Disclaimer: Nada me pertenece. Los personajes son de Stephenie Meyer, y este maravilloso fic es propiedad de Makiko Lime.


Capítulo 3


Se sonrojó, recordando el beso que había recibido por parte de Edward. ¡Vaya! Fue tan rápido que casi no lo pudo «disfrutar». Estaba muy sorprendida, casi abrumada de que fuera tan rápido. ¿Eso fue todo? Fue un simple roce de lenguas, una suave caricia.

Ya tuvo lo que quería: un primer beso. ¡Y ni siquiera supo cuanto había durado! ¿Pero quién se fijaba en eso?

Bueno, es verdad. ¿Y quién en su sano juicio se besaría con su mejor amigo? Estaba tan confundida. Quería aparentar que nada sucedió entre ella y Edward, pero… no podía ignorar que había recibido su primer beso.

Se levantó de la cama, caminando hacia su ventana, abriéndola para recibir la fresca brisa que chocó contra su rostro. Cerró los ojos, apoyando su cabeza contra el remarco, soltando un suspiro.

«Edward…», susurró suavemente hacia el aire, mirando una estrella solitaria que brillaba más intensamente que las demás.

¿Hace cuanto que no le pedía un deseo a esa estrella?

Sonrió levemente, recordando su último deseo. ¿Cuánto había pasado desde aquella vez? ¿Cinco años? ¿Tantos ya? Soltó algo parecido a un jadeo, abrazándose a sí misma. En ese momento, ella ya estaba interesada en Jacob.

Claro, iban juntos al mismo colegio, siempre fueron compañeros pero estaban en distintos cursos. Fue en una clase de gimnasia; los profesores eligieron ese viernes para juntar a todas las divisiones y hacer diferentes juegos.

Esa clase fue muy divertida.

Jacob era muy rápido, les ganaba a todos. Era demasiado bueno corriendo, pero Edward le pisaba los talones. Ambos eran muy rápidos, y ella siempre alentaba al contrario para hacer enfadar a Edward, así que esa no fue una excepción.

Aquél niño de once años la miró con esos lindos ojos oscuros, que parecieron casi ónices cuando los iluminó el sol. Le sonrió. Edward la miró casi con enojo en ese momento. Jamás comprendería la mirada de esos dos chicos.

Pensó en un momento que atraía a Jacob, así que decidió a esperar para ver si sucedía algo. Vio tantas novias, tantas chicas alrededor de él que cada vez era más y más incansable, hasta volverse casi como una estrella de música: imposible.

¡Luego de seis años de esperar y esperar, por fin había conseguido algo tan pequeño como un beso, pero le era negado por su inexperiencia! Jacob no la besaría a menos que, dentro de esta semana, se volviera una experta.

Y realmente quería disfrutar algo tan pequeño como besar la boca de Jacob, aunque eso no significara que fuera el primero, salir con él, ir al cine y pasear abrazados, hablando de tantas cosas tontas y no tanto. Aunque jamás sepa lo que es ser la novia de él.

—Jacob… —murmuró al aire, mirando fijamente la estrella.

Había una rima para pedir un deseo a esa estrella, pero como pasó tanto tiempo ella casi se la había olvidado. Pero no sería necesario, ¿verdad?

Bueno, haría una prueba.

—Deseo… —cerró los ojos, colocó una mano en su corazón—. Deseo que mi príncipe azul venga a visitarme.

Y esperó.

De veras que esperó.

Cinco minutos más, tal vez todavía no llegaba. Se miró las uñas, encontrándolas imperfectas porque tenía la mala costumbre de comérselas por los exámenes de Matemáticas. Sus manos tenían algunas manchas azules por el bolígrafo.

Soltó un suspiro, dándose cuenta que su deseo no se cumpliría. Sonrió de mala gana, sentándose frente a su escritorio, abriendo un cajón al azar. Miró algo sorprendida las cartas que ella se había mandado con Edward en la época que estaban juntos en primaria.

