¡Jelous! :3 Aquí está el cap 3, que lo disfruten ^^


Ya había pasado un mes desde que Severus se había convertido en el compañero de juegos oficial de Lucius. Había trasladado sus enseres personales a la mansión, donde se le había proporcionado incluso una habitación propia. Esta disponía de toda clase de lujos y comodidades, y encontraba especialmente agradable el detalle de tener baño propio.

La rutina diaria consistía en levantarse y asearse, bajar al comedor para desayunar con Lucius, escuchar y practicar la lección junto a Lucius, almorzar con Lucius y pasar el resto de la tarde con Lucius. No recordaba la última vez que se había sentido tan pletórico de felicidad. Podía hartarse a comer lo que quisiera, su maestro particular era un apasionado de la materia que enseñaba con verdadera vocación, y eso Severus lo admiraba. Además, no tenía que aguantar las bromas pesadas de Potter y Black, de manera que podía dedicarse completamente a sus estudios.

Con el paso de los días iba descubriendo más y más acerca de Lucius. Si le había fascinado desde el primer momento, ahora descubría que era incluso mejor de lo que hubiera imaginado. Su conversaciones casi siempre tenían un matiz intelectual, y le gustaba poder discutir sobre temas de actualidad con alguien a su nivel. Quizá a veces el rubio divagase demasiado con sus invenciones, pero era algo que también estaba comenzando a apreciar.

- … Y claro, no podía decirle que no… Así que me fui sin mediar palabra –comentó Lucius con diversión. Estaban los dos tumbados en su cama, descansando un rato tras el almuerzo. Le estaba contando una anécdota acerca de cómo se había librado una vez de uno de los hijos de sus padres, especialmente pesado, que comenzaba a aburrirle con sus peroratas durante una de las famosas fiestas de sus progenitores.

- ¿Y lo dejaste plantado en el sofá con la palabra en la boca?

- Prefería hacer eso antes que escucharlo un minuto más. En serio, yo soy consciente de que a veces puedo hablar demasiado, pero lo de ese chico era insufrible.

- No hablas demasiado. Yo soy demasiado parco en palabras.

- También. –La sinceridad de su amigo podía exasperarlo en ocasiones, pero sabía que no lo hacía con mala intención. - ¿Qué quieres hacer luego?

- Cualquier cosa está bien… ¿Vamos al jardín? – Tenían por costumbre llamar "jardín" a la inmensa finca Malfoy, que ocupaba más de mil metros cuadrados.

- Claro. Pero quiero quedarme aquí un ratito más… - Se apegó más a él, casi abrazándolo. Severus comenzaba a acostumbrarse a la cercanía y facilidad de trato del rubio, pero no podía evitar ponerse nervioso cada vez que estaban así de cerca. – Severus…

- Dime…

- Me encanta conversar contigo, y también que seas mi compañero de juegos. Haces mucho más amenos mis días, de verdad.

Sintió cómo su corazón daba un vuelco en su pecho. Agradeció que Lucius fuera ciego, de otra manera el rubor de su rostro delataría cuánto le había afectado aquello. Sentía un extraño calor en todo su cuerpo, un calor que no recordaba haber experimentado antes. Quizá sí, con Lily Evans, pero supo reprimirlo a tiempo, no quería buscarse más problemas con Potter, ni darle más motivos para que lo siguiese atosigando. Pero ahora estaban Lucius y él solos, sin nadie más. Y Lucius no podía juzgarlo más que por sus actos y dichos, nunca por su aspecto, como habían hecho la práctica totalidad de las personas que le habían conocido alguna vez. Con él se sentía más a gusto que con nadie, sentía que podía contarle cualquier cosa. Y esa sensación aumentaba al saber que le escuchaba siempre atento, que siempre esbozaba una sonrisa cuando él hablaba.

