ger/Ita, más de todo lo que se concibió de antes, mas parejas sorpresa. Así que deleiten su lectura con la entrega de hoy, pues ya está cerca el gran final y el epílogo de esta bilogía. Y de no ser por ustedes, esto no hubiese sido posible. Grazie, meri amicci!
Capítulo 12: Lo que dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Temprano en la mañana, en el hotel…
La luz del día se escurría por entre las cortinas de la ventana. Un joven de ojos ambarinos, cabello castaño oscuro, piel morena y bronceada, agregado a unas cejas espesas y gruesas se despertaba algo atontado por la monumental y épica borrachera del día anterior. Malta se encontraba con un insoportable e inconcebible dolor de cabeza, además de unas viscerales nauseas.
—dios… mi cabeza —exclamó el maltés mientras se frotaba su frente, paseando su pulgar por una de sus cejas.
Palpó a su lado, sintió la cabellera café oscura de alguien más en la cama. Se dio vuelta, y quedó helado de espanto al verlo.
—oh, no dios santísimo no… no… —se decía para sus adentros el maltés de ojos almibarados aterrado.
Y distinguió la figura del brasileño a su lado. Y para más inri miró debajo de las cobijas. Estaba desnudo.
Luciano también había abierto los ojos. Y lo vio. Renato estaba con una cara de espanto y terror bastante evidente, como si hubiera matado a alguien sin querer.
—¿Qué demonios hicimos anoche? —exclamó el brasileño asustado al verse con el maltés, también sin ropa. Y para más inri, ambos miraron al costado izquierdo del brasileño: estaba un chico de cabellos dorados, ahogue del mismo color, tez clara, dormitando profundamente como si nada, también sin nada de ropa. Y al despertarse Fabriccio, y ver a su amigo y al brasileño en la misma cama, comenzó a gritar. Y el brasileño gritó espantado en la cara del sanmarinense. Y el maltés gritó aterrado en la cara del brasileño. Y luego los tres gritaron espantados todos juntos.
Una sinfonía de gritos y alaridos aterrorizados se oía en el hotel. Qué bonito despertar.
Unos cuartos más allá…
Juan y José se encontraban durmiendo abrazados, descansando de la candente y pasional sexual noche anterior. Y sin embargo se hubieran quedado dormidos si no los hubiese despertado el salvaje escándalo de tres cuartos más allá.
—¿es que no saben respetar el sueño ajeno? —espetó el colombiano —NO JODA!
Se levantó con cuidado y se enrolló una sábana en la cadera, dispuesto a reclamarle al molesto trio de escandalosos (pues infería por los alaridos y gritos de espanto que eran tres). José al ver a su hermano levantarse como si nada le inquiere sorprendido.
—eh.. ¿no deberías de quedarte en reposo?, tu rodilla aún no se ha recuperado del todo.
—estoy perfectamente —le dijo el colombiano — aunque claro, molesta un poco.
—y por cierto, ¿Quién es el que hace tanto escándalo?
—a eso iba.
—¿así?, ni que fueras Francis. —le dijo el venezolano.
—por si no lo sabias no tengo pantalones porque Andy me los rompió para atender mi lesión, y realmente mis cosas están en el castillo. —luego agregó— simplemente espérame aquí, y luego ya buscaremos la forma de ir al castillo para arreglarnos para la boda del viejo Toño.
Y salió del cuarto dejando a José solo.
Unos dos o tres cuartos más adelante…
—Mein gott, que es lo que está pasando.
Ludwig se había levantado sobresaltado por los gritos. Había pasado una romántica y dulce velada con su "esposa" con motivo del primer aniversario de casados. Todo había salido a la perfección, agregado a que había decidido complacer uno de los deseos de Feliciano: que este asumiera una postura dominante durante el acto del amor. Y en cierto modo Italia había actuado de forma dulce, gentil, con pausada tranquilidad, intentando en todo momento no lastimarlo, mas sin embargo él le "ayudó un poquito" con posturas un poco más cómodas para Feli, para que pudiese acceder un poco más fácil a su intimidad. Y luego, después de aquel momento de pasión, brindaron de nuevo, bebieron champan y se recostaron en el sofá en donde abrazados, durmieron toda la noche.
Sin embargo, al oír los escandalosos gritos se asusta. No sabe lo que está sucediendo, y posiblemente Feliciano podría salir afectado. Se levanta sutilmente del sofá, intentando no despertar al italiano y se pone una de las batas del baño, saliendo en dirección al pasillo.
Ya en el pasillo…
—Juan Pablo, ¿Qué rayos haces así? —inquirió el alemán.
El colombiano había salido simplemente con una sábana enrollada a su cadera y cojeando levemente.
—me estaba duchando… —mintió la representación de la nación suramericana.
—Y te enrollaste con una sábana… —le respondió su homólogo alemán.
Sin embargo, dejan de hacer averiguaciones, porque no por nada Alemania simplemente estaba en bata de baño así como así. Y no hay que ser un genio para sumar 2+2. Y precisamente lo mismo había deducido el colombiano.
