Muchísimas gracias a Marion Usui Phauna, ppm, tamao_t y Jayk89, perdonen por la horripilante demora, pero aquí está el capítulo… espero que sigan con vida xD

Disclaimer: Shaman King no me pertenece y esto no está hecho con fines de lucro.

Advertencia: Hasta ahora sólo Yaoi.

Couples: Horokeu U. & Ren Tao… Un par de otras por ahí también.

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*:Suprimir:*

Capítulo II: Vorágine.

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Abrió los ojos con pesadez. Tenía jaqueca.

Era sábado y favorablemente hoy no tenía que ir a trabajar, por lo que podría quedarse unos minutos más en la cama. Se acomodó un poco mejor entre las sábanas y notó que Tamao no estaba a su lado ni dentro de la habitación; se estiró un poco en la cama de dos plazas y quedó de estómago sobre esta. Probablemente tenía turno. Cerró los ojos nuevamente, tratando de dormir los típicos cinco minutos más, pero los pensamientos flotaban por su mente obligándolo a resignarse y escucharlos.

La velada de anoche hubiese sido bastante agradable, de verdad que la habría pasado bien, Tamao había preparado una cena deliciosa, tomaron un poco de vino tinto y la charla fue muy amena, por lo que realmente habría tenido razones para divertirse y relajarse esa noche si no hubiera sido porque estuvo toda la noche pendiente de controlar su pulso, regularizar su respiración, apretar sus rodillas en el afán de hacerlas dejar de temblar e intentar que su vista se centrara en el plato de aderezos sobre la mesa de centro en vez de que sus ojos se desviaran hasta la silueta que se encontraba unos lugares lejos de él. Suspiró agotado al recordar los extraños sucesos de la noche anterior.

Los saludos amistosos de todos hacia el Tao no se hicieron esperar y este, volviendo nuevamente a ese semblante serio, había respondido con cortesía a todos. Por su parte el Usui no hacía más que observalo, no le quitaba los ojos de encima. Toda su sangre había ido hasta su cabeza y sus reacciones eran lentas, sentía las manos heladas y el rostro ardiendo, veía todo en cámara lenta, como en un rollo de película de los años treinta en donde sólo existía ese chino y sus movimientos elegantes y felinos. Sintió una suave mano sobre su hombro y volteó su mirada hasta esta, encontrándose con unos iris rosa que lo miraba preocupada. - ¿Te ocurre algo? – Sintió esa suave voz tan lejana e hizo un esfuerzo por concentrarse para no quedar nuevamente embelesado con la fina imagen que tenía a unos pasos – No has saludado a Ren.

De inmediato se percató de que había estado estático por varios minutos sin quitar la vista de Ren quien ahora lo veía fijamente a los ojos, con esa neutra mirada ámbar. Sacudió un poco la cabeza y volvió a juntar sus ojos con los penetrantes claros que tenía frente de si; caminó unos pasos hasta quedar relativamente más cerca y con cierto temor extendió su mano hasta él. Hacía tanto tiempo que no sentía una vorágine de sensaciones y sentimientos tan grande y difusa como esa. Vacío, incertidumbre, nostalgia, anhelo o esperanza. No estaba seguro.

- Ren... – Su voz sonó casi como un eco perdiéndose en la habitación. El susodicho lo observó serio por unos segundos y luego extendió su mano, apretando la otra provocándole escalofríos al sentir el roce de su piel.

- Horokeu... cuanto tiempo – Aquello se sintió casi como un susurro en su oído, al mismo tiempo en que el chino le daba una leve sonrisa de medio lado, llena de sorna y frialdad. Se estremeció involuntariamente.

- ¿Se conocen? – Una suave voz lo sacó de sus cavilaciones y dirigió su vista hasta un sorprendido peliverde, dejando de sentir el tacto del Tao en su mano.

