Este capítulo es un poco raro (está comenzando la historia, ¿qué pasa? xD), pero prometo que el tercero mejora y es un pelín (solo un poquito) más normal :D
¡Y gracias por el comentario!


CAPÍTULO II

No puedes dormir. Te es completamente imposible. En tu cabeza se repite una y otra vez la escena que acabas de ver.
Hace como un mes que llegaste a Londres. Acostumbrarte a la ciudad, a estar todo el día de un sitio para otro recibiendo órdenes… Uff, ha sido difícil. Ni siquiera sabes aún si lo has acabado de hacer.
Das media vuelta en tu cama. Tienes un escalofrío. Cierras los ojos y te muerdes el labio.
Increíblemente, tienes una habitación para ti solo. Aunque la casa es tan grande que estás seguro que la mitad de las habitaciones están sin ocupar… En estos momentos, sin embargo, desearías compartir tu habitación con alguien.
Bufas y vuelves a girar, enfadándote. ¡Quieres dormir! Sino, al día siguiente no rendirás lo suficiente. En tu fuero interno sabes que quieres dormir para poder convencerte a ti mismo que lo que viste pertenece al mundo de Morfeo. Pero no va a ser tan fácil. Ah, no, las cosas nunca son fáciles.
Desde el día en el que entraste al servicio de los Poynter, sabías que el hijo de estos estaba mal de la cabeza. ¿Cómo, si no, se explicaba la escenita de las escaleras? Sin embargo, ese… intento suicida no era ni de lejos el primero. Y tampoco era la cosa más espeluznante que le pasaba al crío.
Habías conocido a chicos verdaderamente extraños y raros a lo largo de tu corta vida. Pero, sin lugar a dudas, Dougie Poynter se llevaba la palma.
Se pasaba todo el día enfurruñado y lanzando miradas de odio a cualquiera que se le cruzase (eso se podía comprender; a fin de cuentas, era prácticamente un adolescente). Pero, de buenas a primeras, bien se ponía a gritar como un poseso o a llorar desconsolado. Otras veces se quedaba con la mirada perdida Dios sabía dónde, para después querer atacarte con un tenedor. Eso, cuando no intentaba clavárselo él mismo.
Por eso quizás no te tenía que haber extrañado ver lo que viste. Y, sin embargo, no podías dejar de darle vueltas… Y sí. Tampoco podías reprimir esa presión en la parte baja del estómago. Porque sentías pena por él. Por muy demonio que creyeras que era.
Hacía poco que habías acabado tu horario laboral. Estabas completamente reventado de tanto trabajar. Ese día habías ayudado en la cocina y habías decidido que nunca más ibas a tocar los fogones y los cacharros esos a no ser que fuera estrictamente necesario. Desde ese día, definitivamente, odiabas cocinar. Es más, tenías los brazos salpicados de quemaduras pequeñitas, como si quisieran competir con tus perpetuas pecas.
A pesar de eso, en lugar de irte a la cama, decidiste dar una vuelta por la casa. Para terminar de familiarizarte. Aunque en verdad lo que pasaba era que te encantaba pasearte por estancias lujosas e inmensas, algunas iluminadas por esa luz artificial que todavía no había llegado a los pequeños pueblos como el tuyo.
Y, cómo siempre, se te terminó haciendo tarde y acabaste maldiciendo mientras tus pies te llevaban de un sitio para otro, a la par que tu cabeza intentaba recordar por dónde demonios tenías que regresar (porque estabas en lo cierto: el caserío era tan sumamente grande que te podías perder dentro). No había gente por ningún lado, no sabías si era porque ya era tarde y se habían ido a dormir o porque el destino tenía ganas de pasar un buen rato contigo.
De repente, una voz llegó hasta tus oídos. Una voz seguida de unos pasos. Pasos que se acercaban.
Hiciste lo más racional que se te ocurrió: tirarte en plancha al suelo y esconderte bajo el piano de cola que había en aquella habitación.
-No… Yo no… Está… está bien… ¿No podéis dejarme todos en paz de una vez? Estoy harto…-habías reconocido la voz a los pocos segundos. Ese timbre infantil es, a fin de cuentas, difícil de pasar desapercibido. Pero, ¿con quién demonios estaba hablando el enano?
Te asomaste un poco bajo el piano para saciar tu curiosidad. Sí, efectivamente. Ahí está él. Parecía que acaba de salir de la cama. Llevaba un pijama azul claro y tiene el pelo revuelto… es decir, más de lo habitual. Y parecía asustado. Bastante asustado. Y nervioso.
Buscaste a la otra persona. No estaba a su lado, ni tampoco detrás o delante de él. ¿Entonces…? No salías de tu asombro. ¡Estaba hablando solo!
