Ante ellos se encontraba la majestuosidad de una mansión de paredes blancas, casi se podría decir que doradas debido al reflejo de los brillantes pasamanos y figurillas que adornaban el final de cada uno. Justo en el medio del patio principal, una fuente gigantesca con la figura de un ángel tocando el arpa en la cima de toda la ornamentación; a los lados, una hierba tan verde que incluso parecía un experimento de algún jardinero loco. Y allí, en lo más alto de las escaleras que llevaban a la puerta principal, con su fiel amigo sirviéndole de guardaespaldas tras él, les esperaba Keigo con las manos en la cadera.
Una limusina blanca los había recogido en las inmediaciones de casa de los Ishida antes de que pudiesen llegar al destino para repartir a domicilio un estilo peculiar de amor. La razón de tan brusco cambio de planes fue la mirada seria del capitán del Seigaku cuando informó de que sabía dónde estaba Takashi y, lo más importante, que estaba bien. Omitió el importante detalle de quiénes eran los culpables, tanto de su desaparición como de las razones para que desapareciese, para que dejasen de lado la ira y cambiasen la dirección de sus pies hasta la casa del rey de los monos, dejando a ambos hermanos perplejos y ligeramente descolocados.
Una vez llegaron a lo más alto de la escalinata de mármol blanco, Kunimitsu se adelantó a cualquiera de los que allí estaban para decir de una manera tajante que quería hablar con él antes que nadie. La parte del equipo que se encontraba allí protestó ante aquellas palabras y Takeshi tuvo que frenar a Jin para que no arremetiese contra su capitán. En orden de prioridades, los viejos amigos antes que ninguno, ¿verdad? Keigo pareció dudar antes de asentir levemente con la cabeza, sin embargo, tuvo que hacer una aclaración.
―Le preguntaré si quiere verte, Tezuka―incluso en una situación como aquella no podía evitar mostrar su superioridad con respecto al resto de los mortales―. Kabaji, condúcelos al salón del primer piso y vigila que no-miró de reojo, con un ligero deje de desconfianza, a Jin―toquen nada―no esperó a que Munehino respondiera con su tan sonada frase, tan sólo se giró en redondo antes de caminar por el frío pasillo que conducía al primer tramo de escaleras en el interior de la casa, ignorando las quejas que dejaba a su espalda.
Llamó a la puerta con los nudillos, colándose en la habitación antes de escuchar una respuesta. Tantos años con Kabaji le habían enseñado a interpretar los silencios de cualquier persona con total garantía de qué era lo que pensaba el otro sujeto con total exactitud. Al dar un par de pasos sobre la moqueta pudo comprobar que la cama estaba vacía y la alta figura de Takashi se encontraba apoyada en el marco del ventanal, mirando hacia el cielo con una expresión de preocupación que no había visto antes en él. Decidió ser concreto y directo, suavizar las cosas no serviría de nada en aquella situación.
―Tezuka quiere hablar contigo-vio como se encogía levemente. La preocupación se transformó en miedo, un miedo que Keigo comprendía por experiencia propia―. Todavía no sabe nada, Kawamura. Ninguno de ellos―esas palabras parecieron calmarle los nervios, aunque no estaba seguro de ello―. Ore-sama no mete su nariz en asuntos que no le tañen, ya te lo dije―se giró hacia la puerta de nuevo, mirando hacia él de soslayo― ¿Quieres que venga o le digo que se vayan? ―no le gustaba ser mayordomo ni chico de los recados de nadie, mucho menos de alguien a quien no conocía, pero no podía negar ayuda a un necesitado. Así lo habían educado y debía ser fiel a sus propios principios.
―Puede venir.
Tomó aire profundamente antes de expulsarlo con lentitud por la nariz. Había conseguido tranquilizarse, aunque no lo por completo. Sabía que en el momento en el que Kunimitsu entrara en la habitación, su historia sería revelada a una cuarta persona y no estaba seguro de querer que más personas lo supieran. Aún así, les debía una explicación a todos y, con suerte, conseguía convencer a Tezuka para que se lo contara al resto. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, le mostró a Keigo una pequeña sonrisa, esperando ocultar así lo que realmente sentía por la situación en la que se encontraba. En la mente del muchacho apareció una simple palabra: falsedad. No podía recriminarle nada por intentar hacerse el fuerte para sus amigos. Quizá lo mejor fuese que gritase todo lo que se guardaba pero una sonrisa ya era un avance. Aunque no fuese verdadera.