Ingresan los dos al cuarto, encontrando a los dos itálicos y al suramericano en la cama, gritando de forma escandalosa, asustados, aterrorizados y desconociendo el cómo y por qué estaban en semejante situación. Y al ver al colombiano y al alemán, el uno solo con una sábana enrollada alrededor de la cadera, y el otro con una bata de baño, obviamente sin ropa se aterrorizaron aún más.
—no puede ser posible dios santo —exclamó el maltés atormentado— acabamos de hacer una orgia… Greta y Feliciano me van a asesinar cuando se enteren de que me metí con su hermano y con su esposo...
—no, no es verdad, no creo que me haya metido con alguien casi ochocientos años menor que yo— recalcó atormentado el sanmarinense de ojos purpura— me siento como un sucio pederasta, Antonio me va a matar por haberme metido con Juan.
—¿yo?, eh… ¿con Juan y con Ludwig?... ¿Qué he hecho?... ¿Qué pasó anoche?... —dijo el brasileño aterrado y asustado.
Sin embargo, el alemán les aclara el equívoco en el que habían entrado ellos tres.
—no estuvimos con ninguno de ustedes anoche —contestó serio el alemán.
—entonces, ¿por qué están así?! —inquirió asustado el maltés.
—¿a qué te refieres? —inquirió el colombiano perplejo.
—ASÍ, SIN ROPA —Exclamaron los tres todos traumados.
Luego, agregó el alemán serio.
—estaba celebrando mi primer aniversario de matrimonio con "mi esposa" —dijo serio el alemán—y realmente Juan Pablo,… no sé qué estaba haciendo el, aunque creo que su rodilla está mucho mejor.
Ahora el colombiano estaba avergonzado, evadiendo las afirmaciones del alemán.
—estabas con alguien, ¿no, picarón? —dijo el brasileño mientras se levantaba.
—Luciano, por el amor de dios, vístete, ponte una toalla o algo —le reclamó el colombiano evadiendo la mirada.
—mira quién habla —contestó sarcástico el brasileño.
Sin embargo, había entrado José al cuarto en búsqueda de Juan Pablo. Estaba simplemente con una toalla enrollada a su cadera, la cual cubría obviamente "ciertas regiones privadas". E inmediatamente el brasileño comprendió.
—Ahhh, ahora entiendo… —exclamó Luciano suspicaz— como que tú y José "se quieren mucho"…
—no sé de lo que estés hablando Luciano —exclamó retadoramente el venezolano.
—Ya dejemos de discutir —agregó el sanmarinense—vistámonos de una buena vez que hoy es la maldita boda, y no podemos llegar tarde, cazzo!
Y en ese punto al final todos se habían puesto de acuerdo. Daban gracias al cielo de que Elissabeta no estuviera presente, aunque no se habían percatado de la cámara de video que estaba vigilándolos atentamente en un rincón del cuarto, toda oculta. Y de la húngara que la controlaba.
Entre tanto, en el castillo…
Todos se estaban preparando lo mejor que podían para el "gran día", aquel por el que habían esperado casi dos semanas. El trajín en el improvisado taller era de locos, pues Francis estaba ultimando los detalles finales del vestido de bodas de Antonio, compuesto por un corsé sencillo de encaje, capa de hombros color marfil, larga cola blanca, agregado al consabido velo. En cambio las "damas de honor" irían vestidos con vestidos en tonalidades pastel, ya en diferentes colores: amarillo, azul, rosado, verde menta y naranja claro. Y obviamente todos estaban reticentes a ponerse semejantes vestidos, aunque el francés se había lucido con los sobrios y elegantes diseños. El acelerado trajín de ese día era simplemente una carrera contra el tiempo.
—¿Alguien sabe dónde está Luciano y José? —preguntaba el francés en medio del barullo de latinos e ibéricos que se ponían sus correspondientes trajes y uniformes.
—No, creo que aún no han llegado…
Rocío y Mauricio le estaban ayudando a poner el vestido a Antonio, compuesto de una larga falda de encaje tejido en croché y tela de satín reluciente, agregado a la capa de hombros que cubría los hombros de "la novia". Agregado a eso se incluía un velo de tela traslucida, más una diadema de plata con incrustaciones de madreperla. Fernando por su parte, como "tío" de Antonio y familiar cercano de Alonso, tendría la obligación de entregarlo ante el altar. Precisamente se estaba poniendo una túnica de color blanco puro con altura hasta la rodilla, tan limpia e impoluta como las alas de un cisne, amén de una larga capa blanca con dos cruces de Santiago bordadas a los lados las cuales caían sobre sus hombros, de un fortísimo rojo escarlata, agregado a unas botas de equitación y un pantalón de finísimo lino blanco Navarra tenía y conservaba ese porte nostálgico de un caballero medieval, agregado a que se había abrochado la capa blanca con un broche de plata en el que estaba tallado el escudo del reino español. Francis sin embargo, no pudo evitar rememorar días más amargos para él. Días de batallas pasadas, de alianzas que supuestamente serían imperecederas, pero que terminarían de forma fugaz. Días en los que Fernando solía acompañarlo a cazar ciervos en los bosques, días que jamás volverían.