- Sí, fuimos compañeros en el instituto – El chino se adelantó en hablar, restándole importancia al asunto. Voz de terciopelo acariciando sus oídos. Se acomodo unos cuantos mechones de cabello violeta lejos de sus ojos de lince.

Su figura ahora era mucho más madura denotando lo años pasados sobre su cuerpo y expresión, dándole mayor presencia a sus palabras, haciendo que el escucharlo y sentirlo cerca ahora fuera mucho más abrumador que cuando eran unos adolescentes. El ahora largo cabello violeta caía por sobre sus hombros dándole un aire casi onírico a su imagen.

- Que se encuentren aquí es una suerte, ¿no creen? – Tamao habló contenta, recibiendo sonrisas y comentarios que no pudo ni quiso escuchar. El pecho le dolía y sentía que sus piernas flaquearían en cualquier momento. Se sentía desprotegido y débil, envuelto en la sensación que provocaba el choque de sus ojos con los claros que lo taladraban con neutralidad.

- Sí... una suerte... – Observó como los labios pálidos se movían dejando salir ese sonido suave junto con sus ojos acusadores. Siempre le había gustado que lo mirara, el punto es que ahora lo hacía con un rencor demasiado fuerte, tanto así que su voz era como un objeto punzante que le atravesaba el estómago cada vez que lo escuchaba. – Definitivamente una gran suerte.

Y dolía como mil demonios.

Se sentó en la cama masajeando con pesadez sus sienes y desvió sus oscuros orbes hasta el tick tack del reloj colgado en la pared. Once con diez. No era tan tarde, pero generalmente solía despertar un poco más temprano, aunque luego del cansancio mental que había sufrido la noche anterior, por hoy se podía permitir tal lujo.

Se separó con pesadez del calor de su cama y sacó un par de prendas del armario, dispuesto a tomar una ducha de agua tibia; tal ves eso le ayudaría con su jaqueca. Abrió la llave del agua caliente y la dejó correr mientras se quitaba sus prendas de dormir, el vapor inundó el lugar, causando un agradable ambiente cálido. Entró a la ducha sintiendo las gotas chocar contra su piel enrojeciéndola, relajándolo y soltando sus tensiones. Cerró los ojos dejándose llevar sólo por el calor que emanaba del agua.

Horokeu nunca había creído en el destino, así se habían encargado de criarlo en Hokkaido, de manera que tuviera que esforzarse más que las personas normales para conseguir lo que quería, ya que nadie salvo el mismo le ayudaría. Para él las cosas sucedían dependiendo de lo que uno mismo hiciera. Cada uno cosecha lo que siembra; cada uno forja su camino, con errores, aciertos y decisiones. Mucho menos creía en los milagros, eso sería como dejarle toda la responsabilidad a los dioses, acción sumamente mediocre según su padre. Por eso mismo el suceso de anoche le había afectado tanto, porque el volver a ver a Ren Tao no se podía calificar de otra manera que no fuera como un milagro o el destino, era demasiado… demasiado.

Salió de la ducha recordando como había seguido la noche anterior, entre risas y bromas de todos él sólo había podido clavar sus ojos en la silueta delgada silueta del otro y no podía hacer otra cosa más que pensar que había sido un idiota.

Terminó de arreglar sus ropas y ordenó un poco su cabello luego de secarlo con una toalla, fue hasta la sala encontrándola vacía y en silencio, buscó las llaves en el gancho junto a la puerta dispuesto a salir y despejarse un poco con el agradable sonido de la cuidad más grande de todo el mundo. El dolor de cabeza aún le punzaba el cerebro pero probablemente sería peor que se quedara en casa; conociéndose, comenzaría a recordar sucesos del pasado y eso no sería agradable ahora. Prefería despejar su mente con cualquier otra banalidad. No pensar más de lo necesario.

Ahora lamentaba no tener alguna mascota por la cual preocuparse.