Tardó tan sólo un par de minutos en llegar a la sala donde se encontraba una parte del equipo de Seigaku y Akutsu. Lo primero que hizo fue agradecerle con la mirada a Kabaji por ocuparse de ellos en su ausencia. También había aparecido su ama de llaves y su mayordomo personal para ayudarle con la tarea. Tras eso, buscó a Kunimitsu con un vistazo rápido a la sala, encontrándolo investigando, en una de las copiosas estanterías que adornaban las paredes, con suma curiosidad.
―Si quieres leer alguno eres completamente libre, Tezuka, te recomiendo encarecidamente algo de Shakespeare, realmente son obras maestras todo lo que ha escrito, pero creo que no estás aquí para ver mi biblioteca, ¿o me equivoco? ―recibió miradas de odio que le resbalaron como si fuesen aceite en un vaso de agua. Por su parte, logró su cometido al capturar toda la atención de Kunimitsu, quien se acercó para saber el resultado de su charla con Takashi―Puedes ir, Kabaji te guiará―estaban a punto de cruzar la puerta cuando el capitán giró levemente su cabeza.
―Atobe―su voz demandante, seria, con un leve deje de alivio asomando por sus cuerdas vocales, llamó la atención del menor de la familia.
― ¿Necesitas algo más? ―preguntó como si fuese una molestia tener que hablar con alguno de ellos.
―Gracias―declaró con sequedad, dando por terminada la breve conversación que habían mantenido en escasos minutos.
Y mientras Kunimitsu ingresaba en la habitación en la que se encontraba Takashi, sus compañeros se acomodaban en aquellos ostentosos sillones de piel de terciopelo, los más baratos de la casa, en los que les había dejado sentarse. Syusuke había aceptado gustoso una taza de aquel maravilloso té verde que les había ofrecido el mismísimo Atobe, el único que se atrevió a tomar algo por parte del anfitrión, y que este estaba degustando, saboreando con extremo detalle cada gota sin dejar de pensar en una frase que había estado rondando su cabeza desde que había visto la sonrisa en la cara de su huésped.
―Todo esto es realmente apariencia, pues son cosas que el hombre puede fingir; pero lo que dentro de mí siento sobrepuja a todas las exterioridades, que no vienen a hacer sino atavíos y galas del dolor―tras sus palabras, se creó un silencio a su alrededor que llegó incluso a molestarle, aunque no le dio mayor importancia y siguió dándole vueltas a su taza de porcelana china.
―Shakespeare―no fue otro que Syusuke el que había hablado, rompiendo el inquietante momento con su tono pausado y suave de voz― ¿Tienes alguna razón para nombrar a Hamlet o sólo te haces el interesante, Atobe? ―Keigo soltó una carcajada sarcástica mientras aspiraba el dulce olor a té.
―Quién diría que hayas leído una obra de ese calibre, Fuji―hizo una pausa para dejar encima del platillo que acompañaba a la taza esta misma, dirigiendo su vista de nuevo hacia el prodigio del Seigaku―. Ore-sama está impresionado por tus palabras―ambas miradas brillaban desafiantes, analizando la situación y preparándose para un contraataque ágil e hiriente si fuese necesario―. Por otra parte, sí―se recostó en su majestuoso sofá de terciopelo rojo, entrelazando los dedos de sus manos y apoyando sus codos en los reposabrazos―. Tengo mis razones para nombrarle, aunque no voy a decírtelas, por supuesto―resolvió con soltura, restándole importancia al asunto. Por otro lado, no se lo decía porque no quisiera, sino porque no le correspondía a él soltar su lengua con respecto a ese tema. Por un momento se preguntó si todo estaría bien en la habitación que le había dispuesto a Kawamura. Sabía lo difícil que era confesar algo así y más aún tener que revivir la historia una tercera vez tras haberla repetido en su mente hasta el cansancio.
