Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, sólo la trama es mía.


-Capítulo 6-

A la mañana siguiente me levanté a las ocho menos cuarto, pues James se iba a trabajar a las ocho y media, y debía prepararle el desayuno. Fui al cuarto de baño cuando me aseguré de que mi marido estaba despierto, me lavé la cara y a continuación bajé las escaleras, encontrándome a Jasper tomándose un café en la cocina. Me dedicó una sonrisa cuando me vio aparecer por la puerta.

–Buenos días –me saludó alzando su taza de café, y yo parpadeé, sorprendida.

–Buenos días, Jasper. Veo que no has podido esperar para el desayuno –murmuré aún medio dormida, dirigiéndome a la cafetera.

–Pensaba que no te ibas a levantar todavía y por eso me he preparado yo el café.

–He de prepararle el desayuno a James.

–Ah…

No dijo nada más, así que yo tampoco lo hice. Una vez tuve preparados dos cafés, uno para mi marido y otro para mí, me senté al lado de Jasper.

–Pareces cansada –me comentó, mirándome detenidamente.

Y yo no quise que lo hiciera, pues estaba despeinada, aún llevaba puesto el camisón que estaba bastante arrugado y sentía que no podía dejar de bostezar. Pero mi mortificación llegó cuando recordé que tal vez nos había oído a James y a mí durante la noche, pues mi marido no se había dormido hasta pasadas las dos de la madrugada, al igual que yo. Por ese motivo cogí mi taza de café y me la llevé a los labios sin pensar, chamuscándome la lengua en el acto.

–Estoy bien –fue mi única respuesta cuando recuperé la movilidad en la lengua. – ¿Y tú qué tal has dormido?

–Francamente bien. Ayer conseguiste cansarme mucho con tanto paseo.

Alcé una ceja con una sonrisita divertida en el rostro.

–Tú quisiste pasear, así que no me eches la culpa a mí.

En ese instante, James hizo acto de presencia en la cocina.

–Buenos días a los dos –nos saludó justo antes de darme un beso en los labios para luego sentarse enfrente de Jasper, en el sitio donde se encontraba intacta su taza de café. – ¿Estás preparado para trabajar, Jazz?

–Creo que sí. Será interesante, porque nunca he ayudado a construir un granero –le respondió él sonriente, poniéndose en pie para fregar su taza de café.

Yo me quedé atónita al ver su buena disposición en lo que a las tareas domésticas se refería, y mortificada porque no me parecía bien que nuestro invitado se tomara tantas molestias.

–No me sorprende –James apuró su taza de café al máximo, pues ya eran las ocho y cuarto, y después se levantó de la mesa. Cogió su sombrero, se lo colocó, y a continuación regresó para darme otro beso. –Nos vemos a la hora de la comida, preciosa. Jasper, te espero en el coche, así que no tardes.

El aludido asintió sin palabras, y continuó fregando la taza y la cuchara. Yo me levanté cuando escuché la puerta al cerrarse, y me coloqué al lado de Jasper.

–No es necesario que te molestes tanto. A mí no me importa hacerlo.

–Lo he ensuciado yo, ¿verdad? Pues yo lo limpio. No hay problema, Alice, tú ya tienes bastante con tener que limpiar todo lo que ensucia James.

Tragué saliva al escuchar sus palabras, y cuando Jasper terminó de limpiar su taza, coloqué la mía y la de James en el fregadero.

–Me voy ya –me dijo, y yo me di la vuelta para quedar cara a cara con él. –Luego nos vemos.

–Que os vaya bien.

Me despedí de él con la mano y con una sonrisa, y decidí que ya era hora de ponerme a fregar y a limpiar. Un rato después, cuando subí al segundo piso para hacer las camas, me sorprendí gratamente al percatarme de que Jasper se había molestado en ordenar la habitación y en hacer su cama. Aunque en realidad, no sabía por qué me extrañaba, si había estado comportándose así desde que llegó el día anterior. Bueno, me ahorró algo de trabajo, así que se lo agradecí internamente. Me pasé la mañana planchando ropa y quitando el polvo de los muebles, así que apenas me di cuenta de la hora que era cuando los escuché llegar. Por suerte, había dejado la comida hecha.

–Ya estamos aquí –la voz de James me hizo sonreír, así que salí a recibirlos al pasillo. Mi marido me abrazó y me besó como no solía hacer a menudo, y después saludé a Jasper tímidamente. Me daba vergüenza que James se comportara de ese modo delante de él.

