PARTE VI
1212, Montes de Toledo
Cuando vio a Guille desaparecer, el bosque quedó en completo silencio y, a pesar de que ella misma lo había animado a marcharse, Charo se sintió sola y tuvo miedo. Quedó inmóvil mientras la luz se esfumaba, poco a poco, entre las copas de los árboles, hasta que sacudió la cabeza varias veces y se obligó a sí misma a ser valiente y paciente, lo que no necesariamente implicaba permanecer inmóvil. Tenía frío, así que lo primero que hizo fue llevarse la mano a la varita y conjurar una prenda de abrigo. No obstante, aunque le pareció escuchar un sonido, no encontró lo que tan urgentemente necesitaba hasta que levantó la vista y la vio: una capa, enredada en las ramas de un pino.
—Estupendo —farfulló, contrariada—. Bueno, pues vamos a probar otra vez.
Volvió a aplicar el mismo hechizo y esta vez miró hacia arriba directamente. Otra capa distinta se le cayó encima por sorpresa y se la quitó bruscamente, sobresaltada. Se acercó después a la capa, tirada de cualquier manera sobre la hierba, y se agachó para cogerla hasta que torció la nariz. A buen seguro, el propietario necesitaba una buena lección sobre la importancia de la higiene personal...
—No, no me puedo poner esto —gimió Charo, pero sopló el viento y después de estremecerse, terminó por colocarse la capa sobre los hombros con cara de resignación. Entonces, escuchó una carcajada masculina entre los árboles y levantó la cabeza, con los ojos abiertos—. ¿Guille?
Pero aun no era de noche, ni había salido siquiera la primera de las estrellas en el firmamento. Guillermo no podía haber regresado todavía. Y no fue él, sino el soldado mentiroso el que se descubrió de repente, con una extraña bola peluda y colorida sobre los hombres. Marley sacó su larga lengua rosada de la boca y oteó con ella por el aire hasta atrapar un mosquito incauto y llevárselo de vuelta a la boca con una parsimonia del todo apabullante.
Charo apuntó al extraño con la varita y el almohade la apuntó a ella con un rama tallada que no tenía mucho que ver con lo que ella tenía por varita, pero que respondió a las mil maravillas cuando del extremo que apuntaba a Charo, emanó una bonita luz azulada.
—Tranquila —dijo el mentiroso en español—. No te haré daño.
Charo, que tenía la mente relajada, supo que decía verdad, pero no bajó la varita. Por si acaso.
—¿Cómo nos has encontrado?
El mentiroso arqueó una ceja, con cierto aire burlón y contestó:
—Hasta un elefante habría hecho menos ruido que vosotros. Por no hablar de las huellas en la arena que no habéis tenido el cuidado de borrar. —El mentiroso se encogió de hombros—. Os he seguido desde el árbol en que aparecisteis por primera vez hasta aquí.
—Oh —musitó Charo.
—Mi nombres es Abdel al-Fath —se presentó el guerrero, llevándose la varita al pecho e inclinando levemente la cabeza. Cuando volvió a levantarla, Charo se fijó en que, aunque era de moreno de piel y tenía el pelo ensortijado y muy negro, sus ojos eran verdes y brillantes, como los de un gato—. Soy un brujo guerrero de Al-Andalus, a las órdenes del califa Muhammad An-Nasir. Por lo menos, por ahora. He venido hasta aquí bajo sus órdenes, pero inspirado por el aliento de Malakbel. ¿Es por eso que estáis también aquí vosotros? ¿Habéis sido llamados? —Abdel tenía verdaderamente mucha curosidad—. Pareces una princesa cristiana, pero tu lengua me es desconocida y tus ropas me confunden. ¿Quién eres?
—Eh, esas son muchas preguntas. Bueno, eh... yo soy —Charo se humedeció los labios. De pronto, María del Rosario no parecía nombre apropiado. Paradójicamente, sonaba hasta demasiado moderno. La verdad es que, aunque todavía no estaba segura de en qué año había ido a parar, Al-Ándalus sonaba muy medieval—... eh... Jimena. Jimena de Rojas.
—¿Pero de dónde venís tú y el hombre que iba contigo?
—El hombre que venía... ¿te refieres a mi amigo? ¿A Guille...ermo?