Se frotó las sienes con dos dedos y cerró sus ojos lentamente. Esta situación le estaba trayendo recuerdos ingratos que creía haber superado ya. Maldita sea.
― ¿Te encuentras bien, Atobe? ―la preocupación de Oishi salió a flote al verle en aquella postura de incomodidad. Por un momento quiso decirle que se metiera en sus asuntos, pero eso sería una falta total de respeto y un Atobe tenía que portar una clase digna en todo momento, sea cual fuera la circunstancia.
―Perfectamente, gracias―le habían enseñado a mentir con moderación y dependiendo de la situación, no por nada era el heredero de una gran suma de dinero y para ello necesitaba ciertos requisitos a cumplir para que los accionistas no le comieran el cerebro. Para evitar alguna otra pregunta, decidió cambiar de tema― ¿Cómo va el equipo?
Un par de miradas se clavaron en su figura con la clara intención de acabar con su vida. Tan sólo uno de ellos dio un paso al frente tras soltar una pequeña risa a pesar de que aquella pregunta no tenía ninguna gracia.
―No me puedo creer que acabes de preguntar eso, Atobe-san, no me lo puedo creer en absoluto―sentía la rabia apoderarse de él, más siendo tan apasionado como era; sus compañeros de equipo, los que más serenos se encontraban, velaban porque no hiciera ninguna tontería―. Taka-san es lo único que importa. Sólo Taka-san.
―Por favor, déjame utilizar esas palabras en tu contra―se recostó en el sillón, utilizando su vista periférica para no perderse detalle de ninguno de los que allí se encontraban―. En vuestra contra―se permitió aclarar antes de dar su pequeño discurso―. Créete lo que acabo de preguntar, Momoshiro Takeshi, pues al menos intento relajar vuestros nervios y evitar así que os carguéis la paz y monotonía que imperan en esta casa―los fulminó uno a uno, ignorando a Akutsu al no conocerle apenas ni saber la relación exacta que mantenía con su huésped―Taka-san es lo único que importa―sin quererlo, le salió la burla de dentro, presa de la molestia que le había sacudido al escuchar tales palabras―. He visto a Kawamura hace cuatro días por primera vez en cuatro meses y puedo jurar, y lo haré―aclamó alzando la voz con fuerza―que antes era un muchacho que siempre tenía una sonrisa para cualquiera que le mirase, que era fuerte y no se rendía con facilidad―intentó buscar las palabras adecuadas para no cagarla e ir en contra de los deseos de Takashi―Cuando vuelva Tezuka le preguntas si ha visto una sonrisa radiante en su cara o si por el contrario le ha visto llorar, echarse la culpa de todo lo que ha pasado, oírle decir que su vida es tan asquerosa que quiere morirse―se puso de pie llevado por su propia rabia. Podría decirse que pocas veces se exaltaba pero aquella situación había podido con él―. O si le ha visto completamente callado, mirando al techo con unos ojos tan vacíos que hacen recordar a la muerte en persona, como le hemos visto Kabaji y yo desde que le trajimos aquí―tomó aire profundamente para evitar salirse más de su compostura― ¿Kawamura es lo único que importa? ―el mismo Munehino apareció por la puerta mientras aquellas palabras salían de su boca bañadas de una gran ironía― ¿Dónde estabais vosotros cuando perdió ese brillo que le caracterizaba? ¿Dónde estabais cuando los Ishida empezaron a consumirlo? No vengáis ahora de grandes amigos preocupados por él cuando le habéis fallado como tales―concluyó volviendo a sentarse en su gran sillón de terciopelo ignorando por completo las miradas de culpa que había dejado en todos y cada uno de los que allí se encontraban.
Definitivamente todo aquel asunto le estaba agotando en demasía.
