PARTE VII

1212

Ciudad de Toledo

Doña Beatriz de Lara desanudaba los cordeles cruzados del pellote de Haizea mientras cacareaba una risa en respuesta a la mirada de cautela que dedicaba Isabel a las viandas que habían traído los criados de verdad, ya depositadas en una mesilla redonda de plata, en el centro la alcoba. Habían fruta y pan moreno. También carne «de corral», según había explicado Beatriz, lo que probablemente sería gallina, y algo de verdura; para acompañar, una bebida de color ocre servida en copas. Isabel, con aire dubitativo y sin hacer caso de las carcajadas de la anfitriona, terminó por escoger una manzana especiada a la que pegó un mordisquito recatado. Naturalmente, nadie en aquella majestuosa casa toledana tenía el título de manipulador de alimentos, pero saberlo no le quitaba el apetito. Al fin y al cabo, llevaba más de cuatro horas sin probar bocado, por lo menos.

—¿Quizás te guste el Ypocrás, Haizea? —preguntó Beatriz con tono desenfadado.

—¿Ypocrás? —susurró la interpelada, algo intimidada.

—Es vino con miel y especias y algo me dice que tienes buen paladar para el vino. ¿Me equivoco?

Haizea, criada entre viñas, se encogió de hombros y un escalofrío le recorrió la espalda.

Doña Beatriz no solo las había llamado por su nombre antes de presentarse, sino que, además, no les había formulado ninguna pregunta todavía. Y ese último dardo parecía destinado a hacerles saber que ya tenía todas las respuestas. El cómo y el por qué se le escapaba, pero a decir verdad, tampoco les había dado motivos para desconfiar de ella, sino todo lo contrario: se había deshecho en atenciones para con ellas desde que las había recogido de la calle. Quizás era una bruja a la que le gustaba hacerse valer del suspense.

Una vez libre de los trajes de las criadas (y las propias), Haizea agradeció la prenda para dormir que le tendía Beatriz y se sonrojó un poco. No acostumbraba a deambular en ropa interior más que en presencia de su madre, como para encima haberse dejado desnudar por una extraña. Sin embargo, doña Beatriz no había dado muestras de pudor todavía e Isabel, por su parte, había preferido volcar toda su atención en la comida, quizás para respetar también la intimidad de su compañera de infortunios. Haize estaba dispuesta a devolverle el favor cuando se lanzó a por el pan oscuro. Para cuando tanto una como otra se hubieron puesto sendos camisones, Beatriz había hecho aparecer dos camas en el dormitorio con un golpe de vara.

Isabel estudió a la dama con los ojos entornados. Después de presentarse y e invitarlas a hospedarse con ella, las había instado a guardar silencio a partir del momento en que se aparecieron juntas en el patio trasero y en su marcha por las distintas instancias de la casa de piedra. Sin embargo, desde que echara los hechizos protectores entorno al dormitorio y cerrara las cortinas, Beatriz parecía más que dispuesta a charlar.

—Sentíos como en casa... Bueno, habéis de saber que estáis en 1212... —les había comenzado a explicar Beatriz, sin necesidad de interrogatorio, y se había detenido para medir el impacto de sus palabras mientras les ofrecía una palangana con agua para lavarse un poco. Babe se lavó la cara más para despejarse que por higiene—. Los reinos cristianos del norte nos estamos congregando en Toledo para la batalla. ¿Sabéis qué batalla?

Babe asintió afirmativamente, algo pálida, y Haizea sacudió la cabeza negativamente al mismo tiempo. Beatriz había sonreído.

—Quizás será mejor que os desvistáis y os pongáis cómodas primero... ¿Tenéis hambre? Pediré algo de comer. Vosotras no salgáis de aquí en ningún caso, ¿entendido? Los navarros os estarán buscando. —Beatriz sonrió para sí—. Creen que sois espías y ya han dado vuestra descripción por ahí.

Contrariamente a lo que habría deseado, esa última información no las hizo sentirse mucho mejor.