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En el centro de la cuidad ya se veía movimiento. Las tiendas estaban abiertas desde muy entrada la mañana con clientela por doquier, las calles rebosantes de autos y personas caminando, adultos, ancianos, jóvenes parejas… de todo. Y en los parques ya se podían divisar los puestos de los vendedores ambulantes ofreciendo comida o café. Se acomodó el grueso abrigo negro y siguió caminando por los senderos del lugar en busca de algo de distracción.

Era molesta la sensación que tenía desde anoche. El encontrarse con Ren en esa situación provocó que en su subconsciente – y conciente cabe decir – afloraran esos recuerdos que por tantos años guardó por la sensación que le traían. ¿Dolor o culpa? Ren tiene novio. Era el único pensamiento más cuerdo que tenía desde la ayer... pensamiento que no lo había dejado dormir tranquilo y que ahora lo tenía con una jaqueca asquerosa.

Dio un par de vueltas por el parque viendo como algunos niños jugaban alegremente con sus madres, otras pasaban trotando por su lado. Habían también algunas parejas de adolescentes en el pasto o debajo de algún árbol, ocultos de todo lo demás. Divisó un puesto en donde vendían cafés y cosas para comer. El ambiente estaba helado así que le pareció buena idea tomar uno. Sonrió levemente. El salir tan rápido de casa no le dio tiempo para recordar que a las 11:30 de la mañana su estómago ya comenzaba a crujir.

Se acercó al puesto, en donde había una fila de más o menos cuatro personas por lo que se paró detrás del último chico y lo observó de reojo. Era un poco más bajo que el y debajo de un grueso abrigo negro que llevaba se notaba de contextura menuda. Horo abrió de un poco más los ojos y los fijó rotundamente en este personaje delante de si. Le llamaba la atención. Avanzó un poco. Sacó la mano izquierda del bolsillo para quitarse algunos cabellos de la frente; su piel era como de porcelana, pudo notarlo en su mano, aunque aún no podía verle el rostro. Se restregó un poco los ojos para fijar aún más su vista en él.

-Un capuchino – Esa voz... esto ya era demasiado, hubiera jurado por lo más sagrado que tenía que ese acento y esa voz ya las había escuchado antes y la conocía bastante bien. Tosió, ahogándose con su propia saliva de la impresión, retrocedió un poco respirando hondo para calmarse, esto solo era una coincidencia, nada más.

No podía estar tan enfermo como para imaginárselo en cualquier parte.

Tomó aire intentando apaciguar los pensamientos descabellados que comenzaban a hacerlo alucinar. Era imposible que fuera él, por supuesto que lo era. No podía estar justamente en el mismo parque que él, a la misma hora y después del shock emocional de anoche... eso ya sería demasiada ficción para su ordinaria vida, que era la cosa más normal, monótona y rutinaria del universo.

Caminó torpemente unos pasos hacia atrás, chocando con alguien de contextura más... ancha que el, por lo que se fue bruscamente hacia delante, justo cuando este chico misterioso se volteó con su café en mano. Todo lo demás Horo lo vio en cámara lenta. Sin poder hacer nada para evitarlo, chocó de pecho con este personaje, y por ende su café se volteó sobre su abrigo negro y la camisa azul de un sorprendido Horokeu.

¡Oye idiota, fíjate! – Y esa fue la respuesta a todas sus preguntas, esa voz, esos insultos dichos tan despectivamente, pero por sobre todo lo que hizo que todas sus suposiciones se hicieran realidad, que la sangre se le fuera a la cabeza y que todo el mundo desapareciera, a excepción de lo que veía en ese minuto.

Unos ojos ambarinos viéndolo con hastío, para luego reflejar la misma sorpresa que los del Ainu.

... ¿Ren?

Bueno bueno… su vida claramente ya no era tan rutinaria.

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Se tronó el cuello y cerró los ojos apoyando la espalda en la silla, estiró los brazos a cada lado y echó la cabeza para atrás. Estaba cansado, demasiado como para seguir atendiendo gente que quería licencias para no tener que ir a trabajar o a estúpidas mujeres que le observaban con libido cada vez que se acercaba para tomarles la temperatura. Aunque más de alguna era bonita… y más de alguna sabía cómo hacer buenas mamadas, oh sí.

