Nyaa... He tardado lo mío pero aquí está . el cap 2! Espero que les guste : 3
Un par de semanas después una cordial invitación en forma de carta llegó al hogar Snape. Su padre la ojeaba estando aún cerrada durante el desayuno. Severus no tardó en aparecer por el comedor, debidamente ataviado y aseado.
- Hijo, ha llegado esto para ti. Es de los Malfoy. - Le tendió el sobre. - ¿Debería sentirme preocupado?
- No, padre. - El sobre estaba lacrado con el escudo de la casa Malfoy. Con cuidado lo rompió y empezó a leer bajo la mirada de sus padres.
"26 de abril, Londres
Estimado Severus:
Supongo que debería empezar esta carta con algún tipo de saludo formal, pero no lo considero necesario. No porque te considere insignificante, en absoluto. Es debido a que a pesar de conocerte de muy poco, me complacería iniciar una situación de compañerismo contigo.
¿Cómo has estado? Por aquí no hay gran novedad. Todo es más bien monótono, a decir verdad. A veces me pregunto qué estarás haciendo en tu hogar, pero por mucho que lo intente no logro imaginármelo. ¡Fui tan desconsiderado el otro día! ¡Ni siquiera te pregunté sobre tus aficiones y pasatiempos! Me extendí demasiado hablando de pájaros y manzanos, considero.
Me gustaría remediar eso. ¿Recuerdas tu promesa? Si aún la mantienes (y espero que así sea), me complacería enormemente que vinieras a visitarme a la mansión, el sábado por la mañana. Podríamos pasar una agradable velada en compañía mutua, todo esto en el caso de que te parezca bien.
Espero verte aquí el sábado. Es decir, figuradamente. Bueno, tú ya me entiendes.
Saludos, Lucius."
Terminó de leerla en silencio y la guardó con cuidado de no arrugarla.
- El hijo de los Malfoy me invita a pasar con él el día.
- Malfoy... Tendrás que aceptar, ¿no? Es mejor llevarse bien con esa familia -dijo su madre con sobriedad.
- Supongo que sí. Es el sábado.
- Iremos a comprarte ropas decentes, pues -añadió su padre. - Si les causas una buena impresión puede que quieran realizar importantes negocios con nosotros...
- Haré todo lo que pueda, padre. - Empezó a desayunar mientras sus progenitores debatían de qué color debían comprarle el esmoquin para su gran visita a la mansión.
- Hola -dijo desde la puerta del cuarto de Lucius. Un criado le había acompañado hasta ahí, indicándole que el señorito Malfoy le esperaba.
El rubio estaba tumbado en la cama, con los ojos cerrados. Sus finas hebras platinadas se desparramaban por la almohada, creando destellos con la luz que se colaba por la ventana. Tenía puesta una sencilla camisa blanca, algo desabotonada por arriba, dejando entrever su blanco pecho. Unos pantalones negros completaban el atuendo, ya que estaba descalzo. Al oír su voz se incorporó de un salto, quedando sentado en la cama.
- ¡Severus! Has venido...
- Sí. - No entendía muy bien el interés que mostraba Lucius hacia su persona.
El rubio avanzó hasta él.
- Tenía ganas de que volvieras. Ven, siéntate. - Fue hasta una silla de mimbre y se acomodó allí. Severus hizo lo mismo y se sentó enfrente de él. Estaban separados por una simple mesita, también de mimbre. - Bueno, cuéntame. ¿Has hecho algo en este tiempo?
- No gran cosa. Tengo exámenes en el instituto, apenas he salido de casa por los estudios.
- ¿No has hecho nada?
- Estudiar.
- Eso parece muy aburrido.
- Tal vez. Pero tengo que mantener una cierta media. No me gusta sacar malas notas en nada...
- No me digas que eres un empollón -le dijo riéndose, aunque sin malicia en la voz.
- Algo así. Oye... ¿puedo preguntarte algo?
- Claro, dime.
- ¿Por qué me has invitado a venir?
- ¿A qué te refieres?
- Apenas me conoces y... no sé, creo que habría muchas otras personas bastante más apropiadas que yo para hacerte compañía.
- Yo también me lo pregunto. Simplemente, me caíste bien el otro día. Es agradable hablar contigo, incluso ahora mismo. - Su tono de voz cambió a uno más melancólico. - No suelo tener muchas visitas. A veces vienen Cissy y Bella, pero con ellas nunca puedo hablar de casi nada. Sólo tienen en mente con el hijo de qué empresario se casarán, o de dónde se comprarán su mansión una vez desposadas... A mí todas esas cosas me importan bien poco, la verdad.