—Es vuestro amigo entonces —murmuró Abdel por lo bajo y Charo pestañeó y es que hubo algo en la manera de pronunciar la palabra «amigo» que le resultó extraño. Acabó por hacer caso omiso.
—Sí. Mi amigo Guillermo de Vivar —Charo se felicitó por los buenos reflejos y sus apañados conocimientos de Literatura Medieval bien aprendidos en secundaria.
—¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—Y bien, ¿de dónde venís? ¿Os trajo el aliento de Malakbel?
—El aliento de... —repitió ella, extrañada.
Abdel pareció cansarse y extendió hacia delante una mano abierta, en la que Charo vio una pequeña esquirla de bronce. Hacía rato que tenía la mente abierta y le extrañó percibir una presencia más de repente. Una presencia familiar con una única voluntad. Marley soltó un pequeño rugido amenazador y se escondió detrás de la nuca de Abdel.
—¡La moneda! —exclamó Charo, sobresaltada—. ¡Está rota!
Se acercó a ella, pero Abdel cerró el puño sobre aquella fracción de la moneda y su presencia magnética se esfumó, de manera que Charo supo que la había escondido con magia.
—Entonces, ¿También fue lo que os trajo hasta aquí? —preguntó el brujo.
Charo asintió, sin faltar a la verdad en esta ocasión.
—¿Qué es? —preguntó con curiosidad.
—Es un pedazo de la voluntad de un gran brujo, Malakbel. ¿No lo sabías? ¿Entonces cómo pudisteis seguirlo?
Charo suspiró.
—Francamente, no lo sé, pero...
En ese momento, a Charo le sonaron las tripas y se sonrojó. Abdel sonrió.
—¿Tienes hambre?
Charo puso sus dedo pulgar e índice colocados frente a su ojo derecho, como si se tratara de una pinza abierta y rezongó:
—Un poquito.
Abdel miró alredor y asintió dando el visto bueno al lugar.
—Montemos campamento y cenemos aquí, entonces. Tengo algo de caza en mi bolsa —Abdel señaló una bolsa de cuero que llevaba a la espalda.
—Eh...
—No te preocupes —el brujo almohade sonrió, afable—. Te he visto con esa capa antes. Yo me encargo.
Y si con esas palabras, no se había ganado el afecto de Charo todavía, lo consiguió justo antes de ponerse manos a la obra, cuando acarició con afecto a Marley y el pufsskein ronroneó agradecido.
Abdel al-Fath colocó distintos encantamientos protectores alrededor de la zona, de los que no conocía ninguno, y, después, conjuró una atmósfera cálida a su alredor, de manera que Charo pudo prescindir de su fragante capa y charlar tranquilamente con él mientras el mago pasaba dos conejos a fuego mágico en un espetón. Las llamas eran verdes y daban algo de luz y el calor justo para cocinar, pero no desprendían humo para no revelar la posición a posibles enemigos, según Abdel le explicó a Charo. Había abandonado a los suyos y eso le valía el nombre de traidor, con lo que era mejor prevenir que curar porque todos en sus grupo sabían de «sus artes» y no era él el único brujo a las órdenes del Califa.
—A veces, sus mandatos ponen a los nuestros, unos contra otros en favor suyo —susurraba Abdel mirando el fuego, ensimismado—. Y así los hechiceros siempre están a merced de los caprichos de los poderosos. Por eso, aunque fue en la expedición a Toledo para informar al califa de cuántos cristianos llegan a la ciudad... Mi corazón está con la llamada de Malakbel.
—Parece muy importante para ti —susurró Charo.
Abdel la miró fijamente.
—¿Para ti no?
La pregunta le pilló por sorpresa. En realidad, no estaba segura de qué significa Malakbel, su aliento o su llamada, pero podía leer a través de los ojos de aquel hombre joven con un gran deseo de bien e intuyó que, tuviera o no tuviera repercusiones para su futuro o su presente, si era importante para Abel, también lo era para ella. Charo asintió con la cabeza.
—Todavía no te he dado las gracias —se acordó de pronto.
—¿Gracias por qué?
—Por devolvernos las varitas aun a costa de que supieran que nos habías ayudado. Y por defender e impedir que ese hombre...
