PARTE IV
1212, Toledo
Judería
Cuántas veces se habría imaginado a sí mismo como el protagonista de una película para que, ahora que le llegaba el momento y estaba inmerso en una aventura de verdad, no se sintiera un héroe en absoluto. A no ser que los héroes solieran estar asustados y desorientados, en cuyo caso, sí, iba bien encaminado. Marcos se llevó la mano al pecho y palpó su colgante, la tabla de planchar a la que había aplicado el mismo hechizo reductor con el que la infiltró en el campamento. Aunque cualquiera que le hubiera oído se habría reído de él, tocarla le hacía sentir más cerca de casa. Y Marcos jamás había deseado tanto estar en casa como en ese momento. Miró a Mencía, que caminaba junto a él por la judería toledana, pensativa y en silencio. Por lo menos, no estaba solo.
Si meditaba sobre ello, también habían tenido suerte de haberse topado con brujos como Samuel y su joven esposa, Débora, que los habían tratado con una cortesía exquisita y los habían invitado a quedarse con ellos en casa de sus parientes en Toledo. Hasta les habían prestado ropas para que no llamaran la atención. Samuel se había reído al ver a los dos muchachos rascarse y les había prometido que les enseñaría un hechizo para eliminar los picores en cuando llegaran a casa de sus parientes.
—¿Y no podrías quitarnos el picor ya? —había preguntado Marcos entonces.
—¿Cómo aprenderás mejor, mi buen Marcos? —había contestado Samuel mientras tiraba con suavidad del bocado del caballo que montaba su esposa—. ¿Si haces tu propio trabajo o si dejas que otros lo hagan por ti?
Y Marcos no había osado rechistar.
Mientras pasaban por el puente de piedra para atravesar el río, Samuel les había explicado que si estaban allí era porque estaban huyendo de los almohades del Califa Muhammad An-Nasir, cuyo fervor religioso los había llevado a perseguir a los falsos conversos del islam, así como a aquellos que profesaran otra fe distinta. «Si Moshé ben Maimón huyó a África en su día, muchos otros se exilian hoy a tierras cristianas», había dicho Samuel con tristeza.
Por su parte, Mencía y Marcos se habían decantado por contarle toda la verdad a sus nuevos benefactores, conscientes de que si querían obtener algún favor, tenían que ganarse la confianza de todo quien estuviera dispuesto a ayudarles. Así, de paso, habían podido averiguar que estaban a principios de julio de 1212. Cuando se habían quedado a solas, caminando algo por detrás del equino, Marcos le había dicho a Mencía aparte, muy serio.
—La batalla de las Navas de Tolosa.
Y ella había sentido y había mirando a Débora y Samuel con suspicacia, preguntándose si de verdad habían elegido Toledo como ciudad refugio para escapar de los musulmanes o si tenían otra razón para haberse desplazado precisamente hasta allí desde un reino de Taifas tan lejano como Córdoba.
—Mirad, hemos llegado —dijo Débora, con su voz aterciopelada. Marcos se la quedó mirando, engatusado, sin poder remediarlo. Débora era muy guapa y muy joven. De hecho, no sería mucho mayor que su propia hermana Carmen, pero sí parecía más mujer. Era alta y se intuía en ella un cuerpo de curvas suaves debajo de aquellas ropas verduscas llenas de pliegues; tenía los dientes muy blancos y los ojos almendrados muy oscuros, casi tanto como su melena, negra como ala de cuervo—. Es esta la casa de mis tíos.
Se encontraban frente una casa alta y estrecha de piedra con ventanas pequeñas y puerta de madera. A Mencía se le antojó algo fría, como una señora larga, estirada y distante. Mientras Samuel llamaba a la puerta, Mencía aprovechó para susurrar al oído de Marcos:
—¿Necesitas un babero, Aguirre?
—¿Qué...? ¡Ah! —Marcos se ruborizó y después profirió una risotada—. Pero qué mala eres...
Mencía sonrió. En su furo interno, también agradecía tener a Marcos con ella en aquellos momentos, aunque si estaba más angustiada sobe todo era porque sabía que Isabel tenía que estar cerca, en alguna parte, pero... no sabía cómo llegar hasta ella. Ni Marcos ni Mencía se habían enfrentado a una situación así jamás, nunca habían estado tan desamparados ni habían sido tan conscientes de su dependencia.