- A mí también me gusta estar contigo. Me alegro de estar aquí. – Como siempre, su respuesta fue más escueta, pero no por ello menos sincera. Lucius no le presionaba, cosa que le agradaba mucho.

- ¿Puedo tocarte?

Otro vuelco en el corazón. Estaba claro, con Lucius nunca podía dejar de estar ojo avizor. Podía salirle con cualquier cosa en cualquier momento.

- Claro. – Cerró los ojos y le dejó hacer. El rubio deslizó las yemas de sus dedos por su cara, con suavidad y delicadeza, delineando sus contornos. Acarició sus pómulos, la nariz, los ojos… Se detuvo en los labios más que en otro sitio, rozándolos muy lentamente. Severus los despegó ligeramente para depositar algo parecido a un leve beso en la punta de su dedo.

- Me encanta tu cara. Es muy curiosa.

- Ya te he dicho que simplemente soy feo. No es curiosa, es… rara.

- Yo no lo creo así. Eres muy interesante. – Se incorporó, apoyándose en el codo y girándose. – En momentos como este me gustaría poder ver. Para ver cómo eres.

- No te gustaría nada lo que verías, te lo digo en serio. – Estaba completamente seguro de aquello. Agradecía en parte que Lucius no pudiera verle propiamente. No estaba seguro de poder soportar su inevitable rechazo si eso llegaba a ocurrir.

- No hables así. – Volvió a tumbarse, y esta vez lo abrazó, enterrando el rostro en su pecho. – Al menos puedo oír tu voz. Es muy relajante.

- No sé qué decirte. Es… normal. – Concentraba todo su esfuerzo en controlar los latidos de su corazón, procurando que Lucius no los notase.

- A mí me gusta. Y no voy a aceptar más réplicas –dijo abrazándolo más fuerte.

- Como digas… -añadió sonrojado, tanto por aquellas palabras como por el cercan contacto que mantenían.


Unos días más tarde se hallaban en la gran cocina. Normalmente sólo entraban allí los chefs personales de la familia, pero en esta ocasión les habían permitido entrar por capricho de Lucius. Sus padres, los señores Malfoy, habían partido la semana anterior por un viaje de negocios al extranjero, y no volverían en un tiempo. A pesar de que varios criados y personal de servicio velaban por ellos dos, tenían prácticamente toda la libertad que desearan. Además, con los Malfoy fuera, el trabajo se reducía bastante, con lo que podían estar vagueando y conversando con los criados.

- …Ahora... Doscientos gramos de mantequilla fundida… - Severus iba leyendo en voz alta de un libro de cocina. Habían decidido (por sugerencia de Lucius, por supuesto) hacer un pastel para merendar aquella tarde.

- Aquí. – El rubio echó un líquido amarillento y pastoso a un bol en el que ya había harina, un par de huevos y algo de azúcar. - ¿Qué más?

- Mmm… Vaso y medio de leche.

Lucius tanteó hasta que encontró el cartón, e hizo lo mismo con un vaso. Los colocó cerca e inclinó el cartón para llenar el vaso.

Severus miraba atento la jugada. Con el tiempo había aprendido a no dudar de las habilidades de su compañero. Aunque supiera defenderse bien en algunos ámbitos, ¿cómo iba a saber cuándo se llenaba el vaso, o si se había quedado corto con la cantidad? De ninguna manera podría adivinar eso con el olfato o el oído. Estuvo tentado de avisarle o decirle algo, pero se contuvo a tiempo. Le daba mucha más curiosidad saber cómo resolvería el rubio ese dilema.

Para su sorpresa, Lucius no derramó ni una sola gota, llenando el vaso hasta el nivel justo sin vacilar.

- Está bien así, ¿no?

- Ah… Sí, está perfecto. Pero oye… –dijo mientras Lucius tanteaba para localizar el bol e incorporar la leche a la masa. - ¿Cómo has sabido esta vez cuándo parar de echar leche? ¿Con el oído quizá?