—Rashid —dijo Abdel y en sus ojos vio Charo el reflejo de las llamas mágicas—. Juana has de saber que la familia de mi madre ya vivía en esta tierra desde mucho antes que llegaran los almohades, el pueblo de mi padre. Uno de sus antecesores firmó un escrito que defendía que hombre y mujer son iguales a los ojos de Alá y, desde entonces, todos sus descendientes hacemos honor a lo que recogía el Manifiesto —Abdel frunció el ceño—. Humillar y vejar a una mujer no es honorable.
Charo sonrió.
—Me recuerdas un poco a Guillermo.
Y como si Charo lo hubieran llamado al pronunciar su nombre, en ese preciso momento, se apareció Guillermo, varita en ristre y mirada humana. Ya era de noche y no había luna llena.
2013 Picos de Europa
Carmen no tardó ni diez minutos en quedarse dormida; Pilar, en cambio, no podía conciliar el sueño por más vueltas que diera en la cama, independientemente de por dónde tomara la almohada o cuánto se tapaba. En el momento, en que el final de las sábanas se salió definitivamente de su sitio bajo el colchón, la bruja, tiró toda la ropa de cama al suelo, harta. Se levantó y se calzó las deportivas, una de ellas debajo la cama, para hacer una incursión al baño y lavarse la cara. Cuando regresó a la habitación en la que su mejor amiga «respiraba fuerte» y a pleno pulmón, decidió saltarse un par de normas y se puso el viejo y abrigado forro polar de su padre, cogió el móvil y buscó entre la linterna en la maleta. Cinco minutos después, estaba en el exterior, bajo el cielo estrellado y se alejaba todo lo posible con el móvil en alto y la idea de pillar cobertura lo antes posible. Tuvo que alejarse un punto alto y estratégico donde la red de moviestar parecía funcionar a ratos. Pilar se subió a una roca y marcó el número de su casa.
—Cogedlo alguno, por favor, cogedlo alguno —masculló entre dientes— porfis, porfis, venga...
—¿Diga? —la voz de Julia se oyó al otro lado.
—¿Mamá?
—¿Maripili?
Pilar suspiró.
—Sí, mamá, soy yo.
—Pero sin son las doce y media, Maripili. ¿Pasa algo?
Ella se lo pensó durante un momento.
—No. No pasa nada, solo quería saber qué tal por casa.
—¿Pero estás bien?
—Mamá, ¿te sueno a que esté mal? Por favor.
—Vale, vale... ¿Y cómo es que llamas a estas horas?
—Ya sabes cómo son los campamentos mágicos. Hay pocos ratos libres. Y me habías dicho que os llamara un día, ¿no? ¿Qué tal todo en casa?
—Todo bien. Te echamos de menos. ¿Qué tal la comida del campamento?
—Ay, mamá, no sé, como siempre.
—¿Pero estás comiendo bien?
—Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiií.
—¿Y ha hecho buen tiempo? Aquí hace mucho calor.
—Ha llovido un par de veces, pero ha hecho sol el resto del tiempo.
—Bueno, te pasaría con tu padre, pero no está. Se ha ido a pasear al perro.
—¿Están despiertos Jorge y Carlos?
—Carlos se ha quedado roque viendo una peli, ¿pero quieres que te pase a Jorge?
—Sí, porfis.
—Vale. ¡Jooorge, ponte al teléfono, que es tu hermana!
—Diga melón —se escuchó al poco rato al otro lado de la línea.
Pilar soltó una risita débil.
—Melón —contestó Pilar al tiempo que Julia colgaba el teléfono—. Hola, Jorge.
—Hola, Mari...
—Jorge...
—...a del Pilar.
Pilar se echó a reír.
—Eres idiota.
—Ya. ¿Qué tal en el campa para bichos raros?
—Muy bien.
—¿Cuándo vuelves?
—Faltan tres semanas todavía.
—Ammmm. Bueno, te paso con mamá, que está mirando raro.
—Es que el teléfono cuesta dinero, hijo —se escuchó decir a Julia al otro lado del aparato. Pilar se rió también al escucharla.
—Adiós, Jorge.
—Maripili, soy tu madre. Un beso muy fuerte y vete a dormir ya, que seguro que mañana os levantáis temprano, ¿eh?
—Vale.
—Te quiero mucho, hija.
—Y yo a ti, mamá.
