Disclaimer: Los personajs son propiedad de Stephenie Meyer, sólo la trama es mía.
-Capítulo 10-
La señora Barrows me contó y le recordó a Jasper muchas de sus travesuras; como por ejemplo la de aquel día que tanto él como James, teniendo apenas ocho años, le robaron las sábanas que acababa de tender para convertirlas en la vela de un barco pirata. O cuando cambiaron las flores del jardín delantero de la casa por flores de plástico, y ni ella ni el señor Barrows se dieron cuenta hasta un mes después. O cuando entraron en la casa para robarle el pastel que acababa de preparar, entre muchas travesuras más que me hicieron carcajearme hasta que me dolió el estómago.
– ¿Os castigaban mucho? –le pregunté a Jasper, secándome una lágrima causada por la risa.
–A mí no tanto, porque mi madre estaba en Dallas. Los padres de James, en cambio, siempre le castigaban una semana sin salir de casa, pero al día siguiente ya volvíamos a hacer de las nuestras.
–Y porque la mayoría de veces os defendí delante de ellos, que si no… –la señora Barrows cogió la mano de Jasper entre las suyas y la estrechó con fuerza. –Eran mis niños. Alegraban mucho mis días con sus travesuras porque yo sabía que no lo hacían con maldad.
Me recordó a una abuelita feliz con la visita de su nieto favorito.
–Bueno… algunas veces sólo queríamos fastidiar –admitió Jasper agachando la cabeza.
–Pero en el fondo erais un par de buenazos. Cuando me veíais llegar cargada con bolsas de la compra, siempre corríais a ayudarme.
–Eso es cierto.
–Pero tú siempre fuiste más bueno que James.
– ¿De verdad? –pregunté con curiosidad.
–Oh, sí. Jasper era muy dulce y muy cariñoso. Después de haber hecho alguna travesura solía venir a nuestra casa a disculparse, y me abrazaba para ablandarme. Siempre lo conseguía.
Me di cuenta de que el aludido se removía en el sofá, incómodo, y sonreí. No tenía de qué avergonzarse.
–James, en cambio, era bastante más rebelde y arisco, pero siempre tuvo muy buen corazón.
Asentí en silencio, procesando aquellas palabras.
– ¿Y ahora en qué trabajas? –se interesó Margaret, y Jasper le explicó que había terminado la carrera y que había estado trabajando en un bar. También le habló del fallecimiento de su madre, pero cambió rápidamente de tema a uno más propicio, y le contó el motivo de su regreso a Seabrook. – ¿Así que has venido a pasar unos días con James y con Alice?
–Sí. Hacía años que no nos veíamos.
– ¿Y tú y Alice ya os conocíais de antes?
Observé a Jasper de reojo, y pude ver cómo asentía.
–Desde el instituto.
–Oh, pero de eso ya hace mucho tiempo. En esa época aún solías pasar algunas semanas aquí en verano, ¿no?
–Sí. La última vez que estuve en Seabrook fue hace catorce años, cuando yo tenía trece, así que ya ves.
Margaret nos observó por turnos y sonrió como si supiera algo que nosotros desconocíamos. Consiguió ponerme nerviosa.
–Y ya que hablamos de todo, ¿cuándo te vas a casar, Jasper?
El aludido se atragantó con el café que estaba bebiendo, por lo que dejó la taza en la mesita, tosiendo descontroladamente.
– ¿Casarme? –preguntó con la voz ronca cuando consiguió recuperarse mínimamente.
–Eres un joven muy apuesto. Estoy segura de que no te faltan pretendientas.
Observé a Margaret con una ceja alzada y sonreí ante su descaro.
–Ni siquiera tengo novia.
–Pero seguro que hay alguna chica especial, ¿o me equivoco?
Observé a Jasper, y me descubrí esperando ansiosamente la respuesta.
–Puede que la haya.
–Ésa no es una respuesta –protestó Margaret.
–Sí que la hay –se rindió finalmente Jasper, observándola con resignación.
– ¿Y ella sabe lo que sientes?
Entonces, Jasper se puso en pie como si hubiera un resorte en su parte del sofá.
–Voy a ver el huerto de Michael, si no os importa. Hasta luego, señoras – sin responder a la pregunta de la señora Barrows, salió del salón como alma que lleva al diablo.
Margaret y yo nos miramos durante un segundo y después nos echamos a reír a carcajadas.
–Estos hombres… –la señora Barrows se limpió las lágrimas causadas por la risa con un pañuelo, y después suspiró. –Bueno, Alice, ahora que estamos solas podemos aprovechar para hablar de cosas nuestras. ¿Cuánto hace que estás casada con James?
–Tres años.
Asintió en silencio pero con firmeza.
– ¿Y cómo os va?
–Muy bien. James a veces tiene un carácter algo difícil, pero… somos muy felices.
Margaret sonrió de forma extraña.
– ¿Es complicado, verdad?
Fruncí el ceño.
– ¿Estar casada? Sí… a veces puede…
–No me refiero a eso.
La miré a la cara con la incomprensión marcada en el rostro.
–No entiendo.
