VIII. INTERLUDIO PARA DOS
Se apresuró en ducharse en su nueva casa, estaba más que feliz, pero aún así echaría mucho de menos a su hermano despertándole y pateándole el colchón todas las mañanas, al menos estaban cerca relativamente, vistió exquisitamente con una túnica para ir por fin con aquel que le había robado el corazón.
Salió de su templo escondiéndose por los rincones ya que no quería hablar con nadie y entretenerse, así oculto llegó hasta la explanada para tomar el camino tantas veces recorrido, casi corriendo, con una necesidad impetuosa, hasta que por fin llegó a la cabaña, se acercó con una sonrisa dibujada en el rostro, no se preocupó en llamar a la puerta, abrió pero no estaba ahí dentro, lo busco en cada parte sin éxito. De pronto unas manos le rodearon abrazándolo por la espalda y un cuerpo pegado al suyo.
-Hola león dorado… pensé que nunca despertarías.-
Dio la vuelta y tomo ambas manos con las suyas.
-Hola guardián de los hielos, te he echado mucho de menos.-
-Yo uno más que tú siempre, fui a dar un paseo por las cercanías y algo me hizo regresar pronto, que bueno que volví, ¿Ya te ibas?.-
-No que va, pensaba esperar aquí hasta que llegases, tal vez en tu cama jajaja.-
-Mi cama y yo te extrañamos.-
-Ya no me extrañarán más…- Lo abrazó estrechándolo entre sus brazos y dándole un beso lleno de pasión, de amor, de deseo contenido, lo empujaba poco a poquito hasta la habitación, donde entregándose completamente, arrancándose la ropa entre besos. Cristal arrojó a Aioria completamente desnudo en la cama, el sorprendido león se rió ante la actitud del caballero pues hacía no mucho era tan tímido; se montó sobre el tomando su miembro y clavándose él mismo hasta la empuñadura, sus gemidos se perdían en la cabaña y el suave eco en el bosque hasta que al fin se apaciguaron rendidos uno en brazos del otro.
-Te amo… Aioria…-
-Yo también… te amo…- Se perdió en sus ojos azules mientras con el revés de la mano quitó las cristalinas gotas de sudor de su rostro.
-Vamos a la poza… desde que me la mostraste esperé para estar contigo.-
-¿De veras hiciste eso?.-
-Si, quería estar ahí contigo.-
Ambos se levantaron y se pusieron únicamente las toallas enredadas en la cintura mientras abrazados caminaban hasta la poza de agua termal, se metieron completamente desnudos. Cristal masajeaba el maltrecho cuerpo del león llenándole de calor.
-Estás aún muy lastimado.-
-No es nada, son solo algunos rasguños y moretones que sanarán en un par de días, además estando contigo, sanarán más rápido.-
Cristal sonrió contento pero a medias pues ya sabía que dentro de poco se marcharía, ahora que ya había hablado con Shion ya no tenía nada más que hacer en el Santuario, salvo por el león dorado, y aún no se lo había dicho… no sabía como se lo tomaría. Tras un rato de estar ahí cuidándose y procurándose cariños salieron de la poza para ir a la cabaña y vestirse adecuadamente para la cena en el templo del León estelar.
Aioria entró a su nuevo templo algo enfurruñado debido a que Cristal se había negado a que le tomara de la mano enfrente de todos, aún así sonrío al resto de los caballeros dorados que estaban ahí y tomó asiento a un lado de su hermano. Estaban todos salvo Mu que seguramente estaba trabajando con Shion, Saga a quién no habían visto en mucho tiempo y Death Mask que casi nunca estaba en las tertulias con ellos. La velada fue muy agradable, charlaron de todas las cosas que habían pasado en el santuario, tanto buenas como malas, entrada la noche el cansancio les empezó a invadir y poco a poco se fueron retirando, los últimos en salir fueron Camus y Milo, ya que este último algo pasado de copas se negaba a irse.
-Lamento este espectáculo de Milo.- Se disculpó apenado Camus.
-No te preocupes, ya conocemos a Milo.-
-Cristal ¿Te quedas otro rato?.- Pregunto Camus mirandolo con una sonrisa algo burlona pues ya se imaginaba que algo había entre él y Aioria, se había dado cuenta de la manera en que lo miraba.
-Eh… si… me quedo otro rato.-
-Entonces nos vamos… hasta mañana Aioria.- Dio media vuelta llevando a Milo a rastras.
-Hasta mañana Camus.-
Una vez que todos se fueron y estuvieron a solas Aioria se acercó a Cristal para acariciar su rostro pero este se puso tenso. Le tomó de la mano y se lo llevo a la habitación principal de su templo, cerró la puerta tras él.
-Aioria, ahora no, necesito decirte una cosa.-
-¿Y esa cosa no puede esperar?.- Le preguntó a la par que acariciaba su espalda y besaba su cuello.
-No, tengo que decírtelo ahora por que no sé si después tenga el valor.- Su voz sonaba con miedo y eso hizo que Aioria se detuviera y se le quedara mirando a los ojos.
-¿Qué sucede?.- Volvió a tomar su mano y lo hizo sentarse en la cama a su lado.
