Hola gente, muchas gracias por leer =) venía a dejar el episodio 19 de esta historia y a decir que mañana este fic acabará. Así que espero sea de su agrado. Muchas gracias.
XIX
Inevitable.
Cada minuto duraba horas. Rhonda bailaba como loca en la pista, Rose intentaba seguir sus pasos pero no estaba muy animada. Bailar no era lo suyo y además, estaba impresionada por la frialdad de Scorpius. No hacía mucho le había dicho que la quería, algo totalmente esperado por ella pero ahora estaba sentado en su sitio, lejos del resto y con aparente estado inocente. Su mirada era perpleja hacia Rose, ella se sentía atravesada pero no podía descifrar por qué no se acercaba. Sospechaba que podía ser por sus padres y el resto de familiares, pero no sería un Malfoy si hiciera lo correcto y se quedara allí sin disfrutar. Albus reía abrazando por los hombros a James que también parecía borracho. Rhonda era tan alegre que no le importaba el estado de su novio y que estuviera cerca de su hermano mayor con fama de mujeriego. La envidia de Rose era inmensa. Ella quería sentirse tan feliz como su amiga, pero no podía, ya que las dudas la asaltaban. Entonces, pasadas unas tediosas horas en que sólo la juventud quedaba en la fiesta localizada en el amplio jardín de La Madriguera, se acercó a Scorpius y se sentó a su lado.
—¿Se puede saber qué te ocurre? —preguntó cansada y resoplando luego.
—Si te lo digo vas a salir huyendo… —Con tal respuesta, Rose se sonrojó descifrando su encendida mirada—. ¡Quiero irme de aquí! Se supone que vine al cumpleaños de un amigo para pasarla bien con él y festejarlo. Sin embargo, él mañana ni se acordará de mí y yo aún no he disfrutado nada. En resumen… —miró a Rose fijamente y con una sonrisa ladeada mientras lentamente introducía una de sus manos por la falda su vestido, recorriendo lentamente su pierna en una caricia discreta, suave, pero enloquecedora. Se acercó a su oído para susurrar lo siguiente— Quiero llevarte conmigo… A donde sea.
Rose se estremeció ante tal contacto. Cruzaron varias imágenes por su cabeza y se mordió el labio inferior intentando decidir qué debería hacer. Negarse no era la opción que vibraba en su mente y para colmo su corazón pedía a gritos alejarse de esa fiesta para estar con él. No le quedó otra que quitarle su mano de allí porque estaba cediendo a la locura, se avergonzó un poco tras no saber si había gemido por lo bajo cuando él se acercó a besarle el cuello por una fracción de segundos, y entonces se decidió por asentir pidiéndole que la sacara de allí.
Por increíble que parezca, Scorpius se había decidido a llevarla a su casa. Sus padres no figuraban despiertos, por supuesto. Corrieron sigilosos de la mano y subieron hacia una habitación amplia por unas escaleras bien lujosas. La casa tenía luces tenues mágicas especialmente preparadas para cuando alguien llegaba en horarios no habituales. A medida que pasaban por un largo pasillo, las luces se iban extinguiendo. Rose se impresionó de la elegancia de la Mansión Malfoy tanto que olvidó por un momento a qué había ido. Cuando estaba ya en el cuarto, más iluminado por decisión del dueño, se puso a inspeccionar un poco en los rincones de la habitación. Todos los adornos de plata, los muebles de roble, los tapices verdes con extraños dibujos y abstracciones. Aquello había sido parte de la vida de Scorpius. Y ahí fue cuando notó que había ido con él allí, que estaban juntos por algo y sus nervios volaron al cielo. Se giró a medias y lo vio allí parado cerca de la puerta, simplemente observándola. Sus grises ojos estaban totalmente descubiertos, él no quería ocultar nada y allí, en su cuarto, su piso, su vida, su máscara se caía. Era sólo él; que se acercaba con elegancia y lentitud. Su gélido rostro se incorporó a la altura de Rose cuando ya no hubo casi distancia y entonces apoyó sus labios en la comisura de los de ella.
Rose sonrió. Jamás hubiera imaginado tanta confianza con él, tanta libertad. Quería decirle muchas cosas que, no obstante, se agolpaban en su garganta sin poder siquiera mascullarlas. Sentía que así debía de pasarle a él, que con amor la miraba pero a la vez la desnudaba en su imaginación. Así ocurría, sin pensarlo ya estaban rendidos el uno al otro. Ágiles, jóvenes incansables y desenfrenados, ávidos de explorar territorio que ya les pertenecía. Manos inquietas, besos improvisados, caricias, roces; fuego y hielo unidos y extrañamente cómodos entre sí.
Scorpius no evitó gritarlo. Sentirse profundamente completo, deseado, amado, hacía inevitable seguir callándolo, inevitable su derrota personal. Ya no tenía excusas para no decírselo.
—Te amo —volvió a jadear desesperado sobre sus labios mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, su piel se erizaba tras la última embestida, y la soberbia que alguna vez lo había caracterizado, se esfumaba en un instante fugaz.