Sonreí cuando me di cuenta de que ambos estaban llenos de polvo. No se me hacía tan raro verlo en James, pues ya estaba acostumbrada, pero sí en Jasper.

– ¿Cómo ha ido el día? –me interesé cuando los dos se asearon y refrescaron un poco, y se sentaron después en la mesa.

–Bien, como siempre –fue la escueta respuesta de James.

–Me ha gustado, aunque ha sido cansado. Entre el calor, el polvo y la madera…

– ¿Crees que podrás soportarlo otra vez esta tarde? –le preguntó James burlonamente.

–Por supuesto.

–Y… ¿qué tal con Edward y con Bella? –intervine yo.

–Muy bien, ambos me han parecido muy simpáticos.

– ¿Ves? Yo tenía razón.

–Bella me ha dicho que luego te llamará para saber si te apetece ir a merendar con ella esta tarde.

–Oh, me apetece mucho. Además, ya no tengo nada más que hacer en casa por hoy –le respondí, contenta por aquella noticia. Siempre me apetecía salir un poco de casa.

Y efectivamente, poco rato después de que tanto James como Jasper se marcharan de nuevo, Bella me llamó y quedamos para ir a merendar.

–Jasper me ha dicho que le habéis caído genial –le comenté una vez estuvimos acomodadas en una pequeña pero acogedora cafetería situada a las afueras de Seabrook. Era el lugar al Bella y yo que solíamos ir a merendar de vez en cuando, e incluso ya conocíamos al dependiente y a los camareros que trabajaban allí.

– ¿Sí? Me alegro. A mí me ha parecido muy simpático y agradable. Y lo mejor de todo es que ha hecho muy buenas migas con Edward.

– ¿De veras? En ese caso no debemos preocuparnos por la cena de mañana.

–Por supuesto que no. Y, por cierto, ¿cómo fue vuestro reencuentro? ¿Tenso? –se interesó, observándome con una mirada curiosa.

–No te creas… Fue algo normal. Al principio estuve muy nerviosa, pero creo que es fácil sentirse cómoda en presencia de Jasper.

–Opino igual. Es muy educado y servicial. Cada vez que me ha visto salir de la casa, ha venido corriendo a ayudarme a bajar las escaleras del porche. ¿Te lo puedes creer? –me preguntó, sorprendida, antes de darle un sorbo a su zumo de piña.

–Sí, me lo puedo creer –le respondí con una risita. –Ayer, después de comer, se empeñó en fregar los platos, y por la noche quiso hacer lo mismo pero no le dejé. Y esta mañana ha fregado su taza de café, e incluso ha ordenado su habitación y ha hecho su cama.

–Caray… Pues alégrate. Ojalá mis invitados hiciesen lo mismo –se rió Bella relajándose en su asiento.

–Si te soy sincera, a mí me hace sentir un poco mal.

– ¿Por qué?

–No lo sé. Se supone que un invitado no debe preocuparse por las tareas domésticas.

–Bueno, si quiere ayudarte, déjale. Si no lo haces, se sentirá mal porque pensará que rechazas su ayuda.

–Pero tal vez, si no le pongo freno, creerá que me estoy aprovechando de él.

Bella rodó los ojos y volvió a darle otro sorbo a su zumo, haciéndome reír. En el fondo sabía lo que había querido decirme con aquella mirada: que no le diera importancia a aquel tema, porque en realidad no la tenía.

Por la noche, después de cenar, fregamos los platos entre Jasper y yo; de ese modo no discutimos. James, por su parte, se limitó a dejar su plato y su vaso sucios sobre la mesa, y después se marchó a ver la televisión al salón.

–Este hombre… –murmuré mientras frotaba intensamente los restos de comida del plato de mi marido.

– ¿Es que no te ayuda nunca? –me preguntó Jasper mirándome de reojo.

–Sí, sí lo hace. No tan a menudo como debería, pero lo hace.

No dijo nada más, simplemente se limitó a resoplar y a continuar aclarando los cacharros que yo le iba pasando. Una vez hubimos terminado, ambos salimos al salón y nos encontramos a James profundamente dormido en su sillón. Me acerqué a él y le di unos cuantos golpecitos en el hombro para despertarlo.

–Vamos a la cama –le dije cuando abrió los ojos y me miró, desorientado.

–No estaba dormido –farfulló, levantándose con torpeza.

