PARTE II

Prólogo

Marcos se quitó el sudor de la frente con la muñeca y sonrió a Mencía después de haber sacado la tabla de planchar de detrás de unos arbustos. Por fin estaba lista.

Cuando Marcos le propuso el proyecto por primera vez, tenían en mente sacar matrícula en Encantamientos, pero con el tiempo, curso acabado y todo, se había convertido en un desafío más personal que académico aparte de un pasatiempo entretenido y estimulante para ambos brujos. Por supuesto, el bisabuelo de Mencía, que era ingeniero mágico, les había echado un cable en más de una ocasión (aunque eso no tenían por qué saberlo los profesores: habían diseñado un medio de transporte aerodinámico mágico moderno e innovador con solo catorce años y punto). Y es que, si se podía volar en escoba voladora o en alfombra, por qué no en tabla de planchar. Sería como hacer skate board o surf aéreo. Puede que hasta se hicieran ricos y todo. Pensaban patentar la idea nada más volver de los Campamentos.

—¿Has incorporado los hechizos protectores? —preguntó Mencía, con aire analítico.

Marcos asintió, muy serio.

—Entonces... ¿a qué estamos esperando? —Mencía sonrió y se acarició las manos, deseosa de probarla—. Al toro, Aguirre.

—Te dejo hacer los honores, que te mueres de ganas.

Mencía dio tres palmadas y la plancha se elevó unos centímetros sobre el suelo. La bruja se subió, algo tambaleante al comienzo, pero una vez con los dos pies sobre la tabla, recuperó el equilibrio. Sintió que sus pies establecían conexión con la superficie que pisaban, como si estuvieran imantados. Era una sensación electrizante. Sonrió e invitó a Guille a montar con un asentimiento de la cabeza. Él se subió de un brinco y por poco no los tira a los dos.

—¡Serás bruto! —le recriminó Mencía.

—Perdón. ¡Es que es tan emocionante!

—Anda, agárrate bien.

Marcos apretó los dientes y se agarró de la cintura de su amiga mientras ella flexionaba las rodillas. Mencía dio una cuarta palmada y la plancha empezó a ganar altura mientras su dueña giraba la tabla hacia los lados para ir sorteando las ramas de los árboles con movimientos suaves de la cadera y los brazos. Cuando estuvieron sobre las copas de los árboles y tuvieron el espacio despejado, Mencía pegó un acelerón echando su cuerpo hacia delante. Marcos y ella gritaron de alborozo al despegar y casi sin darse cuenta, dejaron del bosque atrás en tan solo unos segundos.

—¡Ahhh! ¡Socorro! ¡No veo nada! —gritó Marcos cuando todo el pelo de Mencía le tapó la cara. Ella se echó a reír y él acabó por unírsele también.

—Oh, mira, ahí está mi hermana —dijo Mencía—. ¡Ya verás qué cara va a poner cuando nos vea! ¡Ah! ¡Nos está mirando! ¡Hola, Babe! Creo que no me oye...

Marcos echó un vistazo por encima del hombro de Mencía.

—También está Guille.

En ese momento, apareció aquel rayo luminoso en medio de la nada y los dos sintieron un miedo atroz al escuchar los truenos. Mencía notó cómo Marcos apretaba el agarre a su cintura.

—A lo mejor, deberíamos...

Pero entonces, aquella luz se tragó a Babe y Mencía alarmada, encorvó el cuervo hacia delante y los dos bajaron en picado, hicieron un looping en el aire, Marcos gritó de puro terror y los dos atravesaron el haz de luz blanca a toda velocidad.

El extremo estrecho de la tabla se clavó en el suelo y Marcos y Mencía salieron disparados hacia delante. Se accionó entonces la magia de la tabla, que los envolvió en una burbuja protectora y se ajustó a ellos en cuestión de centésimas de segundos. Aunque ambos chicos rodaron por el suelo, salieron ilesos de la caída (quizás algo magullados). Marcos, frotándose los cuartos traseros, fue el primero en incorporarse y mirar la tabla, asombrado:

—Vaya, está visto que el sistema de seguridad funciona.

