PARTE III

1212 Montes de Toledo

Charo cayó sobre Guille cuando pasaron por encima de un pedrusco y la jaula de madera se inclinó hacia un lado de la carreta. Él la frenó como buenamente pudo, pero de manera automática, sin mirarla, y no hacía falta ser legeremens para darse de cuenta de que todo él estaba tenso. Se agarraba las rodillas y permaneció pensativo, encerrado en sí mismo. Charo lo observaba meditabunda, sin saber si abrir o no la boca. Guillermo había un rato concentrado, intentando escuchar a los hombres que los tenían presos en su marcha por el monte. Gradualmente, se había puesto más y más blanco. Por un momento, Charo había creído que sentía verdaderas nauseas.

—Hablan árabe —confirmó él pasados unos minutos—. Árabe antiguo. Muy, muy antiguo porque no entiendo casi nada.

—¿Sabes árabe?

—Mi abuelo ha intentado enseñarnos algo y si se habla de hierbas, Aritmancia, Astronomía o sobre el Corán, entiendo parte. Hay hechizos que... Da igual. El caso es que no hablan de eso.

—¿De qué hablan?

—Creo que de comida. No estoy seguro.

Guillermo se revolvió el pelo de la cabeza, nervioso, pero Charo no le hizo demasiado caso, sino que miró fijamente a los hombres y relajó la mente. Guille la miró de refilón y le sorprendió lo calmada que estaba.

—Es posible que hayas entendido bien. Tienen hambre. Mucha hambre —murmuró ella. Después añadió—. Y están cansados. A uno le duele el pie. Al de la perilla. El de la cimitarra está enfadado con el de su izquierda. Y ese que nos mira de vez en cuando, está nervioso. Muy nervioso. Acaba de mentir.

Guille sonrió de medio lado.

—Eso también lo había notado.

Ella volvió a cerrar la mente en cuanto le escuchó hablar y se ruborizó, sin poder evitarlo. Conforme había ido creciendo, le había ido costando más y más manifestar su don delante de otras personas. Ni siquiera lo hacía delante de Charo o de Carmen. Le hacía sentirse diferente, como... un bicho raro. Pestañeó e intentó cambiar de tema sin que se notara demasiado.

—¿Lo hueles?

Guille asintió. Después se revolvió el pelo de la cabeza. Tampoco él se sentía muy cómodo con sus propias habilidades lobunas. Volvió el silencio.

—Guille estás muy pálido —susurró ella de repente—. Por primera vez, Guillermo giró la cabeza y la miró a los ojos. Charo sonrió tímidamente, con ganas de infundirle ánimos—. Yo también estoy asustada, pero... no te preocupes. —Charo abrió la boca varias veces, como intentando encontrar las palabras justas, finalmente habló no sin cierta ingenuidad—. Vamos a salir de esta, ¿vale? No sé cómo, pero vamos a salir de esta.

Él intentó sonreír, pero no pudo.

—Es que... no sé qué día es hoy —confesó en un hilo de voz.

Charo cerró los ojos y volvió abrirlos con expresión de cansancio. Luego suspiró.

—Yo también sospecho que hemos hecho algo más que dar un salto espacial. Hablando en plata, creo que nos habrían encontrado ya si siguiéramos en 2013 —confesó con voz grave—. Y esas armas que llevan... Cómo visten, cómo apestan...

Guille no puedo evitar reírse esta vez.

—Te ríes, pero ahora mismo no me gustaría tener tu sentido del olfato.

—No es muy agradable, no —se mofó él, pero en cuanto los dos empezaron a reír un poco más alto, uno de los hombres les gritó y guardaron silencio al instante. Al rato, Charo dijo en voz queda:

—Aparte, creo que... ¿Te acuerdas de la luz blanca?

Guille asintió.

—Creo que la invoqué yo. Creo que al decir aquella palabra...

—¿Qué palabra?

—La palabra escrita en la moneda. —Charo sintió la necesidad de explicarse—. Encontré la moneda. Ya sabes, la moneda por la que habían discutido las niñas.

—Sí, me acuerdo.

—Pues había una palabra que no conseguía leer y... No sé, estaba como hipnotizada y... se me ocurrió intentarlo de otra manera.

Guille frunció el ceño y la miró.

—¿De qué otra manera?

Charo miró al suelo.

—Am. Abrí la mente. Como si intentara... Como si la moneda...