Beatriz estuvo ausente un breve lapso, con lo que las dos adolescentes no tuvieron tiempo suficiente para intercambiar muchas impresiones. Poco después, su anfitriona les contaba, guasona y animadamente, que ambas habían logrado sembrar el caos entre las huestes del rey de Navarra. Solo se había interrumpido en el momento que entraron los criados. Y daba la impresión de que con la charla y el trato confiado intentaba quitarles el miedo y ayudarlas a sentirse bien acogidas, pero tanto Isabel como Haizea tenían el corazón encogido. Ni tan siquiera la historia de la bandeja consiguió arrancarles una sonrisa...

Ya era hora de obtener respuestas.

—No creas que te agradecemos todo esto... Las camas, la comida y todo, pero... ¿Por qué nos has traído aquí? —preguntó Babe por fin, muy seria—. ¿Quién eres?

Beatriz se desplomó sobre una silla, al parecer, cansada. Quedó en silencio durante unos segundos y a Haizea le dio la impresión de que intentaba encontrar las palabras adecuadas. Tal vez, agotadas las anécdotas, ahora que estaban cambiadas y cómodas, se hubiera quedado sin saber qué decir. Por primera vez, fueron las dos conscientes de lo joven que era Beatriz. Quizás la saya elegante, el manto y el velo lo disimulaban, pero probablemente no tuviera más de veinticinco años.

—Como ya os he contado, me llamo Beatriz, de la casa de Lara —empezó de pronto—. Mi familia sirve al rey de Castilla, Alfoso VIII. Y yo soy la primera bruja de la familia en generaciones y generaciones... Siento mucho... Bueno, sé que esto resulta un poco forzado. Os he traído a mi casa sin explicaros mucho... Pero necesito vuestra ayuda.

De todo cuanto Beatriz hubiera podido decir, quizás eso era lo último que ellas esperaban escuchar.

—¿Nuestra ayuda? —repitió Haizea, perpleja.

—Veréis, mañana habrá una reunión de hechiceros muy importante. Una reunión —Beatriz puso los ojos en blanco— a la que no he sido invitada. —Babe frunció el ceño, sin comprender del todo. Le daba la sensación de que su interlocutora se iba por las ramas—. Pero yo tengo que estar allí —añadió Beatriz—. Si no estoy allí, podría... —hizo una pausa y se mordió el labio, como si hubiera estado a punto de decir algo que no debía decir—... haber consecuencias negativas.

—¿Y cómo lo sabes? —cuestionó Haizea, no sin cierta curiosidad.

Beatriz sonrió y golpeó dos veces su cachete izquierdo, bajo la cuenca del ojo:

—Porque lo he visto.

Babe pegó un respingo.

—¿Eres vidente?

Beatriz asintió con la cabeza.

—Por eso sabes nuestros nombres.

—Y que a ella le gusta el Ypocrás. En serio, querida, deberías probarlo —insistió Beatriz mirando a Haizea, que le echó un vistazo a la copa del licor ocre con escepticismo.

—Pero sabes entonces de dónde venimos, ¿no? —inquirió Babe.

—No. Y no me lo digáis. Si no lo veo, por algo será —explicó Beatriz—. Claro que tengo mis sospechas porque hay cierto punto en que mi visión se nubla, pero lo que sí puedo decir sin temor a equivocarme es que vuestro futuro es incierto. Puede que incluso se decida mientras estáis aquí. Es más, puede que, por eso, estéis aquí.

—Insinúas entonces que hay una razón para que estemos aquí —hiló Babe y Beatriz sonrió de medio lado...

—Y otra razón para que fuera precisamente mi escoba la que utilizarais para escapar del alcázar. No creo en las casualidades.

—Pero eso es absurdo.

—¿Lo es?

—Un momento, un momento —las detuvo Haizea, ceñuda—. Has dicho que nuestro futuro es incierto. Entonces, ¿no sabes si volveremos a casa?

—Me temo que no, no lo sé.

—Pero sabes que podemos ayudarte —apuntó Babe.

—¡Eso es! —Beatriz parecía radiante—. Porque lo mismo que os ha traído hasta aquí es lo que os llevará hasta la reunión, porque es exactamente esa magia la que ha convocado a los magos y brujas al encuentro en que se decidirá lo que será de nosotros en adelante.

—¿Nosotros quiénes? —preguntó Haizea.

—Nosotros, los brujos, naturalmente.

