Seis tortuosas clases en las que sólo dos pensamientos acudieron a su cabeza y que todavía ahora, en su camino hacia casa, seguían rondándole. Dolor y muerte. Los malos pensamientos se arremolinaban entorno a él, presionando sus tímpanos al ritmo de los latidos de su corazón, como el cántico de un condenado a muerte en su camino a la soga. En clase de cocina sus ojos pasivos se detuvieron con fijación en el filo del cuchillo que sostenía antes de cortar con él los dientes de ajo que le había pelado una compañera. ¿Qué se sentiría al deslizar ese borde cortante por su piel? ¿Cuánta sangre brotaría de la herida causada? ¿Sería un corte profundo o quizás sería mejor un par de cortes superficiales? Bajo esos pensamientos, continuó con su tarea sin prestar una real atención a ella. Así fue que tampoco notó el corte que se hizo en un dedo.

-¡Taka-san!-había exclamado su compañera, distrayéndolo de sus pensamientos.

Fue entonces que había visto el corte y mientras ella iba a por un trozo de papel para que secase la sangre que fluía, él se quedó mirándola fijamente. Se sentía bien. No era un dolor que no pudiese soportar y, en cambio, había ocupado por completo sus pensamientos, haciéndole olvidar lo que la ropa escondía. Quizá por esa razón había retirado levemente la venda de su muñeca izquierda y había hecho deslizado el cuchillo por su piel. En el momento en el que lo retiró pudo ver una fina línea de sangre brotar de allí.

La sensación volvió a ser placentera. Liberadora.

Miró el corte con desgana antes de cubrirlo de nuevo con la venda. La sangre se había secado, el dolor ya no existía. Su cabeza había vuelto a llenarse con pensamientos desagradables, de sensaciones extravagantes y que su propia mente no bloqueaba. Si tan sólo tuviese a mano algo con lo que pudiese hacer que se fuesen de nuevo aquellos traumáticos recuerdos, todo sería mejor en su vida.

Al pasar delante de unos urinarios públicos del parque se metió en ellos. Las náuseas habían vuelto a hacerle hincarse ante el sucio retrete escondido entre cuatro paredes de metal decorado con grafitis y firmas hechas con rotulador o las llaves de casa del perturbado de turno. No había comido en todo el día, tan sólo un caramelo que le había ofrecido un compañero de clase al ser su cumpleaños. Agraciado él y su vida llena de sueños todavía sin cumplir. Al menos alguien era feliz en ese infierno.

Una vez su cuerpo dejó de exigirle que echara más jugos gástricos, lo único que tenía en el estómago y que le estaban quemando la garganta a cada arcada, tiró de la cadena, se levantó apoyándose en ambas paredes y abrió la puerta. Quiso seguir caminando mas sus piernas no reaccionaban. Se habían quedado pegadas al suelo y sus rodillas temblaban ligeramente presas del pánico que lo estaba sacudiendo. De nuevo las taquicardias volvieron, el aire escaseó, el estómago le dio otro vuelco más. El poco color que tenía en la cara desapareció como si fuese una hoja impulsada por el viento y sus ojos miraban, aterrorizados, la figura que tenía delante. Aquella sonrisa ladina, esos ojos rasgados, el pañuelo cubriendo su cabeza. No podía ser. No en un lugar público e insalubre. No podía estar pasando. No debía estar allí.

No. ¡No! ¡NO!

-Ni que hubieses visto un fantasma, querido-podía notar aquel tono tierno en su voz, como siempre. Como cada vez que poseía su cuerpo-¿No piensas decirme hola?-su boca se había abierto pero no emitía ningún sonido. Sabía lo que significaba no contestar a una pregunta pero simplemente, no podía responder-Quizá deba persuadirte para que me lo digas-antes de que pudiese comprender qué estaba pasando y porqué, se encontraba sentado en la tapa del retrete y aquel ser ya tenía los pantalones y los calzoncillos por las rodillas-Justo ahora mismo iba hacia tu casa-pudo ver como se relamía mientras se ponía el preservativo en su miembro casi erecto-Esto me ahorrará el viaje, ¿no crees?-sujetó su barbilla con una mano para levantarle la cabeza y que le mirara a los ojos-Ya sabes lo que debes hacer, cariño, así que no te cortes.

