Disclaimer: Nada me pertenece. Los personajes son de Stephenie Meyer, y este maravilloso fic es propiedad de Makiko Lime.
» Nota: Me habían preguntado, en un review, qué edad tenían los personajes. En el fic original tampoco lo especifíca, así que yo los dejo a ambos en los 17 años, ¿vale? Y también quería añadir que ningún personaje tiene parentezco con otro, es decir, Alice no es hermana de Edward.
Creo que eso eso todo. Disfruten.
Capítulo 2
Toda la hora de matemática estuvo pensando en lo que había sucedido con Edward. ¿Por qué tenía que ser justamente él? Inconscientemente, se llevó su mano hacia el lugar que esa boca había presionado con tanta delicadeza, casi como un roce.
Se estremeció, imaginándose cómo sería un beso. ¿Sería delicado? ¿Con cuántas chicas se había besado ya? Pregunta tras pregunta y sólo había alguien que podía contestárselas: él. Sí o sí debían verse.
«Edward…»
Apoyó el codo contra el pupitre, dejando que el mentón descansara sobre su rostro. Miró la ventana, notando que los miembros del equipo de baloncesto estaban jugando allá afuera. Sin pensarlo dos veces, sus ojos lo buscaron.
Pronto lo encontró.
Usaba esa camiseta tan holgada y grande, de color rojo y blanco, con un gran número ocho. El cabello se mecía suavemente al viento, tenía una pequeña coleta en la nuca, y avanzaba con rapidez, picando el balón hasta tomar impulso y encestar.
Ladeó el rostro, de tal modo que sus ojos chocaron. Edward pareció por un momento sorprendido, su cabello se agitaba levemente debido a una traviesa brisa y aquellos ojos parecían más verdes que nunca.
Hizo la mejor sonrisa torcida que tenía, como demostrando que, sin lugar a dudas, era el único y mejor de todos.
Bella volvió a sonrojase, frunció el ceño e intentó a poner toda su atención en el aquél profesor calvo y algo regordete.
Una y otra vez, aquella imagen de ese Edward un poco arrogante aparecía a su mente. ¿Por qué la puso tan nerviosa? Siempre sonrió de aquella forma, no tenía nada en especial…
«Edward no es nada especial», se dijo, «Edward no es nada especial…»
¡Oh, pero también era su mejor amigo! Eso lo convertía en alguien especial para ella, era como su hermano mayor. ¡Dios! ¡Entonces…!
—¡Me besaría con mi hermano! —chilló Bella, abriendo los ojos como platos, levantándose estrepitosamente y golpeando con sus manos el pupitre.
Un silencio de cementerio se extendió por todo el salón. Al profesor casi se le cayeron los anteojos, una risa sonó en el salón y otras empezaron a seguirla.
—Ay, no… —murmuró Bella, queriéndose poner bajo el pupitre y llorar en silencio—. Lo… hice otra vez…
El profesor avanzó hacia ella, colocándose los anteojos y mirándola con severidad. Él parecía desaprobar los amoríos entre los jóvenes, y más aún que hablaran y/o escribieran de amor en la hora de matemáticas. Típico.
—Swan, retírese del salón —dijo con voz calmada y tranquila, casi solemne, volteando y caminando hacia el pizarrón otra vez—. Y entonces, la hipotenusa…
Bella se levantó casi derrotada, marchándose del salón. Insultó a Edward interiormente, apretando sus uñas contra las palmas de sus manos. Era su culpa, él empezó todo. Gracias a él y su estúpido plan, estaba fuera del salón con Jacob caminando hacia ella…
«¡¿Jacob?!», gritó una voz dentro de su interior.
Miró hacia ambos lados, tratando de escabullirse pero no lo logró. Nada, ninguna columna, ni un baño, ni un bebedero.
Se quedó quieta en el medio del pasillo, con la cabeza gacha. Jacob iba leyendo muy concentrado su libro, mientras caminaba su flequillo se movía un poco. Era tan atractivo, incluso con la camisa un poco desabrochada, por lo demás no había nada fuera de lugar en su uniforme.
No tenía comparación con Edward.
«¡Deja de compararlo con él!», se dijo muy confundida, apretando su falda azul entre sus manos y viendo cómo él pasaba por su lado, sin siquiera saludarla.
Se sintió triste y volteó a verlo.
—Jacob… —murmuró, parpadeando y pronto los ojos oscuros se fijaron en ella. Cuando quiso darse cuenta, él estaba frente suyo.
«¿Qué…? ¡¿Que qué?!»
Un sonrojo tiñó sus mejillas.
—Dime, Isabella —contestó el muchacho con una risa casi tierna.
Oh, qué estúpida…
—Yo… yo… —mejor que se le ocurriera algo, urgente—. Jacob… yo… ¡Quería decirte buenos días! —exclamó, riéndose con nerviosismo.
«Ya son como las tres de la tarde, tonta», dijo una voz muy parecida a la de Edward en su cabeza. Casi por inercia, se rascó la nuca.
Jacob la miró confundido, pero también rió.
