-PARTE V-
1212 Alcazar de Toledo
Antes de dejar la alcoba, Haizea se metió el mapa en el bolsillo de los shorts naranjas, debajo del vestido de sirvienta, y Babe y ella miraron una última vez atrás. Las doncellas, una petrificada y otra inconsciente, estaban mágicamente atadas a una pata de la cama y cada una de ellas tenía un calcetín de Haizea en la boca. «Por si acaso», le había dicho a Babe. Salieron al pasillo de piedra con expresión cautelosa y echaron a andar hacia la derecha de común acuerdo.
La decoración austera, en cierta manera, le recordó a Babe a Hogwarts, el internado donde acudían los niños mágicos británicos y donde ella hecho un breve intercambio hacía ya unos años. Solo que Isabel se fijó en que en vez de antorchas en las paredes, colgaban lámparas del techo, lámparas doradas con velas; algunas encendidas porque había pocas ventanas, todas pequeñas, y entraba poca luz. La sensación al caminar por el corredor era de claustrofobia.
De pronto, se cruzaron con una grupo de hombres armados que daban voces y discutían vivamente en lo que Isabel se imaginó que sería castellano antiguo. De forma casi automática, Babe y Haize bajaron las cabezas, con intención de pasar inadvertidas. Las dos se pegaron a la pared para dejar pasar a los caballeros y tuvieron suerte, porque bastó con la actitud sumisa y los trajes robados para que los hombres las ignoraran y pasaran de largo. Las dos se sonrieron, animadas después de aquella prueba de fuego y se animaron a seguir en esa dirección. La salida tenía que estar por alguna parte.
Doblaron un recodo, bajaron una escalera, investigaron varias puertas y se perdieron un par de veces antes de darse cuenta de que se habían confiado demasiado...
—Esto es laberíntico —se lamentó Haizea.
—No podemos desesperar ahora...
Justo entonces, alguien dio una voz a sus espaldas. Se dieron la vuelta para toparse, en medio de angosto pasillo con una mujer morena, regordeta, y de expresión huraña con cofia y delantal amarillo, que las tomó de los brazos y, con toda la fuerza de la que era capaz, las arrastró, mudas de espanto, mientras les soltaba un sermón incomprensible.
Haizea miraba a Isabel, con los ojos muy abiertos y Babe sintió que el corazón le latía a toda velocidad, pero tampoco podían hacer nada por deshacerse de aquella bruta: las tenían bien aferradas. Por un momento, estuvo convencida de que las habían pillado, de que alguien se había dado cuenta de que estaban suplantando a las dos mujeres que habían maniatado en la habitación. No obstante, esos temores eran infundados, tal y como descubrieron al acabar entre los fogones de las cocinas de la casa. La gruñona les entregó a una y un par de jarras de vino y las empujó con malas maneras hacia una puerta negra. Aterradas, Isabel y Haizea fueron a pasar a un gran comedor iluminado por una chimenea encendida. Haizea palideció nada más ver el banquete preparado para un puñado de hombres y mujeres que reían, comían y bebían a lo largo de una mesa alargada sin prestar demasiada atención a los veinte criados que servían la comida y rellenaban sus copas de vino.
—¿Qué hacemos?
Isabel miró alrededor en busca de puertas, encontró solo una al fondo de la sala. Se mordió el labio. ¿Cómo iban a cruzar el salón sin que nadie se diera cuenta?
—Imita a los que tienen bandejas —murmuró Babe— e intenta llegar hasta aquella puerta del fondo cuando acabes de servir... —Babe miró la bandeja que llevaba Haizea— lo que quiera que sea eso.
—¿Y tú?
—Yo serviré el vino.
Haizea asintió varias veces, aunque cerró los ojos con fuerza justo antes de lanzarse al ruedo. Babe inspiró profundamente ante de seguirla.
No era complicado, había otras como ellas que parecían hacerlo casi sin pensar. «Tranquila, Isabel, tranquila», se dijo mentalmente. Y, poco a poco, Isabel fue tranquilizándose según iban rellenando las copas vacías, al darse cuenta de de las damas y caballeros no reparaban o no querían reparar en su presencia. De vez en cuando miraba a Haizea, repartiendo porciones de aquella extraña carne oscura. La puerta seguía lejos y aquel largo proceso se le estaba haciendo eterno... Cuando llegó al extremo, le llegó al turno al que presidía la mesa; un hombre con corona y barba que, en ese momento, hablaba en susurros con otro de los comensales sentado a su derecha. Isabel se colocó a su lado y vació el contenido de la jarra en la copa de cristal...
