PARTE VIII

Picos de Europa, 11 de julio de 2013

La fonda del cepillo

—Ajá. Eso es, pero no tenemos ni idea de cuándo exactamente… Ahora estamos estudiando la manera de contactar con los chicos; si se te ocurre algo... Gracias. Siento no haberos llamado antes, papá, pero… Vale, vale, no me preocupo... ¿Y Cristina qué tal…? Ya. Bueno. Sí. Claro… Bueno, Beto está un poco afectado. Ha dormido en el sitio de Lutgarda con nosotros esta noche, el pobre. Oye, papá, tengo que dejarte, que he quedado con Jesús Lozano en media hora y sigo en pijama… Gracias, sí. Yo también a ti. Vale. Adiós.

Las agujas del reloj de pared marcaban las ocho y media y Beto dormía profundamente sobre la almohada; daba pena despertarlo. Cecilia suspiró después de colgar y se guardó el móvil en el bolsillo de la bata mientras se pasaba los dedos por el puente de la nariz con la mano libre. Le dolía la cabeza; probablemente, porque no había pegado ojo en toda la noche. A pesar de que Alberto le había dicho que necesitaba descansar, hubiera preferido estar haciendo cualquier cosa antes que permanecer en la cama boca arriba, pensando en la suerte que podían haber corrido sus hijas en la Baja Edad Media, tal vez durmiendo a la intemperie, medio muertas de hambre; sin dinero, sin poder comunicarse… Por otra parte, saltaba a la vista que Alberto tampoco había dormido bien. Ahora que se fijaba, tenía unas ojeras horribles. Sentado al borde de la cama, junto a la ventana, bufó cuando echó un vistazo al exterior y sacudió la cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó Ceci mientras su marido se ponía de pie y echaba mano de un par de pantalones largos, doblados en la maleta abierta en el suelo.

—Hay un chaparrón de padres ahí fuera.

Ceci se acercó y asomó la cabeza por el cristal.

—Madre mía.

Estaba lloviendo y a las puertas del campamento, se aglomeraba una masa susurrante de magos y brujas con cara de pocos amigos; algunos profesores trataban de dialogar con ellos y salía por otro lado el director del campamento en chubasquero color burdeos.

—Se va a armar una buena —murmuró Alberto tras ella mientras se ponía un jersey de lana gruesa sobre el polo de manga corta.

Toledo, 11 de julio de 2013

Casa de las Tradiciones

Javier Pizarro no esperaba menos que la tanda correspondiente de abucheos por parte de los retratos del célebre pasillo de los energúmenos, de manera que prácticamente no les prestó atención (en otras ocasiones, solía amenizarle el trayecto fijarse y tratar de averiguar en quién despertaba simpatía y en quién no). Ahora la situación de sus sobrinas monopolizaba sus pensamientos; le rondaban por la cabeza las caras de los padres con los que había estado hablando la noche anterior, sobre todo las de Cecilia y Alberto. Según su prima, Javier había prestado un gran servicio a todos esos padres al esclarecer el paradero de sus hijos y, además, le había ayudado a ella a dar la noticia. Sin embargo, las noticas no tienen por qué ser siempre buenas. Recordaba con cierta perfectamente cuando desestimó la propuesta de una madre con respecto a una misión de rescate al pasado. Aquello era inviable; si pudieran hacerse semejantes travesías, probablemente él no se dedicaría a la Arqueología Mágica, sino a la exploración histórica.

—Me temo, señora Saavedra, que todo cuanto está en nuestras manos ahora es buscar una forma de comunicación con los chavales para saber en qué situación están y dirigirles desde allí para que encuentren el camino de vuelta —le había espetado Javier—. Porque, de eso estoy seguro, si para ellos hubo un camino de ida a través de las barreras espacio temporales, de haberlo de regreso, será probablemente solo para ellos.

Aquella declaración había asestado un golpe muy duro a los matrimonios congregados en el despacho, pero era la verdad. Y para eso estaba él allí, para buscar la verdad.

Con todo, Javier no podía dejar de notar de que, a pesar de que era una verdad terrible, también dejaba espacio a una esperanza, por pequeña que fuera, y si bien, su contribución hasta el momento se le antojaba igual de insignificante, estaba seguro de que podía trabajar por dilatar la esperanza y volverla una realidad. Era responsable porque —estaba convencido— podía hacer más. Por eso estaba allí, en la biblioteca de la Casa de las Tradiciones de Toledo.

—Buenos días, Alonso, ¿Sección de Artes Mágicas?

El bibliotecario, un hombre enjuto de perilla blanca y retorcida, apartó por primera vez los ojos castaños de su ejemplar de Amadís de Gaula y levantó la vista con aire despistado. Se le cayeron los anteojos por el puente de la nariz y tuvo que recolocárselos mientras chascaba la lengua y se volvía a acomodar en el asiento. Pestañeó con fuerza, como si hubiera estado dormido y la luz acabara de cegarlo.

—Donde siempre, Pizarro. Segundo pasillo a la izquierda.

No es que aquella fuera la biblioteca mágica más excelsa y erudita de la Península, pero Javier siempre la había tenido por el viejo baúl de las curiosidades. Recordaba haber leído algo de niño, un apunte que entonces le había llamado la atención y que había almacenado en la memoria con cierto cariño. Entonces tendría solo doce años y tenía que hacer un trabajo en grupo para la schola. Él y los compañeros, aburridos de estudiar, habían dado con la ingeniosa idea de jugar a liebre entre los estantes de libros. Correr en una biblioteca puede ser un despropósito, pero también muy divertido… Acabaron por tirar una estantería entera y se produjo una reacción en cadena, las estanterías cuales piezas de dominó colocadas en fila, se desploman unas sobre otras inexorablemente en un gran estrépito… Al escuchar acercarse a la bibliotecaria de entonces, Javier, el más listo, se había escondido en el hueco entre la estantería de Artes Mágicas y la de Historia de la Federación.

Logró burlar a la autoridad, pícaro que era entonces, y, además, encontró bajó la montaña un libro abierto a la mitad con ilustraciones muy llamativas en constante movimiento. Lo había sacado a la luz por pura curiosidad. Aún hoy lo recordaba perfectamente. Un volumen de cuero rojo con grandes letras doradas en la portada, escrito a mano por algún genio del Renacimiento. Los capítulos comenzaba con miniaturas muy trabajadas: letras grandes y danzarinas entre las que dormía o escupía fuego el Herrensunge; trasgos coloridos se echaban carreras unos a otros y cabalgaban cual indios del Oeste sobre caballitos de mar, pasando de página a página. Alguno que otro se tropezaba y se caía de vez en cuando (para entretenimiento del pequeño Javier). A pie de la primera página, una diminuta dama tejía una bufanda que se iba alargando y enrollando hasta el final del libro, poco a poco…

Javier lo encontró enseguida y lo sacó del estante: Técnicas y susurros de la pintura mágica. Pasó las páginas rápidamente mientras buscaba el párrafo exacto y buscaba asiento en una de las mesas de la biblioteca. El herrensunge, que daba la casualidad de estar despierto, gruñó al reconocerlo y movió la cola larga y llena de púas como el péndulo de un reloj para manifestar su alegría. Estaría harto de acumular polvo, el pobre bicho. Javier entornó los ojos y frunció los labios. Era una glosa muy pequeña como referencia a «los inicios de protagonistas desplazados», pero él en realidad solo estaba buscando un nombre: «[…]Fuera en el siglo XIV cuando el hechicero y pintor Beltrán de Sédirac conversaba con su prima y amante, la bruja doña Elvira, a través de un encantamiento pictórico: encantábase por separado a los personajes de dos pinturas distintas, la una en el taller del artista, la otra en la alcoba privada de su querida; quedaban vinculadas pues y, a través de sus bocas, hablaban el uno con la otra. Muchos autores consideran a Beltrán de Sédirac el precursor de la pintura en movimiento».

