Bueeeeeeeeeeeeeno, pues este es el último capítulo de este fic. Muchas gracias a todos los que lo habéis leído y comentado, en especial a cierta personita tocaya mía que ejerció, y espero que siga ejerciendo, de mi eficaz cerebro, ya que el mío propio a veces no rendía lo suficiente ^^
¡Espero que os haya gustado!
CAPÍTULO X
Joder, qué oscuro estaba aquello.
Te dejas caer un poco más, aferrando la cuerda tan fuerte que casi se te clava en la piel. ¿Casi? No. Se te clava. Decides apretar un poco más el nudo en torno a tu cintura.
-Danny, ¿vas bien?-la voz de Dougie te llega amortiguada por las paredes húmedas y resbaladizas del pozo.
Metes los dedos en un huequecito de la pared y te secas el sudor de la frente con la manga. Respiras agitadamente, mitad por el esfuerzo de bajar mitad porque estás acojonado de miedo. Miras hacia arriba; ves la cabecita de Dougie asomado a la boca del pozo, recortada por la luz.
-Sí, sí. Ya me queda poco…-buscas apoyo para el pie derecho en una piedra que sobresale un poco más. Sin embargo, cuando dejas caer tu peso en ella, se rompe. Y tú te quedas colgando por las manos, mareado por el tirón de la cuerda en tu estómago.
-¡Danny! ¿¡Estás bien?!
No contestas, intentado izarte. Cuando lo consigues y vuelves a tener un control más o menos razonable de la situación, sueltas un suspiro de alivio.
-Sí, solo he resbalado.-terminas de bajar lentamente, hasta que notas el agua lamer tus pies. Dios, ¡qué fría está!
Antes de que te lo puedas pensar mucho, te dejas caer, sumergiéndote hasta la mitad del pecho. No haces pie, por lo que agradeces esa vez que tu hermana te tiró al río con diez años para que aprendieses a nadar.
Ahí abajo está todavía más oscuro. A pesar de que tus ojos ya se han adaptado a la oscuridad desde hace rato, ves (nunca mejor dicho) difícil encontrar algo.
Extiendes los brazos. Tocas con la punta de los dedos la pared opuesta. Claustrofóbico. Aquel lugar es terriblemente claustrofóbico…
-Dougie, no veo nada. No… no creo que aquí esté el cuerpo… -comentas, ligeramente decepcionado. Habías llegado a pensar que Dougie decía la verdad…
Notas su desazón incluso a esa distancia.
-N-no me digas eso, Danny… ¿No estará hundido? ¿O-o a lo mejor… no sé… quizás está… está…?-su voz se va apagando por momentos. Sientes una presión en el pecho.
-Espera, voy a mirar a ver si está en el fondo, ¿vale?-dices, más para reconfortarle que porque creas que de verdad haya algún cadáver.
Coges aire y te sumerges en las oscuras aguas, ayudándote de la pared. Vas bajando hasta que tus pies tocan algo, a un metro de la superficie. Crees que es el fondo. Pero no lo es. Para nada. Exploras con la mano el objeto que tienes debajo. Es liso y algo viscoso. Empiezas a perder el color debajo del agua cuando tocas algo que parece… que parece… un ojo…
Pegas un grito mudo y sales escopetado hacía arriba. Toses fuertemente, porque te ha entrado agua en la boca. Joder. Joder, joder, joder. ¿Has tocado de verdad un ojo?
Dougie te está hablando desde de arriba, pero no le oyes, demasiado paralizado por el miedo y por la sorpresa.
Cuando consigues tranquilizarte un poco, vuelves a sumergirte. La cosa sigue allí. Tanteas. Y descubres horrorizado la forma de una nariz y de unos labios, después de un brazo. Humano. Todo humano. Tienes ganas de vomitar. Pero haces de tripas corazón y agarras con fuerza el tejido que recubre el cuerpo (lo que supones que es la camisa o chaqueta del muerto… porque está claro que es un cadáver humano) y lo arrastras hasta arriba.
-Dougie. ¡Dougie!-gritas, con voz rasposa.- Oh, Dougie, perdóname… Yo… No… Demonios, tenía que haberte creído… Tenía que… -no te salen las palabras. Casi (solo casi) estás más conmocionado por el hecho de que Dougie decía la verdad que por tener un hombre muerto entre los brazos. Ve fantasmas.