—Como si la moneda fuese algo que pensara por sí mismo —terminó él por ella. Guille negó con la cabeza, con la boca abierta, alterado—. Joder, y, perdona, pero... joder... Imagino que encima lo conseguiste, ¿no?

Charo asintió.

—Sé lo que me vas a decir.

—No voy a decir nada.

—Pero lo piensas.

Guille no replicó a eso y Charo se sintió idiota. Cuántas veces habrían oído a los maestros en clase de magia avisarles contra los objetos que piensan por sí mismos. Cientos, tal vez miles de veces.

—¿Cuál era la palabra? —preguntó Guillermo.

Charo se hinchó los carrillos de aire y luego lo soltó todo de golpe.

—Hispanii.

Los dos quedaron en silencio. Guille cogió aire y lo expulsó varias veces.

—Sí, Guille, me temo que estamos en Hispania —dijo Charo, muy seria, y, aunque había estado luchando contra ello, se le escapó una lágrima—. Y es culpa mía, lo siento.

Guillermo negó con la cabeza y después se quedó callado. En lo último que podía pensar era en culpas. Lo cierto es que no esperaba que se le confirmaran sus temores de aquella manera. Le pilló de improviso y empezó a agobiarse mucho. Muchísimo. Miró a Charo y su voz sonó ronca y áspera.

—Tengo que salir de aquí, Charo —murmuró, completamente aterrorizado.

—Guillermo... —ella intentó contenerlo con los brazos en los hombros.

—Tengo que salir de aquí. No sabemos qué día es hoy.

—Tranquilo...

—Charo, podría ser luna llena. No he bebido matalobos en lo que va de mes porque me tocaba el día treinta. Dios mío. Dios mío. Dios mío.

Charo le puso las manos en los hombros para intentar contener aquella especie de ataque de ansiedad.

—Shhhh, tranquilo, Guille, tranquilo...

—¡No lo entiendes! ¡Podría matarte! —gritó él.

El hombre de la perilla les chistó y Guillermo creyó que nacían en él instintos asesinos como si fuera a transformarse en ese mismo momento. Sin embargo, fue Charo la que saltó y se envaró, furiosa:

—¡Oiga! ¡Déjele en paz, imbécil!

Guillermo, aturdido, la miró de hito en hito. El de la perilla en cambio, escupió al suelo, en vistas de que aquella rebeldía no le gustaba nada. Paró a los caballos que tiraban del carro y fue hacia la jaula con paso decidido. Guillermo se interpuso automáticamente entre la puerta y Charo, pero eso no impidió al guerrero apuntarle con la espada nada más abrir la puerta. Charo terminó por asomarse detrás de él voluntariamente, aunque muerta de miedo. El hombre la tomó de la muñeca y tiró de ella con fuerza hasta sacarla de la jaula. Después volvió a cerrar la puerta de un portazo. Arrastró a Charo hasta donde estaban los demás y ella apretó los labios y no hizo el menor ruido aunque le estaba haciendo bastante daño. El de la perilla hablaba en árabe en voz bien alta para que todos le escucharan, y, después, la abofeteó cuatro veces hasta que con el último golpe, la tiró al suelo. Guillermo bramó de ira y se lanzó contra la puerta de la jaula y el hombre se rió de él abiertamente, como muchos otros.

Salvo uno. Charo se fijó en él al levantarse, mientras se limpiaba la boca de sangre con la mano; el mentiroso tenía el ceño fruncido.

El de la perilla tomó a Charo de la mano del brazo y apretó. Charo compuso una mueca de dolor, pero no quiso gritar. Se limitó a mirar a aquel bruto con odio. Él volvió a escupir a sus pies y ella, de inmediato, escupió también.

Charo se ganó otra bofetada.

—¡Lozano, no hagas nada estúpido, joder! —le gritó Guillermo desde la jaula, asido a los barrotes.

Entonces, el de la perilla, soltó una carcajada, dijo algo a sus compañeros y, acto seguido, empezó a acercarse a Charo poco a poco hasta hacerla sentir muy incómoda. Guille negó con la cabeza, gritó, pero era impotente.

De pronto, intervino el mentiroso. Tomó al de la perilla de la muñeca y le dijo unas palabras con voz fría.