Guardaba un recuerdo confuso de aquella nota a pie de página, de tanto tiempo que había pasado. Cerró el libro de golpe, decepcionado. Seguiría investigando a Beltrán de Sédirac, por si acaso, pero si no había entendido mal, no bastaba con encantar los dos cuadros desde un mismo lado…

Picos de Europa, 11 de julio de 2013

La fonda del cepillo

Teresa estaba en la pequeña salita de estar de la fonda, inusitadamente callada, abrazada al brazo de su marido y apoyada en su hombro, salvando la diferencia de altura reclinada un poco hacia un lado. Jesús le besó en el pelo con ternura y ella apretó los labios porque no quería llorar. Habían quedado con los Fernández de Lama y ya se sentía suficientemente tonta, como para encima darle rienda suelta al nudo de la garganta. Cuando Cecilia y Alberto aparecieron, no dijeron nada, pero se sorprendieron al verla tan desmejorada en cuestión de tan pocas horas. Teresa era una mujer muy guapa aun sin maquillaje, pero tan pálida, sin carmín en los labios, los rizos sin peinar, las ojeras y —Cecilia alzó ambas cejas a la vez— los vaqueros, parecía otra persona. Jesús les devolvió una mirada triste, y suspiró antes de darles los buenos días.

—Espero que hayáis pasado buena noche —añadió educadamente—. Cecilia negó con la cabeza y él sonrió de medio lado—. Nosotros tampoco. Veamos, Cecilia, iré al grano, he estado pensando y creo que los dos nos hemos dado cuenta de que no tenemos pruebas contra Carrascosa.

Cecilia se sentó en un sofá y asintió, muy seria mientras cruzaba las piernas. Alberto se sentó a su lado.

—¿Ah no? —preguntó Alberto.

Teresa se reincorporó con el ceño fruncido y Jesús negó con la cabeza.

—Se le puede denunciar por negligencia porque esa moneda no está en la cámara de seguridad en la que debería estar y es un artículo peligroso, pero no podemos probar que la desaparición de los chicos se deba precisamente a esa negligencia. Meternos en un pleito con él podría ser arriesgado.

—Los alegatos son muy débiles —corroboró Cecilia—. Naturalmente, no hay rastro de esa moneda; los niños no están aquí para decirnos cómo han desaparecido; los únicos que la han visto han sido tres menores de edad, que podrían habérselo inventado…

—¿Habrían dado la descripción exacta de la moneda? —preguntó Aberto, con el ceño fruncido—. Lo de que una cara no puede leerse etc.

—Están emparentados con Gloria, que podría haberles hablado de ella. Y aunque les dieran credibilidad a las niñas, no son pruebas concluyentes de que haya sido un stella sequor lo que ha secuestrado a los niños y las ha trasladado al siglo XIII —repuso Ceci.

—Un buen defensor podría hacerlo ver incluso como algo descabellado —agregó Lozano.

—Sobre todo, porque… porque no podemos explicar que la moneda haya elegido a seis adolescentes y yo tampoco me lo explico, a decir verdad —continuó Ceci.

Teresa se removió desde su asiento.

—Yo creo… El testigo, ese chico, Alejandro —murmuró Teresa desde su sitio—, él dijo que la luz blanca que se los tragó salió de la mano de Charo. ¿Y si Charo…?

—Tú misma dijiste que era absurdo que Charo hubiera convocado un hechizo de esa magnitud, cariño —dijo Jesús y le acarició la mano a su esposa.

Ella negó con la cabeza y se incorporó del todo para ponerse después muy recta, decidida a que la tomaran en serio.

—Pero creo que es importante que Carrascosa la señalara como culpable. Él nos estaba ocultando cosas, ¿no? ¿Y si Charo no era solo un chivo expiatorio? ¿y si era parte de la verdad que él no quería contar? —Teresa se humedeció los labios y todos la vieron tan frágil que pensaron que empezaba a delirar—. Yo creo que tendríamos que hablar con Yone Oyaneder.

—¿Yone Oyaneder? —preguntó Alberto, desorientado.

—Es la abuela de dos de los niños desaparecidos y de Carmen, la amiga de Charito —insistió Teresa—. Ella es legeremens también, como Charo y podría saber si…

—¿Qué es legeremens? —preguntó Alberto.

—Una persona que puede leer mentes —explicó Jesús.

—¿En serio? —se asombró él.

—Alguna antepasada mía también tenía la capacidad —asintió su esposa—. Ahora, no entiendo a dónde quieres ir a parar, Teresa.

—Lo que quiero decir, Cecilia —retomó Teresa— es que Yone sabría si pueden leerse las mentes de objetos con inteligencia propia como el stella como se llame.

—Bueno, quizás no es la teoría que más me convence, pero no perderíamos nada por investigarlo —asumió Cecilia, con sinceridad—. Entonces, ¿te encargas tú de hablar con Yone, Teresa?

Teresa asintió efusivamente.

—Estoy harta de no poder hacer nada.

Alberto sonrió:

—Te entiendo perfectamente.

Jesús retomó el hilo:

—Perdonad, pero no podemos perder de vista a Carrascosa. A estas alturas sabrá que hemos leído los archivos de artículos del Departamento de Misterios, con lo que es muy posible que esté cubriéndose las espaldas o intentado buscar alguna laguna legal. Además, hay que evitar que salga de la jurisdicción federal.

En ese momento, se abrió de golpe la puerta de la salita de estar y entró una nube de personas ruidosas y los cuatro brujos fueron presa fácil de los flashes de las cámaras mágicas. La prensa se había hecho con la atención.

—¡Oídor Lozano! ¡Señora Consejera! ¿Tienen algo que declarar con respecto a la desaparición de sus hijos?

—¿Qué es esto? —murmuró Jesús, aturdido—. ¡Estábamos en medio de una conversación privada!

—¡Señora Pizarro! ¡Señora Pizarro, unas palabras para la revista Hechizos Picantes? ¿Cómo se siente?

—¡Nada que declarar! —gritó Cecilia y Alberto intentó interponerse entre ella y la horda de periodistas que se le venían encima—. ¡Nada que declarar!