Entonces es cuando te das cuenta de la transcendencia de ese hecho. De todo lo que conlleva. Que los muertos sean capaces de establecer relación con los vivos… Es… No se te ocurre ninguna palabra para describirlo…
Y también eres consciente entonces de todo lo que tuvo que sentir o siente Dougie. Vivir una vida donde el miedo es el que lleva el mando, donde no tienes nadie en el que apoyarte, nadie que te crea. Porque ¿quién iba a creer que un muchacho ve espíritus? Los que decían algo así eran quemados vivos antiguamente en la hoguera, acusados de herejía. Ahora se les encierra en cárceles de por vida o se les excluye de la sociedad, argumentado que están locos. Aunque una cosa puede llevar a la otra. ¿Cuántas veces se preguntaría Dougie si había cruzado la línea, si había llegado al límite? ¿Cuántas se cuestionaría su propia cordura? ¿Cuántas el dolor de ser diferente, de creer que se está loco, lo había llevado a intentar quitarse la vida?
Sientes un nudo en la garganta al pensarlo. Y en tu mente se establece una única prioridad: ser tú el que le diese razones para vivir. Ser el que lograra hacer que el miedo desapareciese, ser el que le creyese. Su apoyo. Y hacerle disfrutar de todas las cosas que se había perdido. Enseñarle a vivir una vida. Una de verdad. Aunque tuvieses que quedarte despierto todas las noches a su lado. Aunque tuvieses que estar cada hora, cada minuto o cada segundo con él para que los fantasmas no se le acercasen. Serías su escudo. Su soporte. Serías, como había dicho él en aquel solitario cuarto de invitados, lo que él quisiese que fueras.
Te cargas el cuerpo al hombro, atándolo por las piernas ligeramente a tu cintura y empiezas a escalar. Tienes los dedos doloridos por el frío y despellejados por las piedras, pero crees que le has pillado el truquillo y cada vez avanzas más rápido.
Miras hacia arriba, quedan a penas unos metros, pero no ves la cabeza de Dougie asomada. Tienes un mal presentimiento, pero te obligas a tragarlo. Estará recogiendo tu ropa para llevártela nada más que salgas… O esperando para lanzarse sobre tus brazos… Sí, seguro que sí…
Llegas al borde y lo primero que haces es deshacerte del hombre, empujándolo hasta que cae a tierra firme. Ya hay luz, pero no te has atrevido si quiera a echarle un vistazo. Porque sabes que si lo haces vomitarás.
-Dougie, ¿se puede saber qué haces que no vienes a ay…?-te terminas de aupar, apoyando el abdomen en la pared del pozo, quedando a medio camino.
Al principio, no entiendes lo qué ves. ¿Por qué hay un hombre sujetando a Dougie del cuello, la enorme manaza cubriendo de una forma tan poco delicada su boca? Y, claro después está la navaja. Ese filo afilado y brillante que se pasea apenas rozando en un frío beso el cuello de Dougie.
Y, cuando entiendes, sientes como si todo tu mundo se derrumbase.
-Vaya, vaya. Gracias, rizos, por sacar a James del pozo.-el hombre tiene la voz grave y un tono de voz burlón. Sonríe, enseñando un colmillo de oro entre una desigual dentadura. Una bombilla se enciende en tu cabeza. Rapado, colmillo de oro, aspecto amenazante…
-T-tú… Eres el hombre que estaba hablando con Lilly…-balbuceas, presa de la conmoción.
El hombre suelta una carcajada.
-Buena memoria, guapo. Te daría un aplauso, pero…-aprieta el brazo en torno al cuello de Dougie, que se remueve, intentando zafarse. Pero, ¿qué va a hacer él contra un hombre que le dobla en peso, edad y fuerza?-Pero si lo hiciese la princesita se me escaparía… Y podría haber un accidente si eso ocurriese, ¿verdad?-sin dejar de sonreír, clava ligeramente la punta de la navaja en la piel de Dougie, cerca de la tráquea, no con tanta fuerza como para hacerle herida pero sí lo suficiente para que se vuelva blanca por la presión.
Te mantienes completamente inmóvil, casi sin respirar, notando como la rabia y el terror a partes iguales se van vertiendo en tu torrente sanguíneo.
El hombre señala con la cabeza al cuerpo, pero tú no miras. No puedes apartar la mirada de de la navaja, de Dougie, de sus ojos teñidos de miedo pero también de rabia, mucha rabia. Tanta que te da miedo. Intentas decirle tú con los tuyos que no haga ninguna tontería. Sea lo que sea lo que quiera ese hombre, es menos importante que conseguir salir sano y salvos de aquella encerrona.
-Rizos, sal de ahí. Por nada del mundo me gustaría que te cayeras al pozo…-y otra vez esa sonrisa. ¿No puede dejar de sonreír? Haces lo que te pide. Terminas de salir y te quedas de rodillas, sin apartar la vista de él, con la expresión más fría que lo gras poner. El pelo se te pega a la cara, empapado. Tienes frío.- Muy bien. Si hacéis todo lo que os digo, nada tiene porqué salir mal…
-Si piensas que mis padres van pagar un rescate por mí, estás muy equivocado.-Dougie, liberado de la mano que cubría su boca, lanza de reojo una mirada de odio puro y duro al hombre. ¿Es eso? ¿Quiere secuestrar a Dougie para pedir un rescate?