- Qué va. Llevo mucho tiempo sirviéndome cosas, he memorizado cuánto tengo que inclinar el cartón de leche y por cuánto tiempo. Por ejemplo, para un vaso son unos tres segundos con esta inclinación. Para uno de esos vasos altos son cinco segundos. Pero a veces necesito que alguien me diga cuánta capacidad tiene el recipiente que estoy usando, claro.

- O sea, que la experiencia también juega un papel importante a la hora de moverte en el mundo…

- Claro. ¿Te crees que no habré derramado mil veces el zumo por toda la mesa? Además, es echar leche en un vaso, no componer una ópera o algo así. Deberías dejar de fijarte sólo en mis limitaciones. – A pesar de que lo había dicho con tono desenfadado, Severus sabía que algo de verdad sí que había en aquella afirmación. Aunque llevaba ya un tiempo conviviendo con Lucius, aquel tipo de detalles continuaban llamando fuertemente su atención. Siempre se preguntaba cómo resolvería Lucius tal o cual problema teniendo en cuenta su discapacidad visual. – Ah, límpiate, que tienes algo de harina en la nariz.

- ¿En la nariz…? ¿Cómo sabes que…? – Se restregó con insistencia para limpiarse, pero pronto cayó en la cuenta al ver a Lucius riéndose. - Te lo estás inventando.

- ¡Claro! Eres tan ingenuo… - Agarró un pellizco de harina y lo lanzó hasta donde él consideraba que estaba Severus, pero éste fue más rápido y lo esquivó a tiempo. - ¿Ahora sí estás manchado?

- Erraste. – Hizo lo mismo que él, manchándole un poco la nariz. – Ahora tú estás manchado.

- ¡Cómo te atreves a burlarte así de un pobre ciego!

- De pobre ciego no tienes nada. – Le limpió la harina con un trapo y agarró el bol. – A este paso no acabaremos nunca.

- Cierto. Y yo quiero merendar ya.

- Pues manos a la obra. A ver… Una pizca de vainilla…


Ya habían transcurrido tres meses desde que Severus había ingresado a la Mansión. Se desenvolvía bien con el servicio, y ya conocía a la perfección todas las habitaciones de la casa, así como el jardín. De vez en cuando escuchaba a los criados murmurar sobre su "atípico rostro", pero había comenzado a no hacer caso de ninguna de esas habladurías. Le bastaba con poder ver a Lucius cada día, y el rubio profesaba similares sentimientos hacia él. Los señores Malfoy raramente permanecían en la mansión, y cuando lo hacían no se quedaban más que unos pocos días, los justos para organizar alguna de sus famosas 'reuniones de ricos', ya que pronto volvían a viajar para atender sus asuntos en el extranjero.

Ese fin de semana los padres de Lucius habían vuelto a casa. Habían organizado una fiesta para ese sábado, y entre los invitados estaban los señores Snape. Severus escribía con regularidad a sus progenitores, e incluso iba algunos días al mes a pasar la tarde en su propio domicilio, pero le hacía algo de ilusión ver a sus padres de nuevo. Sin embargo, dudaba que fuera posible en aquella ocasión.

Había pillado un enorme resfriado que le había obligado a guardar cama varios días. Pensaba que le habían bajado las defensas mientras paseaba con Lucius entre los melocotoneros del jardín, ya que quizá no se habría abrigado lo suficiente. Por una parte, se le permitía excusarse de ir al convite (no así a Lucius, que como hijo de los anfitriones estaba en el deber de asistir), pero por otro lado no podría ver a sus padres. Dudaba que accediesen a dejarlos pasar a su habitación, pero aún le quedaba algo de esperanza.