—¿Y qué nos ha traído hasta aquí? —Babe clavó sus ojos en los de Beatriz y Haizea sabía perfectamente por dónde iban los tiros de aquella pregunta aparentemente definitiva. Ya habían hablado que todo hechizo tenía su contrahechizo. De saber qué hechizo las había atrapado en el siglo XIII, estarían más cerca de encontrar la manera de regresar a casa.

—La magia del Stella sequor —contestó Beatriz.

—¿El qué? —preguntaron Haizea y Babe a la vez.

1212, al día siguiente

Judería de Toledo

—Mencía, despierta. Vamos...

Marcos sacudía los hombros de su amiga varias veces, algo agobiado. Mencía abrió los ojos lentamente y profirió un quejido débil del que él no hizo caso, tan alterado como estaba. Las primeras luces del amanecer habían despertado al pequeño de los Aguirre. Debían de ser las seis y media de la mañana aproximadamente.

—Han echado la llave, Mencía, han echado la llave y han hechizado la puerta. No consigo abrirla. Los alohomora no funcionan y acabo de escuchar un portazo. ¡Samuel se ha ido, seguro! —murmuraba, alterado, yendo de un lado de la habitación para otro.

Mencía se desperezó un poco sin tomar plena consciencia todavía del significado de las palabras de Marcos. Después de incorporarse y echar un vistazo rápido alrededor, se acordó de dónde estaba y le invadió la tristeza, pero tuvo que sobreponerse rápidamente cuando un Marcos despeinado volvió a llamarle la atención:

—Tenemos que salir de aquí. Samuel va a ir a ver al leviatán ese, ¿te acuerdas?

Sí. Se acordaba. El leviatán: su única esperanza de volver a casa.

—¿Y no se puede abrir la puerta? —preguntó a media voz.

Marcos negó con la cabeza, cariacontecido. Mencía tomó aire, cerró los ojos, los apretó fuerte y soltó todo el aire. Abrió un ojo y preguntó:

—¿Y la ventana?

—¡La ventana! —exclamó Marcos, súbitamente aliviado y se lanzó por el ventanuco estrecho cuya puertecilla de madera había permanecido abierta durante la noche... El corazón le latía a toda velocidad cuando asomó la cabeza y calculó una distancia al suelo de unos tres metros y medio. Se apartó y apuntó la ventana con la varita, que llevaba asida con fuerza a la mano derecha—. Engorgio.

—¿Está muy alto? —Mencía se levantó de un salto y se calzó los pies todo lo deprisa que pudo.

—No mucho —desdeñó él mientras se quitaba el colgante del cuello—. Pero un poco sí.

Minutos después, los dos amigos salían volando en su tabla de planchar, haciendo algunas maniobras de más para aterrizar con cuidado porque la callejuela a la que daba a parar la habitación era muy estrecha. Una vez en el suelo, Marcos volvió a empequeñecer la tabla y colgarla de la cadena para escondérsela debajo de la túnica. Probablemente desde el aire habría sido más fácil interceptar a Samuel deslizándose entre las calles de la judería, pero también habrían llamado la atención. Y no era recomendable volar en tablas de planchar en el siglo XIII. Después de todo, era una idea moderna hasta para el XXI.

—¿Y ahora qué? —susurró Mencía.

En ese preciso instante, le pareció escuchar un ruido a su izquierda, una especie de maullido, y, guiada por una corazonada, se dio la vuelta en esa dirección.

—¿Qué pasa? —preguntó Marcos.

—Por aquí.

Mencía echó a correr hacia donde había escuchado el ruido y al llegar al final de la calle, seguida de Marcos, tomó la una calle a la derecha. Al final de una calle principal, lo vieron doblar una esquina. El gato al que había pisado la cola se encaramaba al alfeizar de una ventana. Marcos y Mencía siguieron a Samuel por el empedrado. Mencía le cortó un poco el paso a su compañero.

—No puede saber que vamos tras su pista, así que no corras demasiado.

—De acuerdo.

