Ya sabéis, nada de esto es mio y esas cosas.
Espero que os guste :)
Al contrario de lo que habían pensado, los huéspedes no llegaron hasta unas cuantas horas después. Su señor padre había calculada que tardarían solo media hora para eso, pero la marcha iba muy lenta, tanto era así que le sobraron horas para organizar las cosas.
Sansa había ido, después de la comida, con su madre y la septa Mordane hacia sus habitaciones. Había empezado a arreglarse de inmediato, junto a la salvaje de su hermana, quien poco después de que se le hubiese recogido el pelo y cambiado de ropa había salido corriendo, (a saber que haría).
Ella por supuesto, se había quedado, poniéndose su vestido nuevo con cuidado y preparando cada detalle de su figura.
Había quedado perfecta, tan bella, dijo su madre, como una flor de verano y Sansa estaba complacida por ello. Les había dedicado una sonrisa suave a las dos mujeres y había ayudado a su madre a arreglarse ella misma.
Todo era magnifico cuando entraron los caballeros, jinetes libres y una carroza enorme, de dos plantas. Entraron ser Jaime Lannister, con su bella armadura de oro y todos los demás Guardias Reales, con sus relucientes capas blancas níveas. La única excepción a eso había sido su hermana susurrando constantemente sin modales, pero eso había desaparecido cuando sus ojos se clavaron en el príncipe gallardo y honorable que había entrado en los muros de Invernalia.
No podía ser otro que él, lo sabía, con sus rizos rubios y largos, que resplandecían como el oro entre todos los demás, llevaba la sonrisa más perfecta en su cara y sus hermosos ojos verdes recorrieron todo el patio antes de quedarse prendados a ella. Avergonzada por la atención que le dedicaba el hermoso príncipe, se sonrojó y bajo la mirada, pero antes de hacerlo pudo captar la sonrisa que le dedicó.
El rey, al contrario que el príncipe de oro, era una bestia fea e inmunda, gordo y nada parecido como se lo había descrito su padre, pero quizás no era un rey tan malo, después de todo, cuando paso a saludarlos a todos, ella fue alagada por su belleza, lo que hizo que los colores se le subiesen a las mejillas otra vez, pero educadamente le dio las gracias.
Sin embargo, allí no termino toda su suerte, luego de volver a los cuartos de su madre, no pudo aguantar más.
– Madre ¿Crees que al príncipe Joffrey le gusto? – susurro suspirando, mientras Jeyne Poole también lo hacía.
– Por supuesto que sí, Sansa – respondió su madre, parando un momento de volver a arreglarle el cabello. Debía de estar mucho más presentable que antes, porque el príncipe la escoltaría hacia la mesa –. Todos los hombres siempre se enamoran de damas adecuadas.
Contenta con su respuesta, Sansa siguió imaginado como sería ser una reina, una tan elegante y fabulosa como la reina Cersei. La había visto bajar del carro y era tan hermosa como una reina debería de ser, todo lo que su marido no tenía como rey, le sobraba a ella como reina.
Sansa quería ser tan esbelta y sublime como ella, era simplemente perfecta. La niña estaba segura de que el príncipe solo había sacado la belleza de su madre, eso lo explicaría todo, un león de oro, al igual que su apuesto tío ser Jaime.
La fiesta había transcurrido como si fuese una de las canciones que Sansa se había aprendido de memoria y en ese momento fue aún mejor, porque tanto la reina y el príncipe le estaban prestando atención.
– He oído que aquí tenéis muchas historias distintas al sur, cuentos magníficos – le dijo la reina Cersei con una de sus elegantes sonrisas, mostrando aún más su belleza –. ¿Podrías deleitarnos con alguno, palomita?
– Yo no sabría con cual, su excelencia – murmuró contrariada. Nadie querría saber de esas historias horribles y estúpidas a parte de sus hermanos pequeños, porque solo eran para niños pequeños.
– Bueno, está la de los caminantes blancos, aunque esa la conocen todos. Pero también estaba esa de… ¿Qué eran? ¿Lobos huargos? Si, vuestro signo de la casa Stark ¿Cierto?
La reina la había puesto nerviosa, sin embargo, también la hizo sentir contenta, ¿Tal vez habían oído hablar hasta en el sur de su magnífico don?
Sansa sonrió dudosa, aunque más tranquila, porque conocía el tema del que hablaban con seguridad.
– Si, hay leyendas sobre eso – comenzó a hablar contenta –. Antiguamente, se dice, que los Stark, en el apogeo de la magia, habían sido capaces de cambiar en animales gigantescos a voluntad y ayudaron en la guerra contra los caminantes blancos en esa forma, porque, de otro modo, no habrían sido lo suficiente fuerte para aguantar contra los Otros.
'Se podían transformar en unos lobos gigantes, huargos, más grandes que los caballos, cuando alcanzaban su edad adulta, pero solo al anochecer, por lo menos en el verano. En el largo invierno podían hacerlo hasta de día.
'Ellos protegieron Poniente con sus formas durante siglos, hasta que ya no hizo falta.
Eso es lo que le había contado la Vieja Nana, aunque Sansa estaba segura de que la parte de los Otros era solo una mentira para darle más sabor al cuento.
El silencio se impuso entre ellos, durante un rato, hasta que el príncipe lo rompió, abruptamente.
– Es horrible – declaró soltando una carcajada estridente –. Eran monstruos que se transformaban en bestias.
'Si aún estuviesen, cuando yo fuese rey los capturaría a todos, para que no le hiciesen daño a bellas doncellas como tú, mi dulce dama – terminó su declaración cogiéndole con delicadeza la mano y besándosela.
Sansa evitó retroceder y estremecerse.
– Oh, pobre palomita, es horrible que se cuente tales terribles historias sobre tus antepasados, pero no te preocupes, palomita, si quieres puedo hacer que se acaben los rumores – la dulce voz de la reina fue en un tono consolador, pero a la niña solo la hizo sentir peor.
– No hace falta, su alteza, pero estoy agradecida – respondió educadamente, como el habían enseñado.
Luego cambiaron de conversación, sin embargo, Sansa no pudo volver a estar tan bien como antes. ¿Cómo podía haber pensado que una cosa tan desagradable podría ser algo de lo que sentirse orgullosa?
Ella sabía en el fondo, que sus hermanos no eran monstruos, pero no podían seguir haciendo practicas tan oscuras como la de transformarse en esas bestias temibles y horrendas, debía advertirles a parar o, por lo menos, ella acabaría con su propia maldición.
Por fin comprendía el único punto en el que su madre y ella habían estado en desacuerdo y eso la dejo tan fría como si hubiese llegado el invierno.