Mencía echó un vistazo alrededor con cara de susto.

—Marcos, tenemos otras cosas de las que preocuparnos. Creo que ya no estamos en Picos de Europa.

El paisaje, efectivamente, había cambiado un tanto y no había ninguna montaña a la vista. Se encontraban a las orillas de un río y, del otro lado, podía apreciarse claramente un gigantesca muralla. Mencía se puso de pie y giró en todas direcciones, con los ojos bien abiertos.

—¿Y Babe?

Oyeron, de pronto, el relinchar de un caballo detrás de los árboles y los dos pegaron un respingo. Marcos prestó oído y le pareció escuchar voces también.

—Hay gente. Lo mejor será que preguntemos dónde hemos ido a caer —sugirió, con decisión.

Avanzaron algunos pasos hacia el ruido, pero el ruido los encontró a ellos primero. Un hombre grueso de piel olivácea, pelo negro y prominente nariz salió detrás de un roble, tirando de las riendas de un precioso caballo andaluz blanco con la mano derecha; en la izquierda, llevaba una vara larga de madera. El hombre vestía una túnica de lana fina sin adornos y de color magenta, ceñida en la cadera con un cinturón negro liso. Las mangas y el cuello tenían bordados plateados y calzaba unas extrañas botas de cuero. A Mencía por poco no le entraron picores nada más verlo.

El extraño se los quedó mirando, sorprendido. Marcos entrecerró los ojos, pero se acercó a él con cierta cautela, dispuesto a averiguar cómo regresar a los Campamentos antes que sus padres les echaran la bronca del siglo por la escapada.

—Hola. Eh, oiga, mi amiga y yo —Marcos señaló a Mencía— nos hemos perdido. Estábamos de campamento y... —A Marcos se le ocurrió de repente que, tal vez, aquel paisano excéntrico con el que se había topado podía ser muggle y cambió la línea del discurso—... Bueno, ¿sabe dónde estamos?

El hombre de la gran nariz parecía desconcertado.

—Creo que no ha entendido una palabra de lo que acabas de decir —murmuró Mencía—. A lo mejor, es guiri... Excuse me, do you speak English?

Sprechen Sie Deutsch? —probó Marcos.

—¿Hablas alemán? —se extrañó Mencía.

Marcos se encogió de hombros.

—Me defiendo.

El hombre probó a hablarles a ellos en una lengua extraña, pero acabó por sonreír con afabilidad y extender hacia delante su vara, que emanó una tenue luz azul. Enseguida se dieron cuenta de que se trataba de un hechizo de traducción.

—Shalom, extranjeros. Mi nombre es Samuel ben Isaac y vengo del reino de Córdoba. Me dirigía a Toledo —el judío señaló la alta muralla tras el río—. Turbulento tiempos para viajar habéis elegido. ¿Venís quizás a prestar vuestro brazo en la batalla que se avecina? Extrañas son sin duda vuestros vestiduras, ¿cómo os llamáis y qué os trae por Al-Ándalus?

Mencía y Marcos boquearon antes de intercambiar una mirada de alarma.

2013, Picos de Europa

Campamentos Mágicos

El director sonrió a duras penas a todos los presentes. Ocho pares de ojos lo miraban fijamente en su despacho, algunos enrojecidos como si hubieran estado llorando. Precisamente, Teresa Saavedra se sonaba en ese momento la nariz y ni aun así dejaba de mirarlo. Al fondo de la sala, los aurores García-Callejón, López y Rodríguez ponían mala cara. Cecilia Pizarro, madre de Isabel y Mencía, carraspeó.

—Eh, permítanme que les presente al comandante en jefe del Departamento de Misterios, el señor Carrascosa.