El hombre se ríe escandalosamente, divirtiéndose con el enfado y el coraje de Dougie. Lo que solo hace que cabrearlo más. Calla, calla, calla; quieres decirle.
-Oh, pero si no voy a pedir un rescate por ti, preciosa. Podría hacerlo, pero ¿para qué complicarse? Yo lo único que quiero son los diamantes.
Ahora sí que no entiendes nada. ¿Diamantes? ¿Qué diamantes? Miras a Dougie. Él tampoco parece comprender.
Ajeno a vuestro desconcierto, el hombre sigue hablando.
-¿Sabéis? Soy un tipo con suerte. En realidad pensaba buscar a esa sabandija por mi cuenta.-señala el cuerpo del tal James.-Pero ¿para qué si pueden hacerme otros el trabajo? En realidad, fue un golpe de suerte. ¿Quién iba a imaginar que en mi búsqueda me iba a topar con el hijo del ricachón Poynter? ¿Qué me iba a preguntar, a mí, sobre un pozo? No me cuestioné como demonios sabía del tema, ya que ni siquiera la policía sabe nuestras identidades. Pero, ¿para qué? Lo importante es que iba en busca de lo mismo que yo. Solo tenía que esperar a que él lo encontrara, sacara a James y después, robarle los diamantes. Como quitarle un caramelo a un niño…
Empiezas a conectar cosas. Esa conversación con Tom y Harry sobre unos recientes robos de diamantes en toda la comarca. Como si fuera un libro, todo se empieza a desarrollar en tu cabeza: el tal James y este tipo debían ser cómplices de los robos, pero a la hora de repartir los beneficios, James se escapó y dejó al otro con tres palmos de narices. Lo debió de buscar, y, Dios sabe cómo, se enteró de que se había caído a un pozo. Después, la mala fortuna quiso que se encontrara con Dougie. Y solo había tenido que seguirlos de cerca, esperando a que sacaran el cuerpo. Pensar que a lo mejor se dirigían a otro sitio o que no era lo que el pensaba, era un riesgo que, por lo visto, había estado dispuesto a correr. Pero no se había equivocado.
-El muy idiota,-él seguía hablando, como si estuviera tranquilamente charlando sobre el tiempo en una taberna en lugar de en un frío y solitario claro, amenazando a punta de navaja a dos chicos y con un cadáver casi a los pies. Sientes un escalofrío; es como si lo hubiera hecho muchas veces ya…-debió querer esconder los diamantes en el pozo para que no los encontrara, pero se quedó dentro. Pobre infeliz… Aunque supongo que será una señal del destino, un castigo por traidor… En fin.-se encoge de hombros y ensancha la sonrisa.-Ahora no merece la pena preguntarse las causas o el por qué de las cosas, ¿verdad, muchachos? Así que, por favor, dadme los diamantes.
Abres la boca para explicar que no tenéis ni idea de dónde están, que no es lo que él piensa. No crees que os crea y os deje ir, pero debes intentarlo. Sin embargo, como si lo adivinara, el ladrón te manda callar. Acto que acompaña con un bonito paseo del cuchillo cerca (muy cerca) del ojo de Dougie.
-Venga, haz lo que te digo sin rechistar. No me gustaría tener que deformar con unos feos cortes la carita de esta preciosidad.
-Que te jodan.-replica Dougie, antes de que puedas si quiera reaccionar. Tensas los músculos. ¿No puede quedarse callado?
Pero, lejos de enfadarse o hacer cualquier amago de atacar a Dougie, el hombre empieza a reírse fuertemente. Abres los ojos como platos. ¿Qué coño le pasaba a aquel tipo? ¿De qué manicomio se había fugado?
Cuando se le pasa el ataque de risa, vuelve a estrechar el abrazo en torno a Dougie y pega los labios a su oído.
-Oh, cariño, creí que esas cosas te gustaban más a ti. Que te jodan, quiero decir… ¿O a lo mejor solo que él –te señala.-lo haga?
Pálido. Dougie se pone tan pálido que casi adopta el tono de la nieve acumulada en el suelo. Y tú sientes como el corazón te empieza a latir errático, con fuertes y rápidos pinchazos. ¿Cómo… lo sabe? ¿Cómo… cómo lo ha descubierto?