Abrió una y empezó a leer.

«Me aburro. ¿Para qué quiero saber la economía de Japón? Esto realmente no lo veo como algo interesante para mí vida», decía en letra muy prolija y elegante. Bella volvió a sonreír tiernamente, Edward siempre tuvo una letra tan extraña: era entendible. Y eso era pedir mucho a un hombre.

Dejó esa carta, recordando que la profesora los descubrió y reprendió por lo tanto; era muy corta. Que tiempos aquellos, tener diez años era una gran ventaja.

Abrió otra, un poco menos antigua —a los quince años, más o menos— que mezclaba su letra con la de Edward.

«¿Todavía sigue ese perro por tu cabeza? Ya olvídalo, Bella. ¡Pero no puedo! Hoy me miró, Edward… No sé si es bueno contarte esto, pero sentí mariposas en el estómago. Todo daba vueltas. Eres muy cursi cuando te enamoras, Bella. ¡Vamos, como si nunca hubieras estado enamorado! Ya cállate, no estamos hablando de mí. ¿Y no era que te estaba empezando a gustar Eleazar? Bueno, sí, pero Jacob siempre será mi primer amor. ¡Oh, vamos! Bella date cuenta… Hablamos más tarde».

Era extraño. Nunca volvieron a tocar ese tema. A decir verdad, ese día Edward se comportaba muy raro… casi como si le tuviera miedo. Se sorprendía de verla, muchas veces se quedaba mirando la nada y se sonrojaba cuando era «traído al mundo» otra vez.

Bella sabía que Edward estaba enamorado de alguien, y por un momento pensó que fue Tanya pero… no se notaba muy triste cuando mencionó que no era de «su tipo»; ella estaba descartada.

¿Quién podía ser la chica que logró quitarle el corazón de su mejor amigo? Quería verla y felicitarla, después darle un serio pésame… No quería ni imaginarse como sería salir con Edward.

Soltó una risilla, sabiendo que tal vez la llevaría un restaurante de pasta, o al lugar de los videojuegos. Irían al cine a ver una película cómica muy mala, tal vez una de acción, ¿y por qué no?, una de terror.

Un escalofrío recorrió su espalda. Gracias a él, ella le tenía miedo a los payasos: ¡fue su culpa de ir a su casa a ver IT (1)! No pudo acercarse a un circo, nunca más.

Escuchó un gemido, como si una persona estuviera haciendo un gran esfuerzo. Se paralizó, recordando que dejó la ventana abierta. ¿Era un ladrón? No se movió, era como si todo su cuerpo dejara de recibir órdenes.

Con lentitud, miedo y pánico, ladeó su cabeza para mirar la ventana. Dio un principio de grito, porque la persona rápidamente se abalanzó contra ella, tapándole la boca.

—¡Bella! –chilló Edward con enojo, soltándole la boca con cuidado y luego sacudiendo su mano con cierto asco—. ¡Wákala! ¡Sé menos babosa!

Ella parpadeó confundida.

¿Edward?

¿Era él?

—¿Edward?

Él revoleó los ojos.

—No, mira, soy Tom Cruise —respondió con ironía, cruzándose de brazos.

A ella le brillaron los ojos.

—Me encantaste en el Último Samurái, Tom —comento alegremente, para soltar una carcajada divertida—. ¿Qué haces aquí?

Un leve sonrojo tiñó la nariz del de cabello cobrizo, y se tumbó en la cama, apoyando sus codos en sus rodillas y entrelazando sus manos. Bella sonreía levemente, pero se esfumó ante la mirada que recibió.

Su corazón latió un poco acelerado.

¿Y cómo no hacerlo? Estaba algo encorvado, su flequillo cortado en mechas irregulares, mostrando sus ojos verdes tan serios fue indudablemente sexys. Realmente odiaba que él hiciera eso.

Siempre la molestaba de aquella manera, estando muy consiente que podía cortar la respiración de cualquier chica con sólo mirarla fijamente.