Pilar colgó el teléfono y se le escapó una lágrima solitaria que se limpió enseguida, con un movimiento rígido de la mano. Se aguantó todas las demás, que estaban esperando a salir y empezó a bajar de la roca, en silencio. De camino de vuelta, paso cerca del pabellón donde se encontraba el despacho el director y lo vio iluminado. Nunca había sido una persona especialmente cotilla, peo en aquella ocasión, le pareció escuchar una frase que la dejó clavada en el sitio:
—Si estoy aquí es porque tengo una teoría sobreel paradero de los chicos —dijo una voz grave y viril desconocida. Pilar se acercó todo lo posible a la ventana. Aunque ella no lo sabía, el que acababa de hablar era Javier Pizarro y hablaba en aquel momento para todos los progenitores de los desaparecidos. Estaban allí Fermín Aguirre y Gloria Lucena; Jesús Lozano y Teresa Saavedra; Alberto Fernández de Lama y Cecilia Pizarro; Javier Sáinz y Leyre Aguirre y, por último, Nieves Bombín—. Pero no tenemos pruebas definitivas de ello, como ha dicho ya Cecilia.
—¿Qué teorías son esas y en qué se basan? —preguntó el señor Lozano, agarrando con fuerza la mano de su esposa.
Cecilia tomó el relevo.
—Esta tarde, vino a hablar conmigo Sara, una de la monitoras del campamento que estuvo con los chicos antes de fueran «tragados por la luz blanca» de la que había sido testigo el otro monitor, Alejandro. Sara me contó que había un grupo de cuatro niñas, todas primas entre sí, entre las cuales estaba... ¿Haizea? ¿Me equivoco? —miró a Javier, que asintió y dijo:
—Continúe.
—Pues bien, estas cuatro niñas estaban discutiendo sobre una moneda. Bien, pasado el accidente, una de las niñas se acercó a ella para decirle que sus primas mayores no le habían devuelto la moneda por la que habían discutido. Sara estaba en ese momento con su madre, la auror Rodríguez y con Gloria Lucena, aquí presente. ¿Gloria?
—Yo le pregunté por la moneda —siguió entonces Gloria con su acento cordobés—. Y le pregunté porque la primera vez que vi a Carrascosa, hace la tira de años, él era guardia de una exposición medieval que corría cuenta del Departamento de Misterios. Allí había expuesta una moneda en la que se veía claramente una palabra que ni yo ni Amaia Vilamaior, la tía de la señora Pizarro, fuimos capaces de leer. —Gloria hizo una pausa—. No porque fuera borrosa o porque estuviera escrita en otra lengua, sino porque debía de haber una especie de magia que lo impedía.
—Al ver a Carrascosa, te acordaste de ella entonces —asumió Fermín—. ¿Y qué dijo mi sobrina?
—Mónica, la niña, describió exactamente la misma moneda: una en cuya cara una palabra ilegible —contestó Gloria para todos los padres—. Le conté todo esto a Elia, es decir, la auror Rodríguez y fuimos a hablar con el padre de las otras dos niñas, Pablo, que es hermano de mi marido. Él les preguntó y ellas le aseguraron que habían perdido la moneda, que se les había caído. Después, fuimos a contárselo todo a la Consejera.
—Entonces —Cecilia retomó el hilo— yo pedí un listado de artículos mágicos del Departamento de Misterios y mi secretaria, Nieves —Nieves levantó las cejas a modo de saludo—, me lo trajo personalmente al campamento, donde hemos estado revisando los archivos hasta dar con un objeto que se ajustara a la descripción. En estos documentos se hace referencia a la moneda dichosa como Stella Sequor. Creo que Javier, que es arqueólogo mágico, sabrá explicar lo que es un Rastro de Estrella mucho mejor que yo.
Ceci cedió la palabra entonces a su primo, un hombre muy delgado, de pelo, tez y ojos oscuros.
—Al Stella Sequor se le ha llamado también aliento de Malakbel o escama del leviatán —comenzó—. Se trata de un objeto mágico con inteligencia propia que solo eran capaces de crear magos o brujas de un grado de magia superior a cuanto podamos imaginar hoy. Se habla de ellos en muchos manuscritos antiguos y en algunos códices de magia medievales, pero los únicos que se habían encontrado, aparte de la moneda previamente mencionada, fueron uno en el valle del Eúfrates y otro en la isla Pascua, que ahora mismo permanecen aislados y protegidos por altas medidas de seguridad mágica porque su magia es completamente impredecible y obedece únicamente al propósito con el que fueron creados, fuere cual fuere —Javier cogió aire—. Si son peligrosas es precisamente porque ese propósito es desconocido.