En otro lugar…
Obviamente las cosas en el cuarto del novio no eran las mejores. Debido a que nadie sabía el paradero del padrino, el cual obviamente se había embriagado de forma desquiciada en la despedida de soltero del novio. Entre tanto, Benny estaba arreglando y ultimando los detalles finales del traje del novio, ayudándoselo a poner obviamente a Lovino, aparte de la obvia falta del padrino de bodas del cual para más inri se desconocía su paradero.
—quédate quieto Lovino, — le decía el más chico de los itálicos, a pesar de que no aparentaba más de 16 años— necesito acomodarte el maldito prendedor…
—Imbécil, ¿Cómo quieres que me quede quieto si estoy prácticamente muerto de los nervios?, maledizione,… porqué putas deje que el imbécil de Renato participara en ese concurso. —espetó aterrorizado, irritado y nervioso Romano.
—solo dios sabrá donde esté pasando la resaca —exclamó serio el estado vaticano— y con quien la esté pasando.
—total, es que tienen que llegar en menos de 15 minutos —recalca el chico de rizo cuadriculado—, y por cierto, tampoco Fabriccio ha venido… eso ya de por sí es extraño.
—ni tanto, estúpido —respondió Romano— si bebió como un desquiciado anoche en ese lindo concurso de bebidas que organizó el bastardo de Stefano, ya sabes, el hermano del idiota Spagna…
—ya va siendo hora de que dejes de referirte a Antonio como Idiota— le reclama serio el estado vaticano— en pocas horas te casarás con el…
—ya, ya deja la maldita cantaleta —le espeta irritado— y tú, ten cuidado con las mancuernas de las empuñaduras, zoquete.
—discúlpame por ayudarte, Lovino… —exclamó sarcástico Seborga— pero eso si… tengo que regresar a hotel, donde mia bella donna Paulina me está esperando
—¡¿Qué demo-,..? —exclamó consternado el suritaliano— ¿te metiste con Paulina y no dijiste nada?
El joven sonrió con aires de suficiencia.
—ese bello bombón en este momento está retozando en la mia stanza del hotel.
Como dice el dicho, "el que menos corre, VUELA". Benny se había quedado con el premio mayor, al final podía alardear de ello con sus otros amigos, o con sus "rivales": Peter (Sealand), Steven (Hutt River), Clarke (Molossia) y obviamente el idiota narcisista de Clarence (Redonda)1. Y de paso, quitarse de encima a Kyle (reino Gay y lésbico de las islas del coral) que lo acosaba a cada rato hasta en el Facebook. Aunque claro está, no podía dejar de pensar en su próxima víctima, que diga yo, pretendida: Allison Mckennet (Wy), o quizás Claire Kirkland (Islas del canal).
En la entrada al castillo, a eso de las nueve de la mañana…
Los primeros invitados obviamente habían empezado a llegar temprano a las instalaciones del castillo. En el rastrillo del primer recinto se habían apostado dos valets parkings para recibir a los invitados, y obviamente para aparcar a los automóviles en un improvisado estacionamiento cercano (si llegaban a traer consigo automóviles). Este primer filtro se pasaba presentando simplemente la invitación original a la fiesta y la ceremonia. El segundo filtro, el cual era el acceso al patio de armas, un par de encargados se encargarían de escanear las invitaciones con los lectores de tarjeta, los cuales mostrarían el nombre del invitado, su ubicación en la ceremonia y la mesa dispuesta para la fiesta. Y ya pasados esos dos filtros previos, podían perfectamente ingresar a la ceremonia de matrimonio y a la fiesta propiamente dichas.
Entre tanto, conduciendo un auto clásico Rolls Royce modelo 1944 acababa de arribar un chico de trasunta mirada beduina, lentes color vino tinto, ojos marrón oscuro, barba leve en el mentón, vestido con una fresca túnica de lino, agregado a un turbante usado a la usanza árabe. Le acompañaba un chico de uno 15 años, de ojos marrones, largo cabello negro recogido en una coleta, vestido con un riguroso uniforme militar.
—Hiri… dime el motivo por el que usas uniforme. — inquirió serio el marroquí
—tu sabes porque uso uniforme, Dashtan.
—Aun insistes en que Antonio te reconozca como estado, ¿no?
—debería de hacerlo… viví mucho tiempo con el —reclamó el sahariano.
Y después de eso, llegaron al filtro del primer rastrillo en donde mostraron la invitación. Luego pasaron al segundo filtro.
—señor Al Nahiri… ¿tendría la gentileza de pasarme su invitación?
—Claro —respondió el marroquí — aquí tiene.
El encargado pasó la invitación por el lector, mas sin embargo, el panel que mostraba la información de la misma no decía nada alentador.
Error, información insuficiente
Intente nuevamente.
—Dios, no puede estar pasando— exclamó el muchacho nervioso.