El de la perilla clavó sus ojos en los del mentiroso y los del mentiroso clavó los suyos en el de la perilla. Mantuvieron un pulso de miradas durante casi dos minutos. Dos minutos eternos y silenciosos en los que nadie se atrevió a moverse o a decir palabra. Finalmente, el de la perilla soltó a Charo y le dio la espalda, no sin rencor, cabizbajo y derrotado. Entre que se alejaba, el mentiroso acompañó a Charo de vuelta a la jaula. Abrió la puerta y la hizo entrar de espaldas a él. Justo entonces, Charo notó el contacto de dos objetos duros y alargados deslizarse por su mano y abrió los ojos de par en par. Escuchó la jaula cerrarse y enseguida se llevó las manos al pecho para ocultar lo que el mentiroso le había dado en secreto. Guille se acercó a ella con mirada inquisitiva. Ella le hizo un asentimiento de cabeza hacia abajo y él las vio. Por poco no se le salieron los ojos de las órbitas. No pudo evitar entonces echar un vistazo por encima del hombro, hacia el mentiroso y, por un segundo, le pareció ver salir, de entre las arrugas de la capa color mostaza, una mata de pelo de colores y unos inquietantes ojos amarillos.

Guille se acercó a Charo y ella le pasó la varita discretamente.

—Si sobrevivimos a esto, es probable que te mate, Lozano, que lo sepas —masculló él entre dientes.

Ella sonrió.

—Ya te dije que todo saldría bien.

—Eres una inconsciente y estoy muy enfadado contigo... —gruñó él.

—Ya, bueno, y... ¿qué hacemos?

Guillermo lanzó una mirada alrededor.

—A la de tres, destrozamos la jaula.

—¿Y después?

—Después me cargo al tío ese...

—En serio, Guille.

—Lo digo muy en serio. Por el Manifiesto que firmaron mis antepasados, que este tío se entera de lo que vale un peine.

Charo le fulminó con la mirada.

—Yo voto por Desaparecernos sin más.

—¿Sí? ¿Y adónde vamos? —se burló él, todavía algo irritado.

—Al roble en el que hemos aparecido, que es el único punto que conocemos aquí.

—Maldita sea, Lozano. Está bien. Agárrate a mí.

Charo, con los dedos en pinza, cogió la camiseta de manga corta de Guillermo, muy recatada. Guillermo estuvo a puno de soltar una carcajada delatora.

—No, en serio, agárrate a mí. No tengo la lepra ni nada.

Charo se murió de la vergüenza, pero procuró disimularlo, confiriéndole a su expresión cierto aire analítico.

—¿Cómo me agarro?

Guillermo bufó, puso los ojos en blanco y tomó la mano de Charo con firmeza. Entonces, sonrió con malicia. Apuntó entre los barrotes de la jaula al hombre de la perilla y, antes de que Charo pudiera evitarlo, le lanzó un malificio a media voz:

Furnunculus.

Después Charo y Guillermo Desaparecieron sin dejar rastro.

2013, Picos de Europa

La reunión no había terminado bien. Carrascosa se había cuidado muy mucho de decir lo que sabía, si es que sabía algo tal y como Jesús Lozano o Fermín Aguirre habían insinuado vehemente varias veces. El inefable había acabado por decir que él daba a los chavales por perdidos y lo había dicho con tal contundencia, que los presentes no habían sabido reaccionar. Con todo, había sido él el primero en irse, disculpándose por tener «otras obligaciones». A Gloria le había recorrido un escalofrío al ver un tercer ojo en su nuca cuando les había dado la espalda. Un ojo mágico de color azul eléctrico que terminó por avivar su memoria. Ya sabía dónde había visto a aquel hombre antes. Por alguna extraña razón, no pudo quitárselo de la cabeza en toda la tarde...

Hacía una hora que cada matrimonio se había por su lado y los padres de Isabel y Mencía paseaban en silencio a unos metros del campamento. Alberto miró de reojo a su mujer, que, muy seria y callada, libraba en esos momentos una batalla silenciosa contra sí misma. Él suspiró.

—Escucha, Ceci, no es culpa tuya.

Cecilia le miró, de repente, como si fuera consciente por primera vez de que no estaba sola. A menudo, cuando el miedo atenaza el corazón, aísla, pero Alberto ya había experimentado ese mismo miedo una vez, cuando hacía años había estado a punto de perderla, y sabía ya cómo salir a su encuentro.