Cuando aquel hombre la agarró de la muñeca, Babe tuvo que hacer un esfuerzo por no gritar. El rey tiró del brazo de Isabel y le dio la vuelta con cuidado parar mirarle las palmas de las manos. Eran unas manos finas, suaves, limpias y bien hidratadas, pero no parecieron gustarle porque clavó sus ojos grises en los de Isabel con aire receloso.
Toda la mesa quedó callada de repente y, por primera vez, todos los presentes dedicaron su atención a un miembro del servicio; Babe se ruborizó y bajó la cabeza. Para colmo de males, el rey le dirigió unas palabras en algo parecido a vascuence. Como ella no contestaba, él apartó la silla con brusquedad y se levantó, mosqueado, sacudiendo a Isabel del brazo. A escasa distancia de ambos, Haizea abrió los ojos como platos porque el monarca era gigantesco; debía de medir, por lo menos, dos metros. Del hombro le colgaba un regido manto escarlata y en el pecho llevaba una cota de malla con un escudo en el centro: una especie de cuervo negro sobre fondo amarillo. Babe tragó saliva y entonces...
Entonces, una pieza de cobre ovalada golpeó en la cara al ilustre señor, que se tambaleó y gimió de dolor, dejando libre a Babe en el proceso. Toda la mesa se puso en pie y muchos desenvainaron espadas.
—¡Corre, Isabel, corre! —chilló Haizea con todas sus fuerzas, echándose a correr al mismo tiempo, varita en mano, después de haber agredido sin miramientos a Sancho VII de Navarra con una bandeja de metal.
Babe no se hizo de rogar.
Haizea y ella salieron disparadas hacia la puerta del fondo, pero no fueron las únicas.
—A la porra el Estatuto del Secreto —siseó Isabel, apuntando con la varita por encima del hombro—. ¡Petrificus Totallus!
Escucharon un grito, con lo que supo que había acertado, pero no consideró sensato darse la vuelta para mirar a quién. Llegaron a un pasillo y eligieron una dirección cualquiera. En menos de quince minutos, Isabel y Haizea corrían todo lo rápido que les permitían las piernas por uno de los innumerables pasillos de la fortaleza, lanzando maleficios de tanto en tanto y a diestro y siniestro a sus perseguidores: una quincena de caballeros medievales empuñando espadas y gritando amenazas en una lengua desconocida.
—¡En realidad siempre he querido probar el mocomurciélagos! —chilló Haizea mientras corrían.
Probablemente, Isabel hasta se habría reído si la situación no hubiera sido tan desesperada.
El pasillo terminó en una puerta de madera que Babe no consiguió abrir.
—¡Alohomora!—exclamó Haizea apuntando a la cerradura y la puerta se abrió para ellas de golpe. Pasaron y Haize la cerró de portazo.
—¡No! ¡Maldita sea! —maldijo Isabel y dio una patada al suela, de puro enfado.
Estaban en una habitación grande sin más salida al exterior que un balcón. Haizea se aseguró de cerrar mágicamente la puerta mientras Babe echaba a correr hacia el balcón. Estaban en un tercer piso.
—No hay forma de escapar —susurró.
En ese momento, el filo de una espada atravesó la puerta y Haizea gritó y corrió junto a Babe, que seguía mirando a la calle, angustiada. Las dos temblaron al escuchar golpes atronadores procedentes del pasillo, como si los caballeros trataran de derribar la puerta a base de fuerza bruta. Isabel volvió a mirar hacia las calles de Toledo y rabiosa, chilló:
—¡Ojalá tuviese alas!
—¡O una escoba! —se lamentó Haize.
—¡Una escoba! ¡Eso es! —La cara de Isabel se iluminó—¡Accio escoba voladora!
Y los refuerzos no tardaron en llegar. No era exactamente lo que Haize o Isabel entendían por una escoba voladora, sino que se trataba de una versión de lo más primitiva de mango astillado, cola de ramitas irregulares y, probablemente, sin ninguna medida de seguridad incorporada. Una barredora 3 no tendría nada que envidiarle, pero tanto les dio, que se subieron a ella como si se tratara de la más sofisticada saeta de fuego, primero Babe y después Haize.