Las dos naciones norafricanas habían quedado perplejas al ver los nervios del pobre encargado. Y el barullo iba creciendo, pues no era la única invitación rechazada por el sistema.
En otro lugar del castillo…
Juan Pablo, José Francisco, Renato, Fabriccio, Luciano, Feliciano y Ludwig habían conseguido llegar a tiempo al castillo. Ya que Ludwig era bastante previsor, se había puesto el mismo frac negro con pajarita que había usado en su velada de aniversario, así que ya estaba de por sí bastante arreglado. Los demás se las habían arreglado lo mejor que podían, en especial Juan, el cual había tenido que pedir prestado un par de pantalones. José obviamente tuvo también que hacer lo mismo, y para más inri usar la camisa de enfermero del disfraz de la nochecita anterior. Los tres "angelitos borrachines" tenían una resaca de tal magnitud que se habían confundido entre si las prendas de vestir. Así que Renato usaba una camisa verde amarela que le quedaba bastante grande, Fabriccio estaba usando ya de por si los pantalones blancos del brasileño, amén de la camisa de manga larga aguamarina de su amigo, mientras que Luciano usaba la camisa blanca de Fabriccio, la cual le quedaba un "poquito" apretadita. Y agregado a eso, todos tres estaban de un genio insoportable, y usaban lentes opacos. Una tortura atroz.
—que lindas las horas de llegar de ustedes tres, ¿no? —exclamó sarcástico el valenciano— arréglense rápido, la boda es en contados minutos
—ten compasión de mí, la cabeza me duele fatal— se quejó el brasileño
—que compasión ni que nada, borracho de quinta, —espetó de nuevo Mauricio— apestas a tequila y tus otros dos amigos huelen a Absenta y Vodka. Parrandada de alcohólicos es lo que son ustedes.
Sin embargo, el maltés había quedado helado y estupefacto al ver a cierta chica de trenzas doradas, ojos inconfundiblemente celestes, mirada algo severa, torneadas curvas, vestida con un sencillo traje de etiqueta con escote en v. Dios no podía ser tan bueno, y tan malo a la vez.
—Mein Gott, ¿pero qué demonios te pasó Renato?, —exclamó la alemana— ni que te hubieras bebido dos galones de cerveza en el oktoberfest.
Era Greta. Y si se llegaba a enterar de lo que había pasado después de la despedida de soltero, Renato podía darse por hombre muerto.
Entre tanto… en el cuarto del novio…
Gabriel se sentía entre la espada y la pared. El paso de los siglos y los años habían menguado su frio y severo carácter. Intentaba por todos los medios recuperar la fría dureza que alguna vez tuvo en el pasado, mas sin embargo no podía. Y para más inri estaba Vash. 500 años a su lado, como abnegada sombra protegiéndolo, escoltándolo. A pesar de que él sabía que el suizo tenía sus obligaciones como estado, siempre estaba allí. Y para más inri sentía celos cuando "cierto aristócrata petulante" se le acercaba, a pesar de la cercanía que Roderich sostenía con él. Pero sus sentimientos se encontraban divididos en seguir esa ilícita, pecaminosa, pero a la vez tan larga relación de 500 años con suiza, o terminarla de un tajo. Tenía que escoger entre sus votos de celibato y obediencia, o el amor del suizo. No los podría tener a los dos. Y sea cual sea la decisión, sabia plenamente que alguien saldría herido y lastimado.
Pensaba en eso mientras se ponía cada uno de los ornamentos episcopales: la túnica blanca, la capa pluvial, el pallium, el broche que la sostenía, la cruz pectoral, los guantes episcopales, el anillo, el solideo de fieltro rojo escarlata, la mitra preciosamente bordada con las ínfulas2, el báculo episcopal.
Aun usaba el crucifijo de balso. Paseó sus dedos por él, intentando recordar, inhalar la sutil fragancia de chocolate, pasto, cerezas y pólvora a la que olía el suizo. No importaba que fuera. Podía ser el mercenario, el escolta, el comandante de la guardia, el edecán de su alteza eminentísima la cátedra de san pedro, el representante físico de la sweichszerische Eidgennonsenschaft, pero para el sencillamente era Vash Zwingli. Sin embargo, cada vez más sentía que Vash era cada vez más esquivo entre la marea de personalidades del helvético, entre la multitud de facetas que mostraba ante los demás.
Por eso es que en esencia, eran tan similares: ambos siempre usaban eternas mascaras ante todos: Gabrielle cardenalsancti romanae eclessieVargas, representación de la cátedra de san pedro, del estado de la ciudad del vaticano, guardián perpetuo de la basílica de san pedro, cardenal obispo de Roma. Solo ante el suizo simplemente era Gabriel. Y sencillamente tendría que elegir entre ser la cátedra o ser Gabriel. Y además estaba esa corrosiva y fría distancia que ambos tomaban, tan cerca y a la vez tan lejos, siempre severos, siempre distantes, sin decirse nada el uno al otro en los actos oficiales, en las recepciones de estado, en las ceremonias litúrgicas, a pesar de que querían romper ese tortuoso y frio mutismo, confesar ante el mundo el amor que se prodigan, amarse y besarse sin pudor y sin pena. Pero no podían, el deber era antes que nada. Y eso para ambos era un eterno suplicio. Un suplicio y una tortura. Una cruel tortura.