—Es cierto, hoy no nos vimos —exclamó él, y entonces le acarició la cabeza—. ¿Estás en primero no? Deberías regresar con la señora Goff… —se escuchó el timbre—. Es verdad… Tengo que irme, nos vemos, Isabella —y se fue, sacudiendo su mano.
Bella pasó una mano por su cabeza, sintiéndose demasiado vacía. Jacob ni siquiera sabía en qué curso estaba, cuantos años tenía y cuál profesora le hacía clases… La trató como a una chiquilla cualquiera. No la vio como alguien de su edad.
Volvió al salón desolada, guardando los útiles. Escuchó que Alice la llamaba, pero siguió caminando. Ángela la llamó, preguntándole si estaba bien y sin embargo era oídos sordos. Salió del instituto y con los ánimos por el piso, tomó la dirección hacia el estacionamiento.
Y sin caminar dos pasos, chocó contra algo de color rojo, suave pero a la vez firme. Elevó el rostro hasta que encontró unos ojos verdes mirándola.
Ah, era Edward.
Se separó y estuvo pensando en seguir su camino, pero la mano de él tomó su muñeca. Volvió a mirarlo, y sin poder evitarlo más; su labio empezó a temblar, unas finas lágrimas aparecieron mojando sus mejillas y corrió a abrazarlo.
Estaba llorando.
Edward se sintió algo sorprendido, pero la abrazó con fuerza, dándole suaves caricias en la espalda. ¿Qué pasó? Frunció el ceño, jurando que si se tratara de ese perro iría personalmente a romperle la cara de niño bonito.
—Vámonos, Bella —le susurró en el oído antes que todos los alumnos empezaran a salir. La llevó hacia el parque que había tras el estacionamiento y por la hora que era, ya no había nadie.
Él la sentó en un columpio y luego se sentó en el otro. Permaneció en silencio, observando cómo las nubes eran arrastradas con rapidez por el viento. Los pájaros volaron, se escucharon las voces y los autos pasar.
Se escuchaba el llanto de Bella.
Tensó la mandíbula.
—¿Qué sucedió? —preguntó Edward, volteándola a ver.
Bella sacó del bolsillo de su falda, un pañuelo y se secó las lágrimas. Miró con cierta ironía la tela… Vaya, él la había ayudado a calmarse.
—Jacob…
Edward se levantó. ¡Lo sabía, lo sabía! ¡Desgraciado y maldito perro! Apretó los puños, queriendo ir y darle una buena paliza, pero Bella se encontraba tan… destruida y lastimada. Prefirió quedarse con ella.
Ya le rompería la mandíbula otro día.
—Hoy… lo encontré caminando por el pasillo y… lo saludé… —gimió, sintiendo cómo las lágrimas nacían otra vez—. Él me preguntó si estaba en primer año y que debía ir… con la maestra Goff.
—¿Por eso? —preguntó Edward, frunciendo el ceño.
Sabía que era mucho más que eso.
—¡No, no es…! —las lágrimas volvieron a caer sobre su rostro, hipó y gimoteó tanto como pudo, sacando su rabia y dolor—. ¡No entiendes! ¡Él no sabe nada sobre mí…! ¡Piensa que voy a primer año cuando… cuando estamos… estamos en el mismo año! —sonrió con amargura—. Debo dejar de ilusionarme… tengo que admitirlo… nadie querrá besarse… conmigo. Ni siquiera Jacob…
Edward apretó las cadenas del columpio y se levantó. La miró fijamente, casi con seriedad. Se acercó a ella y la tomó por el rostro, obligando a que sus ojos se encontraran. Con los pulgares, le secó las lágrimas y cierta ternura sacudió su corazón.
—Edward… yo… yo…
—Shh, no digas nada —murmuró él, acercándose a ella.
Qué importara que fuera su mejor amiga. Ahora ellos no eran nadie, no había nada, sólo… dos chicos que se iban a besar, nada más.
Sus labios se encontraron, primero en un roce, Edward tímidamente rozó con la punta de su lengua el labio inferior y ante la tentadora invitación de Bella profundizó el beso. Rozó los dientes, la lengua, el paladar. Degustó, probó.
Una descarga eléctrica sintió Bella, percibiendo un gusto suave y dulce, casi como si un caramelo estuviera derritiéndose en su boca. Sin poder evitarlo lo rodeó por el cuello con sus brazos, casi como si se estuviera aferrándose a algo.
Entreabrió los ojos, que los había cerrado casi por inercia, y observó cómo Edward la estaba besando. Estaba calmado, casi tranquilo, y aquella visión supo que nunca podría borrarla de su mente.
Movió su boca tímidamente, volviendo a cerrar los ojos. Estaba tan asustada, tenía tanto miedo que no le gustara cómo ella besaba. No estaba segura si Edward tenía experiencia, jamás hablaron de estas cosas, pero aparentemente sabía lo que hacia.
¿Quién habrá sido la primera?, se preguntó de pronto, apretándolo más contra él. Apretó los párpados, borrando aquella estúpida pregunta y dejándose llevar.
Volvió a entreabrir sus ojos, y no se encontró con los párpados de Edward, tampoco con su cabello broncíneo rozándole. Era otro… oscuro, casi negro. Él no la estaba besando ahora… sino… era Jacob.