-Aioria, yo… me tengo que marchar.- Lo dijo así, rápido y sin ningún preámbulo.
-¿Cuándo?.- Ahora la voz del león se escuchaba triste y desganada.
-Mañana por la mañana…-
-¡¿Qué?! ¿Tan pronto? ¿Por qué no me lo dijiste?.-
-El patriarca recién llegó, yo pensé que tardaría al menos dos semanas más pero al parecer también estaba muy interesado en ti al igual que todos.- Le sonrió tratando de tranquilizarlo pues ya empezaba a ver que se lo estaba tomando mal desde el momento en que le había soltado la mano. Se puso de pie y lo miro con el ceño fruncido.
-¿Y hasta cuando pensabas decírmelo? ¿Mañana?.-
-No Aioria, pero entiende que también debo atender mis obligaciones en Siberia, tengo que regresar y entregarle la armadura de bronces.-
-O sea que nunca pensaste en quedarte conmigo, solo fui tu entretenimiento en tus vacaciones.- Su reproche lleno de furia y de dolor a la vez no hicieron más que herir a Cristal haciendo que este le mirase de la misma manera.
-¡No eres ningún entretenimiento para mí!.-
-Entonces quédate… puedes quedarte en e Santuario, nada te lo impide además si tu alumno está tan adelantado bastará con que le des las indicaciones pertinentes ¿No?.-
-No Aioria tengo que regresar y darle la armadura, pero regresaré en cuanto pueda.-
-Quédate conmigo…-
-Aioria por favor… no me hagas esto…-
-No pido las cosas dos veces.-
-Si tanto es tu orgullo entonces me voy.-
-Si cruzas esa puerta no vuelvas nunca…-
No le contestó, se detuvo en el marco de la puerta antes de abrir, dudando, estaba tan furioso, lo había herido mucho al acusarle de jugar con él… tomó el picaporte abriendo y salió de la habitación en medio de lágrimas que le cegaban, esperaba que tal vez Aioria fuera tras él pero el orgulloso león no le siguió y a su vez Aioria esperaba que regresara pero eso no sucedió, se marchó y finalmente él se quedó solo.
Ni siquiera pudo dormir, daba vueltas y vueltas en la cama tenía ganas de ir a la cabaña a buscarlo, pero su orgullo lo cegaba y se negaba a buscarle, el una única lágrima rodó por su mejilla, sabía que había hecho mal otra vez y que esta vez lo pagaría caro.
Ya de madrugada se quedó dormido entre sueños confusos la culpa le atormentaba pues sabía que no debía dejarlo ir, al menos no así… pero ya daba igual, seguramente ya habría empacado y ya se marchaba.
Llovía y fue el ruido de las gotas de lluvia contra la ventana las que le hicieron abrir los ojos a un día triste y lluvioso, tal como se sentía él, no quería ni levantarse así que se quedó hecho un ovillo hasta ya media mañana cuando el hambre le hizo levantarse, ahora más que nunca extrañaba la presencia de Aioros. Acababa de conseguir lo que tanto había soñado pero no estaba feliz. Se bebió una taza de café y un par de galletas en completo silencio… su primer desayuno completamente solo.
Para distraerse subió de nuevo a la habitación y abrió la urna de la armadura, esta automáticamente se ensamblo sobre su cuerpo, sonrió un poco al verse con ella puesta, pensó en darse una vuelta con su hermano para mostrarle su nuevo aspecto… pero algo le hizo ir a la entrada en vez de a la salida de su templo, llovía más fuerte, se quedó parado recargado en una columna y entonces como en un viaje días atrás vio a una figura en medio de la lluvia escaleras abajo, la túnica larga cubriéndole, la cara envuelta hasta la mitad, una maleta a su lado…
-Cristal…- Dijo a penas, con los ojos abiertos sorprendido, un ligero temblor en su cuerpo al sentir la cercanía de aquel a quien quería, bajó las escaleras hasta llegar a él, los ojos azules le miraban con miedo, con dolor, lo abrazó y levantó la maleta llevándolo de nuevo al templo del león estelar, le sacó con cuidado la ropa mojada hasta dejarle en la túnica ligera y seca que aún llevaba debajo.
-Perdóname.- Simplemente esa solitaria palabra pronunció el joven griego de los ojos verde esmeralda y lo abrazó deseando nunca dejarlo ir.
-He ido al pueblo, he mandado una carta a Hyoga, le he dicho el lugar exacto donde está la armadura de bronce que le corresponde, es un buen chico y se que entenderá.-
-¿Hyoga? ¿Así se llama tu discípulo?.-
-Si.-
-¿Te quedarás?.-
-Aquí estoy… ya me es imposible marcharme y dejarte.-
-A mí me es imposible dejarte ir… llegó el día en que enamoré y ahora yo soy el juguete…-
-Jajaja Aioria… aún recuerdas eso…- Dio un pequeño beso en su nariz y lo abrazó.
Esto es solo el principio…-
Se perdieron abrazados en el interior del templo de Leo, el dorado de la armadura hacía contraste con la silueta más baja que él a su lado, andando despacio pues ahora tenían todo el tiempo del mundo.
FIN ESCRITO POR HOKUTO SEXY