De regreso a la entrada al castillo…
El caos entre los invitados había crecido en forma exponencial. Cada vez llegaban más naciones invitadas, y cada vez más invitaciones eran rechazadas. Más de uno terminó irritándose violentamente con los pobres encargados de la revisión y confirmación de las mismas. Y los paneles no cesaban de mostrar las mismas palabras una y otra y otra vez:
Error, información insuficiente
Intente nuevamente.
—¿Cómo QUE LA RECHAZA? — gritaba enojado un danés, vestido de elegante smoking blanco con camisa roja y corbata de tonalidad oscura— Maldita sea, insista nuevamente.
—Ya le dije señor Andersen… —contestaba aterrorizado el pobre muchacho— la rechaza.
Pasó de nuevo la invitación por el lector. Aun nada de nada, seguía rechazándola.
—INSISTA DE NUEVO, MALDITA SEA, AL REY DEL NORTE NO LO DEJARÁN POR FUERA! —exclamó el danés iracundo mientras una aterradora aura oscura se sentía alrededor del mismo.
Y no era el único. Más atrás, un boliviano de ojos color verde cieno y cabello negro ceniza, con una sonrisa sutil y un aura que daba de verdad miedo, esperaba con impaciencia a que le dieran paso.
—si siguen así, a este paso lo único que tendremos que hacer es quemar el castillo y matar al novio, ¿no creen?
—Octavio, por una vez en tu vida deja de pensar en cosas tan negras maldición, —le espetó un joven de cabello café oscuro y ojos verde oliva.
—lo haría, si tuvieras la decencia de devolverme el Chaco Boreal, Daniel. —espeta el boliviano— y aún más si me devolvieran mi porción de costa, es más… creo que la bandera boliviana se vería bastante hermosa en Asunción, o quizás en Santiago… no se… quizás matar unos cuantos miles de personas y quemar unas cuantas ciudades no me vendría mal —exclamó al final tan tranquilo y campante, que daba de verdad mucho miedo…
Todos se alejaron del boliviano el cual de verdad intimidaba. (Bolivia si es un yandere en todo el sentido de la palabra. Es más yandere que España).
De regreso con Estonia…
Obviamente el caos en la organización de los equipos electrónicos para la fiesta era bestialmente considerable. El estonio se encontraba concentrado en su pad tecleando frenéticamente esta, mientras reconfiguraba los controles de la cabina de audio. Sin embargo, aún no lo habían puesto al tanto de lo acontecido en la entrada con las invitaciones, el caos generado por ese espantoso barullo, y el riesgo de que empezara un disturbio.
—SEÑOR ESTONIA, SEÑOR ESTONIA! —decía a los gritos uno de los encargados de la entrada del patio de armas— TIENE QUE VENIR RÁPIDO!
—¿qué demonios sucede? —inquirió el estonio estupefacto— ¿por qué tanto alboroto?
—Son las invitaciones señor… el sistema las rechaza, TODAS.
—No puede ser verdad, dios santo —exclamó Edward.
Los dos inmediatamente se dirigieron hacia la entrada en donde ya varias naciones se encontraban arremolinadas, molestas, algunas iracundas, otras tantas con un aura muy oscura, en especial un ruso, un sueco, un danés y un boliviano que destilaban un aura muy amenazante y siniestra.
Sin embargo, el estonio no podía acobardarse en un momento así.
—August! —llamaba el estonio— August, ven para acá en este instante.
Un joven rondando por la edad de 23 años, de cabello negro azabache, vestido con una chaqueta de cuero negro, saco cuello tortuga, ojos color azul oscuro, pantalones de tela negra, mocasines negros y corte cuadriculado, agregado al auricular que usaba en su oreja izquierda avanzaba hacia el estonio con cara de preocupación.
—Señor Von Bock, esto es un caos —decía August Einehert, quien era por así decirlo "la mano derecha" del estonio en estos eventos— hemos intentado hacer todo lo posible pero las invitaciones son rechazadas.
—¿el problema es con todas?
—si señor —respondió August —absolutamente todas, y no solo aquí sino también en la entrada B y en la entrada C.
Se dirigieron hacia una de las entradas, en donde los de seguridad intentaban controlar a todos los invitados que estaban empezando a irritarse. El estonio tomó su Ipad y lo conectó a uno de los lectores, tecleando frenéticamente la pantalla del mismo, buscando el problema.
—no puede ser… infectaron el código raíz de los lectores con un troyano —musitó el estonio al ver el problema —necesito que me traigan el código madre, rápido —ordenó serio Estonia— está en un sobre azul sellado. RÁPIDO, O ESTO SE VÁ A SALIR DE CONTROL!
Definitivamente alguien había saboteado su trabajo, pues sabia claramente que no podían ingresar con facilidad al sistema de control de invitados, él personalmente había diseñado el sistema de seguridad, a menos que…
—bastardo hijo de puta— espetó el estonio iracundo, mientras rompía entre sus manos la tableta electrónica que usaba.