Tras él, un hombre calvo, alto y serio vestido completamente de negro saludó con un movimiento rígido de la mano derecha. Rondaría los sesenta años y tenía una cicatriz algo fea en la mejilla derecha. Gloria lo miró con los ojos entrecerrados. Le sonaba de algo, pero no estaba segura de dónde lo había visto antes.

—Les daría las buenas tardes, pero no son nada buenas —dijo el hombre con voz rasposa—. Hemos interrogado al señor Alejandro Lucena Sevillano, único testigo del accidente sucedido hoy a las 14.16, y no ha podido decirnos mucho: los sujetos se encontraban allí debido a un conflicto insignificante entre cuatro menores, una de ellas actualmente desaparecida, y en el momento en que dicho conflicto estaba resuelto y andaban despidiéndose, se escuchó un estallido y apareció un «chorro de luz blanca» en manos de una de las jóvenes desaparecidos, María del Rosario Lozano Saavedra. El cielo se nubló, se oyeron truenos... Todo muy dramático. La luz se tragó a todos menos al señor Lucena, que se desmayó poco después.

—Pero... pero.. ¿pero qué era esa luz? —pregunto Alberto Fernánez de Lama.

—¿Quiere una hipótesis? La señorita Lozano conjuró un hechizo potente de teletransporte.

—¿Mi hija de diecisiete años? Si ni siquiera sabe Desaparecerse todavía —replicó Teresa Saavedra.

—Además, han pasado cuatro horas desde entonces y no han dado señales de vida —repuso Javier Sáinz—. Si estuvieran en territorio nacional, ya habrían avisado. Tienen sus varitas, ¿no?

—Así es. Lo hemos comprobado —dijo Elia Rodríguez, al fondo.

—También hemos dado la alarma en el extranjero, si eso lo tranquiliza, señor Sáinz —intervino el director de los Campamento Mágicos.

—No estoy para nada tranquilo, se lo aseguro.

—Yo tampoco. Y llevo largo rato haciéndome una pregunta —saltó el señor Lozano, muy serio—. ¿Qué hace el Departamento de Misterios investigando un caso de desaparición de menores?

Todos los ojos se posaron en el comandante Carrascosa, que se humedeció la lenga y sonrió.

—¿No le parece lo suficientemente misteriosa la desaparición de su hija y sus compañeros en uno de los lugares más seguros que hay ahora mismo en la Península Ibérica, señor oídor?

—Sus hombres aparecieron dos horas y media después de que se presentaran aquí los aurores —contraatacó el señor Lozano—. No sé si misterioso, pero sospechoso sí que me parece. ¿Sabe algo que nosotros no sepamos, señor inefable?

—Además, no solo han interrogado a Alejandro —dijo Fermín de repente—. También le han tomado declaración a todos los sujetos involucrados en el conflicto insignificante al que ha hecho mención, incluidos varios de mis sobrinos. Para eso han hecho venir a sus padres, ¿no?

—No nos han dicho nada relevante, si acaso eso le preocupa.

—Señor Carrascosa, mis dos hijas han desaparecido, así que háganos el favor de dejarse de misterios. —dijo Cecilia Pizarro de repente—. Le repito la pregunta de Jesús, por si acaso no la ha oído bien: ¿Sabe algo que nosotros no sepamos?

1212, Ciudad de Toledo

Haizea se despertó sobre una superficie blandita y cómoda. Bostezó primero y, después, sonrió complacida, todavía somnolienta. Solo frunció ligeramente el ceño al cambiar de postura y encontrarse de frente con Isabel Fernández de Lama, abrazada a su neceser de plástico y a su toalla de mano, dormitando plácida y dulcemente a su lado. Algo no cuadraba, así que se levantó en el acto y echó un vistazo alrededor. Los pies de Isabel sobresalían más allá del borde de una cama mullida y pequeña con dosel rojo, sin duda, el mueble más fastuoso de la habitación de piedra. La única luz provenía de un estrecho ventanuco en una de las paredes, pero la mayor parte del dormitorio estaba oculto en la penumbra. Haize distinguió también un viejo baúl, un escritorio y una silla de madera. De pronto, escuchó pasos acercarse al otro lado de la puerta.