El hombre te mira con una sonrisa torcida, mientras sujeta a un Dougie que parece ir a romperse en mil pedazos en cualquier momento. Le va a acariciar la mejilla, pero él aparta bruscamente la cara, con lágrimas en los ojos y los labios fuertemente fruncidos. Se ríe. Y tú sientes que te hierve la sangre.
-Vaya, la princesita se ha enfadado. ¿He dicho algo que te haya ofendido? Quizás quieres ir a buscar consuelo en… espera, ¿cómo se llama el rizos? ¿Era Danny? Oh, sí, es Danny. Incluso desde mi posición alejada, cuando os seguí hasta el pajar, podía escuchar como gritabas una y otra vez su nombre mientras él te la…
-¡Cállate!-gritas, con los puños apretados, la mandíbula tan fuertemente cerrada que casi podías sentir como se comprimían tus dientes. Respiras agitadamente. ¿Por qué tiene que hacer aquello? ¿Por qué tenía que decir aquellas cosas? Él no tenía derecho. No tenía derecho a espiaros, ni tenía derecho a juzgaros. No… él no… -¿No querías el cuerpo? Bueno, pues ya lo tienes. Cógelo y déjanos en paz.
El hombre te mira fijamente, sin borrar la perpetua sonrisa. Miras a Dougie, pero él tiene los ojos cerrados, la cabeza ladeada hacia un lado. Y un pequeño surco húmedo que le cruzaba las mejillas.
-No me gusta que me den órdenes, mocoso. Podría hacer que lo lamentaras. Que lo lamentaras mucho…
A pesar de la mirada amenazadora, tú no desvías la tuya. Tampoco cuando hace presión con la navaja en el pómulo de Dougie, haciendo que un fino hilo de sangre empezase a rodar por su mejilla. Tú te muerdes el interior de tus propios carrillos hasta que notas ese regusto metálico, aguantando, refrenándote. Porque quieres matar a aquel hombre. Quieres lanzarte contra él y acabar con su vida. Pero no puedes; Dougie está en medio.
Al ver que no te amedrentas bajo su amenaza, ríe. Otra vez. Estas empezando a odiar con toda tu alma esa risa.
-Muy bien, muy bien. ¿Sabéis? Me resultáis enternecedores… En fin… Cómo bien has dicho, he venido a por algo. Y no tengo tiempo para entretenerme… Por más que me gustase.-esboza una lasciva sonrisa que te da asco. Aquel tipo es un monstruo. Pero uno de los de verdad… -Así que, si me haces el favor y se lo haces a tu novia, dame los diamantes.
-No los tengo.-contestas, intentando que no se note la desesperación en la voz.
-Bueno, pues búscalos. James los debe de tener en algún lado, ¿no crees?-es más que obvio que quiere que registres el cuerpo…
Tragas la bilis que te sube por la garganta. Y después te vuelves hacia James. Una arcada.
El cuerpo tiene un color ceniciento y la carne está medio descompuesta. Un lado de la cara ha desaparecido y se puede ver los contornos de la calavera. Y los ojos… los ojos son dos esferas gelatinosas y blanquecinas. Otra arcada. Y la cosa no mejora mucho cuando te acercas. El hedor casi te noquea y puedes ver que la caja torácica está hundida, las costillas sobresaliendo grotescamente bajo la piel. Te agachas a su lado. Solo es registrarlo. Solo tienes que toquetearlo un poco, buscar entre los jirones en los que se ha convertido su ropa. Solo…
Esta vez la arcada es demasiado fuerte y no puedes retenerla, así que te giras y vacías todo lo que tienes en el estómago. Notas como te raspa la garganta. Te mareas, pero te obligas a no desmayarte. Tienes que hacerlo… O aquello acabará muy mal…
Te vuelves de nuevo hacia el cuerpo, intentando bloquear tus fosas nasales para que el olor no se cuele en ellas. Y después te pones a registrar entre la ropa del cuerpo. Bolsillos, dobleces, interiores… miras en todas partes. Pero no encuentras nada. No hay diamantes.
-No están.-dices, dejando caer las manos a ambos lados del cuerpo, la impotencia tiñendo tu cara y tu voz.-Los habrá escondido en otro sitio o…
-O tal vez los consiguió esconder allá abajo, después de todo.-te corta el hombre, con una expresión a medio camino entre la impaciencia y la diversión, mirando significativamente el pozo.
Tuerces la boca en una mueca. No. No piensas volver a bajar ahí. Ni de coña. No por el hecho de volver a sentirte encerrado en aquel claustrofóbico lugar. Sino porque no vas a dejar a Dougie a solas con aquel… aquel tipo sádico y con un libido subidito que daba miedo. Solo de pensar en qué podía hacerle en tu ausencia…
-No voy a bajar.