—¿Cree que van a cerrar los Campamentos Mágicos, señor Lozano?

La paciencia de Jesús tenía un límite y como su esposa lo sabía, fue ella la que se lo llevó mediante Aparición conjunta.

Jesús sacudió la cabeza y se desplomó sobre la cama de su dormitorio de la fonda, todavía aturdido.

—No ha tardado mucho filtrarse la noticia —rezongó ella abriendo el armario de par en par—. Ahora, además de la búsqueda de los niños, tenemos que lidiar también con los medios.

Jesús sonrió débilmente.

—Bueno, a ti se te da bien esa parte. Estás acostumbrada.

Ella se permitió una pequeña carcajada mientras buscaba algo menos cómodo que ponerse.

—Bueno, entonces, parece que ya tengo algo que hacer por el momento, ¿no? Puedo organizar una rueda de prensa esta tarde, mientras vosotros ayudáis al señor Pizarro.

Jesús cerró los ojos e intentó pensar.

¿Cuándo habíamos quedado con Pizarro, Cecilia, su marido, los Sáinz y los Aguirre?

—A las cinco, creo.

—Tendré que avisar a Cecilia porque me parece que no voy a ir.

Teresa se dio la vuelta, muy sorprendida, con un conjunto emperchado entre manos.

—¿Por qué?

—Voy a ir tras Carrascosa.

Picos de Europa, 11 de julio de 2013

Campamentos Mágicos

Había sido una mañana de locos. Los aurores habían tratado de echar una mano a los profesores para tranquilizar a los padres que reclamaban llevarse a sus hijos, para que cuando la situación estaba más o menos controlada, el director decidiera cerrar los campamentos «hasta que pudiera garantizar la seguridad de los estudiantes». La postura alarmista de la administración no había contribuido a mantener el orden; los padres habían actuado por su cuenta y habían terminado de invadir los campamentos, pasando olímpicamente de las indicaciones de los maestros y los monitores. Los mágicos, claro está, porque los niños y chavales de primera generación seguían esperando a las tres de la tarde a que llegaran los autocares mágicos que pudieran devolverlos a sus hogares. El tren para Madrid saldría a las nueve y media.

Carmen echó una mirada en derredor y después se dirigió a Pilar, que estaba sentada sobre su maleta, muy callada.

—El campamento está tan vacio… Parece otro sitio.

Su amiga asintió, pensativa. No había vuelto a llamar a sus padres; no sabían nada y ahora la mandaban de vuelta a casa… No estaba segura de que fuera prudente explicar que Charo había desaparecido. ¿Y si se asustaban más que ella? Tener una familia muggle a veces podía ser un poco difícil…

—¿Tú te vas a quedar aquí con tus padres? —preguntó de improviso Pilar.

—No, no me dejan. Hay que ver, me siguen tratando como una niña a veces.

—¿Adónde irás?

—Pues con mis abuelos a Córdoba, supongo.

—¿Y… yo podría ir contigo?

Carmen sonrió débilmente.

—No es mala idea… Se lo voy a preguntar a mis padres, ¿vale? —Carmen se levantó con desgana—. ¿Esperas aquí?

Pilar volvió a asentir y se la quedó mirando mientras se alejaba, sin dejar de sentirse algo culpable. No le había contado nada de lo que había escuchado la noche anterior a su amiga, tal vez porque sus padres tampoco lo habían hecho y no estaba del todo segura de si era bueno que Carmen lo supiera. Pilar se sentía incluso arrepentida de haber escuchado a escondidas lo que no le concernía. «Charito habría sabido qué hacer», pensó para sus adentros. Ahora más que nunca la echaba de menos. Muchísimo. Ojalá no le hubiera pasado nada malo…

Entretanto, Lorea pegó un berrido, histérica, no muy lejos de ella. Las gemalas Aguirre se estaban dejado las cuerdas vocales para dejar claro que su prima Sara les había robado la mascota y no se lo quería devolver. Su padres había venido a buscarlas desde San Sebastián, pero no había forma de convencerlas para dejar el campamento.

—¡YO NO ME VOY SIN MARLEY! —gritaba Lorea ya ronca.

—Lo tenía Guille. Lo confiscó él —repetía Sara una y otra vez.

—¡MENTIRA!

Carmen puso los ojos en blanco y pasó de largo. No era de extrañar que el puffskein jamaicano de sus primeras no apareciera por ninguna parte; seguramente habría huido al bosque para librarse de ellas. Ella lo habría hecho de estar en su lugar. Ese para de dos era insufrible.

Encontró a sus padres, sentados todavía en el merendero donde había comido, junto a sus tíos Leyre, Javier y Elia. Antes también había estado su tío Pablo, pero probablemente ya había dejado los campamentos y se había llevado con él a Mónica y a Julián. Llevaban hora y media deliberando largo y tendido sobre qué hacer hasta las cinco, cuando habían quedado con Cecilia y Javier Pizarro.

—Mamá, mamá…

Gloria se dio la vuelta para mirarla.

—Hola, cielo, ¿qué pasa?

Carmen se asustó un poco al ver la cara cansada de su madre, pero terminó por darle un abrazo y besarla en la mejilla.

—No se sabe nada todavía, ¿no?

—No… —negó Gloria acariciando el pelo de Carmentxu con expresión triste—. ¿Querías decirme algo?

Justo entonces, escucharon un extraño ulular y cayó sobre Fermín un sobre apergaminado. Toda la mesa dio un salto y a él se le escapó un exabrupto, que dejó a su hija con los ojos abierto de par en par. Fermín se disculpó y agarró el sobre con cara de pocos amigos y mascullando entre dientes.

—Este muchacho… Cuando aprenderá a usar el puñetero móvil que le compramos por su cumpleaños…

Javier pestañeó perplejo y Gloria le aclaró enseguida:

—El yerno.

—Ah…

Carmen se puso la mano de visera para ver alejarse a la lechuza parda que había lanzado el proyectil y ahora volaba alto en dirección norte. El sol pegaba fuerte la tarde de un día que había comenzado lluvioso. El cielo no estaba, eso sí, del todo despejado y todavía corría una brisita fría que hacía cantar a los árboles.

Fermín abrió la carta y sacó un pergamino que desdobló en un abrir y cerrar de ojos para leerlo de corrido para sí. Abrió los ojos de golpe, atónito y minutos después gritó alborozado.

—¡Soy abuelo!

Gloria pegó un brinco en el asiento y Carmen chilló.

—¿Qué dices!

—¡Ha nacido el bebé! ¡Ha nacido el bebé! —gritó Carmen y Leyre no pudo evitar echarse a reír al verla.

—¡Lola ha dado a luz! —gritó Fermín, emocionado.

—¡Dame esa carta! —exclamó Gloria quitándosela de las manos para leerla ella—. ¡Dios mío! ¡Y es niño!

—¿Cómo que es niño? —Carmen frunció el ceño—. Pero si dijeron que…

—Parece que al final no.

—Las matronas británicas no valen un pimiento —bufó Carmen por lo bajo.