Margaret se levantó de su sillón y se sentó a mi lado en el sofá. Cogió una de mis manos y la apretó entre las suyas, igual que había hecho antes con Jasper.
–Me he fijado en cómo miras a Jasper. Es complicado estar enamorada del mejor amigo de tu marido.
Mis ojos se abrieron desmesuradamente, sin poder creer lo que estaba oyendo.
–No, no, te equivocas. Yo no… No estoy enamorada de él.
Margaret me miró con complicidad aunque con una sonrisa triste en el rostro.
–No tienes de qué preocuparte, Alice. No soy quién para juzgarte, y por eso no voy a hacerlo.
Parpadeé seguidamente, confundida.
–Margaret, yo… Te digo la verdad. Creo que te confundes…
–Cielo, tengo setenta y cuatro años. Puede que haya perdido algunas facultades con los años, pero la vista no es una de ellas, y mis ojos han visto mucho –me aclaró, dejándome sin palabras. A continuación suspiró, agachando la cabeza, pero después clavó sus penetrantes ojos azules en mí. –Y sé lo que me digo porque lo he vivido en carne propia.
Sentía que estaba petrificada en el asiento, pero sus palabras consiguieron captar toda mi atención.
– ¿De veras?
–Así es –volvió a suspirar, y me miró de nuevo, ésa vez con una sonrisa cariñosa. –Me gustaría que supieras que lo que te voy a contar no se lo he explicado a cualquiera. Muy pocas personas conocen esa parte de mi vida.
Asentí en silencio, expectante.
–Creo firmemente que mi historia puede serte de ayuda, pero cuando termine de contártela tú serás la única que decidirá si te ha servido o no.
Volví a asentir, comenzando a ponerme nerviosa. Entonces, Margaret empezó a relatarme su historia:
–Hace muchos años yo vivía en Nueva York, en el seno de una familia acomodada. Mi padre era el propietario de una empresa muy lucrativa, y mi madre era la típica aristócrata que pasaba los días tomando el té con sus amistades. Cuando cumplí los diecinueve años, mis padres me obligaron a comprometerme con un joven llamado Byron Collins, el hijo del mejor amigo de mi padre, pues mi futuro suegro poseía también otra empresa igual de poderosa que la de mi familia. El caso era que mi progenitor y el de Byron pensaron que, uniendo en matrimonio a sus hijos, tendrían una excusa para fusionar sus empresas, convirtiéndolas así en una sola el doble de fuerte –me explicó. –Byron era un joven amable y educado, pero jamás sentí por él nada más que respeto. No obstante, he de admitir que el compromiso con él no me molestaba en absoluto, pues yo jamás había sido demasiado romántica y sabía que en esa época la mayoría de los matrimonios eran concertados. Pero entonces, el jardinero que había estado a nuestro servicio desde que era una niña enfermó, y llegó a nuestra casa Michael Barrows, el joven jardinero sustituto.
La boca se me abrió casi hasta el suelo, sin poder creerme lo que estaba oyendo.
– ¿Su marido? –inquirí, con los ojos abiertos de par en par.
Margaret sonrió cariñosamente y con la mano me indicó que esperara.
–En aquel entonces, Michael era un muchacho desgarbado proveniente de una familia humilde que consiguió enamorarme con sólo una mirada. Aunque creo que yo tuve el mismo efecto en él –recordó soñadoramente. –Comenzamos a vernos a escondidas, y estuvimos varias semanas coqueteando, pero estábamos seguros de que queríamos permanecer el uno junto al otro hasta el final de nuestros días. Sabía que no podía contárselo a nadie, y mucho menos a mis padres, pues era totalmente consciente de que no lo entenderían. Mi boda con Byron se encontraba a la vuelta de la esquina, y yo me debatía interiormente entre hacer lo correcto al lado del hombre que mi padre había escogido para mí, o entre ser feliz junto al hombre al que amaba. Todo mi mundo cambió en muy poco tiempo, y yo no sabía qué hacer –rememoró. –Un día, Michael me pidió que nos fugásemos juntos, y me explicó que podríamos irnos a Seabrook, a vivir en la casa que había pertenecido a su abuelo. Me estaba ofreciendo la vida que siempre deseé tener, pero nunca había sido consciente de ello. Entonces tomé la decisión de marcharme con él. Vinimos a vivir aquí, que por entonces era un pequeño pueblo de pescadores, y Michael encontró trabajo como jardinero, y yo me encargué de remodelar y de decorar nuestra casa. Pocos años después di a luz a nuestro primer hijo, y tres años después nacieron las gemelas, que ahora también tienen hijos. Y respecto a mi familia, jamás volví a saber de ellos, pues nunca se molestaron en buscarme. Supe que Byron se casó con otra aristócrata, pero no me importó, pues yo me sentía la mujer más feliz del mundo junto a Michael, que a pesar de no tener demasiado, siempre intentó dármelo todo.
Estaba estupefacta y paralizada, pues aquella historia había conseguido sorprenderme hasta más no poder. Aún así, había algo que Margaret había pasado por alto:
–Y… ¿no te arrepientes?
La señora Barrows sonrió como si ya hubiese estado esperando aquella pregunta.