–No, claro que no –miré a Jasper, y éste me dedicó una leve sonrisa. –Nos vamos ya a dormir. Si quieres, puedes quedarte un rato viendo la televisión –le aclaré.

–No, no importa. Yo también me iré ya a la cama, que estoy molido.

–Como quieras. Hasta mañana –me despedí de él, y acto seguido salí del salón seguida por James, que parecía no poder mantener los ojos abiertos.

Yo, por mi parte, no tenía demasiado sueño, por lo que cuando me metí en la cama y empecé a escuchar los ronquidos de mi marido a mi lado en el momento en el que se tumbó, mis ojos se abrieron de par en par. Y así permanecieron durante mucho rato, pues entre el calor que tenía y las profundas respiraciones de James tan cerca de mí, no me veía capaz de conciliar el sueño. Decidí levantarme a beber un vaso de agua fresquita, deseando refrescarme un poco. Miré el reloj y vi que no eran más de las dos y media de la madrugada, así que me estiré y suspiré sonoramente cuando salí de la habitación. Bajé a paso lento las escaleras y caminé hacia la cocina. De la nevera saqué una jarra de agua y me serví un vaso lleno. Me lo bebí sin prisas, alargando el momento, hasta que percibí algo extraño a través de la ventana. Me di cuenta de que en el porche trasero había humo, así que abrí la puerta trasera que teníamos en la cocina y me asomé por la rendija, asustada. Respiré con tranquilidad cuando me percaté de que el causante del humo era Jasper, que estaba sentado en las escaleras fumando un cigarro. Y ése hecho sí que me sorprendió, pues que yo recordara, jamás había sido aficionado al tabaco.

Decidí salir al exterior para hacerle un poco de compañía, pues sabía que lo único que me esperaba en mi habitación eran los ronquidos de James y el sofocante calor que no me dejaría conciliar el sueño.

–Hola –lo saludé en voz baja cuando me senté a su lado, sorprendiéndole.

Me miró fijamente durante un largo segundo, y después sonrió, apagando el cigarro que ya estaba totalmente consumido.

– ¿Te he despertado?

–No, qué va. No podía dormir –lo tranquilicé. – ¿Y tú qué haces aquí? ¿Y desde cuándo fumas?

–Tampoco podía dormir. Hace mucho calor –asentí casi frenéticamente, alegrándome de que no sólo yo sintiera aquel bochorno. –Y respecto al tabaco… Fumo de vez en cuando, cuando necesito olvidarme de según qué cosas durante algún rato.

Aquella respuesta tan críptica me dejó con ganas de preguntarle a qué cosas se refería, pero me dije a mí misma que no era momento de ser entrometida. Aún así, sentía que debía interesarme:

– ¿Estás preocupado por algo?

Se encogió de hombros.

–Supongo que sí.

–Y… ¿hay alguna forma de que pueda ayudarte?

Me miró, pero antes de que pudiera devolverle la mirada desvió la suya.

–No importa.

–Sí que importa. Puedes contármelo –una parte de mí deseaba que recuperásemos aunque fuera una mínima parte de aquella amistad tan bonita que compartimos, pero mi parte racional sabía que jamás podríamos volver a ser tan buenos amigos. No después de lo que ocurrió entre nosotros.

–No, porque sé lo que me vas a responder cuando te lo diga.

Fruncí el ceño sin entender nada.

– ¿Qué te voy a responder?

–Que no es asunto mío.

– ¿El qué?

Volvió a mirarme, pero ésa vez no apartó la mirada y consiguió ponerme nerviosa. Acto seguido, suspiró sonoramente y se frotó las manos con nerviosismo.

–Creo que James no te merece –dijo quedamente, sorprendiéndome a más no poder.

– ¿Cómo?

–No te trata como debería, y no soporto ver lo que está haciendo contigo.

¿Pero quién se había creído que era? No podía creer lo que estaba oyendo.

– ¿Y qué crees que está haciendo conmigo? –inquirí, molesta.

–Está anulándote por completo. Quiere controlar tu vida, y no lo aguanto.

– ¿De qué diablos estás hablando?

–No te deja abrir un negocio propio, no quiere tener hijos a pesar de que a ti te encantaría ser madre, y para lo único para lo que te quiere es para que le hagas la comida, le limpies lo que él mismo ensucia y para el sexo.

Mis ojos se abrieron desmesuradamente y sentí unas ganas tremendas de girarle la cara de un bofetón por su insolencia.