Se había acostado pronto, después de darse una relajante y reparadora ducha caliente. Las suaves sábanas no tardaron en inducirle a una soporífera duermevela, pero los sonidos provenientes del salón principal le mantenían alerta. Gente conversando, cubiertos tintineando, quizá alguna copa de cristal que algún invitado dejase caer descuidadamente al suelo…

Se preguntó qué estaría haciendo Lucius. No le costó imaginárselo asintiendo con desgana a los intentos de conversación del crío de los Avery, como tantas veces le había comentado. O tal vez se entretenía con sus primas, Bella y Narcissa.

La puerta chirrió levemente, dejando entrar un haz de luz que le golpeó en la cara. Adormilado, se hundió más entre los almohadones, tapándose la cara con las mantas.

- ¿Q-quién…?

- ¿Severus? Soy yo. – Quien hablaba era Lucius. Cerró la puerta despacio tras de sí y avanzó hasta él, hasta que se sentó en el borde de la cama. - ¿Cómo estás? ¿Te he despertado?

- No… Aún no me había dormido, no pasa nada.

- Me estaba aburriendo muchísimo allí abajo. Y no sé… quería verte. Si te estoy fatigando lo siento, no he pensado en ello hasta que he entrado…

- Que no pasa nada. – Sorbió por la nariz. – Yo también me aburría. ¿Cómo está el ambiente?

- Nada interesante. Los Avery, los Lestrange, los Black, los Dolohov, los Nott… Todos ellos han recalcado lo elegante de mi porte y mi perfecto saber estar. Creo que no me han visto bien, porque estaba prácticamente hundido en un sofá.

- ¿Has visto a mis…?

- ¡Ah! Sí, a tus padres sí. Tu madre te envía un beso y todo su cariño, y tu padre todo su apoyo, y te recuerda que hagas digno tu apellido mientras estés aquí.

Al oír los recuerdos que sus padres le mandaban no pudo evitar que su corazón se estremeciera un poco. Llevaba mucho tiempo fuera de casa.

- Muchas gracias.

- Los echas mucho de menos, ¿verdad?

- Hombre. Sí, claro, pero también me gusta estar aquí. Eres una muy grata compañía.

- Gracias. Si te sirve de consuelo, aunque mis padres estén aquí también por primera vez desde hace un mes, apenas hemos hablado.

- ¿Por qué? –estornudó sonoramente.

- Salud. Están demasiado ocupados con sus invitados. Aunque ya estoy acostumbrado a eso, han sido así siempre. Sé que me quieren, pero a veces me gustaría que fueran algo menos distantes.

Le gustaban mucho ese tipo de conversaciones que mantenía con Lucius. Normalmente se mostraba despreocupado y jovial, pero también era capaz de abrir su corazón. Le hubiera gustado aprender de él en ese aspecto.

- Pues parece que hoy los dos somos huérfanos. – Se acomodó entre las sábanas, ofreciéndole un hueco. - ¿Quieres quedarte un rato?

- Vale. A ver si se percatan si quiera de que no estoy allí abajo.

Se descalzó y se metió en la cama con él, abrazándolo. Aunque esas situaciones aún le provocaban algo de vergüenza, había aprendido a recibirlas con agrado. Después de todo, era Lucius quien se las dedicaba, y se sentía afortunado por ello.

- Gracias por hacerme compañía.

- No hay de qué. Prefiero estar aquí contigo sin hacer nada que con mis primas abajo.

- Eso me halaga mucho, ¿sabes?

Lucius hundió la cabeza en su pecho, y Severus lo recibió con agrado. Se sentía tan bien junto a él… Era tan cálido y suave… Quizá se debiera a su febril estado, pero esa vez no hizo ningún esfuerzo por controlar sus emociones. Se permitió divagar en el cuerpo de Lucius, en adivinar sus formas por debajo de la tela. Se recreó con su blanca piel, tersa e inmaculada como la porcelana. Enredó sus dedos en las hebras doradas, aspirando su aroma. Antes de poder darse cuenta, una erección se había establecido en sus pantalones.

- S-severus…

- ¿Sí?

- E-esto es… -Lucius sonaba turbado. ¿Se habría percatado de…?