—Dice Seamus que lo van a llamar Lucas —anunció Gloria.

—Enhorabuena, chicos —dijo Javier, de corazón y Leyre sonrió.

—Qué alegría —coincidió Elia.

—Y ahora cómo le decimos a tu hija y a su marido que sus hermanos han desaparecido —farfulló Gloria.

Fermín se deshinchó al instante…

—No lo sé —se llevó las manos a la cabeza—. Pero tendremos que ir a verla…

—No podemos —protestó Gloria—. No podemos dejar Picos de Europa ahora mismo, Fer.

—Tienes razón… —Fermín suspiró.

—Gloria puede quedarse aquí —sugirió Leyre—. Tú por lo menos deberías ir a Irlanda a ver a tu hija, Fermín.

Gloria asintió.

—Lo veo más razonable. Por el momento, dile, que en poder, iremos yo y sus hermanos—a Gloria se le escapó una lágrima— a visitarlos a ella y a Seamus.

—Y a Lucas —añadió Carmen.

—Carmen podría venirse conmigo y quedarse allí después para ayudar a su hermana —ofreció Fermín.

Carmen dudó. Por un lado, quería conocer a su nuevo sobrino como la que más, pero no quería dejar España cuando sus hermanos y una de sus mejores amigas habían desaparecido. Además, Pilar contaba con que ella preguntara si podían ir juntas a Córdoba.

—Pero, papá… no puedo dejar sola a Pilar ahora.

Fermín sonrió a su hija.

—Tienes razón, cariño. Bueno, veremos de qué manera lo podemos solucionar.

—¿Sabes qué? —dijo Gloria sacando el móvil—. Voy a llamar a los padres de Pilar. A ver si nos ponemos de acuerdo para que paséis juntas estos días, ¿te parece?

Salamanca, 11 de julio de 2013

Biblioteca del Magisterium

Cecilia se había despedido de Alberto con un beso, dejándolo al cargo del niño en Picos, pero de alguna manera le daba la impresión de que una parte de ella se había quedado en los Campamentos Mágicos. Cuando se apareció en la biblioteca, los Sáinz y Gloria ya estaban allí con tarea asignada. Su primo se había encargado de distribuir el trabajo en su ausencia: Leyre leía un tomo gruesísimo color marrón titulado Vínculos entre pasado y presente; Javier Sáinz ojeaba un pergamino antiguo que parecía a punto de caerse a pedazos y Cecilia al pasar a su lado vio que se titulaba Stellae hispanii. Gloria, por su parte, sacaba un libro inmenso de un estante en ese momento. No había rastro de su marido, cosa rara.

—¿Lleváis mucho tiempo aquí? —le susurró a su primo, al final del pasillo. Él le sonrió y negó con la cabeza.

El señor Sáinz dejó su listado a un lado y se dirigió a Javier:

—No hay registros de leviatanes hispanii a partir de 1230, pero tenemos unos cuantos hasta entonces. Ni idea de en qué año habrán ido a caer, Pizarro.

En ese instante, Cecilia notó que le vibraba el móvil en el bolsillo del pantalón. Varios estudiantes giraron las cabezas para mirarla cuando empezó a sonar la musiquilla de llamada y ella se puso colorada y colgó en cuanto tuvo oportunidad.

—Disculpad.

Cecilia miró a un lado y a otro en el corredor y se escondió entre unas estanterías vacías para mirar el número. Volvió a mirar a los lados y tras cerciorarse de que nadie la miraba, devolvió la llamada y se apoyó en la estantería tapando el móvil para disimular.

—Perdona que te colgara, estoy en una biblioteca. Dime.

Pasados quince minutos de conversación telefónica, Cecilia se guardó el dispositivo en el bolsillo y avisó a sus compañeros de que tenía algo que proponerles. Se reunieron en una mesa apartada en una esquina solitaria y Ceci respiró profundamente antes de contarle las nuevas.

—Me ha llamado la auror García-Callejón.

Todos asintieron en señal de reconocimiento.

—Su madre es meiga y le ha sugerido un rito celta: un encuentro onírico que supone una especie de proyección astral en el plano de los sueños y una invocación espiritual. El encuentro onírico duraría apenas unos minutos y es peligroso, así que habría que valorar si verdaderamente merece la pena.

—No tenemos nada mejor por el momento —suspiró Leyre.

—Sí, pero tendría que servir a algún propósito, Leyre —comentó Javier—. ¿A qué peligro nos expondríamos exactamente?

Cecilia también suspiró.

—Hay gente que ha muerto en el intento.

Gloria apretó los labios.

—Vamos a ver, ¿de cuántos minutos estamos hablando exactamente?

—Entre quince y veinte de encuentro como tal.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Leyre.

—Es posible que la proyección astral dure mucho más. Horas tal vez. Hasta que la persona a la que llamamos se duerma en su tiempo y se establezca un canal de comunicación. Por eso es tan peligroso, porque supone un gasto de energía enorme.

—Me parece una locura —sentenció Gloria—. Por tan poco tiempo, no podemos correr el riesgo…

—A no ser que ese breve encuentro nos ayude a establecer un contacto más sólido y duradero —objetó Javier Pizarro.

Cecilia miró fijamente a su primo:

—¿Y bien? ¿Existe ese otra forma de contacto?

Javier sonrió. Bajo el brazo, tenía los diarios de una dama española del siglo XIV llamadadoña Elvira Garcés.

Irlanda, 11 de julio de 2013

Beamount Hospital Dublin

Your Dad's here, sweetie.

Fermín frunció el ceño al principio. La habitación era de color amarillo pastel.

—Hola, papá —Lola sonrió desde la cama y a Fermín le pareció que estaba radiante.

—Hola, preciosa, ¿cómo te encuentras?

—Estoy bien… ¿Has venido tú solo?

Fermín iba a contestar, pero la cuna se interpuso en su campo de visión. Seamus apretó la mano de su esposa cuando su padre vio a su nieto por primera vez. Lucas Finnigan dormían con los ojos y los puños diminutos arrugados. Era un bebé pequeñito, arrugado y blanquito, de labios finos y nariz chatita; una pelusa rubicunda le cubría la cabecita. Su mera visión conmovió a Fermín, al que se le formó un nudo en la garganta.

—Se parece un poco a Guille —susurró—cuando nació.

—Cuidado, que no se despierte… —dijo Lola.

Fermín asintió y volvió a acercarse a ella para besarla en la frente.

—Enhorabuena, hija. —Fermín miró a su yerno—. Y a ti también, Seamus.

—Gracias, papá —respondió Lola.

—¿Seguro que estás bien?

—Seguro. Tú, en cambio, tienes mala pinta. ¿Has perdido peso?

Fermín miró a su hija con tristeza y le apartó el flequillo de la frente.

—Se trata de Guille, Marcos y tu prima Haizea.

—¿Qué ha pasado?

—Han desaparecido…

—¿Cómo!

Lola hizo un amago de levantarse de la cama, pero Seamus y Fermín reaccionario de inmediato para intentar evitarlo.