En otro lugar del castillo…
Albert se encontraba entre tanto, en la capilla del castillo sentado en una de primeras bancas. Entre sus manos sostenía una tableta electrónica, mientras sonreía de forma cínica y cruel. Todo le estaba saliendo a pedir de boca: el sabotaje de los sistemas de control de invitados, ingresando un simple pero efectivo troyano a las redes de las entradas A, B y C había logrado descontrolar el sistema. Ya cuando los lectores de tarjeta se activaran, la información no sería procesada, sino que inmediatamente sería borrada de la invitación al escanearse el chip, generando un error en el sistema. Sencillo, pero efectivo. Sin embargo, la información no se perdía del todo. Los lectores de tarjeta simplemente redirigían la información hacia su Tablet, la cual tenía las direcciones y ubicaciones de todos los invitados a la ceremonia, naciones, ex estados, invitados especiales. Podría usar esa información a su beneficio, negociar ventajosos acuerdos, manipular a unas cuantas conciencias aquí y allá. En fin, todo le estaba saliendo a pedir de boca. O eso creía él.
—¿Qué rayos haces aquí, estúpido?
Mauricio lo había visto. Se acercó a él y se sentó a su lado.
—ah, simplemente estaba rezando.
—con una Pad en la mano… ¿es tu nuevo libro de oraciones?
El andorrano sonrió cínicamente.
—son tiempos modernos Mauro, hay que renovar las tradiciones.
—mira quien lo dice —espetó el valenciano —ese cuento no me lo creo tan fácil viniendo de ti.
—qué quieres de mí, Mauricio.
—Nada. —contestó serio Valencia— simplemente debes corregir lo que has hecho, darle reversa lo más rápido posible si no quieres arruinarle el día a Antonio.
—es un inevitable daño colateral —afirmó sereno Andorra— un daño menor, que es inevitable en búsqueda de lo que deseo.
—DEJA DE PENSAR EN TI MISMO Y TU MALDITO EGO— espetó el valenciano iracundo— No sabes el daño que estás causándoles a Lovino y a Antonio, arruinando el momento más feliz de sus vidas.
—ellos no me importan, —dijo imperturbable el andorrano— ¿Por qué te importarían a ti? Si mal no recuerdo, tú y Antonio no es que se lleven bien que digamos.
—no me conoces bien —exclamó serio el valenciano— puedo a veces ser un soberano hijo de puta con Toño, pero él y Lovino realmente si me importan.
Los dos se miraron de forma seria. Andorra preveía lo que podía suceder. Dejó de un lado la tableta. Valencia perdió los estribos y lo agarró por las solapas del cuello, encolerizado.
—deja de meter a Antonio y a Lovino en tus malditos problemas— espetó el valenciano colérico, acercándolo violentamente a su rostro— si quieres acabar con Edward, adelante, hazlo, pero no te metas con ellos.
—ya te he dicho —respondió el andorrano imperturbable— es un inevitable daño colateral… no puede evitarse, es necesario para conseguir mis fines.
Lo zarandeó violentamente.
—REVERSA LO QUE HICISTE!
—primero muerto.
Lo golpeó en el abdomen con brutal y salvaje fuerza, el andorrano escupió un poco de sangre.
—lo repetiré de nuevo, REVERSA LO QUE HICISTE, BASTARDO!
—Nunca —contestó con dificultad el andorrano.
Un segundo golpe, aún más fuerte que el anterior, esta vez en las costillas.
—el próximo será más abajo, así que te lo pediré de nuevo. Reversa lo que hiciste.
El andorrano cedió. Tomó la Tablet y tecleó con algo de lentitud los códigos. Luego, se la entregó a Mauricio.
—Ya está. —le dijo algo adolorido el andorrano— entrégasela a Edward, él sabrá que hacer.
El valenciano simplemente tomó la tableta, y se retiró rápidamente de la capilla.
Entre tanto, en el taller del novio…
Norte de Italia se había arreglado con su riguroso uniforme militar, y se había tenido que separar de Alemania. Romano estaba frio y sudoroso de nervios, y el traje no le ayudaba en mucho. El traje del novio se componía de una casaca militar azul medianoche con presillas doradas, agregado a las chatarreras con galones dorados. El pantalón, de riguroso lino oscuro, era de un corte militar perfecto. Un fajín color escarlata enrollado a la cadera, justo por encima de la casaca y la banda tricolor cruzada al lado derecho, agregado a varias condecoraciones e insignias era lo que completaba el traje del novio. Por último, unos mocasines de cuero negro Salvatore Ferragamo complementaban el traje del novio, el cual lucia con porte elegante y vistoso el uniforme militar. Lo malo del asunto era que la casaca sofocaba infernalmente.
—te ves muy bien Lovino —exclamó Renato, el cual estaba con una casaca militar un poco más sencilla, con los arreos correspondientes a un almirante, pantalones de lino blanco y su infaltable cruz de malta al cuello, amén de un prendedor con la cruz de san Jorge en el lado superior izquierdo de su casaca, cerca al corazón.