Munehino se le acercó con pasos pesados, que incluso se escuchaban a pesar de caminar encima de la gruesa y amplia alfombra en la que se encontraban todos los muebles. Su cara no mostró ninguna información negativa a Keigo por lo que intuyó que no había pasado a la habitación junto Tezuka. Era algo que ni él mismo podía entender. Cada vez que veía a Takashi, Kabaji mostraba un aspecto preocupado que sólo el propio Atobe podría apreciar y que, de alguna manera, comprendía. Al haber sido rivales es fácil preocuparse de lo que le pase al contrario, pese a lo irónico que pueda sonar para cualquiera. Sin embargo, ellos tenían un lema, una cosa es ser rivales, otra muy distinta, enemigos. Así se lo habían enseñado desde siempre y así se lo hizo saber a Kabaji. El caso es que, en los días que había estado dormido, el de segundo año le había acompañado cuando llegaba de clase para que no estuviese solo cuando despertara. El día que despertó. Jamás olvidaría la cara de completo horror que se le quedó al verles de pie, a unos metros de la cama; las lágrimas que desbordaron sus ojos cuando tuvo que aceptar todo lo que le había pasado; las negativas continuas a ingerir cualquier tipo de alimento o bebida. Seguramente así se veía él años atrás cuando todavía vivía en Inglaterra.
―Venid, os acompañaremos a la habitación de Kawamura―no sabía si era lo correcto, pero al menos no estaría a solas con el frío, serio y poco hablador capitán del Seigaku, Kunimitsu Tezuka.
―Así que esa es la razón de tu comportamiento en este último mes―a decir verdad, se había quedado a cuadros tras el relato que acababa de escuchar. ¿Cómo podía ser alguien capaz de hacer algo semejante a una persona como él? Una falta de escrúpulos tal que ni siquiera tenía tiempo para indignarse por culpa de ese sentimiento de impavidez que se le había quedado grabado en el pecho. Esperó paciente alguna otra palabra más por parte de Takashi, pero algo le dijo que no diría mucho más. Debido a su nula capacidad de comunicación con el resto de los seres humanos no sabía qué debía decirle o que debía no decirle. Lo único que tenía claro era que no podía permanecer callado para no dar pie a un malentendido― ¿Lo saben tus padres? ―la simple mención de sus progenitores hizo que negara fervientemente con la cabeza de manera instantánea. Ni quería que lo supieran ni lo sabrían jamás por su boca. La mayor vergüenza para un padre era tener un hijo tan débil como él―Entiendo―su voz seria contrastaba en demasía con la de Atobe, daba una sensación de enfado que, gracias a que lo conocía, sabía que no era cierta.
―Al principio quise decíroslo―lo había estado pensando con frialdad las dos primeras noches de insomnio, pero lo había desechado al verles sonreír con tanta felicidad en los entrenamientos. No sería él quien les chafara su alegría con sus problemas―. P-Pero no fui capaz de decírselo a nadie, no quería molestaros-se rascó la nuca, avergonzado por su debilidad, por su falta de valentía. Definitivamente no era un hombre, era una mujer con pene, ni más ni menos―. Sé que hice mal y que ahora pago las consecuencias―no podía evitar echarse la culpa de lo ocurrido. ¿La tenía? Qué importaba la respuesta. Era tan culpable como los otros dos―. Tengo que tragar con lo que he sembrado, ¿no? ―forzó una pequeña y triste sonrisa que hizo mella en su capitán―Después de todo, que esto haya pasado es mi culpa.
―No―la firmeza y seguridad con las que contestó hizo que Takashi se encogiera―. Kawamura, somos un equipo-recalcó la palabra somos a pesar de que ya no formaba parte de este―. Hemos sido compañeros desde nuestro primer año, hemos luchado juntos para alcanzar una meta que hemos logrado superar―podría decirse que no había visto a Tezuka tan serio desde hacía tiempo―. Somos amigos, todos y cada uno de los que estamos aquí más los que te han buscado por todos los callejones de la ciudad cuando nos dijeron que habías desaparecido―se levantó de la silla en la que estaba y caminó hacia la cama con un paso firme―Cualquiera te hubiese ayudado sin darte la espalda y ten por seguro que te ayudaremos desde este momento―vio como los ojos marrones que tenía frente a él se enrojecían ligeramente antes de ver caer un par de lágrimas por sus ahora pálidas mejillas―. He de confesarte algo, Kawamura. A pesar de que no hablamos mucho, en el momento en que dijiste que los Ishida tenían algo que ver con tu repentina desaparición cuando hablaba con Atobe por teléfono, puedo jurarte que, de la rabia que me dio, estuve a punto de decirle a Akutsu que acabara con ellos―sorprendido por ese detalle, Takashi quiso interrumpir el discurso de Tezuka, pero este le frenó levantando su mano―. Después de lo que me has dicho, tengo más que claro que tu culpa no ha sido y cualquiera puede decirlo―ahora sí había acabado de hablar y así se lo hizo saber. Tras recuperarse de todas aquellas palabras, hizo la pregunta que le rondaba en la cabeza.