Don't Lola!

Lola volvió a desplomarse sobre la cama, visiblemente molesta.

I'm fine, Seamus… A ver, ¿Cómo que han desaparecido, papá?

—En los Campamentos Mágicos, con otras tres chicas. ¿Te acuerdas de Charito Lozano, la amiga de tu hermana?

—¿Ricitos de Oro?

Fermín asintió.

—Por la escoba de Barbota, ¿pero cómo ha podido ser? ¿Tenéis idea de dónde pueden estar? ¿Qué dicen los aurores?

Fermín tardó un buen rato en contarle la historia y Lola tuvo que traducir parte a su esposo, que todavía estaba aprendiendo español y para el que Fermín hablaba demasiado rápido. Sin embargo, después de explicar los sucesos de las últimas horas, lo último que esperaba Fermín era que su hija le lanzara una advertencia:

—Papá, tenéis que tener mucho cuidado con este asunto…

—Claro, hija, ya lo sabemos.

—No, no me entiendes. Este tipo, el comandante de inefables.

—Carrascosa.

Ella asintió.

—Es un tipo peligroso.

—¿Qué? ¿De qué lo conoces?

—Está metido en cosas muy turbias.

—Pero…

—Me amenazó en una ocasión.

—¿Qué!

Lola asintió y miró hacia la cuna, muy seria.

—Hubo un tiempo en que empecé a investigar la muerte de mamá.

—Lola…

—Siento no habértelo dicho. El caso es que ese tío me lo impidió y me amenazó. Dijo que si seguía buscando, puede que no lo contara.

—¿Qué dijo qué?

—Y lo decía en serio, papá. En serio, andaos con ojo. No sabéis lo que es capaz de hacer.

—¿Y tú sí?

Lola pensó para sus adentros que, tal vez, supiera demasiado.

Picos de Europa, 11 de julio de 2013

Campamentos Mágicos

Ni profesores ni monitores tenían permiso para abandonar los campamentos hasta al día siguiente, por órdenes del director. Alejandro Lucena miró su reloj mágico de bolsillo, regalo de su abuelo Luis, y se revolvió el pelo con la mano, algo nervioso. Las agujas doradas daban las nueve y cuarto y asuntos pendientes.

Él y el resto de monitores se habían asegurado de haber colocado al último niño en el tren rumbo a Atocha y todo el mundo estaba cansado después de aquel día tan largo. Carmen lo saludó desde la ventanilla para despedirse y él le sonrió a duras penas al acordarse de Guille y Marcos. Atisbó a Pilar Calatayud, muy seria, sentada junto a su prima de brazos cruzados. Al parecer, los padres de la chica se habían enterado de lo sucedido por casualidad y gracias a la tía Gloria, pero Pilar, por la razón que fuera, no había dicho una palabra en su casa. Con todo, tanto ella como Carmen iban a pasar unos días en casa de los Calatayud y ya tendrían tiempo de solucionar los problemas de comunicación…

Alex se dio la vuelta y puso rumbo al bosque, pensativo. Le dio una patada suave a una piedrecita y la desplazó unos metros adelantes. Repitió la operación varias veces hasta cansarse y recoger la piedra del suelo. Cogió aire, echó el brazo atrás, se dio impulso con los pies y lanzó la piedra todo lo lejos que pudo hacia delante con un grito de rabia… Después se quedó en silencio.

—¿Qué? ¿Te has quedado a gusto?

Alejandro se dio la vuelta y se encontró a Sara Aguirre de brazos cruzados y sonrisa triste.

Él negó con la cabeza y miró al suelo, con las manos en los bolsillos.

—Echas de menos a Guille, ¿eh?

—Sí —asintió él, todavía cabizbajo—. No te haces una idea. Pero además, me siento un poco culpable.

—¿Culpable? ¿Por qué?

Alex chascó la lengua y movió las cejas hacia un lado.

—Porque yo también podría haber desaparecido y aquí sigo.

—Pues yo me alegro de que estés aquí, Alex —dijo ella en voz queda.

Él levantó la mirada y sonrió.

—¿Sabes Sara?

Alejandro se dio la vuelta y retomó su camino hacia el bosque. Sara corrió un poquito para ponerse a su lado. El sol se escondía poco a poco entre los picos escarpados del valle y el cielo se teñía de los colores anaranjados del atardecer. Los destellos dorados del sol, a punto de extinguirse, dibujaban sombras en las nubes rosadas que se desplazaban despacio, ocultando una ladera de roca sobre el bosque de coníferas. Sara se masajeó los brazos porque no llevaba chaqueta y hacía fresco.

—¿Qué?

—Si hubiera desaparecido, habría dejado muchísimas cosas a media.

Alejandro se quitó el forro y se lo pasó en un gesto desenfadado. Ella lo tomó sin decir nada.

—Ajá. ¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, no te habría dicho que siempre he pensado que eres muy guay.

Ella se rió y los dos pasearon, lado a lado.

—¿Ah sí?

Él se encogió de hombros y respondió con chulería:

—Sí.

—Tú también eres majo.

—Uh, majo, eso ha dolido.

—¿Qué tiene de malo ser majo?

—¿Has oído hablar de la friend zone?

Ella volvió a reírse, guasona.

—¿Qué insinúas, Lucena?

Él se detuvo en seco y sonrió, más chulo todavía tras mirarla a los ojos.

—Insinúo…

—¿Sí?

Alejandro Lucena dejó de una pieza a Sara cuando la besó fugazmente en los labios.

Urnieta, 12 de julio de 2013

Teresa llamó al timbre del caserío sin contemplaciones, pero los dueños pusieron a prueba su paciencia durante unos minutos. No pudo dejar de apreciar que hacía una mañana hermosa, de cielos prácticamente despejados, a pesar de aquellas nubes vestidas de novia que paseaban por el horizonte en un alarde de coquetería. La luz diáfana del sol se reflejaba también en las diminutas gotas de rocío esparcidas sobre la hierba. Teresa sonrió a la pareja de mirlos aventureros que buscaban lombrices a la sombra del gran roble en el jardín y suspiró porque el valle transmitía una calma de las que dan consuelo al alma herida.

La puerta se abrió de pronto y la pilló desprevenida.

—Bue-buenos días —saludó algo titubeante. La abría un señor alto y fuerte; mayor, aunque apuesto, de ojos vivaces y pronunciadas entradas, chaleco viejo y camisa recién planchada. Un hombre de contrastes.

—Buenos días, ¿qué se le ofrece?

—Me llamo Teresa Saavedra.

—¡Anda!¡La vi ayer en televisión! ¿Le han dicho alguna vez que es usted muy guapa? Se lo decía ayer a mi señora…

—Eh… muchas gracias. Verás estoy aquí porque Fermín Aguirre…

—Mi hijo mayor.

—… me ha dado su dirección. Me gustaría hablar con Yone Oyaneder si es posible.