"A decir verdad, aún no tengo muy claro por qué he venido aquí... Pero ver a Lucius es tan... Él es tan... bello..."
Buscó rápidamente algo amable que decir, por no dar por muerta la conversación.
- A mí también me gusta conversar contigo. Por tu forma de hablar se nota que sabes mucho.
- Bueno, yo no diría tanto. Pero como ves, aquí lo que me sobra es tiempo libre. He leído miles de libros, sin exagerar.
- ¿Cómo puedes...? - Se mordió la lengua al instante. Acababa de meter la pata otra vez.
Lucius no le dio mayor importancia. Es más, se rio gratamente de su torpeza.
- No te preocupes por estas cosas. A casi todo el mundo le pasa. Ibas a decir "¿Cómo puedes leer libros si eres ciego?"
- No exactamente. Pero sí, esa era la idea -añadió al fin.
- Te lo voy a enseñar. - Se levantó y acudió a una de las estanterías. Tomó algunos libros al azar y los llevó de vuelta a la mesita. No parecían libros corrientes. Eran totalmente blancos, con unos puntitos en relieve en el lomo. - Son libros en braille, para ciegos. Con estos puntitos de aquí es como leo.
Le tendió uno a Severus para que lo viera. Era cómodo al tacto, y las hojas estaban repletas de aquellos puntitos en relieve. Conocía el sistema de escritura braille, pero era incapaz de distinguir una serie de puntitos de otra. Mientras Lucius iba repasando el lomo de los otros libros con las yemas de los dedos.
- Este es... Un mundo feliz, de Aldous Huxley... y éste... Hamlet.
- Es fascinante. Que puedas leer sólo tocando estos puntos.
- De alguna manera me tengo que entretener. También me encanta oír la radio. ¿Qué te gusta hacer a ti?
- El estudio ocupa casi todo mi tiempo, la verdad. Estoy en la rama de ciencias, así que lo más seguro es que acabe siendo ingeniero, médico o químico. – Era totalmente cierto. Asistía a un colegio pijo de niños ricos (o becados debido a sus extraordinarios logros académicos), dado que sus padres se lo podían permitir tras su reciente situación de holgura económica.
- No me digas que estudiar es tu hobby. – Se dio la vuelta en el cómodo sillón, quedando cabeza abajo. A Severus esta juguetona acción le descolocó un poco. Incluso en su despreocupación, Lucius poseía un enorme encanto natural que lo hacía irresistible.
- Bueno, me gusta… leer… pasear… Qué sé yo, lo normal.
- ¿Tienes amigos?
La pregunta le tomó por sorpresa. A decir verdad, no era el chico más popular de su clase. De hecho, solían ser los populares quienes se metían con él a menudo, casi siempre por nimiedades. Había dos compañeros suyos en concreto, James Potter y Sirius Black, quienes se encargaban de que su estancia en el instituto fuera cuanto más insufrible posible mejor.
- Yo…
Lucius advirtió el tono desolado de su voz.
- Lo siento. No lo he dicho con intención de ofenderte, de verdad.
- No te preocupes. – Ya le había quedado claro que todo lo que su 'primo' tenía de hermoso lo tenía de espontáneo y vivaracho. Casi se empezaba a acostumbrar a sus preguntas lanzadas a bocajarro. Ahora que lo pensaba, sí que tenía una amiga, o al menos, algo por el estilo. Se trataba de Lily Evans, de la clase contigua a la suya. Era una chica pelirroja, de ojos verdes y profundos. No se pasaban el día juntos, pero solían compartir alguna que otra charla fugaz. James Potter estaba abiertamente enamorado de Lily, por lo que Severus estaba seguro de que le puteaba (además de por pura diversión), por celos. – Me acabo de dar cuenta, hay una chica que…
Lucius se incorporó en el asiento, mirándole atento.
- ¿Una chica especial?
- Para mí lo es. Pero no creo que jamás lleguemos a algo más que eso, una amistad cultivada en el pasillo durante los cambios de hora.
Lucius no dijo nada en un rato. Parecía absorto con sus pensamientos. Decidió iniciar él algún tema de conversación.
- Y tú, ¿qué me dices?
- ¿Ah? ¿Sobre qué?