—Despierta, despierta —susurró inquieta, sacudiendo el hombro de Isabel.

Babe abrió los ojos sobresaltada.

—¿Qué pasa...? ¿Pero qué es este sitio? ¿Dónde estamos?

—No tengo la menor idea, pero...

Alguien abrió la puerta y Haizea procedió automáticamente a tirar a Isabel de la cama para esconderla. También se tiró a sí misma con ella para ahogar el grito de sorpresa. Varios hombres entraron en la habitación, hablando una lengua que ninguna de las dos supo entender. Con ellos entró además un tufo bastante desagradable; Babe se tapó la nariz. Uno de ello pasó por delante de ambas sin mirarlas, en dirección al escritorio. Abrió un cajón y sacó un rollo oscuro; se cayeron además varios pergaminos al suelo y no se molestó en recogerlos. En lugar de eso, se dio la vuelta para reunirse con sus compañeros. Isabel asomó la cabeza por su cuenta más allá de la cama y vio a los hombres cerrar la puerta al salir.

—Dime que eso que llevaba no era una armadura.

—¿Y qué me dices de la capa y los leotardos? —murmuró Haizea, impactada.

—Espera un momento.

Babe se incorporó un poco y se sentó en el suelo. Respiró hondo e intentó aclararse las ideas. Haize en cambio estaba a punto de híperventilar.

—A lo mejor estamos en el extranjero. Ya sabes, los magos ingleses, por ejemplo, se visten a la antigua —sugirió Babe.

—¿Qué es eso? —Haize señaló una especie de plano apergaminado que había tirado en el suelo—. Se ha caído del cajón...

Babe alargó la mano y torció la nariz. Era el mapa de una ciudad amurallada y en una de las esquinas podía leerse «Toletum».

—No puede ser —murmuró Babe.

Haize no estaba del todo segura de si sería bueno preguntar.

—¿Qué es?

—Es un viejo plano de Toledo. Y hay notas en latín.

—Pero lo que hablaban esos hombres no sonaba a latín —opinó Haizea—. Buah, qué sabre yo. No tengo ni idea. ¡Todavía estoy en la ESO!

Babe se levantó corriendo y fue a mirar por la pequeña ventana...

—Por la escoba de Bargota. Es Toledo. Mis padres me han traído cantidad de veces... —murmuró Isabel, asombrada—. Aunque está distinto.

—¿Cómo de distinto! —exlamó Haizea, alarmada.

—Distinto como si ya no estuviésemos en el siglo XXI.

—Madre mía, madre mía, madre mía...

—No perdamos la calma —dijo Babe, respirando profundamente, pero con unas ganas enormes de echarse a llorar. Miró a su compañera de desventuras e intentó centrarse. Babe era la mayor y tenía que hacer el esfuerzo de mantener la sangre fría, por lo menos—. Creo... Creo que no sé cómo te llamas.

—Haizea.

—¿Vasca?

—Riojana, en realidad. Tú eres Isabel, ¿verdad?

Babe asintió. Las dos jovencitas se sentaron en la cama por un momento, mirando hacia la ventana.

—Bien. Pues ahora tenemos que pensar. Primero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

—Nos tragó una luz.

—¿Qué pasó antes de eso? —preguntó Babe.

—Primero hubo una explosión y truenos, ¿te acuerdas?

—Sí y la luz se tragó a Charo.

—Y a mi primo Guille.

—Vale. Entonces Charo y Guille deberían estar aquí, ¿no?

Ni Guillermo ni Charo parecían presentes. Haize se mordió un labio. Aquel asunto era muy, pero que muy complicado. Para empezar no tenían ni la menor idea de en qué año, ni tan siquiera en qué siglo estaban.