-Oh, sí que lo harás.
-No.-intentas aparentar firmeza. Aunque por dentro estés temblando como una hoja. Aunque estés más asustado de lo que has estado jamás.
El hombre te mira entrecerrando los ojos. Parece que su paciencia se está acabando… Obligas a tu cerebro a pensar algo, cualquier cosa, que os pueda sacar de aquella situación.
Pero parece que Dougie se adelanta. Había estado tan quieto que el ladrón parecía haberse olvidado de él. Por eso aflojó su lazo en torno a su cuello. Por eso acercó demasiado la mano con la navaja a su boca. Y por eso Dougie aprovechó el despiste y mordió la mano, cerrando sus mandíbulas en torno a la carne con toda la fuerza que le estaba permitida.
El hombre suelta un aullido de dolor y suelta a Dougie. Y también la navaja, que sale disparada en tu dirección. Cae casi a tus pies. Solo tienes que lanzarte a por ella. Ahora que Dougie no está en las garras del hombre, puedes enfrentarte a él. Solo tienes que coger la navaja y…
Tus músculos ya estaban preparados para saltar a por el arma, pero un tremendo golpe, seguido de un gemido de dolor y sorpresa, te detiene a medio camino.
El hombre ha cogido a Dougie de la pechera y lo ha lanzado brutalmente de una bofetada al suelo, haciendo que se golpease en la cabeza por el camino contra el murete del pozo.
Sin embargo, te quedas completamente paralizado al ver como el hombre saca velozmente un objeto del interior de su gabardina.
-Vaya, vaya.-dice, situando el cañón de una pequeña pistola a menos de tres centímetros de la frente de Dougie. El hombre se lleva la mano herida (porque Dougie le ha clavado tan fuerte los dientes que le está sangrando) a los labios. Pone una mueca de dolor, pero en seguida lo sustituye por una sonrisa.-La princesita ha resultado ser más furcia que noble… Deberías ser más sumiso, cariño. Y no morder las cosas que no debes…O podría venir alguien y darte una lección… Una lección que puede que no disfrutes en absoluto… -ensancha su sonrisa y baja la pistola hasta que queda por debajo de la nariz de Dougie. Luego la presiona contra sus labios. Él intenta echarse hacia atrás, pero el muro del pozo se lo impide. Sigue presionando hasta que él suelta un gritito de dolor. ¿Acaso quiere meterle la pistola hasta la campanilla? Ves el pavor inundando los ojos grisáceos de Dougie. Desvía la vista hacía a ti. Y te pide ayuda con los ojos. Como el día en el que te escondiste debajo del piano. Pero mil veces amplificada.
Quieres gritar al hombre que pare, que deje de hacerle daño. Que te coja a ti en lugar de a Dougie, que harás todo lo que tengas que hacer. Pero que no haga más daño a Dougie. No a tu Dougie… Porque tú no puedes ayudarle. Y eso duele. Duele esa impotencia al ver que están haciendo daño a un ser querido y no puedes hacer nada para remediarlo.
Y se te ocurre algo. Una idea descabellada, pero ¡qué demonios!, no tienes otra opción mejor en aquellos momentos.
-Para. Por favor. Creo que sé dónde puede tener James los diamantes… Pero, por favor, déjale. No le hagas daño… Por favor… -suplicas, poniéndote de rodillas. Si tienes que arrastrarte rogando piedad, lo harás.
El hombre vacila. Pero acaba cediendo.
-Está bien, rizos. Pero intentas algo raro, y le vuelo la garganta a tu novia. ¿Entendido?
Asientes vigorosamente y después coges la navaja del suelo con movimientos lentos, para que vea que no tienes intenciones violentas hacia su persona. Después retrocedes hasta donde está el cuerpo de James, y te arrodillas a su lado. Apoyas la punta de la navaja por debajo de su esternón. Y coges aire.
Miras una última vez a Dougie, recordándote por qué (o mejor dicho, por quién) estás haciendo aquello. Y después clavas la navaja en la carne putrefacta del cuerpo, deslizándola hacia abajo y abriéndolo casi en canal. Reprimes de nuevo las arcadas, aunque esta vez no tengas nada que vomitar.
Has hecho antes esto. Con animales, obviamente. Así que te obligas a pensar que estás haciendo aquello con un conejo o una gallina, que después servirá a tu madre para elaborar el menú de aquel día en la posada. Metes la mano en la abertura. Buscas el estómago con los dedos, con la vista fija en algún punto del horizonte. Cuando lo encuentras, lo tanteas con las yemas. Allí… parece haber una pequeña cosa extraña bajo la resbaladiza superficie del órgano… Tu corazón empieza a latir desenfrenado, pensando en la posibilidad de que estés en lo correcto.