- Sobre lo que te gustaría hacer en el futuro, tus amigos…
- No tengo demasiados amigos. A veces charlo con los hijos de los invitados de mis padres, pero los encuentro terriblemente aburridos. El crío de los Avery pretende autoinvitarse a venir aquí al menos una vez al mes. Me cae más o menos bien Antonin Dolohov, pero tampoco me quedaría a solas con él más de media hora seguida, por ejemplo. Ah, y el hijo de los Nott también bebe los vientos por mí.
- Estás bien acompañado, entonces.
- Qué va – se abrazó las rodillas –. Esos chicos hablan conmigo porque soy hijo de mi padre, nunca mejor dicho. No les importo yo, sino las posibilidades de que coopere con sus negocios familiares cuando tenga edad para dedicarme a ello. Odio que me traten así, ¿sabes?
A Severus no le extrañó aquello. Nadie en su sano juicio despreciaría el intento de poder acercarse a un Malfoy si tenía oportunidad. Pensó avergonzado que en cierto modo, él también estaba haciendo lo mismo. Había venido a ver a Lucius principalmente por interés de su padre. Aunque también era agradable conversar con él.
- ¿Vas al instituto?
- No, me instruyen en casa. Lo cual también me repatea bastante. Mis padres me sobreprotegen demasiado. Sí, soy ciego, ¡pero no por ello inútil o imbécil! –Comenzó a exaltarse un poco -. Hoy en día las personas invidentes pueden llevar una vida tan normal como cualquier otra. Distinta en algunos aspectos, pero normal.
- Bueno, pero irás con tus padres a la ópera, o a comer por ahí. – "Lo que es muchísimo más de lo que mi padre ha hecho jamás por pasar tiempo conmigo", pensó.
- Sí, me llevan a un montón de sitios muy interesantes. Pero raramente puedo escabullirme yo solo. Me siento bien en casa porque es un entorno que conozco, aunque me gustaría ir a la ciudad más a menudo –dijo con una sonrisa. – Oye… -dijo al cabo de un rato.
- Dime.
- ¿Te gusta… conversar conmigo? Quiero decir, ¿no te parezco demasiado aburrido o…?
- Claro que no –se apresuró a responder. - Eres muy interesante, de verdad.
- A veces hablo demasiado, soy consciente de ello –dijo con una mueca graciosa, sacando la lengua. – Sólo tienes que pararme si te empiezo a molestar.
- Tranquilo, eso no ocurrirá.
- ¿De verdad?
- De verdad.
Lucius sonrió halagado y feliz. Se levantó del sillón y accionó una especie de micrófono de bronce situado en una esquina de la habitación.
- ¿Servicio? Sí, me gustaría que nos subieran algo de comer… Ajá, zumitos está bien. Muchas gracias.
Regresó con Severus y se tumbó en la cama, dando palmaditas a su lado para que se colocase allí con él. Severus se sonrojó un poco ante la idea de estar tan cercano a su primo.
- ¿Q-quieres que me siente ahí…?
- Sí, si quieres. Hay espacio de sobra. – Estiró piernas y brazos y los movió simulando hacer un ángel de nieve, demostrando lo ancha y confortable que era la cama. Severus se tumbó a su lado, aunque algo rígido y procurando no tocarle. Se sintió obligado a confesarle algo.
- Yo… quiero que sepas una cosa. Pero no creo que te agrade.
- Dime, dime.
- Realmente vine aquí por deseo expreso de mi padre. No soy mejor que los hijos prepotentes de los amigos de tus padres –dijo con cierta melancolía.
La mirada de Lucius se entristeció, pero fue capaz de guardar la compostura.
- Vaya… En parte también es culpa mía. Lo siento si te presioné demasiado para venir. Joder, claro, si apenas nos conocemos… - Se pasó la mano por la cara y la dejó sobre sus ojos, ocultándolos. – No tienes que venir más si no quieres, de veras que lo siento…
- Espera, no he querido decir eso. No he venido sintiéndome presionado.
- ¿Lo dices para que me sienta mejor? –dijo secamente, con un deje de ironía.
- Me refería a que… bueno, no sé si deberías tratarte conmigo. No soy buen conversador, pero tú estás lleno de vida. Y eres muy guapo, mientras que a mí no se sabe muy bien ni de qué fosa me han sacado. ¿Qué interés podrías tener en mí?
- ¿Me estás diciendo eso en serio? ¿No pretendes burlarte de mí, verdad?
- Claro que no. Te lo digo totalmente en serio. No me considero la mejor compañía que deberías merecerte.
Lucius se incorporó y se sentó en la cama.
- Respóndeme sinceramente. Y quiero tu opinión, no la de tus padres o la socialmente aceptada. ¿Te gusta estar conmigo?