Se alejó de él, dejando un espacio entre los dos. Ahora tendría que explicar aquello sin parecer un degenerado. ¿Y si se lo tomaba muy mal?

- Y-yo… N-no es lo que parece… - Se dio cuenta de que en realidad seguían estando muy cerca cuando su propio aliento rebotó contra sus labios. La cara de Lucius estaba muy próxima a la suya.

- Severus… - Fue el rubio el que acortó la breve distancia que los separaba, uniendo sus labios. Apenas un roce, nada profundizado, pero Severus lo recibió como una caricia celestial. En esos momentos mandaba más en él la fiebre que cualquier otra cosa, así que se permitió continuar el contacto, delineando levemente los labios ajenos con la lengua.

Para su sorpresa, Lucius no tardó en responder, jugando tímidamente con la lengua él también. Se aferró a él.

- S-severus… Quiero decirte que… bueno…

- D-dime.

- M-me gustas desde la primera vez que oí tu voz.

Aquello sí que no se lo hubiera esperado, ni en un millón de años. Sintió cómo el corazón le iba a mil por hora, latiendo inquieto en su pecho.

Desechó todos los pensamientos que le echaban atrás y le besó con más profundidad pero conservando la delicadeza. Pensó que podría ser todo un delirio de la fiebre, algún tipo de ilusión causada por su malestar general. Pero no era así, Lucius estaba junto a él, era una realidad tangible.

- Y-yo… Tú también me gustas. Mucho.

- Severus…

Continuaron con las caricias durante bastante tiempo más antes de caer rendidos.


Sin proponérselo habían acabado así. El día que se habían besado por primera vez, Severus estaba seguro de que despertaría solo, dándose cuenta que lo de aquella noche no había sido más que un sueño. Pero se sorprendió al ver a un dormido Lucius entre las sábanas, y aún más cuando este al desemperezarse buscó sus labios para saludarlo con un beso.

A partir de ahí su relación no había empeorado ni un ápice. Solían besarse y acariciarse a escondidas, fuera de la vista de los criados.

Hacía demasiado calor como para estar dentro de casa aquella mañana, por lo que decidieron ir un rato a la piscina particular de la casa. Severus nunca había visto una más grande; quizá una piscina olímpica se pudiera comparar. No tenía forma de riñón, como él había esperado, pero aún así hacía las delicias de cualquiera.

- Ya tenía ganas de venir aquí –comentó Lucius sentándose en el borde y mojándose las piernas hasta las rodillas. – Menos mal que ya está empezando el verano…

- Sí, aunque todavía hace algo de frío. – Él ya se había metido. No sentía un agrado particular por el agua, pero no iba a rechazar un refrescante chapuzón y la oportunidad de ver a Lucius sin camisa sin que ningún empleado del servicio se extrañase por la situación.

El rubio se dejó resbalar hasta que se hubo sumergido entero, a excepción de la cabeza.

- Ay… Aún está algo fría…

Severus nadó hacia él y lo abrazó. Sentía cómo sus pezones endurecidos se apretaban deliciosamente contra su pecho.

- Estás buenísimo, ¿lo sabías?

- No sé, no me he visto recientemente –dijo divertido. – Tú sí que estás bueno… -Deslizó las manos hasta su culo, que apretó con gusto. – Sev…

- Dime. – Tras esos meses de convivencia había aprendido a entender mejor las sensaciones que Lucius podía transmitir con la mirada que, aunque ciega, era mucho más elocuente que la del resto de las personas. Le encantaba divagar en esos pozos de mercurio y tratar de descifrar su significado.

- T-te quiero. De verdad…

Lo apretó fuerte contra sí, depositando un pequeño beso en las hebras platinadas.

- Y yo, Lucius. Y yo.


No acostumbro a acelerar así la acción, pero son sólo 4 caps :P y hay que explicar todo en poco espacio de tiempo...

Espero que les gustara :3!