¿Ya terminaste verdad?, Aún hay bastante trabajo por hacer como para que tu estés holgazaneando en tu sillita. –

Sonrió divertido por la vocecilla molesta a su lado. En general detestaba ese estúpido trabajo, pero una de las razones – si es que no era la única – por las que no se había largado hace ya mucho tiempo era ver a Lyserg molesto con él. Quizás era algo masoquista de su parte, pero sentir todo ese rencor dirigido sólo a él era algo realmente fascinante. Observar como ese frágil perfil cambiaba de manera tan drástica estando con él. Sólo con él. Volvió a sonreír y clavó sus ojos chocolate en los verdes que lo miraban con el seño fruncido.

¿Te he dicho que te vez adorable con esa pose de chiquillo mimado? Oh si… creo que sí – Se levantó y se estiró un poco, arreglando unos mechones de cabello que caían por su rostro y acomodando su bata blanca por sobre la camisa negra que llevaba debajo sin dejar de observarlo con una sonrisa. – ¿Qué pasa Lys?, no tienes muy buena cara hoy – Observó de cerca las finas facciones del chico verde, apoyado en el mismo mesón en donde estaba él, con un de sus molestas sonrisas, cosa que hizo que Diethel frunciera un poco más su entrecejo... si es que esto era posible.

Te agradecería que no me hablaras fuera de lo estrictamente necesario para poder trabajar en paz – Y la voz molesta del contrario hizo que Hao tuviera que morderse la lengua para no reír a carcajadas.

Estamos dentro de la consulta y en horario de trabajo, así que sí es estrictamente necesario que hablemos Lys – Se cruzó de brazos y continuó con su análisis. Lyserg sólo lo observó con hastío.

No te hagas el gracioso Asakura, no te resulta. –

¿A no?, yo creía que te agradaba… bueno, voy a tener que cambiar mi estrategia entonces, comprarme un traje de payaso o algo así, tal vez cortarme el cabello… - Se llevó una mano al mentón de manera pensativa y volvió a reír recordando algo - aunque pensándolo bien, prefiero dejármelo largo, porque a ti te gustan los chico con cabello largo, ¿verdad? - Los ojos verdes ante él se abrieron un poco más de lo normal y sus labios formaban palabras que no pudieron ser reproducidas, lo que provocó en el castaño que la palabra winner se colara en sus pensamientos más una sonrisa de superioridad – ¿Has notado el curioso parecido de tu novio conmigo? ¡Si me compro lentes de contacto claros hasta parecemos gemelos!

Y el rostro níveo de Lyserg no hizo más que reflejar impotencia ante las palabras sarcásticas del castaño. Se tragó un grito y volteó rápidamente dirigiéndose hasta la puerta – Vete al demonio.

Y Hao se permitió reír a viva voz cuando escuchó el portazo de Lyserg al salir del lugar.

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El departamento de Ren estaba en un sexto piso. A unas cuadras del parque. La ida había sido silenciosa, luego de haberse reconocido y de pasar unos minutos en silencio tratando de asimilar la situación, mientras que los otros de la fila gritaban para que salieran de ahí y ellos pudieran comprar sus cafés, Ren lo había "invitado" a su departamento para que se limpiara la camisa. Aunque la propuesta del chino no sonó muy convincente ya que probablemente lo había hecho para no armar algún escándalo ahí mismo, el de cabellos azulados de todos modos aceptó, entre confuso y ansioso.

Aunque no podía negar que el hecho de estar ahora con Ren le agradaba.