La puerta salió volando por los aires en ese instante y los hombres entraron atropelladamente en la sala. Isabel frunció el celo y, con mucha determinación, salió volando.
Haize se dio la vuelta y sacó la lengua a los guerreros amontados en el balcón.
—¡Ja! ¡Ahí os quedáis!
2013, Picos de Europa
Campamentos Mágicos
Desgraciadamente, los archivos de los inefables era mucho más caóticos de lo que habían esperado y el orden alfabético brillaba por su ausencia. Tras encerrarse en los despachos del director de los campamentos, Ceci y su secretaria habían pasado dos horas revisado quince tomos, sin resultados. Cecilia estaba agotada, pero no quería rendirse todavía. No cuando sus hijas dependían de ello.
—Escucha esto, Cecilia —murmuró Nieves, apuntando con el dedo a un artículo de la lista de «Altamente peligrosos»—: Stella Sequor: pieza de bronce en forma de disco; el lado plano de cuatro centímetros de radio. Canto liso. Inscripción poco profunda en una de las caras. Ilegible. Fechada alrededor de 1200... No dice la palabra moneda, pero se ajusta a la descripción del objeto que estás buscando.
—¿Dice algo más?
—Sí —asintió Nieves—. Hay un historial. La encontraron en 1983 en un cementerio judío del siglo XIII, en Toledo. La descubrió un arqueólogo mágico, pero la confiscó el inefable, ojo al dato, N. B. y falleció un mes después. En 1985 fue sustraída de las cámaras de seguridad del Departamento de Misterios por otro inefable, un tal L. E. También murió ese mismo año.
—La tasa de mortalidad de los inefables es, cuando menos, inquietante, desde luego. ¿Dónde está ahora la pieza?
—L.E. la sustrajo, pero en ningún lado pone que la devolviera a su lugar.
—O sea, que lleva veintiocho años missing.
—Eso parece.
—¿Y no pone qué es o qué hace?
—No. Solo tenemos el nombre: stella sequor. ¿Te suena?
Cecilia negó con la cabeza y se pasó una mano por la cara, frustrada.
—Se me ocurre a quién preguntar —dijo de repente y se sacó el móvil del bolsillo; enseguida encontró en su agenda de contactos el número de su primo arqueólogo, Javier Pizarro.
No muy lejos de allí, Carmen apoyaba la cabeza en el hombro de su padre, que le acariciaba el pelo con delicadeza mientras paseaban por Posada de Valdeón, donde habían cenado aquella noche con los tíos y primos. A su lado, caminaba Pilar, mirando el cielo con los labios apretados. La habían invitado para no dejarla sola, de la misma manera que todos los padres a los que habían llamado los inefables para poder tomar declaración a los menores habían decidido quedarse para acompañar a la familia en lo que pudieran.
—Papá, ¿lo sabe Lola? —murmuró Carmen.
—No. No se lo hemos dicho todavía.
—Se va a enfadar.
—Estamos esperando a... —Fermín se calló. No estaba seguro de lo que estaban esperando exactamente. «Un milagro», pensó—. Si mañana Guille y Marcos no han vuelto, llamaremos a tu hermana.
1212, Cielos de Toledo
Las nubes parecían ruborizarse con las miradas del sol poniente. Atardecía y el cielo se teñía a poco a poco de añiles y malvas por el este; de rosas y naranjas por el oeste. Rumbo al Tajo, Isabel dirigía la escoba más lenta a la que se había subido jamás y que estaba haciéndole un daño considerable en las posaderas. Se preguntó por un momento por Charo y Guillermo, si realmente estarían cerca o habrían acabado quizás en otro lugar y en otra época...
—¿Saco el mapa? —preguntó Haize para romper el silencio que se había abierto desde que habían dejado atrás el Alcázar. Babe negó con la cabeza. Conocía Toledo y sabía llegar a la Casa de las Tradiciones desde el aire—. Tranquila, Isabel, ¿eh? Que ya ha pasado... lo peor.
Isabel soltó una risita por lo bajo y, finalmente, suspiró.
—Está oscureciendo. A tu primo se le debe de estar poniendo la piel de gallina.
Haizea se sorprendió.
—Ni me acordaba ya... ¿Crees que los encontraremos?
Isabel no contestó, sino que frunció el ceño y murmuró consternada:
—No me lo pudo creer.