Lope asintió vehemente y le aseguró que no había problema, que por favor, pasara y se sintiera como en casa. Muy galante, acompañó la invitación con un gesto de la mano y una sonrisa bonachona. Ella asintió y accedió al viejo hogar de los Aguirre, con confianza, y dejó que el abuelo paterno de Camen la llevara, parlanchín, hasta la cocina donde una, una mujer bajita, de pelo blanco les daba la espalda y, atareada, colocaba las tazas de loza del desayuno en un armarito. Lope no la avisó, sino que se quedó callado, mirándola y, de improviso, Yone giró la cabeza para mirar por encima del hombro y finalmente terminó de darse la vuelta para traspasar con sus ojos grises a Teresa y sonreírla en un silencio cargado de lo que a la señora Saavedra le pareció dulzura. Y es que le pareció que Yone tenía un rostro dulce, profundamente dulce.

Teresa escuchó la puerta al cerrarse y se giró sorprendida. Lope las había dejado solas. Volvió la vista al frente enseguida.

—Am, señora Aguirre… —comenzó Teresa, algo cohibida.

Yone se puso el dedo índice sobre los labios para mandarla callar y Teresa se interrumpió, perpleja.

Yone ladeó la cabeza hacia la izquierda y Teresa miró que sobre la mesa apoyaba la cabeza una niña pelirroja, aparentemente dormida. Teresa sonrió. Debía de tener unos tres añitos más o menos. Yone se acercó a la pequeña y le sopló en el oído. La pequeña Sofía abrió un ojo y volvió a cerrarlo. Entonces, Yone le hizo cosquillas y a su nieta se le escapó una risita cantarina. Yone le dio un beso en la mejilla y la cría, vestidita con un camisón rosa de verano, se levantó de la silla y saludó a Teresa con los deditos de su mano derecha. Después la granujilla se echó a correr, abrió la puerta y se fue por donde había venido.

—Qué mona —se le escapó a Teresa, pero se puso triste de repente. La pequeña le había recordado a Charo cuando era niña.

Yone sonrió con gentileza y se aproximó a Teresa para acariciarle la mejilla con la mano.

—Volverá.

Teresa se sobresaltó.

—¿Cómo ha…?

Pero lo supo sin que Yone respondiera y Teresa se sintió extraña, como si su cabeza y su corazón fueran un libro abierto delante de aquella señora menudita de manos suaves.

—Yo soy de la misma opinión que tú —dijo Yone volviendo a le mesa para terminar de recoger. Cogió una caja de cereales y el vaso de leche que se me había dejado la hija de Juanito sobre la mesa y los trasladó a la encimera—. Tu hija leyó la moneda.

—¿Puede hacerse? —preguntó Teresa mientras Yone abría la puerta del armario donde guardaba las galletas y el pan de molde y dejaba allí la caja de cereales.

Yone asintió, muy tranquila.

—Además —agregó—. Mi nieta Lorea ha perdido a su puffskein.

Teresa se cruzó de brazos.

—¿Perdón?

Yone se volvió para mirarla de frente y contó con los dedos:

—Tres mis nietos, cinco con las nietas de los Amatriaín, seis con su hija. Con el bicho son siete. El número mágico —hizo una pausa para abrir el grifo, tomar el jabón lavavajillas con una mano y mojar una esponja con la otra—. Un número mágico, una palabra mágica. Magia antigua y sangre nueva —Jone se encogió de hombros y frotó la esponja contra el vaso después de haber vertido el resto de leche sobre la pila—. No se necesita más.

Teresa se quedó callada unos minutos antes de decir:

—Oh.

A Yone se rió un poquito y Teresa se apresuró a añadir:

—Pues muchas gracias. De verdad. Muchas gracias… Eh, entonces… Entonces me voy. Tengo que contarle lo que me ha dicho a mi marido.

Yone se volvió para mirarla otra vez y sonrió de nuevo. Teresa le devolvió la sonrisa, sorprendentemente tranquila. Fue a darse la vuelta, pero se arrepintió en el último momento.

—Ah, señora Oyaneder.

Yone la miró inquisitivamente.

—¿De verdad cree que volverá? —preguntó Teresa y no pudo evitarlo: los ojos se le anegaron en lágrimas otra vez.

Yone suspiró.

—Teresa, quien sabe leer, puede aprender a escribir.

Ribadeo, 12 de julio de 2013

—¡Mecachis en la mar! —exclamó Esperanza corriendo hacia la vitrocerámica como alma que lleva el diablo. Ante las miradas alucinadas de Cecilia, Gloria y Leyre, una olla de almíbar había estallado como un volcán en erupción al hacer contacto con una cuchara mojada—. ¡Pero qué desastre! ¿Y por qué? ¿No sería la cuchara?

—¿Necesitábamos eso para…? —preguntó Cecilia, preocupada.

—¡Qué va! ¡Qué va! Eso era solo para merendar torrijas esta tarde… Bueno, ¿por dónde iba…? Ah, sí, el sortilegio y toda la pesca, ¿no es eso?

Gloria, Leyre y Ceci, vestidas con sus capas de brujas, asintieron a la vez.

—Pues bueno… —Esperanza Callejón hechizó una fregona y una valleta para que empezara a limpiar el desaguisado por su cuenta y se sentó en una silla. Era una mujer delgada y plana, llevaba el pelo gris recogido en una cola de caballo y tenía los ojos negros. Vestía en ese momento una falda de tubo gris, una camisa blanca con florecillas morada y alpargatas del mismo color—. Les comentaba que solo una de ustedes puede someterse a la prueba, pero eso ya lo sabían, ¿no les dijo Roci?

—La prueba, ¿eh? —A Gloria no le gustó esa palabra.

—Usted es de allá abajo, ¿no? —preguntó Esperanza, muy divertida.

—¿De allá abajo?

—Del sur.

—De Córdoba.

—Eso mismo. Allá abajo.

—Pues sí. Tan abajo como eso.

—Ay, qué graciosa. Me cae bien. Pues bueno. Llamé a unas amigas hace cosa de media hora y estarán aquí en un periquete. Ya preparamos todo antes de que ustedes llegaran.

—Mamá… —Rocío estaba un poco colorada.

—Ay, no te preocupes, Roci, si todo va a salir muy bien. Pues bueno. ¿Y quién es la valiente? ¿eh?

Gloria y Leyre miraron a Cecilia y ella, resignada, le dijo a la meiga:

—El encantamiento de Beltrán de Sédirac precisa un vínculo de sangre y puesto que será mi tío el que lo haga, porque es el único que tiene permiso para andar trasteando con obras de arte de ochocientos años de antiguedad, tiene que ser una de mis hijas la que se comunique con él, lo que me convierte en la única candidata posible para la prueba.

—Qué estupendo. Ya es suerte que su primo pueda andar trasteando con joyitas de esa clase, ¿no?

Cecilia no lo había visto de esa manera.

—Tiene usted razón.

—¡Pues claro que la tengo! —Esperanza se frotó las manos. Pues bueno, a ver qué hora es —Esperanza miró el reloj del horno—. Las doce. Estupendo. Enseguida estarán aquí. Mientras tanto, vaya usted desnudándose, querida.