—sí, no puedo negar que me veo bien… —exclamó el italiano de cabello castaño oscuro —aunque esta puta casaca me está cociendo a fuego lento.
Ya se acercaba la hora definitiva.
Mientras tanto,… en las entradas…
Habían conseguido al menos remediar en parte el daño que había cometido Albert. Edward por su parte intentaba controlar la ingente marea de naciones que estaban en la entrada, esperando impacientes el ingreso. Obviamente, tenía que darle prioridad a los que estaban más encolerizados, caso de Suecia y su "esposa" Finlandia, Rusia, Dinamarca y obviamente Bolivia. La pad que usaba el andorrano tenía todos los datos de los invitados y sus correspondientes ubicaciones, así que el proceso de distribución se dificultaría de peor forma que el año pasado por el hecho de que el virus había dañado severamente los lectores, así que Estonia tuvo que crear un rápido plan de contingencia con notas de papel que iba entregando a los invitados cada vez que hacia el cotejo de la información con las correspondientes invitaciones. Pero lo que importaba era que la información no se hubiera perdido.
Los invitados ahora habían logrado ingresar después del molesto inconveniente. Sin embargo, ese momento no era para escándalos, ya Edward se las cobraría a Albert. Si pretendía arruinarlo con ese impase, no lo había conseguido. Antes había conseguido encolerizar al estonio.
En la capilla del castillo…
El caos de la entrada hacia difícil la repartición de las sillas en el interior de la capilla, que aunque espaciosa, no daba tanto abasto para tanta gente. Obviamente, en los primeros tres puestos se ubicarían algunos invitados especiales, la familia del novio, la familia de la novia, el duque de Suarez (Adolfo Suarez Gonzales), y agregado a eso en uno de los costados de la capilla, se habían dispuesto dos esplendidas sillas en terciopelo cubiertas por un sitial, en caso de que sus majestades, los reyes Juan Carlos y Sofía asistieran a la boda, aunque el príncipe de Asturias asistiría a la ceremonia, obviamente solo.
A partir de la tercer fila, se dispondrían los demás invitados de acuerdo a su precedencia, sus nexos con el novio y la "novia", entre otras cosas. ,Ya los soldados de la guardia de honor del ejército español se habían alistado con rigurosos uniformes de gala, apostados a lado y lado del pasillo que dividía las dos columnas de invitados y que conducían en dirección al altar de la capilla.
Lovino por su parte se encontraba bastante aterrorizado con el compromiso que iba a realizar ante todo el mundo, literalmente hablando.
—ya es hora Lovino —afirmó serio el maltés.
Ya todos los invitados habían llegado a la capilla, y tomado sus correspondientes asientos. El novio, obviamente nervioso y aterrado había entrado a la capilla, presidido por el oficiante (que en este caso sería Gabriel), junto con otros dos acólitos, en medio de los honores del ejército, los cuales habían desenvainado sus sables en una suerte de calle de honor. Renato, Feliciano y Fabriccio acompañaban al novio, en medio de los redobles marciales y los honores de los soldados. El estado Vaticano hizo una venia ante el altar, Romano obviamente ocupó su correspondiente lugar ante el altar, mientras que sus otros dos hermanos se ubicaban en las sillas dispuestas especialmente para ellos, aunque obviamente Alemania estaba sentado un puesto más atrás que Feliciano, pero sin embargo estaban técnicamente "cerca".
Romano obviamente se quedó de pie, mientras Renato, Fabriccio, Feliciano y Benny estaban a su lado, vestidos ellos de riguroso uniforme militar en espera de la "novia", la "madrina" y las damas de honor.
Marcha Nupcial-Georg Friedrich Haendel.
Unos dos o tres metros más allá, un peculiar sequito de "damas de honor" acompañaban a una peculiar "novia" ante el altar. Antonio se encontraba nervioso frente al futuro compromiso, obviamente quien no lo iba a estar. Para mayor colmo el vestido y el corsé lo estaban asfixiando de forma salvaje. Aún no habían salido, y sin embargo todos estaban algo nerviosos.
Aparte del vestido de novia de Antonio
—estoy aterrado, dios mío que hago…
—Cálmate Antonio —le decía el navarro—que es el día en el que al fin podrás estar con Lovino por siempre, ¿te da miedo eso?
—precisamente por eso siento miedo —le respondió aterrado el español— además, estos tacones me están matando, el corsé me aprieta y me siento como idiota.
Sin embargo, habían pasado por alto un importante detalle.
—creo que se les olvidó algo, ¿No? —exclamó el mexicano.
—¿a qué demonios te refieres? —le dijo el catalán.
—sencillo, la "novia" debe tener por lo general algo viejo, algo nuevo y algo azul para que sea feliz su matrimonio.
—técnicamente ya tendría algo viejo con la diadema de madreperla que le prestaron a Toño hoy, ¿no creen? —comentó Patxi
—y el vestido es nuevo.