—¿Qué pasa? —Haizea asomó la cabeza por detrás del hombro.
—Mira, ahí abajo, la Casa de las Tradiciones debería estar ahí.
Haizea obedeció y intentó buscar con la mirada, pero, al igual que Babe, no vio nada.
—¿Estás segura...?
—Completamente —contestó Isabel con rotundidad—. Creo que voy a aterrizar cerca para asegurarme.
Empezaron a descender muy despacio y se bajaron de la escoba dentro de una callejuela estrecha y vacía que olía a huevos podridos y estiércol. Caminaron en silencio hasta salir a una calle más ancha y amplia en la que se supone que debería estar la Casa de las Traciones, donde habrían de encontrar magos que pudieran ayudarlas a volver a casa. A Isabel se le cayó la escoba de las manos...
—No...
Haizea se mordió el labio, se le anegaron los ojos en lágrimas y cuando se le escapó el primer sollozo, Isabel le apretó el hombro con una mano para intentar confortarla de alguna manera. Haizea se volvió y se abrazó a Babe para terminar de llorar. Isabel, al principio sorprendida, terminó por devolverle el abrazo.
—Lo... lo siento —murmuró Haize con la cabeza escondida en un costado de Isabel.
—No pasa nada, llora todo lo que quieras —susurró Isabel con dulzura.
Haizea terminó por retirarse algo avergonzada y se limpió los ojos con las manos. Isabel la sonrió.
—Tendremos que buscar un sitio donde pasar la noche —dijo Isabel, preocupada—. Mañana será otro día y ya se nos ocurrirá dónde buscar gente que nos ayude.
—Sería genial despertarse al día siguiente y estar en casa —se aventuró a decir Haizea.
—No podemos contar con ello —negó Isabel, con sensatez.
Haize suspiró.
—Lo sé. Bueno, sabes, estaba pensando que... si no hay Casa de las Tradiciones, seguro que tampoco hay Estatuto del Secreto, ni gobierno mágico ni nada de nada. Por un lado, qué marrón, pero...
—Pero no vamos a ir a Atalanta, quieres decir.
—Sí, y además podemos usar toda la magia que queramos. Es legal. Hasta si nos ven.
—Bueno, ahora mismo no sería bueno que nos vieran. Nos estarán buscando.
—Ah, sí, cierto. —Haizea asintió con la cabeza y de repente sus hombros se convulsionaron, respiró hondo y soltó, de improviso, una sonora carcajada—. ¡Le he-he-he... pegado a un señor con una bandeja!
—¡A un rey nada más ni nada menos! —Isabel sonrió—. ¡Llevaba corona!
—¡Y era-era... jajajajaja! ¡Era enoooooorme!
Haizea empezó a doblarse sobre sí misma y a reírse cada vez más fuere. Isabel cerró los labios a cal y canto, pero al final, terminó por contagiársele la risa hasta que al final acabaron las dos por los suelos y con lágrimas en las comisuras de los ojos, tronchadas de tanto reír. Toda la tensión acumulada fue desapareciendo poco a poco, hasta que Isabel y Haizea se quedaron calladas, sentadas contra una pared.
—Hace frío —dijo Haize pasado el momento de histeria.
—Puff, sí y tengo tanto hambre, que me comería un rinoceronte.
—Tienes suerte, estamos en la época adecuada. En ese pasillo había por lo menos quince o veinte animales de esos.
Isabel sonrió, se puso en pie y le dio la mano a Haizea para levantarse.
—Venga, Haizea. No podemos quedarnos aquí.
Haizea se la estrechó y se levantó con ella. Después, Babe conjuró dos prendas de abrigo y les llegaron dos gruesas capas muy pesadas que, por lo menos, las ayudaría a mantenerse calientes hasta encontrar algún lugar donde guarecerse. Isabel iba a coger la escoba cuando se dio cuenta de que ya no estaba allí. Se quedó paralizada.
—Isabel, ¿qué pasa? —preguntó Haizea.
De pronto, a ambas les pareció ver una luz azulada. Detrás apareció una señora elegantemente vestida con un traje de seda morado y terciopelo negro, con ribetes en plata en las mangas y el escote. De piel clara, con los ojos castaños y el pelo rubio y trenzado, la mujer les guiñó un ojo y dijo en castellano:
—Os parecerá bonito quitarle su escoba a una bruja.