—Si de verdad hemos viajado en el tiempo, ha sido una magia muy poderosa la que nos traído —razonó Isabel—. Se necesitaría un giratiempo enorme o un hechizo muy potente. Y a juzgar por lo que hemos visto, yo me inclino por la segunda opción.

—¿Adónde quieres llegar?

—Piénsalo. Todo hechizo tiene su contrahechizo.

—O sea que, según tú, para regresar a casa tenemos que revertir un hechizo que no tenemos ni idea de quién conjuró ni cómo lo hizo.

—Básicamente.

—Estamos apañadas.

—¿Alguna idea mejor?

—Estoy en blanco.

—A ver. Plan B. Buscamos una comunidad de brujos y pedimos ayuda. Esto es Toledo. Sea el siglo que sea, tiene que haberlos.

—Podemos probar en la Casa de las Tradiciones.

—¡Bien pensando, Haizea! —exclamó Babe, para intentar dar ánimos a la treceañera.

Haizea sonrió un poco.

En ese momento, abrieron por segunda vez la puerta y entraron dos mujeres vestidas con vestidos largos de color gris, cofias y delantal. Hablaban entre ellas y llevaban en brazos una palangana de agua y unos paños. Entonces, las vieron y las cuatro se quedaron mudas. Haizea miró a Isabel. Isabel se sacó la varita del bolsillo de los pantalones cortos. Una de las mujeres dio un paso atrás. Isabel frunció el ceño, la apuntó con la varita y gritó:

—¡Desmaius!

La mujer cayó redonda al suelo. Su compañera intentó gritar para dar la alarma, pero Babe se anticipó con un segundo hechizo que la dejó petrificada al instante.

—Guao —dijo Haize con los ojos abiertos de par en par.

—¡Lo siento! —se disculpó Babe y se mordió un labio en cuanto cayó en la cuenta de lo que acababa de hacer—. Dios. He atacado mágicamente a dos muggles indefensas. Por menos de esto, me abrirían un expediente en la schola.

—Bueno, mira el lado positivo. No creo que la schola exista todavía.

Isabel se echó a reír para descargar tensión, aunque tenía un nudo en la garganta que se lo puso algo difícil. Pero no podía llorar ahora. Era la mayor. Por tanto, era responsable. Tenía que proteger a Haizea como fuera y llevarla a casa... «¿Qué harías, mamá, si estuvieras aquí?», se preguntó con tristeza. Suspiró y a sus ojos asomó una chispa de determinación.

—Haizea, vamos a quitarles la ropa.

—¿Qué?

—Desentonamos un poco con las camisetas de tirantes, ¿no te parece?

—Pero eso parece lana.

—Probablemente de oveja merina de primerísima calidad —se rió Isabel.

—Por qué será que eso no me consuela...

1212 Montes de Toledo

Pico de Rocigalgo

Aún no podía creerse que el canalla del puffskein de sus primas se hubiera largado con las varitas cuando estaban inconscientes. Guille tenía unas ganas inmensas de ahogar con sus propias manos a aquella bola de pelo malévola, que los había dejado indefensos en la copa de un roble. Por lo pronto, tendrían que intentar apañarse sin magia, pero pobre de Marley como lo encontrara.

Guille dejó la rabia a un lado, alzó los brazos hacia arriba y le aseguró por enésima vez a Charo que podía tirarse sin miedo de la rama del árbol en el que ambos había ido a parar, que él la cogería con toda seguridad. Hacía cinco minutos que él había bajado trepando por el tronco, pero ella no estaba en tan buena forma física ni llevaba la ropa adecuada. Su falda pantalón con estampado floral estaba diseñada para parecer campestre, no para serlo de verdad. Sin mencionar las sandalias romanas.

—¿No habría otra forma de...?

—Lozano, como no te tires ya, subo otra vez a buscarte.

—Vale, vale, ya voy.