La esperanza hace que no pienses demasiado y que abras el estómago de James sin demasiado vacile. Y, allí, entre el líquido espeso y asqueroso y demás, hay una pequeña bolsita de tela.
No puedes evitar esbozar una gran sonrisa al sacarla. La abres con cuidado y miras dentro. El destello de decenas de diamantes te recibe en el interior.
-Vaya, enhorabuena, guapo. Estoy sorprendido; el muy cabrón se tragó la bolsa con los diamantes para que no la encontrara… Admito que al menos era inteligente…-el hombre parece satisfecho. Alarga una mano (la que no sujeta la pistola que aún está en la boca de Dougie) hacia ti.-Ahora se buen chico y dámelos.
Te levantas despacio, la preciada bolsita sujeta entre los dedos. Miras al hombre a los ojos. Puedes ver en ellos una avaricia infinita. Y algo más. Algo que te hace darte cuenta de que aquello no va a tener un final feliz. No os va a dejar con vida. A pesar de haber conseguido los diamantes. No quiere testigos…
-¡Venga! ¡Dámelos de una jodida vez!
Cierras los ojos. Ahora comprendes porqué Dougie se había comportado de aquella manera tan temeraria. Él sabía que no iban a salir de aquella. Y, si había que morir, al menos hacerlo con la cabeza bien alta.
-Oh, ¿los quieres?-dices, poniendo todo el odio y la rabia que tienes dentro en tus palabras.- Muy bien. Cógelos.-y con un certero impulso, lanzas la bolsita hacia la boca del pozo, por la que en seguida desaparece.
Después todo pasa a una rapidez muy lenta pero a la vez tremendamente deprisa. Los segundos se distorsionan, como si estuvieras en un sueño.
El hombre suelta un aullido y se lanza a por la bolsita, pero no llega a tiempo. En su precipitado salto, deja de apuntar a Dougie. Sin embargo, te sorprende encontrarte el cañón de la pistola dirigido a ti directamente. Un estallido. Dougie que se lanza contra el brazo del ladrón, desviándolo. Ambos caen al suelo. El hombre que se coloca encima de Dougie, que pone la pistola contra su pecho. Tú que te arrojas contra él hombre. Tú hundiendo la navaja que todavía sostienes en la mano entre sus anchos omóplatos. Él que suelta un grito y se vuelve, dándote un certero codazo en el estómago que te deja sin aire. Te coge por la camisa, dejando a un Dougie aturdido en el suelo y perdiendo la pistola por el camino. Te ves lanzado por los aires y caes con un quejumbroso quejido, a medias salido de tu boca a medias producido por tus huesos al impactar contra la piedra del pozo. El hombre se lanza a por ti, con una mirada desencajada por el dolor y la rabia, casi como la de una animal… Aterradora… Asesina…
Y, de nuevo, otro estallido. Te encoges y cierras los ojos, esperando tu fin. Pero no pasa nada; todo se ha quedado quieto, hasta parece que el aire tiene miedo a agitarse. El hombre te mira con los ojos desorbitados, a escasos centímetros. En su frente, un agujero rojizo y húmedo del que empieza a brotar abundante sangre. En el último momento, justo antes de que exhale su último aliento, un brillo de comprensión cruza por sus ojos. Después cae muerto sobre ti.
Alzas la cabeza. Y allí está, con los ojos rojos y desbordados de lágrimas y la herida en su sien del golpe contra el pozo ligeramente sangrante, temblando. Y con la pistola caída del ladrón sujeta con las dos manos aún humeante por el disparo.
Te levantas muy lentamente tras ¿cuánto?, ¿segundos?, ¿minutos?, ¿horas?, sin mirar el cadáver todavía caliente de vuestro asaltante. Sientes un fuerte pinchazo en el abdomen, pero te obligas a avanzar hasta Dougie, que parece haberse convertido en estatua temblorosa.
-Dougie… Dougie, suelta eso…-pones la mano sobre el cañón de la pistola, bajándolo. Entonces él reacciona y la suelta, como si quemara.
-Da-Danny… -dice tu nombre tartamudeando, pero no te mira: sus ojos están clavados en el hombre y en la nieve que rápidamente se va tiñendo de rojo.
Le coges por la barbilla y le obligas a que aparte la mirada.
-Danny… lo he matado… Yo… Yo no quería… Oh, Dios… Lo he matado…-su labio inferior empieza a temblar, sus iris de ese color todavía sin definir para ti, a distorsionarse debido a las lágrimas. Y tú vuelves a sentir ese pinchazo en el abdomen, pero está vez más fuerte. Reprimes una mueca de dolor.