—¿Cómo? ¿Aquí? ¿En la cocina?

—Sí, sí. Por eso hice salir al mozuelo, pobriño.

El mozuelo era Javier Sáinz, que estaba echándole un vistazo al hórreo en el patio a falta de otra cosa mejor que hacer.

—Pero…

—Venga, mujer, que la tengo que tener preparada antes de que llegue el aquelarre. ¿No ve que luego me regañan?

—¿Pero desnudarme entera! —preguntó Cecilia sin dejar de echar miradas de soslayo al suelo pringoso de almíbar.

En ese momento, se aparecieron en la pequeña cocina seis mujeres apiñadas. Gloria, Cecilia y Leyre pegaron un grito que pudo escucharse en Rivadeo entero.

—Calma, calma. Que estas son mis amigas, de las que les hablé hace un momento. Está es Xiana, y estas son Adelaida, Alicia, Balbina, Luisa y Presentación.

—Ay, Esperanza, no te enrolles, que va a llover y hay que darse prisa —dijo Presentación, una mujer nervuda y bajita—. Veamos, ¿dónde está la pieza?

Esperanza señaló a Cecilia.

—¿Y no está desnuda todavía? —se asombró Adelaida.

—¿Que no le ha dado la tiempo aún? —terció Balbina—. Bueno, bueno, bueno, pues que lo haga ya allí, que dijo bien Presentación. Está por llover.

—¿Y cuándo no? —murmuró quejumbrosa Luisa, que parecía la mayor de todas.

—¿Pero adónde vamos? —preguntó Gloria.

—¿Pues adónde vamos a ir sino a las Catedrales? —repuso Alicia.

—¿No será la mozuela esta del pelo rizado de allá abajo? —preguntó Xiana con curiosidad y tanto Gloria como Esperanza asintieron con la cabeza.

—Salgamos ya y no perdamos más tiempo —dijo Esperanza.

Ceci no podría haber estado más de acuerdo.

Cáceres, 12 de julio de 2013

Javier Pizarro tuvo que enseñar tanto la documentación muggle como la mágica para acceder al Pabellón de Restauración de Arte Mágico. Así y todo, la recepcionista le miró con recelo antes de dejarlo pasar. Y eso que no tenía ni idea de a qué venía. A decir verdad, las galerías de arte privadas a las que había pedido permiso, se la habían denegado. La idea de que fuera a encantar las pinturas no les habían hecho mucha gracia a los dueños, pero ahí no se acababan todos sus recursos: tenía un amigo restaurador que le debía un favor.

Paco le esperaba a los pies de una escalera de caracol.

—Dichosos los ojos, Javier.

—Lo mismo digo. ¿Cómo estás?

—Yo bien. Ya me he enterado de lo de tus primos; vi a Saavedra Codorniz por televisión ayer. Lo siento mucho, Javi. Si hay algo que pueda hacer….

—Gracias. Es precisamente para eso para lo que quería verte.

—Tú dirás.

—¿Tienes obras en restauración del siglo XIII?

Paco asintió, algo confundido.

—Sí, pero no entiendo…

—Necesito encantar un cuadro.

—¿Qué!

—Paco, por favor, es muy importante. La vida de esos chicos depende de ello.

—¿Pero por qué?

—Sospechamos que han ido a parar al pasado.

—Virgen Santísima. ¿Y qué idea tienes?

—¿Te suena Beltrán de Sédirac?

—Naturalmente. Me tocó restaurar una pintura religiosa suya. Media vida solo para la cara de San José. Como para olvidarme del bueno de Beltrán.

—¿Te sabes su historia con doña Elvira de Garcés?

—Menuda se traía ese par… —Paco sonrió.

Javier se descolgó la mochila que llevaba al hombro, abrió la cremallera y sacó los diarios de doña Elvira para abrirlos por la página 32, donde había dejado un señalador de cartón y le indicó a Paco que empezara a leer por la tercera línea:

—Lee aquí.

«[…]Hoy Beltrán avisome por el medio habitual que no tomara el camino de la derecha en mi paseo vespertino por los jardines. Obedecí como es natural en mí, los consejos sabios de mi amigo. Quiso el destino que mi ama, se negara, por su parte, a hacer lo mismo que yo por la antipatía que le suscitaba el retrato de mi alcoba, y fuera asaltada por un grupo de bandidos y apuñalada. Habría yo corrido la misma suerte de no haberme alertado mi señor, mas cuando lo viera por la noche y le diera las gracias, él me aseguró que todavía no me había dicho nada, pero que no tardaría en hacerlo. No es sino gracioso este sistema nuestro, que permite adelantarse a las vicisitudes. Al menos, de vez en cuando.»

Paco frunció el ceño.

—No sé si he entendido bien lo que quería decir.

—Quiere decir que el encantamiento de los cuadros de Beltrán podía hacerse del futuro al pasado. El Beltrán del futuro alertó a la Elvira del pasado qué camino no debía tomar. Y lo hizo porque Elvira misma le avisó de que lo había hecho.

—Es retorcido.

—Mucho —coincidió Paco—. Probablemente, Beltrán tenía varios cuadros encantados, uno que se comunicaba desde el presente y otro desde el pasado, por lo menos. Pero eso ahora nos da igual. Nos vale con saber que puede funcionar. Al fin y al cabo, nosotros solo necesitamos uno.

— Ya veo por dónde van los tiros. ¿Y crees que alguna de tus sobrinas tiene un cuadro encantado?

—Lo tendrá.

—Muy seguro pareces.

—¿Pero tú te fías de mí?

Paco ladeó la cabeza y compuso una mueca de desconfianza.

—¡Paco!

—Que sí, es broma, hombre, sí. ¿Y el encantamiento? ¿Lo tienes?

Javier asintió.

—Estaba anotado en el margen de una página del diario de Elvira. En fin, ¿me dejarías encantar uno de tus cuadros? Tiene que ser de la misma época, por lo menos, existir mientras el del otro lado existe.

Paco suspiró.

—¿Qué remedio? Recuerdo perfectamente cuando tú me cediste aquella escultura románica que me salvó el cuello, pero si lo estropeas…

—Asumiré toda la responsabilidad.

—Sea.

Playa de las Catedrales, 12 de julio de 2013

Esperanza y Adelaida sabían lo que se traían entre manos, así como todas las demás aparecidas en lo alto del acantilado de roca. El sol se escondía detrás de las nubes grises que, sobre un mar embravecido, cantaban tempestades a lo lejos. Gloria tragó saliva y una gotina de agua le cayó justo en la punta de la nariz.

—Bajemos —murmuró Presentación señalando una escalerilla en la que la andaluza no había reparado y el tropel de brujas comenzó a descender a la playa en fila india, diligentes y en silencio.

La lluvia ya había ahuyentado a los turistas, explicó Alicia, pero hacía falta proteger la zona con magia para seguir manteniéndolos alejados a ellos y a otros muggles. Cecilia quiso hacerlo ella, pero la misma Alicia declinó la oferta y se quedó rezagada en los escalones de piedra.

