Tercera entrega y una muy buena noticia: mañana temrino los exámenes y hasta Selectividad no tengo ninguno *llora de felicidad* así que espero poder volver a ponerme a escribir otra vez, que ideas tengo, ahora solo falta la voluntad. He acabado más plana que un papel de folio ò-o.
B E S O S · I N T E R N A C I O N A L E S
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Jueguetes
AméricaxCanadá
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Alfred estaba sentado en el porche de la casa. Se había cruzado de piernas al "estilo indio" y tenía sobre las rodillas un libro de tapas negras gastadas sin ningún titulo. El niño, de apenas unos seis o siete años, trataba con todas sus fuerzas de contener un bostezo.
El libro era de Arthur, al parecer uno de sus favoritos, aunque llevaba diez páginas leyéndolo y se preguntaba cómo podría gustarle tanto aquel tostón. Se tapó la boca con una mano, tratando de impedir que saliera y, al darse cuenta del gesto inconsciente, giró la cabeza a todas partes, corriendo. Suspiró de alivio al no ver a Inglaterra cerca. No quería decepcionarle, por eso estaba poniendo todo su ahínco en leer aquel libro por aburrido que fuera.
Se preguntó cuánto tiempo tendría que estar en el porche para que Inglaterra estuviera orgulloso de él, aunque leyese poco. Estaba seguro de que no iba a conseguir leer mucho más aunque pasase allí toda la tarde. Solo esperaba que Arthur le perdonase por el esfuerzo y le dejase ir a buscar a su hermano a casa de Francis.
En aquel momento escuchó un ruido de pasos y conversaciones. Pero no… tenía que seguir leyendo, o fingir hacerlo. Las letras bailaban en las pálidas páginas y los nombres no tenían ningún sentido.
-¡Alfred! –exclamó una voz tras de él y el niño levantó la cabeza para ver llegar a Canadá corriendo. Tenía algo entre los brazos. Detrás de él iba Francia con su cabello rubio recogido y una sonrisa exuberante.
-¡Matthew! Jo, estaba aburriéndome mucho, gracias por venir –dijo abrazándole cuando le alcanzó y tirando el libro sobre la silla que había en el porche.
-Mira qué me ha regalado papá Francia –dijo el otro rubio cuando se separaron.
Justo en ese momento el francés pasó a su lado, agachándose para darles un par de besos en las mejillas.
-Me voy adentro a ver a Arthur, ¿vale? Sed buenos –les dijo y canturreando entró.
Alfred asintió, volviendo a mirar lo que fuera que había traído su hermano. ¿Algo nuevo? Quería verlo. No podía esperar. ¿Un regalo?
-¡Mira! –de nuevo gritó sacando un tren de madera hecho con todo detalle. Lo tenía todo: la locomotora, las ruedas, el silbato… no faltaba detalle. Estaba pintado a mano de colores vivos: azules, blancos y rojos.
Los ojos de América brillaron al ver tal preciosidad. Quería cogerlo.
-¿Me lo dejas?
Canadá fue a tendérselo, como siempre que Alfred le pedía algo, pero se detuvo en el último momento, recordando las palabras de Francia el día anterior, en una de sus peculiares charlas sobre cómo debía actuar para llegar a ser como él. Había prometido que se esforzaría mucho así que miró a su hermano y sonrió.
-Solo si me das un beso antes.
-¡Malo! –se quejó Alfred.
Pero se inclinó para estampar un beso sobre su mejilla.
Matthew se sonrojó y le tendió el juguete.