Edward tenía una mirada muy fuerte.

—Hmpf, muy sencillo: vine a… —abrió la boca, alzando un dedo, pero lentamente lo bajó como así cerró su boca.

Frunció el ceño, pensativo.

Bella soltó una risilla divertida. Sea cual sea el motivo por el que Edward vino a verla, ella lo agradecía.

Nunca entendería cómo siempre llegaba en los momentos en que más necesitaba la compañía de alguien.

Fue entonces, que él sonrió de lado, torcidamente.

—Continuemos con la sesión, ¿te parece? —preguntó burlonamente, mirándola pícaramente y terminando por guiñarle el ojo con coquetería.

Ella se sonrojó furiosamente. Sentía toda su cara hirviendo, y de pronto empezó a hacer demasiado calor.

—Pero… Peeero… —tartamudeó ella, notando cómo Edward se levantaba y se encorvaba hasta chocar su frente con la suya—. Yo… yo… E-Edw… ard… —siendo casi hipnotizada por esos misteriosos y enigmáticos ojos verdes, cerró los ojos con anticipación y esperó.

Esperó.

Y esperó otra vez.

Vaya, primero la estrella y luego Edward. ¿Quién más la haría esperar? ¡Já! Qué destino cruel e injusto poseía.

Abrió un ojo, fijándose que Edward la miraba con el ceño fruncido. Soltó un suspiro, dándose cuenta que estaba reteniendo el aire.

—¿De veras quieres besarme? —preguntó entonces Edward seriamente, volviendo a sentarse en la mullida cama de la chica.

Bella se quedó paralizada ante la pregunta. ¿Besarlo? ¿Realmente quería besarlo a él… o a otra persona? Su corazón latía fuertemente con la idea de besar a Jacob, pero… también lo hacía en cuanto Edward le propuso ser su «maestro».

¿Cómo se podía responder a esa pregunta tan delicada?

—Yo… —Bella se tensó, bajando la cabeza ligeramente—. No lo sé.

Él soltó un bufido, cruzándose de brazos y negando con su cabeza. Ella lo miró ceñuda, sintiendo de pronto que —aparentemente— Edward sabía mucho más que ella.

¿Podía ser verdad?

Seguramente en la materia de los besos sí sabía un poco más que ella. Mientras más lo pensaba, más tonto le parecía imaginarse a Edward besándose a otra chica.

—Oye, tú… —empezó Bella, mirándolo fijamente, sintiendo una leve timidez: sentía mucha curiosidad—. ¿Has… besado antes?

Él la miró algo sorprendido y confundido, pero no respondió inmediatamente. Al menos, aceptó el rápido cambio de tema.

Cerró los ojos, como si estuviera pensando en si debía o no contestar a esa pregunta.

Tal vez era también un tema muy delicado para él.

—Sí, lo hice antes —respondió finalmente, asintiendo con su cabeza como para confirmar en lo que dijo.

Bella sintió una punzada extraña en su corazón. ¿Qué habrá sido eso? ¿Molestia? ¿Enojo? ¿Por qué? ¿Porque no le dijo… o porque se sentía celosa?

—¿Con quién fue? —intentó parecer lo menos interesada, pero no menos curiosa posible—. ¿Fue Tanya?

Edward negó con la cabeza, sonriendo levemente ante la curiosidad de ella. Si tan sólo supiera… seguramente no le creería.

—Oh, vamos, dilo —pidió Bella, con los ojos brillantes y expresión demasiado inocente. Edward la miró alzando una ceja.

¿Lo dijo en voz alta? ¡Hmpf!

—Cuando beses al perro lo sabrás —y terminando su pacto, se cruzó de brazos, cerrando los ojos. Esa era su actitud terca.

Y nada lo hacia cambiar de opinión a un Edward terco.

Bella soltó un suspiro desilusionado. Estaba dolida… era la segunda vez que Edward le ocultaba algo. ¿Significaba que ya no la quería como amiga?