Charo inspiró profundamente y se armó de valor para lo que estaba a punto de hacer. No es que temiera el porrazo contra el suelo en caso de que Guille no lograra atraparla porque, la verdad, casi prefería que Guille no la atrapara. Lo que en realidad le daba apuro era precisamente acabar en los brazos de Guillermo y pesar demasiado. No podía evitarlo, tenía diecisiete años y la coquetería le venía de serie, no así el tipazo de su madre. Sabía que le sobraban algunos kilos y eso de que un chico —un chico mayor, y el hermano de su amiga encima— tuviera que sostenerla le daba vergüenza. En cualquier caso, hizo de tripas corazón porque peor que Guille pensara que era gorda era que la etiquetara de niña tonta o cobarde.

Se tiró finalmente y él, como buen campeón de duelo, natación, quitdditch, fútbol y esgrima, la interceptó en el aire y, con mucho cuidado, procedió a dejarla lentamente en el suelo.

—Gracias —susurró ella, toda colorada.

—No hay de qué —sonrió Guille.

Charo dio un pasito atrás, algo incómoda y miró en rededor para disimular. También se sentía algo culpable de haber metido a Guillermo en aquel lío y es que, tenía la sospecha que ella había invocado el hechizo que los había llevado hasta allí. La moneda ya no estaba. Probablemente se hubiera quedado en Picos de Europa o se hubiera desintegrado, pero si de algo estaba segura es que no había viajado con ellos. Con todo, reconoció para sus adentros que era un alivio no estar sola.

—¿Adónde vamos ahora?

—A encontrar a ese monstruito ladrón —decidió Guille—. Necesitamos nuestras varitas de vuelta.

—¿Y cómo vamos a encontrarlo sin ellas?

—No lo... Espera. ¿Has oído eso?

Todo el cuerpo de Guillermo se puso en tensión. Charo lo miró, con el entrecejo fruncido. Se sorprendió al verlo olisquear el aire, como un perro de caza. Guillermo forzó una sonrisa y tomó a Charo de un brazo con brusquedad.

—¿El qué? No he oído nada.

—No mires a la izquierda, pero nos están observando desde ahí —susurró Guille.

Charo tragó saliva.

—¿Quién?

—Más de diez tíos.

—¿Qué?

—Tú no te separes de mí. No sabemos dónde diablos estamos y si tienen que ocultarse, no podemos contar con que tengan buenas intenciones.

Charo asintió con la cabeza, obediente.

—A la de tres, echamos a correr hacia allá —Guille le señaló la derecha con los ojos.

—Pero...

—Uno, dos... ¡Tres!

Guillermo y Charo echaron a correr todo lo rápido que les permitían las piernas sin separarse. Ella llegó incluso a acelerar cuando escuchó voces airadas y veloces pisadas persiguiéndolos. Le entró flato, pero siguió corriendo. Si no hubiera tropezado con una piedra, no les habrían dado alcance. O al menos no tan rápido. Charo cayó y rodó por el suelo. Guille se detuvo para ayudarla a levantarse, pero en los escasos segundos en los que se aproximó a ella doce hombres de tez oscura les rodearon. Guille pestañeó al verlos y por un momento creyó alucinar. Los guerreros, porque no había otra forma posible de denominarlos, tenían rostros sucios y feroces e iban armados con espadas cortas, picas y escudos. Uno de ellos portaba incluso una afilada cimitarra. Parecían casi uniformados: llevaban túnicas, cotas de malla, botas de cuero y capas cortas de color mostaza...

—Guao. Qué pasada de disfraces... Esto, pensaba que las fiestas de moros y cristianos son en agosto —dijo Guillermo, todavía algo sorprendido, pero más lo estuvo cuando ninguno de ellos se rió con él.

Les dieron unas cuantas voces en algo que parecía árabe y los apuntaron con las picas. Guillermo y Charo se juntaron el uno al otro, y él, asustado, la tomó de la mano.

—Guille... —susurró ella.

—Lozano, pase lo que pase, no te separes de mí.

Ella tragó saliva y asintió con la cabeza.