—Me estoy poniendo de los nervios —dijo Leyre—. ¿Qué tiene que ver todo esto con los chicos?
Su esposo le puso una mano sobre el hombro para apaciguarla.
—Voy a llegar en algún momento —le aseguró Javier Pizarro—. ¿Por dónde iba?
—Por el propósito desconocido —señaló Teresa Saavedra, tan seria que hasta su marido quedó perplejo.
—Eh, bien, sí. Gracias. Pues el leviatán, es decir, el creador de la escama, confería a su escama un propósito mediante una palabra secreta, que solo él podría leer —prosiguió el señor Pizarro—. El leviatán podía incluso partir la escapa en tantos fragmentos como quisiera y enviarlos a cumplir la misión adjudicada en varios frentes. Claro que, cuanto mayor fuera el fragmento, mayor era el poder que poseía. Digamos que una escama completa sería capaz de casi cualquier cosa —avisó Javier—. Ahora bien, una escama era hasta cierto punto independiente y el creador tenía que contar con que la escama era libre para cumplir su voluntad como considerara oportuno. Una vez logrado lo que el leviatán necesitaba, podía optar a darle una orden distinta, es decir, gravar una segunda palabra secreta. Por otro lado, aunque era común que la escama se destruyera al morir el leviatán, la escama podía perpetuarse hasta cumplir su cometido si no lo había conseguido cuando el leviatán estaba vivo.
—Lo que intenta decirnos —probó el señor Sáinz— es que la moneda de las niñas tenía un propósito no resuelto y que si ha llevado a los chicos es precisamente para llevar a cabo lo que fue creada para hacer.
Javier Pizarro asintió.
—Eso es una completa locura —replicó Leyre Aguirre—. Si se hubiera encontrado un objeto de esas características,...
—En 1983 —añadió Cecilia.
—...lo tendrían bajo vigilancia y protegido como el de la isla de Pascua —terminó Leyre.
—Y ahí es donde yo quería llegar —zanjó Cecilia—. La moneda fue «sustraída» en 1985, según los archivos del Departamento de Misterios y no consta en ninguna parte que nadie la devolviera a las cámaras de seguridad ni tampoco que se haya buscado. Es más, la Ministra Pinto no estaba al tanto de su misteriosa desaparición ni de las posibles consecuencias —señaló Cecilia con contundencia—. Eso sí, en cuanto la escama se manifiesta, el señor Comandante en Jefe e Incompetente Supremo se presenta aquí, confirma que todo es obra del objeto que había decidido olvidar y, en vez de informar y asumir responsabilidades, lo cubre todo y da a los chicos por perdidos.
—¿Y no lo están? Perdidos, quiero decir —preguntó Gloria, con voz temblorosa—. Porque imagino que si están en alguna parte será con el leviatán ese...
Cecilia asintió y, por un momento, su voz perdió fuerza:
—Todo parece indicar que es así, efectivamente.
—¿Pero por qué ellos precisamente? —dijo Teresa, de pronto—. Otros han visto la moneda antes y no les ha pasado nada, ¿no?
—Yo me he hecho esa misma pregunta, pero no me lo explico tampoco —contestó Cecilia.
—Las cartas sobre la mesa —dijo el Javier Saínz—. ¿Dónde están los chicos entonces?
—No, dónde, señor Saínz —lo corrigió Javier Pizarro—, sino cuándo. La moneda tiene alrededor de 800 años.
Pilar, desde la ventana, se llevó la mano a la boca, para ahogar un grito.
1212 Montes de Toledo
Guillermo había tardado algo en acostumbrarse a la presencia de Abdel al-Fath, pero terminó por aceptarlo cuando le llegó el tuno de probar el conejo y pudo saciar su hambre de lobo gracias al brujo de la capa mostaza. Eso sí, desde su llegada, no había dejado de echarle miradas furibundas a Marley y había llegado a susurrarle a Charo al oído «si no lo degüello es porque no veo dónde termina el cuerpo y empieza la cabeza». Por su parte, el puffskein parecía haberse dormido ya sobre el pelo oscuro de Abdel, al que había parecido tomar mucho cariño en poco tiempo. El guerrero les había aconsejado imitar a la criatura y descansar.