Precisamente es eso lo que quiero hacer, fueron las palabras que se agolpaban en la lengua de Takashi sin llegar en ningún momento a salir. Al estar sentado lo único que podía hacer, una vez liberado del agarre, era empujarle y escapar sin mirar atrás o abrir su boca como tantas otras veces. Dos opciones sólo una elección. Bajó su mirada, acercó sus labios a aquella masa de carne, ahora plastificada, y se lo metió en la boca tras cerrar los ojos con fuerza.

-Mi hermano no pudo coger el tren hoy. Es una pena-murmuró tras acostumbrarse a aquella sensación-Este será nuestro pequeño nidito de amor.

Eso le sonaba jodidamente irónico a pesar de que no fue dicho con tal intención. ¿Amor? Ninguno de los tres que jugaban a ese juego lo conocía. Lujuria. Esa palabra se ajustaba mucho mejor. Eran los hermanos lujuriosos. Y vengativos. O eso quería suponer. Era la única explicación que le encontraba a todo lo que le estaba pasando.

Relajó su garganta, sabía que pronto empezaría con sus movimientos de cadera productos del placer ejercido y no quería sufrir más de lo debido. Presionó con su lengua la polla que tenía entre sus labios y empezó a mover su cabeza. Tuvo que abrir todavía más su mandíbula y echarse levemente hacia atrás para poder abarcar toda su longitud sin rozarla con sus dientes. Con ese nuevo ángulo, pudo deslizarla hasta que rozó su garganta sin dejar en ningún momento de moverse adelante y atrás. Ignoró las arcadas relajándose todavía más, lo había hecho tantas veces que sabía cómo le gustaba y qué debía hacer para que acabase antes. Sin embargo, su verdugo no tenía los mismos planes. Resistiéndose al placer que le provocaba ver y sentir aquella boca tragarse su miembro más preciado, empujó los hombros de Takashi. Vio entonces las mejillas coloreadas, ojos acuosos y mirada perdida. Acto seguido tiró de él hasta que se levantó, le desabrochó la chaqueta y bajó tanto su pantalón como su bóxer, dejándolo expuesto ante él.

-Sabía que estabas duro, te pones realmente adorable cuando te empalmas, ¿lo sabías?-apresó sus labios en una mezcla de pasión desbordante y ternura que logró confundirle.

Justo después se separó y reemplazó su lengua por dos dedos que fueron succionados como segundos atrás le había pasado a su polla. Takashi pudo ver el brillo en los ojos que tenía delante, sin duda estaba disfrutando eso y no se molestaba en ocultarlo. No tenía razones para hacerlo, por otro lado. También había otra cosa en aquel brillo, aunque no sabía decir qué.

La postura ya había cambiado, ahora se encontraba con las manos apoyadas en la pared, siendo perforado por dos ávidos dedos que se movían en su interior buscando su próstata con desesperación y gran agilidad. Sentía cómo lo dilataba lentamente, cómo su propio cuerpo se relajaba ante aquel contacto y jadeaba con cada nuevo movimiento en su esfínter. El ciclo volvía a empezar.

-¿Quieres que te la meta ya?-no obtuvo contestación, aunque raro sería si la encontrase. Harto de sentirse ignorado, decidió darle un pequeño aliciente-Contesta, cielo-retiró sus dedos y presionó el glande contra la entrada maltratada del moreno, quien tuvo que hacer un esfuerzo sobre humano para no desmayarse antes de hablar.

-S-Sí, quiero que me la metas-tragó fuertemente la poca saliva que tenía en la boca-F-Fóllame de una vez-le costaba decir aquellas palabras pero si no las decía sería mucho peor para él.

-Eso es lo que quiero oír-sin más dilación, fue penetrándolo con lentitud, con cuidado de no hacerle más daño de lo habitual. Esa concentración fue interrumpida por el sonido de algo duro cayendo al suelo. Para Takashi tampoco pasó desapercibido.

-¿Q-Qué fue eso?-preguntó con el miedo impregnado en la voz. Al otro no pareció importarle por lo que pronto se olvidó de aquel sonido para centrarse en lo que tenía que hacer.

-Nada importante, relájate.

Empezó a moverse con un ritmo suave, ya habría tiempo para presionar con más fuerza en un futuro no muy lejano. Con sus manos se agarró a las caderas que golpeaba, subiendo por su espalda, levantando la chaqueta del uniforme y la camisa, enseñando los mordiscos del día pasado. Se apresuró a dejar otra marca más, sacándole un gemido que le produjo una sensación de satisfacción. Acto seguido le quitó la chaqueta a Takashi y la lanzó por encima de la puerta del urinario, quedando colgada de la misma. Así no molestaría.