Los familiares de Débora los hicieron pasar para invitarlos después a una comida de bienvenida a la que ninguno de los dos hizo ascos porque, de acuerdo con Mencía, «viajar en el tiempo es de ese tipo de cosas que abre a uno el apetito». Durante la cena, escucharon historias, se discutió el Talmud (o eso intentó el tío de Débora, que era rabino), se rió y se bromeó, pero también se habló de la guerra de los reyes cristianos contra el califa y de las tropas que no paraban de llegar a Toledo.
En medio de la conversación, Mencía captó con su oído bueno una conversación paralela a la que dedicó toda su atención mientras mordisqueaba su tercera porción de pan ácimo.
—¿Y lo de mañana? —preguntó la tía de Débora—. ¿Vais a ir?
Samuel sonrió y contestó en voz queda:
—Iré yo.
—¿Adónde? —preguntó Mencía, que hasta entonces no había metido baza y la mesa se quedó repentinamente sumida en el silencio. Marcos clavó los ojos en Samuel, pero fue Débora la que respondió en su lugar.
—A la reunión con los brujos de otras Tradiciones. Puede que la primera en mucho, mucho tiempo.
La tía de Débora empezó a recoger los platos vacíos mientras su marido se ponía en pie, dispuesto a retirarse. Parecían creer que ninguna tenía papel que desempeñar en la conversación. Samuel suspiró.
—Los reyes han empezado a convocar a sus magos para la batalla, pero hay quien empieza a organizarse por su cuenta. Somos una comunidad minoritaria, pero...
—Estamos aquí —añadió Débora—. Y hemos sido convocados.
Los tíos de Débora abandonaron la estancia, dejando a los magos a solas.
—¿Cómo que habéis sido convocados? —preguntó Marcos con curiosidad.
Samuel extendió el puño hacia delante, recitando un salmo en hebreo. Cuado abrió la mano, apareció dentro una pequeña esquirla de bronce, tan diminuta que apenas se veía.
—Esto es lo que nosotros llamamos la escama del leviatán, aunque los cristianos le dan otro nombre —la luz de las velas refulgió por un instante en el pedazo de metal y un escalofrío recorrió la espalda de Mencía.
—Es inteligente —señaló Débora— y solo obedece a la voluntad de quien la creó: un hechicero muy poderoso, el leviatán.
—Esa voluntad se expresa a través de una palabra, una palabra secreta que determinará el destino de la escama o sus fracciones —continuó Samuel—. La escama a la que pertenece esto que veis se forjó con el propósito de establecer una alianza, así pues sus fracciones buscan aliados y los guían hasta el leviatán.
—¿Y esa cosas os ha dicho que vengáis a Toledo? —Mencía arqueó una ceja, pero Débora y Samuel asintieron, satisfechos de que se hubieran hecho entender.
—Y también me ha dicho que mañana será el encuentro de los magos.
—¿Pero habla? —preguntó Marcos.
Samuel sonrió.
—Más o menos.
Mencía torció la nariz, no demasiado contenta con aquella respuesta tan ambigua.
—¿Y podemos ir contigo a esa reunión? —preguntó Marcos de repente—. Si ese leviatán es tan poderoso, a lo mejor puede ayudarnos a volver a casa.
Samuel los midió con sus ojos oscuros y dijo:
—Depende.
—¿De qué depende? —inquirió Mencía.
—De lo que podáis decirnos del futuro. No del vuestro, sino del nuestro.
Mencía y Marcos quedaron perplejos durante un momento de indecisión. Cuando habían hablado de su situación, de sus amigos perdidos, de la luz blanca... no habían pensado que podían estar buscándose problemas, que contar la verdad fuese a volverse en su contra. Los dos habían estudiado los giratiempos en la schola y se les había avisado de que no se debía jugar con el tiempo. Adelantar acontecimientos podría alterar el curso de la historia tanto y todo ello podría afectar al presente. A lo mejor no tenían a dónde volver si hacían algo indebido. Finalmente, Mencía reaccionó y con expresión desenfadada preguntó:
—¿Qué queréis saber?
—Por ejemplo, quién será el lado ganador en la contienda.
—¿Qué lado de qué? —preguntó Mencía con su sonrisa más encantadora.
—De la guerra.
—¿De qué guerra?
—De la que libran los reyes cristianos de Navarra, Castilla y Aragón contra el califa y los almohades.
Mencía se colocó la mano en la barbilla, frunció el ceño y fingió pensar.
—No me suena. Si la he estudiado, no la recuerdo. Una de tantas... ¿Tú, Marcos?