― ¿A-Akutsu está aquí? ―le extrañaba eso. ¿Por qué? Nunca habían sido muy íntimos, ni siquiera hablaban muy a menudo. ¿Significaría esta acción que también él lo consideraba su amigo? El pensamiento hizo que su corazón latiese como hacía tiempo que no hacía y el impulso hizo que se secara las lágrimas con el dorso de la mano.
―Vino a nosotros cuando se enteró de que habías desaparecido. Creo que intentaba echarnos la culpa por no darnos cuenta, pero no dijo nada al respecto. Por otra parte, él también parecía que se sentía culpable―miró hacia el ventanal. El cielo seguía igual de azul que antes―Esta mañana nos habíamos reunido en el restaurante para una última búsqueda y lo llamamos―cerró sus ojos y recordó perfectamente las primeras palabras que había dicho nada más entrar por la puerta corredera del lugar―. "Tan pronto los vea los mato", fue lo primero que dijo cuando llegó―de nuevo volvió a mirar hacia Takashi, quien enredaba sus manos en la sábana. Estaba inquieto―. No sé que le molestó más, que Ishida le mintiera o que le mintiera con respecto a ti―sabía que el moreno no entendería esas palabras y no se equivocó. Su cara de incomprensión le delataba. Relajó sus facciones por un momento y soltó un suspiro largo antes de mostrar una leve sonrisa―. Me alegro de que estés bien, Kawamura.
―Agradéceselo a Atobe y a Kabaji-kun.
Si no fuera por eses dos seguramente no estaría contándolo en ese momento. Le salvaron la vida, estaría en deuda con ellos hasta el día de su muerte. Tezuka no quiso decirle que ya lo había hecho, tanto a Keigo en el salón como a Munehino cuando subían hacia la habitación. Curiosas habían sido las palabras del menor antes de señalarle la puerta en la que se encontraba Takashi. Muy…curiosas. Y escasas.
―Kabaji me ha dicho―no sabía si debía continuar con sus palabras, pero el bicho de la curiosidad, imperante en todo adolescente, y de la preocupación lo habían atacado―. Bueno, mencionó ciertas heridas que nada tienen que ver con los hermanos Ishida.
La mirada de Takashi escapó de la suya y se dirigió a sus muñecas, sin ser consciente de que lo hacía, antes de mirar con detenimiento las sábanas. Aquella acción hizo que Tezuka comprendiera el significado de las palabras del menor y que la habitación quedara envuelta en un silencio frío e incómodo. El moreno debatía consigo mismo para no admitir que sí, se había cortado para olvidarse de su vida, sustituyendo sus recuerdos por el dolor en su piel. Aún así, algo en su interior sabía que Kunimitsu, como alumno de matrícula que era, ya sabía ese dato, lo que hizo que se sintiera una vez más como el ser más repugnante del mundo.
―No voy a juzgarte―fue apenas un murmullo, pero logró que levantara la vista. Tezuka miraba hacia la ventana con pasividad―. Cada uno tiene sus razones para hacer lo que hace―devolvió su mirada hacia Takashi, quien lo miraba sin comprender, como la gran mayoría de las veces―. Sólo espero que sepas que esa no es la mejor manera para olvidar tus problemas―su voz tenía aquel tono severo que utilizaba a veces con los de primer año para corregir sus actitudes en el entrenamiento y que siempre le hacía sonreír. Esta vez sólo pudo bajar levemente la cabeza, pues la bronca iba para él, y asentir con ligereza.