- Yo… -tardó un poco en responder. Joder, por supuesto que le gustaba. Le conocía de poco, pero se notaba a todas luces que era una persona sublime, casi divina. Era interesante, inteligente, ingenioso… No terminaba de creerse que estuvieran emparentados, aunque fuera muy lejanamente. – Sí, me agrada estar contigo.
- Pues a mí también me gusta tu compañía. Desde la primera vez que oí tu voz. No sé, tienes algo que me provoca simpatizar terriblemente contigo.
En el fondo de su corazón, le gustaba oír eso. Tocaron a la puerta, y un empleado del servicio depositó una bandeja con pastelitos, zumos, tés y dulces en la mesita de mimbre, marchándose enseguida tras hacer un gesto de respeto.
- Qué bien, el zumo de maracuyá me encanta. – Lucius se levantó y se sentó en el sillón de mimbre, invitando a Severus a hacer lo mismo.
- ¿Cómo sabes que…?
- ¿Todavía te resulta extraño? Mira, cierra los ojos. Sólo es cuestión de concentrarse.
Severus hizo lo que le indicaba, aguardando sus instrucciones.
- Ahora olfatea. Trata de distinguir los olores.
- Huelo… - se concentró, tratando de distinguir mediante el olfato los distintos alimentos. Olía el hojaldre tostado de los pastelitos… Y el merengue de nata… Y también la mermelada de manzana… No podía identificar o reconocer al 100% todos los olores, pero sí, era evidente que había una bandeja de dulces muy cerca. – Es algo complicado, pero tienes razón. Huele todo muy bien.
- Pues yo llevo así prácticamente toda mi vida. Algunos días sé qué se está preparando en la cocina mientras estoy en mi cuarto. – Tanteó hasta que encontró el vaso y se lo llevó a los labios.
- No me imagino cómo debe ser…
- Bah, te acabarás acostumbrando a verme hacer estas cosas. Bueno, quiero decir… -añadió con algo de turbación. Severus entendió a lo que se refería.
- Me gustaría venir otra vez a verte. Si tú también quieres, claro.
El rostro de Lucius se iluminó. Alzó su vaso y lo dejó vacilante en el aire.
- Brindemos por el inicio de una buena amistad.
Con el paso de las semanas, las visitas de Severus se hicieron cada vez más frecuentes, hasta el punto de que ya no resultaba atípico verlo por los corredores de la mansión. Lucius estaba encantado, y lo demostraba continuamente.
- Entonces, ¿qué hiciste ayer? –dijo Lucius mientras se metía un trozo de tarta en la boca. Estaban en el salón principal de la mansión, tomando un aperitivo. Habían puesto un programa de radio para entretenerse, aunque hacía rato que había llegado el intermedio y ahora les deleitaba una suave música.
- Estuve repasando los hidruros. Examen de química la próxima semana.
- ¿Y lo llevas bien?
Esbozó una sonrisa de autosuficiencia.
- Por supuesto. Sacaré un diez, lo sé.
- Es bueno que tengas seguridad en ti mismo, pero no te confíes demasiado.
A decir verdad, la única cosa de la que Severus se sentía francamente orgulloso era su talento para las ciencias. Sobre todo le apasionaba la química, en particular realizar mezclas, soluciones, reacciones… Conocía a la perfección todos los elementos y cómo interactuaban entre sí. En el resto de los ámbitos no solía destacar excesivamente. Sus habilidades sociales, empáticas y afectivas dejaban muchísimo que desear.
- Disculpen, señoritos – un asistente había hecho gala de presencia, llamando su atención. – El señor desea verlos. Les espera en el despacho.
Subieron las escaleras del vestíbulo, preguntándose el motivo de por qué los habrían hecho llamar.
- ¿Crees que he podido ofender a tus padres de algún modo?
- No que yo sepa. Siempre te comportas con educación cuando vienes aquí. – Rozó una pesada puerta de madera oscura con las yemas de los dedos. - Esta es.
Entraron al amplio despacho, decorado con sumo gusto y exquisitez. Severus no pudo evitar recorrerlo con la mirada. No había estado allí antes, y esperaba no darles motivos a sus anfitriones para visitarlo muy a menudo. Había una alfombra verde oscuro con el emblema de la casa tejido en el centro. Las cortinas también eran de aquel color verdoso, que hacía buen juego con los muebles de pesada madera oscura. Tras una gran mesa situada en un extremo les esperaba Abraxas Malfoy, padre de Lucius, y además amo y señor de todo el imperio Malfoy.