—Durante estos años he aprendido que la magia no siempre está sujeta a reglas, o no a ninguna que se pueda expresar mediante una fórmula matemática. Es, más bien, de naturaleza imprevisible —Su esposa no mudó la expresión, pero él continuó—: Claro que entraña peligros, pero tú misma me has hecho ver muchas veces, Ceci, que la misma vida tiene esa naturaleza imprevisible. Es más, está hecha de esa naturaleza imprevisible.

—Pero Isabel y Mencía...

—... también podrían tener accidentes no mágicos —Ceci no estaba del todo convencida—. Y no es momento de venirse abajo —insistió él—. Tú eres partícipe de esa magia que se ha llevado a las niñas. Tú entiendes cómo funciona. Por lo menos, mucho mejor que yo. A lo mejor sí que hay algo que esté en tu mano. Algo que puedas hacer.

—Pero ese hombre ha dicho...

—Al diablo con ese hombre —desdeñó él—. Él no conoce a Isabel o Mencía. Y tampoco te conoce a ti.

En ese momento, alguien le tocó el hombro y ella pegó un respingo. Alberto y ella se giraron para toparse de frente con Gloria Lucena y su cuñada, Elia Rodríguez, acompañadas de una joven alta, de melena zanahoria y los ojos azules de los Aguirre. Por el parecido, dedujo que debía de tratarse de la hija de la auror.

—Señora Pizarro —dijo Elia—. Creemos que tenemos una pista.

A Cecilia le dio un vuelvo al corazón. Alberto sonrió discretamente y le dio un codazo. Ceci se rehizo al segundo.

—Soy toda oídos.

Verdaderamente, la magia se manifestaba siempre de forma imprevisible.

2012 Montes de Toledo

Guillermo y Charo habían echado a andar hacia al norte por una simple razón: cuando eran prisioneros, se habían dirigido hacia el sur. No quería correr el riesgo de que volvieran a apresarlos, de manera que se habían puesto en movimiento enseguida. Sin embargo, era ese su único plan de acción. Por supuesto, los dos querían volver a casa más que nada en el mundo, pero tenían otros obstáculos más inmediatos que sortear. Por ejemplo, no había tardado en asaltarlos el hambre y, en el caso de Guille, la duda. Los dos habían caído en la cuenta de que volvían a tener magia, lo que equivalía a que podían defenderse, pero no necesariamente que pudieran cubrir todas sus necesidades básicas en mitad del monte. Tampoco sabían en qué año, qué mes o qué día estaban y, además, no había certeza alguna sobre la fase de la luna que regía. Guille no paraba de darle vueltas:

—Vamos a hacer lo siguiente. Encontraremos un lugar seguro para que pases la noche y yo, en cuanto comience a atardecer, me alejaré lo más posible, por si acaso.

—¿Y adónde irás?

—Creo que a Picos. Puedo Aparecerme en Fuente Dé, por ejemplo. No habrá nadie. Está demasiado alto...

—Puede que no sea luna llena.

—En ese caso volveré —repuso él—. No me hace gracia dejarte sola, pero tampoco quiero arriesgarme sin haber bebido Matalobos estos días...

Guillermo se llevó la mano al cuello inconscientemente. Debajo de la camiseta, llevaba su medallón, el que le había dado Amaia y que había pertenecido a otro licántropo vascón antes que él. Gracias a él podía conservar parte de su humanidad en su forma lobuna. Quizás podría confiarse únicamente a él, pero no lo sabía con certeza porque siempre había echado mano, además, de la poción y sin ella, no podía garantizar la seguridad de Charo, ni de ninguna otra persona que anduviera por la zona.

—Bueno, ¿y después?

—¿Después de qué?

—Cuando vuelvas. ¿Qué haremos después?

Guillermo se quedó en blanco.

—Bueno —se apresuró a decir Charo—. No pasa nada. Ya veremos cuando llegue el momento.

—No, tienes razón —Guille suspiró—. Necesitamos un plan.

—¿Qué tal si buscamos algo que comer? —propuso ella en cuanto vio que Guille estaba falto de ideas.

—Sí, vale —Guille sonrió, algo más aliviado.

«Estos hombres», pensó Charo, pero no dijo nada.

—Gracias —dijo él mientras apartaba la rama de un árbol y le cedí a ella el paso.

—¿Gracias por qué?

—Por mantenerte centrada, Lozano. Y por no desanimarte. Creo que mi hermana no habría dejado de lloriquear desde el minuto cero.