Ren, por su parte estaba algo shockeado por la situación. Su vida había comenzado a volverse relativamente tranquila y normal, había logrado zafarse de las responsabilidades que implicaban ser un "Tao", consiguiendo un trabajo en un prestigioso restaurante en Tokio del cual ahora era administrador, un departamento normal en un barrio normal, con un auto normal y un novio normal. Estaba comenzando a ser alguien... normal y esto era lo último que pudo haberse imaginado. Haber vuelto a ver a Horo era lo último que se le pasó por la cabeza cuando pensó en construir su tan soñada vida normal.

La noche anterior, luego de asimilar la situación bizarra en la que se encontraba decidió ignorarlo, hacer como si fuera cualquier persona desconocida que no hacía falta conocer, pero tuvo que hacerse a la idea de que siendo el novio de la amiguita de su novio, tendría que verlo bastante seguido... muy a su pesar.

A Ren Tao nunca le había gustado recordar cosas del pasado.

Y ahí estaban ahora, los dos, uno al lado del otro en el interminable transcurso en el ascensor, sin hablarse, sin mirarse, cual de los dos más histérico, expectante o ansioso que el otro pero obviamente sin demostrarlo. Lógicamente esta era una tarea mucho más fácil para Ren que para el Ainu, ya que el chino siempre fue el maestro del arte de ser insensible y Horo, muy a su pesar, no tenía esos dotes tan desarrollados, por lo que las manos sudorosas, el rostro algo caliente y el incontenible movimiento de su pierna no se hicieron esperar mucho.

En estos momentos el chino sólo pensaba que lo que hacía iba completamente en contra a sus estándares de orgullo. Quería golpearlo, torcerle los brazos, romperle la nariz y patearlo, decirle el rosario de improperios más grande del mundo… pero no, tuvo que "invitarlo" a su departamento para que se limpiara la camisa. Se sentía como un ángel… ¡como la maldita madre Teresa, por dios! La contradicción amarraba todos y cada uno de sus pensamientos en ese momento, no comprendía porque estaba ahí, con él, rumbo a su departamento sin haberle dicho siquiera un te odio o algo por el estilo. Por otro lado sabía que la situación también le incomodaba al azulado y sentía la gratificante sensación de hacerlo sentir mal. En el fondo quizás, sólo quería entender que estaba pasando. No le gustaba sentirse perdido, era molesto no tener el control de las cosas, verse sin argumentos.

Las puertas del ascensor se abrieron y el violáceo salió de el a paso tranquilo, metiendo las manos en los bolsillos para sacar la llave del departamento y abrir la puerta. Horo veía todo desde atrás, aguardando, expectante a las reacciones del chino sin saber muy bien cómo actuar, esperando el final de la escena. Asustado tal vez. Entró sin decir nada, siguiendo al de ojos ambarinos, quien no le había dedicado ni una sola mirada en todo el camino, ni palabra tampoco; luego de un escueto y algo obligado "vamos a mi departamento para que te limpies" La boca del chino pareciera como si estuviera herméticamente cerrada. Ni un insulto, ni suspiro ni nada, lo que hacía que los nervios del peliazul estuvieran por las nubes.

Ren caminó un poco hasta la sala, quitándose el abrigo negro y dejándolo sobre un largo sillón rojo. Llevaba una camisa violeta oscuro que se mimetizaba con las largas hebras de cabello que caían por todo su torso. Dejó las llaves de la casa en la mesa de centro frente al sillón y siguió caminando sin voltear a verlo en ningún momento. La profundidad de su tono le taladró los oídos, sobresaltándolo.

El baño está al fondo, puedes ir a limpiarte – Sonaba desinteresado y frío, produciendo un incontrolable escalofrío en el peliazul.

Sí... gracias – Caminó con torpeza por el pasillo contemplando las paredes pintadas de un rojo italiano muy elegante, divisando al final de este una puerta cerrada.

La abrió con cuidado encontrándose con un no muy grande pero ordenado baño. La ducha era de esas que tenían puerta transparente que Tamao quería cuando se mudaron, pero que el no quiso comprar porque eran incómodos... Todo el baño era de un azul profundo, pudiéndose ver reflejado en las baldosas de la pared. Todo el departamento tenía el nombre de Ren grabado en todos lados.