Se pegaron contra la pared antes de asomar la cabeza por la esquina en la que lo habían visto desaparecer. Samuel tomaba otra calle a la izquierda, ellos se lanzaron tras él. Lo siguieron por un entramado de callejuelas que empezaban despertar poco a poco y a llenarse de vida. Los comerciantes empezaban a salir a las calles a abrir sus puestos y las mujeres vertían barreños por las ventanas; los niños salían a la calle y una cantidad ingente de hombres armados empezaban a caminar de aquí para allá sobre el empedrado. A Mencía y Marcos se les empezó a complicar seguir al mago judío, porque cada vez había más obstáculos que se interponían entre ellos. Llegó un momento, en que, además, dejaron de prestar atención al camino que tomaban. Algo les decía que poco importaba que no pudieran reconocer el camino de vuelta a la casa de los parientes de Débora porque ninguno deseaba tener que regresar jamás. Solo había una vía, la vía del leviatán.

Vieron a Samuel subir una escalinata estrecha escalera que se perdía tras unas casas altas. En cuanto dejaron de verlo, retomaron el camino, procurando mantener el sigilo y el silencio. Ninguno de los dos recordaba haber espiado a nadie de ese modo, pero a la vez tenían la apremiante sensación de que su futuro dependía de ello y quizás ese último instinto de supervivencia confería de cierta naturalidad a aquella persecución por las calles de Toledo.

—Mencía...

—Shhhhh. —Mencía se colocó el dedo sobre los labios y le irritó comprobar que a los labios de Marcos afloraba una sonrisilla petulante sin venir a cuento.

—Estoy hablando bajito —farfulló él en un suspiro apenas audible.

—Bueno, dime...

—¿Qué tal tu oído?

—Mi oído...

Mencía se frenó en seco. Se había olvidado por completo de la cura de Débora. Y es que por eso precisamente sonreía Marcos: porque Mencía lo había oído. Lo había oído todo. Hasta la queja apagada de aquel bendito felino. Mencía se llevó las manos a la boca para ahogar un grito de emoción y se le formó un nudo en la garganta. Marcos le dio una palmadita en el hombro y le instó con la cabeza a no detenerse. Al subir la escalera de piedra, dieron con un descansillo frente al cual se abrían tres caminos diferentes. No había rastro de Samuel por ninguna parte.

—¡Mierda! —exclamó Marcos, dando una patada al suelo.

—No me lo puedo creer —murmuró Mencía—. Genial. Sencillamente genial. ¿Y cómo encontramos al leviatán ese ahora?

—Ni idea —contestó él, abatido.

Mencía se apoyó sobre una pared y se echó las manos a la cabeza.

—Mencía...

Ella levantó la vista y Marcos la vio realmente cabreada.

—¿Sabes qué, Marcos? ¿Sabes lo que te digo? ¡Que me cago en ese judío hijo de...!

—¡Chitón! —escucharon a una tercera voz hacerse oír a tan solo unos pasos de ellos y tanto Marcos como ella dieron un brinco y buscaron aquella voz familiar con la cabeza—. ¡Pero cómo hablas así, alma de cántaro!

Delante de ellas, se erguían tres figuras encapuchadas; dos de ellas se destaparon casi simultáneamente y a Mencía se le anegaron los ojos en lágrimas. Ni más ni menos que dos jovencitas con los cabellos ocultos tras velos blancos sujetos por diademas plateadas.

—¡Babe! —exclamó y se echó a los brazos de su hermana sin dudarlo.

Marcos sonrió de oreja a oreja cuando su prima Haizea le guiñó un ojo y dijo:

—¿Y tú te vas a quedar ahí plantao como un pasmarote, primo?

1212, horas antes

Casa de Lara

A diferencia de Haizea, Isabel tenía enorme dificultades para conciliar el sueño. No paraba de darle vueltas a todo lo que había oído decir a Beatriz aquella noche. Ella misma no paraba de dar vueltas en la cama. Barajaba unas ideas primero; luego, otras. Puede que la que más le perturbara de todas ellas fuera la del sentido del viaje, una voluntad más allá de toda lógica detrás de todas las desgracias sucedidas desde que habían desaparecido en el Campamento hasta el momento en que se habían acostado. Beatriz confería una especial importancia al devenir de los acontecimientos, a la forma en la que los hechos se habían entrelazado, al cómo habían acabado en un encuentro aparentemente fortuito entre una dama castellana excluida de una reunión a la que ardía en deseos de acudir y dos personas llamadas a presentarse en el corro de los brujos «por arte de magia». Ya que, aunque Haize y Babe habían negado por activa o por pasiva haber visto siquiera lo que su benefactora había llamado Stella Sequor, ella les había asegurado que era su poder lo que las había traído hasta allí y que permanecían ligadas a él, de manera que su magia sería capaz de atraerlas para volverlas a poner el camino correcto. «Los desvíos tienen sus propios propósitos», había añadido Beatriz enigmáticamente y Babe había tenido ganas de tirarle un almohadón a la cara.