Antes de que cualquiera de los dos dijese nada, unos pasos se escucharon del otro lado de la puerta. A decir verdad, todo movimiento en los pasillos de la mansión se podía escuchar desde cualquier habitación de la casa. Justo después de que los pasos se detuviesen, el golpeteo en la puerta al que ya estaba acostumbrado resonó en la habitación. Lo que sí le extrañó fue el hecho de que no entrara directamente como solía hacer.
― ¿Se puede pasar, Kawamura?
― ¿Cuántos venís? ―la pregunta descolocó a Tezuka. ¿Cómo podría saber Takashi que no iba Atobe solo si la puerta era de roble macizo y no dejaba ver a través? Aunque, a decir verdad, había duda en su voz y tampoco parecía muy seguro de sí mismo.
―Déjame que haga recuento―hubo una pausa en la que ambos se preguntaron qué se cocía en el exterior―Somos los dos machos de siempre, un gato pelirrojo, una serpiente apática, dos sacos sin fondo, un delincuente juvenil, un huevo con antenas e Inui―finalizó, dejando caer el único nombre que había mencionado.
Tezuka se quedó mirando a la puerta como si con esa acción pudiera desentrañar los misterios de la mente de Atobe. Un segundo más tarde los mencionados le saltaron al cuello al dueño de la casa, sobre todo el delincuente juvenil. Ignorando el jaleo que se acababa de formar en el pasillo, Kunimitsu rodó los ojos, suspirando, viendo de reojo como se encogía Kawamura hasta el punto de que escondiera su cara entre sus rodillas. Sus hombros se convulsionaban levemente, sus manos estaban se agarraban con fuerza a las sábanas y, por debajo de estas, vio como sus pies se enredaban el uno en el otro. Justo cuando iba a preguntarle si estaba bien, una clara y sonora carcajada salió de sus labios.
Fuera, mientras Takashi trataba de no mearse de la risa, Kabaji hacía de escudo para que los ataques verbales y físicos hacia Atobe no llegasen a él de ninguna manera. Fue entre ataque y ataque que Munehino miró hacia la puerta que daba a la habitación antes de mirar al grupo de nuevo y decir, con una voz que consiguió echarles hacia atrás, que se callasen. Por favor, claro. Mientras recuperaban el aliento, el alma que se les había escapado por la boca y la serenidad, escucharon, alto y claro, la risa de Takashi atravesar la puerta como si esta no existiera.
Fue Keigo el que dio un paso al frente y giró la manilla para poder entrar en el cuarto de invitados. Se quedó mudo, si es que es posible, al ver sólo a Tezuka parado a los pies de la cama, colocándose bien las gafas, con una expresión relajada y con los brazos cruzados. Con un movimiento de mano señaló la parte más alejada de la cama, donde Takashi se encontraba riéndose como si le fuera la vida en ello. Eso sí, en el suelo. Sólo el surco de las sábanas que arrastró levemente en su caída podría señalar, de no estar Kunimitsu allí, a dónde se había ido el muchacho.
― ¿Te has hecho daño, Kawamura? ―la cama no era precisamente baja y conocía las heridas que tenía. Se acercó a él dando un par de pasos rápidos, se agachó justo enfrente de donde estaba tirado, todavía riéndose, y se le quedó mirando esperando una respuesta.
― ¿Los dos machos de siempre? ―fue la tímida y entrecortada pregunta que salió de los labios temblorosos de Takashi―De Kabaji-kun, vale―soltó una carcajada que no pudo controlar― ¿Pero tú que tienes de macho? ―la cara que se le quedó a Atobe en ese momento sólo hizo que su ataque de risa fuera a más, aunque no fue el único que rió. Akutsu, todavía fuera recostado contra la pared, había soltado una risotada burlona ante aquel comentario, al igual que Eiji intentaba no reírse tapándose la boca con ambas manos y Echizen también sonreía con malicia. El resto mantenían una leve sonrisa en la cara que poco a poco se fue transformando en risas nerviosas producto de la preocupación que habían vivido los últimos días.
Un nuevo ciclo interminable había empezado. Pero este sólo consistía en hacer que Takashi dejase de reír y…Ninguno parecía por la labor.