Dougie dio unos cuantos pasos hacia la puerta, pero después se quedó quieto, abriendo desmesuradamente sus ojos grises azulados.
-Po-por favor… No puedo hacer eso… Ese no era el trato. Tú me dejarías en paz si conseguía…-se calló de repente, sustituyendo las palabras por un ahogado grito.
Tuviste un escalofrío. En ese momento te acababas de dar cuenta de que el aliento que salía de tu boca se iba condensando, formando un halo blanco, como cuando hace mucho frío. Y es que de verdad había bajado la temperatura de repente… ¿Qué…?
Ni siquiera te dio tiempo a reaccionar. Dougie soltó otro grito y se calló de rodillas al suelo, cubriéndose la cabeza con las manos. Parecía… que quería protegerse de algo.
Podrías haber intervenido. Haber salido de tu escondrijo y acercarte a él. Abrazarle (porque estaba más que claro que necesitaba que alguien le abrazase) y susurrarle que todo iba a ir bien.
Pero no lo hiciste. El miedo pudo más. Y te quedaste allí, a salvo en tu propia cobardía.
De nuevo se volvieron a oír pasos acelerados acercándose a la sala. Fuera lo que fuese de lo que Dougie se estaba protegiendo, desapareció para él, porque levantó la cabeza (tenía las mejillas surcadas por lágrimas) y se incorporó un poco, sentándose.
Tú estabas que no salías de tu asombro. Si no fuera porque tus músculos no respondían, te hubieras pellizcado de buen gusto para comprobar si estabas soñando. Porque es que aquello no era normal. Porque estaba sangrando. Estaba sangrando y nadie le había tocado. Cierto que podía haberse golpeado al tirarse al suelo, pero… No. Era imposible. Aquella herida… en su mejilla… Parecía como un tremendo arañazo…
-Pero... ¡¿Qué demonios haces aquí, Dougie?! Y… ¿y esa herida?-era el señor Poynter. No muy alto, corpulento, con bifocales y una espesa mata de pelo rubio salpicado de algunas canas. Parecía enfadado. Enfadado y preocupado…
-Yo…-la voz de Dougie temblaba, al igual que temblaban sus piernas cuando se levantó. Bajó la mirada, abrió la boca para decir algo, pero la volvió a cerrar. Después cerró los ojos y soltó un casi imperceptible suspiro de resignación.-Me la he hecho yo…
El señor Poynter apretó los puños. Fuerte. Y jurarías que podías ver como sus ojos grises se habían puesto más brillantes y húmedos.
-No… no puedes seguir haciéndonos esto. Haciéndoselo a tu madre. Acaso… ¿es que no te importa nada lo que ella sufra por tu culpa? ¿Te da igual?
Habías visto muy pocas veces a la señora Poynter. Tenía un aspecto frágil, como si se fuera a romper con el mínimo soplo de aire. Y casi siempre estaba triste. Y ahora parecías conocer la razón…
Dougie se limitó a encogerse de hombros, mientras se acariciaba distraído y de nuevo nervioso, la mejilla. Supones que se veía venir. Y supones que se lo merecía. Que merecía la bofetada que le dio su padre. Aunque el golpe le tirara al suelo y arrancara de sus labios un lastimero gemido. Aunque después el adulto le agarrara con tanta fuerza el brazo que casi se lo arranca y lo izara como si fuera un muñeco de trapo, sin ninguna delicadeza. Y aunque se lo llevara medio arrastras hasta, te imaginabas, su habitación.
Porque se lo merecía. Un hijo que trataba así a los que le habían dado la vida se lo merecía.
Entonces, ¿por qué no dejas de sentir, incluso ahora, unas cuantas horas después, una profunda pena hacia él?
A lo mejor fue lo que viste en sus ojos. Esos ojos que se clavaron en los tuyos los segundos en los que la bofetada le tiró al suelo. En sus pupilas pudiste distinguir una cortina de emociones mezcladas. Rabia. Dolor. Tristeza. Vergüenza. Pero, sobre todo, un único mensaje oculto.
Podía haberte delatado. Haberte acusado de su agresión. Después de todo, era bastante sospechoso eso de que estuvieses debajo de un piano. Además, era lo que cabía de esperar de él, de alguien que solo sabe que dirigirse a ti con malas palabras y miradas que destilaban odio. Y, sin embargo, no lo hizo. No lo hizo. No…
Vuelves a removerte hasta que quedas boca arriba en la cama. Sientes un nudo tan grande en el estómago que te están entrando hasta arcadas.
Suspiras. Y decides que tienes que hablar con Dougie. Sin falta. Quiera o no quiera. Aunque intente sacarte los ojos con una cuchara. Correrás el riesgo…
Cierras los ojos, dispuesto a dormirte de una vez por todas. En la oscuridad de tus parpados, ves de nuevo sus ojos. Esos ojos que te piden en silencio pero a la vez a gritos ayuda.


¿Algo que decir? :D