Haize, en cambio, parecía bastante más tranquila que ella después de escuchar los delirios de de Lara. Para ella, la solución quedaba en el enclave de magos que presuntamente iban a encontrar por obra y gracia del quién-sabe-qué fuerza misteriosa. Ahora bien, le había parecido a Isabel que Haize no se desentendía de encontrar a los magos más que por atracción ineludible, sino que, a efectos prácticos, prefería pensar en que el famoso creador de artefacto que supuestamente las había llevado al siglo XIII existía y estaba capacitado para mandarlas de vuelta. Tanto le daba el concilio de los brujos, si sabía de alguien con la magia y la sabiduría necesarias para brindarles ayuda. Donde fuera, si existía, era encontrable. Y para el modo de buscarlo, mañana sería otro día... Así dormía tan a gusto en su cama.

Isabel se sentía, en cambio, muy escéptica en todo lo tocante a magias de las que nunca había oído hablar. Quizás porque también estaba descolocada, lejos de casa y necesitada de construir una defensa, muros de desconfianza para no llevarse decepciones como la de la Casa de las Tradiciones. Además, si bien habían querido encontrar magos en primera instancia, habían ido a toparse con una bruja que, en vez de proponerles vías de acción para regresar a su tiempo, les había pedido ayuda a ellas. Tal y como lo veía Babe, todo pintaba cada vez más negro. Se le cerraron los párpados en ese último pensamiento... el de dar palos de ciego en la oscuridad.

«Babe».

Todo a su alrededor era luz. Una luz blanca e intensa.

«¿Mamá?»

«Sí, cariño, soy yo»

La voz de su madre, cargada de emoción, resonó entre cuatro paredes blancas como un eco, cada vez más cercano, pero Isabel no alcanzaba a verla.

«Mamá, ¿dónde estás?».

De pronto, apareció en el centro de la sala, erguida delante de ella. Llevaba una especie de bata de luz blanca e Isabel se sorprendió al darse cuenta de que ella vestía de la misma manera. La misma cámara blanca empezaba a cobrar forma, e incluso llenarse de mobiliario y colores pasteles. Creyó reconocer el sitio por un momento, pero en ese momento le dio igual. Corrió hacia su madre, casi desesperada por alcanzarla, pero la atravesó cuando intentaron fundirse en un abrazo. Se dio la vuelta y vio a Cecilia triste y grave.

«No estamos en el mismo lugar físico, cariño».

Babe sintió cierta desazón al darse cuenta de que, en realidad, seguiría sobre el colchón de plumas de la cada de los Lara en Toledo, que aquello no sería más que un sueño... Isabel se atrevió a preguntar en un hilo de voz:

«¿Pero eres real?»

Ceci asintió.

«Sí, lo soy, pero escucha, no tenemos mucho tiempo. Necesito saber en qué año estás exactamente».

«1212, antes de lo de las Navas de Tolosa... ¿Vas a venir a rescatarnos?»

«Escucha, Babe, hay otro modo para comunicarnos, más allá de los sueños.»

Isabel parpadeó, decepcionada. Su madre no había contestado a la pregunta.

«Tienes que encantar un cuadro, Isabel».

Babe frunció el ceño, confundida. Puede que todo aquello no fuera más que un sueño absurdo.

«¿Un cuadro?»

«Sí, pero no puedo explicártelo ahora. Repite conmigo la fórmula del encantamiento...»

Isabel asintió, muy seria. Sin embargo, cuando su madre iba por la mitad del ensalmo, sintió una especie de fuerza que tiraba de ella hacia atrás. Babe intentó ignorarla y centrarse en repetir las palabras de su madre. Ceci se detuvo, alarmada.

«Te estás despertando».

«¡No! Sigue.»