-No, Dougie. Me has salvado. Salvado. A mí. ¿Vale?-le hablas despacio y esbozas una pequeña sonrisa. Después le acaricias la mejilla con dulzura y depositas un besito en sus labios.-Gracias, Dougie…
Te observa unos segundos y después se tira a tus brazos. Aprovechas que su cara no está orientada hacia la tuya y tuerces la boca en un gesto de dolor silencioso.
-Dougie, te quiero. Te quiero. Siempre lo haré.-repites, mientras hundes la nariz en su cuello, respirando su delicada fragancia, los mechones de su coronilla haciéndote cosquillas en la cara; notas que eres tú el que está temblando ahora.-No lo olvides, nunca, por favor…
Sientes como los músculos de él se tensan bajo tus brazos. Y se aparta unos centímetros, mirándote con el ceño fruncido.
-¿Po-por qué me dices eso? ¿Po-por qué iba yo a… a olvidar que me quieres?-como única respuesta esbozas una sonrisa y apoyas tu frente en la suya, cerrando los ojos. Deslizas una mano desde su espalda hasta tu abdomen, justo donde te duele. Sabes que Dougie sigue atentamente tus movimientos a pesar de no verlo. Tras unos segundos, retiras la mano. No te hace tampoco verla para sabes que está teñida de rojo.
-No… No, Danny, no… Esa sangre no es tuya… No es tuya, ¿me oyes? No… no puede ser tuya…-abres lentamente los ojos y le sonríes. Estás tan cerca que casi puedes sumergirte en sus ojos. Te encantan sus ojos. La forma en la que se entremezclan el azul y el gris en finas y brillantes líneas en torno a una pupila profundamente negra… Son tan bonitos…
-Me encantan tus ojos.-susurras. Y es cómo si eso bastase de explicación para él, como si fuera la mejor contestación, la prueba irrefutable de que aquella sangre sí era tuya… De que esa primera bala que el hombre había dirigido contra ti te había acertado… Intenta negar con la cabeza, intenta articular alguna palabra, pero no puede. Y tú coges con la mano que no está manchada su cara y la acercas a la tuya, juntas sus labios con los suyos unos segundos, te separas y vuelves a juntarlos. Y él se agarra a tu cuello, enredando los dedos en tu pelo, impidiendo que vuelvas a separarte y continuando el beso de forma desesperada. Notas como sus lágrimas bajan por sus mejillas y llegan hasta vuestras bocas, donde pasan a mezclarse con vuestra saliva.
Escapas de sus labios cuando notas que empiezas a marearte. Te fallan las rodillas y te caes hacia delante. Dougie te frena, pero acabáis en el suelo, él sentado y tú en su regazo. Te acaricia la cara con una mano, mientras que con la otra intenta frenar la hemorragia. Suspiras.
-Esto no es justo…-solloza él, sin dejar de llorar.-No… no es nada justo… Todo es culpa mía… De-debes estar deseando no haberme conocido… Lo-lo siento…-una retahíla de sollozos. Tú niegas con la cabeza y pasas los dedos por su barbilla.
-¿Cómo puedes pensar algo así, bobo? Eres lo mejor que me ha pasado… No cambiaría ni un solo segundo de los que he vivido contigo por nada del mundo… Ni uno solo, Dougie…
Se lleva a la mano a la cara para secarse (o para intentarlo) las lágrimas, pero lo único que consigue es dejarse un manchurrón de sangre en las mejillas. Parece un niño pequeño…
-En-entonces la culpa es tuya…
A pesar del dolor y el entumecimiento que está empezando a tomar el control de tu cuerpo, abres mucho los ojos. ¿Te ha dicho que es culpa tuya?