—Yo haré guardia —propuso Abdel.
—Casi prefiero quedarme yo —repuso Guillermo—. No tengo mucho sueño ahora mismo.
Abdel se encogió de hombros.
—Como quieras. Cuando quieras o necesites relevo, despiértanos a mí o a Jimena.
Guillermo miró a Charo con mucha guasa, pero decidió aguantarse la risa por el momento y seguirle el juego a la Señora de Rojas. Para su sorpresa, no tuvo que esperar mucho.
—Se ha quedado frito, visto y no visto —se asombró Charo, mientras apoyaba la cabeza en una almohada que hacía cinco minutos no era más que un tronco de árbol seco. A Guille se le daban bien las Transfiguraciones, como a su amiga Pilar. A propósito, a saber que estaría haciendo Pilar...
Entretanto, Guille, sentado a su lado, miraba con recelo al musulmán, preguntándose si verdaderamente estaría o no dormido. Por si acaso, procuró hablar bajito.
—¿Estás segura de que es de fiar? —dijo él señalándole con la cabeza.
Ella asintió.
—Totalmente.
—Bueno, si lo dice Jimena de Rojas, será verdad.
Ella levantó la nariz todo lo que pudo, muy digna, aunque estaba ya tumbada en el suelo, sobre la capa que Abdel había conseguido finalmente bajar del pino hacía ya un rato.
—Dijo que parecía una princesa cristiana. Solo me busqué un nombre a la altura de sus expectativas.
Guille sonrió para sí, muy divertido.
—Conque princesa cristiana.
—No lo digo yo, sino Abdel. Conste. —Charo se llevó la mano la boca, recatada, antes de bostezar—. Y no te olvides de que tú eres Guillermo de Vivar.
Lozano era, definitivamente, muy graciosa.
—Bueno, poco más y le dices que soy conde de Carrión. Imagino que, con esos nombres, se cantarán gestas sobre nosotros muy pronto. ¿Y tu apellido de dónde lo has sacado?
—De Fernando de Rojas, el autor de la Celestina —confesó ella en voz queda, agotada después de tantas emociones.
—Anda, Melibea, cierra los ojos y duérmete, que te caes de sueño.
—No me... bueno, un poco.
Guillermo sonrió por última vez antes de que Charo cerrase los párpados. Poco a poco, a él también le entraron ganas de recostarse y dormir, pero prefirió aguantar por lo menos una hora antes de despertar a Abdel. Si bien los había ayudado desde el momento en que el hombre de la perilla había intentado aprovecharse de Charo, solo lo había hecho entonces. De acuerdo, tenía que obrar con astucia para desembarazarse del resto y salir indemne, pero Guille lo había pasado muy mal dentro de la jaula y todavía le guardaba rencor por ello.
Estuvo a punto de sucumbir al sueño en varias ocasiones, pero mantuvo el tipo durante dos horas y media. Iba a acercarse a Abdel cuando le pareció escuchar gritos a lo lejos y decidió aventurarse entre los árboles para investigar, no fuera a ser que los guerreros almohades les hubieran seguido la pista con la misma facilidad que Abdel. Cabía la posibilidad de el mismo Abdel les hubiese llevado hasta allí
Guillermo fue sigiloso al aproximarse a un claro de donde procedían las voces. Casi lo atropella un caballo pardo que pasó a escasos centímetros de su frente. El jinete, según pudo observar Guille, iba malherido porque se llevaba una mano al costado y, al parecer, parecía costarle mantenerse sobre la montura. El claro estaba lleno de luz y para sorpresa de Guille, procedía de los extremos de varias varitas. Era un grupo de brujos el que perseguía al hombre del caballo, que, de pronto, cayó de golpe sobre la hierba y gimió de dolor; el caballo huyó despavorido.
Guille se estremeció al escuchar conjurar a uno de los brujo la maldición asesina, que falló el tiro porque el herido la esquivó de puro milagro, rondado sobre sí mismo en el suelo. Algo hizo click en la cabeza del joven mago. Más adelante, explicaría que, fuera quien fuera aquel hombre, Guillermo no podría haberse quedado de brazos cruzados a la espera de que lo mataran, pero fue algo más que eso lo que le llevó a aquel acto de temeridad extrema. Tuvo una corazonada, una intuición súbita y actuó.