-¿Quieres que te dé más fuerte, eh?-sin conocer la respuesta él mismo se contestaba-Te gusta esto, ¿verdad? Te encanta ser nuestra putita personal-soltó una risotada sarcástica a la vez que un gemido-Y pensar que antes sólo eras la mía.

-Tienes una curiosa manera de expresar el hecho de que salíamos juntos, Tetsuo-aquella había sido la frase más larga que había dicho en semanas y también cargada de un profundo odio que con su hermano no podía utilizar. Pero no había mayor verdad en el mundo.

Desde el enfrentamiento del Seigaku contra el Fudomine, entre ambos se había creado un vínculo tan fuerte como ellos mismos. Poco tiempo después habían empezado a quedar y más tarde se hicieron novios. Todo se había complicado en los nacionales al conocer a su cuñado y romperle el brazo, imposibilitándole seguir jugando al tenis durante una buena temporada. Gin y Tetsuo Ishida. Estaba seguro de que no olvidaría esos nombres jamás.

-Todavía somos novios, cariño. Nunca he dicho que quiera terminar contigo.

-T-Tetsuo-trató en vano de no gemir, pero se le hacía imposible-Y-Yo…

-También te quiero, tonto-besó su cuello, recostando su pecho contra su espalda, aumentando el ritmo de las estocadas-Sólo que mi hermano también quiere disfrutar de ti. Es justo, ¿no crees?

Takashi se volvió mudo de nuevo. No era eso lo que quería decirle pero tampoco podía negarlo. ¿Lo quería? Sí. En el fondo todavía sentía algo por él. También por su hermano, aunque en un plano más sexual. Se mordió el labio inferior, sabía que pronto se correría y eso significaría el final de su encuentro. No había cosa que más deseara en ese instante. Que todo se detuviese, que terminase de una vez. Que se fuese.

Y se fue. Justo después de correrse el moreno, él lo siguió, se quitó el condón, se subió los calzoncillos y el pantalón y lo dejó allí tras un beso rudo y demandante. Un portazo y la soledad a su alrededor. Con pasos vacilantes salió del baño en dirección a la pileta para lavarse las manos, aunque tan sólo fuese eso. Se sentía más sucio que de costumbre y el reflejo que le devolvía el espejo era peor que el de esa mañana. Se sentía exhausto, sin ganas de nada. Le escocieron los ojos, le dolía la cabeza, sus piernas apenas podían mantenerle en pie. Su visión se vio afectada por las lágrimas que se agolpaban entorno a sus ojos. Era la primera vez que lo abordaba en un lugar público. ¿Qué sería capaz de hacer en cualquier otra ocasión? Ya no estaba seguro en su casa, tampoco en la calle. ¿A dónde debía ir? ¿Qué debía hacer para escapar?

-Tenis-susurró a penas moviendo los labios. Aquello había sido el desencadenamiento de todo lo que le estaba ocurriendo. Un simple partido de clasificación para las finales del nacional.

La desesperación, la rabia, el dolor, todo empezó a acumularse en su interior y salió propulsado en un puño directo al espejo que tenía frente a él. Cientos de trozos de cristal salieron en su dirección, cortando sus mejillas, sus brazos, sus muslos. Sus nudillos estaban completamente destrozados, llenos de trozos pequeños del espejo; la sangre se le escurría por el brazo, haciendo un charco en el suelo. Cayó de rodillas, clavándose el resto de cristales en sus piernas desnudas, todavía con lágrimas surcando sus mejillas. Tenía los ojos entre abiertos, vacíos y sin vida. Con ellos pudo ver uno de esos cristales, más grande que los demás. Le decía que lo cogiera con mudos llamados. Dirigió su otra mano hacia él. Sus dedos temblaban. ¿Excitación ante lo desconocido? ¿Miedo por terminar con todo de una vez por todas? La última solución nunca es la más acertada y aún así…Aún así no conocía otra.

En el momento en el que iba a deslizar el borde cortante por su muñeca, otra mano que no era la suya lo detuvo con un firme agarre pero que no llegó a hacerle daño. Sin embargo, no pudo ver quién había sido.

Presa del cansancio y del dolor, se había desmayado.