- Sentaos, por favor –dijo con voz grave. Así lo hicieron enseguida. – Veréis, tengo algo que proponeros. A decir verdad, más concretamente a ti, Severus.
- ¿A mí?
- Ya llevas unas semanas viniendo casi cada día. Y veo que has congeniado muy bien con mi hijo.
- Me agrada mucho venir a visitarlo, señor.
- Sí, soy consciente de ello. – Se mesó la barba, meditando. – La señora Malfoy y yo hemos coincidido en que esa buena relación es más que notable. De manera que nos preguntábamos si te complacería convertirte en el compañero de juegos de mi querido Lucius.
- ¿Compañero de juegos? ¿A qué se refiere, señor?
- Durante un tiempo, podrías alojarte aquí, en la mansión. Yo mismo me encargaría personalmente de contratar un profesor particular que te instruya. A cambio, tendrías que entretener a Lucius, acompañarlo y velar por él, incluso si algún día os permito ir a la ciudad solos.
Lucius contuvo un gemido de sorpresa y excitación. Era evidente que estaba encantado con la idea.
- Esta sugerencia también tiene ventajas para la señora Malfoy y para mí, por supuesto. Podríamos atender mejor nuestros asuntos financieros en el extranjero. A título personal, me quedaría mucho más tranquilo viajando sabiendo que alguien tan responsable se hace cargo de la seguridad de mi hijo. Lucius, ¿qué opinas tú de la idea?
- Por mi parte está bien. Me encantaría tener un compañero de juegos tan interesante como Severus. –dijo con alegría. – Siempre que… a ti te parezca bien.
Severus caviló detenidamente la situación. Le estaban ofreciendo pasar las 24 horas del día junto a Lucius, sin tener que ir al instituto con sus odiosos compañeros, con un profesor particular y exclusivo para él, además de poder disfrutar de las instalaciones de la mansión. Resultaba demasiado tentador.
Se preguntó cuál sería la tara. Se había fijado en que cuando él estaba por la mansión, solían dirigirle palabras amables y de cortesía. Pero más de una vez había oído a un par de criados riéndose de él por tener un aspecto tan raro y desentonar tanto en una familia tan áurea y perfecta como los Malfoy. A sus espaldas todos opinaban que era muy poquita cosa, se le comparase con quien se le comparase. Reflexionó que solamente Lucius parecía tratarle como a un igual. Y esto en parte se debía al hecho de que fuera invidente.
Estaba seguro también de que ni siquiera agradaba al propio Abraxas. Supuso que le estaba planteando semejante propuesta con el objeto de sacar tajada de los negocios de su padre. Si ansías la fortuna de tu vecino, gánate antes a su hijo. Siempre se acercaban a él por dinero, claro. Aún así, tenía una respuesta fehaciente.
- Señor, sería todo un honor para mí aceptar su propuesta.
- ¿Es tu respuesta final, Severus?
- Sí.
- Muy bien. – Sacó unos papeles del cajón de su mesa y se los tendió. – Coméntale esto a tus padres. Necesito también su confirmación.
- Así lo haré, señor.
- Podéis retiraros –dijo secamente. Ya había despachado a esos dos, ahora tenía asuntos más importantes de los que ocuparse. Sacó un montón de informes de una estantería y se puso a ojearlos, colocándose unas gafas de montura de plata fina.
- ¡Dios, es genial! –dijo Lucius cuando hubieron salido del despacho. Se encaminaban hacia su habitación, charlando. - ¿Estás tan entusiasmado como yo?
- Sí, me parece que sí. Perdón por no exteriorizarlo tanto, no se me da bien… Pero me siento feliz, sí. – Habían congeniado muy bien las últimas semanas. Y según las cláusulas que le había dado el señor Malfoy, podía redimir el contrato cuando quisiera, siempre que avisase con suficiente antelación.
- A partir de ahora dormirás aquí, y comerás aquí… ¡Ah, tengo que prepararte una cama!
- No te alteres, todavía tengo que ir a mi casa a por mis cosas. No me mudaré aquí inmediatamente. Además, aún cabe la posibilidad de que a mis padres no les parezca una buena idea.
Lucius hizo un puchero.
- Bueno, me conformo con que tú estés dispuesto a hacerlo. – Alzó la mano hasta que tocó su hombro. Ascendió hasta que encontró la mejilla, y cuando la hubo localizado depositó un suave beso en ella.
Severus nunca se había sentido tan turbado y a la vez extrañamente bien en toda su vida.