Esta vez fue Ceci la que se apresuró para decir más rápido lo que Babe trataba de memorizar a fuerza de lágrimas, con todos sus esfuerzos concentrados en permanecer en el mundo onírico en que se encontraba su madre, Babe lloraba y apretaba los puños. Empezaba a sentir un intenso dolor en las sienes y le daba la impresión de que algo quisiera perforarle la cabeza. Babe se desplomó de rodillas en el suelo cuando terminó de recitar el encantamiento.

«Adiós, mamá».

Isabel despertó sobresaltada y todavía con lágrimas en los ojos. Respiraba agitada y entrecortadamente cuando apartó la manta a un lado y salió de la cama para andar a tientas hasta encontrar su varita escondida entre su ropa, sobre una silla. Las cortinas seguían corridas y no había luz en la habitación.

—Lumos —susurró y apuntó al suelo con la varita.

—Creo que nos hemos despertado a la vez —susurró Haizea de repente. Tenía los ojos marrones abiertos de par en par, pero a diferencia de Isabel no se había movido de la cama. Ni siquiera la miraba a ella, sino al techo, meditabunda—. Beatriz duerme como un ceporro, pero a mí me ha despertado algo. ¿A ti?

Isabel no se había detenido a pensarlo porque estaba asustada y removida por dentro. Quiso contestar que sí, que algo la había arrancado injustamente de su sueño, pero le salieron otras palabras de la boca, como si necesitara escucharlas para confirmar que todo había sido real.

—He visto a mi madre.

—¿A tu madre?

—En San Mateo —Isabel asintió y miró alrededor—. Maldita sea, aquí no hay ningún cuadro.

—¿Un cuadro? ¿Cómo un cuadro?

—Como una pintura.

—Ah, un cuadro... ¿Pero por qué estás buscando un cuadro?

Haizea se incorporó lentamente con cara de extrañeza.

—No lo sé. Mi madre me ha pedido que hechice un cuadro.

—Entonces, ¿has visto a tu madre de verdad?

—Sí. Quiere comunicarse con nosotras. Me ha contactado en un sueño.

—¿Y estabais en San Mateo?

—Sí, en una habitación.

—Qué raro... ¿Y si solo ha sido un sueño?

—¿Y si no lo ha sido?

Haizea se humedeció un labio y miró a Beatriz de soslayo. La bruja dormía plácidamente abrazada a su almohada. Se le había caído el gorro de dormir al suelo y su mata de rizos rubios estaban desperdigados sobre el colchón.

—Hay una estampilla enmarcada de la Virgen y el niño en un mueble de la sala por la que entramos—recordó Haizea—. El marco era dorado.

Babe pestañeó perpleja. Haizea se encogió de hombros.

—Mi madre dice que soy muy observadora.

—¡Y tanto!

—Isabel, baja tú y yo me quedo aquí a asegurarme de que Bea no te pisa los talones.

—Pero...

—¡Vamos!

Isabel dudó por un momento; después, sonrió.

—Gracias.

Acto seguido, se aproximó de puntillas a la puerta y la abrió con mucho cuidado de no hacer ruido antes de desaparecer al otro lado y dejar a Haizea completamente sola con sus pensamientos.

Babe iluminó el camino con su varita y encontró rápidamente las escaleras sin barandilla que conducían al piso inferior de la casa. Procuró no producir el menor sonido so pena de que algún criado o cualquier habitante de la casa pudiera oírla. Por lo poco que Beatriz les había contado sobre sí misma, sabían que no vivía sola, sino que había bajado desde el norte con sus hermanos varones, que pensaban combatir junto a Alfonso VIII en la batalla. Al acordarse que estaban a las puertas del conflicto, bajando los escalones, se pregunto si acabarían realmente viviéndolo también. Era una posibilidad que hasta ahora no se había permitido considerar. Sin embargo, durante los fugaces instantes transcurridos con su madre le había dado la impresión de que ni siquiera Cecilia Pizarro sabía cómo ir a buscarlas y, probablemente, ningún adulto del presente pudiera, por tanto, viajar hasta el pasado a por ellas. ¿Qué cabía esperar, por otro lado, de los adultos magos del siglo en que estaban? Desde luego, no mucho de Beatriz. Y, en cierta manera, eso había hecho trizas todos sus planes: desde el principio, su línea de acción había consistido en escapar y pedir socorro. No obstante, conforme pasaban las horas en julio de 1212, más consciente era de que serían ellas las encargadas de velar por su propia seguridad. De que estaban solas.