-Sí, no me mires así… Es culpa tuya… Por querer acompañarme… Por ser tan caballeroso conmigo… Y eres un mentiroso…-abres más los ojos; no entiendes. Él te devuelve le mirada sin dejar de apartarte los pegajosos rizos de la cara con mimo.-Eres un mentiroso. Me dijiste que estarías conmigo… Que-que no me dejarías… Hasta que el infierno se congele, ¿re-recuerdas? Y-y-y el infierno no se ha congelado… Claro que hace frío, pe-pero no tanto para que se congele… Y tú me dijiste… me dijiste que…- se le va la voz. Es irónico, pero intentas calmarlo, como si fuese él el que tuviese un agujero de bala en el cuerpo. Dougie coge aire y baja la cabeza hasta que su frente queda apoyada en tu mejilla.-Joder, no te mueras, Danny. ¡No te mueras! Yo… ¡te dejaré que me llames princesita rubia y enano! ¡Te dejaré que me des órdenes si quieres! ¡Te dejaré que me tires de los mofletes si quieres! ¡Te prometo que no volveré a enfadarme contigo ni te llamaré paleto! Todavía no he contado todas las pecas que tienes… Y… y… y… Qué hay de eso de fugarse, ¿eh? Tenemos que fugarnos… Lo dijiste… Me fugaré contigo a dónde quieras, como si quieres que nos vayamos a… a… a… ¡a vivir en un árbol! Lo que tú quieras, Danny… Lo que tú quieras… Pero, por favor… por favor, te lo suplico, no te vayas… No me dejes… No voy a poder seguir adelante sin ti… Yo… Por favor, Danny… -su voz ha ido bajando, desde el grito al susurro.-Quiero más… Quiero más noches en el pajar… Quiero más bromas… Quiero más besos a hurtadillas… ¿Qué será de mi vida si tú te vas? ¿Eh? ¿Qué sentido tendría el día si no te encuentro dormido a mi lado cuando me despierte? ¿Si no escucho esa risa de maniaco que tienes? ¿Si no hay nadie que me regale esa estúpida sonrisa tan grande y que tanto me gusta? ¿Eh? Danny…
Se queda callado. Tú respiras con dificultad, notando como los contornos de tu vista se van distorsionando. Notas el aliento de Dougie en la mejilla, su mano acariciando tu piel, sus parpadeos que te hacen cosquillas. Suspiras.
-Dougie, escúchame… Lo primero, quiero que sonrías, ¿vale? Sabes que no me gusta verte llorar…-él levanta la cabeza. Te mira unos largos segundos y se seca las lágrimas con la manga de la camisa, asintiendo. Después tira de las comisuras de la boca hacia arriba. Es más bien una mueca que una sonrisa, pero no puedes evitar reírte, porque su expresión es adorable.-Bien… Muy bien… Ahora quiero que te vayas.
-¿Qué?-pregunta, sorprendido.
-Que quiero que te vayas. Que te vayas y busques ayuda, ¿vale? Creo recordar que hay un pueblo no muy lejos de aquí…
-Pe-pe-pero…
-Shh. Calla y escucha, enano. La bala no me ha dado en ningún punto vital. Pero si nos quedamos aquí llorando y compadeciéndonos lo que va a pasar es que me voy a desangrar. ¿Harás eso por mí? ¿Irás a por ayuda?
Él duda. Parece que va a volver a llorar, pero se controla.
-No quiero dejarte, Danny. ¿Y si cuando vuelva tú estás… estás…?
Niegas con la cabeza, luchando por no perder el conocimiento.
-Dougie, confía en mí. Confía en mí y vete. Yo te esperaré aquí…. Te-te esperaré… Y habrá más noches en el pajar, y más bromas, y más besos… Oh, sí, habrá muchos más besos, te lo aseguro…
Se ríe entre lágrimas. Pero parece que queda convencido. Así que se levanta, dejándote cuidadosamente tumbado sobre el suelo. Incluso se quita su capa y te la echa por encima como si fuese una manta. Parece que va a irse, pero vuelve sobre sus pasos, se arrodilla y te da un largo beso.
-Te quiero, Danny.-te dice, después de ese beso que casi te deja sin respiración.
Sonríes, hipnotizado por él, por sus palabras, por todo Dougie.
-Anda, vete ya, princesa, que te enrollas como una vieja… -bromeas, dándole un suave cachete.
Él se separa de ti con un ''espérame'' y se va corriendo.
Oyes sus pasos alejarse. Luego todo se queda en silencio. Ahora que Dougie no está, gimes de dolor. Tus manos presionan la herida, dónde la sangre se ha empezado a coagular. Cierras fuertemente los ojos. Duele. Joder, vaya qué si duele…
Echas de menos a Dougie, aunque hayas sido tú el que le ha pedido que se vaya…
Para colmo, empieza a caer la noche… No sabes cuánto tiempo más podrás aguantar… Porque la herida no es tan inofensiva como le has dado a entender a Dougie… Luchas por no desmayarte.
Y en tu cabeza, te repites un único mantra, una única frase, un único propósito para que te ayude a sobrellevar aquello, a cumplir tu promesa de estar allí cuando Dougie regrese con ayuda: cuando el infierno se congele, cuando el infierno se congele…
When hell freeze over…
Y esto es todo, amigos. Sé que es un final demasiado abierto, pero entendedlo, este fue mi primer fic y entonces me daba penita cargarme a algún personaje tan explícitamente e.e Además, así no me arriesgo a que me matéis a base de tomatazos *inserte sonrisa inocente*. Pero, oye, que puede ser que Dougie llegase a tiempo y salvase al pecosín, ¿eh? Yo eso ya lo dejo a elección de cada uno :P
Loveee :3