—Bella.

Despertándose de sus pensamientos, descubrió que él estaba frente suyo —bueno, al menos ella seguía sentada— y de brazos cruzados. Lo miró levemente sorprendida y, como la primera vez, la tomó por sorpresa.

La clase con el «maestro» Edward había comenzado otra vez. Hasta que pudo entender, descubrió que el primer roce era muy importante para comenzar un beso: se necesitaba probar los labios con la punta de la lengua, para luego entrar con lentitud a su boca.

¿Serían los besos tan deliciosamente dulces? ¿O sólo serían así con Edward? Lo importante es que un hormigueo nacía en su pecho y se extendía por todo su estómago, causándole temblores. Cerró los ojos, dejándose llevar por el instinto.

Edward movió la silla para así estar más cómodo frente a ella y la acorraló entre el escritorio, apretando más su boca contra la de ella, como si quisiera estar un poco más cerca. Tímidamente, Bella lo rodeó por el cuello, acariciando la parte de atrás de los hombros de Edward.

Esta vez tuvo más tiempo de disfrutar y analizar cada movimiento, de entender cómo se llevaba todo a cabo. Al menos, entendía un poco más como un hombre tomaba la iniciativa. Ella algún día tendría que hacerlo, ¿no? Sólo esperaba que su primer paso fuera con el indicado.

Intentó no abrir sus ojos, teniendo miedo de volver a ver a Jacob. Quería primero saber cómo era besar a Edward, no a una ilusión de Jacob… Le pidió a su corazón, en silencio, que no metiera aquella visión otra vez.

Sólo eran ella y Edward besándose, ningún tercero, cuarto o quinto. Nada debería importar ahora, debía estar consiente pero cada vez era imposible.

«Edward… Edward…», sintió cómo él deslizaba sus manos sobre su espalda, en una caricia dulcemente tranquila, haciendo que lentamente su cuerpo dejara de tensarse. Ya no le importó con quien habría descubierto esas caricias, con quien hubiera empezado… Todo se resumía a esa boca y esas manos; besándola, acariciándola.

Cuando se separaron, ella lo miró con cierta vergüenza y él le sonrió como tranquilizándola. Tal vez en un momento de impulso, Edward la abrazó fuertemente, soltando un suspiro para volver a soltarla.

—Aprendes rápido —asintió Edward, desordenándole el cabello—. Ojalá fueras así de buena en matemáticas.

Ella lo miró, dispuesta a soltar un insulto pero se calló. Miró fijamente los ojos esmeraldas de Edward, notando cierto dolor en ellos. ¿Qué sucedía? ¿Por qué… ese repentino dolor por parte de él?

—Edward…

Él volteó hacia la ventana, escabulléndose rápidamente en ella, pero asomando la mitad de su rostro. Cuando volvió a mirarlo, sus ojos estaban normales: mostraban aquella fría coraza que tanto lo caracterizaba.

—Recuerda: en la plaza, a la misma hora —y finalmente se alejó.

Ella parpadeó confundida y corrió hacia su ventana, llamándolo pero por la oscuridad de la noche no se veía. Soltó un suspiro algo cansado, mirando la estrella que antes había pedido el deseo de que su príncipe la viniera a visitar.

Su corazón dio un vuelco.

Edward había ido a visitarla luego de que pidiera su deseo, y él poseía los ojos claros. No, que tontería. Su príncipe siempre iría a tener los ojos oscuros.

Siempre estaría enamorada de Jacob.

Los deseos a las estrellas no se cumplen… ¿Verdad?


Continuará.


(1) IT: Es una película basada en el libro IT, de Stephen King, el cual habla una historia sobre un payaso asesino.


Como llego me voy, porque tengo que ir partiendo rápido. xDD

Les agradezco infinitamente por todos sus maravillosos reviews, Makiko también se los agradece mucho. Esperamos que éste capítulo les haya gustado también. Bella comienza a estar celosa, wow.

Saludos.

~Meli.