En el recibidor, buscó la puerta por la que habían entrado, semioculta al fondo, junto a las escaleras. Abrió una puerta algo rechinante con los dientes apretados.

Dio a parar a un saloncito pequeño, precisamente al que habían entrado desde el patio y miró en rededor. El suelo era de piedra, tal y como lo eran las paredes y el escaso mobiliario era de madera oscura. Saltaba a la vista que la casa era más un lugar de paso o de vacaciones que de vida real porque la decoración también era nimia. Por eso, le costó tan poco encontrar la miniatura medieval a la que se había referido Haizea, de fondo azul sobre el que María sostenía a Jesús en brazos. La técnica pictórica de colores primarios, algo chillones, recordaba más a la acuarela que al óleo, aunque el manto de la Virgen estaba revestido de pan de oro. No había perspectiva, sino que era un dibujo plano y la figura hierática de la Virgen llevaba una saya como la de Beatriz ceñida a la cintura por un fino cinturón, también dorado.

Isabel suspiró y tomó el pequeño marco entre las manos:

Colores respirantes, dibujos soñantes, trazos durmientes —recitó Isabel de memoria—. Respira con vida, sueña con vida y despierta. Vida cobres, vida busques, puerta que siempre existes... Más allá... —Isabel quedó en blanco por un momento—... más allá de todos los límites, puerta que une palabra y pintura, sangre con sangre, voz con voz. Responde si te llamo y venga a mí quien me ha llamado.

Isabel se quedó callada, esperada a que sucediera algo. Se mantuvo en silencio durante casi un minuto y justo cuando estaba a punto de desistir y marcharse, escuchó la voz.

—¿Isabel? Isabel, ¿puedes oírme?

Ella pegó un respingo al darse cuenta de que el que hablaba era el niño Jesús en sus manos. Solo que la voz no era la de un niño pequeño, sino la de un hombre. Isabel se llevó la mano a la boca para ahogar una carcajada.

—¿Tío Javier?

Entretanto, en el piso superior, Haizea permanecía en cama, muy callada, observando de cuando en cuando a la señora de la casa para cerciorarse de que aún dormían. Había colocado unos cojines bajo la manta de Isabel para ganar en tiempo en caso de que Beatriz se despertara, pero no podía dejar de sentirse algo ansiosa. Recordaba perfectamente que Beatriz les había recomendado no salir de la habitación y se podía imaginar que era peligroso que alguien viera a una presunta espía merodeando de madrugada por la propiedad de una respetable familia castellana. ¿Y si uno de los hermanos de Beatriz la encontraba y la apresaba? Bueno, Isabel tenía su varita. No sería tan fácil capturarla en uno contra uno. Con todo, estaba preocupada. Le parecía estar dentro de una especie de juego desconocido del que no conocía las normas.

Beatiz se movió en suelos y Haizea se estremeció.

Haize puso los ojos en blanco. Tenía que controlarse. Miró el techo y comenzó por intentar regular su respiración. Le daba la impresión de que lo estaba haciendo demasiado fuerte. Inspiró lentamente el aire y su tripa se hinchó; después, dejó salir el aire muy despacio y repitió la operación. Poco a poco, fue relajándose y fue entonces, cuando volvió a sentirlo. Un especie de tirón. Haizea cerró los ojos con fuerza... Finalmente, volvió a abrirlos y ya no estaba mirando el techo, sino la ventana.

—¿Qué diablos...? —Ni siquiera le dio tiempo a darse cuenta de que estaba al borde de la cama. Cayó redonda al suelo—. Auh —masculló dolorida.

—¿Qué ha sido eso? —escuchó murmurara a Beatriz. El golpe debía de haberla despertado.

—Nada, nada —se apresuró a contestar Haizea—. Solo me he caído de la cama.

Beatriz se destapó de inmediato y acudió junto a Haizea para ayudarla a levantarse. Cuando se vieron cara a cara, Haiza sonrió para sus adentros. Probablemente ella estuviera tan despeinada como Beatriz. La bruja medieval, por otro lado, se quedó mirándola extrañada, como si hubiera caído en la cuenta de algo.

