Como si fuese el "Hades del Tiempo"

Tan pronto como los rayos del sol abren en la mañana, el reloj avanzó dejando atrás las tristezas e incertidumbres.

Pronto se olvidó el misterio del asesinato del oráculo.

Sin embargo, junto a la tumba de su madre, el jamás dejaría atrás aquella confusión, jamás desistiría de averiguar la verdad.

Algo había ocurrido en esa noche.

Algo lo había salvado esa noche.

O alguien.

Con estos pensamientos se encaminó de vuelta al enorme santuario.

Durante sus 10 años de edad había residido en este lugar, bajo el cuidado de la joven Juliet, quien se había encargado de él desde su nacimiento.

Pero no era el único que vivía en ese extraño lugar.

Twilight.

La razón de su paradero no era clara. Se decía que su nacimiento no estaba previsto dentro de la historia, por lo que esta situación causaría muchos cambios en el futuro.

Sin embargo, ambos niños se preguntaban "¿Entonces por que nació? Después de todo el destino por algún motivo le da la vida a las personas".

Había en la muchachita, a pesar de todo esto, una aureola de paz, como jamás se había visto en una persona que cruzara los portales del Santuario del Tiempo.

(…)

Hacía poco, había llegado también un nuevo joven.

Alexander.

A pesar de su corta edad, el caos que había causado dentro de la tranquilidad de su época era incomparable.

Toda su familia asesinada bajo sus manos.

Se hablaba de una posible enfermedad mental. Sin embargo, habiendo registrado los sucesos de su pasado, se llegaron a conclusiones muy diferentes, que posiblemente podrían esclarecer las razones de aquel macabro acto.

De no haber sido por tener lazos sanguíneos con uno de los "Observadores", su condena habría sido la eterna reclusión.

(…)

Los tres niños, los únicos de edad similar, se unían con callado espanto, pensando en lo que depararían sus futuros.

Sabían que algún día sus vidas serían separadas, sin embargo, el no saber "cuando" sería aquel acontecimiento les hacía temer.

(…)

El sol alumbrando con aquella alegría irónica.

La suave brisa que mecía las flores con suavidad, pero con la fuerza necesaria para hacer que sus pétalos cayeran.

Los caminos, rodeados de sinuosa foresta.

El escénico cuadro de un inmemorial paraíso natural.

Aquel lugar solían frecuentar estos jóvenes.

Aeon, Alexander y Twilight.

(…)

Borrosos días a los que ellos no podrán volver.

Imaginando como sería la vida de las aves, que con sus alas, podían surcar el cielo, viéndolo todo, infinitamente.

Borrosos días a los que ella quizá algún día pueda volver.

Imaginando que algún día podría tener en sus manos la luna reflejada en el agua.

Los tres criados por la misma gentil madre.

Aparentaban no importarles el futuro inminente.

Siempre, desde que se conocieron, estuvieron juntos.

Creyendo que podrían permanecer así por toda su vida.

Ahora, corriendo por aquél escenario encantado, guiados por el camino de las nubes y la esencia de las flores.

Envueltos por la brisa del atardecer, observando los coloridos matices en el cielo, mientras el sol exhalaba sus últimos suspiros para darle paso a la luna…

-…Que es esto…?-

Detenidos frente a una enorme puerta.

Junto a esta, la apariencia de cristales evitaba el paso.

Los límites de su dimensión.

Tras esa puerta, se decía, que quien entraba allí nunca más salía.

Corrían sobre aquél territorio las más fantásticas y sombrías leyendas.

-Es el límite...-

-No podemos avanzar-

Dos voces que se oían temerosas, pero a la vez, deseosas de quebrar las reglas.

Extendiendo el brazo lentamente, con la palma abierta.

Ante la sorpresa de los dos niños…

-Yo puedo abrirla-

La brisa se había vuelto rauda, como intentando disuadir el acto.

Los cabellos blancos del niño se movían con fiereza ante el golpe del viento. Sin embargo, esto no evito que su mano tocara finalmente la puerta.

Un suave toque, casi imperceptible hizo que la puerta se abriera en su totalidad.

Avanzaron dentro de aquél misterioso lugar, mientras las puertas se cerraban a sus espaldas.