Abrió la llave del lavabo y se mojó la parte manchada con café, dejándola un poco más limpia pero aún con la mancha marcada en ella. Se observó en el espejo que tenía en frente. Sus mejillas levemente sonrojadas... estaba nervioso y odiaba admitirlo.

Salió del baño y volvió a caminar lentamente por el pasillo. En la habitación de la izquierda observó de reojo una cama matrimonial a medio hacer y una puntada en el estómago lo hizo desviar la mirada y seguir avanzando. ¿Vives con tu novio, Ren? Se sentó con cuidado en el sillón rojo. Pasó su vista por todos los rincones del departamento analizando hasta los más minúsculos detalles. Mayoritariamente habían adornos chinos, jarrones, cuadros, relojes y colgantes, todo obviamente colocado de manera que creaban una armonía casi desquiciante en todo el lugar.

De todos modos era... lindo, tenía que aceptarlo. El lugar no era muy grande, sin embargo ese toque de elegancia que siempre tuvo el chino estaba por toda la sala.

Movió su cabeza hacia un lado para fijar sus ojos en el chino que permanecía en la cocina preparando café, en un mutismo que sabía, era totalmente propio en él pero que de igual manera hacía que los nervios de adolescente que sentía no desaparecieran. Ren siempre había provocado eso en el, que se sintiera tan pequeño e insignificante cuando estaba cerca suyo, pero al mismo tiempo su presencia siempre hizo que el hecho de sentirse protegido fuera muy normal estando con él. Una sensación bastante particular, algo así como sentirse alguien, pero nadie al mismo tiempo.

Ahora claramente las cosas habían cambiado y esa sensación de protección que emanaba el chino ya no estaba.

¿Cuántas de azúcar? –

¿Ah? –

Que cuantas de azúcar sordo. –

Ah... dos, gracias. –

... –

Ahora el mirarlo era casi como un martirio. Como movía ligeramente sus caderas al caminar o la manera tan sutil que tenía de tocar las cosas eran pequeños detalles que descolocaban al Usui. Hasta el hecho de acomodar un par de tasas en la mesa era algo que lo hacía temblar.

-Ya está. –

Sentía como le dolía el estómago al verlo, como se le apretaba el pecho y una sensación extraña de angustia se esparcía por todo su ser. Sus emociones eran una vorágine de cosas sin nombre que no podía identificar, todas y cada una de ellas volando por su cerebro y por todo su ser, queriendo apoderarse de él sin éxito alguno provocando que la nebulosa en la que se encontraba ahora fuera cada vez más y más espesa.

Oye idiota, te estoy hablando. – Sus brazos cruzados y sus ojos acusadores en él.

Por qué estás aquí, ahora… en este momento. Por qué no estás en China. No sé lo que siento ni lo que debería sentir, no entiendo por qué aunque duele no quiero dejar de verte. ¿Tú tampoco entiendes? Siempre has sido el más inteligente de los dos… ¿Qué sientes Ren?, ¿Sabes lo que siento yo?

El sonar de las palmas níveas de Tao lo sacó de sus ensoñaciones. Se levantó torpemente del sofá rojo en el que había estado sentado y camino hasta la mesita redonda del comedor donde Ren seguía en la misma posición viéndolo de reojo sin soltar sonido alguno de sus delgados labios.

Idiota. – Caminó lentamente hasta sentarse frente del Ainu tomando con sus dos manos la taza blanca humeante de café y sintiendo como el calor traspasaba la porcelana hasta sus manos heladas por el frío. El vapor acariciaba su rostro abrigándolo levemente. Cerró los ojos unos segundos, ordenando sus ideas y omitiendo el molesto latir de su corazón.