—¿Sabes, Haizea?

La otra negó con la cabeza.

—Nos parecemos mucho, ¿no te parece?

—Tú tienes los ojos azules —se le ocurrió decir a Haizea— y el pelo rubio.

—Sí, pero las dos tenemos el pelo muy rizado y la piel muy blanca. —Beatriz sacudió la cabeza—. Da igual, no me hagas caso. ¿Cómo es que te has caído? ¿Sueños agitados?

—No —Haizea se levantó y se llevó las manos a la espalda mientras negaba con la cabeza—... Me quedé dormida... es decir, me había desvelado y me quedé dormida otra vez, pero volvió a despertarme algo raro...

—¿Algo raro? —Beatriz arqueó una ceja.

Haizea se encogió de hombros.

—Sí, y me caí.

—Eso debe de ser la Stella Sequor.

«Ya estamos otra vez», pensó Haizea. De todas las brujas que podía haberse encontrado en su viaje a través de la historia, tenían que haber conocido a la más chalada de todas.

—No creo que...

—Te está llamando —afirmó Beatriz, muy segura—. Vamos, vístete. No tenemos tiempo que perder. Seguro que la reunión va a tener lugar pronto...

—Pero...

—Puedes ponerte alguno de mis vestidos. Voy a despertar a Isabel.

—No, pobre. No hace falta. Estaba muy cansada anoche y...

—Ya dormirá más tarde...

Beatriz se acercaba a la cama y Haizea intentó detenerla, pero fue la dama castellana la que se quedó quieta de repente y frunció el ceño.

—Isabel no está aquí.

—¿Cómo que no está aquí? —Haizea pestañeó con inocencia.

Beatriz puso los brazos en jarras y miró a Haizea desafiante. Después, fue directa hacia la cama y apartó las mantas con brusquedad para dar con los cojines que había colocado Haizea allí.

—Si crees que unos cojines van a engañar a mi visión, estás muy equivocada, jovencita.

—Uy.

—Ya. Uy. No me digas que ha salido. ¡Virgen Santísima!

En ese momento, la puerta se abrió de repente e Isabel apareció del otro lado con expresión culpable y las manos en la espalda.

—¿He vuelto?

Beatriz la tomó del brazo y tiró de ella hacia dentro para después cerrar la puerta con cuidado.

—¿Te ha visto alguien? —la interrogó Beatriz ceñuda.

Isabel negó con la cabeza. Beatriz puso los ojos en blanco.

—Bueno, no te pregunto por qué escondes la miniatura de la Virgen detrás de la espalda porque no me importa. Puedes quedártela si tanto te gusta. Ahora, vistámonos y salgamos fuera. Si os habéis despertado tan temprano es por algo. Vamos, vamos, no perdamos tiempo.

Beatriz parecía mucho más preocupada por la llamada del Stella Sequor dichoso que por el hurto y la escapada perpetrados por Isabel, de manera que ni ella ni Haizea rechistaron y, aunque pensaran que aquello no tenía ni pies ni cabeza, se pusieron los fastuosos vestidos que les prestó la dama de Lara, ceñidos al cuerpo y con algo de cola y hasta los velos para ocultar el pelo. Por último, se cubrieron con capas y capuchas y salieron de la alcoba, silenciosas, tras Beatriz, cuya varita alumbraba las estancias de la casa.

En aquella ocasión, accedieron al exterior por la puerta principal y una ver fuer, Beatriz se giró y preguntó:

—¿Por dónde?

Isabel y Haizea se miraron, confundidas. Realmente no tenían ni idea de a dónde ir. La una señaló una dirección y la otra, la opuesta. Beatriz arqueó las cejas.

—Es que no lo sabemos —explicó Isabel—. De verdad que no tenemos...

Se interrumpió cuando escuchó a alguien distinto decir:

—...Genial. Sencillamente genial. ¿Y cómo encontramos al leviatán ese ahora?

—¿Mencía? —susurró Isabel anonadada. Sacudió la cabeza y buscó la procedencia al sonido. Después sonrió y miró a Beatriz de frente, señalando una calle a su derecha—. Es por ahí.