Primero, apuntó al jinete, desde su posición, bien escondido entre las sombras, y susurró:
—Protego totallum.
De pronto, alrededor del herido, se creo una burbuja escudo que lo hizo desvanecerse a los ojos de sus perseguidores. No perdió un segundo, Guille atacó a uno de los brujos con un maleficio aturdidor, pero reveló su posición y los otros dos que quedaban en pie lanzaron sendas maldiciones sobre él de las que se libró por los pelos. Quedaron cara a cara y Guillermo no dudó un instante y se lanzó a por ellos con determinación en la mirada, no en vano era miembro de la Federación de Duelo de España y Portugal. Claro que nunca antes había tenido que enfrentarse a asesinos de verdad. Con la mano libre en alto, esgrimía la varita como si se tratara casi de una espada y se defendía de los maleficios enemigos sin vacilar. Uno tras otro. De vez en cuando, huía de las maldiciones y entre unos ataque y otros, avanzaba terreno, atacando de forma feroz y contundente, tal y como su abuelo Lope le había enseñando. Se movía en círculos alrededor de sus oponentes y cuando consiguió noquear a uno de ellos y quedó frente a frente con un solo adversario, lo desarmó con un último expelliarmus y el rival salió disparado hacia atrás hasta chocar contra el tronco de un árbol y perder el conocimiento.
En ese momento, Guille se daba la vuelta, y un hombre le atacaba con una cimitarra justo a su espalda. Guille se lanzó al suelo para evitar el filo del cuchillo, que le pasó rozando y sintió miedo. Rodó por la hierba porque, desprovisto de arma blanca alguna, necesitaba ganar espacio para poder defenderse con la varita.
—Bombarda Maxima—gritó y distrajo con las explosiones y el humo al cuarto guerrero salido de la nada y, al parecer, muggle. Le dio tiempo a alejarse lo suficiente como para derrotarlo con un hechizo confundus y otro aturdidor.
Guille corrió entonces hacia la burbuja protectora, cuyos bordes empezaban a desdibujarse para dejar a la vista al hombre herido. Se lanzó a por él y, puesto que no había tiempo que perder, porque otros podían aparecer en ayuda de los que había vencido, se echó al hombre al hombro y se desapareció allí mismo. Reapareció en el campamento seguro y, por si acaso, añadió un Salvio Hexia de más.
En ese momento, Abdel abrió los ojos de golpe.
—¿Qué...? ¿Quién es ese?
Guille le contó brevemente lo que acababa de suceder y Abdel se apresuró a mirar la herida del desconocido, que había corrido la misma suerte que sus atacantes y estaba inconsciente.
—Ha perdido mucha sangre —balbuceó Abdel—. Le han disparado una flecha. Mira, Tiene la punta todavía dentro.
—Tenemos que sacársela y vendarle el torso, creo —murmuró Guillermo, algo inseguro. Se suponía que estaba estudiando Sanación, pero ni siquiera había empezado prácticas todavía. Además, él tenía pensando dedicarse a la investigación...
—Yo no voy a saber quitarle eso —negó Abdel.
—Genial —Guillermo no disimuló la ironía. Se colocó delante de la herida del extraño, con la varita en la mano, pero acabó por preguntar al guerreo almohade por otra herramienta diferente—. ¿Tienes un cuchillo o algo afilado?
Abdel asintió y Guille intentó hacer memoria de un buen hechizo desinfectante mientras el brujo buscaba en su bolsa el cuchillo con el que había despellejado a los conejos antes de asarlos... Media hora después, Guille terminaba de vendar al extraño mientras Abdel le tocaba la frente.
—No tiene fiebre.
—Ya es raro.
—Se repondrá.
Guillermo suspiró.
—Eso espero. ¿Haces guardia tú a partir de ahora?
Abdel se encogió de hombros en señal de conformidad y los rencores y sospechas de Guillermo habían quedado relegados al olvido para entonces, así que se dejó caer junto a Charo, exhausto. El contacto con la almohada le pareció el placer los placeres.
Charo dormía profunda y dulcemente, acurrucada sobre la túnica y con sus pestañas doradas bien juntas; no se había enterado de nada. Guille sonrió al mirarla durante unos minutos, le apartó un rizo rubio de la frente y pensó que, dormida, sí que parecía una princesa cristiana.