Abrió los ojos y observó la figura delante suyo, como mordía levemente su labio inferior y desviaba su mirada segundos después de cruzarla con sus ojos ámbar. Le fue imposible no soltar un bufido de hastío. Suspiro, intentando no ser tan... naturalmente prepotente con el Ainu. ¿Razones?, por supuesto que las tenía pero no quería apresurar las cosas, primero necesitaba hablar con el de ese tan desagradable asunto, por más incomodo que le pareciera, ya que el había sido el de la idea del café, ¿no? Apoyó la cabeza en el dorso de su mano desviando nuevamente su gélida mirada del peliazul quien, extraordinariamente, encontraba que la pared de su departamento era lo más interesante del mundo. Realmente se contradecía el mismo. Luego de haber tomado la determinación de olvidar todo y comenzar una nueva etapa en su vida, se lo encontraba en la calle y lo invitaba a tomar un café a su departamento así como así, sin explicaciones, sin escándalo o cualquier muestra de su odio acumulado por años... Ahora se sentía bastante idiota.

Lo observo con sus ojos ámbar y una ceja levantada. Bufó con molestia… otra vez.

¿Siempre tengo que ser yo el de la iniciativa? – El peliazul lo observó con sorpresa mientras escuchaba su voz neutra y le veía tomar un sorbo de su humeante café – Sigues igual de estúpido y cobarde que antes.

Desvió sus ojos oscuros de la figura de Ren, no pudiendo encontrar una razón adecuada para expresarle. Tenía razón, era un maldito cobarde.

¿Por que demonios te fuiste?

– ...

¿Lo ves?, eres un cobarde que no sabe enfrentar las cosas, al parecer los años no te han ayudado en absolutamente n...

Fui un idiota, lo sé...

Sus ojos oscuros estaban fijos en la humeante tasa de café a medio tomar, las manos apretadas en su pantalón de tela no hacían más que recordarle lo doloroso que era ser un adulto y no poder justificar su cobardía con el hecho de ser un adolescente inconsciente. Sus labios apretados no lo dejaban continuar con una excusa que el mismo sabia que no cambiaría las cosas en nada y que, probablemente, solo empeoraría la situación en la que se encontraba.

Mientras más tiempo pasa más difícil es lograr ser perdonado. Más aún por Ren Tao.

Sabía que tenía razón, el nunca había sido capas de hacer algo por si mismo, nunca tomaba sus propias decisiones y la única vez que lo hizo fue la peor estupidez de toda su vida. "Me avergüenza tener un hijo como tú". Y sí, probablemente a él también le avergonzaría tenerse como hijo. Un fracasado que no ha logrado grandes cosas en la vida, uno más dentro del montón de gente que vive en la ciudad más grande y poblada de todo el maldito planeta, un punto sin importancia.

Tuve miedo… Sabes que quería hacerlo más que nada en el mundo Ren, lo sabes… – Su voz sonaba ajena a el mismo. Sentía un nudo en la garganta que lo frenaba a seguir hablando y por más que quería, no podía mirar directamente esos ojos ámbar que lo observaban expectantes.

No me digas que esa es tu excusa perfecta Usui– La voz áspera del chino le atravesó el estómago. Mordió su labio inferior en el intento de hacer ese dolor menos punzante, pero no era una técnica muy eficaz. – No eras el único que perdía algo, ¿sabes?

El tono sarcástico en su voz lo hizo voltear a ver el rostro níveo del chino, pozos azules con ámbares chocaron produciendo en él que ese vacío en el pecho se acrecentara más aún, si es que eso era posible. El silencio inundó la habitación mientras ambos se analizaban con la mirada, queriendo encontrar lo que cada uno buscaba, respuestas.

Eras lo más importante en mi vida, eras lo único que le daba sentido… – Su voz era casi como un susurro, sus ojos seguían en contacto mientras el peli azul hablaba, no queriendo despegar sus ojos de la figura delante de él. Apretó sus puños. – Ren… eres

Frenó sus palabras al escuchar como la cerradura de la puerta se abría. Al instante la mirada ámbar del chino se desvió hasta la olvidada taza de café y se acomodó unos cuantos mechones de cabello. Le dio una última mirada fugaz.