– ¿Cómo te atreves a decir esas barbaridades? –alcé la voz poniéndome en pie, alterada, sintiendo que el corazón me latía a mil por hora dentro del pecho.

– ¡No he dicho ninguna mentira! –él también se puso en pie y me encaró. –Y lo peor de todo es que tú te limitas a agachar la cabeza y a acatar sus órdenes.

– ¡Es mi marido!

– ¡Pero no es tu dueño! ¡Y tú no deberías ser su esclava!

Me quedé paralizada, sin saber qué decir o qué hacer, conmocionada por sus palabras.

–Jamás fuiste así, Alice. Antes… eras diferente. Recuerdo que no dejabas que nadie se aprovechara de ti, y ahora…

–Ahora nada. Sigo siendo como antes, sólo que ahora tengo un marido al que atender.

Jasper negó furiosamente con la cabeza, como si no pudiera concebir esa simple idea.

–Pero no puede tratarte como lo hace, Alice. ¿Es que no lo ves? Si tú fueras mi… –se calló abruptamente, y yo se lo agradecí enormemente cuando supe lo que había estado a punto de decir, a pesar de que mi corazón ya había dado un doloroso vuelco dentro de mi pecho. "Si tú fueras mi mujer…". –Si algún día llego a casarme, te aseguro que haré todo lo posible por mi esposa, para que sonría y sea feliz. Si me pide que le baje la luna, probablemente no pueda hacerlo, pero te juro que haré lo posible por conseguirlo. No me quedaré de brazos cruzados mientras veo cómo se va encerrando en sí misma…

– ¡Ya basta! ¡Cállate ya! –me harté. – ¡No tienes derecho a hablarme así! ¡Tú no eres nadie para decir esas cosas ni sobre James ni sobre mí!

–Soy tu amigo –declaró firmemente.

– ¿Sí? ¿Mi amigo el que me utilizó la noche anterior a mi boda, pero no tuvo las agallas de quedarse hasta el día siguiente? ¿Ése amigo eres tú?

Se quedó en silencio durante unos largos segundos, como si no hubiera esperado que le sacara aquel tema. Y yo no tenía pensado hacerlo, pero ésas palabras habían permanecido encerradas dentro de mí durante tres años y acababan de encontrar el momento idóneo para escapar.

–Sabes que no te utilicé.

– ¿Ah, no? –estaba al borde de las lágrimas y las manos me temblaban descontroladamente. –Pues eso fue lo que me pareció cuando no te encontré en mi casa a la mañana siguiente.

–Te ibas a casar con mi mejor amigo, ¿qué querías que hiciera?

No podía creer lo que estaba oyendo; pero por otra parte, ¿qué esperaba que me dijera? Siempre había sabido que jamás había sido más que una amiga para él.

–No te negaste a pasar la noche conmigo.

Su mirada cambió significativamente, y dejó de ser desesperada para pasar a ser feroz.

–Tú me lo pediste, Alice, no sé si lo recuerdas. Aunque, a decir verdad, me sorprende mucho que recuerdes lo que sucedió entre nosotros. Creo recordar que estabas bastante borracha –decretó, observándome con crueldad.

Aquellas palabras me sentaron como una patada en el estómago. Sí, había estado borracha, pero también le había revelado mis sentimientos. ¿Es que tan poco había significado aquella noche para él?

–Vete al infierno –mascullé antes de darme la vuelta y entrar en la casa, deseando por todos los medios que no me viera llorar.

Subí las escaleras casi corriendo y me encerré en el cuarto de baño, dispuesta a no volver a dejarme pisotear por Jasper. No tropezaría dos veces con la misma piedra.


Se lió la gorda, ahora sí que sí. Pero bueno, ya iba siendo hora de que pusieran los puntos sobre las íes, ¿verdad? Ya veremos cómo termina esto...Sé que hay algunas lectoras a las que James les cae como una patada en el trasero, pero también sé que hay algunas a las que no les molesta, así que me gustaría saber qué opináis los dos bandos de lo que ha dicho Jasper. ¿Tiene razón o no?

Seguramente el siguiente capítulo lo subiré el domingo, pues el sábado es mi cumpleaños (ya voy a dejar los "teen" atrás y a entrar en los temidos 20 U_U) Además de que estaré medio depresiva porque ya se termina Amanecer, y no quiero cumplir años y... xD En fin.

Espero que os haya gustado el capítulo y que me lo digáis con un review. ¿Nos leemos en el siguiente?

¡Hasta pronto! Xo