Marcos la miró, se hizo también el pensativo y contestó:
—No. Yo tampoco me acuerdo.
—¿No os dice nada el año en que estáis?
Ambos negaron con la cabeza.
—Entonces, no veo qué podríais aportar a esa reunión —concluyó Samuel, con petulancia y dicho esto, se levantó y dijo—. Deseo que hayáis disfrutado de la velada. Yo me retiro ya a dormir. Débora os acompañará a vuestra alcoba.
—Buenas noches —contestó Mencía.
Cuando Samuel estaba a punto de cerrar la puerta tras de sí, añadió:
—Si os acordáis de algo, cualquier cosa, no dudéis en comunicármelo.
«Va listo», pensó Mencía, enfadada, pero a sus labios afloró una sonrisa inocente y dulzona. Samuel desapareció tras la puerta y Marcos y Mencía ayudaron a Débora a recoger lo que quedaba en la mesa en silencio; ella se lo agradeció antes de acompañarlos a un cuarto donde podrían descansar, tal y como había indicado su marido. Marcos se rascó una vez más y se lamentó por lo bajini porque Samuel no le había enseñado el hechizo prometido. Débora se rió, pero Mencía frunció el ceño:
—¿Qué has dicho?
—Que qué fastidio, que Samuel no me ha enseñado el hechizo contra los picores —repitió Marcos más alto.
—Ah, vale.
—¿Problemas de oído? —preguntó Débora, con interés.
Mencía asintió y le explicó de mala gana que por culpa de una infección cuando era pequeña, había quedado sorda de un oído.
—Yo soy médico. ¿Quieres que le eche un vistazo? —propuso Débora.
—Gracias, pero ya lo han intentando muchos.
—Ah, pero yo no lo he intentado todavía.
En esos momentos, Mencía estaba furiosa consigo y misma con el mundo, consciente de que estaban metidos en un lío cada vez mayor del que no atisbaba la salida. De lo único que tenía ganas era de mandar a Débora y al intrigas de su marido a freír espárragos. No estaba dispuesta a pagar el precio que le habían puesto a su ayuda y eso la enfadaba y entristecía a partes iguales. Sin embargo, Marcos la aplacó con la mirada. Él tampoco estaba de buen humor precisamente, pero puesto que ya sabían que estaban en casa de las apariencias, era mejor mantener la sangre fría.
—No pierdes nada, Mencía.
Mencía decidió hacer de tripas corazón; miró a Débora y asintió con la cabeza en signo de conformidad.
2013, Picos de Europa
Campamentos Mágicos
Cecilia hizo un par de llamadas después de hablar con Sara y Gloria. No sabía si verdaderamente había conexión entre la moneda de la que hablaba una y la que hablaba otra, pero si la había y tenía que ver con la desaparición de Isabel y Mencía, estaba dispuesta de poner todos los medos a su alcance para averiguarlo. Así que, en primer lugar, se había puesto en contacto con la Ministra de Magia y con las oficinas de los inefables en Lisboa y había solicitado permisos para investigar los archivos en los que figuraban los listados de artículos que dependían del Departamento de Misterios.
Podría haber ido ella misma al Ministerio, pero no se atrevía a moverse de Picos de Europa, por si acaso. Una parte de ella quería creer que sus hijas podrían reaparecer en cualquier momento y que, de hacerlo, sería allí. Además, tampoco quería dejar a solar a su hijo Alberto en el trance de haber perdido a sus hermanas de un plumazo...
Estuvo con él y con su marido hasta que, media hora después, se presentaba en el campamento la señorita Bombin, eficiente secretaria personal de la Consejera, es decir, Cecilia. Después del intercambio de saludos, Nieves le mostró a Ceci el contenido de su bolso: una serie de cientos de tomos reducidos para ser transportados.
—Eso parece la Enciclopedia Espasa Calpe al completo.
—Solo que en versión micro —señaló Nieves.
—Gracias por traerlo personalmente —le dijo Ceci con una sonrisa nerviosa.
—Un placer. ¿Cómo estás?
—Ni yo lo sé. Preocupadísima.
—Me imagino. ¿Para qué el archivo, si no es indiscreción?
—Vas a pensar que me he vuelto loca... Tengo indicios para pensar que el Departamento de Ministerios esté encubriendo una negligencia en el uso o el cuidado con un objeto en particular: una moneda de bronce con una palabra ilegible, posiblemente una reliquia del siglo XIII.
