Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento... y así un millón de veces, se me cae la cara de vergüenza, mira que prometí actualizar los 7 primeros capítulos rápido, que ya estaban escritos, pero sencillamente me olvidé de esta historia, deberían matarme, o por lo menos lanzarme una ensalada entera, como compensación voy a subir éste y el siguiente ahora mismo, sé que no son gran cosa, no estaba muy inspirada a la hora de escribirlo, pero en fin, es lo que salió, espero que por lo menos sean entretenidos.

También dar las gracias a los que dejan comentarios y los que lo ponen en alerta y favoritos.


"Si quieres pensar, qué mejor sitio que el desierto de Las Noches"

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6. Necesidad.

La pantalla de la sala de control se apagó, dejándolo en la oscuridad, últimamente las cosas estaban demasiado tranquilas para su gusto en Las Noches, a excepción de un pequeño incidente que había acarreado la pérdida de un brazo a un Espada, los únicos que parecían tener algo que hacer eran Aizen y Ulquiorra, y ese algo no le resultaba demasiado interesante como para meterse por medio, por el momento.

Deambuló por los pasillos hasta salir al desierto, donde reinaba el silencio y una luna de luz mortecina, que impregnaba todo de una calma lúgubre, definitivamente, le gustaba ese sitio, donde podía estar lo suficientemente tranquilo como para pensar. Pensar en los planes de Aizen, pensar en el nuevo juego que pondría en marcha para molestar a Tousen o algún que otro Espada, y algunas veces, como en esa ocasión, pensar en el Seireitei, en lo que había dejado atrás... en Rangiku.

El desierto siempre le traía recuerdos de viejos tiempos junto a ella, y aunque intentaba ignorarlo, lo cual conseguía durante la mayor parte del tiempo, había momentos tontos en los que no podía dejar de lado los recuerdos. Desde que la viera por primera vez en un desierto parecido a aquel, a su criterio, todos se parecían de alguna manera, siempre había estado ligado a ella, no de una forma literal, sus largas excursiones en solitario daban muestra de su independencia, pero sí la había tenido siempre en mente, preguntándose cómo estaría.

Siempre había valorado la libertad de no atarse a nada ni a nadie, incluso después de traicionar a la Sociedad de Almas y estar viviendo en Hueco Mundo bajo las órdenes de Aizen, no sentía una obligación de permanecer allí indefinidamente, simplemente las circunstancias lo seguían manteniendo en ese lugar.

Así era él, y ello le había costado ser el chivo expiatorio del Seireitei, cada vez que pasaba algo que estuviese fuera de la ley, todas las sospechas recaían sobre él. Tampoco es que le importara lo que otros pensaran de él, lo único que le escocía era que Rangiku se encontraba entre los que no confiaban en él, pero se lo había buscado.

Sentado sobre una duna, se recreó un rato más en aquel páramo muerto, en los árboles de piedra que se retorcían formando extrañas figuras, y una vez más, se dejó llevar por los recuerdos, recuerdos de una vida solitaria, llena de medias verdades. Lo único verdaderamente cierto era lo que una vez había sentido por su compañera de juegos de la infancia, y que nunca le llegó a confesar.

Se preguntó si las cosas habrían sido distintas en el caso de haberse confesado con Rangiku, definitivamente eso no habría cambiado sus planes para con Aizen, pero tal vez, y sólo tal vez, en ese momento tendría alguien con quien "entretenerse" y la vida de Tousen sería mucho más tranquila.

Dejó que el montoncito de arena que había recogido con la mano se derramara entre sus dedos, viendo cómo el aire transportaba los granos unos metros antes de volver a caer al suelo.

Sabía que ya no había solución, que consciente, o inconscientemente había ido alejando a la única persona que realmente le importaba de su lado, tal vez porque algo le decía que estaba en el bando perdedor y quería protegerla, tal vez por miedo a ser rechazado, lo único realmente cierto era que ahora estaban en bandos irreconciliables y la próxima vez que se vieran las caras sería como enemigos.

Siguió recreándose en viejos recuerdos de su niñez hasta que sintió que alguien se acercaba, se levantó y se giró justo cuando alguien salió del palacio en su busca.

- Aizen-sama desea veros – informó el recién llegado cuando estuvo a su altura.

Se encaminó hacia el salón del trono despreocupado, después de todo sabía, o por lo menos intuía, el por qué lo había llamado su líder.

Su próxima visita al desierto tardaría, ver cómo reaccionaban los Arrancar, sobre todo algunos Espadas en especial, al tener que convivir con la nueva invitada que llegaría en breve iba a ser sumamente entretenido. Sin embargo, volvería a llegar el momento en el que necesitase estar solo de nuevo, y entonces, volvería a entregarse a los recuerdos, bañado por la luz de la luna de Hueco Mundo.