Tuvo pocas dificultades para sortear a todo el mundo, primero miro cautelosamente a su alrededor y luego comenzó a agarrarse a las piedras salientes del muro de Invernalia. Para Bran era tan natural escalar como andar, lo difícil era hacerlo sin que se diesen cuenta de que subía.
Ya había escuchado más veces de las que recordaba las conferencias de su madre, que se ponía tan histérica como cuando Arya se escapaba de la septa Mordane o Rickon empezaba a morder a la gente a diestro y siniestro, como si fuese un animal.
Pero últimamente todo el mundo había estado muy distraído con los preparativos para la llegada del rey y, por suerte, no le habían cogido ni una sola vez ese último mes, sino, puede que su madre le hubiese encerrado las noche que le dejaban cambiar dentro de su habitación, había pasado antes y nunca dejaba de ser tan agobiante como la primera vez. Le había sucedido a todos en algún momento, menos quizás a Sansa y cada uno de ellos había gimoteado como un perro. Los vasallos de su padre ya empezaban a contar historias de fantasma en pena, liberados de las tumbas de los antiguos Stark a los que sus espadas ya se habían ido con el tiempo.
Subió por entre las gárgolas, agarrándose a cada hueco y saliente hasta llegar al punto más alto que consiguió, con solo los cuervos como compañía, los que graznaban de vez en cuando alguna palabra suelta y estridente.
Allí se quedó más tiempo del que tenía previsto, degustándose con las vista y el sentimiento de poder que le recorría el cuerpo, y cuando diviso la primera señal de una columna de hombre acercándose, bien larga y ancha, por el camino real, se apresuró a bajarse rápidamente, tanto como le permitía su práctica y agilidad, metiéndose por un ventana que sabía dónde conduciría.
Pero el pasillo no estaba desierto, como había pretendido y Robb estaba allí viéndolo con cara divertida, junto con Theon Greyjoy, el pupilo de su padre, el cual siempre tenía una sonrisa permanente en la cara, como si el mundo entero fuese ignorante de un chiste que él conocía.
– Bran, madre ya te ha dicho muchas veces que…
– Si, si, ya lo sé, pero eso no importa – interrumpió exasperado a su hermano, desdeñándolo con un gesto de la mano –. Tienes que venir conmigo al comedor – ya era la hora de comer y seguramente casi todos estarían allí –. Sé algo importante, muy importante.
Infló el pecho con orgullo y su cara se cubrió con una sonrisa enorme, mientras guiaba a su hermano a donde quería, agarrándole la mano, seguido de cerca por Theon, que no dejaba de soltar risitas divertidas por su comportamiento.
A veces, Bran descubría que su sentido lobuno no estaba muy separado de él mismo y, más de una vez, había pensado en estrecharle una de sus presas cazadas al pupilo de su padre por la cara, a ver si se le quitaba la sonrisa de la cara, porque a Bran no le gustaba que se riesen de él.
– Hermano, para un poco. Para y dime que pasa ¿Por qué tanta prisa? – preguntó Robb con voz tranquilizadora, intentado acallar a su amigo inútilmente, para que dejase de carcajearse del pequeño. Pero sus miradas no sirvieron de nada.
– Ya veras, es impresionante.
A parte de a Jon y a Arya, a todos los demás les había gustado la idea de los visitantes reales, Bran sobre todo estaba deseando ver a los caballeros. ¿Estaría allí ser Barristan Selmy? Un caballero tan leal y honorable que hasta su padre lo decía ¿O quizás ser Jaime Lannister? El mejor espadachín de Poniente, según muchos, aunque lord Eddard se había guardado sus propios pensamientos de él.
Sería emocionante conocer a tantos fuertes caballeros y el rey estaría allí, un hombre del que había oído mil historias magnificas.
Para el momento en el que estaban a las afueras del comedor, Bran prácticamente daba saltos de lo ansioso que estaba.
Toda su familia estaba allí, junto con el maestre Luwin y la Vieja Nana, mientras que la septa Mordane se sentaba entre medio de sus hermanas, imponiéndoles modales en la mesa.
El niño casi salto corriendo a su señor padre, para contarle a gritos lo que pasaba, pero se contuvo a tiempo, haciéndole señas a Robb para que tomase asiento al lado de Jon, a lo que pronto le siguió Theon, no sin menos curiosidad de la que tenían antes.
Una vez que estaban acomodados y todo el mundo le miraba, ya que se había mantenido aún en pie y nervioso, él tomó la palabra.
– En la torre rota he visto a los invitados de Desembarco del Rey que vienen – anuncio prácticamente gritando – Y hay caballero y personas, cientos de ellos, todos acercándose cada vez más. ¡Pronto estarán aquí!
Sansa fue la primera en reaccionar justo como lo había imaginado. Se quedó con una cara soñadora en el rostro antes de sonreír a su madre y la septa, que le dedicaron el mismo gesto, un poco más moderado, poco después.
– ¿Son ellos de verdad? – pregunto su padre solo para confirmarlo.
– Si y les queda poco para llegar. Van a venir, con el rey y los demás. ¿No te gusta padre? – su convicción se fue un poco al verle fruncir el ceño, como si estuviese preocupado.
– No, claro que si lo hace – respondió convencido, dedicándole una sonrisa un poco triste – Ahora siéntete, Bran y vamos a comer. Debemos darnos prisa.
Tomo asiento y todos comenzaron a comer, aunque ninguna palabra llego a escapar de los labios de nadie. Todos con sus pensamientos en otros lados muy distintos.
