Edward
En el camino a su casa, Bella se había quedado dormida. La tape con mi abrigo. Nunca había manejado tan despacio en mi vida. Cuando la vi sentada en el umbral, no podía creerlo.
Aun sabiendo que tenía que haberme ido, en el momento que ella dijo "hola Dr." No lo hice.
Sentí que el corazón iba salirme del pecho. Antes de irnos olí el perfume que dejo en mi camisa.
Se veía tan hermosa e inocente. Inconscientemente acaricie su tibia mejilla.
Recordé cuando se puso mi camisa, tuve que controlarme, solo esa pequeña capa de tela, me impedía el acceso completo a su cuerpo.
Al verla en su uniforme miles de fantasías vinieron como lluvias, a mi cabeza. No Era hombre, no un robot.
-Bella, llegamos – dije a su oído, sin entender que esperaba.
Ella se sobresalto y rozo mis labios, no sentí la obligación de rechazarla. Ambos fuimos cómplices, y correspondimos el beso.
Abrió dudosa su boca, dando el acceso perfecto a que mi lengua explorara su boca. Jugó con pasión, y eso me excito.
¿Qué demonios me ocurría? ¿Acaso me hechizo? Si lo más seguro.
Me aparate al darme cuenta que estaba haciendo lo incorrecto.
-Lo siento…no debí…– dije. Me sentía avergonzado de mi mismo.
Me consideraba una persona con moral y ética. Y esto era todo lo contrario.
-Pues yo no – dijo con una sonrisa juguetona, cerrando la puerta del auto.
¿Qué fue eso? ¿Acaso estaba perdiendo la razón? Tiene 17 años. Tiene 17 años. Me repetí de camino a casa.
Apague el celular para no escuchar a Rosalie. No deseaba hablar con nadie.
No iba a poder evitarla por mucho tiempo. Maldita sea, ¿Por qué llego a complicarme mi vida? Todo lo tenía bajo control. Estaba satisfecho con mi persona. Respetada, fiel, moral, confiable, caballero, etc.
Ahora era todo lo contrario inmoral, infiel, depravado, mentiroso.
Fui a casa de mis padres, necesitaba distraerme, y que mejor que con mis hermanos.
Debía pensar que iba a ser. No estaba seguro si decirle que era yo la persona, que le saco su virginidad.
Lo pero era que no tenía con quien hablarlo. Eso era un tema muy delicado.
Al llegar a casa, me tope con el novio de Alice. Emmet, teníamos cierto roce. No me caía mal, pero…no lo sé.
-Hola – me anuncie.
-¿Qué haces aquí a estas horas? – pregunto Alice, soltando a Emmet, al verme.
-Hola Edward ¿Qué hay? – saludo su novio.
-Pase por aquí ¿tú no deberías irte a dormir? – apenas eran las 11 de la noche. Pero un poco sobreprotector con Alice.
-Descuida, tengo que ir a ver a mi hermana – Emmet se levanto, estrecho mi mano, y quedo observándome.
Me marche para que se despidieran tranquilos. Busque algo que comer y subí a mi cuarto.
Me sentía un adolescente enamoradizo. Intente descifrar a donde fue el quiebre de mi vida. Parecía una quinceañera melodramática.
Pero antes que ella apareciera, llevaba una vida normal. Amaba a mi novia, o por lo menos eso creía. Ahora no estaba seguro de estar al lado de Rosalie.
¿Puede ser posible, que por una persona tires todo lo que construiste, y el esfuerce de esa otra persona?
De lo que si estaba seguro, era que me encontraba completamente confundido y deseaba volver a verla.
Es tan pequeña y hermosa. Delicada, perfecta. Conocía cada parte de su cuerpo, bueno excepto alguna parte.
El día que la examine sin tener conocimiento de quien era, vino a mi cabeza.
¿Cómo hacerlo ahora, sin que me incomode?
Bella
¿Qué hice? Era mi Dr. Me sentía terrible. Sin saber qué hacer.
Me recosté en mi cama y hundí mi rostro en un oso de peluche, para disminuir el llanto. Ya no podía aguantar, estaba desesperada.
-¿Qué demonios te pasa a ti? – entro estrellando la puerta, mi hermano.
-¡Emmet! ¡¿Cuántas veces te dije que toques? – grite, odiaba que me molestara.
-Ese maldito te hizo algo ¿verdad? Lo voy a matar.
-No, Jacob no hizo nada, vete – me levanto, agarrándome del brazo.
No lo odiaba por sobreprotegerme demasiado. Antes que mis padres murieran en un accidente. Se enojaron mucho con él, por dejar que me fracturara una de mis piernas, cuando tenía 13 años.
Desde ese entonces quede a su cargo. Dejo la universidad, para trabajar y pagar mis estudios.
No podía pagarla de esa manera a él, ni a mis padres.
-Bella ¿Qué te pasa? – solo me arroje en sus enormes brazos a llorar.
-Por favor, solo abrázame – hundió mi rostro en su pecho. Besando mi cabeza – todo está bien hermanito.
-Bella, sabes que eres todo para mí…
-Por favor, ahora quiero dormir. Después te contare.
El me respeto y se fue. Trate de calmarme para no alterarlo más.
Era inevitable no pensar, sabía que mi problema tenía solución. Pero por mi error, una vida pagaría por eso.
Fui al colegio, cero animo. Alice trato de levantármelo toda la mañana. Pero no iba a cambiar el hecho que me sentía una zorra.
Jake me esperaba a la salida del instituto. Pero le pedí a Alice que hablara con e director para que me dejara salir antes de hora.
Debía pasar a buscar los resultados de los exámenes, para llevárselo al Dr. Ni si quiera me acordaba su apellida. Me gustaba pero, mi despiste era único.
Camine al consultorio para despejar mi mente.
El viento secaba mis lágrimas, no me interesaba que las personas me vieran.
Un dolor en mi estomago, hizo que cayera arrodillada en la calle. Me ayuda a levantarme un hombre, de aproximadamente 50 años. El dolor seso y seguí caminado.
Cuando llegue, la secretaria hizo que pasara directamente. A pesar que había unas 10 personas en la sala.
Sin hacer ruido entre sin mirar al frente.
-Permiso – dije en tono apagado.
-Siéntate – se levanto rápido y nervioso, atento a mis movimientos.
Miro mis ojos, imaginaba que por que los tenia rojos e hinchados.
Saque los estudios y se los puse delante de él, sobre su escritorio. Me miraba desconcertado.
Los leyó una y otra vez en silencio. Pasaron como unos 20 minutos sin que alguno dijera algo.
-Todo está en orden. Estas perfecta
-Sentí un dolor debajo de mi estomago – se levanto y lo note preocupado. Llevando su mano a su cabello, corriéndolo.
-Ven acuéstate, te voy a revisar – solo obedecí.
Me levanto la camisa, y toco varias partes de mi abdomen. Su cálida mano, se sentía bien, cerré los ojos.
Las lágrimas volvieron. Su mano la corrió, secándolas. Abrí los ojos y los suyos están fijos, mirándome.
-Todo saldrá bien – esas palabras, fueron consuelo suficiente para mí.
Tuve la necesidad de abrazarlo, envolví mis brazos a su cuello. El no hizo nada.
Lo solté, me baje de la camilla. Antes que abriera la puerta. Agarro mi muñeca y me abrazo.
-Te espero mañana – fue lo único que dijo antes de irme. Solo asentí y me marche.
Sin cuestionar me fui a casa.
