Disculpen, me colgué, ahora sigo subiendo seguidito. Besos.
VIII
Tan morboso.
Aún faltaba una semana, el colegio entero estaba esperando por la graduación de los de último año. Rose estaba ansiosa pero a la vez no quería largarse de allí. No sabiendo que ahora tenía un tema pendiente, algo que no se evaluaba como el resto de las materias, algo que correspondía al corazón. Pasaban ya varios días de aquella intromisión nocturna de Scorpius. No habían hablado de eso, no se habían encontrado nuevamente, ni se habían intentado buscar. La cuestión era complicada. Ya que al parecer Albus y Rhonda no estaban nada bien con esa especie de relación que querían mantener, y al no querer estar solos y juntos, él se la pasaba con su amigo mientras que Rose escuchaba las declaraciones de su amiga. Se sentía una total egoísta, pero por primera vez quería que dejaran de hablarle para poder pactar un encuentro con el chico que más odiaba y más deseaba al mismo tiempo. No podía ser indiferente a lo que sentía.
Por su parte, Scorpius aguardaba la finalización de clases con paciencia. Ya no quería saber nada con el colegio. Uno de los últimos días antes de la graduación, se ubicó de brazos cruzados sobre el puente que llevaba a la cabaña de Hagrid, y esperó allí, apoyado en la baranda mirando el horizonte. Su camisa blanca estaba prolija dentro de su pantalón y su corbata bien floja alrededor de su cuello. Se viró al escuchar crujir la madera del suelo suspendido en el aire. Rose caminaba hacia él con parsimonia. Sus ojos algo enceguecidos por la reciente vista al sol, se posaron sobre los de él y con aparente curiosidad llegó a su lado.
—¿Llevas mucho tiempo buscándome? —quiso saber Scorpius bromeando siempre con su altanera forma de ser.
—No, recién comienzo. —Sus palabras sonaron suaves. Scorpius vio el entreabrir y cerrar de sus labios como si fuera en cámara lenta. Tentado completamente.
No debía admitir nada, ni quería, pero realmente estaba perdiendo otra batalla más en contra de esa pelirroja, aunque era ella la que iba por él en ese momento. Se sentía expuesto, anestesiado. No sabía si salir corriendo o volver a dejarse llevar por sus impulsos. La vio fruncir el entrecejo y se insultó a sí mismo por no escucharla.
—Estás mal… —dijo Rose asintiendo— Ni siquiera escuchas lo que digo.
—Solamente trato de encontrar una explicación lógica —comentó con afligida voz aterciopelada.
—¿Sobre qué? —preguntó apoyando su cabeza contra la arcada de madera y el resto de su peso sostenido por su brazo en la baranda.
—Sobre ti —aseguró Scorpius—. Hace un par de meses hubiese dado lo que fuera por estar aquí a solas contigo para simple y llanamente tirarte debajo de este puente.
—¡Suena divertido! Yo hubiese hecho lo mismo —confesó con irónica maldad.
Scorpius se vio impresionado por la cálida expresión de sus ojos, sonrió perdido observándola y dejó de escuchar a su vocecita interior que le pedía a gritos que se alejara a la vez que él hacía víctima a la pelirroja de un nuevo contacto boca a boca. Ya se iba acostumbrando a hacer aquello. Ella no hizo ningún intento por separarse, pasó sus manos por alrededor de su cuello y movió con soltura sus labios. ¿Ellos eran enemigos? ¿Aquellos masoquistas empeñados en ocultar un sentimiento mutuo e incoherente? Scorpius la abrazó posesivamente. Desde un plano exterior, no se sabía en dónde acaban los besos, si enseguida comenzaban otros sorpresivamente más intensos.