–En absoluto. Te mentiría si te dijera que no me hago ésa misma pregunta casi todos los días, pero mi respuesta jamás ha sido afirmativa. Sé que hice lo que debía, a pesar de que no sé cómo habría sido mi vida de haberme casado con Byron. Aún así, puedo asegurarte que jamás habría sido tan feliz como lo he sido junto a Michael.
Me encontré sonriendo de la misma forma que Margaret, pues me había contagiado su alegría. Sin embargo, sabía que me había contado su experiencia por alguna razón que no estaba segura de querer conocer. No obstante, me aventuré a preguntar:
– ¿Crees que tu historia puede ayudarme de alguna forma?
–Sinceramente, creo que sí. Soy totalmente consciente de que tu situación no tiene nada que ver con la mía de entonces y que los tiempos han cambiado, pero me temo que el sentimiento es el mismo.
Me mordí el labio inferior y agaché la cabeza, confundida.
–Yo… no sé qué decirte.
–No tienes que agobiarte, Alice. Cuando me enamoré de Michael supe que era un error porque estaba comprometida con otro hombre, pero finalmente escogí lo que creí mejor para mí. Tú deberías hacer lo mismo.
Se suponía que Margaret me estaba diciendo que debía elegir entre James o Jasper, y durante un segundo me enfadé. No tenía que elegir nada, pues estaba casada con James y ésa era razón más que suficiente para que ni siquiera me replanteara aquella estupidez.
–Lo siento, pero estás equivocada –respondí con firmeza, aunque me sentía temblar por dentro. –Amo a James y por eso me casé con él. Jasper es sólo un buen amigo.
El rostro de Margaret se suavizó, pero me dedicó una sonrisa resignada, indicándome que no se creía mis palabras. A continuación me dio unas cuantas palmaditas en las manos.
–En ese caso, he de decirte que me alegro mucho de que encontraras el amor junto a James. Siempre le he tenido una gran estima.
Quise decirle que antes me había dejado claro que su ojito derecho siempre había sido Jasper, pero me mordí la lengua. Me dije a mí misma que no tenía por qué enfadarme. Al fin y al cabo, Margaret sólo había querido ayudarme.
–Sí… Ya le diré que venga a visitaros algún día.
–Como quieras, cielo.
En ese momento, Jasper volvió al salón acompañado por Michael, y no pude evitar mirar al señor Barrows con una amplia sonrisa después de conocer su historia.
–Está anocheciendo. Me temo que ya es hora de que nos vayamos –me dijo Jasper, y me dio un vuelco el corazón cuando lo miré.
Me insulté mentalmente por ello, y me dije que me estaba volviendo loca.
–Cierto –me puse en pie lentamente y Margaret me imitó.
–Me ha encantado recibir vuestra visita, y espero que volváis pronto. Que sepáis que ésta es vuestra casa –nos dijo, abrazándonos a los dos a la vez. Cuando nos soltó, nos dio un beso en la mejilla a cada uno y nos dedicó una amplia sonrisa.
Después nos despedimos de Michael, y salimos de la casa sin prisa.
– ¿Qué te han parecido?
–Adorables –fue lo único que pude responder cuando subí al coche.
–Sí, ¿verdad? Siempre los consideré como mis segundos padres.
Miré a Jasper, pero él no me estaba mirando, así que pude observar perfectamente su perfil. Aquellos dos ancianos significaban mucho para él, y durante un segundo, mientras lo miraba, recordé las palabras de Margaret: "Es complicado estar enamorada del mejor amigo de tu marido." Puse el coche en marcha con aquella frase rondándome por la cabeza y diciéndome a mí misma que aquello no era cierto. Yo no estaba enamorada de Jasper. Lo había estado hacía años, pero ya no. Pasé todo el camino hasta casa negando rotundamente la frase de Margaret, así que cuando Jasper volvió a hablar me asustó.
– ¿Has cotilleado mucho con Maggie?
Tuve que procesar bien sus palabras, pues en aquellos momentos estaba demasiado distraída como para intentar mantener una conversación coherente.
–No.
– ¿Sobre qué habéis hablado?
–Sobre… cosas –mascullé ausentemente, apretando el volante hasta que mis nudillos se pusieron blancos.
–Oh, qué interesante. Habéis hablado sobre cosas –ni siquiera me importó el sarcasmo de su voz. – ¿Estás bien?
Asentí en silencio, sin apartar la mirada de la carretera. Me dije a mí misma que dejara de darle vueltas al tema. No tenía nada que pensar, y mucho menos tenía nada que elegir. Sólo debería tratar a Jasper como lo había hecho esos últimos días, y cuando regresara a Dallas, me encargaría personalmente de que todo volviera a la normalidad.
Adoro a la señora Barrows, es una abuelita de lo más entrañable (y no se le escapa una ;P) Espero que no creáis que la historia está decayendo, y a pesar de que no quiero adelantar nada, he de deciros que pronto ocurrirán muchas cosas de golpe. Y no digo más.
Espero que os haya gustad este capítulo y que me lo digáis con un review. ¿Nos leemos en el siguiente?
¡Hasta pronto! Xo