(…)

En las profundidades de la oscuridad…

-Así que finalmente ha llegado-

Una voz muy familiar para algunos, pero desconocida para aquellos que habían ingresado

-Tal como lo predije… y es que era inevitable-

Sylvain D'Temps.

El líder de los Time Disrupters.

Nadie sabía su verdadero origen, ya que su familia le había adoptado al encontrarlo abandonado en los límites de su reino.

Su imagen mas recurrente era el verlo sentado en su trono. Imponía respeto con tan solo dirigir una mirada.

A cada lado del trono, sus dos sirvientas, las únicas que conocían el enigma de su existencia, el secreto de su presente.

En frente de la multitud eran dos figuras rígidas, que solo oían la voz de su maestro.

Éstas eran dos niñas, de semblante impasible.

Nadinne.

El aspecto de esta criatura recordaba a las imágenes inmemoriales de los ángeles, con su largo cabello de oro que caía por su espalda en tersos rizos. Rostro de muñeca, de ojos blancos y labios brillantes.

Nadinne había sido la "protegida" de una opulenta familia. Sin embargo ésta se aterrorizaba con la niña. En su semblante, sus facciones sonreían con enfermiza alegría, espeluznante júbilo.

Fue abandonada durante una noche, dejándola a merced de un oscuro bosque.

Sin embargo, ninguna criatura de la noche fue capaz de atacarla.

La niña sabía muy bien la razón, había esperado por mucho tiempo este momento.

La figura, aquella que tanto espanto causaba entre los mortales…

Nadinne simplemente le sonrió y, cogiéndolo de la mano, permitió que la dirigiera de nuevo a su hogar. A su verdadero hogar.

Nadinne, o como solían llamarla, "la hija de la muerte".

La otra sirvienta,

Lisette.

La marioneta de Nadinne. A ésta la había encontrado destrozada en una plaza del pueblo. La cogio, y pareciéndole aburrida, le otorgo un alma, haciéndola una muñeca viva. Viéndola arrastrarse por el suelo, llorando y clamando piedad…

-"¿Es doloroso? ¿Estás llorando? … ven conmigo, yo puedo ayudarte"-

Nadinne reparó el despedazado cuerpo, creando uno nuevo, del su mismo tamaño, creando así una muñeca de cabellos rojos y los mismos ojos de la dueña.

-"Seamos amigas"-

La bautizó con el nombre de Lisette, pero a la vez, la nombro "Thanatos", como la personificación de la muerte en la antigua Grecia.

Solían decir, entre juegos, que Nadinne era Hades, y Lisette, su sirviente, Thanatos.

Su lazo se volvió tan fuerte como los hilos que movían las extremidades de aquella extraña muñeca.

(…)

Caminando lentamente por aquellos lúgubres pasillos.

Les parecía oír voces del cielo, que clamaban por su libertad, desesperadas, concientes de su imposible in-esclavitud.

Sin embargo, una de las tres figuras se detuvo, la pálida mirada fija observando detenidamente la nada que los rodeaba.

Algo había allí…

-Aeon… Aeon, que te ocurre?-

La voz de Alexander resonó en la lúgubre bóveda del aparente cielo sobre ellos

Sin embargo, la mirada del aludido seguí allí, inalterada.

Los dos niños dirigieron su vista al mismo punto-

En su oculto asombro, observaron una figura, un hombre, acompañado de dos niñas.

Había en los ojos del hombre cierto fulgor que, misteriosamente se le hacía conocido.

Aeon parecía más interesado que los demás.

Acaso… había conocido a esa persona alguna vez?

Aquél hombre avanzó lentamente, pero se detuvo súbitamente al oír pasos acercándose raudamente al lugar.

-Niños! Que hacen aquí, como pudieron entrar?-

Lady Juliet, nerviosamente cogió a los niños y se dirigió de vuelta a los portales de entrada, observando con temor a la vez aquellas figuras de amenazante apariencia, que lentamente eran cubiertas por la oscura neblina.

Sin embargo, los tres más pequeños sentían haber pasado por un lugar envuelto en enigma.

Aquellas personas que habían visto segundos antes de que llegara Lady Juliet.

El mundo oscuro, donde la neblina era negra y el sol era la luna…

-Como si fuese el "Hades" del Tiempo-

Murmuró la joven Twilight.