—¿Qué tiene que ver eso con tus hijas?
—Es eso precisamente lo que necesito saber. Mmmm esos parecen muchos tomos. ¿Por dónde empezar?
—Probemos con la M de moneda.
—¿Te quedas a ayudarme entonces?
—La duda ofende.
2012 Toledo
Mientras, del interior de un saquito de cuero, Débora sacó polvos de color verde intenso. Los echó en una jofaina de agua y se produjo un pequeño estallido. Mencía abrió los ojos de golpe, pero Débora no se inmutó, sino que mojó un paño blanco en el líquido, ahora de un curioso color entre verde y agua marina. Después, tomó a Mencía de la barbilla con una mano y con la otra, le colocó el paño empapado en la oreja mientras decía unas palabras en hebreo. Marcos se asustó al ver salir humo del pañuelo, pero como Débora seguía tranquila, ni se movió ni dijo nada, sino que la dejó hacer.
—Probablemente notarás la mejoría mañana por la mañana.
Mencía asintió, aunque no creía una palabra.
Débora empezó a recoger sus cosas, que había amontonado en el suelo hacia un rato, cuando había empezado con las curas. Estaban en el cuarto que compartirían Marcos y Mencía, una habitación pequeña y recogida, con escaso mobiliario y solo una ventana.
—Imagino que añoraréis vuestro hogar tanto como yo el mío —la escucharon murmurar—. Y a los vuestros.
—¿Qué es eso que has usado? Eso verde. —dijo Mencía para cambiar de tema.
—Es la combinación de distintas hierbas con un mineral muy especial. Y un poquito de magia, claro.
Los chicos se quedaron callados y no dieron muestras de haberla escuchado en realidad. Tenían la cabeza en otro sitio muy, muy lejos de allí.
—Estáis disgustados por lo que os ha dicho mi esposo —infirió ella.
—No quiere ayudarnos —repuso Marcos, encogiéndose de hombros.
Débora los miró con ternura durante unos momentos y, antes de irse, se sacó del cuello un hilo de cuero negro del que colgaba una piedra en forma de lágrima del mismo color verde intenso que los polvos que había usado para sanar el oído de Mencía. Débora cogió la mano de Mencía, la abrió y dejó dentro la lágrima verde.
—Es malaquita. Considéralo un regalo.
Mencía la miró extrañada.
—¿Por qué...?
Débora la silenció con el dedo índice en los labios y musitó muy, muy bajito:
—Hay más de una forma de encontrar un leviatán.
Tanto a Marcos como a Mencía les dio un vuelco el corazón, pero Débora, siempre tranquila y sosegada, se dirigió a la puerta como si no hubiera dicho nada. Tal como había hecho su marido antes de dejarlos, se volvió junto a la puerta para darles una última y enigmática advertencia:
—Si seis sois los que habéis venido, por fuerza, solo seis podréis volver.
Cuando los dejó solos, Mencía respiró profundamente varias veces. Aquello no tenía ni pies ni cabeza. El matrimonio judío jugaba con ellos o había algo que se le escapaba. En cualquier caso, se colgó su lágrima de malaquita al cuello y empezó a deshacer la cama, mientras Marcos despotricaba contra Samuel ben Isaac y se formulaba las mismas preguntas que ella en voz alta.
—¿Qué vamos a hacer? No podemos quedarnos en esta casa de locos... —decía Marcos.
—¿Y qué otra nos queda? ¿Dormimos a la intemperie? Buf... me siento tan perdida ahora mismo... Ojalá mi hermana estuviera aquí.
—Y mi hermano —murmuró Marcos—. Aunque tú has estado muy bien.
—¿Cuándo?
—Cuando nos ha preguntado sobre el bando vencedor. Casi aplaudo.
Mencía se echó a reír para terminar desplomándose sobre la cama. Marcos se acercó y la tapó antes de ir a su propia cama.
—Sabes lo que ha querido decir Débora ahora, ¿no? —masculló Marcos, tumbándose también sobre el colchón, que notó algo duro bajo la espalda.
—Que tenemos que encontrar a mi hermana y a los otros. Es un buen plan para empezar, ¿no?
Marcos asintió con la cabeza y se sacó el colgante de debajo de la túnica una vez más y su contacto lo tranquilizó. Poco a poco, se le cerraron los ojos... Mencía se giró para colocarse en posición fetal y antes de quedarse dormida, le pareció ver que la luz de la luna resplandecía dentro de la mano de Marcos.