—¿Carmen? Qué va. Probablemente se le habrían ocurrido mil planes ridículos primero. Y aunque estuviera muy asustada, se hubiera tragado las lágrimas y hubiera sonreído, porque ella siempre pone a mal tiempo, buena cara.

—Es verdad.

—Seguro que, como es muy ingeniosa, ahora estaría contando algún chiste tontísimo para que nos riésemos o cantando alguna canción divertida.

—Sí. Y yo me habría reído de lo mal que canta.

—La verdad es que tiene muy mal oído.

Los dos se echaron a reír.

—Hmmm.

Charo miró a Guille, que pensativo, parecía estar intentando recordar algo.

—¿En qué piensas?

—En una canción. Una vasca de las que le gustan a mi padre.

—¿Me la cantas! —exclamó ella, ilusionada y Guille la miró, divertido, y no pudo de dejar de pensar que, verdaderamente, los ojos de Charo eran como dos cielos despejados. Había algo inocente y puro en ellos, algo incorruptible.

Charo hizo un puchero.

—Venga, sé que cantas bien. Me lo ha dicho Carmen.

—Conque Carmen te lo ha dicho...

—Por favor, Guillermo.

Charo sonrió. Él puso los ojos en blanco sin creerse lo que estaba a punto de hacer... Se aclaró la voz

Aurtxo txikia negarrezd dago; Ama; emaiozu titia —comenzó—; Aita gaiztoa tabernan dago pikaro jokalaria.

La voz de barítono de Guillermo los acompañó según iban avanzando por los bosques, esquivando las ramas y las piedras, rodeando los árboles, perdiéndose entre la maleza.

Iñoiz aitatxo txintxotzen bada /Oi zeñene esker aundia! /Orduantxe nik bai ekarriko / Zapata berri txriak. /Joku gaizto, txar, zikin, ziztriña, / Nondikan haugu sortum? /Nere maitetxo kuttum polita,/ik dek alperrik galdua.

Guillermo terminó de cantar y los dos se quedaron en silencio, como si hubieran perdido la capacidad de hablar después de haber sido víctimas de algún encantamiento. Al cabo de un rato, Guillermo levantó la mirada al cielo y vio las nubes teñirse de rojo. Empezaba a hacérseles tarde, pero no estaba seguro de si sería buena idea abandonar a Charo sin tener haber encontrado un refugio...

—Guille.

—¿Mmmm?

—Vete.

—¿Qué?

—Que te vayas. No te preocupes por mí. Te vas a quedar más tranquilo si te vas ahora.

—Pero...

—En serio, yo no me voy a mover de aquí. Estoy de segura de no va haber luna llena y vas a volver enseguida.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó él ceñudo.

—Intuición femenina —expuso ella, petulante.

—Eso no existe.

—¿Que no? Vas a ver.

Guille negó con la cabeza y la miró después con condescendencia.

—Bueno, pero... ten mucho cuidado, ¿vale?

—Vale. —Charo asintió con la cabeza y contuvo las ganas que tenía de tiritar. Guillermo parecía no notarlo, pero empezaba a hacer un frío pelón. Poco más, y le castañearían los dientes. Lo que hubiera dado por un forro polar feo de los que tenía su amiga Pilar...

Él dudó, pero quince minutos más tarde se Aparecía, algo mareado por la distancia no calculada (porque no sabía dónde estaba) en una explanada verde entre picos, rodeado de mar de nubes. Tal y como había imaginado, no había nadie en Fuente Dé y era extraño pensar que tal vez fuera de los primeros en contemplar solo el ocaso desde aquellas altitudes. Se quitó la ropa y soportó el frío helador de las montañas hasta que terminó de oscurecer y buscó la luna en el firmamento, plagado de estrellas... Con su suerte, lo más probable es que fuera llena, pero por alguna extraña razón, se había quedado sorprendentemente tranquilo después de hablar con Lozano...

Creciente iluminante.

A sus labios afloró una sonrisa.

—Vaya con la intuición femenina—murmuró para sí.

Pensaba decirle a Charo que había sido pura chiripa, pero al regresar se le olvidó completamente cuando, alarmado, comprobó que Charo no estaba sola.


La canción que canta Guille en vasco, obviamente, no es mía. Se llama Aurtxo Txikia y creo que es de Mikel Laboa. Yo suelo escuchar la versión de Manoli Rodríguez por si a alguien le pica la curiosidad :)