Terminaremos esto en otro momento. – Y seguidamente se levantó tomando su tasa de café y caminando a paso tranquilo hasta la cocina.Horo también se levantó no sabiendo muy bien que hacer, esperando que alguien entrara por la sala.Una voz tranquila se escuchó a lo lejos y le fue inevitable no apretar los puños nuevamente

Ren ya llegué… no sabes cuanta gente había hoy en el hospital, pareciera como si se hubiesen puesto de acuer… – Vio como el joven de cabellera verde dejaba su bolso sobre el sillón y se volteaba a verlo algo sorprendido, probablemente sin haber notado su presencia antes, sonriéndole amablemente. – Vaya, no sabía que teníamos visitas. Cómo estás… ¿Horokeu verdad?, disculpa mi mala memoria, no soy muy bueno con los nombres. – Y caminando a paso tranquilo hasta él, le extendió la mano cortésmente sin dejar de sonreír.

Ahm… si, Horokeu… – Con movimientos torpes apretó su mano y trató de sonreírle, pero el gesto fue algo demasiado difícil de imitar.

Da igual, Horokeu ya se va – Volteó sus ojos oscuros hasta la figura del chino apoyada en la pared con los brazos cruzados, su vista fija en él. Le fue imposible no estremecerse. Se llegó un brazo detrás de la cabeza haciendo una leve reverencia y sonriendo forzadamente, en su mejor intento por demostrar tranquilidad. El peli verde lo observó algo extrañado.

Si, no te preocupes yo ya me iba… ahm… fue un gusto verte de nuevo Lyserg… Ren. – Y comenzó a caminar torpemente hacia la puerta, dando una última corta mirada al violáceo, quien ya no lo observaba.

Claro, igualmente, ven a visitarnos pronto con Tamao, sería agradable – Se dejó escuchar un "seguro, le avisare" para luego dar paso al sonido de la puerta abrirse y cerrarse segundos después. Ren suspiró imperceptiblemente.

Lyserg se volteó aún con esa sonrisa agradable en su rostro y caminó unos pasos más hasta posarse a un lado del chino y depositar un suave beso en su mejilla, recibiendo una muy leve sonrisa de los labios de su novio. Le volvió a sonreír más abiertamente y luego se encaminó hacia la cocina comentándole algo acerca de lo gracioso y extraño que era su amigo y un par de anécdotas del hospital que no se interesó por escuchar. El chino desvió sus ojos hasta la tasa a medio tomar de un frío café sobre la mesa ya sin ningún tipo de sonrisa en sus labios, sino que al contrario de esto, mordía su labio inferior con fuerza y apretaba sus brazos cruzados.

Caminó hasta tomar la tasa de porcelana blanca y vertió el contenido en una plata a un lado del sofá, llevando la tasa en dirección a la cocina.

Continuará…

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Esto es indigno. Pasó extremadamente mucho tiempo desde que subí esta historia y no tengo excusas, sólo decir que lo siento un montón… y que espero que aún haya alguien que lo lea *Snif*

Bueno, espero les haya gustado… ya tengo algo avanzado del próximo capítulo, así que prometo no tardar como un año en actualizar, a lo más un mes… en serio xD

Quise usar la imagen de Ren con cabello largo del final definitivo del manga porque lo amé xD y aparte servirá como parte de la trama. Algo se vio en este capítulo en la conversación de Lys y Hao. Tamao también tiene la imagen del manga – con cabello largo – y bueno, si hay alguna otra aclaración la diré dentro de los capítulos.

Ya, mucho bla bla… espero les haya gustado y cualquier error de ortografía, gramática o lo que sea, me lo hacen saber en un review… que espero alguien me deje alguno *Se hace la víctima descaradamente*

Nos leemos.