—bien, ya tenemos lo nuevo y lo viejo, falta lo azul…
El navarro se les había adelantado a todos.
—es obvio, Antonio me tiene a mí.
—¿a qué demonios te refieres Fercho? Inquirió con curiosidad el colombiano.
—¿notas algo?, mis ojos son azules.
Antonio rió con las ocurrencias del navarro, mientras que Francis hizo lo mismo. Posteriormente rocío les avisó a todos que ya tenían que partir, así que todos se acomodaron en sus respectivos puestos para la ceremonia nupcial.
Ya en la capilla…
—Carlos, contrólate, no queremos que haya problemas en la boda de Toño —le decía Juan al cubano.
—ese idiota está aquí, tengo que golpearlo, tengo que acabar con ese imbécil —decía Carlos en medio de su concebida irritación.
Apenas habían comenzado a ingresar la novia, con el sequito de damas de honor, la madrina y Fernando, en representación del padre de Antonio, se había oído por unos contados segundos la tan característica y tonta sonrisa del norteamericano, para después ser acallada por chistidos severos. Sin embargo, el norteamericano se intentaba contener a duras penas la risa, al ver a los 9 latinoamericanos, (mas el filipino) vestidos con largos y sendos vestidos en tonos pastel cual damas de honor.
—Alfred, silencio —le espetaba su hermano menor Matthew— no ves que estamos en una ceremonia.
Y dicho esto, el insoportable norteamericano se calló.
Antonio había llegado a su correspondiente lugar. Fernando le tomó entre las manos y le dijo al italiano, el cual estaba con una mirada bastante severa.
—te lo entrego Lovino, en nombre mío y de mi hermano Alonso. —decía el navarro— y espero que lo hagas muy feliz, porque así Alonso e Inés lo hubieran deseado.
—capitto, signore Fernando —respondió serio romano— se lo prometo.
Luego, hizo el gesto de entregarle a Antonio, y luego se retiró a su correspondiente lugar. Francis obviamente estaba a su lado, fungiendo de "madrina".
—Nominus Pater, Et Filius, et Spiritu Sancti,…
—Amen...
Había comenzado la ceremonia.
—queridos hermanos, estamos aquí reunidos para atestiguar la unión en sagrado matrimonio de Antonio Fernández Carriedo y Lovino Vargas. — dijo el estado vaticano con voz fuerte— si alguno de los presentes tiene algún impedimento para que esta unión no se realice, que hable ahora o que calle para siempre.
Bielorrusia se disponía a levantarse pero sus dos hermanas la detienen a tiempo.
—Mi nii-san se va a casar!
—No es Rusia-chan hermana —le decía Georgia— Rusia-chan está a dos puestos de ti, estúpida.
—Alexandra tiene razón —le decía la ucraniana.
Sin embargo, el oficiante advierte este hecho, recordando lo que había sucedido el año anterior.
—les suplico a todos que no confundan al novio con otra persona—dijo Gabriel—el señor Braginski aún no ha decidido casarse, y si lo hiciera, no lo podría hacer conmigo.
El ruso estaba con un aura bastante oscura, muerto de la vergüenza pública.
Luego, siguieron los votos. Gabriel se acercó a los novios y recitó los compromisos ante todo el mundo.
—Lovino, ¿aceptas a Antonio por "esposa", te comprometes a ser fiel, a respetarlo, a amarlo y quererlo, a acompañarlo en todo momento, a consolarlo, a aconsejarlo y a compartir con el todo, hasta el fin de los tiempos?
—Si, acepto. —musitó el italiano.
Luego, le puso el anillo en el anular de la mano derecha al español.
—Antonio, ¿aceptas a Lovino por esposo, te comprometes a ser fiel, a respetarlo, a amarlo y quererlo, a acompañarlo en todo momento, a consolarlo, a aconsejarlo y a compartir con el todo, hasta el fin de los tiempos?
—la respuesta sobra, Gabriel—le dijo el español sonriendo— es obvio que acepto.
Le puso el anillo en el anular de la mano izquierda al italiano.
Con posterioridad, les unió las manos.
—lo que dios ha unido, que no lo separe el hombre. —después las separó— ahora yo los declaro, Marido y… bueno, es obvio no.. ahora ya están unidos para siempre por lo que…
Lovino simplemente acalló a su hermano besando a Antonio con pasión, haciendo que su hermano mayor se sonrojara de forma violenta.
—puedes besar a la novia…
E inmediatamente un aplauso atronador invade toda la capilla.
1 El reino de redonda o mejor conocido como Clarence Anderson, es una micronación ubicada en el caribe, entre alguno de los cayos de trinidad y Tobago. Y por cierto, Clarence es por así decirlo mi primer OOC de Micronación. Le gustan los ovnis, lo paranormal, también tiene un velero, "Libertad de redonda" que suele usar, mas sin embargo no es tan rápido como "príncipe de malta".
2 Ínfulas: son dos bandas que penden de la mitra episcopal. Representan la autoridad conferida por dios, tanto divina y la terrenal del obispo sobre su grey.