«Jacob…», pensó Bella, besándolo con más fuerza y apasionadamente. Movió su lengua, acariciando todo lo que estaba permitido para su corta «experiencia», sin importarle absolutamente nada ahora.
—Bella… —murmuró Edward, separándola suavemente de su boca, acariciándole las mejillas sonrosadas.
Se veía tan tierna y dulce, se sintió algo culpable de lo que había hecho pero sino… Arg, estúpida conciencia suya.
—Jacob… —respondió ella en un suave murmullo, casi inaudible pero que el chico pudo escuchar. Rápidamente se tensó. Bella lo miró arrepentida, ¡la había escuchado!—. Yo… Edward… ¡Lo siento!
Él la soltó, sintiendo cómo la sangre se le congelaba y cierta rabia nacía de su pecho. ¡Maldita sea! ¡Cuando viera a ese perro le pegaría tan fuerte que quedaría desfigurado!
—Hmpf… —soltó Edward, sentándose nuevamente en el columpio—. No te preocupes, tú eres la que quieres besártelo.
Ella bajó la cabeza, rozando con los dedos sus labios, sintiendo una descarga eléctrica recordando la expresión serena y tranquila de Edward.
Le dirigió una mirada a Edward, el corazón le latía tan rápido que en cualquier momento se le saldría del pecho. Entrecerró los ojos, preguntándose si era por él o porque había imaginado que se besaba con Jacob.
—Pero… ¿Por qué lo hiciste? —preguntó Bella sin entender, cerrando los ojos—. ¿Por qué me besaste?
Edward la miró por el rabillo del ojo, y luego se encogió de hombros.
—Te dije que yo te enseñaría a besar —respondió con cierta indiferencia, mirando el piso donde estaban sus pies.
Ella asintió ausente.
—¿Para cuándo la próxima sesión? —dijo Edward, mirando hacia el cielo y sonriendo cínicamente.
Ella lo miró sorprendida. ¿Todavía… quería seguir con esto?
—¿Más? —habló con voz chillona, levantándose del columpio y apretando sus manos con nerviosismo.
—¿Y qué crees? Con besar una vez no se vuelve una experta —comentó Edward con indiferencia, rascándose la nuca—. Se necesita más experiencia, pequeña.
Ella lo miró sonrojada, encontrando tentador volver a besarlo. Pero, ¿por qué? ¿Porque si cerraba los ojos… tal vez podría volver a besar a Jacob?
—A la salida de las clases, otra vez aquí —anunció Edward, ocultando sus manos en los bolsillos y mirándola con galanura—. ¿Me vas a dar un beso de despedida?
Bella puso una mano sobre su pecho, como si quisiera protegerse de aquella mirada. ¡Por todos los cielos! ¡Edward era como su hermano!
—Vete… vete… —balbuceó Bella con los dientes apretados, tratando de decir «infierno», pero no podía. Ella nunca maldecía—. Tírate a un pozo.
Y, dando la media vuelta, se marchó.
Edward observó la espalda de la chica y soltó una carcajada, con un dejo de ironía y a la vez amargada.
«Ya verás, Bella, ya verás…»
«Discúlpame, otra vez». Bella escribió en su móvil por décima vez en lo que va de la noche, esperando expectante a que llegara la repuesta.
«Te dije que no me interesa. No me importa si estabas besándome o besando al perro», respondió Edward.
«Pero… ¡No le digas más perro! Por favor, de verdad, dime que me perdonas». Pidió la muchacha, moviéndose inquieta en la cama.
«Veo que no me dejarás tranquilo. ¡Quiero dormir, Bella! Está bien, está bien: Te perdono. ¿Feliz? Ahora… ¡DUÉRMETE, POR AMOR DE DIOS!». Y siendo tan sutil como siempre, ahí terminaba la amena conversación con Edward.
Bella se rió levemente, abrazando a su celular. Qué bueno era Edward, realmente se sacó la lotería con tener un amigo tan amable. Ella recordó, de pronto, al niño que antes una vez fue Edward y con rapidez, tomó la fotografía que tenía en la mesa de noche.
Él estaba serio, casi con amargura. Le dirigía una mirada algo recelosa a la chica de cabello corto castaño, que lo abrazaba por el cuello y hacia la señal de «paz y amor» con la mano. Edward tuvo una infancia muy difícil, ella quiso ayudarlo lo mejor que pudo.
Y miren ahora.
¿Quién se iba a imaginar que esos dos pequeños niños estarían besándose ahora?
Continuará.
Bien, aquí el segundo capítulo. ¿A que no se lo esperaban tan pronto? Creo que, incluso, podría publicar el próximo pasado mañana. :) ¿Qué dicen? Tengo bastante avanzado ya.
Por cierto, muchas gracias por todos sus preciosos reviews, ¡no creí que llegaríamos a tanto! ¿Verdad que ésta historia es maravillosa? Yo, personalmente, la adoro. Espero sus opiniones respecto a éste capítulo, eh.
Saludos.
~ Janelle.
P.D. Y, sobre la comparación de Edward con Jacob, es necesario que Jacob gane xD... por ahora.