Leyre se sintió rodeada, de repente, una magia ancestral y mística al poner el pie por primera vez en aquella playa preciosa de arena mojada, donde solía reunirse el aquelarre de Ribadeo. La mar tenía palabras de vida y muerte cuando se convertía en espuma, el olor a salitre invadía las fosas nasales y, como torres de una fortaleza natural, casi templos, se erguían extraordinarias formaciones armoniosas de roca erosionada por las olas del Cantábrico. Para su sorpresa, se encaminaron hacia una de ellas, en la que se había creado cuevas encantadas y suelos de arena fina y helada. Hasta un muggle habría percibido aquella aura mística de peligro y maravilla, ese toque de magia envolvente y sobrecogedor.

Esperanza se sitúo entre Gloria y Leyre y les comentó que aquella tarde había marea baja y pudieron acceder a las cuevas sin necesidad de apartar las aguas mágicamente, como en otras ocasiones.

—Llegado el momento, vosotras, que pertenecéis a Tradiciones distintas, accederéis conmigo al centro del círculo para convocar el espíritu de la niña con la que os queréis comunicar.

—Pero…

—Yo me encargaré de todo, solo necesito vuestra fuerza espiritual. Y vuestro silencio.

Mientras, las meigas desnudaban a Cecilia despacio, con delicadeza, para embadurnarla después con una especie ungüento compuesto por barro, sangre de cordero lechal y hierba buena. La hicieron tumbarse en el suelo, húmedo y helado, y cerrar los ojos.

Cecilia notó que estaba sorprendentemente tranquila y comenzó a prestar a tención a goteo rítmico de las estalactitas del techo y a dejarse llevar por el humo vaporoso que desprendían las velas púrpuras que las brujas comenzaban a poner en círculo, a su alrededor. Entonces, escuchó

Los cánticos en gallego que llamaban a la brisa marina para que participara también del rito junto al resto de los elementos.

Después, supieron que Cecilia había entrado en trance y su alma vagaba libre por el mundo de los sueños. Entonces, Gloria, Leyre y Esperanza entraron en el círculo de la mano, para la invocación espiritual del alma de Isabel, la mayor de las hermanas Fernández de Lama, la que Cecilia pensaba que sería la más receptiva de sus hijas. Guardaron silencio mientras duraron los ensalmos gallegos que la madre de Rocío pronunció y, una vez hubieron finalizado, volvieron a salir del círculo. Entonces, el fuego se apagó de golpe y Adelaida se había sentado en el suelo:

—Ya solo resta esperar.

Sin embargo, dos horas después, Javier Sáinz llegó corriendo a la cueva, con los ojos fuera de las órbitas y Leyre salió a su encuentro y le instó a guardar silencio. Casi por la fuerza, lo obligó a salirse fuera.

—¿Qué pasa?

—Ha llamado Teresa Saavedra. Han encontrado a su marido medio muerto en el Ministerio de Magia.

—No puede ser…

—Está ahora mismo en San Mateo, muy grave, pero dice tu hermano Andoni que se recuperará. Lo han encontrado a tiempo.

—Menos mal… —Leyre pestañeó al parecer verle una extraña figura tras una roca—. ¡JAVIER CUIDADO!

Tarde. Un rayo rojo impactó en la espalda de su marido que cayó desmayado al suelo, pero Leyre si estaba prevenida para enfrentarse a aquella sombra oscura que había aparecido de la nada y que la atacó sin darle un respiro. Esquivó el hechizo y contraatacó con contundencia, según el estilo vascón de duelo de varitas, pero el extraño se desapareció de repente y volvió a reaparecer tras ella por sorpresa. Leyre se agachó de puro milagro para evitar el siguiente maleficio, pero cuando quiso darse la vuelta para atacar, su enemigo se había escurrido hacia el interior de la cueva.

—¡Mierda!

Leyre corrió tras él. Sin embargo, bastaron esos segundos de ventaja para que aquel hechicero misterioso cubierto con pasamontañas apuntara a Cecilia, totalmente indefensa en el centro del corro y murmurara el maleficio fatal:

Sectusempra.

Las brujas celtas gritaron asustadas y encararon al intruso, pero fue Gloria la que se lanzó sobre Cecilia, con el corazón en un puño, y ejecutó la Aparición conjunta para llevársela de allí.

Madrid, 12 de julio de 2013

Hospital San Mateo

3 horas después

Ceci abrió los ojos y se encontró tumbada sobre una cama de sábanas inmaculadas. Notó algo extraño en la muñeca y al mirarla, comprobó que se trataba de una vía conectada a una trasfusión de sangre. La cabeza le dio vueltas de repente. ¿Por qué diablos estaba en el hospital?

—¿Alberto?

—¡Ceci! —Su esposo se levantó de un salto. Estaba a su lado, con cara de miedo y los ojos enrojecidos—. Ceci, ¿estás bien?

—La he visto. He visto a Babe, Alberto —susurró Ceci, sonriente—. Teníamos razón. Está en 1212. Hay que decírselo a Javier…

—Tranquila, Ceci, tranquila.

—Estoy tranquila. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estoy aquí?

—Alguien te atacó, al parecer, cuando estabas en trance.

—¿Qué? —preguntó ella, débilmente.

—Sí, y no eres la única. Jesús Lozano corrió la misma suerte. A él le encontró otra juez-oidora de esas—Ceci sonrió sin pode remediarlo— y Gloria Lucena te trajo a ti a San Mateo y pidió socorro a voces, la pobre.

—¿Cómo está Jesús?

—Estable, pero no ha despertado todavía.

—Teresa debe de… —Ceci cogió aire. Le costaba mucho respirar—… estar destrozada. ¿Y los niños?

Alberto suspiró.

—Ahora deberías descansar, Ceci. Yo llamaré a tu primo.

Ella asintió antes de cerrar los ojos.

Cáceres, 13 de julio de madrugada, 2013

Javier había recibido el telefonazo de Alberto hacia un rato y sabía que Ceci había contactado con su hija. Y a pesar de eso a pesar de que estaba totalmente convencido de que el encantamiento pictórico iba a dar resultado, se llevó un buen susto cuando el Santiago Apóstol abanderado, cabalgando sobre un caballo blanco con la cabeza por restaurar, movió los labios y le respondió con la voz de su sobrina Isabel:

—¿Tío Javier?

Javier se cayó de la silla al suelo y cuando se recompuso contestó:

—Hola, preciosa. ¿Qué-qué tal estás?

—Estoy bien. Un poco asustada.

—¿Y tu hermana?

—¿Mi hermana?

—¿No está Mencía contigo?

—No, pero ¿por qué iba a estar aquí Mencía?

—Despareció ella también, junto con un Aguirre. ¿No están con vosotros?

Se hizo un extraño silencio.

—No, con nosotras no están. Aquí estamos solo Haizea y yo.

—¿La niña de los Sáinz?

—Sí.

—¿Dónde estáis ahora mismo? Cuéntamelo todo.